Una de las ideas centrales en torno a la cual han girado los debates celebrados durante la semana pasada en el Foro Global contra el Antisemitismo ha sido el nuevo antisemitismo, el de la Nueva Izquierda, y como se oculta, triste y desgraciadamente, bajo el disfraz del “antisionismo políticamente correcto”. Más de 60 años después del establecimiento del Estado, aún estamos defendiendo el derecho de Israel a existir. ¿Por qué? Israel es un hecho, no una cuestión.
Es alentador escuchar como la ecuación antisionista = antisemitismo se formula sin temor a verse envuelto en advertencias destinadas a protegerte contra las acusaciones de paranoia, de hipersensibilidad y de manipulación o uso de un término provocativo. El antisionismo es una idea mucho más radical que lo que quiere hacernos creer el discurso actual, y nos conduce insidiosamente hacia una mayor aceptación de los puntos de vista antisemitas.
El sionismo es la creencia de que los judíos tienen derecho a su propia autodeterminación, en su propio Estado soberano y sobre una parte de su patria histórica. El sionismo comporta la creencia de que los judíos son una nación, y como tal tienen derecho a su autodeterminación al igual que todas las demás naciones. Oponerse al sionismo es negarse a aceptar su manifestación política, Israel, como una entidad legítima. El antisionismo niega al pueblo judío lo que otorga voluntariamente al resto de naciones (con un mayor énfasis en los palestinos), niega su derecho a la nacionalidad, a su libre autodeterminación y a su coexistencia legítima con los restantes miembros de la familia de las naciones. Esto es inherentemente antisemita.
Muchos afirman que el antisionismo es algo diferente del antisemitismo, ¿pero si los deslegitimadores de Israel no son antisemitas, por qué se oponen de tal modo a que los judíos hagan valer sus derechos nacionales? El gran campeón de los derechos humanos, Martin Luther King, declaró sin rodeos que: “Cuando la gente critica a los sionistas, quieren decir los judíos”.
Dentro de ese espíritu de “llamar a las cosas tal como son”, un tema que el mundo judío debe empezar a tomar más en serio es la cuestión de cómo tratar a los judíos antisionistas. Dejando de lado a los Neturei Karta, ampliamente reconocidos como un movimiento marginal, una pequeña pero ruidosa minoría de autodenominados judíos “liberales” [N.P.: en la acepción americana, en la europea equivaldría a izquierdistas] condenan a Israel y rechazan el sionismo, sin ser criticados por sus propios pares (judíos). De hecho, así ganan elogios entre la élite intelectual por su sistemática demonización de Israel.
La lucha contra el sesgo y la parcialidad en los medios de comunicación con respecto a Israel nos quita tanto el sueño, que obviamos que actualmente tiene su origen en las páginas de los propios medios de comunicación de Israel, donde al menos una vez a la semana el Haaretz publica un artículo o columna de opinión que pone en duda el derecho de Israel a existir como un estado judío.
Profesores universitarios israelíes piden libremente el boicot de las instituciones que les pagan sus salarios. Colaboradores judíos con publicaciones como The Guardian, permiten sin inmutarse como sus patrones legitiman sus críticas contra Israel con declaraciones procedentes de otros judíos. Sólo los judíos, parece ser después de todo, pueden abogar abierta y públicamente por la destrucción del estado judío sin ser etiquetados de antisemitas. Por lo tanto, los judíos antisionistas se han convertido en la herramienta más conveniente en las campañas anti-israelíes [N.P.: la conciencia de "mancha" del antisemitismo aún persiste, y es por eso que se prefiera que el trabajo sucio lo hagan los judíos antisionistas, para así poder matar tres pájaros de un tiro: ellos dicen abiertamente lo que sus patrocinadores piensan, a ellos no se les puede acusar de antisemitismo, y los patrocinadores están libres de "molestas" acusaciones de antisemitismo. A fin de cuentas, todo quedaría como una especie de "guerra entre judíos"].
La autocrítica es, por supuesto, legítima, necesaria y, de hecho, un valor tradicionalmente judío. La oposición a las políticas del gobierno israelí, o el apoyo a la eliminación de los asentamientos no son un sinónimo de antisionismo.
Alvin H. Rosenfeld, en su ensayo, “Pensamiento judío progresista y el nuevo antisemitismo”, dijo acerca de estos judíos antisionistas:
“Sus contribuciones a lo que se está convirtiendo en el discurso normativo (la doxa políticamente correcta) son tóxicas. Ellos contribuyen a volver respetables punto de vista [antisemitas] sobre el estado judío, por ejemplo, que es un estado nazi, que es comparable con el apartheid de Sudáfrica, que se dedica a realizar una limpieza étnica y un genocidio. Estos cargos no son ciertos y pueden tener como efecto la deslegitimación de Israel”.
Entonces, ¿cómo deberían ser tratados estos judíos violentamente antisionistas? Una vez más, exponiendo las cosas con claridad y a la luz pública.
Debemos llamarles lo que son y responderles de la misma forma con la que tratamos a los deslegitimadores de Israel no judíos, marginándolos y dejando en claro que son traidores a la causa de la justicia y de los derechos humanos.
Estas son personas que, pretendiendo actuar en nombre de los derechos humanos, hacen exactamente lo contrario de lo que predican. No se les debe considerar como valientes y esforzados denunciantes. Su enfoque contradice sus (supuestos) propios valores autoproclamados y, en última instancia, resulta destructivo, no sólo para Israel y para los judíos, sino también para todos aquellos que se preocupan por los derechos colectivos de un pueblo.
Muchos acusan a los judíos de ser demasiado sensibles respecto al tema del antisemitismo, incluso cuando se producen inmerecidas y desequilibradas críticas contra Israel. Debemos mantenernos firmes frente a las acusaciones de ser paranoicos o de exagerar “gritando que viene el lobo”. Debemos permanecer firmes y seguros en la justicia de la causa sionista. Los judíos son la población indígena de esta tierra, y debería ser un orgullo identificarse como un patriota israelí.
Ya es hora de establecer definiciones claras: el sionismo no es igual a racismo. El antisionismo sí lo es.
Es alentador escuchar como la ecuación antisionista = antisemitismo se formula sin temor a verse envuelto en advertencias destinadas a protegerte contra las acusaciones de paranoia, de hipersensibilidad y de manipulación o uso de un término provocativo. El antisionismo es una idea mucho más radical que lo que quiere hacernos creer el discurso actual, y nos conduce insidiosamente hacia una mayor aceptación de los puntos de vista antisemitas.
El sionismo es la creencia de que los judíos tienen derecho a su propia autodeterminación, en su propio Estado soberano y sobre una parte de su patria histórica. El sionismo comporta la creencia de que los judíos son una nación, y como tal tienen derecho a su autodeterminación al igual que todas las demás naciones. Oponerse al sionismo es negarse a aceptar su manifestación política, Israel, como una entidad legítima. El antisionismo niega al pueblo judío lo que otorga voluntariamente al resto de naciones (con un mayor énfasis en los palestinos), niega su derecho a la nacionalidad, a su libre autodeterminación y a su coexistencia legítima con los restantes miembros de la familia de las naciones. Esto es inherentemente antisemita.
Muchos afirman que el antisionismo es algo diferente del antisemitismo, ¿pero si los deslegitimadores de Israel no son antisemitas, por qué se oponen de tal modo a que los judíos hagan valer sus derechos nacionales? El gran campeón de los derechos humanos, Martin Luther King, declaró sin rodeos que: “Cuando la gente critica a los sionistas, quieren decir los judíos”.
Dentro de ese espíritu de “llamar a las cosas tal como son”, un tema que el mundo judío debe empezar a tomar más en serio es la cuestión de cómo tratar a los judíos antisionistas. Dejando de lado a los Neturei Karta, ampliamente reconocidos como un movimiento marginal, una pequeña pero ruidosa minoría de autodenominados judíos “liberales” [N.P.: en la acepción americana, en la europea equivaldría a izquierdistas] condenan a Israel y rechazan el sionismo, sin ser criticados por sus propios pares (judíos). De hecho, así ganan elogios entre la élite intelectual por su sistemática demonización de Israel.
La lucha contra el sesgo y la parcialidad en los medios de comunicación con respecto a Israel nos quita tanto el sueño, que obviamos que actualmente tiene su origen en las páginas de los propios medios de comunicación de Israel, donde al menos una vez a la semana el Haaretz publica un artículo o columna de opinión que pone en duda el derecho de Israel a existir como un estado judío.
Profesores universitarios israelíes piden libremente el boicot de las instituciones que les pagan sus salarios. Colaboradores judíos con publicaciones como The Guardian, permiten sin inmutarse como sus patrones legitiman sus críticas contra Israel con declaraciones procedentes de otros judíos. Sólo los judíos, parece ser después de todo, pueden abogar abierta y públicamente por la destrucción del estado judío sin ser etiquetados de antisemitas. Por lo tanto, los judíos antisionistas se han convertido en la herramienta más conveniente en las campañas anti-israelíes [N.P.: la conciencia de "mancha" del antisemitismo aún persiste, y es por eso que se prefiera que el trabajo sucio lo hagan los judíos antisionistas, para así poder matar tres pájaros de un tiro: ellos dicen abiertamente lo que sus patrocinadores piensan, a ellos no se les puede acusar de antisemitismo, y los patrocinadores están libres de "molestas" acusaciones de antisemitismo. A fin de cuentas, todo quedaría como una especie de "guerra entre judíos"].
La autocrítica es, por supuesto, legítima, necesaria y, de hecho, un valor tradicionalmente judío. La oposición a las políticas del gobierno israelí, o el apoyo a la eliminación de los asentamientos no son un sinónimo de antisionismo.
Alvin H. Rosenfeld, en su ensayo, “Pensamiento judío progresista y el nuevo antisemitismo”, dijo acerca de estos judíos antisionistas:
“Sus contribuciones a lo que se está convirtiendo en el discurso normativo (la doxa políticamente correcta) son tóxicas. Ellos contribuyen a volver respetables punto de vista [antisemitas] sobre el estado judío, por ejemplo, que es un estado nazi, que es comparable con el apartheid de Sudáfrica, que se dedica a realizar una limpieza étnica y un genocidio. Estos cargos no son ciertos y pueden tener como efecto la deslegitimación de Israel”.
Entonces, ¿cómo deberían ser tratados estos judíos violentamente antisionistas? Una vez más, exponiendo las cosas con claridad y a la luz pública.
Debemos llamarles lo que son y responderles de la misma forma con la que tratamos a los deslegitimadores de Israel no judíos, marginándolos y dejando en claro que son traidores a la causa de la justicia y de los derechos humanos.
Estas son personas que, pretendiendo actuar en nombre de los derechos humanos, hacen exactamente lo contrario de lo que predican. No se les debe considerar como valientes y esforzados denunciantes. Su enfoque contradice sus (supuestos) propios valores autoproclamados y, en última instancia, resulta destructivo, no sólo para Israel y para los judíos, sino también para todos aquellos que se preocupan por los derechos colectivos de un pueblo.
Muchos acusan a los judíos de ser demasiado sensibles respecto al tema del antisemitismo, incluso cuando se producen inmerecidas y desequilibradas críticas contra Israel. Debemos mantenernos firmes frente a las acusaciones de ser paranoicos o de exagerar “gritando que viene el lobo”. Debemos permanecer firmes y seguros en la justicia de la causa sionista. Los judíos son la población indígena de esta tierra, y debería ser un orgullo identificarse como un patriota israelí.
Ya es hora de establecer definiciones claras: el sionismo no es igual a racismo. El antisionismo sí lo es.