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La monja de la catedral
Se cuenta que existió una vez en la ciudad de Durango una familia cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, eran originarios de Topia, población minera que se encuentra enclavada en el corazón de la sierra de Durango. El se había dedicado a la minería, ella prototipo de la mujer hogareña, la vida había pasado dando atención a Beatriz única hija del matrimonio.
Beatriz era una hermosa chiquilla de piel blanca, ligeramente tostada por el sol de la sierra, cabello rubio y largo, ojos azules, boca pequeña con labios finos y rojos, robusta y de estatura alta bien proporcionada. Como era la única hija de la familia y los padres tenían con que hacerlo, pensaron en darle una buena educación. Movidos por ese imperativo, la familia se traslado a la ciudad de Durango, estableciéndose en una casa de la calle de la pendiente que estaba muy cerca de el templo de la catedral donde había de inmortalizarse para siempre Beatriz, en la leyenda de la monja de luna de la catedral de Durango.
Era la década de los años cincuentas del siglo XIX cuando la chica determino ingresar a un convento de religiosas. Sus padres que la amaban tanto, aprobaron de inmediato la idea, considerando que preferirían verla casada con cristo que con un mortal cualquiera.
Beatriz se fue al convento, su padre, además de pagar una fuerte cantidad de dinero por la dote correspondiente, su fortuna la dono al monasterio a donde había ingresado su hija.
Eran aquellos años turbulentos de las luchas entre liberales y conservadores, Juárez en desesperado esfuerzo por liberar a su pueblo de la opresión de conciencias, promulgo las leyes de reforma y se reformo la constitución. El clero al sentir sus intereses afectados; cerro algunos conventos o instituciones de carácter religioso, entre ellos el convento en donde se encontraba Beatriz. La monja regreso a su casa encontrándose con la desagradable sorpresa de que su madre había muerto y su padre se encontraba muy enfermo.
A Beatriz al retirarla no le regresaron ni la dote, ni la fortuna que su padre había donado cuando su ingreso. Las reservas económicas de la familia se habían agotado y la situación era difícil. El tiempo pasaba y no había dinero ni donde conseguirlo, las fuentes de trabajo estaban cerradas, acababa de pasar la guerra de reforma y ya se estaba en plena intervención francesa.
El viejo murió y tuvo que hipotecar la casa para enterrarlo poniendo en riesgo su único patrimonio donde podría vivir mientras se abría el convento. Beatriz se quedo envuelta en terrible soledad, protegida por su fe y sostenida con la esperanza de volver pronto a su vida monacal. En su casa toda ocupación consistía en salir en la mañana a la misa, en la tarde al rosario a la iglesia mas cercana que era la catedral. Durante el día aseaba la casa y entre el rezo y rezo atendía su industria artesanal hogareña que consistía en tejer y bordar paños para la iglesia, actividad por la que el cura le obsequiaba unas cuantas monedas y le daba su apretón de manos.
Mientras la vida de esta mujer se deslizaba en perzosa rutina, las tropas francesas del imperio, mandadas por el general L’Heriller entraba en Durango sin resistencia, siendo objeto de caluroso recibimiento por la burguesía y el clero. Se recibió a los franceses con la lluvia de flores, los intelectuales les compusieron versos, el comercio les ofrecía banquetes, el clero misas y Te-Deum; y la sociedad aristócrata les brindo su casa a los jefes y oficiales imperialistas extranjeros; quienes en su mayoría eran jóvenes apuestos y sobre todo, con monedas de oro en los bolsillos, sustraídas de la antigua hacienda mexicana. Estos cortejaban a las damas duranguenses, ellas en correspondencia se dejaban querer.
A los varones, principalmente jóvenes de la ciudad, nunca les cayó bien lo que veían. Odiaban a los franceses por ser invasores. Si la ciudad no había puesto resistencia a su llegada no fue por falta de valor y conciencia nacional de los hombres del pueblo, si no por falta de recursos para organizar la defensa, por una parte; por la otra, el hecho de ser franceses, los hizo sentirse facultados para atropellar a los civiles y disfrutar a la mujer que les agradaba. Este odio daba a los mexicanos razón para asesinar a un francés cuando se daba la oportunidad.
Así sucedió que una noche oscura y lluviosa del mes de agosto de 1866 se encontraban en la calle un joven mexicano que trataba de entrevistarse con su novia y un joven oficial francés de nombre Fernando que intentaba cortejar a la misma dama. No hubo dialogo entre ellos, el duranguense, puñal en mano se lanzo contra el intruso; le asesto dos o tres puñaladas, Fernando al sentirse herido huyo. El mexicano en su afán de aniquilarlo trato de darle alcance, tropezó y callo al piso, el escurridizo militar dio vuelta a la esquina y avanzo en su huida. Consciente el extranjero de que si lo alcanzaba su rival no lo dejaba vivo, toco en la primera puerta que se encontró; era la casa de Beatriz. La muchacha al oír los toques fuertes y desesperados intuyo que su auxilio era de vida o muerte. Abrió la puerta, el francés mal herido entro y callo sangrante y desmayado en el suelo del zaguán. La monja cerro, violentamente puso el aldabón y se quedo perpleja; no pensó ni hablo nada, durante unos minutos se quedo parada, contemplando al moribundo sin hallar que hacer.
Por fin se le paso el susto, le limpio la sangre de la cabeza al herido y aplico unos lienzos de agua fría que lo hicieron volver en si. Cuando se paro a ella lo cautivo por lo arrogante, a el, ella lo cautivo por lo bella y lo delicada. Luego que el militar tomo unos sorbos de agua fresca, Beatriz abrió la puerta del zaguán y le pidió que abandonara la casa de inmediato. Fernando le suplico que le permitiera pasar esa noche allí para salvar su vida, la monja se asusto y le negó el refugio. El francés ante la alternativa de la vida y la muerte, cerro la puerta con brusquedad y sacando un espadín que no pudo utilizar en el encuentro fatal, se lo puso en el pecho diciéndole: si haces escándalo ye ¡te mato¡ la monja prefirió callar y esperar el resultado de las cosas. Despues de un buen rato de silencio entre los dos, el le platico todo y le imploro su ayuda; le entrego un buen puño de monedas de oro, que indudablemente contribuyeron al convencimiento de la monja. Por fin, Fernando se quedo escondido en casa de Beatriz. Ella lo curo y lo atendió con esmero. Los dos eran jóvenes, mas o menos de la misma edad, bien parecidos. Se enamoraron profundamente uno del otro y sintiendo Beatriz que había encontrado a él hombre de su vida, se entrego en cuerpo y alma a él; los dos vivieron momentos de excelsa felicidad, de esos que son escasos en el vivir de los seres humanos pero que, cuando se presentan deben vivirse con plenitud. En ese mundo secreto de feliz compañía el militar perdió el pulso de devenir en la politica de México por que no salía de la casa, ni conversaba con nadie. Ella que era la que se comunicaba con el exterior, no entendía de esas cosas ni recibía información porque su círculo de relaciones era ajeno a la vida militar y política del estado.
Las cosas cambiaron, napoleón ordeno el retiro de las fuerzas francesas del suelo mexicano; el ejército francés sin saber Fernando, abandono la ciudad de Durango y se aprestaba el ejército liberal a la ocupación de la plaza. Al conocer esto el militar del relato, intuyo que sus días estaban contados, advirtió que no podía estar oculto toda la vida; tarde o temprano seria descubierto y terminaría en el paredón. Era urgente salir de Durango, tenia que dejar a Beatriz; se revistió de valor y dio a conocer la decisión a su amada. Beatriz se resistió en principio, el la convenció ofreciéndole volver pronto, tan bueno como las cosas cambiaran. Ya no había franceses en la ciudad de Durango, solo Fernando porque estaba escondido. La monja le consiguió un caballo ensillado, le presto bastimento y una noche del mes de noviembre de 1866, el oficial francés salio sigilosamente de la ciudad; Beatriz lo encamino hasta la salida donde terminaba el barrio de Analco, camino al puerto de Mazatlán. La despedida fue dolorosa como son todas las despedidas de dos seres que se quieren. Las lagrimas de la pareja, humedecieron aquella noche novembrina, se apretaron fuertemente en un abrazo desesperado, se dieron un beso prolongado; ella se quito una medalla de oro que llevaba colgada en su pecho y colgándosela a el le dijo: “Para que te cuide”. Fernando monto en su corcel y se perdió en la lejanía y el silencio de la noche.
La noche estaba estrellada como son las noches durangueñas en esa época del año; hacia frió, el ambiente olía a pasto frió, había silencio, en la lejanía se escuchaba el canto de los gallos y las campanas de la catedral sonaban las tres de la mañana. Beatriz levanto los ojos al cielo, oró en silencio y con voz casi apagada decía: “tiene que volver señor, tu me lo vas a traer”; mientras que con paso lento atravesaba las calles de Analco y tierra blanca y se dirigía a su casa.
Por otra parte, Fernando no conocía el camino que lo podría conducir al puerto de Mazatlán, para unirse con sus compañeros y después, ya con otro carácter volvería a buscar a Beatriz. Los conocimientos que tenia del estado de Durango y sus comunicaciones eran mínimos, solamente los que sus superiores le habían transmitido con motivo de operaciones de la guerra. Cuando se alejo de su amada y se sintió solo ante aquel esplendido panorama nocturno, contemplo las estrellas y lloro a torrentes. Se sintió el hombre mas desgraciado de la tierra, sin patria, sin familia, sin dinero, sin conocimiento del terreno, sin compañeros y con el tremendo estigma de llevar el uniforme de un ejército invasor que se batía en retirada.
Sintió que su vida estaba contada en horas y se arrepintió terriblemente de no haberse quedado con Beatriz a vivir en un encierro sin límites. Hasta ese momento se puso a considerar los riegos que consideraba aquel viaje, que comparados con los riesgos que le traía vivir al lado de su amada, opto por su regreso. Miro el horizonte y el crepúsculo rosado del amanecer anunciaba el advenimiento de un nuevo día. La fuerza del amor había triunfado, peso en el gozo que le iba dar a ver a Beatriz verso esa misma mañana.
Así torció la rienda a su caballo para emprender el camino de regreso, en el preciso momento que la avanzada de una guerrilla juarista que tenia su cuartel en la vieja hacienda de Tapias muy cerca de la capital de la entidad le marcaba “el quien vive”. Fernando al conocer de los rigores de la guerra y sabedor de la política del presidente Juárez, ni siquiera pensó su decisión. Le prendió las espuelas al caballo, le dio un cuartazo con energía y salio disparado como un rayo por donde había venido. No avanzo mucho, una descarga de fusilaría rompió el silencio de aquella madrugada y el cuerpo de Fernando rodó sin vida por el suelo. El caballo se fue con todo y silla, uno de los guerrilleros lo alcanzo y en su velos carrera con su reata de lazar le echo un cuello, enredo cabeza de silla y lo detuvo, trayéndolo ante el jefe de la guerrilla.
Después de revisarlo de todo a todo y registrar los bolsillos del muerto, tratando de encontrar algún mensaje secreto, no encontraron identificación alguna, en un morral de cuero solo había un guaje con agua, unas gordas que en su interior contenían frijoles molidos enchilados, un poco de pinole y unos panecillos de harina de trigo, estaban envueltos en una servilleta bordada con hilaza de colores adornada con un deshilado y unas puntas de tejido a mano. Aquel soldado no traía nada de importancia, ni siquiera fusil, solo colgaba en su pecho una medalla de oro con la imagen de la Purísima concepción y un nombre grabado por el dorso que decía: Beatriz.
Atravesaron el cuerpo de aquel hombre sobre la silla del caballo en que venia montado y se lo llevaron estirando hasta la hacienda. Extendieron al difunto sobre el piso del portal de la casa grande donde vivía don Antonio, el jefe de la guerrilla. El sol salía en las colinas de enfrente, un viento helado soplaba del norte; la noticia de la muerte se extendió como reguero de pólvora, la casa se lleno de mirones; una vieja observadora dijo después de examinarlo: miren y tenía barba partida; era muy joven. Otra agrego: era muy alto. Allí permaneció el cadáver tirado, no le pusieron velas ni nadie lo lloraba, a la altura del medio día, se le dio cristiana sepultura. Al cementerio lo llevaron atravesado en su caballo y al sepelio solamente asistieron dos personas soldados de la guerrilla, uno llevaba un talacho y una pala sobre el hombro. El otro cabresteaba el caballo que servia de ataúd y de carroza fúnebre. Al llegar al panteón cavaron una fosa y allí arrojaron el cadáver de Fernando como cayo. Así terminaba en amor de Beatriz, el hombre de su sueño y de su vida que la había hecho tan feliz un corto tiempo.
Beatriz no supo nada de esto, tal vez si lo sabe se muere de angustia o se clava un puñal en el corazón. Ella vivía porque era de Fernando y se conservaba para el; consideraba que el regreso de su amado era cuestión de días, o cuando mucho de meses. En su casa, volvió a la vida de soledad y rutina; ir a misa en la mañana, al rosario en la tarde y bordar y tejer para confeccionar los paños sagrados de la iglesia. No dormía, gran parte de la noche se la pasaba en vela, orando de rodillas ante el retrato antropomorfo del trazador de destinos humanos.
En el convento había aprendido que la fe debe de ser siempre constante, que hay que sufrir para merecer, y que un milagro no se realiza nada mas porque se pide; para que se haga a que atravesar la barrera del infinito y llegar a dios y se llega a el solamente cuando se habla con el corazón. Por todo esto, ella esperaba el milagro a largo plazo y aun así, hacia lo imposible por merecerlo. Siempre tenía de día y de noche una lámpara de aceite encendida a la imagen de su devoción.
La castigaba el saber que ya era madre, que en su vientre latía una vida, producto de su amor con Fernando; que la hipoteca de la casa, que había hecho cuando tuvo que enterrar a su padre estaba por vencerse y no tenia dinero; que si habrían de nuevo el convento no podría regresar; que qué diría el señor cura si se daba cuenta de su pecado; que donde iba a vivir si le quitaban la casa, que si nacía su hijo sin padre, a él y a ella la sociedad de la religión los iba a condenar; que si Fernando no venia ella se moría de pena. Esas y muchas otras reflexiones hacia Beatriz, todos los días y todas las noches; al fin, el desgaste de energía por el llanto y la preocupación, eran mas grandes que el insomnio y terminaba por dormirse. Las campanadas de misa de las cinco la despertaban, se santiguaba y empezaba a pensar en Fernando y en su situación para concluir con la espera de un milagro, que era lo único que la podía salvar.
Así paso un mes y así pasaron tres meses sin tener noticias de su amado, la confortaba la idea de que el no le escribía porque estaba próximo si regreso; el milagro estaba por realizarse de un momento a otro, en una noche de luna llegaría el oficial francés por el occidente. Tanto era su fe la idea del regreso de Fernando se convirtió en obsesión y todos los días de plenilunio, cuando Beatriz iba al rosario de la tarde, se escondía tras un confesionario de la catedral, para luego que cerraban la puerta, subiría por la escalera del caracol al campanario; porque lo alto de la torre le permitía dominar mayor distancia y visibilidad en el horizonte, para completar la inmensidad hacia el occidente por donde tenia que aparecer su amado. Todos los días, todas las tardes y todas las noches, Beatriz trepaba a lo alto de la torre izquierda de la catedral, a hurgar en el horizonte esperando el retorno de Fernando; por fin, cuando el niño de Beatriz estaba por nacer, una mañana del mes de abril, a las primera luces del alba, cuando el sacristán del templo habría la puerta mayor de la iglesia, vio tirado sobre el atrio enlozado de la catedral, el cuerpo de una mujer que con los brazos abiertos sobre el suelo, yacía muerta. Estampada en el piso al desplomarse de lo alto de la torre de donde contemplaba el horizonte.
Nunca se supo si fue suicidio por la desesperación y el desengaño porque el milagro no se realizaba, porque la plegaria de aquella noche de noviembre se perdió en el infinito del cielo estrellado y no llego a su destino, porque los ruegos y las oraciones de todos los días, no fueron escuchados en represalia, porque la monja rompió el voto de castidad. No se supo tampoco si fue un accidente producto del agotamiento y el desvelo el que ocasiono el desplome. La realidad, que Beatriz murió por la caída de mas de treinta metros de altura, cuando a su higo le faltaban unos días para nacer y que desde entonces, todas las noches de plenilunio se ve la silueta de una monja vestida de blanco en el campanario de la torre izquierda de la catedral de Durango, de rodillas contemplando el occidente implorando por el retorno de su amado.
La piedra que araño el diablo
Al norte del Valle de Cacaria ubicado entre las comunidades de Nicolás Bravo y San José de García, se encuentra el ejido de Nogales que es uno de los asentamientos humanos más antiguos del Estado de Durango. Se caracteriza por un pequeño cerro que existe en ese lugar, algo único y excepcional en virtud a que se formó totalmente aislado del sistema montañoso y lomerío de la región.
La existencia de esa pequeña montaña le dio singularidad al lugar convirtiéndolo en un importante centro ceremonial en la época prehispánica, como lo demuestra la mucha cerámica y objetos de industria lítica que se han localizados en torno al montículo de referencia. También tumbas de enterramiento indígenas con sus respectivas ofrendas se han localizado en el lugar, descubrimientos valiosos que no se han estudiado como se merecen y han sido objeto de saqueo y destrucción. Por la forma y altura que tiene el pequeño cerro, todo hace suponer que fue utilizado como gran pirámide y en la parte alta se levantó un adoratorio donde se rendía culto al sol, la luna y las estrellas.
Son muchas las consejas que se cuentan para explicarla existencia de esa pequeña montaña solitaria, algunos dicen que hace muchos siglos, cuando el agua cubría por completo el Valle de Cacaria, todos los seres que habitaban la inmensa laguna acordaron llevar cada quien una piedra para formar una isla que saliera de la superficie del agua y les permitiera salir a tomar el sol y así se formó el cerro. También se cuenta que en el lugar donde está el cerro, existió el palacio de un gran señor que era el rey de todos los contornos y al sentirse muy poderoso quiso ser más que Dios, por lo que el castillo fue encantado convirtiéndolo en cerro, circunstancia por la que la montañita se encuentre hueca y en su interior existe un tesoro incalculable que algunos le pueden ver solamente el Jueves Santo de cada año a las doce de la noche.
En ese cerro, existe una piedra grande a la que los lugareños denominan La Piedra que Arañó el Diablo. Es una piedra de regular dimensión y en la misma se advierte cinco surcos perfectamente marcados, que el decir de las consejas, son la marca de las uñas de Satanás, cuando le tiro el zarpazo a la comadre adúltera que se encontraba en la roca junto con su compadre a quien ella pretendía enamorar y seducir.
Cuando ella abrazó a su compadre tratando de convencerlo de que cayera en la tentación, dicen que se soltó un fuerte viento con polvo que obscureció al sol, hechos que atemorizaron a la comadre y arrepentida de su mala acción, alabó a Dios tomando en su mano una cruz de oro que colgaba de su cuello y se levantó de la piedra al mismo tiempo que decía: Ave María Purísima, Dios de bondad perdóname y protégeme.
La comadre, alcanzó a mirar como un hombre alto que vestía de color negro, pretendió tomarla de los cabellos y como no lo alcanzó, solamente arañó con las uñas la piedra, dejando la marca del zarpazo marcada para siempre.
Del compadre, nada dicen las consejas y solamente se sabe que la comadre profundamente arrepentida, dedico el resto de su vida a Dios, mandando construir un pequeño jacal en la parte alta del cerrito que por muchos años cumplió la función de capilla.
El tiempo en su avance incontenible que todo lo borra y modifica, hizo que el hombre y recuerdo de la comadre se borrara de la memoria de los lugareños y solamente quedó como mudo testimonio del hecho, la piedra con los araños pintados y en lo alto del cerrito la capillita blanca donde todos los fieles se reúnen los domingos y días de fiesta de guardar a cumplir con los preceptos de la liturgia religiosa.
El pueblo de Nogales, es cabecera del ejido del mismo nombre, se encuentra a cincuenta kilómetros de la ciudad de Durango y la estación del ferrocarril de Tepehuanes que se encuentra a orillas de el pueblo se llama Estación Lucía.
A unos cuantos kilómetros del lugar con dirección del oeste, se encuentran las altas montañas de la Sierra Madre Occidental donde se encuentran las Cuevas del Dorado y Cuevas del Muerto, que al decir de los relatos pueblerinos, fueron madrigueras de bandoleros famosos, quienes dejaron enterrados en esas cuevas tesoros incalculables.
El invitado del más alla
Elegante participaciones para el enlace matrimonial habían circulado profusamente en la alta sociedad de la ciudad de Durango.
Los familiares de los contrayentes no descuidaban detalles para que la boda fuera el máximo acontecimiento social de aquellos tiempos. Era la época de finales del siglo XIX. La paz porfiriana se había impuesto en todas partes y gobernaba el estado de Durango el señor don Juan Manuel Flores. Las calles de la capital de la entidad no estaban pavimentadas y por ella transitaban carretas tiradas por pausadas yuntas de bueyes o carros pesados arrastrados por troncos de mulas o caballos. Las carretas y coches eran vehículos de atracción animal livianas y de movimientos ágiles, dedicados al transporte humano, uso exclusivo de familias acomodadas y ricas de la época. La ciudad era pequeña, tranquila y somnolienta, vivía la modorra social y cultura que caracterizó la agonía del siglo diecinueve que llegaba a su fin.
En lo que fue la calle del Pendiente a la que también se llamó calle de la Llorona, existió la casa de Verónica Herrera muchacha que despuntaba dieciocho primaveras y lucía en su mano derecha el anillo de compromiso, preciosa sortija de brillantes que pronto la haría acercarse al altar, en donde en ceremonia inolvidable, uniría sus destinos con Ramón Leal del Campo, caballero de linajuda familia durangueña que decía estar emparentado con don José del Campo Soberón y Larrea primer Conde de Súchil.
La noticia de la boda de Verónica con don Ramón, sacudió a la sociedad durangueña y las muchachas amigas de la novia, con tiempo encargaron en los principales comercios de la sociedad, sus telas de razo, terciopelo, satín turquestán para confeccionar sus crinolinas y demás piezas de vestir que lucirían como estreno en la boda.
La madre de la novia, se quebraba la cabeza haciendo listas de platillos que satisfacieran los paladares de los diferentes gustos, con el objeto de ofrecer viandas variadas en el banquete, dando muestra de refinamiento en el buen comer. Un numeroso grupo de damas voluntarias, familiares y amigas de la novia acometió en jornadas agotadoras el confeccionado de flores de papel crepé en color blanco, con las cuales se formarían grandes guirnaldas para vestir de blanco el interior de la catedral, templo donde se realizarían los esponsales. La casa de la novia era una amplia mansión con arquería en corredores, tres patios y mas de veinte habitaciones, espacios que todos deberían de vestir adornos de papel con el color de la pureza y la castidad. Dar asiento a toda la concurrencia era otro problema que revestía preocupación y empleo para el sexo masculino, tarea encargada al jefe de la familia como responsable.
Verónica por su parte mandó confeccionar el traje nupcial con Belem Soto la costurera más prestigiada de la ciudad, quien además de atender lo relativo a corte y confección de la prenda ceremonial, también se encargaba de confeccionar el ramo, la corona de azahares, el ramo del novio y demás adornos y detalles de elegancia para la desposada, de tal manera de hacerla lucir como novia excepcional.
Las amas de casa madrugadoras que a tempranas horas de la mañana recurrían a las acequias y demás aguajes públicos, donde se preveían de agua suficiente para el consumo del día gran parte de su tiempo lo dedicaban a comentar las noticias del día, dando especial atención a la próxima boda de Verónica Herrera.
Don Ramón por su parte, no escatimaba dinero para satisfacer las exigencias y caprichos de su prometida, sintiéndose halagado cuando la novia le pedía algo que no estaba previsto.
Tres días antes de la boda, que se había fijado para el cinco de noviembre de aquel año, Verónica en compañía de su familia y un nutrido grupo de amigas, visitaron el Panteón de Oriente, en la tradicional romería del Día de Finados. A la muchacha no la distraían oficios religiosos, fiestas tradicionales ni pláticas con amigas o familiares. Para ella su obsesión era la boda, su próximo matrimonio, la ceremonia y los detalles de su enlace matrimonial. No pensaba en otra cosa, ni ocupaba su mente otro pensamiento que no fuera su boda y Ramón su prometido. En la visita de ese día al Cementerio, Verónica tropezó ocasionalmente con una calavera que a flor de tierra yacía en un lado del sepulcro de donde la habían sacado, tal vez cuando enterraron en ese lugar a otro difunto. La muchacha al mirarla, le pegó con la punta del pie diciéndole:
-Te invito a mi boda, no dejes de asistir.
Aquella actitud irrespetuosa de Verónica ante aquellos restos humanos, fue considerados por quienes la presenciaron como una broma y nada más. Todos se olvidaron de lo sucedido y los preparativos para la boda continuaron.
El cinco de noviembre llegó tan rápido que a todos los organizadores y participantes en la fiesta los hizo acelerar el cumplimiento de tareas y comisiones.
La novia a temprana hora se puso el atavío nupcial. Una corte de ayudantes y damas de compañía corrigieron los detalles de su presentación y lucía esplendorosa y bella, toda una reina vestida de blanco, que irradiaba felicidad y alegría. Las notas de la marcha nupcial se extendían por el recinto sagrado imponiendo solemnidad al momento. El par de enamorados se postraron frente al altar mayor del templo y el fervorín que pronunció el orador sagrado arrancó lágrimas a los presentes.
En primera fila, cerca de los novios se postró un caballero delgado y pálido, vestía traje negro y la ropa, rostro y cabello acusaba señales de abundante polvo blanco. Su presencia despertaba curiosidad, miedo y respeto al mismo tiempo. Permaneció hincado durante toda la misa y cuando la concurrencia abandonó el templo, el desconocido se incorporó a la comitiva y felicitó a los novios.
Ya en casa de la novia donde se realizaba la boda, aquel hombre raro y desconocido se apareció entre los invitados y nadie supo como llegó.
La música empezó a tocar el vals para los novios y el eco de las cadenciosas notas rodó por los corredores filtrándose en todo los oídos. El padre de la novia con ella y la madre del novio con él, iniciaron la danza, en tanto que continuaron los novios en el ritual acostumbrado. Posteriormente cuando los amigos y familiares de Verónica bailaban con ella, pasándosela de mano en mano, el desconocido la tomó de la mano y empezó a bailar al mismo tiempo que le preguntó:
-¿Me conoces?...
-Soy tu invitado especial.
La muchacha hacía enorme esfuerzo por recordar sus razgos fisonómicos, su estatura y demás elementos que le permitieran la identificación de aquel desconocido. Después de vano y prolongado esfuerzo contesto:
No...no lo conozco.
Soy la persona que hace tres días invitaste a tu boda en el Panteón de Oriente y me recomendaste no faltar. Al mismo tiempo que para asombro de la concurrencia, dejaba la forma humana física y común y se transformaba en esqueleto humano descarnado y erguido.
La muchacha cayó muerta, fulminada por un paro cardiaco y el invitado de ultratumba desapareció en el acto tan misteriosamente como había llegado.
Aquello se transformó en un acto de confusión y duelo, porque la novia no despertó, pagó con su vida la osadía de hacer invitaciones a seres de ultratumba. Las consejas pueblerinas dicen que después de cien años de realizados los sucesos que se narran, todavía de cuando en cuando, en la casona que se ubica por la calle de Negrete crucero con Zarco, se mira pasear una mujer vestida de novia y es el ánima de Verónica Herrera que trata de continuar su boda interrumpida.
La ultima cita
En el año de 1918 fue un año funesto para la ciudad de Durango, por la epidemia de Gripe Asiática y del Tifo que diezmo a la población. La señora Leonor que por las tardes solía colocar una silla en la puerta de su casa, ubicada en la antigua Calle de Fresno, ahora Calle Salvador Nava, hacia unos días que no se veía por ninguna parte y todo hacia suponer que se encontraba enferma de Gripe la enfermedad maligna del momento. Doña Leonor como le decían era una señora muy guapa y respetable de unos cuarenta años de edad casada con Don Cayetano rico minero de ascendencia española.
El matrimonio tenia dos hijo, Felipe el mayor de 20 años y Leonor guapa señorita de 18 que se parecía mucho a su madre.
La gente del barrio decía que el muchacho Felipe se llamaba así porque doña Leonor había tenido un novio del mismo nombre, lo amaba con locura y todas las tardes al anochecer cuando su madre salía al rosario al templo de Santa Ana, la enamorada aprovechaba para verse por la ventana con Felipe. Felipe pasaba por la calle silbando la canción El pajarillo Barranqueño, cuando las condiciones no eran favorables para la entrevista Felipe pasaba una y otra vez por la calle silbando.
Un día Leonor no pudo desoír las reflexiones de su padre y comunico a Felipe la prohibición que le imponía, circunstancia que daba por terminada la relación.
Felipe ahogándose en un mar de llanto, abrazo a Leonor con desesperación y le dijo:
Con voz entrecortada por el llanto Leonor le contesto:
-Juro por dios que así será.
-Yo también lo juro contesto Felipe.
Felipe se trasladó al mineral de Inde.
El padre de Leonor se las ingenio para casar a su hija con don Cayetano, viejo y achacoso pero con muchos pasos y lo convenció pára que se fuera a vivir en la casa paterna donde vivía Leonor.
Cuando estallo la Revolución Mexicana Felipe se dio de alta en la bola y por su valor y capacidad de mando se convirtió en oficial villista. De regreso a Durango como el Coronel Felipe García lo primero que hizo fue buscar a Leonor y su casa de la calle Fresno, donde la encontró casada con don Cayetano. Al presentar al muchacho la señora le dijo:
-Este se llama Felipe como tu… Ella Leonor como yo… Cayetano mi esposo. Jamás supieron uno del otro, intencionalmente se quisieron olvidar porque así lo requerían las circunstancias.
Cinco años después cuando la gripe y la tifo diezmaban a la población de Durango, doña Leonor se encontraba postrada en cama agonizaba soportando alta temperatura que le cortaba la existencia.
Don Cayetano, Leonor y Felipe rodeados de su cama acongojados la cuidaban a las dos de la mañana. La enferma no abría los ojos, respiraba con dificultad y todo anunciaba el fatal desenlace de un momento a otro.
De pronto cuando la quietud era mas solemne y el momento mas austero, a lo lejos se escucho el silbido de un trasnochador que entonaba con su silbar nocturno, El pajarillo Barranqueño. Poco a poco la intensidad del silbido aumentaba y la melodía se escuchaba con mayor claridad.
De pronto, Leonor la enferma, con raro vigor se sentó en la cama, se puso su bata y con fuerte voz se contralto canto El Pajarillo Barranqueño. La familia se quedo estupefacta, sorprendida sin hallar que hacer o que decir. Como si aquello hubiera dado vida de pronto a la enferma, con paso seguro se dirigió a la ventana, hizo a un lado la cortina y sin dejar de cantar, abrió las dos puertas, saco parte del cuerpo a la calle, algo dijo que no se le entendió y callo muerta.
Los que la contemplaban se acercaron a darle auxilio escuchaban a lo lejos el silbido misterioso del Pajarillo Barranqueño, sin saber de donde salía ni quien lo silbaba.
Impresionados por el suceso, don Cayetano y sus dos hijos se abocaron a investigar el origen y significado del acontecimiento.
Valeria una anciana sirvienta de la casa les contó la historia, informándoles que Felipe lo habían matado en una acción militar cuando la toma de Zacatecas el 22 de junio de 1914 y cuatro años después en octubre de 1918 había venido a cumplir la ultima cita que tenia pendiente con Leonor desde cuando eran novios.
Etto ... ¡ Moon , trabajando para todos ustedes gente del planeta tierra y derivados !
¡ RECUERDA SIEMPRE SONREIR ! ¡ NUNCA TE RINDAS Y ASI ATRAVESARAS FRONTERAS !
Att : Una persona
La monja de la catedral
Se cuenta que existió una vez en la ciudad de Durango una familia cuyo nombre se ha perdido en el tiempo, eran originarios de Topia, población minera que se encuentra enclavada en el corazón de la sierra de Durango. El se había dedicado a la minería, ella prototipo de la mujer hogareña, la vida había pasado dando atención a Beatriz única hija del matrimonio.
Beatriz era una hermosa chiquilla de piel blanca, ligeramente tostada por el sol de la sierra, cabello rubio y largo, ojos azules, boca pequeña con labios finos y rojos, robusta y de estatura alta bien proporcionada. Como era la única hija de la familia y los padres tenían con que hacerlo, pensaron en darle una buena educación. Movidos por ese imperativo, la familia se traslado a la ciudad de Durango, estableciéndose en una casa de la calle de la pendiente que estaba muy cerca de el templo de la catedral donde había de inmortalizarse para siempre Beatriz, en la leyenda de la monja de luna de la catedral de Durango.
Era la década de los años cincuentas del siglo XIX cuando la chica determino ingresar a un convento de religiosas. Sus padres que la amaban tanto, aprobaron de inmediato la idea, considerando que preferirían verla casada con cristo que con un mortal cualquiera.
Beatriz se fue al convento, su padre, además de pagar una fuerte cantidad de dinero por la dote correspondiente, su fortuna la dono al monasterio a donde había ingresado su hija.
Eran aquellos años turbulentos de las luchas entre liberales y conservadores, Juárez en desesperado esfuerzo por liberar a su pueblo de la opresión de conciencias, promulgo las leyes de reforma y se reformo la constitución. El clero al sentir sus intereses afectados; cerro algunos conventos o instituciones de carácter religioso, entre ellos el convento en donde se encontraba Beatriz. La monja regreso a su casa encontrándose con la desagradable sorpresa de que su madre había muerto y su padre se encontraba muy enfermo.
A Beatriz al retirarla no le regresaron ni la dote, ni la fortuna que su padre había donado cuando su ingreso. Las reservas económicas de la familia se habían agotado y la situación era difícil. El tiempo pasaba y no había dinero ni donde conseguirlo, las fuentes de trabajo estaban cerradas, acababa de pasar la guerra de reforma y ya se estaba en plena intervención francesa.
El viejo murió y tuvo que hipotecar la casa para enterrarlo poniendo en riesgo su único patrimonio donde podría vivir mientras se abría el convento. Beatriz se quedo envuelta en terrible soledad, protegida por su fe y sostenida con la esperanza de volver pronto a su vida monacal. En su casa toda ocupación consistía en salir en la mañana a la misa, en la tarde al rosario a la iglesia mas cercana que era la catedral. Durante el día aseaba la casa y entre el rezo y rezo atendía su industria artesanal hogareña que consistía en tejer y bordar paños para la iglesia, actividad por la que el cura le obsequiaba unas cuantas monedas y le daba su apretón de manos.
Mientras la vida de esta mujer se deslizaba en perzosa rutina, las tropas francesas del imperio, mandadas por el general L’Heriller entraba en Durango sin resistencia, siendo objeto de caluroso recibimiento por la burguesía y el clero. Se recibió a los franceses con la lluvia de flores, los intelectuales les compusieron versos, el comercio les ofrecía banquetes, el clero misas y Te-Deum; y la sociedad aristócrata les brindo su casa a los jefes y oficiales imperialistas extranjeros; quienes en su mayoría eran jóvenes apuestos y sobre todo, con monedas de oro en los bolsillos, sustraídas de la antigua hacienda mexicana. Estos cortejaban a las damas duranguenses, ellas en correspondencia se dejaban querer.
A los varones, principalmente jóvenes de la ciudad, nunca les cayó bien lo que veían. Odiaban a los franceses por ser invasores. Si la ciudad no había puesto resistencia a su llegada no fue por falta de valor y conciencia nacional de los hombres del pueblo, si no por falta de recursos para organizar la defensa, por una parte; por la otra, el hecho de ser franceses, los hizo sentirse facultados para atropellar a los civiles y disfrutar a la mujer que les agradaba. Este odio daba a los mexicanos razón para asesinar a un francés cuando se daba la oportunidad.
Así sucedió que una noche oscura y lluviosa del mes de agosto de 1866 se encontraban en la calle un joven mexicano que trataba de entrevistarse con su novia y un joven oficial francés de nombre Fernando que intentaba cortejar a la misma dama. No hubo dialogo entre ellos, el duranguense, puñal en mano se lanzo contra el intruso; le asesto dos o tres puñaladas, Fernando al sentirse herido huyo. El mexicano en su afán de aniquilarlo trato de darle alcance, tropezó y callo al piso, el escurridizo militar dio vuelta a la esquina y avanzo en su huida. Consciente el extranjero de que si lo alcanzaba su rival no lo dejaba vivo, toco en la primera puerta que se encontró; era la casa de Beatriz. La muchacha al oír los toques fuertes y desesperados intuyo que su auxilio era de vida o muerte. Abrió la puerta, el francés mal herido entro y callo sangrante y desmayado en el suelo del zaguán. La monja cerro, violentamente puso el aldabón y se quedo perpleja; no pensó ni hablo nada, durante unos minutos se quedo parada, contemplando al moribundo sin hallar que hacer.
Por fin se le paso el susto, le limpio la sangre de la cabeza al herido y aplico unos lienzos de agua fría que lo hicieron volver en si. Cuando se paro a ella lo cautivo por lo arrogante, a el, ella lo cautivo por lo bella y lo delicada. Luego que el militar tomo unos sorbos de agua fresca, Beatriz abrió la puerta del zaguán y le pidió que abandonara la casa de inmediato. Fernando le suplico que le permitiera pasar esa noche allí para salvar su vida, la monja se asusto y le negó el refugio. El francés ante la alternativa de la vida y la muerte, cerro la puerta con brusquedad y sacando un espadín que no pudo utilizar en el encuentro fatal, se lo puso en el pecho diciéndole: si haces escándalo ye ¡te mato¡ la monja prefirió callar y esperar el resultado de las cosas. Despues de un buen rato de silencio entre los dos, el le platico todo y le imploro su ayuda; le entrego un buen puño de monedas de oro, que indudablemente contribuyeron al convencimiento de la monja. Por fin, Fernando se quedo escondido en casa de Beatriz. Ella lo curo y lo atendió con esmero. Los dos eran jóvenes, mas o menos de la misma edad, bien parecidos. Se enamoraron profundamente uno del otro y sintiendo Beatriz que había encontrado a él hombre de su vida, se entrego en cuerpo y alma a él; los dos vivieron momentos de excelsa felicidad, de esos que son escasos en el vivir de los seres humanos pero que, cuando se presentan deben vivirse con plenitud. En ese mundo secreto de feliz compañía el militar perdió el pulso de devenir en la politica de México por que no salía de la casa, ni conversaba con nadie. Ella que era la que se comunicaba con el exterior, no entendía de esas cosas ni recibía información porque su círculo de relaciones era ajeno a la vida militar y política del estado.
Las cosas cambiaron, napoleón ordeno el retiro de las fuerzas francesas del suelo mexicano; el ejército francés sin saber Fernando, abandono la ciudad de Durango y se aprestaba el ejército liberal a la ocupación de la plaza. Al conocer esto el militar del relato, intuyo que sus días estaban contados, advirtió que no podía estar oculto toda la vida; tarde o temprano seria descubierto y terminaría en el paredón. Era urgente salir de Durango, tenia que dejar a Beatriz; se revistió de valor y dio a conocer la decisión a su amada. Beatriz se resistió en principio, el la convenció ofreciéndole volver pronto, tan bueno como las cosas cambiaran. Ya no había franceses en la ciudad de Durango, solo Fernando porque estaba escondido. La monja le consiguió un caballo ensillado, le presto bastimento y una noche del mes de noviembre de 1866, el oficial francés salio sigilosamente de la ciudad; Beatriz lo encamino hasta la salida donde terminaba el barrio de Analco, camino al puerto de Mazatlán. La despedida fue dolorosa como son todas las despedidas de dos seres que se quieren. Las lagrimas de la pareja, humedecieron aquella noche novembrina, se apretaron fuertemente en un abrazo desesperado, se dieron un beso prolongado; ella se quito una medalla de oro que llevaba colgada en su pecho y colgándosela a el le dijo: “Para que te cuide”. Fernando monto en su corcel y se perdió en la lejanía y el silencio de la noche.
La noche estaba estrellada como son las noches durangueñas en esa época del año; hacia frió, el ambiente olía a pasto frió, había silencio, en la lejanía se escuchaba el canto de los gallos y las campanas de la catedral sonaban las tres de la mañana. Beatriz levanto los ojos al cielo, oró en silencio y con voz casi apagada decía: “tiene que volver señor, tu me lo vas a traer”; mientras que con paso lento atravesaba las calles de Analco y tierra blanca y se dirigía a su casa.
Por otra parte, Fernando no conocía el camino que lo podría conducir al puerto de Mazatlán, para unirse con sus compañeros y después, ya con otro carácter volvería a buscar a Beatriz. Los conocimientos que tenia del estado de Durango y sus comunicaciones eran mínimos, solamente los que sus superiores le habían transmitido con motivo de operaciones de la guerra. Cuando se alejo de su amada y se sintió solo ante aquel esplendido panorama nocturno, contemplo las estrellas y lloro a torrentes. Se sintió el hombre mas desgraciado de la tierra, sin patria, sin familia, sin dinero, sin conocimiento del terreno, sin compañeros y con el tremendo estigma de llevar el uniforme de un ejército invasor que se batía en retirada.
Sintió que su vida estaba contada en horas y se arrepintió terriblemente de no haberse quedado con Beatriz a vivir en un encierro sin límites. Hasta ese momento se puso a considerar los riegos que consideraba aquel viaje, que comparados con los riesgos que le traía vivir al lado de su amada, opto por su regreso. Miro el horizonte y el crepúsculo rosado del amanecer anunciaba el advenimiento de un nuevo día. La fuerza del amor había triunfado, peso en el gozo que le iba dar a ver a Beatriz verso esa misma mañana.
Así torció la rienda a su caballo para emprender el camino de regreso, en el preciso momento que la avanzada de una guerrilla juarista que tenia su cuartel en la vieja hacienda de Tapias muy cerca de la capital de la entidad le marcaba “el quien vive”. Fernando al conocer de los rigores de la guerra y sabedor de la política del presidente Juárez, ni siquiera pensó su decisión. Le prendió las espuelas al caballo, le dio un cuartazo con energía y salio disparado como un rayo por donde había venido. No avanzo mucho, una descarga de fusilaría rompió el silencio de aquella madrugada y el cuerpo de Fernando rodó sin vida por el suelo. El caballo se fue con todo y silla, uno de los guerrilleros lo alcanzo y en su velos carrera con su reata de lazar le echo un cuello, enredo cabeza de silla y lo detuvo, trayéndolo ante el jefe de la guerrilla.
Después de revisarlo de todo a todo y registrar los bolsillos del muerto, tratando de encontrar algún mensaje secreto, no encontraron identificación alguna, en un morral de cuero solo había un guaje con agua, unas gordas que en su interior contenían frijoles molidos enchilados, un poco de pinole y unos panecillos de harina de trigo, estaban envueltos en una servilleta bordada con hilaza de colores adornada con un deshilado y unas puntas de tejido a mano. Aquel soldado no traía nada de importancia, ni siquiera fusil, solo colgaba en su pecho una medalla de oro con la imagen de la Purísima concepción y un nombre grabado por el dorso que decía: Beatriz.
Atravesaron el cuerpo de aquel hombre sobre la silla del caballo en que venia montado y se lo llevaron estirando hasta la hacienda. Extendieron al difunto sobre el piso del portal de la casa grande donde vivía don Antonio, el jefe de la guerrilla. El sol salía en las colinas de enfrente, un viento helado soplaba del norte; la noticia de la muerte se extendió como reguero de pólvora, la casa se lleno de mirones; una vieja observadora dijo después de examinarlo: miren y tenía barba partida; era muy joven. Otra agrego: era muy alto. Allí permaneció el cadáver tirado, no le pusieron velas ni nadie lo lloraba, a la altura del medio día, se le dio cristiana sepultura. Al cementerio lo llevaron atravesado en su caballo y al sepelio solamente asistieron dos personas soldados de la guerrilla, uno llevaba un talacho y una pala sobre el hombro. El otro cabresteaba el caballo que servia de ataúd y de carroza fúnebre. Al llegar al panteón cavaron una fosa y allí arrojaron el cadáver de Fernando como cayo. Así terminaba en amor de Beatriz, el hombre de su sueño y de su vida que la había hecho tan feliz un corto tiempo.
Beatriz no supo nada de esto, tal vez si lo sabe se muere de angustia o se clava un puñal en el corazón. Ella vivía porque era de Fernando y se conservaba para el; consideraba que el regreso de su amado era cuestión de días, o cuando mucho de meses. En su casa, volvió a la vida de soledad y rutina; ir a misa en la mañana, al rosario en la tarde y bordar y tejer para confeccionar los paños sagrados de la iglesia. No dormía, gran parte de la noche se la pasaba en vela, orando de rodillas ante el retrato antropomorfo del trazador de destinos humanos.
En el convento había aprendido que la fe debe de ser siempre constante, que hay que sufrir para merecer, y que un milagro no se realiza nada mas porque se pide; para que se haga a que atravesar la barrera del infinito y llegar a dios y se llega a el solamente cuando se habla con el corazón. Por todo esto, ella esperaba el milagro a largo plazo y aun así, hacia lo imposible por merecerlo. Siempre tenía de día y de noche una lámpara de aceite encendida a la imagen de su devoción.
La castigaba el saber que ya era madre, que en su vientre latía una vida, producto de su amor con Fernando; que la hipoteca de la casa, que había hecho cuando tuvo que enterrar a su padre estaba por vencerse y no tenia dinero; que si habrían de nuevo el convento no podría regresar; que qué diría el señor cura si se daba cuenta de su pecado; que donde iba a vivir si le quitaban la casa, que si nacía su hijo sin padre, a él y a ella la sociedad de la religión los iba a condenar; que si Fernando no venia ella se moría de pena. Esas y muchas otras reflexiones hacia Beatriz, todos los días y todas las noches; al fin, el desgaste de energía por el llanto y la preocupación, eran mas grandes que el insomnio y terminaba por dormirse. Las campanadas de misa de las cinco la despertaban, se santiguaba y empezaba a pensar en Fernando y en su situación para concluir con la espera de un milagro, que era lo único que la podía salvar.
Así paso un mes y así pasaron tres meses sin tener noticias de su amado, la confortaba la idea de que el no le escribía porque estaba próximo si regreso; el milagro estaba por realizarse de un momento a otro, en una noche de luna llegaría el oficial francés por el occidente. Tanto era su fe la idea del regreso de Fernando se convirtió en obsesión y todos los días de plenilunio, cuando Beatriz iba al rosario de la tarde, se escondía tras un confesionario de la catedral, para luego que cerraban la puerta, subiría por la escalera del caracol al campanario; porque lo alto de la torre le permitía dominar mayor distancia y visibilidad en el horizonte, para completar la inmensidad hacia el occidente por donde tenia que aparecer su amado. Todos los días, todas las tardes y todas las noches, Beatriz trepaba a lo alto de la torre izquierda de la catedral, a hurgar en el horizonte esperando el retorno de Fernando; por fin, cuando el niño de Beatriz estaba por nacer, una mañana del mes de abril, a las primera luces del alba, cuando el sacristán del templo habría la puerta mayor de la iglesia, vio tirado sobre el atrio enlozado de la catedral, el cuerpo de una mujer que con los brazos abiertos sobre el suelo, yacía muerta. Estampada en el piso al desplomarse de lo alto de la torre de donde contemplaba el horizonte.
Nunca se supo si fue suicidio por la desesperación y el desengaño porque el milagro no se realizaba, porque la plegaria de aquella noche de noviembre se perdió en el infinito del cielo estrellado y no llego a su destino, porque los ruegos y las oraciones de todos los días, no fueron escuchados en represalia, porque la monja rompió el voto de castidad. No se supo tampoco si fue un accidente producto del agotamiento y el desvelo el que ocasiono el desplome. La realidad, que Beatriz murió por la caída de mas de treinta metros de altura, cuando a su higo le faltaban unos días para nacer y que desde entonces, todas las noches de plenilunio se ve la silueta de una monja vestida de blanco en el campanario de la torre izquierda de la catedral de Durango, de rodillas contemplando el occidente implorando por el retorno de su amado.
La piedra que araño el diablo
Al norte del Valle de Cacaria ubicado entre las comunidades de Nicolás Bravo y San José de García, se encuentra el ejido de Nogales que es uno de los asentamientos humanos más antiguos del Estado de Durango. Se caracteriza por un pequeño cerro que existe en ese lugar, algo único y excepcional en virtud a que se formó totalmente aislado del sistema montañoso y lomerío de la región.
La existencia de esa pequeña montaña le dio singularidad al lugar convirtiéndolo en un importante centro ceremonial en la época prehispánica, como lo demuestra la mucha cerámica y objetos de industria lítica que se han localizados en torno al montículo de referencia. También tumbas de enterramiento indígenas con sus respectivas ofrendas se han localizado en el lugar, descubrimientos valiosos que no se han estudiado como se merecen y han sido objeto de saqueo y destrucción. Por la forma y altura que tiene el pequeño cerro, todo hace suponer que fue utilizado como gran pirámide y en la parte alta se levantó un adoratorio donde se rendía culto al sol, la luna y las estrellas.
Son muchas las consejas que se cuentan para explicarla existencia de esa pequeña montaña solitaria, algunos dicen que hace muchos siglos, cuando el agua cubría por completo el Valle de Cacaria, todos los seres que habitaban la inmensa laguna acordaron llevar cada quien una piedra para formar una isla que saliera de la superficie del agua y les permitiera salir a tomar el sol y así se formó el cerro. También se cuenta que en el lugar donde está el cerro, existió el palacio de un gran señor que era el rey de todos los contornos y al sentirse muy poderoso quiso ser más que Dios, por lo que el castillo fue encantado convirtiéndolo en cerro, circunstancia por la que la montañita se encuentre hueca y en su interior existe un tesoro incalculable que algunos le pueden ver solamente el Jueves Santo de cada año a las doce de la noche.
En ese cerro, existe una piedra grande a la que los lugareños denominan La Piedra que Arañó el Diablo. Es una piedra de regular dimensión y en la misma se advierte cinco surcos perfectamente marcados, que el decir de las consejas, son la marca de las uñas de Satanás, cuando le tiro el zarpazo a la comadre adúltera que se encontraba en la roca junto con su compadre a quien ella pretendía enamorar y seducir.
Cuando ella abrazó a su compadre tratando de convencerlo de que cayera en la tentación, dicen que se soltó un fuerte viento con polvo que obscureció al sol, hechos que atemorizaron a la comadre y arrepentida de su mala acción, alabó a Dios tomando en su mano una cruz de oro que colgaba de su cuello y se levantó de la piedra al mismo tiempo que decía: Ave María Purísima, Dios de bondad perdóname y protégeme.
La comadre, alcanzó a mirar como un hombre alto que vestía de color negro, pretendió tomarla de los cabellos y como no lo alcanzó, solamente arañó con las uñas la piedra, dejando la marca del zarpazo marcada para siempre.
Del compadre, nada dicen las consejas y solamente se sabe que la comadre profundamente arrepentida, dedico el resto de su vida a Dios, mandando construir un pequeño jacal en la parte alta del cerrito que por muchos años cumplió la función de capilla.
El tiempo en su avance incontenible que todo lo borra y modifica, hizo que el hombre y recuerdo de la comadre se borrara de la memoria de los lugareños y solamente quedó como mudo testimonio del hecho, la piedra con los araños pintados y en lo alto del cerrito la capillita blanca donde todos los fieles se reúnen los domingos y días de fiesta de guardar a cumplir con los preceptos de la liturgia religiosa.
El pueblo de Nogales, es cabecera del ejido del mismo nombre, se encuentra a cincuenta kilómetros de la ciudad de Durango y la estación del ferrocarril de Tepehuanes que se encuentra a orillas de el pueblo se llama Estación Lucía.
A unos cuantos kilómetros del lugar con dirección del oeste, se encuentran las altas montañas de la Sierra Madre Occidental donde se encuentran las Cuevas del Dorado y Cuevas del Muerto, que al decir de los relatos pueblerinos, fueron madrigueras de bandoleros famosos, quienes dejaron enterrados en esas cuevas tesoros incalculables.
El invitado del más alla
Elegante participaciones para el enlace matrimonial habían circulado profusamente en la alta sociedad de la ciudad de Durango.
Los familiares de los contrayentes no descuidaban detalles para que la boda fuera el máximo acontecimiento social de aquellos tiempos. Era la época de finales del siglo XIX. La paz porfiriana se había impuesto en todas partes y gobernaba el estado de Durango el señor don Juan Manuel Flores. Las calles de la capital de la entidad no estaban pavimentadas y por ella transitaban carretas tiradas por pausadas yuntas de bueyes o carros pesados arrastrados por troncos de mulas o caballos. Las carretas y coches eran vehículos de atracción animal livianas y de movimientos ágiles, dedicados al transporte humano, uso exclusivo de familias acomodadas y ricas de la época. La ciudad era pequeña, tranquila y somnolienta, vivía la modorra social y cultura que caracterizó la agonía del siglo diecinueve que llegaba a su fin.
En lo que fue la calle del Pendiente a la que también se llamó calle de la Llorona, existió la casa de Verónica Herrera muchacha que despuntaba dieciocho primaveras y lucía en su mano derecha el anillo de compromiso, preciosa sortija de brillantes que pronto la haría acercarse al altar, en donde en ceremonia inolvidable, uniría sus destinos con Ramón Leal del Campo, caballero de linajuda familia durangueña que decía estar emparentado con don José del Campo Soberón y Larrea primer Conde de Súchil.
La noticia de la boda de Verónica con don Ramón, sacudió a la sociedad durangueña y las muchachas amigas de la novia, con tiempo encargaron en los principales comercios de la sociedad, sus telas de razo, terciopelo, satín turquestán para confeccionar sus crinolinas y demás piezas de vestir que lucirían como estreno en la boda.
La madre de la novia, se quebraba la cabeza haciendo listas de platillos que satisfacieran los paladares de los diferentes gustos, con el objeto de ofrecer viandas variadas en el banquete, dando muestra de refinamiento en el buen comer. Un numeroso grupo de damas voluntarias, familiares y amigas de la novia acometió en jornadas agotadoras el confeccionado de flores de papel crepé en color blanco, con las cuales se formarían grandes guirnaldas para vestir de blanco el interior de la catedral, templo donde se realizarían los esponsales. La casa de la novia era una amplia mansión con arquería en corredores, tres patios y mas de veinte habitaciones, espacios que todos deberían de vestir adornos de papel con el color de la pureza y la castidad. Dar asiento a toda la concurrencia era otro problema que revestía preocupación y empleo para el sexo masculino, tarea encargada al jefe de la familia como responsable.
Verónica por su parte mandó confeccionar el traje nupcial con Belem Soto la costurera más prestigiada de la ciudad, quien además de atender lo relativo a corte y confección de la prenda ceremonial, también se encargaba de confeccionar el ramo, la corona de azahares, el ramo del novio y demás adornos y detalles de elegancia para la desposada, de tal manera de hacerla lucir como novia excepcional.
Las amas de casa madrugadoras que a tempranas horas de la mañana recurrían a las acequias y demás aguajes públicos, donde se preveían de agua suficiente para el consumo del día gran parte de su tiempo lo dedicaban a comentar las noticias del día, dando especial atención a la próxima boda de Verónica Herrera.
Don Ramón por su parte, no escatimaba dinero para satisfacer las exigencias y caprichos de su prometida, sintiéndose halagado cuando la novia le pedía algo que no estaba previsto.
Tres días antes de la boda, que se había fijado para el cinco de noviembre de aquel año, Verónica en compañía de su familia y un nutrido grupo de amigas, visitaron el Panteón de Oriente, en la tradicional romería del Día de Finados. A la muchacha no la distraían oficios religiosos, fiestas tradicionales ni pláticas con amigas o familiares. Para ella su obsesión era la boda, su próximo matrimonio, la ceremonia y los detalles de su enlace matrimonial. No pensaba en otra cosa, ni ocupaba su mente otro pensamiento que no fuera su boda y Ramón su prometido. En la visita de ese día al Cementerio, Verónica tropezó ocasionalmente con una calavera que a flor de tierra yacía en un lado del sepulcro de donde la habían sacado, tal vez cuando enterraron en ese lugar a otro difunto. La muchacha al mirarla, le pegó con la punta del pie diciéndole:
-Te invito a mi boda, no dejes de asistir.
Aquella actitud irrespetuosa de Verónica ante aquellos restos humanos, fue considerados por quienes la presenciaron como una broma y nada más. Todos se olvidaron de lo sucedido y los preparativos para la boda continuaron.
El cinco de noviembre llegó tan rápido que a todos los organizadores y participantes en la fiesta los hizo acelerar el cumplimiento de tareas y comisiones.
La novia a temprana hora se puso el atavío nupcial. Una corte de ayudantes y damas de compañía corrigieron los detalles de su presentación y lucía esplendorosa y bella, toda una reina vestida de blanco, que irradiaba felicidad y alegría. Las notas de la marcha nupcial se extendían por el recinto sagrado imponiendo solemnidad al momento. El par de enamorados se postraron frente al altar mayor del templo y el fervorín que pronunció el orador sagrado arrancó lágrimas a los presentes.
En primera fila, cerca de los novios se postró un caballero delgado y pálido, vestía traje negro y la ropa, rostro y cabello acusaba señales de abundante polvo blanco. Su presencia despertaba curiosidad, miedo y respeto al mismo tiempo. Permaneció hincado durante toda la misa y cuando la concurrencia abandonó el templo, el desconocido se incorporó a la comitiva y felicitó a los novios.
Ya en casa de la novia donde se realizaba la boda, aquel hombre raro y desconocido se apareció entre los invitados y nadie supo como llegó.
La música empezó a tocar el vals para los novios y el eco de las cadenciosas notas rodó por los corredores filtrándose en todo los oídos. El padre de la novia con ella y la madre del novio con él, iniciaron la danza, en tanto que continuaron los novios en el ritual acostumbrado. Posteriormente cuando los amigos y familiares de Verónica bailaban con ella, pasándosela de mano en mano, el desconocido la tomó de la mano y empezó a bailar al mismo tiempo que le preguntó:
-¿Me conoces?...
-Soy tu invitado especial.
La muchacha hacía enorme esfuerzo por recordar sus razgos fisonómicos, su estatura y demás elementos que le permitieran la identificación de aquel desconocido. Después de vano y prolongado esfuerzo contesto:
No...no lo conozco.
Soy la persona que hace tres días invitaste a tu boda en el Panteón de Oriente y me recomendaste no faltar. Al mismo tiempo que para asombro de la concurrencia, dejaba la forma humana física y común y se transformaba en esqueleto humano descarnado y erguido.
La muchacha cayó muerta, fulminada por un paro cardiaco y el invitado de ultratumba desapareció en el acto tan misteriosamente como había llegado.
Aquello se transformó en un acto de confusión y duelo, porque la novia no despertó, pagó con su vida la osadía de hacer invitaciones a seres de ultratumba. Las consejas pueblerinas dicen que después de cien años de realizados los sucesos que se narran, todavía de cuando en cuando, en la casona que se ubica por la calle de Negrete crucero con Zarco, se mira pasear una mujer vestida de novia y es el ánima de Verónica Herrera que trata de continuar su boda interrumpida.
La ultima cita
En el año de 1918 fue un año funesto para la ciudad de Durango, por la epidemia de Gripe Asiática y del Tifo que diezmo a la población. La señora Leonor que por las tardes solía colocar una silla en la puerta de su casa, ubicada en la antigua Calle de Fresno, ahora Calle Salvador Nava, hacia unos días que no se veía por ninguna parte y todo hacia suponer que se encontraba enferma de Gripe la enfermedad maligna del momento. Doña Leonor como le decían era una señora muy guapa y respetable de unos cuarenta años de edad casada con Don Cayetano rico minero de ascendencia española.
El matrimonio tenia dos hijo, Felipe el mayor de 20 años y Leonor guapa señorita de 18 que se parecía mucho a su madre.
La gente del barrio decía que el muchacho Felipe se llamaba así porque doña Leonor había tenido un novio del mismo nombre, lo amaba con locura y todas las tardes al anochecer cuando su madre salía al rosario al templo de Santa Ana, la enamorada aprovechaba para verse por la ventana con Felipe. Felipe pasaba por la calle silbando la canción El pajarillo Barranqueño, cuando las condiciones no eran favorables para la entrevista Felipe pasaba una y otra vez por la calle silbando.
Un día Leonor no pudo desoír las reflexiones de su padre y comunico a Felipe la prohibición que le imponía, circunstancia que daba por terminada la relación.
Felipe ahogándose en un mar de llanto, abrazo a Leonor con desesperación y le dijo:
Con voz entrecortada por el llanto Leonor le contesto:
-Juro por dios que así será.
-Yo también lo juro contesto Felipe.
Felipe se trasladó al mineral de Inde.
El padre de Leonor se las ingenio para casar a su hija con don Cayetano, viejo y achacoso pero con muchos pasos y lo convenció pára que se fuera a vivir en la casa paterna donde vivía Leonor.
Cuando estallo la Revolución Mexicana Felipe se dio de alta en la bola y por su valor y capacidad de mando se convirtió en oficial villista. De regreso a Durango como el Coronel Felipe García lo primero que hizo fue buscar a Leonor y su casa de la calle Fresno, donde la encontró casada con don Cayetano. Al presentar al muchacho la señora le dijo:
-Este se llama Felipe como tu… Ella Leonor como yo… Cayetano mi esposo. Jamás supieron uno del otro, intencionalmente se quisieron olvidar porque así lo requerían las circunstancias.
Cinco años después cuando la gripe y la tifo diezmaban a la población de Durango, doña Leonor se encontraba postrada en cama agonizaba soportando alta temperatura que le cortaba la existencia.
Don Cayetano, Leonor y Felipe rodeados de su cama acongojados la cuidaban a las dos de la mañana. La enferma no abría los ojos, respiraba con dificultad y todo anunciaba el fatal desenlace de un momento a otro.
De pronto cuando la quietud era mas solemne y el momento mas austero, a lo lejos se escucho el silbido de un trasnochador que entonaba con su silbar nocturno, El pajarillo Barranqueño. Poco a poco la intensidad del silbido aumentaba y la melodía se escuchaba con mayor claridad.
De pronto, Leonor la enferma, con raro vigor se sentó en la cama, se puso su bata y con fuerte voz se contralto canto El Pajarillo Barranqueño. La familia se quedo estupefacta, sorprendida sin hallar que hacer o que decir. Como si aquello hubiera dado vida de pronto a la enferma, con paso seguro se dirigió a la ventana, hizo a un lado la cortina y sin dejar de cantar, abrió las dos puertas, saco parte del cuerpo a la calle, algo dijo que no se le entendió y callo muerta.
Los que la contemplaban se acercaron a darle auxilio escuchaban a lo lejos el silbido misterioso del Pajarillo Barranqueño, sin saber de donde salía ni quien lo silbaba.
Impresionados por el suceso, don Cayetano y sus dos hijos se abocaron a investigar el origen y significado del acontecimiento.
Valeria una anciana sirvienta de la casa les contó la historia, informándoles que Felipe lo habían matado en una acción militar cuando la toma de Zacatecas el 22 de junio de 1914 y cuatro años después en octubre de 1918 había venido a cumplir la ultima cita que tenia pendiente con Leonor desde cuando eran novios.
Etto ... ¡ Moon , trabajando para todos ustedes gente del planeta tierra y derivados !
¡ RECUERDA SIEMPRE SONREIR ! ¡ NUNCA TE RINDAS Y ASI ATRAVESARAS FRONTERAS !
Att : Una persona