Nombre: Aurora Rodríguez Carballeira.
Lugar de los hechos: Madrid.
Año del crimen: 1933.
Delito: Matar a su hija
Móvil: El temor a que su hija se independizara y se apartara de su proyecto vital.
Modus operandi: Le disparó cuatro tiros.
Sentencia: 26 años, ocho meses y un día de prisión
SIN CULPA NI ARREPENTIMIENTO
Cuando le preguntaban a Aurora por qué lo había hecho, respondía: “Porque era tan hermosa”. No estaba arrepentida. Lo volvería a hacer. En el juicio, declaró que la muerte se había producido de común acuerdo.
La condenaron a 26 años, ocho meses y un día de prisión. A los dos años desapareció. Todo el mundo pensó que se había fugado o había sido excarcelada en medio del alboroto político y social de 1936. Pero no fue así. Aurora Rodríguez Carballeira nunca estuvo en la cárcel. Su prisión fue el hospital psiquiátrico de Ciempozuelos. Allí murió, completamente sola.
Años después del crimen, la criada confesó que Aurora había tenido a Hildegart secuestrada durante sus últimos días. Le cortó el teléfono, le prohibió recibir correspondencia, le negó cualquier contacto con el exterior. Antes de disparar, le había quitado ya la vida
Nombre: Lizzie Borden.
Lugar de los hechos: Fall Rivers, Massachusetts (EE.UU.).
Año del crimen: 1892.
Delito: Parricidio y asesinato de su madrastra.
Móvil: Odio.
Modus operandi: Asestó 11 hachazos a su padre y 21 a su madrastra. Sentencia.Libertad sin fianza.
Ni a la asesina ni a su hermana, Emma, les gustó que, tras la muerte de su madre, su padre se casara con otra mujer. Ambas la odiaban tanto que ni se sentaban a la mesa con ella. Por eso Lizzie, que era fría como el hielo, decidió eliminarlos. Primero le asestó a ella 21 hachazos en el cráneo. Después se ocupó de su padre: 11 golpes. Siempre negó su culpabilidad, aunque todas las pruebas la señalaban. Su mejor amiga la sorprendió mientras metía en el horno un vestido manchado de sangre, el farmacéutico declaró que había intentado comprarle ácido el día del crimen, la Policía encontró dos hachas en el sótano y el forense dictaminó que el asesino estaba en la casa, porque la madrastra había sido asesinada una hora y media antes que el padre.
Con todo, Lizzie logró conmover al jurado, que la dejó en libertad sin fianza. Le bastó un desmayo tras ver las calaveras de los asesinados. Ya absuelta, Lizzie y su hermana se repartieron la jugosa herencia. Pero todos sabían que era culpable. Su condena fue el ostracismo. Al morir, legó su fortuna a la Sociedad Protectora de Animales.
Francisca González
(seguro que esta os suena.)
Nombre: Francisca González.
Lugar de los hechos: Santomera (Murcia).
Año del crimen: 2002.
Delito: Doble asesinato con agravante de parentesco.
Móvil: Venganza contra su marido.
Modus operandi: Asfixió a sus dos hijos con el cable de un cargador de teléfono móvil.
Sentencia: 25 años de prisión.
"Me han matado a mis hijos!”, gritó Francisca González a la persona que atendía el teléfono de emergencia. Adrián, de seis años, y Francisco Miguel, de cuatro, yacían muertos en la cama de matrimonio. Al lado de Francisca estaban la abuela y el hijo mayor, de 14 años. El padre, ausente. Cuando llegó la Guardia Civil, apenas pudo articular un discurso coherente. No supo explicar por qué tenía un arañazo en la mejilla, por qué los niños estaban casi desnudos en pleno invierno ni por qué los supuestos asaltantes no habían robado nada. Después de un entierro que conmovió a toda España, confesó el doble asesinato.
Momentos antes del crimen había hablado por teléfono con su marido, José, y éste le había comunicado su intención de separarse de ella. Furiosa, juró venganza. Se atiborró de alcohol y estupefacientes, lo que terminó de bordar su locura, y se dirigió hacia su hijo mediano. Rodeó su cuello con el cable del cargador del móvil y lo asfixió. Después hizo lo mismo con el pequeño. Y pese a lo bárbaro de su acción, no se derrumbó. Con sangre fría, esperó algo más de cuatro horas y llamó al resto de la familia.
Pero no hay crimen perfecto. Francisca testificó que todo había sucedido a las siete de la mañana y el forense fijó la hora de las muertes en las dos y media. Además, la delataba la señal que el cable había dejado en su mano. Un jurado popular la condenó a dos penas de 20 años de prisión; sólo cumplirá 25 años.
Nombre: Marie Noe.
Lugar de los hechos: Filadelfia (EE.UU.).
Año del crimen: Entre 1949 y 1968.
Delito: Asesinato múltiple.
Móvil: Desconocido. (Mi opinión personal es que estaba como una puñetera cabra )
Modus operandi: Asfixió a los niños con la almohada mientras dormían.
Sentencia: 20 años de libertad vigilada, con una cadena electrónica ajustada a su cintura.
En los años 60, Marie y su esposo, Arthur Noe, fueron noticia por ser víctimas de lo que parecía una maldición genética. Entre 1949 y 1968, sus ocho hijos, que tenían entre 13 días y 14 meses, habían fallecido de muerte súbita mientras dormían. Pero la aparición del libro “La muerte de los inocentes”, en el que se ponía en entredicho esta explicación oficial, y la publicación de un artículo que planteaba el homicidio como hipótesis hicieron que la policía reabriera el caso.
Habían pasado 30 años desde los asesinatos. La investigación puso a Marie Noe contra las cuerdas y finalmente habló, pero con condiciones. Confesó haber matado a cinco de sus ocho hijos, pero dijo no saber lo que le había ocurrido al resto. Pidió, a cambio de declarar ante un tribunal, la negociación de su condena, y la Justicia accedió. Marie nunca confesó su móvil y “sí” y “no” fueron sus únicas respuestas, pero sólo fue condenada a 20 años de libertad vigilada, a pagar una fianza de 500.000 dólares y a someterse a terapia psiquiátrica.
Nombre: Giuliana Llamoja.
Lugar de los hechos: Lima (Perú).
Año del crimen: 2005.
Delito: Asesinato por emoción violenta.
Móvil: Odio.
Modus operandi: Asestó a su víctima 65 puñaladas con un cuchillo de cocina.
Sentencia: 20 años de prisión, reducidos a 12 por no tener antecedentes y por su edad (18 años).
"Estoy presa, pero, ¿por qué? Por haber movido mis manos. Pero si yo no sabía lo que estaba pasando. Todo estaba oscuro”. Giuliana Llamoja Higares, una joven de 18 años, estudiante de Derecho –número uno de su clase–, aficionada al baile, prometedora poeta e hija de un juez de Lima, clavó el cuchillo de cocina hasta 65 veces en el cuerpo de su madre, de 47 años. La víctima murió desangrada. Madre e hija habían tenido una agria discusión, una de tantas, en su casa de San Juan de Miraflores.
Antes de los hechos, había intentado envenenarla con una bebida mezclada con raticida, pero la madre lo descubrió. Después se tomó su tiempo y se dio un baño. Así, envuelta en la toalla, se la encontró su hermano Luis. Dio unos pasos más ydescubrió el rastro de sangre y a la madre muerta. Giuliana compuso rápidamente una explicación: “Estuve discutiendo con mamá y se suicidó”.
Pero la adolescente no tardó en confesar. Lo hizo cuando se presentó el fiscal para ordenar el levantamiento del cadáver. “Estaba cansada de que ella fuera un escollo en mi vida”, fueron sus palabras. No obstante, alegó que su madre la había atacado primero. ¿A qué se debía entonces la violencia de 65 puñaladas? Llamoja no fue condenada por parricidio, sino por asesinato por emoción violenta, al producirse éste en el marco de una pelea. (flipante) Actualmente cumple condena en el penal de mujeres de Chorrillas. No saldrá hasta 2017.
Nombre: Christina Riggs.
Lugar de los hechos: Arkansas (Estados Unidos).
Año del crimen: 1997.
Delito: Matar a sus dos hijos.
Móvil: Un acto de amor.
Modus operandi: Les sedó con un antidepresivo y les asfixió con la almohada.
Sentencia: Pena de muerte.
Curiosidades: No supo inyectarse adecuadamente el cloruro potásico con el que pretendía suicidarse.
Tuvo un brote depresivo, mató a sus dos hijos y, a continuación, se inyectó a sí misma el agente químico que se utiliza en las ejecuciones en EE.UU. Christina Riggs quería morir. Sin embargo, no lo consiguió, porque desconocía cómo manipular el cloruro potásico. Así pues, cuando fue acusada y la juzgaron, lo pidió a gritos: “Quiero morir. Quiero que me lleven con mis hijos”. (Pues ya podía haberse muerto antes ella, ) Suplicó que la condenaran a muerte y que el verdugo terminara lo que ella no había sabido hacer. Finalmente, lo consiguió. El 2 de mayo de 2000, casi tres años después de haber sido detenida, Riggs fue ejecutada. Esta vez no hubo fallos.
Christina Riggs había quitado la vida a Justin Dalton Thomas y Shelby Alexis Riggs, sus dos hijos. El psicólogo que intervino en el juicio afirmó que “la depresión suicida patológica que padecía la incapacitó para hacer algo más razonable. Visto desde fuera, la muerte de estos dos niños es algo horrible. Desde dentro, parece un acto de misericordia”. Para ella, su crimen fue un acto de amor. La mujer, que no paraba de llorar e incluso deliraba en su declaración, confesó que primero les había sedado con un antidepresivo. Después, intentó administrarles el cloruro letal, con la mala fortuna de que uno de ellos se despertó. Entonces, recurrió a la morfina y, después, a la almohada. Les asfixió, les llevó a la cama y les acostó como un día más. Christina Riggs trabajaba como enfermera en un hospital.
Nombre: María Rosa M.A.
Lugar de los hechos: Barcelona.
Año del crimen: 2005.
Delito: Asesinato con el agravante de parentesco.
Móvil: Morirse juntos. Si ella se suicidaba, los niños tenían que acompañarla.
Modus operandi: Les ahogó en la bañera.
Sentencia: El fiscal pidió 36 años de prisión.
El miedo se había instalado en la vida de María Rosa M. A. Un miedo extraño: a salir a la calle, a ir a trabajar, a comprar... Había pensado varias veces en quitarse del medio. Por ejemplo, el día de su 35 cumpleaños. “Aquella mañana venía a mi cabeza la idea de la muerte, pero no era algo que yo buscara. Yo sólo pensaba: “¿Cómo me voy a morir? Tengo dos hijos a mi cargo”. Se encontraba en un callejón que no tenía salida. Lo único que podía hacer era irse y llevarse con ella también a los pequeños. También lo contó en el juicio: “En un principio pensé en cortarme las venas. Luego me vestí y pensé que iríamos a algún puente, que nos abrazaríamos los tres y nos arrojaríamos, pero fui incapaz de salir a la calle. Si nos hubiésemos marchado, no hubiese pasado nada de esto”.
Lo que pasó fue que María Rosa ahogó a sus dos niños, de ocho meses y dos años, en la bañera de su domicilio, en el distrito barcelonés de El miedo se había instalado en la vida de María Rosa M. A. Un miedo extraño: a salir a la calle, a ir a trabajar, a comprar... Había pensado varias veces en quitarse del medio. Por ejemplo, el día de su 35 cumpleaños. “Aquella mañana venía a mi cabeza la idea de la muerte, pero no era algo que yo buscara. Yo sólo pensaba: “¿Cómo me voy a morir? Tengo dos hijos a mi cargo”. Se encontraba en un callejón que no tenía salida. Lo único que podía hacer era irse y llevarse con ella también a los pequeños. También lo contó en el juicio: “En un principio pensé en cortarme las venas. Luego me vestí y pensé que iríamos a algún puente, que nos abrazaríamos los tres y nos arrojaríamos, pero fui incapaz de salir a la calle. Si nos hubiésemos marchado, no hubiese pasado nada de esto”.
Lo que pasó fue que María Rosa ahogó a sus dos niños, de ocho meses y dos años, en la bañera de su domicilio, en el distrito barcelonés Nou Barris. “Abrí el grifo de la bañera, yo estaba en el comedor con el mayor. Primero fue el pequeño. Los ahogué y los dejé en la bañera. Lo hice con precisión y coraje, no sé de dónde me salió”. (Vaya un coraje ) Después, acudió a casa de sus padres y, seguidamente, se arrojó al vacío (“intentando caer de cabeza”), pero no se mató,aunque quedó gravemente herida. Llamó entonces a la policía y lo confesó todo. Quería exculpar al padre.
Nombre: Pauline Parker y Juliet Hulme.
Lugar de los hechos: Nueva Zelanda.
Año del crimen: 1954.
Delito: Matar a la madre de Pauline.
Móvil: Pensaban que la única manera de estar siempre juntas era eliminando a Honora Parker.
Modus operandi: Machacaron el cráneo de la madre de Juliet con un ladrillo envuelto en una media. (La madre que las parió...)
Sentencia: Prisión.
Pauline y Juliet se habían conocido en el colegio de religiosas donde estudiaban. A las dos les gustaba la ópera. Las dos eran aficionadas a los libros de caballerías. Las dos tenían 15 años. Pronto, se refugiaron en un mundo imaginario habitado por caballeros andantes, princesas encantadas y príncipes valientes. Se enamoraron. Los problemas se presentaron cuando los padres de Juliet decidieron separarse y llevarse a su hija a Sudáfrica. Eso significaba el final de la relación. Había que hacer algo. Querían estar juntas y alguien se lo impedía. Ese alguien tenía un nombre y era el de Honora Parker.
No les costó mucho elaborar un plan, acostumbradas como estaban a la fábula. Un ladrillo envuelto en una media y un golpe en el cráneo fueron suficientes. La señora Parker había dejado de interponerse entre ellas para siempre. Pero dejaron demasiadas pistas. El diario de Pauline, con todos sus sentimientos inconfesables por escrito, más inconfesables aún en una sociedad religiosa y puritana hasta el extremo, fue la prueba definitiva. Terminaron separadas y entre rejas. Años más tarde, ya libre, Juliet Hume se marchó del país y se cambió el nombre. Adoptó el de Anne Perry. Vive en el norte de Escocia, entre perros y gatos. Es una escritora de novela negra de éxito. Pauline también sigue soltera, en el condado de Kent. Se llama Hillary Nathan y dirige una escuela de equitación para niños.
La historia fue plasmada en una pelicula de mano de Peter Jackson: Criaturas Celestiales
Nombre: Waltraud Wagner.
Lugar de los hechos: Austria.
Año del crimen: entre 1983 y 1989.
Delito: haber asesinado a 42 pacientes.
Móvil: Pensaban que la manera de aliviar el dolor de los ancianos.
Modus operandi: Las técnicas para matar a los pacintes, en su mayoría ancianos, eran distintas: inyectar Rohipnol, Valium, Dorminal o el macabro lavado de boca
Sentencia: Prisión perpetua.
Durante la investigación judicial se han exhumado 17 cadáveres de los asesinados en Lainz para encontrar los restos de los medicamentos inyectados por las enfermeras. El número de víctimas se elevo a más de 300.
Las técnicas para matar a los pacintes, en su mayoría ancianos, eran distintas: inyectar Rohipnol, Valium, Dorminal o el macabro lavado de boca practicado por Waltraud Wagner, llamada a sus espaldas la bestia por sus colegas. Según consta en la investigación del fiscal del caso Lainz, Ernst Kloyber, se ahogaba a los enfermos con un vaso de agua. Se utilizaba especialmente en ancianos inconscientes o que dormían abriéndoles la boca a la fuerza y sujetándoles la lengua dejando entrar el agua en los pulmones. Wagner se defiende ahora afirmando que "era sólo un trago".
Wagner era la jefa de grupo y la enfermera preferida por el mismo jefe del pabellón V, el doctor Pesendorfer -suspendido y rehabilitado un año después- que la calificó como "eficiente y comprometida". Wagner era puntual, cumplía los turnos de noche sin quejas y siempre acudía al hospital cuando era llamada para emergencias.
La acusada responsabiliza al sistema hospitalario y al médico jefe Pesendorfer. "El profesor estaba siempre ausente e ilocalizable, a veces teníamos en un turno 35 pacientes y éramos sólo dos enfermeras. ¿Sabe usted lo que es lavarlos, darles de comer, ordenar, ¡era un horror!". Niega que los haya matado porque les suponían más trabajo. "Un moribundo no da más trabajo", afirma.
Wagner fue condenada a cadena perpetua por 15 asesinatos, 17 intentos de asesinato y 2 cargos por asalto

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