Porque hoy todos tenemos reloj, pero no tenemos tiempo. Porque hoy estamos más comunicados que nunca con los blackberry, los celulares, los i-phone, internet, messenger, twitter, facebook, blog, etc., etc., pero cada vez hablamos menos con los nuestros. Porque hoy parece que los días, semanas, meses y años transcurren más rápidamente. ¿Recuerdas hace sólo algunos años, cuánto esperabas para que fuera el día de tu cumpleaños o la navidad? El tiempo transcurría lento, eterno. Hoy vuela y sin embargo el día sigue teniendo las mismas veinticuatro horas y los minutos sus mismos sesenta segundos. Las abuelitas nos decían que andar apurado estaba mal, y así aprendimos, pero hoy no sólo andamos acelerados, sino que también así comemos, así hablamos, así caminamos, dormimos así y cada vez menos, y hasta el amor lo hacemos así…muy apurados. Hoy el Rey Cronos, se ha apoderado de nuestras vidas y cada vez se nos hace más difícil hacer caso omiso de su presencia. Nos hemos olvidado de admirar, reconocer y agradecer. No “tenemos tiempo” decimos y que extraño porque aún siguen siendo 168 horas semanales!!! Estamos viviendo entre el miedo y la culpa. El miedo de perder lo obtenido, generalmente vinculado a lo material, comparándonos desagradable y permanentemente con otros estándares; el miedo al cambio, a que las cosas no sean como ahora; el miedo a perder poder o al rechazo del gheto social al que pertenezco; el miedo al éxito que por cierto me tiene atrapado en un limbo invisible, entre el infierno de no conseguirlo y el cielo sangriento de obtenerlo. Y la culpa…la culpa por no poder cumplir, con nuestros hijos, con nuestra expectativa, con nuestros propios sueños, hipotecando mi vitamina F, o sea la Felicidad. Estamos atascados entre la maravillosa tecnología que nos facilita la vida y el entrañable espacio de aprendizaje, de descanso, en donde palabras como estrés, colon irritable, crisis de pánico o de angustia no existían. En aquellos tiempos, en donde sólo había un teléfono por cuadra y sin embargo encontrábamos los espacios para hablar y conversar entre nosotros. En dónde sólo teníamos papel y lápiz para decirnos cosas a la distancia, y sin embargo el cartero era nuestro mejor embajador. Hoy llegamos a muchas más partes, pero nos cuesta cruzar la calle o tocar la puerta de nuestro vecino, o de un hermano. Hoy nuestros hijos saben mucho más que antes, pero yo mucho menos de ellos. El Slow down aparece entonces, como un muy buen llamado de auxilio a hacer la vida más lenta, sin tanto frenesí, más equilibrada, más vivible. Yo ya comencé este camino…¿y tú?
¿Qué es el Slow Down y por qué me puede interesar?
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