InicioParanormalEl caballo de Rivadavia
La decisión la tomamos a fines de diciembre del 2008. A mediados de marzo del año siguiente cumpliríamos un sueño, pescar en el Bermejo. El lugar elegido Rivadavia. 800 kilómetros nos separaban desde Tucumán, calculamos unas 10 horas de viaje. Si el tiempo nos acompañaba estaríamos durante cuatro días. Con los avances tecnológicos que existen hoy, no resulta fácil ubicar el lugar. Todo salió de acuerdo a lo calculado. Llegamos a ese pedazo de patria olvidado, que solo los locos por la pesca pueden conocer. No hay otro motivo para ir. Llegamos con las primeras luces del alba. Armamos el campamento y los tres, luego de algunos consejos de los lugareños, aborígenes de la tribu Wichi, salimos rio abajo a buscar el famoso surubí. Llegamos al lugar recomendado, comenzábamos a cumplir nuestro sueño. El rio era impresionante. El día avanzaba como un socio perfecto de nuestra ansiedad. Debíamos tomar una decisión. Regresar al campamento o pasar la noche en el lugar elegido, a unos dos kilómetros. Resolvimos quedarnos, pero debíamos buscar algunas cosas, linternas, bebidas, cigarrillos. Fui el elegido para ir hasta el campamento. Debo reconocer que soy menos fanático que mi primo, el “Gallego” Silva y su compadre “el gordo Gugui”. Inicie mi tarea con pocas ganas, pero acosado por mis compañeros. “Anda a buscar las cosas”. Volví por el sendero que está pegado a la barranca. En algunos tramos se aleja varios metros del rio, ingresando en el monte conocido como el “impenetrable”, pero el ruido del agua te indica si vas en el camino correcto. Un bidón plástico de cinco litros, cincuenta y cincuenta. Una caja de pesca. Un bolso con tres linternas, tres paquetes de cigarrillos, pan, fiambres y repelente. Miré la hora. Eran las cinco de la tarde. Con toda la carga, salí algo incómodo, desde el campamento en busca de mis amigos. Por el mismo sendero. El rio siempre me acompañaba a mi izquierda. La carga no me facilitaba la caminata. Cada tanto debía bajar todo y cortar con el machete algunas ramas no sé de qué árbol. Era bajo y muy frondoso. De pronto me encontré debajo de un imponente árbol que no reconocía. Allí algo me llamo la atención. No escuchaba el ruido del rio. Cuando tome conciencia, me di cuenta que me había perdido. Había caminado una hora y media. Calcule que podía estar cerca de mis amigos. La experiencia me dice que cuando uno se pierde se debe quedar quieto en el mismo lugar hasta que lo encuentren. Siempre te buscan los que conocen el lugar. Comencé a gritar llamando a mi primo. Solo conseguía como respuesta el canto de algunos pájaros tal vez asustados por mis gritos. Estaba cansado. Prendí un cigarrillo y comencé a mirar el lugar. El árbol era realmente imponente. Cinco senderos llegaban al sitio. La desesperación me estaba ganando. Seguí gritando y al darme cuenta que nadie me respondía, tome una decisión, buscar una salida. Acomode las cosas, encendí una pequeña radio que me acompaño a todos las salidas. Elegí un sendero, corte un palo y le ate un pedazo de una bolsa de plástico, para señalarlo. Para mi todos los senderos eran exactamente iguales. El monte era muy tupido, definido perfectamente como “impenetrable”. Luego de haber caminado algunos metros decidí volver. Eleve al máximo el volumen de la radio para que me sirva de guía. Camine unos diez minutos no reconocía nada. No escuchaba el ruido del agua. Regrese al árbol. Descanse, fumando un cigarrillo y elegí otro sendero. La misma rutina. Otro palo, más plástico. Caminar diez minutos y regresar. Volví a mirar la hora. Siete de la tarde. Otro grito. Otro silencio. Había recorrido todos los senderos. No había alternativa. Quedarme y esperar. Tenía bebidas, comida, linternas, cigarrillos. Junte algunas ramas secas y encendí un fuego. La noche ya estaba cerca. Eran las ocho. Estaba nublado. Cada tanto una nube le permitía a la luna acompañarme por algunos minutos. Sentado en la caja de pesca, comencé a alumbrar a mi alrededor, buscando no sé qué cosa. Tal vez inconscientemente creía me podía ayudar si alguien me estaba buscando. De pronto en medio del monte me llamo la atención una enorme sombra. Encendí otra linterna para tener más luz. Era un caballo totalmente negro. Pensé que el animal debía estar en un sendero amplio, sino sería imposible que pueda caminar. Levante todas las cosas y me dirigí al hacia el lugar donde estaba el animal. Cada tanto alumbraba y el seguía allí, nos separaban unos treinta metros pero el monte y la carga me dejaban la sensación que nunca llegaría. Ansioso, cansado, con los brazos y las piernas lastimados por las ramas de los árboles, llegue al sendero. Tenía como un metro de ancho. Alumbre para ambos lados pero el caballo no estaba. Pensé que estaba regresando a su casa. Pero hacia donde, a la izquierda o a la derecha. Recordé que él estaba como mirando hacia la derecha. Camine bastante tiempo siempre buscando al caballo, hasta que llegue a otro camino. Todo indicaba que por allí transitaban vehículos. Alumbre hacia ambos lados y unos cincuenta metros hacia la derecha me di cuenta que él seguía caminando lentamente, exactamente por el medio del camino. Lo seguí. Cuando me sentía totalmente agotado escuche música a lo lejos. El tema era conocido, nos había acompañado durante el viaje. En un lugar donde no existe la energía eléctrica -pensé- no podía venir de otro lado, que no sea la camioneta. Llego un silencio que me paralizo. Regreso la música. Otro tema conocido. Ya no tenía dudas. La música estaba cada vez más cerca. Y Seguí caminado, cada tanto miraba la hora. Cuando me acercaba lo primero que reconocí fue la camioneta en la que viajamos. De allí venia la música. Allí estaba mi primo fanático del folklore con el volumen al máximo. Estaban armando las cosas con los lugareños, para salir a buscarme. Cuando me vieron, solo atinaron a mírame sorprendidos. Entre los dos armaron una pregunta. ¿Qué te paso? El cansancio me venció, me tire boca abajo en el piso. Pregunte la hora. Eran las 11 de la noche. Había caminado durante cinco horas. Los dos me miraban como intentando comprender de donde venía. O tal vez, porque estaba en esas condiciones. Se acercaron los Wichis. Algo recuperado me senté y comencé a contar la historia. Todos estaban parados formando un semicírculo a mí alrededor. Al relatar lo sucedido, me acorde que no había apagado el fuego. Comencé a sentir dolor en la cara, los brazos y las piernas. Síntomas que no me preocupaban cuando machete en mano quería ganarle al monte. A lo largo del relato las risas comenzaron a darle otro sentido a la charla. Llegaron las conjeturas, las hipótesis, otras anécdotas, y las cargadas, hasta que uno de los aborígenes, interrumpió. Mire yo conozco la zona y en cien kilómetros a la redonda, nadie tiene un caballo negro… COYOTE AMAYA Fuente: Prof. Alberto Danielsen - www.supervivenciatuc.com.ar Fotos: Daniela Albornoz | Martín Merino ..:: VISITA TAMBIÉN: http://www.taringa.net/posts/mascotas/9905358/Luna-y-los-perros-cumbreros.html
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