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Una tarde de 1810

Info8/16/2010
Cuando llovía en Buenos Aires en la época de nuestra Revolución de Mayo, las calles se convertían en un verdadero lodazal... ¡y las mujeres, llevando esos vestidos tan grandes! BUENOS AIRES EN 1810 La Plaza de la Victoria (hoy Plaza de Mayo) fue el escenario donde ocurrieron los principales hechos de la Revolución. De aquellos viejos edificios, solo el Cabildo se mantiene todavía en pie, aunque con tres arcadas menos de cada lado. Curiosidades porteñas ¿Creías que sabías todo sobre la vida en la Buenos Aires colonial? Bueno, aquí tenés algunas curiosidades que seguro no conocías… Los bailes Los porteños eran famosos porque ¡les encantaba bailar! Algunos de los bailes preferidos eran la contradanza española, los valses y los minuetos. Pero próximo a la época de la Revolución cuando empezó a hacer furor una danza que se acompañaba con cantos y en la cual la mujer avanzaba cantando "cielito, mi cielo". ¿Cómo se llamaba? Justamente: Cielo. Las tertulias Otro momento de diversión eran las tertulias, reuniones que se hacían a la noche, en las casas de los vecinos, y que terminaban alrededor de las once. Iban amigos de toda la vida y también forasteros, quienes eran "la gran novedad", ya que traían las últimas noticias del exterior. En estas reuniones estaban siempre las mujeres de la familia y, a veces, el dueño de casa. Es que, por lo general, éste se divertía más hablando de política en el café. El teatro A los porteños les encantaba ir al teatro. Claro que aquellos teatros eran muy diferentes de los de ahora, tanto que… ¡el público tenía que llevar su propia silla si quería ver la obra sentado! Además, tenían una salita anexa para las mujeres que iban solas, así no las molestaba ningún caballero demasiado atrevido. La ruleta El juego de la ruleta se instaló en Buenos Aires un año antes de la Revolución de 1810. Y le gustó tanto pero tanto a la gente que uno de los alcaldes del Cabildo, Agustín de la Cuesta, se preocupó muchísimo por lo que se conocía como "la rueda de la fortuna". Según él, "había picado en abastecedores, jornaleros, hijos de familia e incluso esclavos". Es decir, fue todo un éxito. ¿Había paraguas en 1810? Sí, era un invento que se había difundido en Europa. Pero, ¿habían llegado a Buenos Aires? Por supuesto. En un aviso publicado en el Correo de Comercio en 1810, se ofrecían paraguas ingleses que costaban entre cinco y diez pesos, según la calidad. La farmacia La primera botica o "farmacia particular", a cargo de un "boticario profesional", se instaló en Buenos Aires en 1770. Su propietario se llamaba Angel Pica y, como no había laboratorios, preparaba todos los medicamentos en la misma botica, en un cuarto llamado "rebotica". Y ese cuartito tan particular servía también para que se reunieran los ilustrados de la época a charlar sobre política y literatura. Los médicos Para 1810, Buenos Aires ya contaba con dos promociones de médicos recibidos en la ciudad. Habían estudiado en una escuela dirigida por el doctor Cosme Argerich, que era médico jefe del Hospital de la Caridad. La Escuela de Medicina había sido creada por el Tribunal del Protomedicato, en 1802. ¡De allí salieron los primeros doctores “industria nacional”! Las amas de leche En tiempos de Mayo, cuando una señora tenía un bebé, era muy común que contratara a otra mujer para que la ayudara a amamantar al recién nacido. Esta función también la cumplían las negras esclavas. A estas mujeres se las llamaba "amas de cría" o "amas de leche". Y cuando los chicos tomaban la leche de los pechos de la misma mujer, aun sin ser hermanos, eran llamados "hermanos de leche". Los caballos A los hombres les encantaba mostrar cuánto sabían sobre caballos y podían pasarse horas hablando sobre estos lindos animales. Es más, todos tenían por lo menos uno y eran tan fanas que gastaban la plata que no invertían en su propia ropa, con tal de que el caballo estuviera cubierto con los mejores adornos. El caballo era como el auto hoy: los hombres no iban a ninguna parte sin él. También lo usaban para arrastrar las redes de pescar, los gauchos se bañaban subidos al caballo, y hasta los mendigos pedían limosna… ¡a lomo de sus caballos! Las vacunas Como las epidemias y las pestes eran comunes en la época, el virrey Cisneros nombró al sacerdote criollo Saturnino Segurola comisario general de la vacuna, es decir que él tenía que vacunar a todo el mundo. Claro que a la gente no le gustaban demasiado los pinchazos; así que el nuevo comisario tuvo que encargarse personalmente de vacunar a la gente. Lo hacía debajo de un árbol –un pacara– que todavía hoy se encuentra cerca del Parque Chacabuco. La escuela En las escuelas de la época lo mejor era portarse bien, porque resultaba bastante común que los chicos fueran castigados con golpes de diverso tipo, de los cuales la peor variante eran los azotes. Obviamente, las madres se quejaban, aunque sin resultado. Recién se empezó a abandonar esta práctica por una disposición de la Asamblea del Año XIII a instancias de Manuel Moreno. El sobrino de Manuel –Mariano, hijo del prócer– había sido azotado en la escuela a la que asistía. Los globos aerostáticos El 26 de mayo de 1809, y para festejar el cumpleaños del rey Fernando VII, se inauguró la costumbre de lanzar al aire globos aerostáticos, eso sí, sin tripulantes. Ese día se elevó desde la Plaza de la Victoria (lo que hoy es la Plaza de Mayo) un globo de gran tamaño con unas coquetas banderas españolas colgando en la parte inferior. También se lanzó un globo en Buenos Aires cuando Cisneros llegó a la ciudad para hacerse cargo del Virreinato. Los cafés Adiviná qué hacía la gente cuando tenía tiempo en aquella época. Por ejemplo, iba a los cafés. El más conocido de todos era el "de Marco", llamado así por un motivo nada original: su dueño era el español Pedro José Marco. Estaba en la esquina de lo que hoy es Bolívar y Alsina (antes, Santísima Trinidad y San Carlos). Tenía un gran salón con mesas y billares, y un sótano donde se mantenían frescas las bebidas. Era el lugar preferido por los patriotas para reunirse, tanto que en 1811 se creó allí la Sociedad Patriótica. El idioma El idioma hablado en Buenos Aires era cualquier cosa menos castellano puro. Muchas palabras se pronunciaban mal. Por ejemplo, caballo se decía "cabadjo", calle "cadje". Y muchas expresiones que en España eran comunes, en esta parte del mundo querían decir algo completamente diferente. Así, decir determinadas palabras, podía ser hasta peligroso. La luz En tiempos de la colonia, al caer la noche, las calles de Buenos Aires se iluminaban con candiles alimentados con aceite de potro o de bagual. Claro que si la luna alumbraba lo suficiente, la gente se volvía ahorrativa y no los encendían. Y lo mismo pasaba en el teatro. En las funciones de lujo se utilizaban velas, por lo que recibían el nombre de "veladas". Para el resto de las funciones… ¡a arreglarse con la luz de luna, nomás! Del tiempo de la colonia ¿Sabías que en la Capital Federal existe la única casa que aún conserva la arquitectura original de la época del Virreinato? Te invitamos a conocerla. La Santa Casa –ubicada en la esquina de la avenida Independencia y Salta– fue fundada en 1795 por María Antonia de la Paz y Figueroa, una religiosa santiagueña que luchó por mantener los ideales jesuíticos, luego de que la orden de los Padres de la Compañía de Jesús fuera expulsada del Virreinato del Río de la Plata. Esta casa, declarada monumento histórico nacional (y donde hoy funciona un hogar que alberga a doce menores, mujeres), conserva no solo su estructura original sino el silencio y la paz de un estilo de vida que ya es historia. Por allí pasaron, entre otros, Doña Mariquita Sanchez de Thompson, Manuel Belgrano y Bartolomé Mitre. Caminar hoy por sus patios con aljibes, celdas, capillas y galerías es como viajar por el túnel del tiempo. Pase usted El salón donde se recibían a las visitas tiene muebles del siglo XVIII, un gran espejo de origen francés (estilo Luis XV) y un reloj inglés de péndulo marca Gran Father de 1703 ¡que aún hoy funciona a la perfección! Paredes doble ancho Los muros, de un metro de espesor (de ladrillos asentados con barro) y sus enormes puertas de algarrobo no solo daban seguridad, sino que resultaban un aislante térmico y sonoro. Agua made in casa En los numerosos patios internos se destacan los aljibes y una variada cantidad de árboles y plantas: limoneros, nísperos, estrellas federales, y magnolias, claveles del aire y jazmines centenarios. La heladera colonial Bajo la viga del alero de la cocina hay un gancho y una roldana grandes. Alli se colgaban fiambres, quesos y también las medias reses que iban cortando y salando para que se conserven más tiempo. A misa Debajo del campanario (de tres campanas) que domina uno de los patios principales, hay empotrado un reloj de sol. En la palmera Los techos de las habitaciones y galerías están hechos de ladrillos unidos con adobe y estiércol, sostenidos por vigas de palmera y urunday. Para conservarlos de la humedad se los unta con grasa de vaca. Jesús Entre las imágenes que adornan las capillas se encuentra ésta del Sagrado Corazón, tallada en madera, en una sola pieza. Calor Salamandra enlozada ( un calefactor a leña de combustión lenta). Todo un lujo para esa época. Música Piano vertical alemán del siglo XIX (con candelabros incluidos), traído de Berlín. Autoridades del Virreinato El Virreinato del Río de la Plata abarcaba un enorme territorio. Como te imaginarás, gobernarlo no era nada fácil. Hacía falta toda esta gente… El rey. Justamente fue un rey, Carlos III, el que creó el Virreinato del Río de la Plata en 1776. El rey vivía en España y era la autoridad máxima. El Consejo de Indias. Este organismo era muy poderoso: el tribunal supremo y, como tal, se encargaba de dictaminar sobre los asuntos judiciales que le llegaban de las audiencias coloniales y los que iban hacia las Indias (así se la llamaba a América) desde la Casa de Contratación. La Casa de Contratación. ¿Y de qué se encargaba la Casa de Contratación? Nada más y nada menos que de controlar los temas comerciales, recaudar impuestos y de recibir el oro y la plata que llegaban de las Indias. El Virrey. Era el máximo representante del rey en las Indias. Tenía que administrar su virreinato haciendo lo que le indicaban desde España y, cuando terminaba su mandato, tenía que demostrar que "había hecho bien los deberes" (a eso se lo llamaba Juicio de Residencia). La Aduana.Se encargaba de controlar todos los productos que llegaban y salían del Virreinato. Como los españoles practicaban el monopolio (las Indias sólo podían comerciar con España), la Aduana era fundamental para evitar el contrabando. La Audiencia. En cierto sentido este organismo era como el equivalente al Consejo de Indias pero en América. ¿Por qué? Porque se encargaba de los temas judiciales y legales, aunque la decisión final siempre la tenía el Consejo de Indias. ¡Ah! También podía reemplazar al virrey si éste se enfermaba o moría. El Consulado.Tenía la obligación de fomentar el trabajo en el campo y apoyar los emprendimientos comerciales en el Virreinato. Gobernadores Intendentes. Como el Virreinato era tan grande (abarcaba Argentina, Uruguay y partes de Bolivia y Brasil) se lo dividió en ocho intendencias y cuatro provincias. Los gobernadores intendentes administraban sus respectivas intendenciass. Gobernadores de Provincia. Las cuatro provincias estaban ubicadas en los límites del Virreinato y siempre existía el riesgo de que fueran atacadas por los portugueses. Por eso se nombraban militares para gobernarlas. ¿Quién fue EL VIRREY CEVALLOS? (1715-1778) Pedro de Cevallos Cortés y Calderón fue un teniente general del ejército español. Entre 1757 y 1767 gobernó Buenos Aires, y en 1776 fue nombrado virrey del Río de la Plata. Cevallos fue el primer virrey del Río de la Plata. Cuando estaba a punto de zarpar desde España hacia América, con 99 barcos y 9 mil soldados, para combatir a los portugueses que habían invadido territorio español, el rey decidió nombrarlo virrey para darle mayor autoridad y libertad de acción. Debía instalarse en Buenos Aires y gobernar. Y así lo hizo. Después de vencer al enemigo en el territorio que hoy ocupa Uruguay, se dedicó a administrar la colonia. Estableció la libertad de comercio en el puerto y entre las provincias, dio estímulos a la agricultura y reglamentó el trabajo de los peones fijando horarios, salarios y alimentación. En 1778 fue reemplazado en el cargo por el virrey Vértiz. Llegada a Buenos Aires “¡Qué suerte!”, habrá pensado don Pedro al enterarse de que iba a ser virrey. ¿Suerte? No tanta... Cevallos fue representante del rey, pero no pudo tener un palacio, ni tierras para trabajar, ni corte, ni lujo a su alrededor. Vivió en Buenos Aires, en aquel momento una aldea chata al borde del río, lejos de la sofisticación europea. Su llegada fue poco alentadora: el barco ancló a unos kilómetros de la costa debido a la poca profundidad del río, entonces se subió a un bote que lo llevó hasta una carreta para alcanzar por fin tierra firme. Se instaló en una ciudad rodeada de una gran llanura, habitada por indios hostiles, azotada por vientos que muchas veces la sepultaban, por días enteros, en nubes de polvo. ¡Chin chin! Se sospecha que al llegar a Buenos Aires, Cevallos no brindó con agua. En aquel momento se bebía agua extraída del Río de la Plata, en ciertas ocasiones de zonas concurridas por lavanderas y bañistas, y antes de ser ingerida debía dejarse en reposo durante al menos 24 horas para que decantara el sedimento barroso que le daba un cierto color marrón. También existían los aljibes, pero, como los pozos no eran profundos, el líquido obtenido resultaba considerablemente salado. comentenN
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