Un fogonazo ----------------------------------------------------------------------------------------- ''Enseguida me di cuenta de mi propia realidad. Mis manos, pecho y abdomen estaban totalmente quemados y muy inflamados. Tenía grandes ampollas en las manos.'' ''Al quitar los vendajes y las gasas cayeron sobre la cama cientos de gusanos blancos. Al tiempo que los gusanos se revolvían sobre la cama la enfermera intentaba desinfectar mis heridas otra vez.'' ----------------------------------------------------------------------------------------- El 9 de agosto de 1945 había una fina capa de nubes sobre la ciudad, era un día de verano en que corría una leve brisa. Mi supervisor me había ordenado colaborar en la excavación de refugios antiaéreos, que en esa época se construían por toda la ciudad. Ante tanto calor muchos de nosotros decidimos quitarnos las camisas para trabajar más cómodos. Éramos cuatro o cinco trabajadores en cada excavación. “Terminemos este antes de ir a almorzar, nos queda poco”, dijo uno de mis compañeros, cantamos una canción y trabajábamos a su ritmo. De pronto un fogonazo azulado-blanco apareció en mis ojos. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente pero cuando me desperté estaba dentro del refugio que excavábamos y todavía tenía la pala entre mis manos. Permanecí allí por unos minutos hasta que me di cuenta que mis compañeros habían desaparecido, arrojé la pala y al levantarme me encontré con una tierra desconocida. Los alrededores habían cambiado, había gente toda quemada, ennegrecida, boca arriba, otros permanecían hacia abajo, como si estuvieran durmiendo. Miré hacia la fábrica y pude apreciar grandes columnas de fuego. Salí del agujero y ante mi pasó un calidoscopio de personas que corrían. Muchos se dirigían hacia el río Urakami y otros iban en otras direcciones con sus ropas en llamas. Sin pensarlo mucho comencé a correr hacia el Urakami, tuve que pisar decenas de cuerpos para avanzar. Alcancé el río y salté al agua, no sé cómo logré cruzarlo y trepar la empinada ribera del otro lado. Las casas de la zona estaban derruidas y muchas de ellas incendiadas. Casi me ahogué debido al humo y el fuego comenzaba a rodearme. Finalmente vi una gente que corría hacia unas colinas cercanas y los seguí. No paraba de tropezar con escombros. Al pasar cerca de una casa demolida vi una mujer joven que luchaba por liberarse de los escombros que la aprisionaban contra el piso. Gritaba por ayuda y estaba a punto de ser envuelta por las llamas. Ninguno de los corríamos le prestamos mucha atención, huir del fuego era la única idea que cruzaba nuestras mentes. Al llegar a una colina comencé a trepar, las plantas eran como látigos que golpeaban mis heridas y hacían que el dolor aumentara. Me uní a un grupo de gente que clamaba por agua, lo que me provocó sed. Estaba descalzo y sólo tenía como ropa mis calzoncillos rasgados. Muchas personas tenían sus rostros inflamados, era imposible distinguir hombres de mujeres. Enseguida me di cuenta de mi propia realidad. Mis manos, pecho y abdomen estaban totalmente quemados y muy inflamados. Tenía grandes ampollas en las manos. Dolores y gusanos Horas después fui trasladado al hospital naval de Amura donde comencé a recibir tratamiento. Era tanto el dolor que sentía cuando me curaban, cuando extraían las gasas una por una, que muchas veces quedaba al borde de la inconsciencia. El doctor limpiaba mis heridas con alcohol y un desinfectante. Una tarde sentí dolores terribles, como si me clavaran agujas en todo el cuerpo. Me frustraba mucho el hecho de que no era capaz de explicarle a mi padre lo que me sucedía. Finalmente acudió en busca de una enfermera. Al quitar los vendajes y las gasas cayeron sobre la cama cientos de gusanos blancos. Comencé a llorar de inmediato. La enfermera dio un salto hacia atrás y mi padre quedó paralizado. Al tiempo que los gusanos se revolvían sobre la cama la enfermera intentaba desinfectar mis heridas otra vez. También los podía sentir en mi espalda. Al día siguiente salieron otros 30 o 40 gusanos de varios tamaños de mis heridas cerca de mi oreja derecha. S. YAMAGUCHI. Deja un comentario!
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