¿Quién de la colectividad judía no pensó o escuchó hablar sobre el comportamiento del ex Presidente Juan Domingo Perón para con el pueblo judío? Surgen “verdades”, como la relación de este Presidente con el nazismo, la entrada de jerarcas nazis a la Argentina, la nazificación del país, y muchos otros tópicos que no dejan de tener su parte de verdad.
Pero, como toda parte, es sólo un segmento de una realidad que tiene mucho de mitológico, enmarañado en la tradición después de la Revolución Libertadora.
Siempre, detrás de todo hecho histórico hay varias verdades. Unas preguntas que dejo para pensar mientras ud. lee el artículo: ¿Por qué cuando se enseña historia judía, se enseña mucho sobre el Estado de Israel, y poco sobre la Argentina?, ¿Por qué se hace tanto hincapié en el antisemitismo? ¿Es que los judíos no tenemos lugar en la historia Argentina?
Haciendo historia
Vamos por partes: Los judíos somos una parte importante del mosaico de colectividades que tiene la Argentina, pero no somos la única. Y como se sabe, los judíos hemos aportado con personajes muy importantes del quehacer político y social a la vida del país. Pero es fundamental dejar en claro que (de acuerdo a nuestra historia nacional) las estructuras políticas de nuestra colectividad han servido mayormente a los poderes de turno. Y si la historia la escriben los que ganan…
Si se pueden trazar parábolas históricas, vale recordar que en la República Argentina de 1930 se respiraba la Década Infame en la cual se podía encontrar, fraude, corrupción, pobreza extrema, y gobiernos favorables a la poderosa Inglaterra. Ello no era casual.
En 1929 estalló una crisis financiera mundial que quebró a miles de empresarios, que acabó con en liberalismo económico, y fue dando caldo de cultivo al germen de la figura más emblemática del autoritarismo y de la muerte en Europa: Adolf Hitler.
Perón había viajado por la vieja Europa, y es cierto que admiró aquella Italia de Musolini donde la patronal conciliaba con los sindicatos, donde existía una sociedad corporativa que se ponía en pié autoritariamente. También es cierto que Perón era parte del Ejército Argentino que había sido formado al estilo prusiano, dado que Argentina y Alemania negociaron la adquisición de tecnología bélica con la ventaja que ofrecía el país europeo de dar formación a los oficiales. ¿Eso lo convertía en nazi-fascista?...
La Argentina se levantó...
En esa Argentina donde no existía un proyecto de desarrollo autónomo, un joven Oficial del Ejército Argentino desde una Secretaría comenzaba a darle voz y derechos a quienes no los tenían. Los trabajadores se identificaban en él, y Perón ganaba más adeptos gracias a lo siguiente: los Aliados (Inglaterra, la Unión Soviética, y los Estados Unidos) peleaban en la Segunda Guerra Mundial contra el Eje (Alemania, Italia, y Japón). Uno de los partidos representativos de los trabajadores, para dar un ejemplo el Partido Comunista Argentino, orientaba su plan político en la Argentina de acuerdo a los mandatos de la Rusia Stalinista, y éste plan consistía en poner todos los esfuerzos en ganarle la guerra a Hitler. Los capitales de las industrias argentinas (como los frigoríficos) eran mayormente ingleses, aliados de los rusos. La lógica de los comunistas aquí era entonces abastecer de carne a los soldados ingleses, buscar el aumento de la producción para exportar, y evitar las huelgas a pesar de las pésimas condiciones de vida de los obreros de un país neutral ¿Quién se acordaba de ellos?
Desde 1943 hasta 1945, Perón incrementó su popularidad, a tal punto que lo encarcelan, y los trabajadores del conurbano, emigrados del Interior del país, se movilizan por su liberación.
Lo logran el 17 de Octubre.
En 1946, Perón gana las elecciones democráticamente, y continúa con las reformas de industrialización de la Argentina, logrando eliminar la figura del desocupado y un acuerdo nacional con una renta que se dividía cincuenta y cincuenta entre los trabajadores y los patrones.
Pero a los Estados Unidos, esa situación no le agradaba. No le gustaba la idea de un gobierno independiente en América Latina, ni le gustaba su incipiente proyecto ABC (Unión entre Argentina, Brasil, y Chile) ¿Cómo podía ser que un Gobierno Nazi estuviera en su zona de influencia?
Un Nazi fue el primero en reconocer Israel
Dice el Dr.Leonardo Senkman, de la Universidad Hebrea de Jerusalem, que “la reapertura de la inmigración europea de posguerra por el primer gobierno peronista en 1946 puso fin a su interrupción drástica desde 1930, arrojando un saldo neto de 463.456 personas ingresadas vía ultramar (2a. y 3a. clase) entre 1947 y 1951.
Las cifras más elevadas de los últimos treinta años. Esta inmigración masiva muestra toda su magnitud ( a pesar de que no logró el objetivo declarado de incorporar 4 millones de extranjeros) cuando se la compara con el saldo de apenas 33.655 pasajeros correspondiente a los ingresados por todas las vías durante el quinquenio 1942-46”.
También Senkman aclara que “con el ascenso del peronismo al poder, las preocupaciones étnicas en materia de población e inmigración pasaron a formar parte de la agenda de cuestiones públicas que implementó el nuevo gobierno (…) Pero acaso la novedad más importante en materia étnica haya sido que, por primera vez desde la función pública, un gobierno decidiera institucionalizar los estudios étnicos de la población, como hizo el Presidente Perón mediante la creación del Instituto Étnico Nacional (…)”.
Santiago Peralta, conocido antropólogo antisemita, aliado al nacionalismo profascista y autor de libros discriminatorios como “la Acción del Pueblo Judío en la Argentina”, logró ser designado responsable con amplias facultades de la Dirección General de Migraciones (DGM), desde diciembre de 1945 hasta julio del 47.
Peralta fue alejado por Perón, a raíz de la repercusión internacional por denuncias de prácticas discriminatorias en su función pública.
No obstante, retuvo por seis meses adicionales la dirección del Instituto Étnico Nacional, hasta su jubilación en enero 1948.
Luego, agrega este académico israelí que “Las dificultades que encontró la inmigración judía a Argentina en la inmediata posguerra deben ser comprendidas en el marco global de las relaciones pragmáticas de Perón con los judíos, el estado de Israel y los EE.UU. (…) desde un punto de vista inmigratorio y poblacional, fueron similares a las que los inmigrantes judíos hallaron en otros países latinoamericanos, y difícilmente pueden ser explicadas a través de inversiones lógicas para deducir que las preferencias ideológicas de Perón a dar refugio a colaboracionistas y criminales de guerra fueron la mejor prueba del rechazo a los inmigrantes judíos”.
El Hecho de que Perón reciba nazis prófugos no era una cuestión de que sea un partidario nazi antisemita. Si estudiamos el caso en profundidad, la Unión Soviética y los EEUU recibieron gustosos a los Nazis (que ayudaron a escapar de los Juicios de Nüremberg) para que les enseñen sus técnicas en el combate de la Guerra Fría. Perón, hábil y frío, pensaba lo mismo.
La realidad dice que entre 1930 y 1949, la Argentina recibió a más refugiados judíos per cápita que cualquier otro país del mundo, excepto Palestina y, posiblemente Uruguay.
Es muy importante analizar los hechos puntuales: En la última década del siglo XX todavía era posible encontrar en algún kibutz de Israel frazadas con el sello de la Fundación Eva Perón, enviadas en 1948, cuando Argentina se convertía en el primer país que reconoció la soberanía del Estado judío. Sí, ¡lo que leyó! El gobierno de Perón fue el primero en reconocer el sueño de todos los sobrevivientes de los pogroms y la shoá.
Los judíos y la política con Perón.
Lejos de la mitología popular, los judíos, como decíamos al principio, no somos ajenos a la realidad social que nos circunda. Hay judíos ricos, pero también hay y hubieron judíos de la clase trabajadora y muy pobres. Muchos de ellos, lejos de ver en Perón la reencarnación del Faraón esclavizador de Egipto o el monstruo de un nuevo holocausto, vieron en él a un líder que cumplía con su pueblo, y se sentían beneficiados e integrados gracias a muchas de las conquistas sociales que se consiguieron.
Perón quiso luego sumar a la OIA (integrada por empresarios judíos) como una sección de hombres de negocios del movimiento justicialista. Pablo Mangel, presidente de la institución, es designado posteriormente embajador argentino en Israel. En 1948, se crean Nueva Sión, el Instituto Judío Argentino de Cultura e Información y la Cámara de Comercio Argentino-Israelí; en 1949 llega el primer Embajador de Israel a la Argentina, y en 1951, Golda Meir visita Buenos Aires abrazándose con Eva Perón, por la labor realizada en favor del Estado de Israel.
Cuenta el periodista Roberto Bardini que “En 1946, durante el gobierno peronista, por primera vez en la historia argentina se conceden días libres a los soldados conscriptos judíos para que puedan celebrar sus fechas religiosas. Al año siguiente, se instituye la primera Feria del Libro Judío, que funciona durante 30 días y vende más de 25 mil volúmenes. Esta actividad continúa a lo largo de décadas, cerca de la celebración de Rosh Hashaná.
Se exhiben y venden libros de temática judía en idish, hebreo, castellano, inglés y francés, además de discos y objetos del ritual judío”. Añade que “también en 1948 se funda en Buenos Aires el Instituto Judío de Cultura e Información, presidido por Simón Mirelman, y la colectividad israelita inicia contactos con Perón, principalmente a través del ministro del Interior, Ángel Borlenghi, cuya esposa es de origen judío. El rabino Amran Blum es designado catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, y asesor presidencial en temas religiosos”.
La Constitución promulgada por el peronismo en 1949, incluyó una condena a la discriminación racial y religiosa. En ese mismo año, Eva Perón pronunció un discurso en el que afirmaba que quienes propiciaban el antisemitismo en la Argentina eran “los nefastos representantes de la oligarquía”. El jefe de prensa del gobierno peronista, Raúl Apold, era judío. Pero los antiperonistas, sin embargo, lo llamaban el Goebbels argentino, relata Bardini.
Cuando Jaim Weizman, el primer presidente israelí, visitó Buenos Aires en 1951, fue recibido con honores, y el flamante jefe de Estado le obsequió una Biblia antigua a Perón y anunció que su gobierno bautizará una plazoleta con el nombre del mandatario argentino.
Poco después, se inauguró en Plaza de Mayo un mástil donado por comerciantes, empresarios y hombres de negocios de la colectividad Judía. Era tan distinta la atmósfera que se sentía, que las morót (maestras), relatan en el schule (colegio), que Jacob Tsur, el primer embajador de Israel en Argentina, publica en 1983 su libro Cartas credenciales, en el que señala: “En la perspectiva simplista de Washington, Perón sólo podía ser nazi o comunista”.
Así mismo, el ex representante diplomático argentino en Israel, Pablo Mangel, declaraba que el antisemitismo no era esencial al peronismo: “Fui testigo y partícipe directo del apoyo brindado por el gobierno peronista al pueblo judío, que se debatía en tiempos de pos guerra entre el hambre y el desarraigo (...). Se le otorgaron amplias facilidades a los judíos que huían de la Europa deshecha y que casi siempre llegaban sin documentos”, decía. El ex funcionario relataba que Estados Unidos no permitió la entrada a un buque que había partido de Chipre repleto de exiliados judíos y que “Evita no sólo los recibió sino que se preocupó por conseguirles trabajo”. También la DAIA jugó alguna vez con un gobierno popular (a pesar de estar casada siempre con el gobierno de turno), pues durante el conflicto del gobierno con la Iglesia Católica, respaldó algunas medidas oficiales, como la cancelación de la enseñanza religiosa y la ley de divorcio. En 1954, la entidad publicó un favorable folleto titulado “El pensamiento del presidente Perón sobre el pueblo judío”.
La comunidad judia ante la Argentina
El ser parte de esta sociedad implica responsabilidad a la hora de presentarse como una colectividad que tiene algo que aportar a su país. La relación de Perón con el judaísmo argentino ha sido poco estudiada y es poco conocida. Volver sobre nuestras raíces (como parte importante de continuar el judaísmo) implica también conocer los hechos que marcaron, no sólo la historia Argentina, sino también la historia judía.
Pero dado el mote adjudicado al peronismo de nazi fascista, sobre todo por parte de quienes lo querían ver fuera de la escena, mucho se le agregó después, pues el antisemitismo no comenzó en la época de Perón.
Hitler era antisemita, ¿pero era el único vástago del fascismo a combatir? Nuevos estudios históricos echan luz sobre Winston Churchill, y José Stalin (quienes combatían contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial). Ellos eran antisemitas declarados, y poco hicieron por los judíos gaseados en los campos de concentración. Por supuesto que Estados Unidos, el principal aliado israelí, debía saberlo. Hoy en día se sabe que hasta gente poderosa del mismo corazón económico norteamericano financió la maquinaria bélica de la Alemania Nazi, incluyendo a la creadora del gas usado en las cámaras de la muerte.
¿Es posible determinar una política de acción que nos una en pluralidad definitivamente sin cortocircuitos al engranaje argentino? Fijémonos con quien estuvo la dirigencia judía en años de terrorismo de Estado, y en años de menemismo; miremos la cantidad de desaparecidos políticos y sociales que dejó esta red perversa; sepamos distinguir bien la víctima del victimario; y miremos los horizontes de un país que no pudo ser, y a un movimiento que supo incluir a muchos judíos que quedaron en los muros de los centros clandestinos de detención, y que murieron por esa idea que los interpelaba a ellos como argentinos, peronistas, y también como judíos.
En cuanto a la comparación entre lo que piensa el pueblo alemán del nazismo y lo que piensa el pueblo argentino de la dictadura, yo creo que también hay que tener en cuenta lo que piensa el pueblo argentino del peronismo. No sólo por una cuestión generacional (pasó mas o menos el mismo tiempo), sino porque también hay muchas similitudes entre el gobierno de Perón y el de Hitler. La dictadura militar actuó como un ejército de ocupación de una potencia imperialista y fue parte de una política global que venía dictada desde Washington. En cambio el peronismo y el nazismo fueron fenómenos "genuinamente" nacionales y populares.
Primero porque el peronismo, al igual que el nazismo pero a menor escala, combinó el estado de bienestar y la industrialización con una política totalitaria de concentración y centralización del poder político, aplastando a los opositores (especialmente, al movimiento obrero independiente) y apoyándose en el "pueblo" contra la "oligarquía".
El peronismo, al igual que el nazismo, usó a la mayoría de los medios de comunicación y al sistema educativo mismo como medio de propaganda y de culto a la personalidad del dirigente. La propaganda casi mística a favor del régimen y sus caudillos no era producto de "favores" como ahora, era una política de Estado.
El peronismo, al igual que el nazismo, identificó a toda oposición al Movimiento (o sea, a la persona de Perón) con una actitud anti-argentina (Braden o Perón). O se estaba con el Movimiento o se estaba contra la patria.
El peronismo, al igual que el nazismo, se valía de movilizaciones y manifestaciones masivas y desfiles. El culto al caudillo (Führer) era común en ambos regímenes.
Perón, al igual que Hitler, fue golpista. Sólo que Hitler fracasó y fue encarcelado con ello, mientras que Perón participó con éxito en el golpe del '30 donde fue oficial y en el golpe del '43 como parte del GOU.
Hitler consolidó su posición de poder supremo a través de un cargo de canciller, Perón lo hizo a través de su cargo en la secretaría de trabajo y previsión.
Tanto Hitler como Perón fueron elegidos por el voto.
Hitler asesinó a varios opositores suyos dentro del Partido Nazi, Perón hizo lo propio (o encarceló) a opositores suyos dentro del Partido Justicialista (Cipriano Reyes, Luis Gay).
Tanto el peronismo como el nazismo son anticomunistas, aun si tenían un discurso socialistoide.
Tanto el peronismo como el nazismo utilizaron la teoría del enemigo único. Sólo que si para el nazismo el enemigo era la plutocracia y el judeo-bolchevismo, para el peronismo era el imperialismo y los "gorilas" (donde entraba la oligarquía y la izquierda). Los peronistas de ahora son mas light, ahora con su "gobierno popular" dicen que "la izquierda le hace el juego a la derecha".
Si el nazismo usó a su favor el fanatismo ario, los sueños de un nuevo imperio romano y un mundo a imagen y semejanza de la nueva Alemania y su raza superior, el peronismo usó a su favor la reivindicación de la herencia hispánico-católica de la Argentina criolla contra el liberalismo (y el socialismo) de origen europeo. Cada cual hace lo que puede...
Hay muchas diferencias entre peronismo y nazismo, no se puede negar, porque son las diferencias entre la Argentina y la Alemania de esas épocas y el papel que tenían en el mundo. Pero que había similitudes (y que se debían a la admiración de Perón a Mussolini), no puede negarse.
PD: ¡no sabía que el Volkswagen había surgido en el régimen nazi! Sí sabía que Volkswagen quería decir "auto del pueblo", pero no sabía que había sido parte de la campaña demagógica de Hitler
Project Huemul:El Cuarto Reich en Argentina
A fines de la Segunda Guerra Mundial, los físicos alemanes luchaban para lograr una bomba atómica antes que los Estados Unidos y así detener la inminente caída del Tercer Reich. Argentina, que se había mantenido neutral durante la guerra, ahora importaba científicos y técnicos del extinto Tercer Reich, quienes se encontraban a las órdenes de un nuevo líder: el General Juan Domingo Perón. ¿Era posible que las potencias triunfadoras permitieran que un país como Argentina desarrollara un plan independiente de energía nuclear que nadie, fuera de los Estados Unidos, poseía? ¿Acaso la "Tercera Posición" que proclamaba el general Perón, equidistante del capitalismo y el comunismo, encubría a un posible "Cuarto Reich" en América del Sur?
A través de este programa descubriremos las claves de un plan frustrado, y las causas políticas y científicas que impidieron su éxito. Una historia de enigmas, intrigas, espionaje internacional y crimen. La visión de un hombre, el General Perón, que hace 50 años intentó presionar a las potencias de la misma forma que hoy lo hacen Corea del Norte o Irán, siendo el precursor de este método. Expondremos datos que no son de ciencia ficción, son históricos, están documentados y poco difundidos hasta ahora. Es la historia de los estrechos lazos entre Argentina y Alemania durante la primera mitad del siglo XX, de cómo se moldearon los militares argentinos bajo el adiestramiento prusiano y de cómo durante la presidencia del mismo se llevó a cabo el proyecto secreto más fantástico y ambicioso de la historia.
Imagenes como estas reflejan la realidad de nuestra sociedad "pro" creada nacional-socialista con un total rechazo hacia el capital/imperial, lo cual nos seria muy util.
Grietas nazis en pasado encubierto
BUENOS AIRES, abr (IPS) - Argentina fue refugio de criminales nazis de la talla de Adolf Eichmann o Joseph Mengele, con la complicidad activa de sus autoridades. Pero subsiste el empeño de ocultar el antisemitismo imperante en círculos oficiales, que llevó a la muerte a un centenar de judíos argentinos.
Casi 60 años después de la rendición militar alemana en la segunda guerra mundial (1939-1945), la cancillería argentina rehuye reclamos interpuestos desde 2001 por varias organizaciones para que se difunda una circular secreta firmada en 1938 por el titular de ese ministerio, ordenando a cónsules argentinos en Europa negar visados a ”indeseables o expulsados”, en alusión a ciudadanos judíos de ese continente.
Esas entidades, el Centro Simon Wiesenthal y la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, reclaman además infructuosamente a la cancillería que fundamente la decisión adoptada en 2001 de colocar una placa en la sede del ministerio en honor a 12 diplomáticos argentinos por haber sido ”solidarios con las víctimas del nazismo”.
Investigaciones recientes revelaron que al menos uno de esos honrados ignoró reiteradamente la suerte de un centenar de judíos argentinos que vivían en Grecia, Holanda y Polonia. Los demás funcionarios, en el mejor de los casos, se limitaron a cumplir con su labor consular de facilitar trámites de salida para ciudadanos de su país, afirman los denunciantes.
Desde hace cuatro años, las dos organizaciones piden a sucesivas autoridades diplomáticas que difundan la circular ”reservada y estrictamente confidencial”, a la que IPS tuvo acceso, firmada por el canciller José María Cantilo en 1938, y hallada 60 años después en la sede de la embajada en Suecia por la investigadora argentina Beatriz Gurevich.
”Nosotros pedimos que se difunda y se haga una derogación simbólica”, dijo a IPS Sergio Widder, del Centro Simon Wiesenthal que trabaja por la captura de criminales de guerra nazis en todo el mundo.
”Creemos que es un acto de desagravio que tendría para el gobierno más beneficios que perjuicios”, dijo. Sin embargo, ”hay sectores muy tradicionales en la administración pública que se resisten a esta apertura”, interpretó.
Igual resistencia encontró Widder en la Secretaría de Inteligencia del Estado y en la Conferencia Episcopal Argentina, que negaron tener documentos relacionados con el período bajo investigación. El Ministerio del Interior, en cambio, dispuso la revisión del archivo del Departamento de Migraciones, aunque por el momento sólo se abrieron dos de los 49 expedientes solicitados por el Centro.
Según Widder, podría haber aún unos 15 oficiales del nazismo ocultos en Argentina, pero la morosidad de la investigación impide avanzar en las capturas.
La Fundación Internacional Raoul Wallenberg tomó el nombre de un diplomático sueco que salvó a miles de judíos del nazismo. Se dedica a rescatar la memoria de quienes ignoraron órdenes oficiales y, en un clima hostil, asistieron a judíos que escapaban de la persecución desatada en toda Europa, ocultándolos o suministrándoles pasaportes falsos.
Gustavo Jalife, miembro de la Fundación, dijo a IPS que la cancillería posee el original del documento hallado por Gurevich, y reproducido en 2002 en el libro ”La auténtica Odessa”, del periodista argentino Uki Goñi.
Pero el Ministerio, encabezado por Rafael Bielsa, se resiste a mostrar y anular esa orden secreta, que sigue formalmente vigente.
En su libro, Goñi sostiene que en 1942 el jefe de la Oficina Principal de Seguridad del régimen alemán, Reinhard Heydrich, reunido con otros jerarcas nazis para abordar la llamada ”solución final a la cuestión judía”, planteó que la deportación masiva era imposible por el cierre de fronteras de terceros países a la inmigración judía, lo que determinó el destino de millones de personas exterminadas en campos de concentración.
El autor afirma que ”probablemente ningún país tomó medidas tan extraordinarias para cancelar sus permisos de entrada a los judíos como Argentina”.
El libro relata además los detalles de la red de rescate de funcionarios nazis alemanes y de regímenes afines --tras la derrota de Alemania--, organizada por el primer gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), que facilitó su huida de Europa cuando muchos de ellos tenían pedidos de captura.
Según Goñi, la circular de la cancillería argentina --anterior al gobierno de Perón-- ”estaba destinada a que ninguno de los judíos que huían de Adolf Hitler llegaran a Argentina y, por tanto, confirma la justificación esgrimida por Heydrich de que la cancelación de permisos de entrada por parte de países extranjeros había demostrado que la emigración no era una solución viable para la cuestión judía”.
En cuanto a los diplomáticos cuestionados, Goñi aporta en su libro testimonios documentales que incriminan a uno de los homenajeados, el secretario de la embajada argentina en Berlín en los años 40, Luis Irigoyen.
A pesar de los intentos de oficiales alemanes para que Buenos Aires, neutral en la guerra, repatriara a judíos argentinos de los países bajo dominación nazi, el diplomático negó visas a un centenar de compatriotas que residían por entonces en Polonia, Holanda y Grecia, luego trasladados a los campos de exterminio de Auschwitz y Bergen-Belsen.
Uno de los documentos que obtuvo Goñi corresponde a la oficina del oficial alemán Eberhardt von Thadden, enlace de Eichmann (responsable de las deportaciones de judíos a los campos de exterminio) con el cuerpo diplomático extranjero acreditado en Berlín.
El oficial detalla en sus escritos los esfuerzos infructuosos que realizó durante meses para conseguir que Irigoyen organizara el retorno de los judíos argentinos que habían caído en desgracia.
”El señor Irigoyen me explicó con mucho énfasis que en Buenos Aires no había ningún interés por este tema”, asentaba por escrito Von Thadden. En otro documento, Goñi prueba que Irigoyen, reunido por segunda vez con Von Thadden, consideró ”falsos” los pasaportes de 16 judíos argentinos residentes en Varsovia que el oficial de las SS le había entregado para que gestionara su repatriación.
Goñi sostiene que aun cuando esos pasaportes hubieran sido falsos, hecho ahora improbable, la actitud de Irigoyen no merece homenajes.
Su nombre sigue grabado en la solemne placa colocada con el aporte documental de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades Nazis en Argentina (Ceana). Esa comisión fue creada en 1998 para organizar los documentos entonces desclasificados que probaban el papel de Argentina como paraíso de nazis, pero su labor es muy controvertida.
Fuentes que pidieron reserva de identidad afirmaron a IPS que la Ceana pudo haber sido creada para ocultar más que para esclarecer. Muchos de sus integrantes iniciales --como la investigadora Gurevich-se distanciaron por disconformidad con su desempeño.
”Si la placa encierra una patraña, va a ser removida”, dijo a IPS el canciller Bielsa.
Más cauto, el vicecanciller Jorge Taiana arguyó que el homenaje no fue realizado por la actual administración. Pero no será retirado ”sin que haya elementos decisivos para ello”, advirtió.
La tarea de aportar esos elementos corresponde a la Ceana.
Su coordinador, el historiador Ignacio Klich, explicó a IPS cómo se eligieron los nombres a homenajear y justificó la existencia de la circular diplomática secreta.
”La fundación Wallenberg no tiene evidencia contra ninguno de los 12 diplomáticos, salvo el libro de Goñi, que tiene problemas”, dijo Klich.
A juicio de Klich, ”La auténtica Odessa” no brinda una ”visión completa” de los hechos, pues pese a las restricciones, Argentina fue el país latinoamericano que incorporó más refugiados judíos entre 1933 y 1945.
Klich reconoce que los diplomáticos homenajeados ”no fueron luchadores del gueto de Varsovia ni están a la altura de un Wallenberg, pero hicieron cosas para destacar”.
”No tienen la categoría de justos entre las naciones, ni son merecedores del Nobel de la Paz, pero sí fueron descollantes en relación a colegas de su época que tuvieron actitudes hostiles o anodinas” frente a la persecución judía, aseguró.
Pero no es la fundación la que debe aportar las pruebas justificativas del homenaje, sino los responsables del mismo, dijo Jalife.
La distinción de ”Justos entre las Naciones” es otorgada por la fundación israelí Yad Vashem, que es Autoridad Nacional para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto. Desde su creación, unas 15.000 personas fueron merecedoras del título y sus nombres están en el Muro de Honor, junto al Museo del Holocausto en Jerusalén.
Klich consideró ”innegable” que Argentina fue el último país en cortar relaciones con los países del Eje y el último en declarar la guerra a Alemania, poco antes de su derrota. ”Desde 1928 en adelante la política migratoria argentina es más y más restrictiva, y particularmente onerosa para refugiados y judíos”, detalló.
No obstante, ”la otra parte del cuadro” muestra que, en el mismo período, este país recibió alrededor de 45.000 judíos europeos, de los cuales probablemente la mitad ingresó de manera ilegal.
El coordinador de la Ceana aseguró que esos datos están en archivos abiertos, pero no contestó sobre la circular secreta, aún inaccesible.
Taiana sostuvo que la única documentación clasificada es la referida a la guerra de las Islas Malvinas (1982, contra Gran Bretaña), pero Goñi y miembros de la Fundación Wallenberg aseguraron que en 2003 Bielsa les había relatado la existencia de la circular secreta en la sede diplomática en Estocolmo.
La red de protección a nazis fue establecida por Perón, fundador y líder del Partido Justicialista, mismo que gobierna Argentina desde 1989, con un breve interregno de dos años, entre fines de 1999 y fines de 2001.
Este mes, el presidente Néstor Kirchner viajó a Alemania y recorrió junto a su esposa, la senadora Cristina Fernández, el campo de concentración de Dachau, por el que pasaron unos 200.000 prisioneros, 45.000 asesinados en las cámaras de gas.
Kirchner y Fernández recibieron al menos dos cartas de la fundación Wallenberg, reclamando la difusión y derogación de la circular de 1938 y la remoción de la placa, si no se hallara documentación para fundar el homenaje.
La historia de Byttebier, otro nazi en Argentina
Era belga, sirvió en las SS alemanas y llegó en 1948 con sus dos hermanos, condenados a muerte como criminales de guerra. Terminó teniendo una nota al pie en la historia grande de la negación del Holocausto: fue quien le dio los manuscritos de Adolf Eichmann al pseudohistoriador inglés David Irving. El 25 de marzo murió en paz, impune en el país de la amnesia.
El 25 de marzo murió en paz, argentino e impune, Hugo Byttebier, el SS belga amigo del organizador del Holocausto, Adolf Eichmann. Byttebier llegó al país en 1948, traído por la vasta red de agentes montada por Juan Perón para traer miles y miles de nazis de Europa, un esfuerzo político y monetario que nos dejó de vecinos a Erich Priebke, a Joseph Schwammberger y al propio Eichmann, para mencionar a tres de los más conocidos. También llegaron con visas y pasajes miles de rexistas, vichistas, ustashas y demás miembros de fuerzas fascistas de la Europa ocupada que traicionaron a sus países y se unieron a los invasores alemanes. Byttebier fue uno de ellos y aunque no fue condenado como criminal de guerra siguió ejerciendo de nazi por muchos años y se ganó en los noventa un curioso lugar en una controversia internacional sobre la negación del Holocausto.
Hugo era el menor de los hermanos Byttebier, todos nacidos en Heestert, Bélgica, y todos nazis. Miguel José, nacido en 1897, fue condenado a muerte el 23 de septiembre de 1946 por un tribunal de su país junto a su hermano siguiente, Gerardo, nacido en 1905. Ambos se enteraron mucho después de su condena, porque ya estaban en camino hacia la promisoria Argentina, donde sabían que serían bien recibidos. Gerardo, por ejemplo, recibió su visa el 6 de febrero de 1948 en el consulado argentino en Ginebra. La garantía de la buena recepción la daba el detalle de que su pasaporte no era belga sino suizo, emitido en Berna el 19 de diciembre de 1947. Como tal cosa no tenía importancia entre amigos, Gerardo llegaba por avión a Buenos Aires el 3 de marzo de 1948, para quedarse en paz.
Miguel José, más modesto, llegó en tren a Paso de los Libres con su visa en orden en abril de 1948. Dieciséis años después, el 13 de octubre de 1966, obtuvo un pasaporte argentino para viajar a Francia, Italia, Bélgica y Holanda, donde ya se habían olvidado de su condena. En 1966 tuvo un ligero problema con una defraudación prendaria que quedó en la nada por diez años, hasta que días antes del golpe de 1976 fue eximido de prisión.
El joven Hugo fue el último en llegar a Buenos Aires. El 14 de octubre desembarcó del Copacabana, procedente de Amberes, con documentación firmada por el Consulado argentino de ese puerto. Se declaraba católico y era descripto como de piel blanca, cabellos castaños claros y de 1,78 metro de altura. En Buenos Aires, su expediente de inmigrante lleva el número 203647/48 y, como miles y miles de otros que afectaban al exilio nazi, fue iniciado por la Presidencia de la Nación.
El joven Byttebier llegaba a su nuevo país sin la soledad del inmigrante. De hecho, ya tenía múltiples contactos. Su expediente era apadrinado por un residente, Reinaldo van Groede, y en él declaraba como dirección legal un estudio de Sarmiento 246, Capital. Era la oficina del abogado, estanciero y ex profesor del Otto Krause, Avelino Quirno Lavalle, cuyo nombre figuraba y figuró por muchos años como director en varias sociedades comerciales.
En el mismo barco del veinteañero veterano de la división SS flamenca venían dos compatriotas, ellos sí criminales de guerra, André Albert Baert y Gerard Blaton, que le presentarían a una de las figuras centrales de la comunidad colaboracionista holandesa en Argentina, Willem Sassen. Este camarada SS había llegado a Buenos Aires hacía muy poco, en septiembre de 1948, después de un romántico viaje a bordo de una goleta, la Adelaar, procedente de Dublín, Irlanda. Como los dos Byttebier mayores, Sassen había sido condenado a muerte en ausencia, pero en Argentina pronto encontraría su primer trabajo como chofer del as de la Luftwaffe Hans Rudel, profusamente condecorado por Hitler y prolijamente protegido por Perón, que primero le pagaba un sueldo en el Instituto Nacional de Aeronáutica y luego lo hizo rico dándole licencias especiales de importación. Sassen y Rudel hicieron muchos negocios juntos en los 60 y 70, como vendedores de armas y “asesores” de Stroessner, Pinochet y los coroneles de la coca bolivianos. En su exilio, Sassen se haría de otro amigo muy cercano. En 1952, le presentaron a Adolf Eichmann, a quien invitaba a tomar café con Joseph Mengele en el viejo ABC del centro. Con los años, se transformó en su hombre de confianza y confidente, y Eichmann le dictó sus recuerdos y confesiones. Fueron estos documentos los que pusieron a Hugo Byttebier en los arrabales de una polémica internacional.
Según relata Uki Goñi en su libro La Auténtica Odessa, Sassen tuvo varias sesiones de charla con Eichmann entre 1956 y 1957. De las reuniones resultaron 67 cintas grabadas, cuya transcripción ocupó más de 700 páginas a máquina. Con el paquete en la mano y pensando en un libro –Sassen era un activo editor de publicaciones nazis en castellano y alemán–, Eichmann agregó otras 83 de aclaraciones y detalles, escritas a mano. El libro nunca se publicó: Eichmann quería que fuera anónimo y ninguna revista o editorial aceptó esa condición. Sassen se quedó, desilusionado, con el paquete de hojas mecanografiadas y anotadas.
Pero en 1960, después de su captura por un comando israelí, Eichmann se transformó en una celebridad internacional y Sassen pudo hacer su negocio, vendiéndole copias del manuscrito a Life, a la alemana Stern y al israelí Yediot Hadashot, que publicaron fragmentos o resúmenes. La copia que llegó a Israel fue a parar a la fiscalía que acusaba a Eichmann y resultó una prueba fatídica en su contra, por su estricto nivel de detalle. Sassen facturó muy bien, pero tuvo que irse un tiempo al Paraguay porque sus camaradas nazis lo consideraban un traidor y un mercenario.
Lo que pocos sabían en ese momento era que el Byttebier más joven también tenía una copia, aparentemente recibida de la muy asustada familia Eichmann, que temía allanamientos. Hugo guardó fielmente los papeles, pensando que serían históricos y algún día encontraría a quién pasárselos. Esa persona resultó ser el polémico historiador inglés David Irving, el más eficiente, erudito y presentable negador del Holocausto que exista en el mundo.
Irving comenzó como un historiador serio, que escribe bien y tiene un arte particular para revolver archivos. Joven aún, se destacó por sus descubrimientos documentales y por su simpatía por el lado alemán en la guerra. Su primer bestseller trató sobre el bombardeo de la ciudad de Dresden, un hito en la creación de la estrategia de bombardeos masivos en la que la ciudad ardió por los cuatro costados, causando decenas de miles de muertos. Irving presentó a Dresden como una ciudad abierta, sin industrias militares –olvidándose convenientemente de que era un importantísimo centro de transportes y distribución–, pero como nadie recordaba el tema y su investigación y reconstrucción eran muy vívidas, el libro le ganó un lugar en un mercado competitivo. Los alemanes, que por fin aparecían como víctimas en algo, simplemente lo adoraron. El inglés siguió haciendo ruido, logrando que las secretarias de Hitler le contaran sus secretos y virando cada vez más hacia la negación del Holocausto. Finalmente, en los ochenta, se asumió y fue testigo en un celebrado juicio contra un negacionista en Canadá. Su teoría se resume en la idea de que el Holocausto no fue para tanto y que de todos modos el Fuhrer no lo ordenó: fue un “exceso” de sus subordinados del que él no se enteró.
Hugo Byttebier fue uno de los entusiastas lectores de las teorías de Irving, al que le escribió una carta el 8 de noviembre de 1989 contándole vagamente de los papeles que poseía. Poco después, el 27 de mayo de 1990, el belga se le aparecía por Londres y le dio más precisiones. Según cuenta el inglés, de inmediato se puso en contacto con Dieter Eichmann, uno de los hijos del criminal de guerra ejecutado. Dieter viajó de inmediato a Buenos Aires y le exigió a Byttebier que le entregara los papeles de su padre o que los destruyera. El flamenco no hizo caso, y el 14 de septiembre mandó a Londres fotocopias de varias páginas de sus documentos.
El siguiente encuentro fue en octubre de 1991 en Buenos Aires, cuando Irving llegó para dar una conferencia. Fue una noche que la derecha filonazi local no olvidará fácilmente: en los salones de El Molino, frente al Congreso, estaba el tout Buenos Aires nazi y neonazi, con ancianos que hablaban con acento, jóvenes rapaditos y próceres del “nacionalismo” criollo. Byttebier llegó ya entusiasmado por las denuncias contra Irving de la DAIA y de la prensa y, después de escuchar su conferencia, se le acercó y le entregó dos pesados sobres. Adentro había más de ochocientas páginas de una copia al carbónico de las charlas de Eichmann y Sassen.
De vuelta en Londres, Irving se comunicó con Alemania para chequear la legitimidad del documento y terminó entregando el original al archivo federal de Coblenza. Armado de una fotocopia, en los meses siguientes se dedicó a estudiarlo y a encontrar elementos incómodos. Por ejemplo, que Eichmann contaba haber visto la ejecución de 200 judíos o que su comandante le había comunicado que Hitler había decidido exterminar a los judíos.
A esto le siguió una larga polémica entre negacionistas, llena de sospechas sobre la lealtad de Irving a la causa y de autojustificaciones del inglés, que acabó jugándose todo en un resonante juicio que perdió rotundamente y que más o menos “probó” judicialmente que sí hubo un Holocausto. Byttebier debe haber seguido el tema con una sensación de protagónico, desde este país donde encontró la amnesia que buscaba un nazi tan entusiasta que sirvió de uniforme a los ocupantes de su propio país.
LOS MILLONES DEL NAZISMO EN LA ARGENTINA 110 por ciento nazis
Un capitán de las SS fue agente de la Casa Rosada durante el primer gobierno de Perón. Era argentino. Pero viajó a Alemania en 1922 y se enroló en el cuerpo de elite de Adolf Hitler.
Que un capitán de las SS y espía de Heinrich Himmler tras la guerra se convirtiera en el agente principal de la División Informaciones de la Casa Rosada durante la primera presidencia del general Juan Perón parece extraído de una novela sobre ODESSA. Sin embargo así ocurrió. Horst Alberto Carlos Fuldner era consciente que rescatar de los tribunales de Europa a sus ex camaradas nazis podía crear dificultades de conciencia a algunos. Sin embargo, actuaba siguiendo instrucciones del propio presidente de la Nación, como declaró en 1949 en un sumario secreto de la Dirección de Migraciones que ha sobrevivido en el Archivo General de la Nación. Nacido en el barrio de Belgrano en 1910, de padres germanos, Fuldner viajó a Alemania en 1922. Ingresó a las SS a los 21 años. Al recibir el llamado para cumplir el servicio militar en Buenos Aires, en 1931, presentó una carta ante la Embajada argentina en Berlín. Decía que a pesar de seguir siendo argentino en el corazón ahora era ciudadano alemán y los deberes y derechos como argentino no son más los míos. La Embajada le contestó fríamente que la patria era irrenunciable. Cuando intentaba fugarse de Europa en 1935, tras protagonizar defraudaciones y estafas en Hamburgo, Fuldner fue recapturado en alta mar frente a la costa de Brasil, llevado a Alemania y su anillo con la calavera de las SS ritualmente fundido. Pero para marzo de 1945, Fuldner revistaba como agente secreto del servicio secreto de Himmler, el temible SD, partiendo de Berlín a Madrid en una misión programada para después de la guerra, como pudo constatar el espionaje estadounidense en España. Traía abundante dinero, un avión cargado de objetos de arte, su pasaporte alemán y el argentino. En Madrid se reunió con otros fugitivos que pronto se trasladaron por avión y barco a la Argentina. Así fue como el croata de la Luftwaffe Gino Monti de Valsassina; el ex embajador croata ante Hitler, Branco Benzon; el criminal de guerra belga Pierre Daye; el colaboracionista francés Georges Guilgaud Degay; el criminal francoargentino Charles Lescat y el polaco Czeslaw Smolinski sesionaron durante 1947 con Perón en la Casa Rosada, planeando bajo el paraguas de la División Informaciones el rescate de sus compañeros que permanecían en Europa. Algunos de ellos estaban relacionados con nacionalistas argentinos. Lescat en particular con Cosme Beccar Varela y Juan Carlos Goyeneche, habiendo el último sido colaborador del SD en Europa durante la guerra, cuando se reunió con el mismo Himmler y donde habría conocido a Fuldner. Para cumplir su misión a favor de los nazis, Fuldner retornó a Europa desde el 16 de diciembre de 1947 hasta el 16 de octubre de 1948, operando desde una oficina abierta secretamente por el ex coronel del GOU Benito Llambí, ahora convertido en embajador argentino en Suiza, en la calle Merktgasse 49 de Berna. Fuldner -con el apoyo desde Buenos Aires del jefe de la División Informaciones Rodolfo Freude- cruzaba a sus clientes clandestinamente de Suiza a Alemania, transportándolos a Génova y de allí por barcos de la línea Dodero a Buenos Aires. Durante 1947 y 1948 partieron hacia la Argentina un gran número de criminales de guerra, colaboradores del nazismo y ex agentes del SD, entre ellos Dinko Sakic, Erich Priebke, Ante Pavelic, Walter Kutschmann, Friedrich Rauch, Milan Stojadinovich, Erich Schroeder, Eduard Roschmann y Fridolin Guth. Gerhard Bohne, a cargo del programa de eutanasia de Hitler, nombró como referencia en el Consulado argentino en Génova al secretario de Aeronáutica. Fuldner por aquella época era agente de la Aeronáutica argentina en Europa. Otros como Josef Schwamberger, Adolf Eichmann y Josef Mengele embarcaron entre 1949 y 1950, tras haber iniciado sus gestiones de ingreso ante las autoridades argentinas en Europa durante 1948. El soberbio e intrigante Fuldner y sus socios Georg Weiss y Herbert Helferich eran considerados 110 por ciento nazis por los diplomáticos suizos en Buenos Aires, quienes el 15 de noviembre de 1948 informaron a Berna que el patrocinador de Fuldner era Freude, secretario privado del presidente Perón.La legación suiza en Buenos Aires consideraba extraordinariamente delicado actuar contra Carlos Fuldner sin arriesgar lastimar los sentimientos del muy influyente Dr. Freude.En Berna, Fuldner era también asistido por el diplomático argentino Enrique Moss, cónsul en Berlín durante la guerra, y por el polaco Smolinski.Quizás por la presión suiza o porque había caído en desgracia con Eva Duarte, a mediados de 1948 Freude comunicó por carta secreta a Llambí que Fuldner cesaba su misión en Europa, agradeciendo al coronel su amplia y generosa colaboración en el plan de búsqueda y traslado de técnicos especializados.Justamente Eichmann y Guth entraron a la Argentina como técnicos, Pavelic y Schroeder como ingenieros, Sakic, Roschmann, Schwamberger y Mengele como mecánicos, así consta en los registros de su entrada al país. Ante la dificultad de obtener empleos dignos para estos especializados, Fuldner en 1950 creó CAPRI, una empresa ligada a la estatal Agua y Energía que ganó una licitación dentro del plan quinquenal peronista para medir ríos en Tucumán. Hasta allí se dirigió Eichmann con otros ex camaradas de las SS ahora devenidos en técnicos de CAPRI. En mayo de 1960, cuando Eichmann fue capturado en Buenos Aires por un comando secreto israelí, Coordinación Federal se acercó a la casa de Fuldner en el coqueto barrio de Palermo Chico intentando rastrear el paradero del jerarca nazi. Fuldner se acordaba perfectamente de la fecha de ingreso al país de Eichmann, el 14 de julio de 1950 a bordo del Giovanna C, como consta en su declaración ante Coordinación Federal aquel día.Fuldner murió en 1992 en Madrid. Allí su hija negó recientemente ante un periodista español las actividades a favor de los nazis de su padre. Hoy el único sobreviviente de aquellas reuniones con Perón en la Casa Rosada es Rodolfo Freude, quien a los 76 años administra un importante imperio económico. Apodado cariñosamente Rudi por Perón en aquella época, Freude guarda hoy un hermético silencio desde sus oficinas del piso 19 de Corrientes 327. Una empleada judía que comparte la cochera del edificio y que prefiere no ser identificada admite que tiembla cuando se cruza con el recio ex jefe de la División Informaciones enfilando hacia su automóvil al final de cada día. Uki Goñi es autor del libro Perón y los alemanes.
En este libro, Carlos De Nápoli analiza el rol relevante (y a menudo criminal) de los científicos alemanes durante el nazismo, y la manera en que el resto del mundo se aprovechó de esa “experiencia” una vez terminada la guerra. Protegiéndolos y olvidando su accionar, aprovechando un saber manchado con sangre.
Cuando terminó la contienda, unos pocos de ellos fueron juzgados. La gran mayoría quedó libre de culpa y cargo, y los países ganadores, en particular Estados Unidos, Inglaterra y la URSS, se llevaron a los más eminentes. No para juzgarlos, sino para ponerlos a trabajar. La Argentina peronista no fue precisamente la excepción, y recibió, al amparo del gobierno de Juan Domingo Perón, a Friedrich Bergius, Premio Nobel de Química, que colaboró activamente en la redacción del Primer Plan Quinquenal del peronismo y a Joseph Mengele, el médico de la muerte, que vivió en paz durante más de una década, con la anuencia local pero también del gobierno de Alemania.
La historia de Byttebier, otro nazi en Argentina
Era belga, sirvió en las SS alemanas y llegó en 1948 con sus dos hermanos, condenados a muerte como criminales de guerra. Terminó teniendo una nota al pie en la historia grande de la negación del Holocausto: fue quien le dio los manuscritos de Adolf Eichmann al pseudohistoriador inglés David Irving. El 25 de marzo murió en paz, impune en el país de la amnesia.
El 25 de marzo murió en paz, argentino e impune, Hugo Byttebier, el SS belga amigo del organizador del Holocausto, Adolf Eichmann. Byttebier llegó al país en 1948, traído por la vasta red de agentes montada por Juan Perón para traer miles y miles de nazis de Europa, un esfuerzo político y monetario que nos dejó de vecinos a Erich Priebke, a Joseph Schwammberger y al propio Eichmann, para mencionar a tres de los más conocidos. También llegaron con visas y pasajes miles de rexistas, vichistas, ustashas y demás miembros de fuerzas fascistas de la Europa ocupada que traicionaron a sus países y se unieron a los invasores alemanes. Byttebier fue uno de ellos y aunque no fue condenado como criminal de guerra siguió ejerciendo de nazi por muchos años y se ganó en los noventa un curioso lugar en una controversia internacional sobre la negación del Holocausto.
Hugo era el menor de los hermanos Byttebier, todos nacidos en Heestert, Bélgica, y todos nazis. Miguel José, nacido en 1897, fue condenado a muerte el 23 de septiembre de 1946 por un tribunal de su país junto a su hermano siguiente, Gerardo, nacido en 1905. Ambos se enteraron mucho después de su condena, porque ya estaban en camino hacia la promisoria Argentina, donde sabían que serían bien recibidos. Gerardo, por ejemplo, recibió su visa el 6 de febrero de 1948 en el consulado argentino en Ginebra. La garantía de la buena recepción la daba el detalle de que su pasaporte no era belga sino suizo, emitido en Berna el 19 de diciembre de 1947. Como tal cosa no tenía importancia entre amigos, Gerardo llegaba por avión a Buenos Aires el 3 de marzo de 1948, para quedarse en paz.
Miguel José, más modesto, llegó en tren a Paso de los Libres con su visa en orden en abril de 1948. Dieciséis años después, el 13 de octubre de 1966, obtuvo un pasaporte argentino para viajar a Francia, Italia, Bélgica y Holanda, donde ya se habían olvidado de su condena. En 1966 tuvo un ligero problema con una defraudación prendaria que quedó en la nada por diez años, hasta que días antes del golpe de 1976 fue eximido de prisión.
El joven Hugo fue el último en llegar a Buenos Aires. El 14 de octubre desembarcó del Copacabana, procedente de Amberes, con documentación firmada por el Consulado argentino de ese puerto. Se declaraba católico y era descripto como de piel blanca, cabellos castaños claros y de 1,78 metro de altura. En Buenos Aires, su expediente de inmigrante lleva el número 203647/48 y, como miles y miles de otros que afectaban al exilio nazi, fue iniciado por la Presidencia de la Nación.
El joven Byttebier llegaba a su nuevo país sin la soledad del inmigrante. De hecho, ya tenía múltiples contactos. Su expediente era apadrinado por un residente, Reinaldo van Groede, y en él declaraba como dirección legal un estudio de Sarmiento 246, Capital. Era la oficina del abogado, estanciero y ex profesor del Otto Krause, Avelino Quirno Lavalle, cuyo nombre figuraba y figuró por muchos años como director en varias sociedades comerciales.
En el mismo barco del veinteañero veterano de la división SS flamenca venían dos compatriotas, ellos sí criminales de guerra, André Albert Baert y Gerard Blaton, que le presentarían a una de las figuras centrales de la comunidad colaboracionista holandesa en Argentina, Willem Sassen. Este camarada SS había llegado a Buenos Aires hacía muy poco, en septiembre de 1948, después de un romántico viaje a bordo de una goleta, la Adelaar, procedente de Dublín, Irlanda. Como los dos Byttebier mayores, Sassen había sido condenado a muerte en ausencia, pero en Argentina pronto encontraría su primer trabajo como chofer del as de la Luftwaffe Hans Rudel, profusamente condecorado por Hitler y prolijamente protegido por Perón, que primero le pagaba un sueldo en el Instituto Nacional de Aeronáutica y luego lo hizo rico dándole licencias especiales de importación. Sassen y Rudel hicieron muchos negocios juntos en los 60 y 70, como vendedores de armas y “asesores” de Stroessner, Pinochet y los coroneles de la coca bolivianos. En su exilio, Sassen se haría de otro amigo muy cercano. En 1952, le presentaron a Adolf Eichmann, a quien invitaba a tomar café con Joseph Mengele en el viejo ABC del centro. Con los años, se transformó en su hombre de confianza y confidente, y Eichmann le dictó sus recuerdos y confesiones. Fueron estos documentos los que pusieron a Hugo Byttebier en los arrabales de una polémica internacional.
Según relata Uki Goñi en su libro La Auténtica Odessa, Sassen tuvo varias sesiones de charla con Eichmann entre 1956 y 1957. De las reuniones resultaron 67 cintas grabadas, cuya transcripción ocupó más de 700 páginas a máquina. Con el paquete en la mano y pensando en un libro –Sassen era un activo editor de publicaciones nazis en castellano y alemán–, Eichmann agregó otras 83 de aclaraciones y detalles, escritas a mano. El libro nunca se publicó: Eichmann quería que fuera anónimo y ninguna revista o editorial aceptó esa condición. Sassen se quedó, desilusionado, con el paquete de hojas mecanografiadas y anotadas.
Pero en 1960, después de su captura por un comando israelí, Eichmann se transformó en una celebridad internacional y Sassen pudo hacer su negocio, vendiéndole copias del manuscrito a Life, a la alemana Stern y al israelí Yediot Hadashot, que publicaron fragmentos o resúmenes. La copia que llegó a Israel fue a parar a la fiscalía que acusaba a Eichmann y resultó una prueba fatídica en su contra, por su estricto nivel de detalle. Sassen facturó muy bien, pero tuvo que irse un tiempo al Paraguay porque sus camaradas nazis lo consideraban un traidor y un mercenario.
Lo que pocos sabían en ese momento era que el Byttebier más joven también tenía una copia, aparentemente recibida de la muy asustada familia Eichmann, que temía allanamientos. Hugo guardó fielmente los papeles, pensando que serían históricos y algún día encontraría a quién pasárselos. Esa persona resultó ser el polémico historiador inglés David Irving, el más eficiente, erudito y presentable negador del Holocausto que exista en el mundo.
Irving comenzó como un historiador serio, que escribe bien y tiene un arte particular para revolver archivos. Joven aún, se destacó por sus descubrimientos documentales y por su simpatía por el lado alemán en la guerra. Su primer bestseller trató sobre el bombardeo de la ciudad de Dresden, un hito en la creación de la estrategia de bombardeos masivos en la que la ciudad ardió por los cuatro costados, causando decenas de miles de muertos. Irving presentó a Dresden como una ciudad abierta, sin industrias militares –olvidándose convenientemente de que era un importantísimo centro de transportes y distribución–, pero como nadie recordaba el tema y su investigación y reconstrucción eran muy vívidas, el libro le ganó un lugar en un mercado competitivo. Los alemanes, que por fin aparecían como víctimas en algo, simplemente lo adoraron. El inglés siguió haciendo ruido, logrando que las secretarias de Hitler le contaran sus secretos y virando cada vez más hacia la negación del Holocausto. Finalmente, en los ochenta, se asumió y fue testigo en un celebrado juicio contra un negacionista en Canadá. Su teoría se resume en la idea de que el Holocausto no fue para tanto y que de todos modos el Fuhrer no lo ordenó: fue un “exceso” de sus subordinados del que él no se enteró.
Hugo Byttebier fue uno de los entusiastas lectores de las teorías de Irving, al que le escribió una carta el 8 de noviembre de 1989 contándole vagamente de los papeles que poseía. Poco después, el 27 de mayo de 1990, el belga se le aparecía por Londres y le dio más precisiones. Según cuenta el inglés, de inmediato se puso en contacto con Dieter Eichmann, uno de los hijos del criminal de guerra ejecutado. Dieter viajó de inmediato a Buenos Aires y le exigió a Byttebier que le entregara los papeles de su padre o que los destruyera. El flamenco no hizo caso, y el 14 de septiembre mandó a Londres fotocopias de varias páginas de sus documentos.
El siguiente encuentro fue en octubre de 1991 en Buenos Aires, cuando Irving llegó para dar una conferencia. Fue una noche que la derecha filonazi local no olvidará fácilmente: en los salones de El Molino, frente al Congreso, estaba el tout Buenos Aires nazi y neonazi, con ancianos que hablaban con acento, jóvenes rapaditos y próceres del “nacionalismo” criollo. Byttebier llegó ya entusiasmado por las denuncias contra Irving de la DAIA y de la prensa y, después de escuchar su conferencia, se le acercó y le entregó dos pesados sobres. Adentro había más de ochocientas páginas de una copia al carbónico de las charlas de Eichmann y Sassen.
De vuelta en Londres, Irving se comunicó con Alemania para chequear la legitimidad del documento y terminó entregando el original al archivo federal de Coblenza. Armado de una fotocopia, en los meses siguientes se dedicó a estudiarlo y a encontrar elementos incómodos. Por ejemplo, que Eichmann contaba haber visto la ejecución de 200 judíos o que su comandante le había comunicado que Hitler había decidido exterminar a los judíos.
A esto le siguió una larga polémica entre negacionistas, llena de sospechas sobre la lealtad de Irving a la causa y de autojustificaciones del inglés, que acabó jugándose todo en un resonante juicio que perdió rotundamente y que más o menos “probó” judicialmente que sí hubo un Holocausto. Byttebier debe haber seguido el tema con una sensación de protagónico, desde este país donde encontró la amnesia que buscaba un nazi tan entusiasta que sirvió de uniforme a los ocupantes de su propio país.
La comunidad alemana de Bariloche. Atrás la bandera argentina y la nazi. En el centro la foto de Adolf Hitler.
La guía “Bariloche Nazi” permite conocer una treintena de sitios relacionados al nazismo. Se publican fotos y mapas para que el lector pueda llegar hasta esos lugares, mudos testigos de un pasado cuya verdadera historia aún permanece casi desconocida. También se cuentan relatos sobre esas propiedades. Los dos sitios más enigmáticos del libro son la estancia “San Ramón” y la residencia “Inalco” donde vivieron Adolf Hitler y Eva Braun cuando escaparon de Berlín. A modo de ejemplo aquí se exhiben algunas de las fotos que se publican en el libro.
El bunker de los nazis en Bariloche (dinamitado por el Ejército)
El refugio Berghof -el mismo nombre que le dió
Hitler a su residencia en los Alpes- sobre el cerro Otto.
El hotel "Campana". Su dueño fue el agente de inteligencia Reinhard Koops quien vivía en Bariloche bajo el nombre falso de Juan Maler.
La propiedad donde vivía el ex-SS Erich Priebke cuando fue detenido en Bariloche.
¿La cruel verdad?
Esta producción intenta develar la verdadera historia de la inserción de refugiados nazis en nuestro país.
Fue realmente la Argentina un refugio de criminales nazis? ¿Existió una política de Estado fomentada por el gobierno peronista para hacer ingresar nazis al país? ¿Cuál fue el papel de la Iglesia católica? Estos y otros interrogantes plantea a sus entrevistados el documental Nazis en Argentina, que The History Channel emitirá hoy a las 22.
Pero, como toda parte, es sólo un segmento de una realidad que tiene mucho de mitológico, enmarañado en la tradición después de la Revolución Libertadora.
Siempre, detrás de todo hecho histórico hay varias verdades. Unas preguntas que dejo para pensar mientras ud. lee el artículo: ¿Por qué cuando se enseña historia judía, se enseña mucho sobre el Estado de Israel, y poco sobre la Argentina?, ¿Por qué se hace tanto hincapié en el antisemitismo? ¿Es que los judíos no tenemos lugar en la historia Argentina?
Haciendo historia
Vamos por partes: Los judíos somos una parte importante del mosaico de colectividades que tiene la Argentina, pero no somos la única. Y como se sabe, los judíos hemos aportado con personajes muy importantes del quehacer político y social a la vida del país. Pero es fundamental dejar en claro que (de acuerdo a nuestra historia nacional) las estructuras políticas de nuestra colectividad han servido mayormente a los poderes de turno. Y si la historia la escriben los que ganan…
Si se pueden trazar parábolas históricas, vale recordar que en la República Argentina de 1930 se respiraba la Década Infame en la cual se podía encontrar, fraude, corrupción, pobreza extrema, y gobiernos favorables a la poderosa Inglaterra. Ello no era casual.
En 1929 estalló una crisis financiera mundial que quebró a miles de empresarios, que acabó con en liberalismo económico, y fue dando caldo de cultivo al germen de la figura más emblemática del autoritarismo y de la muerte en Europa: Adolf Hitler.
Perón había viajado por la vieja Europa, y es cierto que admiró aquella Italia de Musolini donde la patronal conciliaba con los sindicatos, donde existía una sociedad corporativa que se ponía en pié autoritariamente. También es cierto que Perón era parte del Ejército Argentino que había sido formado al estilo prusiano, dado que Argentina y Alemania negociaron la adquisición de tecnología bélica con la ventaja que ofrecía el país europeo de dar formación a los oficiales. ¿Eso lo convertía en nazi-fascista?...
La Argentina se levantó...
En esa Argentina donde no existía un proyecto de desarrollo autónomo, un joven Oficial del Ejército Argentino desde una Secretaría comenzaba a darle voz y derechos a quienes no los tenían. Los trabajadores se identificaban en él, y Perón ganaba más adeptos gracias a lo siguiente: los Aliados (Inglaterra, la Unión Soviética, y los Estados Unidos) peleaban en la Segunda Guerra Mundial contra el Eje (Alemania, Italia, y Japón). Uno de los partidos representativos de los trabajadores, para dar un ejemplo el Partido Comunista Argentino, orientaba su plan político en la Argentina de acuerdo a los mandatos de la Rusia Stalinista, y éste plan consistía en poner todos los esfuerzos en ganarle la guerra a Hitler. Los capitales de las industrias argentinas (como los frigoríficos) eran mayormente ingleses, aliados de los rusos. La lógica de los comunistas aquí era entonces abastecer de carne a los soldados ingleses, buscar el aumento de la producción para exportar, y evitar las huelgas a pesar de las pésimas condiciones de vida de los obreros de un país neutral ¿Quién se acordaba de ellos?
Desde 1943 hasta 1945, Perón incrementó su popularidad, a tal punto que lo encarcelan, y los trabajadores del conurbano, emigrados del Interior del país, se movilizan por su liberación.
Lo logran el 17 de Octubre.
En 1946, Perón gana las elecciones democráticamente, y continúa con las reformas de industrialización de la Argentina, logrando eliminar la figura del desocupado y un acuerdo nacional con una renta que se dividía cincuenta y cincuenta entre los trabajadores y los patrones.
Pero a los Estados Unidos, esa situación no le agradaba. No le gustaba la idea de un gobierno independiente en América Latina, ni le gustaba su incipiente proyecto ABC (Unión entre Argentina, Brasil, y Chile) ¿Cómo podía ser que un Gobierno Nazi estuviera en su zona de influencia?
Un Nazi fue el primero en reconocer Israel
Dice el Dr.Leonardo Senkman, de la Universidad Hebrea de Jerusalem, que “la reapertura de la inmigración europea de posguerra por el primer gobierno peronista en 1946 puso fin a su interrupción drástica desde 1930, arrojando un saldo neto de 463.456 personas ingresadas vía ultramar (2a. y 3a. clase) entre 1947 y 1951.
Las cifras más elevadas de los últimos treinta años. Esta inmigración masiva muestra toda su magnitud ( a pesar de que no logró el objetivo declarado de incorporar 4 millones de extranjeros) cuando se la compara con el saldo de apenas 33.655 pasajeros correspondiente a los ingresados por todas las vías durante el quinquenio 1942-46”.
También Senkman aclara que “con el ascenso del peronismo al poder, las preocupaciones étnicas en materia de población e inmigración pasaron a formar parte de la agenda de cuestiones públicas que implementó el nuevo gobierno (…) Pero acaso la novedad más importante en materia étnica haya sido que, por primera vez desde la función pública, un gobierno decidiera institucionalizar los estudios étnicos de la población, como hizo el Presidente Perón mediante la creación del Instituto Étnico Nacional (…)”.
Santiago Peralta, conocido antropólogo antisemita, aliado al nacionalismo profascista y autor de libros discriminatorios como “la Acción del Pueblo Judío en la Argentina”, logró ser designado responsable con amplias facultades de la Dirección General de Migraciones (DGM), desde diciembre de 1945 hasta julio del 47.
Peralta fue alejado por Perón, a raíz de la repercusión internacional por denuncias de prácticas discriminatorias en su función pública.
No obstante, retuvo por seis meses adicionales la dirección del Instituto Étnico Nacional, hasta su jubilación en enero 1948.
Luego, agrega este académico israelí que “Las dificultades que encontró la inmigración judía a Argentina en la inmediata posguerra deben ser comprendidas en el marco global de las relaciones pragmáticas de Perón con los judíos, el estado de Israel y los EE.UU. (…) desde un punto de vista inmigratorio y poblacional, fueron similares a las que los inmigrantes judíos hallaron en otros países latinoamericanos, y difícilmente pueden ser explicadas a través de inversiones lógicas para deducir que las preferencias ideológicas de Perón a dar refugio a colaboracionistas y criminales de guerra fueron la mejor prueba del rechazo a los inmigrantes judíos”.
El Hecho de que Perón reciba nazis prófugos no era una cuestión de que sea un partidario nazi antisemita. Si estudiamos el caso en profundidad, la Unión Soviética y los EEUU recibieron gustosos a los Nazis (que ayudaron a escapar de los Juicios de Nüremberg) para que les enseñen sus técnicas en el combate de la Guerra Fría. Perón, hábil y frío, pensaba lo mismo.
La realidad dice que entre 1930 y 1949, la Argentina recibió a más refugiados judíos per cápita que cualquier otro país del mundo, excepto Palestina y, posiblemente Uruguay.
Es muy importante analizar los hechos puntuales: En la última década del siglo XX todavía era posible encontrar en algún kibutz de Israel frazadas con el sello de la Fundación Eva Perón, enviadas en 1948, cuando Argentina se convertía en el primer país que reconoció la soberanía del Estado judío. Sí, ¡lo que leyó! El gobierno de Perón fue el primero en reconocer el sueño de todos los sobrevivientes de los pogroms y la shoá.
Los judíos y la política con Perón.
Lejos de la mitología popular, los judíos, como decíamos al principio, no somos ajenos a la realidad social que nos circunda. Hay judíos ricos, pero también hay y hubieron judíos de la clase trabajadora y muy pobres. Muchos de ellos, lejos de ver en Perón la reencarnación del Faraón esclavizador de Egipto o el monstruo de un nuevo holocausto, vieron en él a un líder que cumplía con su pueblo, y se sentían beneficiados e integrados gracias a muchas de las conquistas sociales que se consiguieron.
Perón quiso luego sumar a la OIA (integrada por empresarios judíos) como una sección de hombres de negocios del movimiento justicialista. Pablo Mangel, presidente de la institución, es designado posteriormente embajador argentino en Israel. En 1948, se crean Nueva Sión, el Instituto Judío Argentino de Cultura e Información y la Cámara de Comercio Argentino-Israelí; en 1949 llega el primer Embajador de Israel a la Argentina, y en 1951, Golda Meir visita Buenos Aires abrazándose con Eva Perón, por la labor realizada en favor del Estado de Israel.
Cuenta el periodista Roberto Bardini que “En 1946, durante el gobierno peronista, por primera vez en la historia argentina se conceden días libres a los soldados conscriptos judíos para que puedan celebrar sus fechas religiosas. Al año siguiente, se instituye la primera Feria del Libro Judío, que funciona durante 30 días y vende más de 25 mil volúmenes. Esta actividad continúa a lo largo de décadas, cerca de la celebración de Rosh Hashaná.
Se exhiben y venden libros de temática judía en idish, hebreo, castellano, inglés y francés, además de discos y objetos del ritual judío”. Añade que “también en 1948 se funda en Buenos Aires el Instituto Judío de Cultura e Información, presidido por Simón Mirelman, y la colectividad israelita inicia contactos con Perón, principalmente a través del ministro del Interior, Ángel Borlenghi, cuya esposa es de origen judío. El rabino Amran Blum es designado catedrático de la Facultad de Filosofía y Letras, y asesor presidencial en temas religiosos”.
La Constitución promulgada por el peronismo en 1949, incluyó una condena a la discriminación racial y religiosa. En ese mismo año, Eva Perón pronunció un discurso en el que afirmaba que quienes propiciaban el antisemitismo en la Argentina eran “los nefastos representantes de la oligarquía”. El jefe de prensa del gobierno peronista, Raúl Apold, era judío. Pero los antiperonistas, sin embargo, lo llamaban el Goebbels argentino, relata Bardini.
Cuando Jaim Weizman, el primer presidente israelí, visitó Buenos Aires en 1951, fue recibido con honores, y el flamante jefe de Estado le obsequió una Biblia antigua a Perón y anunció que su gobierno bautizará una plazoleta con el nombre del mandatario argentino.
Poco después, se inauguró en Plaza de Mayo un mástil donado por comerciantes, empresarios y hombres de negocios de la colectividad Judía. Era tan distinta la atmósfera que se sentía, que las morót (maestras), relatan en el schule (colegio), que Jacob Tsur, el primer embajador de Israel en Argentina, publica en 1983 su libro Cartas credenciales, en el que señala: “En la perspectiva simplista de Washington, Perón sólo podía ser nazi o comunista”.
Así mismo, el ex representante diplomático argentino en Israel, Pablo Mangel, declaraba que el antisemitismo no era esencial al peronismo: “Fui testigo y partícipe directo del apoyo brindado por el gobierno peronista al pueblo judío, que se debatía en tiempos de pos guerra entre el hambre y el desarraigo (...). Se le otorgaron amplias facilidades a los judíos que huían de la Europa deshecha y que casi siempre llegaban sin documentos”, decía. El ex funcionario relataba que Estados Unidos no permitió la entrada a un buque que había partido de Chipre repleto de exiliados judíos y que “Evita no sólo los recibió sino que se preocupó por conseguirles trabajo”. También la DAIA jugó alguna vez con un gobierno popular (a pesar de estar casada siempre con el gobierno de turno), pues durante el conflicto del gobierno con la Iglesia Católica, respaldó algunas medidas oficiales, como la cancelación de la enseñanza religiosa y la ley de divorcio. En 1954, la entidad publicó un favorable folleto titulado “El pensamiento del presidente Perón sobre el pueblo judío”.
La comunidad judia ante la Argentina
El ser parte de esta sociedad implica responsabilidad a la hora de presentarse como una colectividad que tiene algo que aportar a su país. La relación de Perón con el judaísmo argentino ha sido poco estudiada y es poco conocida. Volver sobre nuestras raíces (como parte importante de continuar el judaísmo) implica también conocer los hechos que marcaron, no sólo la historia Argentina, sino también la historia judía.
Pero dado el mote adjudicado al peronismo de nazi fascista, sobre todo por parte de quienes lo querían ver fuera de la escena, mucho se le agregó después, pues el antisemitismo no comenzó en la época de Perón.
Hitler era antisemita, ¿pero era el único vástago del fascismo a combatir? Nuevos estudios históricos echan luz sobre Winston Churchill, y José Stalin (quienes combatían contra Alemania en la Segunda Guerra Mundial). Ellos eran antisemitas declarados, y poco hicieron por los judíos gaseados en los campos de concentración. Por supuesto que Estados Unidos, el principal aliado israelí, debía saberlo. Hoy en día se sabe que hasta gente poderosa del mismo corazón económico norteamericano financió la maquinaria bélica de la Alemania Nazi, incluyendo a la creadora del gas usado en las cámaras de la muerte.
¿Es posible determinar una política de acción que nos una en pluralidad definitivamente sin cortocircuitos al engranaje argentino? Fijémonos con quien estuvo la dirigencia judía en años de terrorismo de Estado, y en años de menemismo; miremos la cantidad de desaparecidos políticos y sociales que dejó esta red perversa; sepamos distinguir bien la víctima del victimario; y miremos los horizontes de un país que no pudo ser, y a un movimiento que supo incluir a muchos judíos que quedaron en los muros de los centros clandestinos de detención, y que murieron por esa idea que los interpelaba a ellos como argentinos, peronistas, y también como judíos.
En cuanto a la comparación entre lo que piensa el pueblo alemán del nazismo y lo que piensa el pueblo argentino de la dictadura, yo creo que también hay que tener en cuenta lo que piensa el pueblo argentino del peronismo. No sólo por una cuestión generacional (pasó mas o menos el mismo tiempo), sino porque también hay muchas similitudes entre el gobierno de Perón y el de Hitler. La dictadura militar actuó como un ejército de ocupación de una potencia imperialista y fue parte de una política global que venía dictada desde Washington. En cambio el peronismo y el nazismo fueron fenómenos "genuinamente" nacionales y populares.
Primero porque el peronismo, al igual que el nazismo pero a menor escala, combinó el estado de bienestar y la industrialización con una política totalitaria de concentración y centralización del poder político, aplastando a los opositores (especialmente, al movimiento obrero independiente) y apoyándose en el "pueblo" contra la "oligarquía".
El peronismo, al igual que el nazismo, usó a la mayoría de los medios de comunicación y al sistema educativo mismo como medio de propaganda y de culto a la personalidad del dirigente. La propaganda casi mística a favor del régimen y sus caudillos no era producto de "favores" como ahora, era una política de Estado.
El peronismo, al igual que el nazismo, identificó a toda oposición al Movimiento (o sea, a la persona de Perón) con una actitud anti-argentina (Braden o Perón). O se estaba con el Movimiento o se estaba contra la patria.
El peronismo, al igual que el nazismo, se valía de movilizaciones y manifestaciones masivas y desfiles. El culto al caudillo (Führer) era común en ambos regímenes.
Perón, al igual que Hitler, fue golpista. Sólo que Hitler fracasó y fue encarcelado con ello, mientras que Perón participó con éxito en el golpe del '30 donde fue oficial y en el golpe del '43 como parte del GOU.
Hitler consolidó su posición de poder supremo a través de un cargo de canciller, Perón lo hizo a través de su cargo en la secretaría de trabajo y previsión.
Tanto Hitler como Perón fueron elegidos por el voto.
Hitler asesinó a varios opositores suyos dentro del Partido Nazi, Perón hizo lo propio (o encarceló) a opositores suyos dentro del Partido Justicialista (Cipriano Reyes, Luis Gay).
Tanto el peronismo como el nazismo son anticomunistas, aun si tenían un discurso socialistoide.
Tanto el peronismo como el nazismo utilizaron la teoría del enemigo único. Sólo que si para el nazismo el enemigo era la plutocracia y el judeo-bolchevismo, para el peronismo era el imperialismo y los "gorilas" (donde entraba la oligarquía y la izquierda). Los peronistas de ahora son mas light, ahora con su "gobierno popular" dicen que "la izquierda le hace el juego a la derecha".
Si el nazismo usó a su favor el fanatismo ario, los sueños de un nuevo imperio romano y un mundo a imagen y semejanza de la nueva Alemania y su raza superior, el peronismo usó a su favor la reivindicación de la herencia hispánico-católica de la Argentina criolla contra el liberalismo (y el socialismo) de origen europeo. Cada cual hace lo que puede...
Hay muchas diferencias entre peronismo y nazismo, no se puede negar, porque son las diferencias entre la Argentina y la Alemania de esas épocas y el papel que tenían en el mundo. Pero que había similitudes (y que se debían a la admiración de Perón a Mussolini), no puede negarse.
PD: ¡no sabía que el Volkswagen había surgido en el régimen nazi! Sí sabía que Volkswagen quería decir "auto del pueblo", pero no sabía que había sido parte de la campaña demagógica de Hitler
Project Huemul:El Cuarto Reich en Argentina
A fines de la Segunda Guerra Mundial, los físicos alemanes luchaban para lograr una bomba atómica antes que los Estados Unidos y así detener la inminente caída del Tercer Reich. Argentina, que se había mantenido neutral durante la guerra, ahora importaba científicos y técnicos del extinto Tercer Reich, quienes se encontraban a las órdenes de un nuevo líder: el General Juan Domingo Perón. ¿Era posible que las potencias triunfadoras permitieran que un país como Argentina desarrollara un plan independiente de energía nuclear que nadie, fuera de los Estados Unidos, poseía? ¿Acaso la "Tercera Posición" que proclamaba el general Perón, equidistante del capitalismo y el comunismo, encubría a un posible "Cuarto Reich" en América del Sur?
A través de este programa descubriremos las claves de un plan frustrado, y las causas políticas y científicas que impidieron su éxito. Una historia de enigmas, intrigas, espionaje internacional y crimen. La visión de un hombre, el General Perón, que hace 50 años intentó presionar a las potencias de la misma forma que hoy lo hacen Corea del Norte o Irán, siendo el precursor de este método. Expondremos datos que no son de ciencia ficción, son históricos, están documentados y poco difundidos hasta ahora. Es la historia de los estrechos lazos entre Argentina y Alemania durante la primera mitad del siglo XX, de cómo se moldearon los militares argentinos bajo el adiestramiento prusiano y de cómo durante la presidencia del mismo se llevó a cabo el proyecto secreto más fantástico y ambicioso de la historia.
Imagenes como estas reflejan la realidad de nuestra sociedad "pro" creada nacional-socialista con un total rechazo hacia el capital/imperial, lo cual nos seria muy util.
Grietas nazis en pasado encubierto
BUENOS AIRES, abr (IPS) - Argentina fue refugio de criminales nazis de la talla de Adolf Eichmann o Joseph Mengele, con la complicidad activa de sus autoridades. Pero subsiste el empeño de ocultar el antisemitismo imperante en círculos oficiales, que llevó a la muerte a un centenar de judíos argentinos.
Casi 60 años después de la rendición militar alemana en la segunda guerra mundial (1939-1945), la cancillería argentina rehuye reclamos interpuestos desde 2001 por varias organizaciones para que se difunda una circular secreta firmada en 1938 por el titular de ese ministerio, ordenando a cónsules argentinos en Europa negar visados a ”indeseables o expulsados”, en alusión a ciudadanos judíos de ese continente.
Esas entidades, el Centro Simon Wiesenthal y la Fundación Internacional Raoul Wallenberg, reclaman además infructuosamente a la cancillería que fundamente la decisión adoptada en 2001 de colocar una placa en la sede del ministerio en honor a 12 diplomáticos argentinos por haber sido ”solidarios con las víctimas del nazismo”.
Investigaciones recientes revelaron que al menos uno de esos honrados ignoró reiteradamente la suerte de un centenar de judíos argentinos que vivían en Grecia, Holanda y Polonia. Los demás funcionarios, en el mejor de los casos, se limitaron a cumplir con su labor consular de facilitar trámites de salida para ciudadanos de su país, afirman los denunciantes.
Desde hace cuatro años, las dos organizaciones piden a sucesivas autoridades diplomáticas que difundan la circular ”reservada y estrictamente confidencial”, a la que IPS tuvo acceso, firmada por el canciller José María Cantilo en 1938, y hallada 60 años después en la sede de la embajada en Suecia por la investigadora argentina Beatriz Gurevich.
”Nosotros pedimos que se difunda y se haga una derogación simbólica”, dijo a IPS Sergio Widder, del Centro Simon Wiesenthal que trabaja por la captura de criminales de guerra nazis en todo el mundo.
”Creemos que es un acto de desagravio que tendría para el gobierno más beneficios que perjuicios”, dijo. Sin embargo, ”hay sectores muy tradicionales en la administración pública que se resisten a esta apertura”, interpretó.
Igual resistencia encontró Widder en la Secretaría de Inteligencia del Estado y en la Conferencia Episcopal Argentina, que negaron tener documentos relacionados con el período bajo investigación. El Ministerio del Interior, en cambio, dispuso la revisión del archivo del Departamento de Migraciones, aunque por el momento sólo se abrieron dos de los 49 expedientes solicitados por el Centro.
Según Widder, podría haber aún unos 15 oficiales del nazismo ocultos en Argentina, pero la morosidad de la investigación impide avanzar en las capturas.
La Fundación Internacional Raoul Wallenberg tomó el nombre de un diplomático sueco que salvó a miles de judíos del nazismo. Se dedica a rescatar la memoria de quienes ignoraron órdenes oficiales y, en un clima hostil, asistieron a judíos que escapaban de la persecución desatada en toda Europa, ocultándolos o suministrándoles pasaportes falsos.
Gustavo Jalife, miembro de la Fundación, dijo a IPS que la cancillería posee el original del documento hallado por Gurevich, y reproducido en 2002 en el libro ”La auténtica Odessa”, del periodista argentino Uki Goñi.
Pero el Ministerio, encabezado por Rafael Bielsa, se resiste a mostrar y anular esa orden secreta, que sigue formalmente vigente.
En su libro, Goñi sostiene que en 1942 el jefe de la Oficina Principal de Seguridad del régimen alemán, Reinhard Heydrich, reunido con otros jerarcas nazis para abordar la llamada ”solución final a la cuestión judía”, planteó que la deportación masiva era imposible por el cierre de fronteras de terceros países a la inmigración judía, lo que determinó el destino de millones de personas exterminadas en campos de concentración.
El autor afirma que ”probablemente ningún país tomó medidas tan extraordinarias para cancelar sus permisos de entrada a los judíos como Argentina”.
El libro relata además los detalles de la red de rescate de funcionarios nazis alemanes y de regímenes afines --tras la derrota de Alemania--, organizada por el primer gobierno de Juan Domingo Perón (1946-1955), que facilitó su huida de Europa cuando muchos de ellos tenían pedidos de captura.
Según Goñi, la circular de la cancillería argentina --anterior al gobierno de Perón-- ”estaba destinada a que ninguno de los judíos que huían de Adolf Hitler llegaran a Argentina y, por tanto, confirma la justificación esgrimida por Heydrich de que la cancelación de permisos de entrada por parte de países extranjeros había demostrado que la emigración no era una solución viable para la cuestión judía”.
En cuanto a los diplomáticos cuestionados, Goñi aporta en su libro testimonios documentales que incriminan a uno de los homenajeados, el secretario de la embajada argentina en Berlín en los años 40, Luis Irigoyen.
A pesar de los intentos de oficiales alemanes para que Buenos Aires, neutral en la guerra, repatriara a judíos argentinos de los países bajo dominación nazi, el diplomático negó visas a un centenar de compatriotas que residían por entonces en Polonia, Holanda y Grecia, luego trasladados a los campos de exterminio de Auschwitz y Bergen-Belsen.
Uno de los documentos que obtuvo Goñi corresponde a la oficina del oficial alemán Eberhardt von Thadden, enlace de Eichmann (responsable de las deportaciones de judíos a los campos de exterminio) con el cuerpo diplomático extranjero acreditado en Berlín.
El oficial detalla en sus escritos los esfuerzos infructuosos que realizó durante meses para conseguir que Irigoyen organizara el retorno de los judíos argentinos que habían caído en desgracia.
”El señor Irigoyen me explicó con mucho énfasis que en Buenos Aires no había ningún interés por este tema”, asentaba por escrito Von Thadden. En otro documento, Goñi prueba que Irigoyen, reunido por segunda vez con Von Thadden, consideró ”falsos” los pasaportes de 16 judíos argentinos residentes en Varsovia que el oficial de las SS le había entregado para que gestionara su repatriación.
Goñi sostiene que aun cuando esos pasaportes hubieran sido falsos, hecho ahora improbable, la actitud de Irigoyen no merece homenajes.
Su nombre sigue grabado en la solemne placa colocada con el aporte documental de la Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades Nazis en Argentina (Ceana). Esa comisión fue creada en 1998 para organizar los documentos entonces desclasificados que probaban el papel de Argentina como paraíso de nazis, pero su labor es muy controvertida.
Fuentes que pidieron reserva de identidad afirmaron a IPS que la Ceana pudo haber sido creada para ocultar más que para esclarecer. Muchos de sus integrantes iniciales --como la investigadora Gurevich-se distanciaron por disconformidad con su desempeño.
”Si la placa encierra una patraña, va a ser removida”, dijo a IPS el canciller Bielsa.
Más cauto, el vicecanciller Jorge Taiana arguyó que el homenaje no fue realizado por la actual administración. Pero no será retirado ”sin que haya elementos decisivos para ello”, advirtió.
La tarea de aportar esos elementos corresponde a la Ceana.
Su coordinador, el historiador Ignacio Klich, explicó a IPS cómo se eligieron los nombres a homenajear y justificó la existencia de la circular diplomática secreta.
”La fundación Wallenberg no tiene evidencia contra ninguno de los 12 diplomáticos, salvo el libro de Goñi, que tiene problemas”, dijo Klich.
A juicio de Klich, ”La auténtica Odessa” no brinda una ”visión completa” de los hechos, pues pese a las restricciones, Argentina fue el país latinoamericano que incorporó más refugiados judíos entre 1933 y 1945.
Klich reconoce que los diplomáticos homenajeados ”no fueron luchadores del gueto de Varsovia ni están a la altura de un Wallenberg, pero hicieron cosas para destacar”.
”No tienen la categoría de justos entre las naciones, ni son merecedores del Nobel de la Paz, pero sí fueron descollantes en relación a colegas de su época que tuvieron actitudes hostiles o anodinas” frente a la persecución judía, aseguró.
Pero no es la fundación la que debe aportar las pruebas justificativas del homenaje, sino los responsables del mismo, dijo Jalife.
La distinción de ”Justos entre las Naciones” es otorgada por la fundación israelí Yad Vashem, que es Autoridad Nacional para el Recuerdo de los Mártires y Héroes del Holocausto. Desde su creación, unas 15.000 personas fueron merecedoras del título y sus nombres están en el Muro de Honor, junto al Museo del Holocausto en Jerusalén.
Klich consideró ”innegable” que Argentina fue el último país en cortar relaciones con los países del Eje y el último en declarar la guerra a Alemania, poco antes de su derrota. ”Desde 1928 en adelante la política migratoria argentina es más y más restrictiva, y particularmente onerosa para refugiados y judíos”, detalló.
No obstante, ”la otra parte del cuadro” muestra que, en el mismo período, este país recibió alrededor de 45.000 judíos europeos, de los cuales probablemente la mitad ingresó de manera ilegal.
El coordinador de la Ceana aseguró que esos datos están en archivos abiertos, pero no contestó sobre la circular secreta, aún inaccesible.
Taiana sostuvo que la única documentación clasificada es la referida a la guerra de las Islas Malvinas (1982, contra Gran Bretaña), pero Goñi y miembros de la Fundación Wallenberg aseguraron que en 2003 Bielsa les había relatado la existencia de la circular secreta en la sede diplomática en Estocolmo.
La red de protección a nazis fue establecida por Perón, fundador y líder del Partido Justicialista, mismo que gobierna Argentina desde 1989, con un breve interregno de dos años, entre fines de 1999 y fines de 2001.
Este mes, el presidente Néstor Kirchner viajó a Alemania y recorrió junto a su esposa, la senadora Cristina Fernández, el campo de concentración de Dachau, por el que pasaron unos 200.000 prisioneros, 45.000 asesinados en las cámaras de gas.
Kirchner y Fernández recibieron al menos dos cartas de la fundación Wallenberg, reclamando la difusión y derogación de la circular de 1938 y la remoción de la placa, si no se hallara documentación para fundar el homenaje.
La historia de Byttebier, otro nazi en Argentina
Era belga, sirvió en las SS alemanas y llegó en 1948 con sus dos hermanos, condenados a muerte como criminales de guerra. Terminó teniendo una nota al pie en la historia grande de la negación del Holocausto: fue quien le dio los manuscritos de Adolf Eichmann al pseudohistoriador inglés David Irving. El 25 de marzo murió en paz, impune en el país de la amnesia.
El 25 de marzo murió en paz, argentino e impune, Hugo Byttebier, el SS belga amigo del organizador del Holocausto, Adolf Eichmann. Byttebier llegó al país en 1948, traído por la vasta red de agentes montada por Juan Perón para traer miles y miles de nazis de Europa, un esfuerzo político y monetario que nos dejó de vecinos a Erich Priebke, a Joseph Schwammberger y al propio Eichmann, para mencionar a tres de los más conocidos. También llegaron con visas y pasajes miles de rexistas, vichistas, ustashas y demás miembros de fuerzas fascistas de la Europa ocupada que traicionaron a sus países y se unieron a los invasores alemanes. Byttebier fue uno de ellos y aunque no fue condenado como criminal de guerra siguió ejerciendo de nazi por muchos años y se ganó en los noventa un curioso lugar en una controversia internacional sobre la negación del Holocausto.
Hugo era el menor de los hermanos Byttebier, todos nacidos en Heestert, Bélgica, y todos nazis. Miguel José, nacido en 1897, fue condenado a muerte el 23 de septiembre de 1946 por un tribunal de su país junto a su hermano siguiente, Gerardo, nacido en 1905. Ambos se enteraron mucho después de su condena, porque ya estaban en camino hacia la promisoria Argentina, donde sabían que serían bien recibidos. Gerardo, por ejemplo, recibió su visa el 6 de febrero de 1948 en el consulado argentino en Ginebra. La garantía de la buena recepción la daba el detalle de que su pasaporte no era belga sino suizo, emitido en Berna el 19 de diciembre de 1947. Como tal cosa no tenía importancia entre amigos, Gerardo llegaba por avión a Buenos Aires el 3 de marzo de 1948, para quedarse en paz.
Miguel José, más modesto, llegó en tren a Paso de los Libres con su visa en orden en abril de 1948. Dieciséis años después, el 13 de octubre de 1966, obtuvo un pasaporte argentino para viajar a Francia, Italia, Bélgica y Holanda, donde ya se habían olvidado de su condena. En 1966 tuvo un ligero problema con una defraudación prendaria que quedó en la nada por diez años, hasta que días antes del golpe de 1976 fue eximido de prisión.
El joven Hugo fue el último en llegar a Buenos Aires. El 14 de octubre desembarcó del Copacabana, procedente de Amberes, con documentación firmada por el Consulado argentino de ese puerto. Se declaraba católico y era descripto como de piel blanca, cabellos castaños claros y de 1,78 metro de altura. En Buenos Aires, su expediente de inmigrante lleva el número 203647/48 y, como miles y miles de otros que afectaban al exilio nazi, fue iniciado por la Presidencia de la Nación.
El joven Byttebier llegaba a su nuevo país sin la soledad del inmigrante. De hecho, ya tenía múltiples contactos. Su expediente era apadrinado por un residente, Reinaldo van Groede, y en él declaraba como dirección legal un estudio de Sarmiento 246, Capital. Era la oficina del abogado, estanciero y ex profesor del Otto Krause, Avelino Quirno Lavalle, cuyo nombre figuraba y figuró por muchos años como director en varias sociedades comerciales.
En el mismo barco del veinteañero veterano de la división SS flamenca venían dos compatriotas, ellos sí criminales de guerra, André Albert Baert y Gerard Blaton, que le presentarían a una de las figuras centrales de la comunidad colaboracionista holandesa en Argentina, Willem Sassen. Este camarada SS había llegado a Buenos Aires hacía muy poco, en septiembre de 1948, después de un romántico viaje a bordo de una goleta, la Adelaar, procedente de Dublín, Irlanda. Como los dos Byttebier mayores, Sassen había sido condenado a muerte en ausencia, pero en Argentina pronto encontraría su primer trabajo como chofer del as de la Luftwaffe Hans Rudel, profusamente condecorado por Hitler y prolijamente protegido por Perón, que primero le pagaba un sueldo en el Instituto Nacional de Aeronáutica y luego lo hizo rico dándole licencias especiales de importación. Sassen y Rudel hicieron muchos negocios juntos en los 60 y 70, como vendedores de armas y “asesores” de Stroessner, Pinochet y los coroneles de la coca bolivianos. En su exilio, Sassen se haría de otro amigo muy cercano. En 1952, le presentaron a Adolf Eichmann, a quien invitaba a tomar café con Joseph Mengele en el viejo ABC del centro. Con los años, se transformó en su hombre de confianza y confidente, y Eichmann le dictó sus recuerdos y confesiones. Fueron estos documentos los que pusieron a Hugo Byttebier en los arrabales de una polémica internacional.
Según relata Uki Goñi en su libro La Auténtica Odessa, Sassen tuvo varias sesiones de charla con Eichmann entre 1956 y 1957. De las reuniones resultaron 67 cintas grabadas, cuya transcripción ocupó más de 700 páginas a máquina. Con el paquete en la mano y pensando en un libro –Sassen era un activo editor de publicaciones nazis en castellano y alemán–, Eichmann agregó otras 83 de aclaraciones y detalles, escritas a mano. El libro nunca se publicó: Eichmann quería que fuera anónimo y ninguna revista o editorial aceptó esa condición. Sassen se quedó, desilusionado, con el paquete de hojas mecanografiadas y anotadas.
Pero en 1960, después de su captura por un comando israelí, Eichmann se transformó en una celebridad internacional y Sassen pudo hacer su negocio, vendiéndole copias del manuscrito a Life, a la alemana Stern y al israelí Yediot Hadashot, que publicaron fragmentos o resúmenes. La copia que llegó a Israel fue a parar a la fiscalía que acusaba a Eichmann y resultó una prueba fatídica en su contra, por su estricto nivel de detalle. Sassen facturó muy bien, pero tuvo que irse un tiempo al Paraguay porque sus camaradas nazis lo consideraban un traidor y un mercenario.
Lo que pocos sabían en ese momento era que el Byttebier más joven también tenía una copia, aparentemente recibida de la muy asustada familia Eichmann, que temía allanamientos. Hugo guardó fielmente los papeles, pensando que serían históricos y algún día encontraría a quién pasárselos. Esa persona resultó ser el polémico historiador inglés David Irving, el más eficiente, erudito y presentable negador del Holocausto que exista en el mundo.
Irving comenzó como un historiador serio, que escribe bien y tiene un arte particular para revolver archivos. Joven aún, se destacó por sus descubrimientos documentales y por su simpatía por el lado alemán en la guerra. Su primer bestseller trató sobre el bombardeo de la ciudad de Dresden, un hito en la creación de la estrategia de bombardeos masivos en la que la ciudad ardió por los cuatro costados, causando decenas de miles de muertos. Irving presentó a Dresden como una ciudad abierta, sin industrias militares –olvidándose convenientemente de que era un importantísimo centro de transportes y distribución–, pero como nadie recordaba el tema y su investigación y reconstrucción eran muy vívidas, el libro le ganó un lugar en un mercado competitivo. Los alemanes, que por fin aparecían como víctimas en algo, simplemente lo adoraron. El inglés siguió haciendo ruido, logrando que las secretarias de Hitler le contaran sus secretos y virando cada vez más hacia la negación del Holocausto. Finalmente, en los ochenta, se asumió y fue testigo en un celebrado juicio contra un negacionista en Canadá. Su teoría se resume en la idea de que el Holocausto no fue para tanto y que de todos modos el Fuhrer no lo ordenó: fue un “exceso” de sus subordinados del que él no se enteró.
Hugo Byttebier fue uno de los entusiastas lectores de las teorías de Irving, al que le escribió una carta el 8 de noviembre de 1989 contándole vagamente de los papeles que poseía. Poco después, el 27 de mayo de 1990, el belga se le aparecía por Londres y le dio más precisiones. Según cuenta el inglés, de inmediato se puso en contacto con Dieter Eichmann, uno de los hijos del criminal de guerra ejecutado. Dieter viajó de inmediato a Buenos Aires y le exigió a Byttebier que le entregara los papeles de su padre o que los destruyera. El flamenco no hizo caso, y el 14 de septiembre mandó a Londres fotocopias de varias páginas de sus documentos.
El siguiente encuentro fue en octubre de 1991 en Buenos Aires, cuando Irving llegó para dar una conferencia. Fue una noche que la derecha filonazi local no olvidará fácilmente: en los salones de El Molino, frente al Congreso, estaba el tout Buenos Aires nazi y neonazi, con ancianos que hablaban con acento, jóvenes rapaditos y próceres del “nacionalismo” criollo. Byttebier llegó ya entusiasmado por las denuncias contra Irving de la DAIA y de la prensa y, después de escuchar su conferencia, se le acercó y le entregó dos pesados sobres. Adentro había más de ochocientas páginas de una copia al carbónico de las charlas de Eichmann y Sassen.
De vuelta en Londres, Irving se comunicó con Alemania para chequear la legitimidad del documento y terminó entregando el original al archivo federal de Coblenza. Armado de una fotocopia, en los meses siguientes se dedicó a estudiarlo y a encontrar elementos incómodos. Por ejemplo, que Eichmann contaba haber visto la ejecución de 200 judíos o que su comandante le había comunicado que Hitler había decidido exterminar a los judíos.
A esto le siguió una larga polémica entre negacionistas, llena de sospechas sobre la lealtad de Irving a la causa y de autojustificaciones del inglés, que acabó jugándose todo en un resonante juicio que perdió rotundamente y que más o menos “probó” judicialmente que sí hubo un Holocausto. Byttebier debe haber seguido el tema con una sensación de protagónico, desde este país donde encontró la amnesia que buscaba un nazi tan entusiasta que sirvió de uniforme a los ocupantes de su propio país.
LOS MILLONES DEL NAZISMO EN LA ARGENTINA 110 por ciento nazis
Un capitán de las SS fue agente de la Casa Rosada durante el primer gobierno de Perón. Era argentino. Pero viajó a Alemania en 1922 y se enroló en el cuerpo de elite de Adolf Hitler.
Que un capitán de las SS y espía de Heinrich Himmler tras la guerra se convirtiera en el agente principal de la División Informaciones de la Casa Rosada durante la primera presidencia del general Juan Perón parece extraído de una novela sobre ODESSA. Sin embargo así ocurrió. Horst Alberto Carlos Fuldner era consciente que rescatar de los tribunales de Europa a sus ex camaradas nazis podía crear dificultades de conciencia a algunos. Sin embargo, actuaba siguiendo instrucciones del propio presidente de la Nación, como declaró en 1949 en un sumario secreto de la Dirección de Migraciones que ha sobrevivido en el Archivo General de la Nación. Nacido en el barrio de Belgrano en 1910, de padres germanos, Fuldner viajó a Alemania en 1922. Ingresó a las SS a los 21 años. Al recibir el llamado para cumplir el servicio militar en Buenos Aires, en 1931, presentó una carta ante la Embajada argentina en Berlín. Decía que a pesar de seguir siendo argentino en el corazón ahora era ciudadano alemán y los deberes y derechos como argentino no son más los míos. La Embajada le contestó fríamente que la patria era irrenunciable. Cuando intentaba fugarse de Europa en 1935, tras protagonizar defraudaciones y estafas en Hamburgo, Fuldner fue recapturado en alta mar frente a la costa de Brasil, llevado a Alemania y su anillo con la calavera de las SS ritualmente fundido. Pero para marzo de 1945, Fuldner revistaba como agente secreto del servicio secreto de Himmler, el temible SD, partiendo de Berlín a Madrid en una misión programada para después de la guerra, como pudo constatar el espionaje estadounidense en España. Traía abundante dinero, un avión cargado de objetos de arte, su pasaporte alemán y el argentino. En Madrid se reunió con otros fugitivos que pronto se trasladaron por avión y barco a la Argentina. Así fue como el croata de la Luftwaffe Gino Monti de Valsassina; el ex embajador croata ante Hitler, Branco Benzon; el criminal de guerra belga Pierre Daye; el colaboracionista francés Georges Guilgaud Degay; el criminal francoargentino Charles Lescat y el polaco Czeslaw Smolinski sesionaron durante 1947 con Perón en la Casa Rosada, planeando bajo el paraguas de la División Informaciones el rescate de sus compañeros que permanecían en Europa. Algunos de ellos estaban relacionados con nacionalistas argentinos. Lescat en particular con Cosme Beccar Varela y Juan Carlos Goyeneche, habiendo el último sido colaborador del SD en Europa durante la guerra, cuando se reunió con el mismo Himmler y donde habría conocido a Fuldner. Para cumplir su misión a favor de los nazis, Fuldner retornó a Europa desde el 16 de diciembre de 1947 hasta el 16 de octubre de 1948, operando desde una oficina abierta secretamente por el ex coronel del GOU Benito Llambí, ahora convertido en embajador argentino en Suiza, en la calle Merktgasse 49 de Berna. Fuldner -con el apoyo desde Buenos Aires del jefe de la División Informaciones Rodolfo Freude- cruzaba a sus clientes clandestinamente de Suiza a Alemania, transportándolos a Génova y de allí por barcos de la línea Dodero a Buenos Aires. Durante 1947 y 1948 partieron hacia la Argentina un gran número de criminales de guerra, colaboradores del nazismo y ex agentes del SD, entre ellos Dinko Sakic, Erich Priebke, Ante Pavelic, Walter Kutschmann, Friedrich Rauch, Milan Stojadinovich, Erich Schroeder, Eduard Roschmann y Fridolin Guth. Gerhard Bohne, a cargo del programa de eutanasia de Hitler, nombró como referencia en el Consulado argentino en Génova al secretario de Aeronáutica. Fuldner por aquella época era agente de la Aeronáutica argentina en Europa. Otros como Josef Schwamberger, Adolf Eichmann y Josef Mengele embarcaron entre 1949 y 1950, tras haber iniciado sus gestiones de ingreso ante las autoridades argentinas en Europa durante 1948. El soberbio e intrigante Fuldner y sus socios Georg Weiss y Herbert Helferich eran considerados 110 por ciento nazis por los diplomáticos suizos en Buenos Aires, quienes el 15 de noviembre de 1948 informaron a Berna que el patrocinador de Fuldner era Freude, secretario privado del presidente Perón.La legación suiza en Buenos Aires consideraba extraordinariamente delicado actuar contra Carlos Fuldner sin arriesgar lastimar los sentimientos del muy influyente Dr. Freude.En Berna, Fuldner era también asistido por el diplomático argentino Enrique Moss, cónsul en Berlín durante la guerra, y por el polaco Smolinski.Quizás por la presión suiza o porque había caído en desgracia con Eva Duarte, a mediados de 1948 Freude comunicó por carta secreta a Llambí que Fuldner cesaba su misión en Europa, agradeciendo al coronel su amplia y generosa colaboración en el plan de búsqueda y traslado de técnicos especializados.Justamente Eichmann y Guth entraron a la Argentina como técnicos, Pavelic y Schroeder como ingenieros, Sakic, Roschmann, Schwamberger y Mengele como mecánicos, así consta en los registros de su entrada al país. Ante la dificultad de obtener empleos dignos para estos especializados, Fuldner en 1950 creó CAPRI, una empresa ligada a la estatal Agua y Energía que ganó una licitación dentro del plan quinquenal peronista para medir ríos en Tucumán. Hasta allí se dirigió Eichmann con otros ex camaradas de las SS ahora devenidos en técnicos de CAPRI. En mayo de 1960, cuando Eichmann fue capturado en Buenos Aires por un comando secreto israelí, Coordinación Federal se acercó a la casa de Fuldner en el coqueto barrio de Palermo Chico intentando rastrear el paradero del jerarca nazi. Fuldner se acordaba perfectamente de la fecha de ingreso al país de Eichmann, el 14 de julio de 1950 a bordo del Giovanna C, como consta en su declaración ante Coordinación Federal aquel día.Fuldner murió en 1992 en Madrid. Allí su hija negó recientemente ante un periodista español las actividades a favor de los nazis de su padre. Hoy el único sobreviviente de aquellas reuniones con Perón en la Casa Rosada es Rodolfo Freude, quien a los 76 años administra un importante imperio económico. Apodado cariñosamente Rudi por Perón en aquella época, Freude guarda hoy un hermético silencio desde sus oficinas del piso 19 de Corrientes 327. Una empleada judía que comparte la cochera del edificio y que prefiere no ser identificada admite que tiembla cuando se cruza con el recio ex jefe de la División Informaciones enfilando hacia su automóvil al final de cada día. Uki Goñi es autor del libro Perón y los alemanes.
En este libro, Carlos De Nápoli analiza el rol relevante (y a menudo criminal) de los científicos alemanes durante el nazismo, y la manera en que el resto del mundo se aprovechó de esa “experiencia” una vez terminada la guerra. Protegiéndolos y olvidando su accionar, aprovechando un saber manchado con sangre.
Cuando terminó la contienda, unos pocos de ellos fueron juzgados. La gran mayoría quedó libre de culpa y cargo, y los países ganadores, en particular Estados Unidos, Inglaterra y la URSS, se llevaron a los más eminentes. No para juzgarlos, sino para ponerlos a trabajar. La Argentina peronista no fue precisamente la excepción, y recibió, al amparo del gobierno de Juan Domingo Perón, a Friedrich Bergius, Premio Nobel de Química, que colaboró activamente en la redacción del Primer Plan Quinquenal del peronismo y a Joseph Mengele, el médico de la muerte, que vivió en paz durante más de una década, con la anuencia local pero también del gobierno de Alemania.
La historia de Byttebier, otro nazi en Argentina
Era belga, sirvió en las SS alemanas y llegó en 1948 con sus dos hermanos, condenados a muerte como criminales de guerra. Terminó teniendo una nota al pie en la historia grande de la negación del Holocausto: fue quien le dio los manuscritos de Adolf Eichmann al pseudohistoriador inglés David Irving. El 25 de marzo murió en paz, impune en el país de la amnesia.
El 25 de marzo murió en paz, argentino e impune, Hugo Byttebier, el SS belga amigo del organizador del Holocausto, Adolf Eichmann. Byttebier llegó al país en 1948, traído por la vasta red de agentes montada por Juan Perón para traer miles y miles de nazis de Europa, un esfuerzo político y monetario que nos dejó de vecinos a Erich Priebke, a Joseph Schwammberger y al propio Eichmann, para mencionar a tres de los más conocidos. También llegaron con visas y pasajes miles de rexistas, vichistas, ustashas y demás miembros de fuerzas fascistas de la Europa ocupada que traicionaron a sus países y se unieron a los invasores alemanes. Byttebier fue uno de ellos y aunque no fue condenado como criminal de guerra siguió ejerciendo de nazi por muchos años y se ganó en los noventa un curioso lugar en una controversia internacional sobre la negación del Holocausto.
Hugo era el menor de los hermanos Byttebier, todos nacidos en Heestert, Bélgica, y todos nazis. Miguel José, nacido en 1897, fue condenado a muerte el 23 de septiembre de 1946 por un tribunal de su país junto a su hermano siguiente, Gerardo, nacido en 1905. Ambos se enteraron mucho después de su condena, porque ya estaban en camino hacia la promisoria Argentina, donde sabían que serían bien recibidos. Gerardo, por ejemplo, recibió su visa el 6 de febrero de 1948 en el consulado argentino en Ginebra. La garantía de la buena recepción la daba el detalle de que su pasaporte no era belga sino suizo, emitido en Berna el 19 de diciembre de 1947. Como tal cosa no tenía importancia entre amigos, Gerardo llegaba por avión a Buenos Aires el 3 de marzo de 1948, para quedarse en paz.
Miguel José, más modesto, llegó en tren a Paso de los Libres con su visa en orden en abril de 1948. Dieciséis años después, el 13 de octubre de 1966, obtuvo un pasaporte argentino para viajar a Francia, Italia, Bélgica y Holanda, donde ya se habían olvidado de su condena. En 1966 tuvo un ligero problema con una defraudación prendaria que quedó en la nada por diez años, hasta que días antes del golpe de 1976 fue eximido de prisión.
El joven Hugo fue el último en llegar a Buenos Aires. El 14 de octubre desembarcó del Copacabana, procedente de Amberes, con documentación firmada por el Consulado argentino de ese puerto. Se declaraba católico y era descripto como de piel blanca, cabellos castaños claros y de 1,78 metro de altura. En Buenos Aires, su expediente de inmigrante lleva el número 203647/48 y, como miles y miles de otros que afectaban al exilio nazi, fue iniciado por la Presidencia de la Nación.
El joven Byttebier llegaba a su nuevo país sin la soledad del inmigrante. De hecho, ya tenía múltiples contactos. Su expediente era apadrinado por un residente, Reinaldo van Groede, y en él declaraba como dirección legal un estudio de Sarmiento 246, Capital. Era la oficina del abogado, estanciero y ex profesor del Otto Krause, Avelino Quirno Lavalle, cuyo nombre figuraba y figuró por muchos años como director en varias sociedades comerciales.
En el mismo barco del veinteañero veterano de la división SS flamenca venían dos compatriotas, ellos sí criminales de guerra, André Albert Baert y Gerard Blaton, que le presentarían a una de las figuras centrales de la comunidad colaboracionista holandesa en Argentina, Willem Sassen. Este camarada SS había llegado a Buenos Aires hacía muy poco, en septiembre de 1948, después de un romántico viaje a bordo de una goleta, la Adelaar, procedente de Dublín, Irlanda. Como los dos Byttebier mayores, Sassen había sido condenado a muerte en ausencia, pero en Argentina pronto encontraría su primer trabajo como chofer del as de la Luftwaffe Hans Rudel, profusamente condecorado por Hitler y prolijamente protegido por Perón, que primero le pagaba un sueldo en el Instituto Nacional de Aeronáutica y luego lo hizo rico dándole licencias especiales de importación. Sassen y Rudel hicieron muchos negocios juntos en los 60 y 70, como vendedores de armas y “asesores” de Stroessner, Pinochet y los coroneles de la coca bolivianos. En su exilio, Sassen se haría de otro amigo muy cercano. En 1952, le presentaron a Adolf Eichmann, a quien invitaba a tomar café con Joseph Mengele en el viejo ABC del centro. Con los años, se transformó en su hombre de confianza y confidente, y Eichmann le dictó sus recuerdos y confesiones. Fueron estos documentos los que pusieron a Hugo Byttebier en los arrabales de una polémica internacional.
Según relata Uki Goñi en su libro La Auténtica Odessa, Sassen tuvo varias sesiones de charla con Eichmann entre 1956 y 1957. De las reuniones resultaron 67 cintas grabadas, cuya transcripción ocupó más de 700 páginas a máquina. Con el paquete en la mano y pensando en un libro –Sassen era un activo editor de publicaciones nazis en castellano y alemán–, Eichmann agregó otras 83 de aclaraciones y detalles, escritas a mano. El libro nunca se publicó: Eichmann quería que fuera anónimo y ninguna revista o editorial aceptó esa condición. Sassen se quedó, desilusionado, con el paquete de hojas mecanografiadas y anotadas.
Pero en 1960, después de su captura por un comando israelí, Eichmann se transformó en una celebridad internacional y Sassen pudo hacer su negocio, vendiéndole copias del manuscrito a Life, a la alemana Stern y al israelí Yediot Hadashot, que publicaron fragmentos o resúmenes. La copia que llegó a Israel fue a parar a la fiscalía que acusaba a Eichmann y resultó una prueba fatídica en su contra, por su estricto nivel de detalle. Sassen facturó muy bien, pero tuvo que irse un tiempo al Paraguay porque sus camaradas nazis lo consideraban un traidor y un mercenario.
Lo que pocos sabían en ese momento era que el Byttebier más joven también tenía una copia, aparentemente recibida de la muy asustada familia Eichmann, que temía allanamientos. Hugo guardó fielmente los papeles, pensando que serían históricos y algún día encontraría a quién pasárselos. Esa persona resultó ser el polémico historiador inglés David Irving, el más eficiente, erudito y presentable negador del Holocausto que exista en el mundo.
Irving comenzó como un historiador serio, que escribe bien y tiene un arte particular para revolver archivos. Joven aún, se destacó por sus descubrimientos documentales y por su simpatía por el lado alemán en la guerra. Su primer bestseller trató sobre el bombardeo de la ciudad de Dresden, un hito en la creación de la estrategia de bombardeos masivos en la que la ciudad ardió por los cuatro costados, causando decenas de miles de muertos. Irving presentó a Dresden como una ciudad abierta, sin industrias militares –olvidándose convenientemente de que era un importantísimo centro de transportes y distribución–, pero como nadie recordaba el tema y su investigación y reconstrucción eran muy vívidas, el libro le ganó un lugar en un mercado competitivo. Los alemanes, que por fin aparecían como víctimas en algo, simplemente lo adoraron. El inglés siguió haciendo ruido, logrando que las secretarias de Hitler le contaran sus secretos y virando cada vez más hacia la negación del Holocausto. Finalmente, en los ochenta, se asumió y fue testigo en un celebrado juicio contra un negacionista en Canadá. Su teoría se resume en la idea de que el Holocausto no fue para tanto y que de todos modos el Fuhrer no lo ordenó: fue un “exceso” de sus subordinados del que él no se enteró.
Hugo Byttebier fue uno de los entusiastas lectores de las teorías de Irving, al que le escribió una carta el 8 de noviembre de 1989 contándole vagamente de los papeles que poseía. Poco después, el 27 de mayo de 1990, el belga se le aparecía por Londres y le dio más precisiones. Según cuenta el inglés, de inmediato se puso en contacto con Dieter Eichmann, uno de los hijos del criminal de guerra ejecutado. Dieter viajó de inmediato a Buenos Aires y le exigió a Byttebier que le entregara los papeles de su padre o que los destruyera. El flamenco no hizo caso, y el 14 de septiembre mandó a Londres fotocopias de varias páginas de sus documentos.
El siguiente encuentro fue en octubre de 1991 en Buenos Aires, cuando Irving llegó para dar una conferencia. Fue una noche que la derecha filonazi local no olvidará fácilmente: en los salones de El Molino, frente al Congreso, estaba el tout Buenos Aires nazi y neonazi, con ancianos que hablaban con acento, jóvenes rapaditos y próceres del “nacionalismo” criollo. Byttebier llegó ya entusiasmado por las denuncias contra Irving de la DAIA y de la prensa y, después de escuchar su conferencia, se le acercó y le entregó dos pesados sobres. Adentro había más de ochocientas páginas de una copia al carbónico de las charlas de Eichmann y Sassen.
De vuelta en Londres, Irving se comunicó con Alemania para chequear la legitimidad del documento y terminó entregando el original al archivo federal de Coblenza. Armado de una fotocopia, en los meses siguientes se dedicó a estudiarlo y a encontrar elementos incómodos. Por ejemplo, que Eichmann contaba haber visto la ejecución de 200 judíos o que su comandante le había comunicado que Hitler había decidido exterminar a los judíos.
A esto le siguió una larga polémica entre negacionistas, llena de sospechas sobre la lealtad de Irving a la causa y de autojustificaciones del inglés, que acabó jugándose todo en un resonante juicio que perdió rotundamente y que más o menos “probó” judicialmente que sí hubo un Holocausto. Byttebier debe haber seguido el tema con una sensación de protagónico, desde este país donde encontró la amnesia que buscaba un nazi tan entusiasta que sirvió de uniforme a los ocupantes de su propio país.
La comunidad alemana de Bariloche. Atrás la bandera argentina y la nazi. En el centro la foto de Adolf Hitler.
La guía “Bariloche Nazi” permite conocer una treintena de sitios relacionados al nazismo. Se publican fotos y mapas para que el lector pueda llegar hasta esos lugares, mudos testigos de un pasado cuya verdadera historia aún permanece casi desconocida. También se cuentan relatos sobre esas propiedades. Los dos sitios más enigmáticos del libro son la estancia “San Ramón” y la residencia “Inalco” donde vivieron Adolf Hitler y Eva Braun cuando escaparon de Berlín. A modo de ejemplo aquí se exhiben algunas de las fotos que se publican en el libro.
El bunker de los nazis en Bariloche (dinamitado por el Ejército)
El refugio Berghof -el mismo nombre que le dió
Hitler a su residencia en los Alpes- sobre el cerro Otto.
El hotel "Campana". Su dueño fue el agente de inteligencia Reinhard Koops quien vivía en Bariloche bajo el nombre falso de Juan Maler.
La propiedad donde vivía el ex-SS Erich Priebke cuando fue detenido en Bariloche.
¿La cruel verdad?
Esta producción intenta develar la verdadera historia de la inserción de refugiados nazis en nuestro país.
Fue realmente la Argentina un refugio de criminales nazis? ¿Existió una política de Estado fomentada por el gobierno peronista para hacer ingresar nazis al país? ¿Cuál fue el papel de la Iglesia católica? Estos y otros interrogantes plantea a sus entrevistados el documental Nazis en Argentina, que The History Channel emitirá hoy a las 22.