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Soy Jenna...y estoy muerta(Creepypasta)

Paranormal10/2/2012
Mi nombre es Jenna. Tengo 7 años de edad, cabello rojo y ojos aterradores. No tengo nariz ni orejas; estoy muerta.
Si tú no mandas este mail a 15 personas en los próximos 5 minutos me apareceré esta noche junto a tu cama con un cuchillo y te mataré.
Esto no es una broma. Todo esto te sucederá a ti esta noche a las 12:00 de la noche.
Te lo vuelvo a decir: esta no es una broma. Alguien especial te llamará por teléfono o hablará contigo y te dirá cuánto te quiere...y, después, serás asesinado.


“Son mamadas”, dije, instantáneamente, cuando cerré el correo electrónico que me habían enviado esa tarde, al igual que otros diez más, a mi bandeja de entrada.

Ese tipo de amenazas las he visto infinidad de veces y, a la fecha, no me ha ocurrido nada de eso que dicen al final; han hecho, por el contrario, que odie esas cadenas que reenvían todos los días personas que no tienen otra cosa qué hacer para pasar el tiempo.

No soy supersticioso y, aunque hay cientos de estos e-mails navegando por la red y llegan, en muchas de las ocasiones, como basura, los borro o, simplemente, los veo de rapidito. Sólo me hacen perder el tiempo; además, agregaría, cada vez me son más tediosos y repetitivos.

Aunque, viéndolo bien, este correo no era tan común como los demás. Hay unos que, con solo ver las primeras imágenes o los textos, inmediatamente hacen que pulse la tecla escape para salirme del power point; pero otros, como éste, captaron mi atención, sobre todo cuando, al final, aparece esa rubia, de 7 años de edad, muerta; estaba sangrando y, en efecto, me había producido una sensación de malestar.

Acababa de comer frijoles y carne asada; mucha salsa y, desde luego, mi coca-cola de rigor. Volví a ver, de nueva cuenta, ese correo: “Sí —me dije—, la pinche niña da miedo; pero más la que, al parecer, se encuentra suspendida y lleva consigo un perro de peluche”. Y, en efecto, esa foto, la de la niña con el perro de peluche, era la que más había llamado mi atención.
La advertencia estaba clara al pie de la foto.


Decía:
Un fotógrafo tomó la siguiente fotografía en Indonesia en 1993. El lugar había sido testigo de una terrible masacre masiva y el reportero quería documentar, con una imagen del escenario del crimen, un artículo.

Esto fue lo que apareció en la foto cuando la reveló:
P.D Se recomienda no observar la foto durante mucho tiempo, ya que se ha probado que las personas que así lo han hecho han sufrido crisis nerviosas.


No era tanto la foto en sí sino la advertencia la que, efectivamente, hizo que me diera escalofríos. Eso sucede cuando una película va a estrenarse o un libro está por salir a la venta: es más la publicidad que les dan por los escándalos que lo que en realidad hay de contenido. Casos hay, para variar, cientos: en película, El crimen del padre Amaro; en libro, El guardián en el centeno, de J. D Sallinger.

En la película, como todos saben, el escándalo gratuito de una agrupación religiosa la hizo famosa, aun cuando, para mí gusto, no era tan buena...y, además, ese retrato de los sacerdotes no es nuevo sino que sucede desde que se inventó, por un grupo de vivales, la Iglesia Católica. En lo que respecta al libro, sucedió lo mismo: lo único llamativo de la novela era que las personas que preguntaban por ese libro tenían que dejar todos sus datos porque el FBI llevaba un registro de los potenciales asesinos seriales...¡sólo porque esa historia la habían leído, esos sí, un par de psicópatas que aterrorizaron a los Estados Unidos!

Pero, volviendo a la fotografía, ahí estaba, ciertamente, esa niña espeluznante, vestida de negro, el pelo largo y negro como la oscuridad y el perro, ese cabrón perro, que le daba un toque más siniestro. Lo que más me impresionó fue que estaba levitando, como los monjes shaolines y esos pelones que se encierran en los monasterios para meditar, y me miraba, fijamente, a mis ojos. La segunda foto es un acercamiento al rostro de la niña y, ¡por los cojones de Cristo!, en donde debían estar los ojos había una luz resplandeciente que, al verla por varios segundos, parecía que me hipnotizaba.

Yo seguía, pasmado, delante de mi computadora, viendo esa foto, como para ver si, como decía en la advertencia, me daba una crisis nerviosa. Pero, después de varios segundos, simplemente volví a cerrar el correo y pasé a otros asuntos.

“Si son puras mamadas”, volví a decir para mis adentros.

Dejé, definitivamente, de seguir leyendo esos correos que, como había dicho con anterioridad, sólo me hacían perder el tiempo; me apliqué, mejor, a hacer las tareas que tenía pendientes: de matemáticas, de geografía y, para acabarla de amolar, de historia. Con lo gorda que me cae esa materia.

Confieso que soy rápido al teclear en una computadora y realizo mis trabajos en tiempo envidiable; pero ese día, mientras escribía, sentí que mis dedos pesaban como si fueran de plomo. Por más que intentaba e intentaba no podía —me era imposible, mejor dicho— hacer que mis dedos fueran a la velocidad de siempre. Parecía, de hecho, como si fuera primerizo y anduviera en una escuela de taquimecanografía en el primer día de clases: tecleando con un dedo; algo verdaderamente humillante, claro.

Separé mis dedos de las teclas que tenía enfrente y las observé como si, con eso, fuera a encontrar la respuesta al porqué de la lentitud. No había nada extraño. Los cinco dedos estaban igual y no había visos de que estuvieran fracturados ni nada por el estilo. Sólo una vez sentí aquella pesadez en mis dedos, cuando me fui a tomar a un restaurante con varios de mis amigos. Se me había subido tanto la cerveza que, cuando quise escribir, sentí que todo mi cuerpo era de plomo y que, por eso mismo, no podía mover ágilmente los dedos.

Pero eso se debía, como lo he dicho, a que había tomado como si se fueran a terminar, ese día, las cervezas. Ahora, sin embargo, era diferente: no había tomado una sola gota de alcohol; de hecho, llevaba días que no salía con mis amigos a echarnos unas heladas.

De pronto me quedé paralizado. Tenía que descartarlo por completo porque sólo se trataba de una broma de mal gusto. Un chiste, pues. Por un momento me cruzó por la cabeza que esa reacción se debiera al correo electrónico que acababa de ver, el de Jenna, la niña de 7 años que, dijo, vendría a matarme a las 12:00 de la noche, exactamente después de que me hablaran por teléfono para decirme cuánto me querían. Huelga decir, por cierto, que cuando comencé a sentir esa lentitud en mis dedos ya habían pasado 5 minutos, los mismos que advirtieron, en el e-mail, que tendrían que transcurrir para que no me sucediera lo que estaba escrito...si es que reenviaba ese correo. Mi tiempo se había agotado. No alcancé a enviar el correo electrónico y, con ello, la maldición de la niña surtiría efecto.

“Pero si son meras mamadas”, repetí, por enésima ocasión, al desaprobar la idea que se me había ocurrido. No era posible que un correo electrónico, por muy bueno que estuviera, fuera tan poderoso; no, al menos, decía, ese que me había llegado. La duda me carcomía pero, al final, deseché la idea. Tal vez estaba nervioso. Qué sé yo.

Abandoné la tarea de escribir y decidí, en su lugar, ir a jugar una cascarita con mis cuates del barrio. Fui a las canchitas y, para pronto, me encontré con unos amigos que me pidieron hacer un equipo para jugar. Acepté y, casi de inmediato, nos pusimos a jugar.

Y sucedió de nuevo. Recibí el pase de un amigo; sólo tenía que controlar el balón para pasárselo a otro que estuviera más cerca de la portería. Pero no pude. El balón llegó, en efecto, a mis pies; sin embargo, rebotó porque mis piernas no me respondieron. Quise dar una patada para desviar su trayectoria y me quedé paralizado. Mis amigos se me quedaron viendo sorprendidos y, en esos momentos, uno del equipo contrario llegó, veloz, y me arrebató el esférico. Se fue solo hacia nuestra portería y metió gol.

Yo me quedé perplejo. Generalmente, cuando juego al fútbol, me gusta moverme rápidamente para que nadie me sorprenda o me robe el balón; ese día, sin embargo, había sucedido lo que nunca: no pude moverme ni pelear para recuperar el balón que iba dirigido a mí. Mis amigos depositaron su confianza en mí y yo, en cambio, los había defraudado: no sólo perdí el balón sino que, encima de todo, nos anotaron gol.

Raro en mí, aun cuando todo había pasado en fracción de segundos, tenía la frente llena de sudor. No sé si fue por el esfuerzo que hice para mover mis piernas y darle una patada al balón o si, como después lo sospeché, eso se debía al nerviosismo que todavía me provocaba el correo electrónico. Pinche correo electrónico: nomás lo vi y ya andaba paranoico.

Volví a descartar esa idea que me revoloteaba, como zopilote, segundo a segundo sobre mi cabeza. A como estaban sucediendo las cosas —primero, la inmovilización de mis dedos; segundo, la parálisis de mis piernas— ya no es que no lo creyera sino que no lo quería creer. Me estaban sucediendo situaciones extrañas y eso, para mí, era una mala señal.

Tomé aire, exhalé todo lo que hube respirado y, con una disculpa a mis amigos, me salí del juego para irme a caminar. Mientras abandonaba la cancha reflexioné sobre lo ocurrido y caí en la conclusión de que todo era producto de mi imaginación; que, por haber visto a esa niña de 7 años muerta y a esa otra levitando con el jodido perro de peluche, ya estaba viendo monos con tranchetes. Al final, culpé a mi cansancio de eso y decidí largarme a mi casa.

Llegué a la casa y lo primero que hice fue subir directo al baño para darme un regaderazo. Creía que con eso se irían las malas vibras y que podría estar más tranquilo. Al menos eso creía. Me desvestí lentamente, cavilando todo lo que me había sucedido durante el día, y me metí a la regadera. No me gusta el agua fría y procuro abrir la llave del agua caliente para disfrutar esa sensación, puesto que el agua fría me incomoda y hace que quiera salir lo antes posible de la ducha; caso contrario, el agua caliente: podía durar horas bañándome, y para eso me gustaba poner canciones de mi celular, las que, de cierta manera, sentía parte de mi personalidad.

Mientras entonaba la letra de la canción Don`t Cry, de Guns N` Roses, volvió a suceder algo sobrenatural; lo que menos esperaba en esos momentos, sobre todo porque estaba tan cómodo sintiendo el agua caliente. Pero esa agua caliente se convirtió, de golpe y porrazo, en agua hirviendo. Comenzó a aparecer vapor en el baño; de esa manera, sentí que me asfixiaba. Quise correr para abrir la puerta y, para mi desgracia, estaba cerrada con seguro. Nunca dejo la puerta con seguro y ahora, que necesitaba salir deprisa, lo tenía puesto.

Golpee frenéticamente la puerta tantas veces que, cuando uno de mis hermanos acudió a mi auxilio, de repente me di cuenta que atrás no había señal, siquiera, del agua hirviendo; mucho menos, del vapor que había invadido el cuarto de baño, que parecía un sauna. El agua, al sentirla, estaba tibia; por tanto, cuando le dije a mi hermano que no era nada, se fue tildándome de loco.

A esas alturas creo que le di la razón. Sí estaba, y mucho, sufriendo padecimientos que se acercaban más a la paranoia y a la locura. Ahora no sabría decir si lo que me había sucedido en el día —los dedos pesados como plomo, las piernas inmovilizadas y el agua hirviendo en el baño— era cierto o creado por mi imaginación. Hubiera deseado, con todo mi ser, que fuera eso; empero, ya no sabía qué pensar.

Para pasar ese trago amargo decidí ver una película en la pantalla plana, de 50 pulgadas, que acababa de comprar mi papá. Tenerla en casa era tan sorprendente como si estuviera en el cine: se veía de poca madre. Cambié, simultáneamente, de canales; no había nada bueno. Uno tras otro y tras otro y tras otro y, simple y sencillamente, nada. No obstante todos los canales que hay en el sistema de televisión por paga, no había encontrado algo que valiera la pena.

De repente vi una mujer, de pelo largo, aspecto terrorífico, que salía de la televisión. Su rostro era feo, pero no se comparaba, ni con mucho, con la del correo electrónico. Cuando mató a su víctima los protagonistas hablaron de un video infernal, uno que, después de verlo, decían, el desafortunado sufría consecuencias trágicas: moría. Fue el colmo. Si la amenaza que había recibido era por ver un correo electrónico, peor chingadera sería que sucediera lo mismo si viera una película. Al rato hasta en un mensaje del celular se va a advertir la muerte de uno. Bonita la cosa.

Apagué, de inmediato, el televisor. No tenía sueño pero tenía que irme a acostar. A lo mejor si descansaba recuperaba las fuerzas y se me pasaba la racha de la mala suerte. Sí, eso era lo que tenía que hacer.

Sólo llevaba puesto un pantalón y me lo quité, ya que me gusta dormirme en calzones, aun cuando con eso corra el riesgo de que, en un temblor —muy frecuente en la ciudad donde vivo, por cierto— me toque salir así y los vecinos, después de que se les pasara el susto del movimiento telúrico, se burlen de mí y sea la comidilla de la semana. Eso sí que no.

Me deslicé en mi cama y quedé, cuán largo soy, boca arriba. Tenía las manos detrás de la cabeza y trataba de conciliar el sueño para que, lo más rápido posible, ese día tan espantoso se terminara y pudiera ver la luz del otro. Por fin, me quedé dormido.


Estaba en una cantina, parecida a los tugurios de mala muerte que hay en la ciudad, con tonos rojizos y música estruendosa, como para borrachos. No sé por qué circunstancia me encontraba ahí pero, al final, ya que estaba en el lugar, aproveché para pedir una cerveza. Me la llevaron y le di un trago largo; me la terminé en cuestión de segundos. Me dieron unas ganas de orinar y me fui directo al baño. Esa cantina jamás en mi vida la había visto; empero, eso no fue motivo suficiente como para salir y, ciertamente, me encaminé hacia la parte trasera del tugurio.

Pero lo que vi me sorprendió. Era ella, sin duda alguna; sí, lo era. “Hijo de su rechingada madre”, me dije, mientras seguía con la mirada a esa niña espantosa, la que levitaba y tenía el perro de peluche en sus brazos, para irme de nueva cuenta —no sé por qué coños— a la mesa.

A pesar de que había visto a esa niña infernal, con esos mismos ojos llenos de odio y terror, en lugar de irme de ahí corriendo decidí —mala idea— regresar a mi asiento. Lo único extraño que noté en la niña era que ya no iba vestida de negro sino con atuendo de adivina, como si en la cantina se dedicara a leer las cartas. La escena parecía de un escritor que se fuma churros de mota sistemáticamente: no hay coherencia, lógica, ni nada que dé respuestas a las infinitas preguntas que había en ese momento.

Regresé a la mesa y, para bajarme el susto, pedí otra cerveza. Me la empiné y casi me la terminaba cuando, de repente, la escupí toda. No era posible. Era ella otra vez. Ahí estaba, a unas cuantas mesas de donde me encontraba, esa niña, con el perro de peluche en su regazo y ese atuendo de adivina. Tragué saliva y desvié mi mirada hacia una mujerzuela que me estaba haciendo guiños desde que había entrado a la cantina. Seguro quería que le pagara para llevármela a un hotel. Ni madres.

Me levanté, en cambio, para ir a la rocola; había canciones, en realidad, para llorar. Me fijé a ver si había buen repertorio y, para mi desgracia, no fue así. Lo más rescatable era un disco del grupo Pesados. Metí las monedas y seleccioné tres canciones. Como ya se habían terminado las que estaban, comenzaron a tocar las mías. No sé cómo fue que, aun con la presencia de esa niña que me observaba atentamente, me puse a beber más y a cantar la letra de las canciones del grupo.

Ahí estaba, sin embargo, tratando de pasar un rato agradable. La niña no había actuado en mi contra hasta que, por un error fatal, la señalé con el dedo cuando le decía a una persona que tenía a mi lado que al fondo estaba la adivina. Fue suficiente esa aseveración para que, con un movimiento siniestro, que me dio escalofríos, la niña diera un salto y tumbara la mesa. Al principio creí que el brinco había sido producto de su fuerza, pero me di cuenta, totalmente perplejo, que no había sido un brinco sino que estaba volando.

Pasó por encima de mí y, cuando quise escapar, me llevé la peor de las sorpresas: no podía moverme. Al parecer, mientras pasaba por mi cabeza hizo algún conjuro para que no pudiera ni siquiera alzar un brazo. Sentí como si me las hubieran clavado en la mesa; ni las manos ni los pies ni, mucho menos, la cabeza. Todo estaba completamente paralizado.

Mi siguiente reacción fue querer gritar para que alguien —ingenuo yo— me rescatara o me volviera al mundo real. Aunque ya no sabía si el sueño era mejor o peor que estar despierto, teniendo todos esos percances difíciles de explicar. Pero lo que más me petrificó fue que, de mi boca, no salía palabra alguna; no articulaba absolutamente nada y sentí, lo juro, como si me hubieran inmovilizado la lengua. Quise pedir ayuda y nada; quise gritar, ante mi impotencia de hablar, y nada.

Me sentía perdido. Realmente perdido, pues. Ahora no sólo no podía moverme sino que no podía hablar; no podía, incluso, despertarme. Lo anhelaba con todo mi corazón. Antes, cuando tenía que levantarme temprano para irme a la escuela, rogaba para que pudiera dormir el mayor tiempo posible. Ahora, sin embargo, lo que más anhelaba era despertarme, no importando la hora que fuera. Lo que quería, para que quede claro, era despertar de esa pesadilla.

Nada sucedió. Seguía en la misma cantina, viendo a la misma niña con el atuendo de adivina y yo, igual, sin poder hablar ni moverme. Nada podía salir peor en esos instantes. Sólo faltaba que el perro de peluche de la niña cobrara vida y me cagara en la cabeza, mientras soltaba una carcajada burlona y regresaba, de nueva cuenta, a su estado original: un peluche.

Afortunadamente no ocurrió eso: ni el perro cobró vida ni me cagó en la cabeza. “Vamos bien”, apunté para mis adentros, que era lo único que seguía intacto, sin ser alterado. Aunque después me arrepentí de haber pensando eso creyendo, a como estaban las cosas, que la niña también podía leer mi mente y me quitaría, de plano, la única posibilidad de mantener comunicación conmigo mismo.

Sólo podía girar mis ojos de lado a lado y de arriba para abajo. Veía a la demás gente como si no estuviera sucediendo nada, y como si todo lo que estuviera aconteciendo en esos momentos los tuviera sin cuidado; por ejemplo, que la niña anduviera volando alrededor de mi cabeza. Los cabrones que estaban tomando, incluso la puta esa que me hizo guiños al entrar a la cantina, estaban al margen de lo que me estaba sucediendo.

Cuando ya sentía que todo era cuestión de minutos para que concluyera mi existencia, pasara a mejor vida y, sobre todo, dejara de padecer todas esas situaciones extrañas y paranormales, en la cantina comenzó a escucharse un ruido ensordecedor, que me lastimaba los oídos. Era tan chillante que no podía soportarlo; iba aumentando el volumen segundo a segundo. Mi cabeza dio vuelcos y todo en mi interior parecía que se desvanecía. Pero llegó, a mis oídos, el sonido más fuerte que haya escuchado en toda mi vida.



Me despertó el sonido de mi teléfono celular. Estaba sudando a mares y escuché, todavía sin reponerme de la pesadilla, la voz de mi novia.

“Sólo te llamé para decirte que te quiero, mi amor”, me dijo, Scarlett, en un tono dulce y, desde luego, amoroso.

No supe qué contestarle; me quedé aterrorizado. No quería saberlo pero una fuerza muy superior a mí me obligó. Vi el reloj. Eran las 12:00 de la noche.

Y vi, de repente, a la niña rubia, con un cuchillo, y cuando se acercaba a mí sólo sentí que me asfixiaba. Me había clavado el arma en la garganta. Mi novia no sabía qué sucedía y sólo gritaba mi nombre, en repetidas ocasiones, para ver si le respondía.

Nunca más escuchó mi voz.

FIN


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