The Forestal Land, Timber and Railways Company Limited fue una empresa inglesa que se instaló en Santa Fe en 1906 por una cesión de tierras que la provincia hizo para saldar una deuda con otra empresa británica. La empresa explotó durante sesenta años casi dos millones de hectáreas de bosques de quebracho más importantes del planeta, que se alzaba en el Chaco austral. Lo que quedó fue un páramo incultivable, decenas de pueblos fantasmas y el recuerdo del horror en miles de argentinos y sus descendientes.
La Forestal es el nombre de una empresa argentina de capitales extranjeros que manejó buena parte de la actividad política y económica de un sector del norte argentino a fines del siglo XIX y a principios del siglo XX. Su nombre es tristemente recordado por haber significado la destrucción de una parte importante de los recursos naturales, la explotación de sus trabajadores y los oscuros contactos con el poder de turno.
La devastación natural
Esta empresa de origen inglés, pero además con capitales franceses y alemanes, fue iniciada en 1872 a raíz de un empréstito perjudicial que la Argentina obtiene con la empresa Murrieta de Londres. Esta firma llevó a la desastrosa explotación de 1 .500.000 hectáreas de quebrachales en el Chaco Austral (norte de la provincia de Santa Fe, sur de la provincia del Chaco y noreste de la provincia de Santiago del Estero). Según algunas versiones, la explotación llegó hasta la zona de El Impenetrable chaqueño. La empresa exportaba postes y durmientes para el ferrocarril, rollizos y, esencialmente, tanino.
Mecanismos espurios
La firma se propagó y llevó adelante el usufructo, a saber: compra de tierras a precios miserables, subsidios de la Nación y de las provincias sin pagos de devoluciones y constantes sobornos a funcionarios públicos. Un caso por antonomasia era el de Lucas González, quien era uno de los representantes de la firma Murrieta en el país pero, a la vez, era el funcionario nacional encargado de negociar con la misma empresa sobre los alcances de la misma.
Estado dentro de un Estado
La Forestal resultó ser un gran negocio para sus múltiples dueños que contaba con ferrocarriles, puertos propios y pagaban a sus vapuleados trabajadores con vales que éstos a su vez debían de canjear en los almacenes de la mismísima empresa. El caso alegórico fue de Aniceto Barrientos de Villa Ana (Santa Fe) que, durante su vida de asalariado en la empresa, fue contabilizando cuántas veces recibía el mismo vale con el mismo número y llevando la anotación en un cuaderno registró 137 veces. La Forestal además tenía una fuerza propia de represión, la "gendarmería volante", financiada por la propia empresa y armada y uniformada por el gobierno provincial del gobernador Enrique Mosca quien sería luego candidato a vicepresidente por la Unión Democrática en 1945.
Las huelgas: muerte y represión
Las grandes luchas obreras contra la empresa comenzaron en 1919 y que contaron con la colaboración de los anarquistas de la FORA además de socialistas y sindicalistas libres.
La primera huelga en el mes de julio fue en reclamo de un aumento salarial, jornada de solo 8 horas de trabajo y suspensión de masivos despidos compulsivos. La segunda huelga, se produjo entre diciembre de 1919 y enero de 1920 en la cual el gobierno nacional movilizó a soldados del Regimiento de Infantería Nº 12 de Rosario con asiento en Rosario.
La tercera huelga en La Forestal del año 1922 fue la más importante y culminó con una salvaje represión, lo cual la "gendarmería volante" y otras formaciones parapoliciales impunemente patrocinadas por el gobierno de Hipólito Yrigoyen actuaron despóticamente con un saldo de centenares de muertos y 19 dirigentes huelguistas condenados a la cárcel.
En el cuaderno del capataz Aniceto Barrientos registraba lo siguiente: "a los muertos los apilaban uno sobre otro, le clavaban el cuchillo en la nuca por si estaban vivos, desde ese día tenía miedo de volver a trabajar porque nos miraban con odio, como si fuéramos perros sarnosos".
El final de la empresa
La firma se retiró del país en el año 1966 debido a la brusca caída de los aranceles internacionales de la madera y el tanino reemplazado por nuevos productos.
La Forestal dejó graves consecuencias económicas, ecológicas, y humanas. La acentuación de la tala del quebracho para la ganancia capitalista agotó ese recurso natural, en lo humano y económico el 95% de sus trabajadores no pudieron jubilarse, muchos perdieron sus hogares, las industrialización fue destruida y los pueblos se empobrecieron y su gente alimentó los suburbios de las grandes ciudades creando villas miserias.
Consecuencias del negocio forestal
Santa Fe perdió casi el 90% de sus bosques
Los bosques y montes naturales de la provincia de Santa Fe apenas representan el 14 por ciento de los existentes en 1935. Eso es lo que se desprende del reciente informe de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación que comparó las cifras que pintan el paisaje de la deforestación impune que se generó en los últimos setenta años. Una pérdida varias veces millonaria en dólares que ningún gobierno provincial reclamó a favor de los santafesinos. Al contrario, a lo largo de la historia del siglo veinte, el Estado ha pagado precios muy altos por las tierras yermas, consecuencia de la depredación que generaron, fundamentalmente, dos grandes empresas: La Forestal , en el norte, y Celulosa, en el sur. Ambas firmas tuvieron un poder político superior al de los gobiernos locales que debieron controlarlas y que siempre obedecieron sus reclamos. Ahora que varios legisladores plantearon la necesidad de cuidar lo poco que queda de la flora autóctona también sería bueno que alguien, aunque sea una vez, reclame por los daños ocasionados a la población a través de la explotación irracional de la naturaleza.
El informe
El trabajo fue realizado por la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación y el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), en el marco del Programa de Acción Nacional de Lucha contra la Desertificación.
De 1 .100.000 kilómetros cuadrados de bosques naturales que contabilizó el censo forestal de 1935 sólo quedan poco más de 330.000. En aquel entonces, el 39 por ciento del territorio nacional estaba cubierto de bosques; hoy, la superficie boscosa no llega al 12 por ciento.
"Un problema grave que estamos teniendo es la expansión desordenada de las fronteras agrícolas. Para frenar esta situación vamos a impulsar subsidios para quienes protejan los bosques y, aunque el Estado nacional no tiene injerencia directa sobre los recursos naturales (porque son patrimonio de las provincias), vamos a promover una ley de ordenamiento territorial, para asignar cantidades de hectáreas para cada uso", dijo Atilio Savino, titular de la Secretaría de Ambiente, que depende del Ministerio de Salud.
"Se están sacrificando superficies ricas en biodiversidad, destinándolas a fines bendecidos circunstancialmente por vaivenes del mercado de efímera duración. Se está extendiendo la frontera agropecuaria a fuerza de arrasar bosques y selvas y desplazar importantes comunidades rurales. Creo que debemos avanzar hacia una ecología social, a través de procesos productivos más sustentables", agregó el titular de esa cartera, Ginés González García.
El informe advierte, a su vez, que en esta pérdida de biodiversidad, en este empobrecimiento cualitativo de nuestros bosques, se juega la suerte del 40 por ciento de sus especies vegetales y animales. De hecho, ya hay unas cuantas amenazadas: corren peligro de extinción, entre otros, el pino paraná y el palo rosado, en Misiones; los lapachos, las quenoas y el roble amburana, en la selva de Yungas; el palo santo y algunas especies de quebracho, en el Chaco; y los alerces y algunas araucarias y cipreses, en el Sur.
Cada año, todavía, se desmontan unas 30.000 hectáreas de bosques. "Nosotros aseguramos que son muchas más. Estamos documentando qué está pasando con el 30% de bosques que nos queda y recibimos a diario denuncias sobre el tema. En Salta, hasta se están vendiendo reservas ecológicas para sembrar este cultivo", alerta Emiliano Ezcurra, de Greenpeace. Los lugares más castigados son las selvas de Yungas y la misionera, el monte chaqueño y Tartagal, en Salta.
El caso santafesino
En 1935, la superficie de bosques y montes naturales en la provincia de Santa Fe sumaba 59 mil kilómetros cuadrados.
Hoy, en 2004, apenas 8.253 kilómetros cuadrados.
Solamente el 13,98 por ciento de lo que había siete décadas atrás.
Es decir que se perdió el 86 por ciento de lo que había.
¿Quién se hace responsable por esos 50.747 kilómetros cuadrados de bosques y montes naturales que ya no existen en la provincia?.
¿Cuánto dinero representa semejante superficie que tuvo, además, un costo ecológico, sanitario y social de proporciones para los habitantes de Santa Fe?.
Detrás de ese saqueo también existe una historia de permisos otorgados por el propio Estado a favor de la explotación irracional de los recursos.
Asimismo se verifica un mínimo control de las ganancias que obtuvieron las grandes empresas dedicadas a la extracción y comercialización de los árboles.
Se cobraron impuestos mínimos en relación a los excedentes que tenían esas firmas y, a posteriori, se pagaron altos precios para la reestatización de territorios convertidos en virtuales desiertos.
Hacia mediados de los años noventa, el cálculo de lo que solamente fue explotado por La Forestal estiraba la cifra del costo ecológico a 3 mil millones de dólares.
Nadie reclamó por esta legítima acreencia que tiene el pueblo santafesino.
Esos 50.747 kilómetros cuadrados de bosques y montes naturales que ya no son, forman parte de tres procesos de explotación irracional de los recursos naturales: el quebracho colorado en el norte, el eucalipto blanco en el sur y el talado indiscriminado que ahora sirve de base para plantar soja en regiones que antes poseían una gran diversidad natural.
La Forestal
Treinta y siete cajas de hierro partieron del puerto de Liverpool el 10 de marzo de 1874, embarcadas en el buque "Gassendi". El destino era Santa Fe, traían 180.187 libras esterlinas.
Era el total de un empréstito celebrado por la firma londinense Murrieta & Compañía y el gobierno de la provincia con el objetivo de conformar el capital inicial del Banco Provincial de Santa Fe.
El crédito se había firmado el 22 de junio de 1872 y el apoderado de la prestamista era el doctor Lucas González, quien luego también arbitraría de representante del Estado santafesino a la hora de saldar la deuda.
En julio de 1881, la deuda era de 110.873 libras esterlinas y 3 chelines.
La provincia, a sugerencia del polifuncional Lucas González, decidió pagar ese compromiso con tierras fiscales.
Se le otorgaron, entonces, 668 leguas de territorio. Fue por medio de una ley de la propia legislatura santafesina sancionada el 5 de octubre de 1880.
"Los capitalistas de Londres cumplían a conciencia con su función, como que eran hombres de una nación imperialista; la responsabilidad debemos buscarla -a esta altura del estudio que realizamos- en tierra argentina, y a ella es ajena el pueblo, gobernado por el régimen de una democracia permanentemente escamoteada", escribió Gastón Gori en su imprescindible "La Forestal . La tragedia del quebracho colorado", editado en 1965.
La escritura debía ser firmada por el mismísimo Juan Bautista Alberdi que intervenía a nombre del gobierno, pero no lo pudo hacer por problemas de salud. Lo reemplazó un inglés, Federico Woodgate. Junto a Lucas González, firmaron "la entrega del Chaco santafesino en una extensión de 1 .804.563 hectáreas".
El gobierno cobró 1 .002.594 pesos, pero devolvió en juicios reivindicatorios la suma de 3.212.190 pesos.
Así nació la Santa Fe Land Company , después Compañía de Tierras, Maderas y Ferrocarriles La Forestal Limitada, después La Forestal Argentina Sociedad Anónima de Tierras y Maderas y Explotaciones Comerciales e Industriales.
En 1915, un diputado provincial de Santa Fe, Romeo Saccone, salió en defensa de La Forestal diciendo que "pretender gravar con un sistema impositivo elementos primordiales del progreso, cuando precisamente el Congreso Nacional para ayudar toda iniciativa privada, suprimió totalmente los derechos a la importación de rieles, no sería digno de una provincia que pretende y con razón ser uno de los exponentes más firmes del adelanto y de la civilización en este país". Esos eran los empleados de la empresa.
En 1965, cuando los ingleses decidieron retirarse del latifundio, el gobierno de la provincia decidió pagarles 2,5 millones de pesos la legua cuadrada de peor calidad y 3,75 millones de pesos por legua cuadrada de estancia. Decía Gori que con esto "siguen haciendo los ingleses sus negocios millonarios, mientras en esferas gubernativas se exhibe como un triunfo, lo que es una nueva conquista de la compañía que acumula ganancia sobre ganancia".
La empresa tuvo su propia bandera, su policía brava, sus ciudades, puertos y ferrocarriles, moneda propia y más de 20 mil trabajadores, entre los que no se contabilizaron los diputados, comisarios, jueces de paz y otros influyentes funcionarios que recibían distintos favores de la empresa, como queda dicho.
Hubo poblaciones que recibieron los nombres de algunos presidentes del directorio de la empresa, como sucedió con Patrick Ogilvie Campbell, que le prestó su apellido al lugar en donde suele vivir el ahora senador nacional Carlos Reutemann, Llambí Campbell.
La Forestal explotaba también campos en los departamentos del centro y sur provincial, como San Martín, Belgrano y General López. Un dominio sobre la mayoría del territorio santafesino.
Mientras tanto le pagaba a la provincia 300 mil pesos en moneda nacional pero tributaba casi 9 millones de pesos a la corona británica, según el balance del año 1916.
Entre 1947 y 1957, las ganancias de la empresa se calculaban en 50 millones de dólares y hacia 1963, sus excedentes eran del orden de los 750 millones de pesos nacionales.
En forma paralela, desaparecía el quebracho, se cerraban las fábricas y crecía la desocupación y las poblaciones iniciaban el exilio interno.
También estuvieron las huelgas heroicas de los obreros y hacheros de 1919 y 1921, salvajemente reprimidas y algunas denuncias contra la explotación en la legislatura provincial durante los años cuarenta.
Gastón Gori se lamentaba en 1965 que "en más de 2 millones de hectáreas no existe ni una sola biblioteca y un censo de lectores daría un índice cultural prácticamente nulo".
Contaba que en 1963, "La Gallareta se conmovía por el cierre de su fábrica de tanino; pero la Compañía ni remotamente se cerraba como consecuencia de un descalabro económico; por el contrario, sus ingresos brutos en ese año fueron del orden de los 547 millones de pesos, así como en 1962, después de la clausura en Villa Ana, fueron de 463 millones de pesos. Centenares de millones por un lado, desocupación y miseria por el otro", sostenía el notable escritor santafesino.
A cuarenta años del cierre de las últimas fábricas de tanino de La Forestal , los números oficiales de los censos forestales hablan del desierto que siguió a la empresa.
Solamente si la provincia oficiara de representante del pueblo santafesino tendría la posibilidad de demandar a los herederos de la firma en millones de dólares por exclusivamente el costo ecológico.
Lo social, lo humano, lo cultural, lo perdido por los impuestos mal cobrados, sumaría otra cifra sideral que por ahora ni siquiera puede ser mensurada.
Celulosa
La leyenda cuenta que los rosarinos Joaquín Lagos y Enrique Fidanza disfrutaban en Roma del premio que les dejara un billete de lotería cuando el 15 de enero de 1927 leyeron las páginas de "Il Popolo di Roma". Ese papel estaba hecho con paja de trigo. La mencionada historia rosa sigue con el regreso de ambos a Rosario y su prédica a otros cerealistas y al italiano Umberto Pomilio, creador del sistema de transformación de la planta en papel. El 2 de febrero de 1929, con créditos del entonces Banco Provincial de Santa Fe, nació Celulosa Argentina en la ciudad de Capitán Bermúdez. Su primer directorio estuvo integrado por Eugenio Vogt, como presidente, Pomilio, Juan Tamburini, Silvio Gagliardi, Ciro Tonazzi, Santos Manfredi, Eduardo Grimaldi, Pedro Beristain y Antonio Morella.
Aquella fábrica de Capitán Bermúdez fue la primera planta del país dedicada a producir pasta celulósica. En febrero de 1931 la máquina importada de Alemania produjo las primeras 37 toneladas de papel. Un año después Celulosa realizó su primera exportación hacia el Paraguay.
Celulosa se convirtió en todo un símbolo de poder económico, político y social. Absorbió tres fábricas más antiguas, como Andino y Cía.; Papelera Argentina, con sede en Zárate, en la provincia de Buenos Aires, y la Compañía General Fabril Financiera, un desprendimiento de la Compañía General de Fósforos, con planta en Bernal, también en el primer estado argentino.
A partir de 1939 se asoció a la empresa inglesa Duperial a través de Electroclor, cuya planta era vecina de la original de Celulosa, en Capitán Bermúdez. El objetivo era elaborar productos derivados del cloro sobrante de la fabricación de la celulosa. En la primera mitad de los años cuarenta sustituyó la paja de trigo, como materia prima para la pasta, por la madera. Fue entonces, dice la historia oficial de la empresa, que se dedicó a plantar coníferas en el delta del Paraná y en Puerto Piray, en Misiones.
Pero la historia de Celulosa es también parte de la historia nacional.
Hacia 1996 formaba parte del principal acreedor externo de la Argentina: el Citibank.
En aquel año su primer trimestre exhibió una pérdida de 53 millones de pesos. La empresa decidió presentar un recurso de crisis ante el Ministerio de Trabajo de la Nación.
Cien trabajadores quedaron en la calle.
Uno de los representantes legales de la empresa era uno de los principales referentes del poder económico nacional: Daniel Funes de Rioja, el abogado que formó parte del selecto grupo de expertos que impuso la flexibilización laboral durante los años noventa.
En 1991 trabajaban 618 obreros y otros 250 fuera de convenio. Pero había otros 150 trabajadores invisibles, los hacheros.
Sumergidos en los montes de eucaliptos blancos en los llamados centros forestales de la empresa, las familias de hacheros sobrevivían sin agua corriente, ni luz eléctrica y con pocas posibilidades de higiene y salud.
El titular del centro forestal de aquellos años, ingeniero Guillermo García, contestó: "No he tenido posibilidad de ir a los bosques por falta de tiempo. No los conozco a los hacheros. Pero iría para satisfacer una curiosidad de tipo turística. Pero no desde el punto de vista operativo porque no me corresponde. Ya trasladé mi preocupación para que los responsables tomaran acción inmediata", le dijo a este cronista.
En aquellos tiempos de principios de los años noventa, se conoció la existencia de la escuela 1231 que funcionaba en los propios territorios de la empresa.
En su momento, la ex secretaria general de la Asociación del Magisterio de Santa Fe, delegación San Lorenzo, Analía Semorile, explicó: "A mi me hicieron saber que no me acerque más a la tranquera que da entrada a los campos de Celulosa y donde funciona la escuela 1231. No puede ser que maestras tengan que estar saltando las tranqueras porque un capataz de Celulosa se le ocurra cerrar la tranquera para que los hijos de los hacheros no tengan clases", sostuvo.
La escuela en cuestión tenía siete cursos, una directora, Irma Benvenutti de Giacone y dos maestras. Aunque contaban con partidas para el comedor, no había dinero para cocineras, de allí que las propias docentes se encargan de preparar la comida para los cuarenta alumnos, en su mayoría hijos de los hacheros del monte de eucaliptos, propiedad de Celulosa.
"La escuela que dirijo pertenece al estado provincial, y, sin embargo, tanto la estructura edilicia como la casi totalidad de los bienes muebles que la misma posee, fueron suministrados por la empresa citada. Yo me pregunto, ¿no debe ser el estado quien garantice la educación e instrucción del pueblo?. ¿Por qué entonces, una escuela pública para funcionar decentemente tiene que depender de los dineros que Celulosa Argentina no tiene la obligación de dar?...", sostuvo la directora en una carta en que la defendía a la empresa.
Catorce años después los hacheros continúan en las mismas condiciones de existencia aunque la propietaria de la empresa sea la uruguaya Fanapel en un 85 por ciento del capital y haya vendido por un monto de 242 millones de pesos durante 2003 con una ganancia de 61 millones de pesos.
Celulosa ha sido la principal impulsora de la deforestación en la zona sur de la provincia pero su propia historia evidencia sus influencias políticas, judiciales y económicas, no solamente en la región sino también a nivel nacional.
Algunas ideas
La Forestal y Celulosa no son las únicas responsables de la desaparición del 86 por ciento de los bosques y montes naturales santafesinos, pero si tienen un alto grado de compromiso.
Ellas son las caras visibles de un negocio que no reparó en el mínimo sentido de futuro, no solamente en relación al medio ambiente, sino con respecto a las poblaciones vinculadas al negocio forestal .
Las historias de ambas empresas revela la subordinación de la clase política municipal y provincial a sus mandatos de cuidar y agrandar sus ganancias.
Y hasta se pone de manifiesto como en lugar de devolver algo de lo mucho que obtuvieron gracias al suelo y la gente de la provincia, cobraron indemnizaciones ilógicas impulsadas desde la legislatura.
Pero el tercer factor económico de depredación, desocupación, pobreza y migración interna que hoy sufre la provincia es lo que se oculta detrás del llamado boom sojero.
La pérdida de los bosques y montes santafesinos debe también mensurarse en dinero para que el estado intente una reparación para los habitantes de las regiones que más sufrieron y sufren estos procesos de devastación natural.
Un costo que puede calcularse a través del precio de cada hectárea o kilómetro cuadrado hoy convertido en tierra yerma.
Es hora, alguna vez, de convertirse en acreedores de aquellos que usaron todos los recursos a favor de sus propias ganancias sin reparar en ningún tipo de costo.
Gastón Gori, esperancino
Ese día tenía previsto presenciar en Santa fe una charla que brindaría el escritor mexicano Carlos Fuentes, quien estaba participando del congreso de la Lengua en Rosario, y en una breve escapada nos daría el gusto de poder verlo en la ciudad capital. Pero sucedió lo de Gastón Gori, así que concurrí a su sepelio en su tierra natal, Esperanza. Quizás tenga otra oportunidad de verlo a Carlos Fuentes. Pero lo de Gastón Gori, era más fuerte, sentí que aunque anónimamente, debía estar en el adiós a ese maestro y muchas veces fuente de trabajos historiográficos que había escrito.
Mientras me dirigía desde Santo Tomé, donde vivo hasta Esperanza, la mañana se presentaba luminosa y ya algo calurosa, un día de sol y cielo azul, muy típico de la provincia de Santa Fe. En el campo, los trabajadores agrícolas, sin dudas los nietos o bisnietos de aquellas "Familias fundadoras de Esperanza", hoy desparramados no sólo en lo que fue la colonia Esperanza, sino por todo el centro oeste santafesino, se aprestaban en sus labores del campo, los trigos ya estaban casi prontos para la cosecha.
El era de mi barrio, vivía a unas 3 cuadras de mi casa, había ido a mi misma escuela, la 315 "Aarón Castellanos", era de noviembre, el mismo mes en que nací, había andado por mis mismas calles y caminos, había visto el edificio del ferrocarril, cercano al Molino Angelita, escuchado los "pitos" o silbatos de las fábricas anunciando el comienzo o el final de las jornadas de los obreros y trabajadores, aunque años antes, pero era la misma mística percibida, la de un pueblo de trabajo y en eso se inspiró su obra, tal como lo que había vivido desde chico, en ese pequeña ciudad cosmopolita, entre agraria y urbana, entre campesina e industrial. Lo habían visto en esa calle San Martín dos cuadras al norte del ferrocarril, donde estaba el negocio de su padre, y por esa calle San Martín habían alguna vez estado juntos, José Pedroni, Paillet, Gori, Riva, Stessens y otros personajes que dió Esperanza y que tenían su ámbito de encuentro o de presencia en esas dos o tres cuadras al norte del ferrocarril. (Según el propio Gastón: Manuel Streiger; Evaristo Stessens; Omar Pedroni, hijo de José; el doctor Alfredo Heer , Armando Bruera, Lionel Robert)
Y así luego de las ceremonias, terrones de tierra, de esta tierra generosa de la que él tanto había hablado, fue cubriendo su féretro, allá en el cementerio de Esperanza, para volver a ser algún día otra vez parte del ciclo de la vida.
Esperanza despidió a Gaston Gori
El cortejo que traslada los restos del destacado escritor se detuvo frente al edificio municipal donde recibió el reconocimiento de la comunidad. Sus familiares participaron emocionados de la ceremonia que finalizó en el cementerio local. En cada lugar representantes del Movimiento por las Letras, el Centro de Estudios Históricos y el Intendente Municipal destacaron en sus mensajes su aporte y su generosa personalidad.
Una vez ingresado a la ciudad de Esperanza, el cortejo fúnebre se dirigió a la Escuela Normal, institución donde Gastón Gori se recibiera de maestro, para luego detenerse frente al edificio municipal.
Allí se escucharon reconocimientos de Ruben Leonardi por el Movimiento Esperancino por las Letras, un funcionario de la Secretaria de Cultura de la Provincia y del Intendente Municipal Rafael De Pace que entregó el último adiós en nombre de su ciudad natal.
Posteriormente todos los asistentes se dirigieron a la necrópolis local previo paso por la Escuela 315 Aaron Castellanos, lugar donde Gastón Gori cursara sus estudios primarios.
Finalmente en el Cementerio Municipal las palabras de despedida estuvieron a cargo de José Luis Iñiguez por el Centro de Estudios Históricos.
El sábado 4 de enero de 2003 el escritor santafesino recibió en su casa a un equipo periodístico de Cable & Diario y El Litoral.com. Aquella mañana calurosa fue inolvidable. Gastón iluminó con simpleza aspectos sorprendentes de su vida: sus afectos y predilecciones, su lectura crítica de la realidad y los anhelos para los que, él afirma, serán sus próximos tres años de vida. La conversación fue por momentos íntima, espontánea, mágica. Preciso y lento como su tortuga, Gastón recorrió su obra y habló de sus autores de cabecera. Subió la escalera angosta y oscura hacia una puerta vidriada para mostrar su desordenada biblioteca, el escritorio, testigo de su desconcierto, su tristeza y sus ansias de luz cuando escribió La Forestal en noches de Vigilia Retenida (sus borradores inéditos), y su primera máquina de escribir que azarosamente recupero hace poco. En el patio, sentado bajo el fresco de la Bignonia, el señor de lo picaflores compartió su mundo de pájaros, el trato cálido con su tero, su pato y las calandrias. En esta presentación, El Litoral.com pone a disposición de sus lectores el texto completo de la entrevista que testimonia la vida de uno de los escritores esenciales de nuestra provincia.
En el patio de la bignonia
...miles de hectáreas habré caminado por los campos, pero nunca encontré un pájaro muerto. Y cuando mueren en jaulas, siempre dicen que mueren de tristeza. Pero no es que mueren de tristeza, es que el final de la muerte es una muerte de tristeza, para el ser humano también. Agonía, qué quiere decir: la tristeza de morir... agonía, es la tristeza de morir. Todos morimos tristes cuando morimos por cosas naturales.
Y morimos —como decía el pastor protestante— ‘‘Y José era muy bueno y murió de su última enfermedad'' —comenzó Gastón Gori la charla.
Gastón, ¿está escribiendo?
Yo en este momento no estoy escribiendo libros. Pienso en libros, inclusive tengo concebidos libros, pero no voy a escribir. Porque tengo que hacerlo en forma manuscrita y la vista no me permite hacer bien las letras. Aunque puedo escribir bastante bien, por haber escrito millones de veces las palabras, pero no quiero escribir un libro. Esa es una de las razones.
Tengo una hija que revisa todo lo que yo escribí. Y es la única que puede leer mis manuscritos y no equivocarse. Inclusive corrige los errores que comente la desgrabadora, que a veces no sigue el sentido de las cosas y pone cualquier palabra.
¿No le gusta dictar?
No, dictar no me gusta. El estilo oral es una cosa y el estilo escrito es muy distinto. El fenómeno de cerebración es distinto. Ahora, hace poquito dicté un trabajo. ‘‘Perdido en los quebrachales'' se llama. No es muy largo, lo publicó un suplemento de Reconquista. Lo escribir casi por un compromiso con Julio Acosta, director de la editorial Ameghino. El me pidió que escribiese eso. En la contratapa dice que mi entusiasmo por el trabajo de La Forestal me llevó a perderme dos veces en los montes. Quería escribirlo y me ayudó una chica que vive en frente de mi casa que me sigue muy bien cuando dicto. Pero es muy difícil el tema. Escribirlo me resultó dificilísimo, por el fenómeno psicológico que hay que realizar. Lo alcancé a escribir y salió lindo, dice mi mujer, pero mi mujer no es que me ama, es chupamedia mía.
¿Gastón, no piensa escribir más?
No. Yo no pienso escribir otro libro más. Tengo motivos para hacerlo y tengo cosas concebidas, pero no lo voy a escribir.
¿Cuándo tomó esta determinación?
El hecho de que me haya disminuido la vista; por ejemplo: yo te miro a vos, y te veo dentro de un rato y no te reconozco. Además de la pérdida de la vista tengo un infarto cerebral crónico. Quiere decir que hubo muerte de neuronas. Entonces esta muerte de neuronas me afectó los hemisferios cerebrales donde la vista, el aparto óptico, manda las imágenes. Bueno, yo a eso no lo tengo más completo. Ese es un inconveniente muy grande, porque también me hace perder la memoria visual. Y perder aunque sea una parte de la memoria es perder ya una parte del pensamiento. Aunque sea perder la memoria inmediata, la antigua no. Yo me puedo acordar de muchísimas cosas viejas. Inclusive de demasiadas cosas me acuerdo, debería acordarme de menos.
¿Cuántos libros tiene publicados?
Hay 47 primeras ediciones, incluyendo algún folleto, y hay 40 reediciones de libros. Ochenta y siete veces me publicaron libros, y tengo 87 años. Y como he resuelto vivir hasta los 90 años me van a faltar 3 libros. Uno ya está casi en camino, después de los otros dos me faltaría elegir uno, porque el último libro que me gustaría reeditar es un libro que yo quiero mucho: se llama ‘‘La pluma incesante''. Es decir: 90 años y 90 veces se habrán publicado libros míos, y terminarlo con el libro ‘‘La pluma incesante'' sería muy simbólico, me gustaría mucho hacerlo. Y ya te digo, como voy a vivir 3 años más, eso está resuelto, en eso ya no hay problema...
¿Por qué dice eso? ¿Cómo puede usted determinar que va a vivir 3 años más?
Lo he resuelto.
¿Y qué va a hacer dentro de 3 años?
Voy a vivir como vivo. Voy a vivir como vivo.
Pero, ¿por qué dice que va a morir dentro de 3 años?
Ah, yo digo 3 años como el límite de lo que yo he resuelto vivir. Pero si llego a los 90 años pido una prórroga (risas).
¿A quién se la pide?
Hay un ente que nosotros no podemos definir, (nocierto) (sic). Puedo pedírsela al destino, puedo pedírsela a Dios, por ejemplo; ése es el ente que no podemos definir. Dicen que hace todas las cosas, pero parate con Dios, ¿no? Porque a mí me mandó un infarto cerebral. Después, saco también en consecuencia que Dios no tiene memoria o no lleva anotado nada, porque me mandó un infarto cerebral y después ahora último me mandó un cáncer de próstata. ¿No vio en la libretita que ya era bastante? Hubiera puesto: ‘‘Le mando un resfrío, le mando una tos...'', cualquier cosa. Pero ¿por qué un cáncer? Si todo el que tiene cáncer, aunque sea de próstata, muere de cáncer, (nocierto). Pero yo creo que a pesar de eso, con la ayuda de los científicos actuales, 3 años más voy a vivir. Y si no vivo los 3 años más, vengan y repréndame: ‘‘¡Incumplidor! ¡Traidor! ¡Traidor! ¡Usted nos ha engañado! A ver, diga ahora ¿por qué nos ha engañado?''. Y yo no te voy a contestar nada (risas).
Teóricamente, si usted quiere vivir 90 años, la prórroga la tendría que pedir en el 2005.
Eso mismo, en el 2005 pediría una prórroga.
¿Entonces le quedan 2 años?
¿Dos años?
Estamos en el 2003.
Sí.
¿Qué día nació usted?
Yo nací el 17 de noviembre de 1915 (silencio). Así que 90 años sería en el 2005. Y bué, es un número hasta simpático.
"¡Güelga nomá, chamigo!"
Es una constante de hierro: la historia les da la razón siempre a los luchadores de la dignidad, por más humildes que sean. Y tal vez, por humildes, sus figuras se recortan en el tiempo con más claridad. Sucedió allá por los años veinte. En la tierra del quebracho. A los hacheros se les comenzó a prohibir los pañuelos rojos que, como costumbre, llevaban al cuello, y las camisas rojas que vestían en el trabajo. Ese color acostumbrado en los habitantes de la región no se podía usar más porque, según los serviles empleados de la empresa inglesa La Forestal , era "comunista y anarquista". La policía privada de la empresa se encargaba de proceder: trabajador que llevaba pañuelo rojo o camisa granate era obligado a desnudarse, le daban latigazos hasta desvanecerlo y le prendían un cintillo azul y blanco y le hacían gritar bien fuerte: ¡viva la Patria!
Todo esto en la Argentina de don Hipólito Yrigoyen, elegido por el pueblo, que mandó al ejército argentino a reprimir al gauchaje alzado que se había levantado al grito de "¡Oh, añá! ¡Güelga nomá, chamigo!", levantando el puño y con pocos rémingtons "Colí", de caños y culatas recortados, que les habían hecho llegar los anarquistas de Buenos Aires a través de los marineros de los buques del Paraná. Fue una solidaridad épica. La huelga reventó como una bomba de brazos alzados desde el Chaco santafesino, por el Chaco, Formosa, hasta el mismo Puerto Infierno, y la parte santiagueña desde Quimilí a Pampa de los Guanacos. Los obreros ferroviarios anarquistas pararon el Central Norte Argentino y el Provincial de Santa Fe para impedir el movimiento de tropas del 12 de Infantería, en el cual estaba el teniente Juan Domingo Perón. Pero no sólo los ferroviarios sino también los marineros de la FORA pararon las embarcaciones y las tripulaciones de los barcos extranjeros que venían a recoger la sagrada madera roja de los quebrachales se negaron a recibirla. Y los portuarios, con sus rostros arrugados de puro indios, escupían a los crumiros traídos de otras latitudes que servían por un pan y un vaso de vino a los señores británicos bajo el cielo impiadoso de un permanente sol despiadado. Dos millones de hectáreas poseían los gentlemen de Londres. ("¿Argentina? Oh, yes, yes, sí, sí, allá hablan portugués, buena carne". Dos millones de hectáreas, dos millones de hectáreas. Dos millones... de madera noble, de madera dura como el hierro. Roja. Arbol tras árbol, de cien años de crecimiento, caían para Su Majestad Británica, y desaparecían para los hijos de la tierra.
Globalización de la injusticia, que se joda la negrada, son todos borrachos, haraganes, analfabetos, sucios, no saben ni hablar castellano, se maman. Metalen bala, nomás. En el mismo año, el 10 de Caballería fusilaba a los peones patagónicos en defensa de los latifundios británicos.
Los curas se metieron en sus templos a rezar y para agradecer la infinita bondad de Dios, nuestro Señor. Mientras los hijos de la Tierra gritaban "Oh, añá, güelga nomá, chamigo". Pero la empresa británica no se anduvo con chicas, inmediatamente armó su propia policía. El mismo modelo que en los años setenta emplearía uno de los hombres más desdeñables de nuestra historia, López Rega: las tres A. Bajo el nombre de Liga Patriótica Argentina (fundada en Buenos Aires por el Perito Moreno, Monseñor D’Andrea, el acaudalado Manuel de Anchorena y Manuel Carles, funcionario radical). La Forestal contrató a temibles criminales que traían de la cárcel de Misiones y les puso sombreros cowboys que los obreros llamaban "sombrero galpón" a los cuales les adosaban una escarapela patria. Y salían a la búsqueda de obreros huelguistas para acribillarlos a balazos. La primera víctima fue el dirigente anarcosindicalista Francisco Coronel, el más querido por las peonadas y hacheros de Puerto del Infierno. Jamás ni el ejército ni la policía molestó a los cuadros criminales de la Liga pagados por la empresa extranjera. Al contrario, los protegieron para asegurar el éxito final. El monumento final a tanta crueldad e ignominia fue el incendio del local de la Federación Obrera y las viviendas de todos aquellos trabajadores que no se sometieron. El últimoen resistir fue el gaucho Altamirano, que cayó en poder de los bandidos de La Forestal , a quien no sólo lo curtieron a latigazos sino que le prendieron fuego a su casita donde vivía con su mujer y numerosos hijos. Todo en nombre de la libra esterlina. Pero el asesinato de obreros no fue lo más terrible de esta injusticia que entristece esas zonas, vacías ya de nobles bosques. En 1939, muchos años después de la huelga, el diputado Doldán denunciaba la verdadera consecuencia del capitalismo ladrón. El diputado Doldán denunciará en la Cámara de Diputados: "En el departamento Vera, sobre 4463 defunciones sólo 1533 enfermos tuvieron asistencia médica y cerca de 3000 no la tuvieron.
Estudiando las cifras de la mortalidad infantil desde 1928 a 1938, considerando los nacidos muertos y los fallecidos hasta los diez años de edad inclusive, el 42,5 por ciento corresponde a niños. Pero la cifra es más abultada porque muchas criaturas nacidas muertas o fallecidas poco después del parto no son denunciadas al registro civil, lo que ocurre en los parajes más apartados y boscosos. Y ahora viene otro párrafo que desbarata toda posible disculpa o interpretación contraria: en el distrito de Garabato el 80,5 por ciento de los fallecimientos corresponde a la juventud entre los once y los treinta y cinco años". No sólo se habían llevado nuestros árboles sino también nuestros niños. Todo el mundo se calló la boca. A políticos, militares y a la Iglesia les pareció todo lo más natural. Estoy en la Feria del Libro. He comenzado a acariciar las tapas de un libro. Es La Forestal , de Gastón Gori, vuelto a editar después de más de treinta años. El maestro Gastón Gori, conciso, justo, valiente.
Pese a las represiones que sufrió en su vida de ochenta y cuatro años, que continúa en su denuncia constante, ve que muy poco es lo que ha cambiado.
Hace más de treinta años describía así el final de esta tragedia griega que es La Forestal , síntesis desgarradora de lo que fue capaz el primer mundo con las riquezas de las latitudes del sur. "La Forestal llegó, robó y se fue; casas desocupadas y entre yuyales, en cuyos derrumbes, grietas y descascaramientos trabajan el tiempo y las lluvias; viejas casillas despintadas con sus chapas retorcidas y sin gente que las habite; ranchos caídos. Derruida la antigua fábrica de tanino, la zona es la imagen del desaliento, es el saldo de la evacuación de La Forestal . Altos yuyos en los antiguos clubes y cancha de tenis de los altos funcionarios y en las explanadas de las playas donde defendieran su vida obreros en trágicas horas y donde el sudor de varias generaciones regara el suelo; yuyos en la vieja herrería, yuyos avanzando y cubriendo los vestigios de instalaciones para un ferrocarril que ya no existe; yuyos en los intersticios de puertas y ventanas de casas abandonadas. Rodeadas de tristeza en las caras de niños que piden limosna." Pero la memoria revive. Este libro, La Forestal , de Gastón Gori, está de nuevo entre nosotros, testigo de la infame historia de la explotación del hombre y de la riqueza de la naturaleza. Ojalá los maestros enseñen a sus alumnos lo que ocurrió por los años veinte en tierra argentina para que comprendan aquel "¡Oh, añá! ¡Güelga nomá, chamigo!", como el arma de la rebeldía contra nuestra tan actual humillación. Gracias, viejo maestro Gastón Gori, el de las tierras de mi niñez.
"La forestal de Gori me impulsó a investigar la Patagonia trágica"
El prestigioso escritor santafesino participó de los actos del 24 de marzo que se organizaron en nuestra ciudad. Hace algunos meses, con motivo de la feria del libro, el autor de la "Patagonia Rebelde" estuvo en LT10, y por los micrófonos de la radio, recordó al entrañable Gastón Gori, nos contó con lujo de detalles la disputa histórica que tienen los Bayer y los Kirchner, y reflexionó sobre la democracia argentina.
El autor de "Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia" y "La Patagonia Rebelde" nació en nuestra provincia allá por el año 1927, estudió historia en la Universidad de Hamburgo a mediados de los años ‘50 y es uno de los periodistas y escritores más respetados de la Argentina. Su trayectoria cuenta que trabajó en los diarios "Noticias Gráficas", en el patagónico "Esquel", en "Clarín", donde fue secretario de redacción, y actualmente es una de las firmas importantes de Página 12. Cuando Osvaldo Bayer relata algún acontecimiento histórico tenemos la certeza que sus respuestas tienen la precisión del investigador, la pasión del escritor y el compromiso del militante de las causas justas.
-Osvaldo ¿Cuándo y cómo lo conoció a Gastón Gori?
- Fue en el año 1976. Recuerdo que charlamos largo y tendido en su patio. Yo me había ido al exilio en el ‘74 porque aparecí en la lista de las tres A por la película "La patagonia Rebelde". Caímos en desgracia Héctor Olivera, Héctor Alterio, Luis Brandoni, entre otros. Obligado a abandonar el país me fui a Alemania. Pero en febrero del 76 volví, porque Isabel Perón había llamado a elecciones. Por aquellos días, dije: "Bueno, si hay elecciones va a haber más libertades". Pero en esta vida hay que estar sobretodo bien informado (Risas). Volví y cuatro semanas después estábamos en dictadura, y fue imposible salir. Yo lo admiraba mucho a Gastón antes de conocerlo, porque fue un precursor en el relato de las tragedias obreras con "La Forestal ". La verdad es que me impulsó a investigar la Patagonia trágica, porque él escribió "La forestal " en el ‘65 y yo empecé la investigación de la patagonia en el ‘68. Así que un día de marzo del ‘76 toqué la puerta de la casa de Gastón Gori y comenzamos nuestra amistad.
-Osvaldo ¿Qué pasó con el abuelo de Kirchner?
-Es una vieja disputa familiar entre los Kirchner y los Bayer. Mis padres vivieron en Río Gallegos entre el año ‘20 y el ‘23, y justamente ahí, mi padre fue testigo de los fusilamientos, y gracias a sus relatos nació mi interés por aquella historia. En Río Gallegos no había nadie que hablara alemán, el único era Carlos Kirchner. Entonces, mi padre y el abuelo del presidente se hicieron amigos y hablaban en alemán. Mi padre no sabía que el abuelo de Kirchner era usurero. Un buen día, vino el abuelo de Kirchner y le dijo a mi padre: "Kaspar necesito 10 mil pesos". Era muchísimo dinero, para que se den una idea con esa plata se compraba una casa muy buena. Mi padre le prestó esa plata y Carlos Kirchner nunca se la devolvió. Por este motivo, al hombre que mi padre odió más en su vida fue al abuelo del presidente. Además, el abuelo de Kirchner tenía un hotel con orquesta de señoritas, a las cuales las explotaba y esto lo contaban los obreros. Cuando hice la investigación encontré volantes obreros que decían: "Kirchner miserable, explotador". Pensando en la venganza familiar lo publiqué en mis libros (risas). El abuelo de Kirchner también fue colaboracionista con el ejército. No fue un fusilador pero apoyaba, y un hermano de él fue el fotógrafo oficial del ejército. Las fotos del Coronel Varela haciéndose el napoleón se las debemos a él. Estos documentos pasaron a la historia gracias al tío abuelo de Kirchner. Un buen día, canal 9 me invitó a una entrevista porque se iba a hacer una obra teatral sobre la patagonia y convocaron también a varios otros. Yo estaba en un saloncito esperando para entrar al estudio y me encuentro con Cristina Fernández de Kirchner, que en aquel tiempo era diputada nacional. Yo percibí que me miraba, me miraba, me miraba…y de pronto me dice: "Escuchame una cosa, ¿Vos sos Osvaldo Bayer? Le contesto que sí. Y me increpa diciendo: "Vos tenés una tara mental". Se expresa así porque es muy abierta ¿Viste? (risas). "Vos tenés un complejo, cada vez que leo un libro tuyo hablás del abuelo de mi marido, te escucho por radio y hablás del abuelo de mi marido, no tenés otro tema", me cuestionó. La verdad que a mí me pareció un tanto insolente de su parte. Entonces la provoqué y le dije: "Y bueno, si el abuelo de tu marido era un atorrante…". Y ella hizo un movimiento con la boca y afirmó: "No era un atorrante, era un pícaro". "Bueno, sí, era un pícaro, pero devuélvanme con intereses todo lo que me deben. Hoy sería un millón y medio de dólares", retruqué.
Un tiempo después ocurrió algo imprevisto. Kirchner, ya presidente, me invitó a ver la Patagonia Rebelde en el salón blanco de la Casa de Gobierno. Yo creí que era una gran cargada, porque después de que me quemaron los libros, de exiliarme por la película, de estar diez años prohibida, de pronto se daba en el salón blanco de la presidencia. Parecía la novela de un tipo que está loco. Esas cosas pasan en la Argentina. Entonces fuimos con el director y los actores. Mientras estábamos esperando entró Kirchner y se dirigió hacia mí. Recuerdo que me dio un abrazo que todavía me duelen todos los huesos. Mientras la gente aplaudía, me dijo al oído: "No era mi abuelo, era el hermano de mi abuelo". Y yo lo miré como diciendo, "vamos nene, mirá que investigué bien". Después vino Felipe Sola y también me dio un gran abrazo, y yo ya empecé a sospechar de mí mismo. Me dije: "¿Que está pasando? (Risas)
Luego, la revista Noticias y el diario Perfil se aprovecharon de esto y titularon: "Bayer: El abuelo de Kirchner era usurero". Cosa que me pareció muy baja, porque el nieto no tiene nada que ver con los pecados del abuelo. Pero Kirchner se vengó. Un buen día, me llamó por teléfono un amigo y me dijo: "Así que Kirchner te nombró embajador en Alemania. Tenés casi 80 años y ahora te venís a convertir al peronismo". "¿Quién te dijo eso?", le pregunté. Y respondió: "Lo dijo Lanata en televisión". Nunca lo pude desmentir del todo porque como la había dicho Lanata algo quedó. Fui a verlo a Lanata y le pregunté: "¿De dónde sacaste esa información?" Y Jorge me dijo: "Mira, entre vos y yo, me llamó Kirchner y me dijo que te había nombrado embajador en Alemania".
Osvaldo ¿Cómo entiende esta esquizofrenia que tenemos los argentinos de sublimar y después esconder nuestra historia? ¿Cómo explica estas contradicciones permanentes?
Tendríamos que hacer un seminario sobre esta problemática porque es larguísima. Pero es la falta de democratización que tenemos. Fuimos gobernados por dos partidos políticos y tuvimos 14 golpes militares. Es decir, jamás el pueblo salió a la calle o fue incitado a defender la democracia. Ninguno de nuestros presidentes elegidos por el pueblo fueron capaces de defender la casa de gobierno. No tenemos el ejemplo de Salvador Allende, en Chile, que prefirió morir para defender ese símbolo. Nuestros presidentes huyeron todos, algunos en forma patética. Además, nunca se sabe qué programa tienen nuestros presidentes. Por ejemplo, se elige al peronismo y uno de sus presidentes hace el programa económico más liberal de la historia del mundo, el señor Menem. Ni que hubiera sido un liberal inglés del siglo pasado. O los radicales, que suben y no se sabe que van a hacer. ¿Qué es lo que buscaba De la Rúa? Un presidente que cambió de ministro de economía y terminó llamándolo a Cavallo. En este país no votamos un programa, votamos gente, votamos slongans. Por ejemplo en la última elección a jefe de gobierno en Buenos Aires había un afiche de Patricia Bulrich que decía: "Te quiero país". Sí Patricia, todos queremos al país, pero ¿qué proponés?
A pesar de todos los golpes militares que hemos tenido, el último lo dice todo, las democracias no fueron capaces de votar una ley que la defienda. Uriburu tiene un monumento colosal en Balcarce. Uriburu, el primer golpista de la argentina. ¿Cuántos gobiernos peronistas y radicales tuvo la ciudad de Balcarce luego de Uriburu? Nadie se atrevió a tocarlo. Claro, hay que mirar adelante no hacia atrás. ¿Cómo en un país un señor Bussi luego de ser un dictador asesino puede presentarse tranquilamente en la democracia y ser elegido por el pueblo? En qué país ocurren estas cosas. Yo traje la experiencia de los alemanes, porque estudié allá en la post guerra, en relación al castigo que sufrieron los criminales nazis. Acá no pasa nada. Deberíamos tener una ley en defensa a la democracia que sostenga que todo general o coronel que hace un golpe de estado sea condenado a prisión perpetua y con sus bienes pague los daños que ha cometido. No, aquí todo sigue igual, Acuérdense de Onganía, siguió siendo general y pretendió presentarse a una elección. Y recuerden también los partidos políticos que colaboraron con la dictadura, por ejemplo Mon Roy con Lanusse, que era el mejor hombre de Balbín. Todo esto hay que revisarlo. Acá ustedes me permiten hablar, pero en otras radios me preguntan: "¿Cómo es la vida en Alemania?"
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