InicioInfoFrases y su Origen

Seguramente te debe pasar como a mi, a veces repetimos frases que sabemos que queremos decir pero no sabemos su cierto origen y/o procedencia e aqui un par de frases y su verdadero origen.

NO ENTENDER NI JOTA

La jota fue por mucho tiempo la Cenicienta de la letras. Y continúa siendo, a veces, el equivalente de lo ínfimo. Ya el Evangelio registra esa condición: “Hasta que perezcan el Cielo y la tierra”, se asegura allí, “ni una jota ni un ápice serán quitados de la ley...”. El texto alude a la yod, la más pequeña del alfabeto hebreo. Apenas un palito, que los romanos hicieron crecer; para que sonar como consonante le agregaban una colita que con el tiempo se convirtió en el “rulo” inferior que hoy lleva. Se tardó siglos en reconocerle un lugar en el abecedario español, tanto que durante una larga época se lo recitaba pasando directamente de la i a la k. Hoy la jota figura a la par de las demás. Pero el dicho subsiste. Para dar a entender que no entendemos nada.

ESTAR EN BABIA



Babia es un territorio montañoso situado al noroeste de España, en la provincia de León. Allá por los siglos XI o XII, cuando León era un reino, los monarcas tenían en ese sitio su residencia de descanso, a la que habían dotado de todos los lujos y comodidades introducidos por los árabes en la Península: baños, fuentes, espléndidos jardines. Cuando la Corona corría peligro o querían evitar asuntos fatidiosos, los reyes se refugiaban allí para recrearse y gozar del clima y el paisaje. A los súbditos que acudían a la Corte con alguna demanda, los servidores reales tenían orden de contestarles: “Los reyes están en Babia”. De donde el dicho pasó a cobrar el significado de vivir en las nubes, de ser un distraído.

CABEZA DE TURCO



Al promediar el siglo XVII, y durante largo tiempo. la moda de lo turco se apoderó de buena parte de Europa. El café a la turca, los divanes (llamados otomanas en Occidente), las pinturas con sultanes y odaliscas invadieron los salones. Personajes de ese origen eran presencia habitual en las farsas, como ocurre en algunas de las que escribió Moliere. También los vieneses se dejaron ganar por esa influencia y crearon una masa cuya forma imita el símbolo de Turquía y que hasta hoy se llama medialuna (croissant, en francés); una manera algo burlona de celebrar un triunfo sobre los otomanos a las puertas de Viena. La expresión “ser cabeza de turco” (servir de tête de turc) nació en Francia y pronto se difundió en España y América. Proviene de las ferias de diversiones y se debe a los juegos de tiro al muñeco. En ellos nunca faltaba alguna vestido de turco: quien lo descabezaba o le volteaba el fez rojo ganaba un premio. Hoy, hacer de alguien la cabeza de turco es endilgarle la culpa de otros. Una cabeza fácil de arrancar y que siempre viene bien para no perder la propia.

EL CHIVO EMISARIO "expiatorio"



La Biblia nos cuenta cómo en el día del Perdón los antiguos judíos se descargaban de todos los pecados cometidos durante el año. Cada población escogía un macho cabrío como portador de sus faltas. En medio de plegarias e imprecaciones éste era llevado al borde del desierto, en el que un demonio llamado Azazel se apropiaba, junto con la cabra, de la culpas colectivas. Al volver al templo, el encargado de conducirla cambiaba sus ropas por otras de lino blanco como signo de purificación. La expresión chivo emisario -a veces llamado también chivo expiatorio- se aplica hoy a la persona o al grupo humano que otros eligen para endilgarle sus propias culpas. Aunque el “chivo” designado resulte tan inocente como en animalito bíblico.

ESTAR EN CAPILLA



Hace quince siglos, un trozo de capa (capella, en latín) dió orígen a esta frase. La prenda pertenecía a un soldado llamado Martín, nacido en Europa Central en el año 330. Se hallaba con las legiones romanas asentadas en Galia, cuando un día de pleno invierno le salió al paso un mendigo semidesnudo. Martín partió en dos su capote militar y le cedió la mitad. Esa noche vio en sueños a Jesús llevando la media capa. La visión lo indujo a abrazar la fe católica y tomar los hábitos. El ex soldado llegó a obispo. Fue canonizado como San Martín de Tours, y su trozo de capa fue conservado como reliquiea en un santuario erigido a tal fin. El sitio, que fue la primera capilla, da nombre ahora a muchos oratorios que no alcanzan la jerarquía de iglesia. O bien, a ciertas iglesias que se alzan en instituciones o lugares privados y que por lo general son muy pequeñas. La expresión "estar en capilla" nació en las prisiones y se aplica al reo en la noche que precede a su ejecución. Vale también para cualquiera que se halla a punto de afrontar un trance difícil pues se halla pendiente del destino y a merced de sus ruegos como el condenado a muerte en la capilla. Tanto está en capilla el estudiante en vísperas de un exámen, como el equipo de fútbol que se concentra para un partido importante.

ESTAR EN LA LUNA DE VALENCIA



Como muchas ciudades de la Edad Media, Valencia estaba rodeada por una muralla en cuya parte exterior había emplazada una fortificación en semicírculo, conocida como luna en términos militares. Al caer el sol, las puertas de la ciudad quedaban cerradas y quien llegaba después debía pasar la noche fuera de ella. No le quedaba otro refugio que el de ese bastión. "Quedarse (o estar) en la luna de Valencia" se convirtió así en equivalente de quedar chasqueado, sin poder cumplir un determinado propósito, con la consiguiente desorientación que ello supone. Existe otra versión del dicho, relacionada con el puerto valenciano. Por la precariedad de su muelle, los barcos debían esperar a que la marea les resultara favorable, lo que sucedía de acuerdo con el régimen lunar. Quien se hallaba en esa situación flotaba in rumbo hasta que las condiciones fueran apropiadas. Estaba pues sujeto a la luna de Valencia. Una vieja copla popular recoge la frase, sin aclara su orígen: "Me diste cite y, ¡cuidado! / te aguardé con impaciencia / la noche entera he pasado / en la luna de Valencia".

HABLAR POR BOCA DE GANSO



Cuando un ganso grita, todos los demás se pliegan al barullo; pero no es esa manía la que originó el dicho. Hace tiempo se daba también el nombre de "ganso" a la persona que se desempeñaba como ayo o preceptor. El calificativo zoológico que se endilgaba al maestro nada tiene que ver con las gansadas que podía cometer, se debía a la pluma con que escribía y enseñaba a escribir. Era, como se estilaba entonces, una pluma de ganso. El buen alumno era el que repetía dócilmente lo que su ganso afirmaba. Con el tiempo, el sentido de la frase cambió ligeramente. "Hablar por boca de ganso" equivale a repetir algo de cuya constancia se carece. Quien así habla suele hacerlo con pedantería, respaldándose en el conocimiento de algún otro. No verifica lo que ha oído, ni lo piensa, ni lo critica. Simplemente, habla. Y por boca de ganso.

METER LA MULA



Existen dos versiones que implican a este animal en el arte de la trampa. La primera nació de la treta, aún vigente en el norte argentino, de utilizar la mula para burlar las fronteras. Con ese fin, se la carga con la mercadería que se quiere pasar y, convenientemente adiestrada, la mula toma un sendero alejado de los puestos aduaneros, para reunirse después con su dueño en el lugar que ha aprendido. Las "mulas mensajeras" suelen cruzar en tropilla, de modo que el contrabando es por lo general importante. Por su parte, José Gobello da otra explicación en su Nuevo diccionario lunfardo. Afirma allí que "meter la mula" se originó en un engaño que se cometía al pesar los carros de leña. Mientras distraía al comprador el carrero hacía que uno de los animales enganchados gravitase en la plataforma de pesaje, sumando así kilos que no eran de leña sino de "mula". Cualquiera sea el orígen de la frase, lo cierto es que por culpa de ella, la hija del burro y de la yegua tiene que soportar también la carga de ser la viva imágen de la mentira local.

SEMBRAR CIZAÑA



La rivalidad y el rencor, la mala fe y la desconfianza recíporca componen la parte envenenada de las relaciones humanas. En una transparente parábola del Evangelio según San Mateo, Cristo la comparó a la rivalidad con la cizaña. Esa planta, que puede crecer junto al centeno y otras gramíneas, contiene una sustancia muy tóxica que al pasar a la harina causa la muerte de quienes comen el pan hecho con ella. No era raro en otros tiempos que la cizaña fuera sembrada furtivamente por algún enemigo, de allí la preocupación de los dueños de campos por arrancarla antes de la cosecha. Grano y cizaña quedaron así como metáforas para referirse a lo bueno y lo dañino, a las intenciones sanas y a los propósitos perversos. Hoy el sentido corriente de "sembrar cizaña" es el de poner a unos contra otros. Tal vocación por enfrentar y dividir dio lugar a un adjetivo que nada tiene que ver con las plantas: a quienes van por el mundo multiplicando enemistades se los califica, con razón, de cizañeros o cizañosos. Son, en otras palabras, los agricultores de la discordia.


EL MAESTRO CIRUELA



Decimos que alguien es un “maestro ciruela” cuando se empeña en dar a todos lecciones sobre asuntos que conoce poco y mal. La expresión, que viene muy bien para etiquetar pedantes, nada nos informa acerca del maestro ciruela, salvo que “quiere enseñar y no tiene escuela”. En realidad, la frase original no guarda ninguna relación con el ciruelo. Se refiere al pueblo de Siruela, una localidad de Extremadura (España), situada a unos doscientos kilómetros de la ciudad de Badajoz. Ninguno de los trescientos mil siruelenses que hoy la habitan sabe algo acerca de las tribulaciones del personaje. Si fue la falta de edificio escolar o un conflicto docente ocurrido hace siglos lo que lo dejó pegado al dicho. Lo cierto es que el maestro Ciruela -como se lo llamó después- ha quedado como el prototipo del sabelotodo que no sabe nada. Como el inmerecido portador de un apelativo frutal. Como un fantasma extremeño que anda por el mundo tiza en mano a la busca de un lugar con pizarrón.

QUIEN SE FUE A SEVILLA PERDIÓ SU SILLA.



En el siglo XVI, el arzobispo de Sevilla cambió su puesto a su sobrino, arzobispo de Santiago, que era incapaz de dominar la ciudad gallega.
Cuando quiso volver a su tierra, el sobrino se negó a cederle su puesto.


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