Desde que estrené mi soltería, allá por enero, una de las cosas que más me preocupaba era cómo volver a ser un tipo divertido. Sí, las rutinas, la vida, el terrible acomodamiento de estudio, trabajo sofá me habían convencido a mí mismo de que una de las razones de mi fracaso era que me había vuelto aburrido. Ya ven, uno que, de pronto, descubre que es algo que nunca pensó. Así, desde el primer día de mi soltería decidí que debía ser el que algún día fui: un tipo divertido.
Ingenuo que es uno, comencé a tratar de animarme con la música. Que si un poco de Jarabe de Palo con canciones de buen rollo, una pizca de reagge y cosas por el estilo. Sí, me animaban y me hacían venirme arriba, sobre todo en los días soleados. No así en los nublados, ya que me entristecían hasta deprimirme por mucho Bob Marely o incluso Carlinhos Brown que hubiera en mis oídos.
Visto que la música no valía siempre y sólo me hacía venirme en según qué condiciones atmosféricas, decidí empezar a probar la noche con asiduidad. Salir por las noches, reencontrarme con la canallesca, el vivir más de noche que de día. Sí, funcionaba, por las noches me olvidaba de todo y me convertía en un tipo realmente divertido, con el que no costaba reír. Pero, los días de resaca eran deprimentes, los biorritmos se me venían abajo y me encerraba en mí mismo, cayendo en errores propiciados por una descabellada nostalgia.
El siguiente paso no sé si fue un error o no. Pero recordé que en mi trabajo siempre había sido un tipo simpático dicharachero, sonriente, muy hablador. Así que decidí que era hora de pasar algo más de tiempo en la redacción. Y sí, rediós, era divertido, para mí y para todos. Siempre hay un pero y en este caso el problema venía cuando salía de trabajar. Otra vez nostalgias, ensimismado en mi propia desgracia e imaginaria soledad. No, estaba visto que el trabajo no haría que yo y mi vida fuésemos más divertidos.
Decidí, entonces, que lo mejor eran unas vacaciones en la playa. El fin a todos mis problemas estaba allí, en el Mediterráneo, rodeado de tres amigos. Y volví a ser divertido. Sí, nos reímos mucho en ese viaje de Semana Santa, lo pasamos genial y creo que incluso afianzamos y retomamos viejas y buenas amistades que mis rutinas me habían apartado. Sin embargo las vacaciones tienen un defecto irremediable: se acaban. La vuelta volvió a ser deprimente y me devolvió a un estado de inestabilidad que creía ya olvidado.
Dado que ni la música, ni la noche, ni el trabajo, ni las vacaciones me harían más divertido decidí probar una vieja y sana afición: una mujer. Un clavo saca otro clavo y todas esas cosas que te dicen al finalizar una relación larga. Pero, a pesar de que lo pasé bien, no, tampoco era la solución a mi falta de diversión exterior. Seguía sin ser el tipo divertido que antaño fui y que había logrado muchas cosas gracias a ese carácter.
Visto que eran demasiadas las cosas que había probado, empecé a preocuparme y a pensar que aquello no tenía solución. Sería aburrido hasta el fin de mis días. Nunca más nadie podría conversar conmigo y reírse durante demasiado tiempo. Notaba que mis viejos y malos chistes ya no me salían. Que había perdido (ejem) la chispa. Y cuando estaba a punto de darme por vencido, llegó. Volví a ser un tipo divertido. Casualidad o no, llegó al mismo tiempo que otra situación extraña. Volví a ser un tipo divertido una noche en la que decidí abrir una botella de Rioja y ser libre, yo mismo. El mismo día que todo me empezó a dar igual. El mismo día que eché la vista unos meses atrás y comencé a reírme. A reírme de mí mismo y de mis errores. Así que ya saben, si quieren ser gente divertida, que contagie, que viva en una cierta situación de buen rollo, que no les cueste acercarse a alguien por miedo a que salga corriendo, sólo hay una solución. Ríanse de sí mismos. Y luego ríanse de todo. Y la vida les sonreirá.
Ah, lo olvidaba. Ahora sí. La música, las noches, el trabajo, las vacaciones y las mujeres suman y contribuyen a todo esto. Tan sólo había que comenzar por solucionarme a mí mismo. Ya ven.
Ingenuo que es uno, comencé a tratar de animarme con la música. Que si un poco de Jarabe de Palo con canciones de buen rollo, una pizca de reagge y cosas por el estilo. Sí, me animaban y me hacían venirme arriba, sobre todo en los días soleados. No así en los nublados, ya que me entristecían hasta deprimirme por mucho Bob Marely o incluso Carlinhos Brown que hubiera en mis oídos.
Visto que la música no valía siempre y sólo me hacía venirme en según qué condiciones atmosféricas, decidí empezar a probar la noche con asiduidad. Salir por las noches, reencontrarme con la canallesca, el vivir más de noche que de día. Sí, funcionaba, por las noches me olvidaba de todo y me convertía en un tipo realmente divertido, con el que no costaba reír. Pero, los días de resaca eran deprimentes, los biorritmos se me venían abajo y me encerraba en mí mismo, cayendo en errores propiciados por una descabellada nostalgia.
El siguiente paso no sé si fue un error o no. Pero recordé que en mi trabajo siempre había sido un tipo simpático dicharachero, sonriente, muy hablador. Así que decidí que era hora de pasar algo más de tiempo en la redacción. Y sí, rediós, era divertido, para mí y para todos. Siempre hay un pero y en este caso el problema venía cuando salía de trabajar. Otra vez nostalgias, ensimismado en mi propia desgracia e imaginaria soledad. No, estaba visto que el trabajo no haría que yo y mi vida fuésemos más divertidos.
Decidí, entonces, que lo mejor eran unas vacaciones en la playa. El fin a todos mis problemas estaba allí, en el Mediterráneo, rodeado de tres amigos. Y volví a ser divertido. Sí, nos reímos mucho en ese viaje de Semana Santa, lo pasamos genial y creo que incluso afianzamos y retomamos viejas y buenas amistades que mis rutinas me habían apartado. Sin embargo las vacaciones tienen un defecto irremediable: se acaban. La vuelta volvió a ser deprimente y me devolvió a un estado de inestabilidad que creía ya olvidado.
Dado que ni la música, ni la noche, ni el trabajo, ni las vacaciones me harían más divertido decidí probar una vieja y sana afición: una mujer. Un clavo saca otro clavo y todas esas cosas que te dicen al finalizar una relación larga. Pero, a pesar de que lo pasé bien, no, tampoco era la solución a mi falta de diversión exterior. Seguía sin ser el tipo divertido que antaño fui y que había logrado muchas cosas gracias a ese carácter.
Visto que eran demasiadas las cosas que había probado, empecé a preocuparme y a pensar que aquello no tenía solución. Sería aburrido hasta el fin de mis días. Nunca más nadie podría conversar conmigo y reírse durante demasiado tiempo. Notaba que mis viejos y malos chistes ya no me salían. Que había perdido (ejem) la chispa. Y cuando estaba a punto de darme por vencido, llegó. Volví a ser un tipo divertido. Casualidad o no, llegó al mismo tiempo que otra situación extraña. Volví a ser un tipo divertido una noche en la que decidí abrir una botella de Rioja y ser libre, yo mismo. El mismo día que todo me empezó a dar igual. El mismo día que eché la vista unos meses atrás y comencé a reírme. A reírme de mí mismo y de mis errores. Así que ya saben, si quieren ser gente divertida, que contagie, que viva en una cierta situación de buen rollo, que no les cueste acercarse a alguien por miedo a que salga corriendo, sólo hay una solución. Ríanse de sí mismos. Y luego ríanse de todo. Y la vida les sonreirá.
Ah, lo olvidaba. Ahora sí. La música, las noches, el trabajo, las vacaciones y las mujeres suman y contribuyen a todo esto. Tan sólo había que comenzar por solucionarme a mí mismo. Ya ven.
despues de hacer esto quedaran asi

Ah asi 








