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Vito Dumas y Sus Cuarenta Bramadores

Info11/16/2010
Fue navegante, deportista y un auténtico aventurero. Es también el primer navegante solitario en recibir The Slocum Award. Su historia, digna de conocer. Vito Dumas fue un auténtico aventurero, navegante y deportista. Vito Dumas sabía sobre las enormes dificultades que prometía su singular aventura: cientos de cartas náuticas, bitácoras, testimonios, experiencias propias y ajenas estaban ahí cerca para decírselo con esa cruda soberbia que cargan aquellas cosas que uno toma como verdad absoluta. Sin embargo, no fueron determinantes a la hora de tomar la decisión más arriesgada de su vida: ser la primera persona en dar la vuelta al mundo, solo, en un pequeño velero de 9,5 metros de eslora (largo) por la ruta más peligrosa, llamada “Los Cuarenta Bramadores” –nombre que recibió tanto en honor al paralelo que la determina como a la ferocidad de los vientos allí reinantes. Qué es lo que pasa por la mente de un hombre que decide emprender semejante periplo en la década del '40, época en donde los elementos de navegación no iban más allá de una brújula y un sextante, en donde imaginar algo parecido a un GPS hubiera sido la elaboración de alguna mente insana o fantasiosa, sólo puede ser entendido por aquellos que no le temen a la posible muerte que implican ciertas aventuras. Y tal vez es por ese motivo que suena tan lejana e imposible su explicación: “La juventud necesita un ejemplo”. Con esas simples palabras Dumas nos aclaró el motivo que lo llevó a dejarlo todo para embarcarse, literalmente, en un viaje casi imposible: sintió que podía estampar su hazaña con un mensaje valioso, dedicado exclusivamente a esa juventud argentina que debía tener siempre presente que las cosas más importantes en la vida siempre sólo se consiguen con esfuerzo y confianza en uno mismo. Su empresa lo convirtió en pionero, en héroe, en uno de los deportistas más destacados no sólo de la Argentina, sino del todo el mundo. Adicto a la aventura Nació en el barrio de Palermo un 26 de septiembre de 1900. El deporte siempre lo atrajo: el boxeo, la natación y atletismo modelaron su cuerpo para resistir los más duros embates. Ya con la idea de aventura en su cabeza, a los 30 años viajó a Francia para cruzar a nado el Canal de la Mancha. Su idea quedó trunca por un imprevisto económico. Solo pero todavía con ganas de experimentar una alta dosis de adrenalina, decidió invertir todo lo que tenía en la compra de un pequeño y ruinoso velero en el cual no cabía parado. Lo llamó Legh y con él volvió de Francia, luego de atravesar el tempestuoso invierno europeo. Sus conocimientos náuticos, dicen los que lo conocieron, se basaron más en su actitud autodidacta que en sus prácticas sobre las oscuras aguas del Río de la Plata. Y así llegó a nuestras costas en abril de 1932. Su portentosa hazaña hizo eco en el mundo. Estados Unidos lo distinguió, sin dudarlo, con el premio de la Slocum Society por el hecho de haber realizado su viaje en solitario. A esta “locura” le seguirían otras. Dumas había declarado que se alejaría de los mares para dedicarse a las tareas que demandaban los campos y la hacienda, pero su corazón no le permitió semejante dislate: él era -ante todo- un marino en busca de lo irrealizable. Se hizo construir un velero al que llamó Legh II. Éste fue su fiel compañero, un amigo de madera y tela con el que compartió sus momentos más duros y también los más felices. Un día se encontraba navegando cuando lo sorprendió un fuerte Pampero; los vientos lo atacaron con tal ferocidad que su velero dio una “vuelta campana”, es decir, giró 360 grados con él adentro. Pero el Legh II no sufrió daño alguno, hecho determinante para Dumas: había encontrado la embarcación perfecta para su nueva aventura. Proa hacia el este Planificó su vuelta al mundo por el paralelo 40 durante diez años. Como vimos, no le faltaba experiencia en los mares, pero esto era diferente ya que ningún otro marinero había realizado ese viaje por esa ruta en solitario. Los vientos que soplan por esas latitudes son los más peligrosos; ellos se llevaron las vidas de cientos de aventureros que, al igual que Dumas, habían pensado en desafiar su poder. Mientras el mundo se envenenaba con bombas y genocidios él pensaba en darle un ejemplo a la juventud. Partió el 27 de junio de 1942. Declaró “He iniciado mi viaje hacia el continente africano (su primera parada); conoceré el terrible efecto de los “Cuarenta Bramadores”. Es la primera vez que un hombre solo se arriesga a navegar a esa latitud. ¿Qué me depara el mañana? Por de pronto, sé que todo mi mundo y mi seguridad reside en estas maderas que me cobijan”. Quiso una aventura y eso fue lo que tuvo. La cantidad de problemas y periplos que sorteó para quedar por siempre en la historia de la náutica hacen que no se entienda por qué todavía no se realizó una película basada en su hazaña. Podemos nombrar, por ejemplo, que ya en el Atlántico su barco comenzó a filtrar agua. Apurado por detener el problema, un martillazo terminó sobre su mano. La infección no tardó en invadir el miembro, hecho que le complicó el desarrollo de las tareas diarias. Con el velero llenándose de agua, en el medio del océano, sin comunicación ni ayuda, la fiebre y el olor a descomposición le indicaron que algo estaba muy mal. Agarrando la misma seguridad con la que había decidido esta empresa, planeó cortarse el brazo afectado en la mañana siguiente. El hacha estaba lista; su aventura por terminar. Antes de dormir le rezó a la Virgen. Al otro día varias heridas comenzaron a escupir pus y lentamente su brazo recobró la vida. Su proa siguió apuntando hacia el este. En el Índico todo se complicó. Tuvo que sortear la persecución de enormes trombas marinas y tormentas con olas de 17 metros, situación que alternaba con la atroz calma que a veces le regalaba el océano:“Es menester que los nervios estén normales para mantenerse sin sufrir un grave trastorno mental. La enorme quietud implica diez días de absoluta calma, donde el odio no percibe sonido alguno ni tenue eco”. El Pacífico, lejos de honrar su nombre, puso su asombro al límite: una mañana notó que el Legh II había chocado contra algo. Le costó salir de su estremecimiento al notar que lo que había impactado era el lomo de una ballena dormida a su lado. Asimismo, en cada parada que hacía le iba comunicando a un mundo expectante por sus noticias los detalles de su rumbo. Llegó al Cabo de Hornos luego de cientos de días de navegación; era la última etapa, pero también la más difícil. Lo atravesó, entre témpanos y frío, como sólo él sabía: con coraje y confianza. Arribó a Buenos Aires el 8 de agosto de 1943. Llegó cansado, al límite de todo, pero como un héroe. Los recibimos con sirenas, aplausos y lágrimas. Su Legh II fue expuesto en el Luna Park y su nombre volvió a dar la vuelta al mundo. Vito Dumas venció tres océanos completamente solo. Hizo lo que nadie se animó a hacer. La historia de nuestro país, a veces tan injusta con nuestros precursores, lo dejó en el olvido. Pero rescatarlo depende de nosotros. Lo que acá se narra es acaso un escasísimo resumen de su éxito; sus aventuras siguen vivas en su libro “Los Cuarenta Bramadores”, parada ineludible para todo adicto a la emoción. En la actualidad su entrañable Legh II se encuentra en el Museo Naval Argentino, ubicado en Tigre, Provincia de Buenos Aires. Apreciar sus escasas dimensiones en vivo podría darnos, acaso, una leve impresión de lo que habrá sentido el corazón de este solitario hombre mientras realizaba eso que lo convirtió en un ícono del deporte nacional. Fuente
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