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El nacimiento de la URSS (I)

Info5/26/2010


Es curioso señalar que la fecha octubre, inmortalizada por la épica revolucionara y título de la película del gran Sergei Eisenstein que define el comienzo de la Revolución Rusa en la toma del Palacio de Invierno de Petrogrado (San Petesburgo) por los bolcheviques, corresponde en realidad al 7 de noviembre. En la Rusia zarista de 1917 el 25 de octubre del calendario juliano oriental, entonces vigente y después abolido por la revolución el 1º de febrero de 1918, corresponde al 7 de noviembre de nuestro calendario gregoriano.

A comienzos del siglo XX Rusia vivió una serie de dificultades económicas que empujaron al Estado zarista a una lucha por el control del Pacífico, posible solución para colocar los productos y pagar créditos adeudados a franceses y belgas, por ejemplo, para el fomento de la industrialización. Tratando de evitar la expansión rusa en su zona de influencia, Japón le declaró la guerra y puso al gigantesco país en una crisis profunda, provocando desilusión, penuria y sobre todo hambre. En estas circunstancias, los partidos opositores al zar organizaron en 1905 una revolución, que no triunfó, pero que ensayó modelos de actuación para el futuro. Las tropas del zar pudieron someter a los revolucionarios que se habían organizado en comités de obreros y soldados en las grandes ciudades, que se denominaron Soviets, y que serían un sistema de organización de gran trascendencia años más tarde. Por otro lado, el zar no tuvo más remedio que demostrar su voluntad reformadora creando una asamblea consultiva, la Duma, en la que se pusieron esperanzas de que se terminara estableciendo una Constitución.

En 1914 estalló la guerra mundial y Rusia participó junto a británicos y franceses. Su papel, desde el comienzo, fue desdichado, por lo que se comenzaron a surgir críticas a la política rusa, que se sumaron a las manifestaciones por la carestía de productos de primera necesidad y las continuas levas.

Previamente al estallido revolucionario, el zar había disuelto la Duma, pero en febrero de 1917, los soviets y la prensa empujaron al pueblo a la toma del Palacio de Invierno, residencia del zar, con el apoyo de parte del ejército. El zar Nicolás II tomó la decisión de abdicar en el príncipe Lvov, que comenzó a gobernar con representantes de la Duma. Poco después Lvov fue sustituido por el socialista Kerenski, que formó un gobierno provisional en el que tomaron parte moderados y mencheviques, y quedaron excluidos los radicales y los bolcheviques. Las decisiones más importantes de este momento fueron la de seguir los pactos establecidos con Francia e Inglaterra, por lo que Rusia continuaba con sus compromisos en la Guerra Mundial; asimismo, comenzaron las reuniones para la formación de una asamblea constituyente.

Los problemas se fueron sucediendo y los soviets se convirtieron en un verdadero gobierno paralelo, que no reconocía las leyes del gobierno provisional como legítimas. Se pedía la solución de los problemas de los campesinos, se fomentaba la ocupación de las tierras, y se exigía a los empresarios mejoras laborales. Es en este momento cuando Lenin escribió las Tesis de abril en las que propone una fase nueva para la revolución, que se resume en la consigna "Paz, tierra y todo el poder a los soviets".

Las condiciones del gobierno de Kerenski cada vez eran más delicadas, puesto que los militares zaristas trataron de recuperar el poder. En este contexto se produjo el golpe de estado del general Kornilov, abortado por el gobierno, pero que tuvo una consecuencia gravísima, puesto que los bolcheviques a partir de entonces controlaron totalmente los soviets.

En octubre se reunieron los bolcheviques en un congreso, en el que se preparó la insurrección definitiva. Dirigidos por Vladimir Illich Ulianov Lenin, León Bronstein Trotski (presidente del soviet de Petrogrado) y Iósiv Vissariónovich Dzhugachvili Stalin, tomaron el Palacio de Invierno y destituyeron al gobierno provisional. Se estableció un Gobierno de Comisarios del Pueblo, dirigido por Lenin, que gobernó sobre los diferentes soviets. Trotski ocupó el puesto de Ministro de Asuntos Exteriores. Desde este puesto estableció las negociaciones con Alemania para lograr la paz.

Las primeras medidas del nuevo gobierno se resumían en la necesidad de lograr la paz, que fue negociada y firmada finalmente en Brest-Litovs. Rusia, según este documento, abandonaba la guerra y cedía parte de su territorio, ya que consideraba prioritario salvar la revolución antes que preservar la integridad territorial. Otras medidas del nuevo gobierno fueron la firma de decretos sobre la tierra que pusieron fin a la gran propiedad; las fábricas fueron controladas por los obreros; se nacionalizaron los bancos, y se organizaron elecciones para elegir una asamblea constituyente.
Las elecciones que se celebraron fueron un fracaso para los bolcheviques, por lo que éstos decidieron anularlas y redactar el propio gobierno una constitución: La Constitución de 1918. Por ella se establecía la separación del poder ejecutivo y el legislativo, a través de los siguientes órganos: Congreso de los Soviets, Comité Central o Soviet Supremo y Presidium o comisarios del pueblo. Tras la aprobación de la Constitución se iniciaba una etapa conocida como Comunismo de Guerra, puesto que se vivía una guerra civil que no terminó hasta 1921, ya que los opositores contaron con el apoyo de las tropas de los países occidentales. Fue en esta época cuando se creó el Ejército Rojo organizado por Trotski. Un año más tarde, en diciembre de 1922, se organiza una nueva forma de gobierno, la dictadura del proletariado, y Rusia adopta el nombre de Unión de República Socialistas Soviéticas.

Sobre cualquier otra consideración, primero debemos decir que la revolución de octubre verdaderamente cambió la historia.

El fin de la Unión Soviética
El proceso de reformas iniciado en 1985 precipitó una dinámica que terminó llevándose por delante la propia existencia del estado fundado por Lenin. En medio de una profunda crisis económica, con una población gracias a la Glasnost (transparencia) cada vez más consciente de la realidad que había caracterizado la existencia de la URSS, el nacionalismo vino a actuar como factor incontenible de disgregación del estado soviético.

El movimiento centrífugo se inició en las repúblicas bálticas, que durante el otoño de 1989 dejaron claro su intención de romper los lazos con un estado al que se habían unido a consecuencias del Pacto Molotov-Von Ribbentrop en 1939 y no por voluntad propia. Paralelamente el nacionalismo aparecía en las repúblicas caucásicas, azuzado por el enfrentamiento entre armenios y azeríes en Nagorno-Karabaj en 1988.

Cuando en febrero de 1990, Gorbachov dio un paso adelante en su perestroika renunciando al monopolio político del PCUS y convocando elecciones parcialmente pluralistas, se encontró con que en Lituania, Letonia, Estonia y Moldavia ganaban las fuerzas políticas independentistas. Lituania declaró inmediatamente su independencia, sentando un precedente para las demás repúblicas.
La desintegración de la URSS no vino, sin embargo, motivada por las reivindicaciones de los pequeños pueblos bálticos. El movimiento que definitivamente derrumbó la URSS vino precisamente de Rusia, la nación que había construido el imperio zarista, geopolíticamente antecesor del estado soviético. En mayo de 1990, Boris Yeltsin, quien había sido expulsado del PCUS en 1987, fue elegido presidente del Parlamento ruso. Desde esa posición de poder, Yeltsin impulsó medidas que precipitaron el fin de la Unión Soviética.

En julio de 1990, el XXVIII Congreso del PCUS constató la acelerada decadencia del partido que había aglutinado al estado soviética durante décadas. El propio ministro de asuntos exteriores Eduard Shevarnadze dimitió en diciembre de 1990 en protesta por lo que el veía como un inminente golpe de estado que devolvería al país a la época de Breznev.

Acorralado entre las fuerzas comunistas conservadoras que buscaban una vuelta atrás en el proceso de reformas y las fuerzas reformistas y nacionalistas, Gorbachov trató de negociar un nuevo Tratado de la Unión que reconstruyera sobre nuevas bases de mayor libertad nacional la antigua URSS. Sin embargo, los comunistas ortodoxos trataron de imponer una solución de fuerza, el 19 de agosto de 1991, Gorbachov era secuestrado en su residencia de veraneo en el Mar Negro y un grupo de comunistas de la línea dura se ponían al frente de un golpe militar. La falta de unidad en el ejército, las acciones de protestas callejeras en Moscú y el repudio internacional hicieron fracasar el golpe. Fue el momento de Borís Yeltsin, quién se puso al frente de la protesta contra el golpe en la capital del país.

El golpe militar frustrado fue como la señal de alarma que precipitó la huida precipitada de todas las repúblicas de una Unión Soviética que a nadie ya interesaba. Mientras el PCUS, el instrumento político que había aglutinado a la URSS, era prohibido.

El 1 de diciembre de 1991, el 90.3 % de los ucranianos votaron por la independencia. El 8 de ese mes, en una solución improvisada sobre la marcha, los líderes de Rusia, Ucrania y Bielorrusia, Borís Yeltsin, Leonid Kravchuk y Stanislav Shushkevich, se encontraron cerca de Brest-Litovsk y acordaron la denominada Declaración de Belovezhskaya Pusha: las tres repúblicas eslavas abandonaban la URSS y formaban una así llamada Confederación de Estados Independientes. El 21 de diciembre, en un encuentro celebrado Almá Atá, ocho de los doce repúblicas restantes de la URSS (Estonia, Letonia, Lituania y Moldavia habían optado por la independencia pura y simple) siguieron el ejemplo de Rusia, Ucrania y Bielorrusia.

Impotente y abandonado por casi todos, Gorbachov dimitió como Presidente de la URSS el día 25 de diciembre de 1991. La bandera roja soviética era arriada en el Kremlin de Moscú. La bandera rusa la sustituía. Rusia tomaba el relevo de la URSS en la escena internacional: las embajadas, el puesto permanente en el Consejo de Seguridad, el control del armamento nuclear soviético... Sin embargo, el mundo bipolar de la guerra fría había tocado a su fin. Anunciado por el presidente Bush (padre) a principios de 1991, nacía un "nuevo orden mundial".

El fin de la guerra fría

Las revoluciones de 1989 en la Europa oriental habían supuesto un acontecimiento histórico de múltiple resonancia. Por un lado, constituyeron el derrumbe de los estados socialistas construidos después de 1945, por otro, significaron la pérdida de la zona de influencia que la URSS había construido tras su victoria contra el nazismo: el Bloque Oriental, Europa del Este, el Pacto de Varsovia o lisa y llanamente el "imperio" soviético.

La guerra fría, el enfrentamiento que había marcado las relaciones internacionales desde el fin de la segunda guerra mundial, va a terminar de una forma que nadie se hubiera atrevido a pronosticar unos años antes, por el derrumbe y desintegración de uno de los contendientes. El fin de la guerra fría y la desaparición de la Unión Soviética son dos fenómenos paralelos que cambiaron radicalmente el mundo.

Los historiadores no se ponen de acuerdo en señalar el momento en el que la guerra fría concluyó. Veamos los principales acontecimientos diplomáticos que jalonaron los años 1989, 1990 y 1991:

Para muchos, la Cumbre de Malta entre el presidente norteamericano George Bush (padre) y Gorbachov marcó el fin de la guerra fría. Ambos líderes se reunieron en el buque Máximo Gorki fondeado en las costas de Malta el 2 y 3 de diciembre de 1989. Pocas semanas después de la caída del Muro de Berlín los dos mandatarios se reunieron para comentar los vertiginosos cambios que estaba viviendo Europa y proclamaron oficialmente el inicio de una "nueva era en las relaciones internacionales" y el fin de las tensiones que habían definido a la guerra fría. Bush afirmó su intención de ayudar a que la URSS se integrara en la comunidad internacional y pidió a los hombres de negocios norteamericanos que "ayudaran a Mijaíl Gorbachov". Este proclamó solemnemente que "el mundo terminaba una época de guerra fría (...) e iniciaba un período de paz prolongada".

Otros señalan que el fin del conflicto tuvo lugar el 21 de noviembre de 1990, cuando los EE.UU., la URSS y otros treinta estados participantes en la Conferencia para la Seguridad y la Cooperación en Europa firmaron la Carta de París, un documento que tenía como principal finalidad regular las relaciones internacionales tras el fin de la guerra fría. La Carta incluía un pacto de no agresión entre la OTAN y el Pacto de Varsovia. El presidente Bush manifestó tras firmar el documento: "Hemos cerrado un capítulo de la historia. La guerra fría ha terminado."

Sólo dos días antes se había firmado Tratado sobre Fuerzas Convencionales en Europa que suponía una fuerte reducción de tropas y armamento no nuclear en el continente. Tras entablar negociaciones en Viena en marzo de 1989, se llegó al acuerdo de que ambas superpotencias debían reducir sus tropas en Europa a 195.000 hombres cada una. Se partía de la presencia de 600.000 soldados soviéticos y 350.000 norteamericanos.
El 16 de enero de 1991 la coalición internacional dirigida por EE.UU. inició su ataque para desalojar a los invasores iraquíes de Kuwait. El apoyo soviético a las sanciones de la ONU que finalmente llevarían al desencadenamiento de la Guerra del Golfo fue acordado en la cumbre de Helsinki, celebrada el 9 de septiembre anterior entre Bush y Gorbachov. Este apoyo era un ejemplo palpable del fin del antagonismo y de la supremacía norteamericana.

El 1 de julio de 1991, tras las revoluciones de 1989 y en pleno proceso de descomposición del estados soviético, el "Tratado de amistad, cooperación y asistencia mutua" firmado en Varsovia en 1955, el Pacto de Varsovia, desapareció. La OTAN quedaba como la única gran alianza militar en el mundo.

Finalmente, el 31 de julio de 1991, Bush y Gorbachov firmaban en Moscú el Tratado START I de reducción de armas estratégicas. Este acuerdo fue rápidamente superado al año siguiente, el 16 de junio de 1992, por la firma de Bush y el nuevo líder ruso Yeltsin del Tratado START II. Los dos antiguos contendientes acordaron importantes reducciones en sus arsenales nucleares.

En un proceso enormemente rápido la URSS y los EE.UU. pusieron fin al largo enfrentamiento que habían iniciado tras el fin de la segunda guerra mundial El orden establecido en Yalta se derrumbó ante la mirada atónita del mundo en unos pocos meses.

Kiva Maidanik, un soviético guevarista crítico de Stalin
Conocí a Kiva Maidanik en 2005, en la inauguración de la Escuela de Formación Política Florestan Fernandes del Movimiento Sin Tierra (MST) de Brasil. Fue una auténtica sorpresa. No sabía que iba a estar allí. Me tocó compartir un viaje sin saber que era él… Nunca lo había visto en persona. En un momento pensé: "¿Este viejo canoso no será…?"

Cuando comenzamos a conversar, le planteé inmediatamente mis discrepancias y críticas. Hablamos de Mijaíl Gorvachov y del bluf que significó la Perestroika. Kiva había apostado, infructuosamente, a desestalinizar la Unión Soviética (URSS) de la mano de Gorvachov. Se había equivocado notablemente.

Nuestro diálogo comenzó por ahí. No tuvo ningún problema en reconocer sus errores. Pacientemente me fue explicando las razones de ese fracaso. También me relató los argumentos por los cuales no se quiso sumar al nuevo PC ruso. Terminante e indignado, afirmó: "Esos no son comunistas, son nacionalistas".

A lo largo de los días que duró la Escuela las conversaciones con Kiva continuaron. Cada una era más interesante y rica que la anterior. Lamento profundamente no haberlo grabado. Kiva exponía sus relatos con lujo de detalle y obsesión de artesano perfeccionista. De su rememoración emergían y fluían fechas, nombres, lugares, datos muy precisos que la memoria no alcanza a retener como una grabadora. Era cautivante y seductor. Tenía un humor muy fino y cáustico.

Yo venía cargando con todos los prejuicios en la espalda. Había leído desde hacía años sus libros, artículos y folletos, sabía que había pertenecido al partido soviético. Lo imaginaba como un burócrata moderno y aggiornado. Nada más lejos de la realidad. Incluso, por esos días, el compañero cubano Carlos Tablada Pérez me había solicitado un prólogo para su excelente y riguroso libro El pensamiento económico del Che. Al redactarlo incluí algunos apuntes sobre los debates ocurridos en la década del ‘80 en torno al Che. Allí criticaba a Kiva Maidanik. Afortunadamente el prólogo no había salido todavía de la imprenta. Al regresar a mi país, luego de conocer personalmente a este viejo revolucionario, decidí suprimir las críticas a Kiva. Simplemente las borré. Había sido injusto y Kiva, aun con sus limitaciones y falencias, no se las merecía.
En varias ocasiones a lo largo de la Escuela del MST Kiva nos contaba anécdotas, debates, confrontaciones, peleas y experiencias de lucha que no siempre han sido publicadas. Invariablemente las historias de Kiva giraban en torno a las rebeliones e insurgencias de América latina, su objeto de estudio, su gran pasión, el amor de sus amores.

Ante interlocutores mucho más jóvenes que él —donde convivían salvadoreños, cubanos, argentinos, nicaragüenses y brasileños; algunos ex comandantes guerrilleros, otros sacerdotes y la mayoría simples militantes de base—, Kiva nos atrapaba explicando las distintas posiciones que habían disputado al interior del equipo soviético. El papel nefasto de la burocracia. El lugar de la KGB (a la que pertenecía, dicho sea de paso, el único biógrafo de Guevara en idioma ruso) y cómo esta institución de inteligencia había reclutado a algunos dirigentes de PPCC de América Latina (él daba nombres y apellidos precisos); más preocupados en cumplir y hacer obedecer las directivas oficiales del Estado soviético que en hacer la revolución en América Latina.

Sus relatos e historias iban in crescendo y alcanzaban el clímax cuando se refería al Che y a Fidel. Kiva era un partidario de la revolución cubana y un guevarista convencido y genuino. Sus ojitos claros le brillaban y su sonrisa generosa se le ensanchaba de repente cuando rememoraba su encuentro personal con Guevara en los años ’60 y el modo en el cual el Che increpaba a los soviéticos por no priorizar la conciencia comunista.

Cuando le regalamos un libro nuestro sobre el pensamiento del Che, él nos entregó a cambio un libro suyo que lleva en la cubierta una foto donde se lo veía más joven junto al guerrillero argentino-cubano. Le explicamos que no entendíamos una palabra de ruso y se lo devolvimos. Con una nueva sonrisa, él insistió diciendo: "Ya encontrarás a alguien que te lo traduzca". A esta altura la URSS no existía más. No estaba actuando o simulando. Su guevarismo no era fingido ni impostado, sino genuino y sentido.

Pero él no se detenía en la admiración por el Che. A pesar de haber pertenecido al Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas-PCUS (que durante los años ’60 y siguientes se opuso a los destacamentos revolucionarios de América Latina en nombre de la "coexistencia pacífica" y una ilusoria "paz mundial" Kiva también defendía a la nueva izquierda revolucionaria latinoamericana, seguidora de las ideas de Guevara. La conocía de primera mano en cada uno de sus dirigentes. El viejo era una auténtica enciclopedia caminando.

Asimismo, en cada charla, nos daba información precisa de los funcionarios soviéticos que se habían encargado oficialmente de América latina y se habían opuesto con tenacidad a la lucha armada continental. En forma taxativa nos dijo: "Esos tipos no entendían nada", para luego agregar: "algunos de ellos ni siquiera sabían hablar el castellano. ¡No sabían nada de nada! ¡Eran unos carajitos [sic]!".

Probablemente, quien mejor haya definido a Kiva es Joao Pedro Stedile, dirigente del MST. Cuando en un momento Kiva no aparecía y le tocaba hablar en la Escuela ante una numerosa audiencia militante, Joao Pedro toma el micrófono y, con una ironía casi argentina, lo llama públicamente del siguiente modo: "¿Dónde está Kiva Maidanik, el compañero soviético que hace 50 años nos viene hablando mal de Stalin?". Seguramente esa fue y será la mejor definición de su pensamiento teórico y su personalidad política.

Lamentablemente, Kiva ya no está con nosotros. Acaba de fallecer. No obstante sus errores o limitaciones, Maidanik se esforzó por representar en su prolongada práctica militante el espíritu de continuidad internacionalista de la revolución bolchevique de 1917, del legado revolucionario de Lenin y sus compañeros, la herencia del heroico pueblo soviético que "invirtió" 20 (veinte) millones de muertos para derrotar a los nazis y que fue aplastado, reprimido o traicionado por diversas camadas de burócratas, oportunistas y mediocres funcionarios.

Querido compañero Kiva Maidanik ¡Hasta la victoria siempre!

La deconstrucción de la esperanza
La caída del muro de Berlin es a la vez línea y catástrofe imaginaria. Habermas se plantea si hay que aprender a fuerza de catástrofes cuando se enfrenta a la obligación de hacer un diagnóstico del siglo XX, convergente con el de Hobsbawn en La Era de los extremos: El corto siglo XX, 1917-1991. Si bien la caída del muro fue saludada como el inicio de una historia sin bipolarizaciones y sin chantajes atómicos, diez años después asistimos a algo parecido a una deconstrucción de lo tan difícilmente construido por la razón solidaria y humanista a lo largo de más de un siglo: la filosofía del desarme, la descolonización y la construcción del Estado social. Como si mediante la ingeniería genética el ave fénix del capitalismo se resignificara emergente de los cascotes del muro de Berlín, su antigua lógica reaparece maquillada de modernidad, justificando con la coartada de la globalización el desarrollo armamentista y el intervencionismo militar, las relaciones de dependencia fatales entre globalizadores y globalizados y la no función del Estado social, presentado como un lastre para la extensión de la red de poder económico y mediático que fijará un nuevo orden.
Una inteligentísima derecha que niega la división entre izquierdas y derechas, hegemoniza el discurso cultural mientras copa la parte sustancial de la red mediática global y deja la iniciativa programadora en manos de los centros de diseño económico, propiciando un economicismo determinista ciego ante el coste social y ecológico del crecimiento. Si bien el mercado aparece como el Gran Legitimador de lo bueno y lo malo y por lo tanto de lo necesario, el discurso se uniforma y se centraliza mediante la progresiva inculcación de pautas culturales regresivas en consonancia con el totalitarismo del pensamiento único neoliberal. En ocasiones se produce la aparente contradicción de que esa reforma neoliberal basada en la libertad de iniciativa frente al gregarismo estatalista debe apoyarse en un neoautoritarismo militarizado para cumplir sus objetivos de hegemonía, como ocurrió en el Chile de Pinochet. Los neoliberales tienen en Monte Peregrino su montaña sagrada, de la que descendió Hayeck en 1948 con las tablas de la ley antimarxistas y antikeynesianas, pero la derecha neoliberal autoritaria se ha apoderado del mensaje y lo ha convertido en los mandamientos canónicos de su proyecto histórico. El control economicista de la política ha dejado casi sin función a los políticos y tiende a convertir los Parlamentos nacional-estatales en simples teatros donde se desarrolla la dramaturgia de una democracia para profesionales.

Aunque al parecer el muro de Berlín sólo se desmoronó sobre el costillaje comunista, diez años después se constata la impotencia de respuesta por parte de otras izquierdas, la socialdemócrata la más importante. Al final de la década de la catarsis y la autocomplacencia, las propuestas de la Tercera Vía de Blair, Giddens y Shroeder son meros restos del naufragio keynesiano disfrazados de radicalidad de verbo y de propósitos, aunque el propio Giddens es consciente del riesgo y lo exorciza por el simple procedimiento de enunciarlo: "(...) la imagen sola no es suficiente. Debe haber algo sólido tras el montaje pues si no el público ve muy pronto lo que hay detrás de la apariencia. Si todo lo que el Nuevo Laborismo tuviera que ofrecer fuera astucia mediática, su permanencia en la escena política sería corta y su contribución a la revitalización de la socialdemocracia, limitada". La propia lógica interna de los aparatos de poder de la socialdemocracia real fuerza a ocupar el espacio del social-liberalismo para disputar la hegemonía al neoliberalismo puro y duro, pero en ningún momento de esos análisis emerge la idea de la alternativa realmente modificadora: se trata de paliar los efectos de los nuevos centros de poder factuales que al pertenecer a la galaxia de lo cosmopolita han perdido incluso el carácter inquietante que tuvieron las grandes potencias o la en otro tiempo llamada oligarquía monopolista. Sólo se asume lo lingüísticamente correcto.

Las izquierdas no reconocen enemigos, la Historia se ha quedado sin culpables, salvo en el caso de genocidas psicópatas. Nadie espera nada del futuro que no aporte la tecnología y la esperanza humanista emancipadora e igualitaria se convierte en espera no de lo bueno o lo malo, sino de lo inevitable. Es tan grave y tediosa la expectativa que será insoportable. Ésa es la gran esperanza.

El fracaso y el triunfo del neoliberalismo
El neoliberalismo coloca a nuestra sociedad frente a una gran paradoja. El neoliberalismo ha demostrado ser un rotundo fracaso en materia económica, pero al mismo tiempo su triunfo ideológico ha sido algo fenomenal, pocas veces visto en la historia de nuestras sociedades. Y creo que esta paradoja, esta combinación tan extraña entre fracaso económico y triunfo ideológico es lo que le da al fenómeno esta multiplicidad de características y sobretodo la dificultad de desarrollar una estrategia efectiva de ataque por parte de la de la izquierda.

¿Por qué fracaso económico?. El neoliberalismo no es una forma de desarrollo. No hay un sólo ejemplo en el mundo que atestigüe que con la forma neoliberal se puede pasar del subdesarrollo al desarrollo. Ningún país de los que hoy se han desarrollado lo hicieron siguiendo el modelo neoliberal. Uno podría decir: «Pero, ¿ y en América Latina?» Bueno tomemos en América Latina los tres o cuatro casos más importantes. El primer ensayo es el que se hizo en Chile del cual voy a hablar después; el segundo el de Bolivia, que ha fracasado rotundamente; en tercer lugar el caso mexicano. El presidente que fue el gran "modernizador" de ese México que entraba al NAFTA y de la mano de todos los ideólogos neoliberales proponía una reestructuración de la sociedad y la economía mexicana, hoy en día es prófugo internacional de la justicia, acusado por corrupción, y lo que es peor, presidió el derrumbe de la economía mexicana, un derrumbe calamitoso cuyo efectos, el famoso «efecto tequila» reverberaron en América Latina. No hay un sólo economista riguroso y competente que pueda afirmar hoy que la economía mexicana, después de doce años de reestructuración neoliberal, es una economía más sólida, más desarrollada, más competitiva, que produce mayores bienes y que ha garantizado el bienestar colectivo de los mexicanos. El experimento terminó en un fracaso rotundo. Recuerden que hace tres o cuatro años atrás las tapas de las principales revistas de la llamada «Comunidad Económica Internacional» frecuentemente mostraban el rostro sonriente de Salinas de Gortari, del Secretario de Hacienda Pedro Azpe como las grandes figuras del momento, los constructores del nuevo México. Hoy a esas personas hay que buscarlas en las páginas de Interpol y no por razones de corrupción sino porque el modelo se vino abajo, se derrumbó el peso mexicano y la economía mexicana está en una situación muy, muy mala. El caso argentino. Sabemos qué es lo que ha quedado de toda esta ilusión vendida por Cavallo y compañía. Cavallo decía siempre a sus críticos: «Estamos haciendo lo mismo que México», hasta que llegó el efecto tequila y dijo: «Argentina no es México». Hasta cinco minutos antes venía asegurando que él veraneaba con Pedro Azpe, chequeaban las informaciones e iban monitoreando el avance de estas economías hacia el desarrollo. El fracaso del experimento argentino es impresionante. Quedó un sólo elemento en pie, que es la estabilidad económica y el gran enigma es cuánto tiempo va a durar. Todo el resto, deuda externa, déficit fiscal, situación del empleo, aumento de la pobreza, superconcentración de riqueza, vulnerabilidad financiera, desindustrialización, desarticulación regional. No hay un sólo indicador presentable. Cuando Cavallo se va lo echan porque ya era absolutamente insostenible su situación. El gobierno tardó tres días en conseguir un sucesor; no había quién tomara esa papa hirviente que era la economía argentina siguiendo las recetas del neoliberalismo. Tanto es así que el presidente argentino confesó que finalmente el ministro actual es éste porque los otros no aceptaron. En un país tan exitista como éste, donde la victoria tiene muchos padres y la derrota es huérfana, es bastante sintomático que el gobierno argentino haya demorado tres días en encontrar tan brillante experimento económico. Quedaría el caso chileno que es un caso sui generis. Yo les voy a decir simplemente tres cosas sobre el caso de Chile. Chile es, de todos los países que adoptaron el modelo neoliberal, el menos neoliberal de todos, de lejos. En Chile la empresa del cobre, la corporación del cobre, que fue estatizada por el gobierno de Salvador Allende, sigue estando en manos del estado chileno a pesar de todo el argumento neoliberal que han desarrollado los economistas. Aquella empresa fundamental, ha seguido en manos del estado. En la Argentina, el equivalente hubiera sido que no se hubieran privatizado ni YPF ni las Telefónicas. En Chile no se privatizó, por muchas razones: primero porque los aportes que ingresan al tesoro chileno por las exportaciones del cobre rondan en torno a los 1700 millones de dólares por año que van directo a la caja fiscal. Es una suma mayor que los impuestos totales a las ganancias que tributan todas las empresas en Chile. Ahí tenemos un caso muy claro en donde el decálogo neoliberal del Banco Mundial, según nos dice John Williamson, uno de los primeros mandamientos privatizadores no se cumplió. Segundo elemento fundamental en el caso chileno: Chile es el único país en toda América Latina en el cual el tamaño del estado lejos de disminuir fue creciendo. El consenso de Washington dice que hay que achicar el estado, bajar el gasto público, hacer menor la proporción del gasto público sobre el total de la economía. Se cumplió al pie de la letra en todos los países. Lo vemos en México, en Bolivia, en Argentina. En Chile, no. Chile es el único país que hoy en día después de casi veinte años de gobierno neoliberal tiene una proporción de estado mayor que la que tenían antes en relación al conjunto de la economía. La Argentina, para dar una cifra muy común, bajó de un gasto público en relación al producto bruto en un orden del 33% al 26%, y sigue bajando. Brasil ha seguido bajando, en México también. Para efectos comparativos, les digo que los países europeos en su promedio, en un conjunto tienen una proporción de gasto público que fluctúa en torno al 44%, y que los países que tienen mayores servicios sociales, mayores prestaciones sociales como Suecia, la proporción del gasto público sobre el PBI es del 55%. En el otro extremo está el país más desamparado del mundo, desde el punto de vista de la prestación social, que es Gabón, en África, donde el tamaño del estado es equivalente al 3.5%. La Argentina y todo América Latina salvo Chile han ido moviéndose desde estar cerca por debajo del promedio europeo en dirección a Gabón. A eso ellos le dicen que estamos avanzando cerca del primer mundo. En realidad estamos yendo en el camino contrario; la única excepción es el caso chileno. Tercero: Chile es el único país de América Latina en donde es ilegal entrar con una valija con un millón de dólares una mañana, jugar a la Bolsa de Santiago de Chile al mediodía e irse a la noche con las ganancias a Nueva York. ¿ Qué quiere decir esto? Que tiene un mercado financiero relativamente regulado. No tanto como en Europa pero mucho más que en Argentina, donde como muchos de ustedes saben entrar con valijas llena de dólares, en la aduana de Ezeiza. Es casi un pasatiempo de la clase gobernante y es legal. También se puede en Brasil y en México. En EE.UU. cualquiera de ustedes que viaje con más de 10 mil dólares tiene que declarar eso y allí comienza la fiscalización. ¿ Cuál fue el resultado de todo esto ? Que debido a esa regulación que hace que ese flujo de capital financiero tenga que permanecer un año por lo menos en Chile y además que casi un tercio de ese flujo financiero permanece durante el tiempo de la inversión en manos del Banco Central, en Chile no hubo efecto tequila. Y no lo hubo no porque Dios fuera chileno, que es una discusión que está más allá de mi entendimiento, sino por una cuestión más simple. Porque tienen una legislación sensata que impide la locura que hay en Argentina, Brasil, México, Venezuela, etc. que es que so pretexto de la globalización el capital financiero entre en circulación sin ninguna clase de control. Entonces se cae una Bolsa mañana en Singapur y estos países caen uno tras otro siguiendo el efecto dominó. El caso chileno es uno de los casos que difícilmente pueda adjudicarse al mérito del neoliberalismo, porque tiene tres rasgos fundamentales, yo diría que son los tres mandamientos más importantes que han sido violados, más allá de que este gobierno, evidentemente, está muy lejos de haber producido los bienes y la calidad de vida que propagandiza. Ni hablemos del costo social. Pero se ve que, inclusive, en el caso chileno, el problema que hay es que el neoliberalismo como tal ha fracasado.

Si esto es así, ¿cuáles son los ingredientes del triunfo? Como se decía antes yo creo que lo más importante es el triunfo ideológico. El triunfo ideológico es lo más importantes, y lo preocupante porque aún si el neoliberalismo fracasa como proyecto económico, si la gente, si la sociedad, si las clases populares, no tienen elementos para descifrar ese fracaso, y esos elementos son provistos por un discurso ideológico, una propuesta ideológica, un conjunto de categorías que permitan descifrar ese resultado, la gente va a seguir pensando que el neoliberalismo funciona muy bien. Y yo creo que el triunfo del neoliberalismo ideológicamente se verifica de manera bastante clara en los siguientes aspectos. En primer lugar, en un proceso de creciente mercantilización de derechos que han venido padeciendo las sociedades latinoamericanas. Es decir, cuestiones que antes eran consideradas derechos inalienables de nuestras sociedades, de los sectores populares o de la población en general, por ejemplo, el derecho a la educación. Hoy en día se ha creado un nuevo consenso, un nuevo sentido común de que en realidad eso es un bien, no es un derecho. Yo quiero llamar la atención de que este cambio de terminología de derecho a bien no es un producto accidental, no es un accidente del lenguaje. Es toda la prédica del Banco Mundial que en los últimos veinte años ha insistido en que hay que renombrar algunas cosas en materia económica porque los nombres convencionales son nombres que confunden a la gente y hace que piensen que tienen un derecho a la educación. En realidad la educación es un bien; quien lo quiera adquirir debe estar dispuesto a pagarlo, y un Estado comprensivo estará dispuesto a decir: «Bueno, aquellos que quieran una cantidad módica de este bien, totalmente insuficiente como es la escuela primaria, el Estado se los puede regalar aunque en realidad se los cobra en impuestos. Pero los que quieran más, secundaria, universidad, postgrados, tiene que pagar porque son bienes. Como el que quiere cortarse el pelo, en una peluquería le darán el servicio, el que quiere una ropa, se la compra . Esto ha ido metiéndose en América Latina, haciéndose carne en materia de educación, de salud, de vivienda, de recreación, es decir ha habido un retroceso enorme y esta es la gran victoria del neoliberalismo: haber transformado los derechos en bienes que son ahora bienes que deben conseguirse en el mercado. En segundo lugar, la otra gran victoria ideológica ha sido la satanización del Estado. El neoliberalismo ha tenido un éxito rotundo en convencer a la gente de que el Estado es algo malo, intrínsecamente perverso y que hay que destruirlo. Acá en Argentina es un caso maravilloso. Esto surgió como producto de una campaña perfectamente orquestada por los medios de comunicación de masas con un discurso permanente, coherente, persistente, lanzado las 24 horas del día, y que a la larga terminó de convencer a la gente de que el Estado era el enemigo a destruir. Obviamente que para esto tenemos que recordar que se contó con la inestimable colaboración de una serie de gobiernos a cuál más corrupto, a cuál más despótico, e importantes sectores de la burguesía que hicieron todo lo posible para que este Estado funcionara mal, dándole entonces pábulo a la crítica en contra del Estado que se hacía y, además hay que decirlo, a la inestimable colaboración de las camarillas sindicales que en el seno del Estado o en un conjunto de sindicatos vinculados a empresas estatales fueron copartícipes de este proceso de destrucción del Estado que nos da entre otras espectacularidades folklóricas el hecho de que cuando se producen las privatizaciones en Argentina no son sólo los burgueses los que se acercan a la mesa a comprar, también vemos a dirigentes sindicales capaces de poner 20, 30, 40, 50 millones de dólares para comprar alguna parte de las empresas privatizadas. Lo cual habla de un infinito nivel de corrupción de esa camarilla sindical que lamentablemente hemos padecido en este país.
Tercer elemento, y yo creo que el más importante. Se ha dicho que el neoliberalismo se anotó un gran triunfo al convencer prácticamente a todo el mundo de que no hay otras alternativas. El neoliberalismo obtuvo un éxito rotundo en el momento que impuso a la sociedad la ideología de que no hay alternativas. Margaret Thatcher lo planteó en su primera campaña: " No hay ninguna otra alternativa: esto o el desastre; esto o el Apocalipsis". En este sentido, las sociedades latinoamericanas, y el caso argentino es bien interesante, han vivido permanentemente bajo la extorsión y el chantaje. La extorsión y el chantaje del terrorismo de Estado en la época de la dictadura y después la extorsión y el chantaje de la hiperinflación. Y es muy interesante, hace dos años en Río de Janeiro, contaba Perry Anderson que en una reunión de técnicos y expertos un economista del Banco Mundial dijo: todavía en Brasil no vamos a tener suerte en un programa de ajuste. Anderson le preguntó por qué. Y los técnicos respondieron: porque todavía el pueblo brasileño no ha sentido en carne propia el dolor lacerante de la hiperinflación. En Argentina se pudo hacer porque después de 5.000% de inflación por año, la sociedad se entrega y acepta los rigores de un programa neoliberal. Y en Brasil esto todavía no sucede. Y fíjense que es interesante después ver qué pasó con el plan real, la manera cómo el gobierno creó las condiciones para que cuatro meses antes de las elecciones presidenciales Fernando Henrique Cardoso apareciera como el salvador, el mesías que puso fin a la amenaza de la hiperinflación en Brasil. Recordemos nosotros que en el momento en que se lanza la campaña presidencial en Brasil, Lula tenía más del 40% de intención de voto y Cardoso no llegaba al 15%. Después de esta «hazaña» de derrota de la amenaza hiperinflacionaria aparece la amenaza de «si quieren detener este peligro, la única receta que hay es la receta neoliberal. Yo creo que este es el punto fundamental que hay que salir a discutir, porque si se acepta el punto de vista del neoliberalismo, que a nivel de masas está muy instalado, es evidente que no vamos a tener la capacidad de pensar en algo distinto. En ese punto es fundamental decir: vamos a ver cuál es el modelo de reemplazo, alguna propuesta para no tan sólo hacer que el esclavo se rebele contra el amo, sino que el esclavo vea que hay una cosa diferente a la esclavitud, que hay un sistema, una forma de organización social que ser puede diferente y superadora a todo aquello. De lo contrario nos va a ocurrir lo que se nota en amplios sectores de la oposición política argentina donde ante la total aceptación de este modelo neoliberal se atribuyen los problemas estructurales de este modelo a la soberbia de los dirigentes; que ahora que la oposición está más fortalecida hay que hacer que el presidente sea menos soberbio, ignorando que aquí hay una lógica de desarrollo, que este modelo está funcionando muy bien. El modelo, desde la óptica de los grandes empresarios, funciona muy bien. Ahora hay una pequeña turbulencia política porque la gente está presa de ese mal humor, pero que haya cada vez más pobres es síntoma de que el modelo funciona muy bien, que cada vez hay mayor concentración de la riqueza quiere decir que el modelo funciona, que cada vez hay mayor fragmentación regional, es porque funciona muy bien, somos cada vez más dependientes de la deuda externa, es porque funciona muy bien. Porque ese es el circuito de acumulación de los grupos dominantes. Entonces acá el tema es plantear la alternativa, porque sino vemos como después de la huelga última muchos dirigentes exhortaban al gobierno por un lado a dejar de ser soberbio, a moralizar el modelo. El modelo no se puede moralizar, tiene que funcionar así, funciona con un alto nivel de corrupción donde quiera que sea. Aquí, en la China, en Inglaterra. Entonces hay que dar un combate muy fuerte para superar este desarme ideológico de la izquierda. Ahí me permito hacer un juego de palabras, una metáfora. Muchos autores hablan de que en la década del 30 cuando el capitalismo estaba realmente asediado por una parte por la existencia de la Unión Soviética y por otra por la crisis de los fascismos y la gran recesión, algunos autores burgueses celebraron el advenimiento de Keynes, el genial economista de Cambridge, diciendo : Keynes fue el Marx de la burguesía. Probablemente nosotros estamos necesitando ahora el Keynes del proletariado. Es decir, aquel que produzca un conjunto de fórmulas concretas para ver cómo se sale de esta crisis. No tanto que vaya a reescribir los tres tomos de El Capital, sino que diga: aquí hay 20, 25 medidas que hay que hacer, son 1, 2, 3,....que fue lo que hizo Keynes en la famosa Teoría General: aquí la salida de la crisis es por el lado de la demanda, la demanda significa aumento de la intervención estatal, esto significa que tenemos que inventar una política económica, no es una empresa difícil. Sin embargo a mí lo que me alarma es ver cómo algunos compañeros de la izquierda se piensan que nosotros estamos poco menos que congénitamente incapacitados para pensar una salida al neoliberalismo. Esto creo que obedece en primer lugar a la abrumadora hegemonía ideológica del neoliberalismo. Como decía muy bien el compañero, todos tenemos algo de liberales adentro, y es cierto, hay una hegemonía tan abrumadora porque está en todos los medios, en la vida cotidiana, que es muy difícil pensar. Además cuando se entra al terreno más concreto por ejemplo de la ciencia económica, tenemos que vernos con dos supertanques del pensamiento como son el Banco Mundial y el Fondo Monetario. Ustedes piensen que el Banco Mundial tiene una legión de 7.000 economistas trabajando en Washington y en todo el mundo, que están altamente preparados, con grandes sueldos, con todas las facilidades, bancos de datos, bases bibliográficas, computadoras, información de primera agua que nosotros no podemos tener, y que están permanentemente segregando ideología, segregando fórmulas, su misión es esa. Entonces, ¿que es lo que ocurre? Acá hay muchos economistas que son críticos, y que en una charla privada son capaces de despedazar al modelo neoliberal. Pero a la hora que yo le pido que vamos a desplegar un comunicado en los diarios, una solicitada diciendo esto que hemos conversado, no lo pueden hacer porque hay una dependencia estructural. La profesión de los economistas hoy depende de la plata, del Banco Mundial y de las grandes empresas; esto tiene que ver con la crisis de las ciencias económicas, crisis aterradora no solamente en Argentina y en América Latina que es un escándalo, una vergüenza, sino también en los países europeos. Hay una crisis brutal, hay una pérdida de objetivos básicos. Aquí llegó Garys Becker que fue hace poco premio Nobel de economía. Lo trajeron por dos días a decir , que para combatir el problema del desempleo había que flexibilizar por completo el mercado de trabajo, acabar con el movimiento obrero, liquidar todas las viejas conquistas sociales. Es decir, «si los trabajadores están dispuestos a trabajar gratis o por lo menos por un dólar al mes se acaba todo el problema del desempleo». Ese es el premio Nobel. Se imaginan ustedes lo que serán los otros, que son los humildes peones. Lo que dice, en términos cotidianos, es una cretinada indefendible. Ahora, ¿por qué lo hace? Porque hay un sistema mundial de los economistas como profesión que hace que aquel economista que decida sacar la cabeza y decir: «todo esto es un sin sentido», ese tipo está desocupado por el resto de sus días. Entonces vamos a ver cómo armamos estructuras que contengan a estos compañeros, gente que tiene familia, que tiene hijos, padres que atender, que yo sé que en este momento trabajan en el Ministerio de Economía de este país, que me tiran datos por debajo de la mesa, pero también me dicen «júrame que esto no lo vas a decir en público y si lo decís, no me citás». ¿Cómo resolvemos este tema? No le podemos decir a este compañero que se inmole. Bueno, son muchos. Esto tiene que ver con un aspecto de esta hegemonía de las ideas neoliberales que es el Banco Mundial, que es el gran organismo subsidiador de investigaciones que hay en nuestros países.

En segundo lugar, el papel de los medios de comunicación.
En tercer lugar, el retraso ideológico de la izquierda. Yo creo que ahí nosotros no podemos pensar que todas las culpas son de que esta burguesía ha sido muy artera en su estrategia de dominación. Lo decía muy bien Regalado, cuando llegamos a dar con las respuestas nos cambiaron las preguntas. Tenemos que tener la respuesta más rápida. No podemos demorarnos 40 años en darnos cuenta que la planificación total de la economía no funcionaba. ¿Por qué? Porque hubo economistas marxistas, que lo venían diciendo en la Unión Soviética y fuera de ella. Que ahora descubramos eso, de que los mercados son importantes, 45 años después que Oscar Lange lo denunciara por primera vez en el debate en Polonia. Nos demoramos 50 en llegar a la respuesta. Es de esperar de que ahora no nos demoremos otros 50 en dar una respuesta porque evidentemente así nos condenamos a la obsolescencia. Y esto, ¿por qué es así? Yo creo que en general en la izquierda en América Latina, todavía sobrevive la cultura de las consignas. Es muy interesante lo que Palmiro Togliatti, que fue uno de los comunistas más lúcidos que hubo en Europa, decía: «En la lucha contra el fascismo uno de los problemas más graves que había es que los compañeros de nuestro partido son demasiados afectos a las consignas y tienen poca pasión por estudiar el fenómeno, lo novedoso realmente de la dictadura fascista». A mí me parece que eso todavía sigue pasando. Sigue sobreviviendo una cultura muy fácil, liquidamos con dos o tres grandes frases muy grandilocuentes lo que es el neoliberalismo y olvidamos algunos pequeños hechos molestos que aquí se plantearon. Por ejemplo, cómo explicar que el neoliberalismo gana elecciones. Hay que explicar eso, no es tan sencillo. El neoliberalismo acá no vino por un golpe militar. En Chile lo impuso Pinochet, acá se ganó y Menem obtuvo 49,9% de los votos en una elección diciendo: «voy a seguir el camino, voy a profundizar este camino» Y los datos revelan que entre la población desocupada aquellos que votaron por Menem llegaron al 57% . O sea que si hubieran votado sólo los desocupados en las elecciones del 14 de mayo del 95, Menem ganaba con el 57%. ¿Qué vamos a responder? Simplemente con una consigna fácil: «Falsa conciencia del lumpenaje?» No, basta de esa pavada, porque si hay un 20% de lumpenaje, este capitalismo ya es una cosa muy especial. Entonces tenemos que estudiar para ver qué es lo que pasa. Me parece que este retraso es importante.

¿Por qué digo que el tema de los medios es fundamental?. Nosotros (cuando digo nosotros digo izquierda en un sentido muy amplio) somos hijos de la cultura gutemberguiana. Somos hijos de la cultura del libro. Marx y toda la tradición marxista es la culminación de lo que podríamos llamar el iluminismo, la ciencia, la razón. Eso es bueno, y no hay nada de qué arrepentirse. Me diferencio tajantemente en esto de todos los sociólogos postmodernos o postmarxistas que hacen una crítica de la razón. Eso es una locura directamente. Creo que es muy importante recuperar esa herencia. Es cierto, somos hijos de la razón porque la razón derrotó al dogma y al oscurantismo medieval, de manera que no vamos a abandonar esas banderas, por favor. Pero al ser hijos de la razón en una época donde la razón circulaba a través de un libro, esto hace que nosotros en este momento estemos recluidos en esa cultura. Y la cultura del libro, la cultura de la palabra escrita es hoy un cultura de élite, ya no es más una cultura de masas. Este es el tema que creo que en la izquierda no estamos conectados. La cultura del libro fue la cultura de masas hace 100 años atrás, cuando los dirigentes obreros en América Latina y Europa se preocupaban por la prensa obrera, porque habían dado primero la batalla por la alfabetización universal y después para que leyeran los periódicos. Ustedes vieron los diarios obreros, socialistas y comunistas de países como Francia, Italia, Alemania. Eran el vehículo fundamental de la lucha ideológica. Hoy en día ya no es más porque la gente no lee más, leemos unos pocos. Y esto más vale que nos lo grabemos en la cabeza. Yo soy profesor y les digo: mis alumnos no leen. Tienen mucho más tiempo de contacto frente a una pantalla de televisión o de computación que frente a un libro. De manera que ahí hay un problema muy grave porque toda esta cultura gutemberguiana del libro, el panfleto y del folleto se tropieza con el hecho de que hoy en día si queremos transmitir ideas tenemos que dominar los métodos audiovisuales, el lenguaje audiovisual y sino no podemos comunicarnos o nos comunicaremos con una pequeña elite, aquellos que todavía leen. ¿Qué obrero, qué trabajador, qué estudiante de ciencias sociales hoy acomete la empresa de leer El Capital? ¿Cuántos? Vamos a ser honestos. La Facultad Ciencias de Sociales tiene 8.000 estudiantes. Probablemente habrá 100 que yo sé que han leído algo de El Capital, y no creo que lo hayan hecho mucho más allá de los primeros capítulos del tomo 1. El resto no, aun cuando sean compañeros que están totalmente compenetrados con la causa de la izquierda, que quieren el comunismo, que quieren el socialismo, que quieren superar el capitalismo. El problema es cómo nos comunicamos. Y ahí aparecen los dos o tres problemitas. En primer lugar esos medios son monopolios privados, en casi todos los países. Hay en algunos casos en Europa de combinación de monopolios privados con presencia estatal, pero en América Latina no hay nada que pueda contrarrestar el peso fenomenal que tiene, por ejemplo la Red Globo en Brasil que hizo los dos últimos presidente de ese país. Cuando digo hizo, es que los proyectó en una campaña nacional que de otra manera no se hubiera podido armar. O el peso fenomenal que tiene la Red Televisa en México que repercute en toda América Latina. Acá este conglomerado de dos o tres canales de televisión, el Canal 13 que tiene Clarín, las radios más importantes como Radio Mitre, Telefé, Editorial Atlántica y el emporio multimedio de América, son tres oligopolios que tienen un control absoluto, porque acá no tenemos canal público de televisión. Segundo obstáculo, aún cuando supongamos que nos dieran ese espacio, en general, nuestra gente está programada para funcionar con otro medio, y lo que quiero decir, para aquellos que están muy metidos en la cosa de computación, acá no es un tema de cambiar el disquete. Nosotros estamos todavía pensando de que se trata de hacer lo mismo, que cuando se escribe se habla. Y no, es un lenguaje completamente diferente. Hay un tiempo de transición en donde esta dirigencia de izquierda pueda adoptar lo que son las formas propias de la comunicación audiovisual, porque la cultura gutemberguiana es la cultura del relato, es la cultura del razonamiento profundo, el ida y vuelta, yo puedo ir, volver para atrás. La cultura más mediática es una cultura completamente diferente. No es una cultura de profundidad, es la cultura de efectos; el golpe de efecto, la palabra justa, el gesto, la mirada es lo que decide una intervención, no lo que dice. Yo he hablado mucho de esto con gente que estudia científicamente acá y en otros países. Cuando aparece alguien en la televisión, al día siguiente, ¿qué es lo que la gente recuerda? La cara. Porque después cuando le preguntan qué dijo responden: -No sé. -¿Y le gustó? -En ese momento sí. -¿Pero por qué le gustó? -No sé. Son preguntas que revelan un nivel primarísimo, rudimentario pero ese es el nivel de los medios que hoy importa. Entonces, ¿de qué manera la izquierda puede instalarse en esa cultura postgutemberguiana, o la cultura audiovisual y poder adoptar un estilo de comunicación que siga las líneas irregulares de flashes?. La comunicación televisiva es básicamente un flash. Hay que tirar una palabra justa, apropiada y nada más porque no hay tiempo de hacer un razonamiento. Allí hay un problema muy fuerte y yo creo que las dificultades que tenemos para dar ese combate ideológico son durísimos en ese terreno.

¿Tenemos esperanza? Yo creo que sí. Tenemos esperanza porque a pesar de ese diagnóstico sobre el avance ideológico del neoliberalismo es evidente que nosotros tenemos un elemento muy importante a nuestro favor y es que objetivamente tenemos la razón. Es decir, los diagnósticos nuestros son análisis verdaderos. A la larga esa verdad por gravitación va a prevalecer; pero a la larga, como decía Keynes, podemos estar todos muertos. Mientras tanto hay que ver de qué manera podemos avanzar. Yo pienso que tenemos posibilidades, tenemos buenos argumentos, tenemos buenas críticas, tenemos que empujar más en la dirección de poner en discusión una serie de aspectos que han sido dogmatizados. Tenemos que ver la manera de crear instituciones que permitan viabilizar estas propuestas transformadores que tienen un costo muy grande, como por ejemplo para los economistas que se atrevan a decir estas cosas. Y yo creo que si ésto se hace en el momento en que la balanza de la correlación de fuerzas se vaya inclinando hacia la izquierda, hacia la crítica al neoliberalismo, que es algo que ya empieza a advertirse en algunos países europeos en movimiento muy lento, ahí tenemos que tener la propuesta a mano porque sino esa oportunidad se va a desperdiciar.

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