Genocidios
Los historiadores se la pasan discutiendo sobre la objetividad, la distancia con los hechos, los análisis fuera de contexto y se rompen el alma en el intento de construir una historia sobre la base de una racionalidad cruda que en realidad pocas veces brilló en los presentes pasados que estudian como historia. Justamente porque en la mayoría de los casos, a los protagonistas de esos presentes pasados les faltó perspectiva histórica porque el futuro es inasible desde el presente. Mahatma Gandhi fue Osama bin Laden en un momento para el Imperio Británico, lo cual no habla bien de Bin Laden sino mal del viejo imperio.
Además, la pasión, los prejuicios, los intereses y las mezquindades atraviesan, deforman y exasperan el debate político del presente y no se ve la razón para que, mal o bien, sea distinto con la historia.
Por ejemplo, en una solicitada de homenaje al general Roca, que fue publicada el martes en el diario La Nación, se califica a los mapuches de extranjeros y genocidas de los pueblos originarios argentinos y en contrapartida exaltan la Campaña al Desierto que encabezó el prócer. El texto afirma que los mapuches llegaron de Chile y aplastaron a los argentinos guenecas y tehuelches, "que fueron sometidos, matados y sus mujeres, robadas por los indios chilenos".
Quedaría la impresión de que por esa razón estuviera bien que los mapuches también fueran sometidos, matados y sus mujeres robadas por el ejército de línea, que fue lo que sucedió. El texto dice que a pesar de toda esa maldad "el tratamiento que se les dio a los que se sometieron voluntariamente fue muy generoso". Pero no dice nada de los que no estuvieron de acuerdo que, evidentemente, no tuvieron mucha prensa.
Los firmantes de la solicitada, de la Fundación Dr. Emilio Hardoy, se quejan porque las dos estatuas ecuestres de Roca, la que está en Bariloche y la de Buenos Aires, aparecen cada tanto con escrituras que lo acusan de genocida y manchadas con pintura roja, como si fuera sangre. Lo cual es cierto, porque cada tanto el historiador y escritor Osvaldo Bayer vuelve a las andadas junto con representantes de los pueblos originarios y otras ONG de derechos humanos. Mal que les pese, Bayer no se rinde.
Hay una justificación económica conocida, que es la brutalidad del "progreso" expresado en la incursión de Argentina al mundo con el modelo agroexportador. Pero hay una justificación ética subyacente que queda flotando sin llegar a expresarse abiertamente: cuando se comete genocidio contra genocidas, no se trata de genocidio sino de algo más parecido a una especie de justicia por fuerza mayor. Todos los genocidios tienen una justificación por el estilo, ya sean religiosos, étnicos o políticos. El genocidio aparece como la única solución. Algo así deben haber discutido los ex comandantes durante la conspiración para el golpe del ’76. Y lo mismo los nazis contra los judíos. Y lo mismo los gobiernos de la Triple Alianza contra los paraguayos.
De esos cuatro ejemplos, tres tienen que ver con la historia argentina, lo cual produce escalofríos. Obviamente que esa justificación para el destino final que se les dio a los pueblos originarios se aplicó después en otros momentos a quienes aparecían como obstáculos de la marcha civilizatoria argentina. Y seguramente, el que justifica uno también lo hace con los demás, porque es el mismo argumento, el mismo guión, la misma estructura de pensamiento. Y lo que es peor, lo de matar, para quien decidió hacerlo, era secundario. Siempre se trató, básicamente, de "progreso", "democracia" y "modernidad".
Nadie puede estar contra el progreso, la democracia y la modernidad. Entonces habrá que preguntarse si también hay que estar de acuerdo con el genocidio y, en el caso argentino, con tres masacres espantosas que se cometieron con esas banderas. Argentina es un país que tiene cierto grado de progreso, democracia y modernidad y uno se pregunta si esos tres genocidios aportaron a ese proceso –como argumentaron los genocidas–. Es una pregunta inquietante porque la respuesta es parcialmente afirmativa. Es indudable que esos tres genocidios tienen que haber incidido en el tipo de progreso, democracia y modernidad que tiene Argentina, porque fueron cometidos por los que ganaron, no por los que perdieron.
Hay quienes se consideran orgullosos de esa herencia y publican solicitadas, como la de La Nación, en su homenaje. Muchos que reivindican la democracia, el progreso y la modernidad se horrorizan por los genocidios, pero no aciertan a verlos como sustancia, sino que los perciben como excesos. Y en ese sentido, tienen razón los de la solicitada porque en la Argentina esos conceptos progresistas aparecen ligados en la historia a las situaciones más injustas, bárbaras y aberrantes. La pregunta es entonces si no habrá un cuarto genocidio si no se empieza por separar una cosa de la otra, lo cual implica discutir qué tipo de modernidad, progreso y democracia es la que se puede construir sin odios ni masacres.
La Campaña del Desierto
Hace poco más de un siglo, el 12 de octubre de 1904, el general Roca entregó al doctor Manuel Quintana los atributos de la presidencia de la República. Había cumplido su segundo mandato, pero su influencia política desde 1880 había transformado el país. La Argentina era una potencia respetada. El general Mitre, ya anciano y verdadero patriarca de la argentinidad, fue a su casa ese mismo día para felicitarlo por su gestión: "Ha cumplido", le dijo parcamente, porque el juramento de su asunción, en 1898 lo había hecho ante el patricio.
Diez años después, el 19 de octubre de 1914, Roca moría en Buenos Aires. Los últimos años los dedicó a organizar su estancia La Larga, levantando casas para su personal, cultivando arboledas y caminos y mejorando su hacienda. Se cumple este año el centenario de su alejamiento del poder y noventa años de su fallecimiento. El país no lo ha recordado suficientemente.
En los últimos tiempos una historiografía carente de toda documentación sostiene que la expedición de Roca de 1879 contra los indios, fue un genocidio. Ello revela supina ignorancia u oculta intereses de reivindicaciones territoriales. El tema indígena es complejo, porque abarca regiones muy diferentes, desde los paisajes andinos atípicos hasta la cuña boscosa del Chaco, con razas que no eran ni son comparables, como los diaguitas, los abipones o los mapuches. En el Sur, los pueblos araucanos procedían de Chile e ingresaron al hoy territorio nacional hacia principios del siglo XVIII, según lo refieren numerosos historiadores de ese país, algunos con carácter reivindicatorio.
La pampa agreste estaba totalmente desierta, con algunos bolsones de pobladores aislados. En la provincia de Buenos Aires se denominaba "poblador del Salado" a quien se instalaba más allá de ese importante río. Sin alambrados, sin títulos de propiedad, salvo antiguas mercedes realengas, o con títulos imprecisos basados en la simple ocupación, el llamado "estanciero" era el ganadero que cuidaba vacas criollas, que no tenían parecido con las de nuestra época, vivía con el cuchillo en la faja y dormía en un rancho que él mismo construía. Su beneficio empresario consistía solamente en la explotación del cuero del vacuno, que canjeaba en la pulpería o en "las casas", o poblado más próximo. Compartía, sí el temor al malón indígena.
Al caer la tarde, hacía recostar a su caballo en el suelo para ver la reacción del animal, cuya sensibilidad le permitía saber si la tierra se movía. En ese caso, sabía que, a lo lejos, los indios galopaban y él debía huir, abandonando todo.
El horror del malón se ha descripto repetidas veces, pero hay que recordar que el indio fue temible cuando aprendió a montar el caballo que trajo el europeo, para robar las vacas que también vinieron con los españoles y venderlas en Chile. También cuando aprendió a usar la cuchilla de hierro, que también obtuvo de la industria del hombre blanco. Los aduares indígenas estaban llenos de cautivas, mujeres blancas a las que se les hacía un tajo profundo en la planta de los pies para impedirles la fuga. Ellas tenían que soportar la indignación y el odio de las mujeres indias de la tribu.
La historia argentina está llena de historias de pequeños y de muy grandes malones a lo largo de los siglos XVIII y XIX, hasta la decisiva ocupación de desierto por Roca. La política de ocupación no se inicia con este exitoso militar, sino que continúa desde los primeros gobiernos patrios. Rosas hizo una expedición contundente, pero después de Caseros las tribus se alinearon, unas con el gobierno de la provincia de Buenos Aires y otras con el de la Confederación, participando en la política partidista.
Mitre quiso erradicar el delito en las pampas y no lo pudo lograr por tener que dedicar sus esfuerzos a la guerra del Paraguay. Sarmiento sufrió grandes malones y la batalla de San Carlos es un verdadero hito de la historia. Avellaneda, que soportó una grave crisis financiera internacional, tuvo una política de ocupación a través de su ministro Adolfo Alsina, quien hizo construir una larga zanja de más de cuatrocientos kilómetros para evitar los malones, en una guerra defensiva sin mayores resultados. Finalmente, Roca, que conocía el desierto, organizó una expedición ocupacional decisiva. Este joven general había ganado todos sus ascensos, uno tras otro, en los campos de batalla.
¿Estaba Roca ocupando tierras de indios? La respuesta es categóricamente negativa. Esas tierras desiertas comienzan a ser ocupadas con las expediciones pobladoras de la España colonizadora del siglo XVI que, repetimos, trajeron el caballo y la vaca. Los indios iniciaron su ocupación 180 años después.
Los indígenas americanos precolombinos estaban radicados en mínimas parcelas de territorio y aprovecharon los descubrimientos, invenciones, ingreso de animales antes desconocidos y la tecnología del blanco para su expansión territorial. De suponer válida la peregrina teoría del primer poblador, tal vez debiéramos remontarnos al homínido y considerar al propio hombre de Neanderthal como un usurpador.
Pero existen algunas consideraciones que hay que sopesar: la expedición debe adjudicarse al gobierno del presidente Avellaneda, quien designó para comandarla a su ministro de guerra, el general Julio Argentino Roca, en estricto cumplimiento de la ley del 25 de agosto de 1867, demorada doce años por las dificultades políticas y económicas del país. "La presencia del indio -decía la ley- impide el acceso al inmigrante que quiere trabajar." Para financiar la expedición se cuadriculó la pampa en parcelas de 10.000 hectáreas y se emitieron títulos por la suma de 400 pesos fuertes cada uno, que se vendieron en la Bolsa de Comercio. Aunque prohibieron la adquisición de dos o más parcelas contiguas, esta venta fue la base de muchas de las fortunas argentinas.
La ley, la expedición y la organización fueron discutidas en el Congreso y votadas democráticamente. Todo el país, toda la población de la Nación, quería terminar con este oprobio, desde el Congreso y los gobiernos provinciales hasta los periódicos, sin excepción.
Roca organizó la expedición y a ella se incorporaron no solamente cuerpos militares, sino también periodistas, hombres de ciencia y funcionarios. El periodista Remigio Lupo la integró como corresponsal del diario La Prensa y remitió sus crónicas. Monseñor Antonio Espinosa publicó su diario, con noticias muy valiosas de todo lo mucho que vio, pero también escribieron hombres de ciencia, como los doctores Adolfo Doering y Pablo Lorenz, y naturalistas, como Niederlein y Schultz, que estudiaron la flora, la fauna y las condiciones del suelo.
Acompañaron también enfermeros y auxiliares. Los indios prisioneros y los niños, mujeres y ancianos fueron examinados por sus dolencias, vacunados y muchos de ellos remitidos a diversos hospitales de la muy precaria Buenos Aires de esos días.
Ahora bien: ¿puede creerse que toda estas personas y otras que siguieron paso a paso la expedición pueden ser cómplices de silencio en caso de genocidio? ¿Se concibe un secreto de cinco mil personas? ¿Lo hubiera permitido un humanista como el presidente Avellaneda? La única realidad es que la llanura pampeana quedó libre de malones y que a los indígenas se les asignaron grandes reservas, si bien es cierto que individuos inescrupulosos les cercenaron posteriormente muchas de sus parcelas con supuestos derechos, actitud reprobable, sin duda, que forma parte de litigios del derecho civil.
Por otra parte, mencionar al indio como tal es un insulto. ¿Por qué indio? El es, simplemente, un argentino entre treinta y siete millones de habitantes, con los mismos derechos y obligaciones que todos. No merece ningún tratamiento especial ni más derechos que otros, pero tampoco ninguna tacha que lo invalide, que lo relegue o que lo menoscabe, porque tiene también todas las prerrogativas constitucionales. Es nuestro conciudadano y, por lo tanto, nuestro hermano. Merece y tiene todo nuestro fraterno afecto. No más, no menos. Lo contrario es indigno y discriminatorio.
Lo que se quiso hacer y efectivamente se hizo fue concluir con los asaltos a pueblos indefensos y poner la tierra fértil a disposición de la población para ser trabajada. En efecto, en menos de 25 años a la Argentina se la llamaba "la canasta de pan del mundo".
El 12 de octubre de 1880, Roca juró como presidente de la República, por haber vencido a Tejedor en las elecciones. Hizo un gobierno histórico: concluyó el tratado de límites con Chile, en 1881; desarrolló la instrucción pública; construyó escuelas; extendió los ferrocarriles. Los inmigrantes agricultores comenzaron a agruparse en colonias. Se estibaron miles de bolsas de trigo en las estaciones.
El pedestal de la gloria de Roca está en sus dos gobiernos y en su orientación política, mucho más que en la ocupación del desierto, pero ésta es un timbre de honor de su biografía. Con el tiempo, a través de personas que no han leído específicamente sobre el tema o que tienen otros intereses, se ha creado una fábula que gente de buena fe la ha creído, porque así se elaboran los mitos que después parecen "verdades reveladas" de valor teológico. Felizmente, cualquier serio investigador de historia, cualquier estudioso del pasado que se documente, se preguntará azorado: ¿qué genocidio?
La gente y sus represores
La gente no se rinde. Sí, sí, aquello del espontaneísmo de las masas. Pese a que en las elecciones le hacen elegir entre dos candidatos sonrientes, la gente se pone a construir por iniciativa propia. Me gusta caminar por el barrio. De pronto me llaman unos alumnos del Normal 10 porque quieren "discutir temas". Abro la boca de sorpresa. O me invitan a la Casa del Pueblo de allá, de la calle Galván y Congreso. Han venido mapuches, me dicen. Dos mujeres y dos hombres. Nos enseñan sus instrumentos musicales, todos hechos con productos de la naturaleza, y tejidos, trabajados por las manos de las mujeres. Pero además presentan un libro: Voces indígenas de la Patagonia. La autora es una periodista danesa que ha estado con ellos recorriendo esas soledades. Pero no sólo trae sus impresiones sino también los documentos que va produciendo el Consejo Asesor Indígena. Con esa paciencia y calma que los distinguen, escriben verdades. Por ejemplo, leo: "Con la llegada del hombre blanco a nuestras tierras comienza el proceso más violento de la desarticulación de la armonía del hombre con la naturaleza. Junto a las pestes, a las enfermedades, llegaron valores y principios desconocidos para nuestros pueblos: la avaricia, el individualismo, la acumulación de poder y riqueza a costa del sufrimiento de muchos. De la mano de la espada y la cruz, nos impusieron dioses e idiomas desconocidos que nada tenían ni tienen que ver con la cosmovisión de los pueblos originarios". Y agrega: "De la mano del Remington, la cruz, el alcohol, se masacró a millares de mapuches, se arrasó e incendió tolderías, se apropiaron de nuestras mujeres y niños para trofeos de las familias ricas, se puso precio a las tetas de nuestras hermanas y a las orejas de nuestros hermanos. Se condenó a nuestro pueblo a refugiarse entre los pedreros cordilleranos, mientras nuestro territorio quedaba en manos del conquistador". Y luego se expresa la esencia de lo que hubiera sido un encuentro, que no fue: "Como parte de la naturaleza, sabemos que en la diversidad está la fuerza, en la unión y el respeto de lo diferente está el futuro, pero no sobre la base del olvido y la mentira".
El gobierno español señaló a los quinientos años de la conquista que a los hispanos los había llevado a América el ansia de distancias. Eduardo Galeano contó palabra por palabra de los documentos de Colón, donde emplea 159 veces la palabra oro y 35, la palabra Dios. Oro, oro, oro. El ansia del oro y no de las distancias. El estanciero Martínez de Hoz recibió del conquistador Roca 2.500.000 hectáreas cuadradas de las mejores tierras. Las armas de la Patria. Su bisnieto fue ministro de Economía del general Videla. Viva la Patria, carajo.
El padre Fagnano, al terminar la campaña de Roca, escribirá: "Ahora los indios tendrán trabajo y religión". Es decir: salvaron sus almas. Roca los llevará de esclavos a Martín García y a los cañaverales tucumanos. A las "chinas" las entregará a las familias de militares y a gente de bien como sirvientas. Los indiecitos de la chusma, adjetivo de Roca, fueron repartidos como mandaderos. Así tuvieron trabajo y religión. La cruz y la espada.
Pero ya estamos en otra Patagonia. Esquel no se rindió. Un ejemplo histórico. Le dijeron no al oro. Esta vez la conquista del oro venía con cianuro. No con la cruz y la espada. Pero el pueblo dijo que no. Asambleas populares, verdadera democracia de raíz. Y bien, un periodista de allá acaba de editar un libro sobre esa epopeya popular: Esquel y su No a la mina, de Juan A. Souza. En la tapa está el lema: "El agua vale más que el oro". Un manual que servirá ahora para limpiar de cianuro a Ingeniero Jaccobacci y a Andalgalá. Esta vez, la Patagonia Rebelde triunfó.
Pero lo que entristece mucho es la brutalidad disimulada que debemos combatir con toda nuestra fuerza. Lo vemos a cada paso y es una herencia de muchas décadas. Fuerzas policiales que actúan como asaltantes, hasta de ancianos, tratos indignantes al civil que siempre es considerado sospechoso. Voy a relatar un caso, el cual me consta y que ya es tratado por nuestros organismos de derechos humanos. He aquí el acta de un grupo de jóvenes víctimas de la triste experiencia: "El viernes 4 de noviembre, nos encontrábamos, junto a un grupo de amigos, en la estación de trenes de Mar del Plata, aguardando la salida del tren que partía a las 23.30. Teníamos los pasajes ya adquiridos y la estación era uno de los lugares en los que se podía permanecer. La mayoría de los comercios, lugares de alojamiento, etc., se encontraban cerrados. La guardia policial, que ya estaba apostada en la estación desde temprano, empezó a obligar a los comercios a cerrar a las 18.30. Mientras esperábamos, llegaron a la estación dos móviles celulares de la Policía de la Provincia. Se nos acercaron y nos ordenaron ponernos contra la pared. Revisaron nuestras mochilas y todo lo que llevábamos encima. Sin encontrar nada, nos obligaron a subir a un vehículo para presos. Uno de nosotros preguntó el porqué de nuestra detención y la respuesta fue: ‘Por averiguación de antecedentes’. Al subir a esa cárcel rodante comenzó el maltrato generalizado. Nos obligaron a agachar la cabeza, a poner las manos hacia atrás, a mantener silencio. A la mínima resistencia de un detenido, los policías lo golpearon. El vehículo arrancó entre amenazas verbales y maltratos. Nos obligaron a permanecer en silencio mediante gritos y uno de ellos dijo: ‘De ahora en más van a dormir todo el viaje’, y arrojó un artefacto explosivo hacia nuestra área. Luego cerró la puerta que separaba a los detenidos de la policía. La bomba explotó y cuando el sonido ensordecedor cesó, se escucharon las carcajadas de los policías. Después comenzó una requisa en la que nos despojaron de todos los objetos de valor: dinero, documentos, teléfonos celulares, vestimenta. Esos objetos jamás lo volvimos a ver. Bajamos con la cabeza mirando al piso y con las manos a la espalda, y comenzó la segunda fase del proceso, que consistió en una nueva requisa y amenazas. Antes de encerrarnos en celdas nos hicieron cumplir con un circuito de controles: averiguación de identidad, datos familiares, sala interrogatoria, medir, pesar, fotografiarnos, averiguar por nuestras tareas cotidianas, nuestros sobrenombres, huellas digitales, control médico, requisa de nuestras pertenencias. De pronto se escuchó una voz que dijo a posibles testigos: ‘Los detenidos van al sector de presos comunes; si algo les sucede, como golpes, violación o si los matan, es pura responsabilidad de los presos comunes’. Y ahí, sin darnos ninguna explicación, nos encerraron en las celdas. Gracias a la intervención de los abogados de derechos humanos, periodistas independientes y el fiscal, logramos una pronta recuperación de la libertad. A las 6 de la mañana nos trasladaron a la terminal de ómnibus y de allí nos expulsaron. Ninguno de nosotros había estado en los disturbios, ni cometido roturas o agresiones. Ni siquiera habíamos marchado. Algunas personas fueron detenidas mientras miraban el mar y en la ausencia de testigos fueron golpeadas y se les plantaron ‘pruebas’ (piedras) en sus mochilas".
Procedimientos policiales en vez de perseguir a los verdaderos provocadores. Además, es la actitud policial para demostrar su poder. Lo dijimos en 1983: al entrar la democracia había que cambiar todos los profesores de las academias policiales y militares. No se hizo. Seguimos con una policía y un ejército educados por los docentes de la dictadura.
El mismo defecto ha demostrado la Iglesia en su último comunicado, cuando critica a quienes no han censurado a la guerrilla. Los señores obispos quieren poner en el mismo plano a héroes del pueblo como Rodolfo Walsh, Haroldo Conti, el Paco Urondo, con asesinos desde el poder como el general Menéndez, el comisario Patti, el general Bussi, el general Camps: torturadores, secuestradores de niños, asesinos masivos, bestiales autores de la desaparición de personas, la muerte argentina. Es lo mismo que el procedimiento policial: hacer recaer la culpa en los que lucharon por una sociedad mejor. Pegan el grito en eso para desviar la atención de los verdaderos criminales. Como el tero.
Apropiación de la tierra a los aborígenes y genocidios en el Río de la Plata
La extinción de los aborígenes en diferentes zonas de América se correspondió, aunque por causas específicas diversas, en buena medida a las prácticas seguidas, si bien en buena medida por las autoridades coloniales europeas, a las políticas expropiatorias seguidas por los gobiernos surgidos de los procesos independentistas para los que, casi unánimemente, la apropiación de sus tierras fue una cuestión central.
La muy tardía ocupación real de las tierras del Río de la Plata por parte de los españoles en razón del escaso interés crematístico de las mismas, ya que no contaban con minas de oro o plata, como sucedía en la región andina o en México, hizo que los más atrasados ocupantes primitivos pudieran seguir manejándose con libertad en la mayor parte del extenso espacio geográfico donde sólo existía un puñado de ciudades muy poco conectadas entre sí.
Los avances reales sobre las tierras de los pobladores originarios se dio a partir de la ampliación de las fronteras productivas, un par de décadas después de iniciado el proceso independentista, en Buenos Aires con la expedición organizada por Juan Manuel de Rosas y en la Banda Oriental con las expediciones contra la tribu de los charrúas, los viejos compañeros de luchas de José Gervasio de Artigas, por las autoridades de la recién independizada república uruguaya.
El genocidio practicado con los charrúas, a los que virtualmente se hizo desaparecer, cuando no se vendieron casi como esclavos al exterior, si bien fue un proceso sistemático seguido durante varios años, tuvo una instancia clave cuando entre el 11 y el 15 de abril de 1831 las tropas orientales cargaron contra los aborígenes generando la matanza de Salsipuedes, tras lo cual, el mismo 15, el presidente Fructuoso Rivera firmó la orden de extinción tal de los indios.
Además de la apropiación de sus tierras es posible que los independentistas uruguayos, enemigos del pensamiento integrador artiguista, hayan hecho pagar, además, a los charrúas su tradicional y acendrada adhesión al viejo caudillo oriental, quien desde los 16 a los 33 años formó parte de la tribu, al punto de que algunos historiadores consideran que fue progenitor del futuro jefe de la misma Manuel Artigas y no que éste, simplemente, tomo su apellido.
Los charrúas lo habían acompañado en sus primeras escaramuzas con los luso-brasileños por 1795, a través suyo obtuvieron las 105.000 hectáreas que les fueron entregadas por el gobierno colonial en 1805 y lo acompañaron en el proceso de la independencia a partir de 1811 desde el mismo Grito de Asensio siendo parte importante en la recuperación, de manos de aquellos, de Paysandú, el 8 de octubre de ese año y, poco después, del primer sitio a Montevideo.
También lo acompañaron en el Exodo Oriental y así pronto se ganaron tanto la animadversión de los porteños, de los luso-brasileños y de los propios orientales que no compartían el proyecto democrático popular artiguista, de manera que todos ellos, en diferentes circunstancias, hicieron lo posible para exterminar a una tribu de la cual uno de sus últimos vestigios se encuentran en Paraguay entre los descendientes de los que fueron al exilio con su caudillo.
En el caso de Buenos Aires durante la presidencia de Nicolás Avellaneda se decidió tomar las tierras de los aborígenes para ampliar las tierras a explotar y así el 5 de octubre de 1878 se sancionó la Ley 947 con el fin de obtener los fondos para la "Conquista del Desierto", denominándose de tal manera a un territorio ocupado por unos 20.000 aborígenes de los cuales, según el informe del jefe militar Julio Roca, al parlamento, se mataron 1.323.
Roca, muy poco después presidente, acotó ante el Congreso de la Nación, que también se habían tomado como prisioneros a 10.539 mujeres y niños y 2.320 guerreros, lo cual dejó el camino expedito para entregar las tierras a los nuevos propietarios, a los que ya había sido asignada antes de la operación militar mediante la suscripción de 4.000 bonos de 400 pesos, cada uno de los cuales dio derecho a 2.500 hectáreas.
Un total de diez millones de hectáreas, en consecuencia, fueron vendidas por el estado a comerciantes y estancieros bonaerenses en forma previa a la conquista de las tierras, no del "desierto", mientras que el excedente obtenido, en lotes de a 40.000 hectáreas cada uno, fue rematado en 1982 en Londres y París, dando lugar así a la aparición de los primeros terratenientes de esos orígenes en los campos argentinos.
Y como aún quedó más y nadie pensó en los aborígenes, en 1885 se cancelaron con tierras las deudas acumuladas con los soldados desde 1878, ya que llevaban siete años sin cobrar, pero como tanto los oficiales como la milicia necesitaban efectivo, terminaron malvendiendo sus partes a los mismos que habían sido los financistas primitivos, de manera tal que toda esa superficie pasó a manos de 344 propietarios a un promedio de 31.596 hectáreas cada uno.
Desde la llegada del winka
Desde que hemos tenido que lidiar con el winka, muchos han sido los personajes intolerables que faltos de inteligencia y de absurdo nacionalismo nos han causado risa.
Desde que hemos tenido que lidiar con el winka, muchos han sido los personajes intolerables que faltos de inteligencia y de absurdo nacionalismo nos han causado risa.
Como es el caso de P. Moreno, J. A. Roca, Casamiquela, Elías Chucay, Claudia Briones, Morita Carrasco, Lugones, Colavelelli, Etc.
Todos ellos con la excusa del engrandecimiento del país o el estudio de nuestra gente para beneficio de la educación e ignorancia del blanco.
Ellos en su momento han tenido la gracia de haber hablado o escrito algo sobre el Mapuche.
Personajes que hablan de nacionalismo e inteligencia superior. De los derechos del Argentino, Etc. Etc. Etc.
Pero que siempre han beneficiado a ciertos personajes extranjeros. Ingleses, Italianos, Alemanes, Españoles, Turcos, Franceses y demás nacionalidades del mundo. Claro siempre y cuando estos personajes o grupos tengan plata.
Tabaré W Parsons no es la excepción. Este ser winka que cree tener una educación e inteligencia superior a cualquier Mapuche.
A en los últimos días sido el motivo de nuestras risas y la demostración viva de que los winkas siguen siendo ignorantes racistas.
Para demostrarnos eso ha bastado tan solo que escriba y publique en un periódico su pensamiento nacionalista a favor del multimillonario J. Lewis.
Según el señor Parsons, nosotros los mapuche debemos seguir mandando señales de humo y no utilizar los medios de comunicación blancos.
Además debemos permitir que Lewis siga haciendo ¡Patria! Para el engrandecimiento del país.
Yo me pregunto si Don Parsons no sabe que los Mapuche hemos dejado de hacer señales de humo debido a la falta de inteligencia de sus antepasados.
Ya que cada vez que deseábamos comunicarnos con ellos no podían entender nuestro sostificado sistema de comunicación a distancia.
Por lo cual debimos esperar muchos años hasta que alguien invento el telégrafo, herramienta que comenzamos a utilizar de inmediato. Aun cuando algunos winka todavía no podían entender como funcionaba.
Y así hemos ido adaptando los diversos sistemas de comunicación que el winka a desarrollado hasta la llegada de lo que hoy es internet.
Pero siempre pensando en poder comunicarnos y que nos entiendan.
Además me pregunto don Parsons si usted realmente cree que los demás no Mapuche y los otros Winka como usted. Creen realmente en el hacer patria de Lewis.
O tal vez no.
Ya que yo como Mapuche no he visto a ningún vecino Argentino que tenga mas tierra que estos multimillonarios.
Tampoco que le permitan hacer y deshacer lo que quieran como a estos extranjeros que vienen una vez al año
A demás no comprendo en que puede beneficiar que alguien como Lewis tenga un aeródromo privado. Donde pueda traficarse droga si alguien quiere o contrabandear además de cualquier ilícito que se deseé.
¿Usted penso en eso Don Parsons?
¿O es que su inteligencia no llega a eso?
FUENTE: