InicioInfoLa Noche de los Bastones Largos (IV)



Rolando García

Discurso en ocasión del homenaje que le hiciera la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.

No estoy muy seguro si el estado emocional me ha de permitir articular estas palabras con cierta coherencia, porque este acto toca sentimientos muy profundos y agolpa en mi mente situaciones personales de un período de mi vida, no muy extenso, pero que fue profundamente vivido. Sin embargo, lo que viene a mi mente en este momento no son hechos y personas particulares, lo que viene a mi mente quizás lo podría describir como un escenario donde actuaron esas personas, donde transcurrieron los hechos; un escenario que dio contexto y significado a lo que se hizo. En ese escenario predominaban las figuras jóvenes, un movimiento estudiantil como no he conocido en otra parte del mundo, graduados jóvenes –algunos de ellos que se fueron a estudiar afuera y volvieron, a pesar de que se hubieran podido quedar en el exterior– y algunos profesores, maduros, de los que voy a citar a uno solo, como puede ser Rodolfo Bush, que fue uno de entre muchos de los que armaron el escenario.
Sin ese escenario, nada se podría haber hecho, o muy poco, porque fue un esfuerzo colectivo, una atmósfera, un lugar de discusión, fue un foro de comprensión, de análisis, eso es lo que dio sentido a esa realidad.

Mucho que hacer y poco tiempo que perder
Lo que nos impulsaba era simplemente el afán de avanzar: teníamos mucho que hacer y poco tiempo que perder. Pero además de ese afán de avanzar, hubo otra cosa a la que le dedicamos mucho, que fue la direccionalidad de ese proceso. La idea era crear esa Facultad de Ciencias de primer nivel internacional que pudiera contribuir a la Nación. Ese afán de darle una direccionalidad fue lo que nos trajo los mayores sinsabores. En aquella época era natural dividir las fuerzas en "derecha" e "izquierda", hoy no sé qué quiere decir eso pero entonces sí tenía sentido.
Una gran parte de la Facultad apoyó nuestra dirección pero tuvimos grandes críticas de un sector del espectro de la derecha y de otro sector del espectro de la izquierda; los dos nos hicieron bastante la guerra. Me voy a referir al conflicto con el segundo, que fue el que más me dolió... aunque después me dolió más el primero (risas).
Nos pusieron el apodo de "cientificistas", cosa que consideré siempre como una gran injusticia: éramos "cientificistas" porque queríamos empujar la Facultad a un alto nivel científico y hacia ese alto nivel enfocábamos el esfuerzo. En relación con esto, quiero contarles un recuerdo personal, aunque no soy propenso a contar anécdotas sobre mí mismo.

La conexión china
En aquella época hubo un congreso del Consejo Internacional de Uniones Científicas en Bombay y en esa ocasión se renovaba la mesa directiva. Fue entonces que me eligieron como vicepresidente. Imagínense: Vicepresidente del Consejo Internacional de Uniones Científicas... era uno de esos títulos rimbombantes, que no quieren decir nada, pero que son muy impresionantes. Y bien, con ese título bajo el brazo fui con mi esposa a Nueva Delhi y pedí una audiencia al embajador chino; le dije que pensaba volver a mí país pasando por Hong Kong y le pregunté si podría tomar contacto con mis colegas chinos, sobre todo porque allí tenía dos colegas muy queridos. La respuesta no fue inmediata pero fue positiva y me dijeron que sería invitado de la Asociación de Trabajadores Científicos de China. No se alarmen, no voy a contar el viaje ni voy a pasar diapositivas (risas).
Y bien, cuando fui a la Universidad de Pekín conocí al vicerrector, que en ese momento estaba a cargo de la universidad. Su nombre me sonaba conocido y le pregunté si era el autor de un trabajo muy bueno sobre turbulencia que había leído en una revista inglesa. Se asombró un poco de que pudiera comentar su trabajo y eso abrió la relación bastante.

El libro rojo de Mao
Lo que encontré allí es que el tipo de esfuerzos que realizábamos aquí para alcanzar el nivel científico era muy similar a lo que hacían ellos, naturalmente que en la dimensión china, una cosa completamente distinta; pero íbamos por la misma ruta, y en un comentario acerca de la prioridad que le daban al nivel científico me mostraron una cita de un famoso librito, que era el Libro Rojo de Mao y que, cuando lo vi, con ese poco de megalomanía que tenemos todos, dije: "Mao me ha plagiado y ni siquiera me cita".
Mao dice allí que "todo lo que el enemigo sabe, nosotros lo tenemos que saber, y todo lo que el enemigo no sabe nosotros lo tenemos que saber". Si trasladamos el "nosotros" de Mao al "nosotros" de ese aquí y ahora, y no hablamos de "enemigo" sino de "los otros", lo que podíamos pensar era que nuestra tarea era mucho más dura de lo que pensábamos: teníamos que saber todas esas cosas, pero para cambiarlas teníamos que pensar, analizar e imaginar mucho más. Todo esto me dejó tranquilo y el apodo de "cientificista" me hirió mucho menos.

La derecha, más grave
Lo otro, más grave, fue la derecha. Voy a decir con toda franqueza que la imagen que se da de La noche de los bastones largos es un poco deformada. Hay que tener en cuenta que al lado de lo que se llamó proceso fue un episodio policial. Claro que nos rompieron cabezas y costillas, pero el objetivo no era romper cabezas. Los que instigaron eso eran civiles y universitarios porque lo que estaba en juego era un programa ideológico: lo que querían romper no era cabezas, era el escenario que describí al principio, porque sabían que ese escenario conducía a un tipo de país totalmente distinto. La lucha fue dura y la perdimos, naturalmente.

Fin de siglo complicado
Al rememorar lo que pasó entonces es absolutamente inevitable compararlo con el ahora, que es sumamente doloroso. Estamos en un período muy complicado, oscilamos permanentemente en este final de siglo entre la admiración y el horror, el deslumbramiento y la náusea. El deslumbramiento por los extraordinarios avances de la ciencia y la tecnología, el horror y la náusea por los 2000 millones de desnutridos que hay en el mundo –cifras de las Naciones Unidas–. El horror y la náusea porque un puñado de personas –llamémosle personas– han amasado capitales superiores a decenas de países de esos que nosotros llamamos del Tercer Mundo y que después se llamaron, casi sarcásticamente, en vías de desarrollo. Hay un puñado de países que se han arrogado el derecho de castigar, bombardear, matar en cualquier parte del mundo por encima de todos los organismos internacionales. Desgraciadamente –no voy a seguir dando datos– un mundo de frustraciones. Son tiempos para aquellos que no pensamos la sociedad en términos de variables económicas sino en términos de personas.

Tiempo de reflexión
Pero no es un tiempo de bajar los brazos y de abandonar. Siempre ha habido de estos tiempos en la historia y hay que tomarlos como tiempos de reflexión. Tenemos que repensar nuestra discusión, y en lo que respecta a nosotros tenemos que repensar la educación y la universidad. Hoy la educación básica significa aprender a leer. No El Quijote sino leer los manuales de los aparatos para poder apretar el botón que corresponde: ésa es la educación básica del Banco Mundial. Y en materia de educación superior se trata de poner la universidad al servicio del sistema productivo y del mercado. A nosotros nos corresponde pensar en ese mundo la universidad.
Heredamos de la Edad Media dos instituciones: la Iglesia y la universidad. La Iglesia ha avanzado bastante, se ha transformado mucho, incluso muchísimo teniendo en cuenta la revolución teológica actual que nos confunde un poco porque ya no podemos mandar al infierno a nadie porque nos dicen que no tiene domicilio.
Ellos han repensado mucho, nosotros seguimos con las tradiciones. La universidad está como está quizás por la tradición que tiene, y a una facultad como ésta –la Facultad de Ciencias Exactas– le corresponde, y en buena medida, repensarla. Lo que hay que modificar, aunque se hable del fin de la historia y de las ideologías, es el aparato conceptual con el que se analiza la sociedad.


En la Noche de los Bastones Largos (29 de Julio de 1966), la policía cercó la zona de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales, donde entró a bastonazo limpio. Rolando García (izquierda) era decano de la Facultad, en ese entonces.

Nuevas utopías
Creo que tenemos una responsabilidad muy grande y hoy me preguntaba si no será que habrá que rehacer ese escenario, la universidad foro de discusiones, lo que en aquella época nos atrevimos a llamar "la conciencia crítica y política de la sociedad"; no de partido político: la política es lo que tiene que volver a la universidad, esa universidad con conciencia social que haga punta en la transformación.
Creo que he hablado demasiado. Tengo que agradecerle al señor decano y a sus colaboradores por esta invitación y a todos ustedes por permitirme hablar sin interrupciones y pensar en voz alta, y permitirme recordar, como incentivo y motor para forjar nuevas utopías.

"Pegaban bien, pegaban con ganas"

"Sáquenlos a tiros, si es necesario. ¡Hay que limpiar esta cueva de marxistas!" La orden la pronunció hace cuatro décadas el jefe de la Policía Federal, Mario Fonseca, obedeciendo con rigor vertical el mandato del general Juan Carlos Onganía, apoyado por una extendida aquiescencia social, incluidos vastos sectores universitarios. El objetivo de la "Operación Escarmiento", minuciosamente cumplido el viernes 29 de julio de 1966, era desalojar las cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires (UBA) que estudiantes y profesores mantenían ocupadas en rechazo a la intervención recién decretada por la dictadura militar. El método aplicado fue la irrupción de la Infantería, con especial saña en Ciencias Exactas y en Filosofía y Letras –las facultades más renovadoras–, primero lanzando gases lacrimógenos y luego descargando bastonazos sin discriminar hombres de mujeres, ni alumnos de docentes, graduados o decanos. En la perspectiva de las posteriores tragedias nacionales, la Noche de los Bastones Largos resultaría un simbólico y sombrío preludio. Para la UBA, marcaría el final de sus años dorados y encarnaría la escena primordial de un mito tan riesgoso como fundado en la realidad, al que Christian Ferrer ha llamado "el relato de un martirologio": la universidad pública como víctima, lacerada y flagelada por golpes y exilios forzados, por crímenes, persecuciones y desapariciones, por ajustes y privatizaciones.

Un mes después de derrocar al presidente Arturo Illia, Onganía decretaba el cese de la autonomía en las universidades, sedes dilectas del enemigo interno para la Doctrina de la Seguridad Nacional. Había anunciado un plazo de 48 horas para que las autoridades académicas decidieran si se cuadraban o renunciaban, pero no esperó. En la noche del mismo viernes 29 envió a la policía a las facultades de Ciencias Exactas, Filosofía y Letras, Arquitectura, Medicina e Ingeniería, pacíficamente tomadas, al igual que el rectorado de la UBA, donde el rector Hilario Fernández Long se había recluido para manifestar su rechazo.

Cerca de las 22 la Infantería ya rodeaba la Manzana de las Luces, sobre Perú al 200, donde funcionaban Exactas y Arquitectura. Adentro había cientos de personas: alumnos cursando y otros, junto con docentes y autoridades, intentando resistir la intervención militar durante el fin de semana. Habían cerrado puertas y ventanas, habían montado barricadas usando bancos y pupitres. Con los cascos puestos y los bastones preparados, los policías esperaban la orden de actuar. Cuando los vio, el vicedecano de Arquitectura, Carlos Méndez Mosquera, se acercó a uno de los oficiales y le preguntó qué pasaba. "¡Ataquen!", fue la respuesta, un alarido, prólogo de los gritos y estallidos que seguirían.

A pocos metros de allí, en Exactas, los hechos se replicaban. "¿Cómo se atreve a cometer este atropello? Todavía soy el decano de esta casa de estudios", increpó Rolando García al uniformado que encabezaba el operativo. Un corpulento subalterno rompió filas e intentó romperle la cabeza con su bastón. Con sangre sobre la cara, el decano se levantó y repitió sus palabras. También se repitió el bastonazo. "Pegaban bien, pegaban con habilidad, pegaban con ganas", resumiría luego Manuel Sadosky, entonces vicedecano de Exactas.

Sobre la Avenida Independencia al 3000, en la Facultad de Filosofía y Letras, policías armados habían superado el hall e ingresaban al patio y las aulas. Estudiantes y docentes corrían, tratando de esquivar insultos y culatazos. Algunos lograron escapar por las ventanas, muchos más fueron golpeados y detenidos. También era desocupada la Facultad de Ingeniería. Sólo en Medicina no se registraban incidentes.

Disipados los gases lacrimógenos, la Infantería comenzó a arrear a la gente y organizar el desalojo de Exactas. Primero todos contra la pared de un aula, brazos arriba y piernas separadas: "¡Al que apoye las manos en la pared, le reviento los dedos!". Los lamentos y las súplicas dejaron oíruna falsa orden: "Preparen, apunten...", simulacro de un fusilamiento que no fue. Después, como es fama, los universitarios fueron ordenados en fila y, camino a los camiones celulares, debieron pasar de a uno por entre dos formaciones de policías, una a tres metros de la otra, mientras sus cuerpos eran sucesivamente molidos a patadas y bastonazos. Por milagro o porque sabían calculadamente lo que hacían, no hubo muertos. Sí muchos heridos y, se estima, más de 500 detenidos. Los profesores, en su mayoría, fueron liberados a la madrugada. "No se nos tomó declaración, no se nos procesó por nada –relató tiempo después Rodolfo Busch, profesor de Exactas–, nunca estuvimos presos, nunca hemos sido apaleados."

Al otro día, Onganía clausuró todas las universidades por tres semanas. Para el 22 de agosto la intervención había sido instrumentada. Ese día asumía Luis Botet como rector interventor de la UBA. Su proclama: "La autoridad está por encima de la ciencia". Desde aquel momento, la UBA pasó a ser una institución vigilada, con policías de civil transitando sus pasillos y espiando lo que ocurría en las aulas a través de pequeñas ventanas en las puertas. Con todo, el resultado sería el inverso al deseado por la dictadura militar: la actividad política no haría más que crecer en las facultades.

La renuncia y el exilio de cientos de profesores e investigadores desmantelaron el proyecto de universidad científica que, a contrapelo del modelo profesionalista, había comenzado a gestarse en la UBA desde 1957, tras la recuperación de la autonomía. Un proyecto que había multiplicado el número de profesores con dedicación exclusiva (eran 9 en 1958 y 700 en 1966), había modernizado las estructuras curriculares, renovado el plantel de profesores y abierto nuevas carreras (Sociología, Psicología, Educación, Economía), había creado los departamentos de Extensión y de Orientación Vocacional... Manuel Sadosky había fundado el Instituto del Cálculo, donde puso en funciones la primera computadora del país, en 1961. El sabotaje y posterior destrucción de la célebre y enorme Clementina, ocurrido durante la intervención militar, suele ser recordado como símbolo del saqueo sufrido por la universidad pública. Pero, aunque llevó décadas, hoy existe Clementina II. Otras pérdidas institucionales continúan sin reemplazo, como tantas capacidades potenciales amputadas que nunca pudieron realizarse. Creada en 1958, Eudeba –la editorial de la UBA que gerenció Boris Spivacow– llegó a publicar y distribuir más de 10 millones de libros a precios populares, con enorme éxito comercial y cultural. Hasta julio de 1966.

Esa torpeza troglodita

El dictador Juan Carlos Onganía el día que juró como Presidente de la Nación.

Desde hacía un mes se esperaba que los militares entraran a la Universidad y el camión de la Guardia de Infantería había estado todo ese tiempo estacionado en la rotonda de Diagonal Sur. En algún momento planeó la ilusión de que dejarían a la universidad tranquila pero el 29 el clima estaba muy enrarecido.

Cuando llegué ese día a la vieja sede de Exactas, en la esquina de Perú y Diagonal, había revuelo adentro y varios camiones de la policía estacionados frente el monumento a Roca. Eran las seis o siete de la tarde y se había convocado a una asamblea general en el aula magna. La mayoría de los oradores propusieron hacer una toma pacífica de la facultad, incluso con los profesores. Como yo cursaba el ingreso, no tenía libreta universitaria y se planteó que no podíamos quedarnos para que no se dijera que éramos activistas profesionales.

Con otros compañeros fuimos a tomar un café al bar El Cabildo, que está en Hipólito Irigoyen y Perú. En otra mesa había un grupo de estudiantes de una agrupación de derecha que festejaba a voz en cuello porque iban a echar a los comunistas. Cuando intenté volver, la policía ya había acordonado la rotonda de Roca y no permitía llegar a la facultad.

Bueno, lo que siguió ya es historia. Durante muchos años se habló de la doble fila que iba desde el patio central hasta la puerta. Estudiantes y profesores eran brutalmente aporreados a medida que recorrían esos poco menos de cien metros obligatorios. Cuando entraron los infantes, disparando gases, hubo estudiantes que se refugiaron en las aulas del segundo piso y algunos que trataron de escapar por los techos que daban al Nacional Buenos Aires. Las persecuciones, gritos y estampidas se sucedieron en un despliegue de violencia inusitado para esa época.

En la puerta, estudiantes y profesores iban saliendo con las manos en la nuca, muchos de ellos sangrando, y los subían a los celulares en que los llevaban detenidos. No había gritos en la calle y tampoco entre los prisioneros. Todos actuaban con una expectativa enmudecedora ante el nuevo escenario que se abría. La incertidumbre y la sorpresa todavía le ganaban a la indignación en esos momentos.

El folklore sobre la torpeza de los militares ya era un tema recurrente. Pero aun así sus actos excedían los estereotipos. Como el comisario Margaride persiguiendo hombres y mujeres infieles en los hoteles alojamiento, o cuando llevaron a un cura al aula magna de Exactas para exorcizar a los demonios del comunismo y Onganía irrumpiendo en la Rural con la carroza de la reina Victoria tirada por seis caballos blancos.

La facultad estuvo cerrada bastante tiempo porque coincidía con el fin del cuatrimestre. Cuando reabrió, la mayoría de los profesores había renunciado y en los pasillos había nuevos celadores con funciones policiales. Algunas cátedras desaparecieron y otras debieron unificarse. El clima de libertad que había distinguido a la Universidad había mutado a claustro medieval, vigilancia y persecución. Esa torpeza troglodita y la ignorancia habían pasado a decidir sobre nuestras vidas.

La noche eterna

El 29 de julio de 1966 la dictadura de Juan Carlos Onganía dictó un decreto que ponía fin a la autonomía universitaria y se proponía "eliminar las causas de acción subversiva" en los claustros. En algunas facultades se realizaron asambleas como manifestaciones de oposición. Profesores y estudiantes fueron forzados a abandonar los edificios a golpes. Muchos fueron detenidos.

A comienzos de los sesenta la proscripción del peronismo y las presiones castrenses –crónicas y siempre perentorias– dominaron la escena política. Las universidades no fueron ajenas a este juego de la prepotencia. Después de todo, la autonomía universitaria había sido puesta en vigencia por la dictadura que llegó al poder en septiembre de 1955. Este tortuoso panorama no impidió que algunos sectores de las universidades públicas construyeran una identidad que se pensó a sí misma como solidaria de las mayorías. Cierto vigor y una incipiente excelencia académica se combinaron con un compromiso político entendido como concreción de la "función social" de la universidad y oposición a intereses hegemónicos externos.

Desde las ciencias naturales, "desarrollo" –uno de los conceptos claves de entonces– fue sinónimo de política industrialista e independencia científica y tecnológica. Desde las ciencias sociales, la producción de conocimiento fue pensada como actividad de diagnóstico y transformación de la realidad de país periférico. Ambos tópicos se cruzaban en un escenario atravesado por aluviones ideológicos y programáticos. Humanistas y reformistas, católicos y marxistas, nacionalistas y desarrollistas coincidieron en asignar un papel trascendente a la universidad.

Si bien la clausura final de estos ideales se concretó el 24 de marzo de 1976, la carrera hacia el abismo se inició con el golpe que expulsó a Arturo Illia de la presidencia el 28 de junio de 1966. El gobierno militar de facto hablaba de negligencia administrativa, de fragmentación de la vida nacional y de inhibición del proceso de modernización del país. Los primeros actos reflejos de la dictadura fueron el cierre del Congreso y la Corte Suprema, el control de la prensa y la disolución de los partidos políticos. El golpe de Estado fue recibido con indiferencia por la sociedad. Las universidades fueron el único sector que manifestó públicamente su oposición.

El 29 de julio el gobierno de facto sancionó el decreto ley 16.912, que ponía fin a la autonomía universitaria y obligaba a los rectores y decanos de las ocho universidades nacionales a asumir como interventores dependientes del Ministerio del Interior. El nuevo decreto se había propuesto "eliminar las causas de acción subversiva" en la universidad. Los rectores de las universidades de Buenos Aires, Córdoba, La Plata, Tucumán y Litoral decidieron renunciar. Los rectores de las universidades del Sur, del Noreste y de Cuyo aceptaron asumir como interventores.

En la UBA, además del rector Hilario Fernández Long, nueve decanos anunciaron sus renuncias. En algunas facultades se realizaron asambleas como manifestaciones de oposición. Como represalia, la misma noche del 29 de julio, policías armados, conducidos por el jefe de la Policía Federal, general Mario Fonseca, irrumpieron en algunas facultades de la UBA –los incidentes más graves se registraron en Filosofía y Letras, Arquitectura y Ciencias Exactas y Naturales (FCEyN)– disparando gases y gritando consignas antisemitas y anticomunistas. Profesores y estudiantes fueron forzados a abandonar los edificios a golpes y la gran mayoría fueron detenidos en diversas comisarías.

En la FCEyN, su decano, el meteorólogo Rolando García, había convocado a una reunión del Consejo Directivo, que había votado a favor de dar a conocer una declaración de protesta. En esta facultad se encontraba como profesor visitante el matemático Warren Ambrose, del Massachusetts Institute of Technology. El relato indignado de Ambrose fue publicado por la revista Science y el New York Times.

El periódico norteamericano también reprodujo declaraciones del rector y de algunos decanos de la UBA. Horacio Pando, decano de Arquitectura, sostenía: "Cerca de las 22 horas del viernes, la policía interrumpió en las clases nocturnas en nuestra facultad, gritando obscenidades, ygolpearon a profesores y estudiantes, hombres y mujeres, muchos de los cuales no conocían el decreto".

El gobierno de facto decidió suspender las clases en las universidades nacionales hasta el 16 de agosto, con excepción de las tres que habían acatado el nuevo decreto, y designar a Carlos María Gelly y Obes como nuevo ministro de Educación. También propuso cubrir los cargos de docentes renunciantes en las universidades nacionales con profesores de las universidades católicas no afectadas por la intervención. Esta iniciativa fue interferida por el manifiesto firmado por 65 profesores de la Universidad Católica de Buenos Aires, donde se afirmaba: "El país necesita científicos y técnicos y éstos pueden producirse sólo si las universidades son eficientes y capaces de conseguir sus objetivos (...) Esto puede ser logrado sólo si se mantienen principios tales como el derecho a la libertad de pensamiento y opinión dentro de la institución (...) El principio de autonomía universitaria es el factor más importante para alcanzar los más altos niveles académicos".

El New York Times comentaba por esos días que "la mayoría de los 75.000 estudiantes sin clases deambulan en las cercanías de los edificios", en aparente respuesta a un llamamiento de "líderes izquierdistas" de la "poderosa Federación Universitaria Argentina", que reclamaba la reapertura de las universidades, buscaba el apoyo en líderes obreros de la CGT y llamaba a "expulsar a la dictadura educativa".

La ambigüedad en sus manifestaciones públicas fue una de las mejores cartas de la política exterior de los Estados Unidos durante los años sesenta. Mientras que el gobierno norteamericano notificó a Onganía su "consternación y preocupación" sobre lo ocurrido en las universidades y protestó por la golpiza padecida por Warren Ambrose, a comienzos de agosto Lincoln Gordon, subsecretario de Estado para Asuntos Interamericanos, que como embajador en Brasil había dado su fervoroso apoyo al golpe de Estado de 1964, sostuvo ante la prensa que el ataque a la universidad había sido justificado, porque allí se encubrían agitadores profesionales. Gordon declaró que la reacción de su gobierno por los actos del gobierno militar argentino no pasaban de "una expresión de preocupación" y que no había habido protesta formal y categórica.

El 5 de agosto, Gordon tuvo que aclarar sus dichos. Las páginas de New York Times y de Washington Post reprodujeron sus argumentos: si bien algunas universidades latinoamericanas se habían convertido en "asilos de gángsters", de "estudiantes crónicos" o de "agitadores profesionales", los abusos de la libertad académica debían ser corregidos "a través de formas civilizadas y legales" y "no con violentas redadas policiales".

Las aclaraciones de Gordon, apoyadas públicamente por el secretario de Estado Dean Rusk, provocaron a su vez la reacción del gobierno de facto argentino. El titular de la Cancillería, Nicanor Costa Méndez, presentó a Leonard J. Saccio, encargado de los asuntos norteamericanos en Buenos Aires, sus objeciones a las declaraciones de los funcionarios norteamericanos respecto de las acciones del gobierno de facto sobre las universidades. La nota de protesta incluía un pedido de informe detallado de las mencionadas declaraciones de Gordon y Rusk a fin de analizar si no significaban una interferencia de los Estados Unidos en los asuntos internos de la Argentina. Sin embargo, la tensión era aparente. El New York Times indicó que la protesta no implicaba una "denuncia formal" del gobierno argentino y el Washington Post citó declaraciones de Marshal Wright, funcionario de prensa del Departamento de Estado, quien agregaba que la protesta argentina "no parece requerir una respuesta".

Finalmente, en el New York Times del 12 de agosto Marshal Wright afirmaba que el profesor Warren Ambrose no había sido seriamente dañado. Por otra parte, Wrigth mencionaba que el gobierno argentino había presentado un extenso mensaje que desautorizaba la acción policial llevada a cabo la noche del 29 de julio y aclaraba que los efectivos habían sido instruidospreviamente para no usar la violencia. De esta forma, el Departamento de Estado norteamericano daba por cerrados los entredichos.

Al día siguiente del ataque a las universidades ya había comenzado a hablarse del peligro de un éxodo masivo de investigadores. El 25 de agosto de 1966, un artículo del New York Times, que llevaba como copete "Reclutadores universitarios listos para ubicar profesores", anunciaba que algunas de las universidades más importantes de los Estados Unidos, "incluido el Massachusetts Institute of Technology y Harvard, así como sociedades científicas y académicas, han establecido contacto con profesores argentinos en las últimas dos semanas para colaborar con su plan de partida". Investigaciones posteriores sostienen que como consecuencia de los episodios del 29 de julio renunciaron en la UBA alrededor de 1380 docentes e investigadores. Del total de renunciantes, aproximadamente el 70 por ciento pertenecían a la FCEyN. Más de 300 emigraron hacia otros países.

La universidad que comenzó a demolerse en julio de 1966 persistió en la forma de materia prima tenaz para futuras mitologías académicas. Y los mitos iluminan el pasado selectivamente y lo reinventan en función de los sentidos del presente. La década 1956-1966 fue así interpretada en varias claves, desde momento de audaces idealismos —la universidad era capaz de forjar modelos de país— hasta idílica "edad de oro" del desarrollo científico y tecnológico.

El retorno de la democracia en diciembre de 1983 mostró que en el imaginario de muchos profesores e investigadores persistía como grado cero de toda política universitaria la recuperación de la universidad de los sesenta. Los debates sobre ciencia básica versus ciencia planificada fueron retomados. Como si Martínez de Hoz y la patria contratista nunca hubieran existido. El anacronismo resultó evidente a comienzos de los noventa, cuando la "revolución cultural" neoconservadora comenzó a promover los diagnósticos de organismos financieros internacionales sobre la educación superior en América latina. Algunos especialistas latinoamericanos se encargaron de traducir los valores del mercado a un lenguaje progresista.

La universidad de los sesenta es una historia sin final, una potencialidad que nunca será acto. Entre otras cosas, eso es el subdesarrollo: historias inconclusas, sentidos inciertos. En todo caso, la universidad de los sesenta aporta indicios reveladores para la autoestima de una tradición científica y académica que todavía busca la clave de su destino, que todavía se pregunta cómo hacer para que el conocimiento producido en las universidades redunde en capital social y cultural y en producción de riqueza.

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