El colectivero:
Una noche en Rosario (provincia Argentina), enfrente del cementerio "El Salvador", un colectivero (chofer de ómnibus) de la línea "114" iba conduciendo de noche medio dormido, de pronto, ve impotente como una chica se le cruza velozmente frente al ómnibus y este la arroya.
El colectivero asustado por lo sucedido y lo tétrico de el lugar decide retroceder, esquivar el cadáver de la chica y escapar. Luego de unos minutos de ir a toda velocidad y no detenerse en sus paradas normales, completamente histérico ve por el espejo retrovisor, que la chica que había arrollado está sentada en el ultimo asiento mirándolo fijo y llorando.
La casa del aguila
En Flor de Maroñas, en el corazón de un barrio obrero de casas blancas y chiquitas. Como una aparición extraña, la construcción en ruinas emerge en una esquina cualquiera, rodeada de un parque descuidado. Es
un caserón inmenso -nos contaba la farmacéutica del barrio, de la que me llegó el primer relato- al que todos conocen como "la casa del águila". Cuando los primeros pobladores de la zona vinieron a quedarse, esa casa ya estaba ahí,
sola y vacía.
Historia
Esto ocurrió un fin de semana que se presentaba perfecto; discotecas, alcohol, chicas...
Era viernes por la noche y mis padres no se encontraban en casa, ni lo estarían en todo el fin de semana.
Estaba viendo la televisión, y poco a poco estaba acabando con mi paciencia. Decidí cojer el teléfono y llamar a un amigo, o quizás un par. –Cuantos mas, mejor nos lo pasaremos-
Con la libertad de estar solo en casa, coji el teléfono y llame a un par de amigos, para invitarlos a pasar un fin de semana en mi casa.
Hice cinco o seis llamadas. –Tengo que decir que en dos de ellas marque un número erróneo-
Dos de mis mejores amigos aceptaron mi invitación y vinieron a mi casa. -Es una casa apartada de la ciudad-.
Picaron a la puerta. Decidí apagar la televisión, ya que me estaba aburriendo. Abrí la puerta y los recibí.
Pasamos todos tres juntos al comedor, y me di cuenta de que la televisión seguía encendida. Yo estaba seguro que la apague antes de recibir a mis colegas. –Aun así no le di mayor importancia-
Como jóvenes que somos, nos pusimos a ver la tele y beber como hacemos normalmente, aprovechando la ausencia de nuestros padres en casa. Nos lo estábamos pasando de lo mejor.
Risas, críticas a los programas que echaban por la tele etc...Pero de repente, escuchemos un fuerte golpe, venia de arriba.
Toni dijo que no era nada, que el viento probablemente habría abierto una ventana mal encajada.
Se hacia cada vez mas tarde, y nosotros continuábamos a lo nuestro, bebiendo, riéndonos y esas cosas.
Empezaron a retransmitir un programa de efectos paranormales, la hora es indicada para que los niños no la puedan ver. Empezaron haciendo un reportaje en un cementerio. Apaguemos la tele, ya que esos temas, no nos interesaban.
Porque lo quitáis, tenéis miedo o que? –Vaciló Ivan-.
Ivan era el típico estudiante, bien plantado, que se hacia el valiente cuando estaba entre amigos. Pero que todos sabían que cuando esta solo, es un rilado.
Volvimos a encender la tele, para demostrar al estupido de Ivan, que ese programa no nos afectaba ni la mas mínima. Namas volver a poner el canal, pudimos ver la imagen, una sombra en un cementerio. Suponíamos que era de un reportaje.
Porque no vamos nosotros a dar una vuelta al cementerio? –dijo Ivan, disimulando su miedo en un gesto muy atrevido-
Toni y yo al compás afirmamos esa pregunta. Cojimos ropa de abrigo, pues en una noche como esta, debíamos ir abrigados. También nos llevamos encima todo tipo de utensilios, móviles, linternas y como no una pequeña cámara digital.
Salimos de casa preparados para vivir una experiencia –brutal-. Me asseguré de cerrar la puerta con la llave.
Nos encaminamos al cementerio de nuestro municipio, no quedava muy lejos de mi casa.
Ivamos comentando nuestras cosas, Ivan iva entre Toni y yo –supongo que seria, para demostrarnos que es un valiente-.
Lleguemos a la puerta del cementerio. Havia una ligera brisa.
Intentemos abrir la puerta, y nos llevamos un susto. La puerta estaba oxidada, seguramente del tempo en que a estado inutilizada.
Con un terrible esfuerzo, conseguimos desplazar la puerta lo suficiente como para colarnos en el cementerio. Una vez dentro, encendimos nuestras linternas, y procuramos no hacer mucho ruido.
E tíos, no es bueno perturbar las almas de los difuntos –dijo Ivan en una voz apagada-
Toni y yo nos echemos a reír, y tratamos de calmarlo. Le convencimos de que no ariamos nada malo, y que no pasaría nada.
Caminábamos poco a poco, alumbrando con las linternas cada centímetro que íbamos avanzando. De repente, el viento empezó a soplar con fuerza, y como es de esperar, los ramos de flores depositados en los panteones de los difuntos, hacían un ruido de lo más espantoso.
La cosa se estaba poniendo fea, teníamos mucho miedo, para que negarlo?
Seguíamos avanzando, alumbrando todo lo que dejábamos atrás, mayormente tumbas.
De repente algo me agarro fuertemente, y no tarde en darme la vuelta –Afortunadamente era Toni-
Me susurro que vio algo brillante en medio de la oscuridad, y que sentía miedo dentro del cementerio. –Me lo dijo al oído, por tal de que Ivan no se asustase más-
Lo dejamos correr, pensamos que fue una imaginación producida por el pánico.
Pero poco después, sucedió lo mismo. Entonces no perdimos ni un momento y fuimos a donde afirmo ver algo brillante.
Lleguemos a un campo, de escasos metros, donde en medio havia una pequeña habitación con una tumba dentro. Teníamos mucho miedo, parecía una toma de película, pero desafortunadamente era real.
Volvimos a sentir un ruido dentro de esa misteriosa sala, Ivan no aguantaba más, si seguía de brazos cruzados contemplando el recinto, le podría dar un ataque al corazón. Cuando nos dimos cuenta Ivan ya havia entrado en el recinto.
Toni y yo no teníamos el valor que Ivan venció en una décima de segundo. Estábamos nerviosos, no nos dimos cuenta de que nuestro amigo entro allí adentro.
Empecemos a gritar-le, en cuanto saliera de allí nos iríamos, dejaríamos el cementerio y volveríamos a mi casa.
Pero Ivan no respondía, la angustia se aferró de Toni y de mi –no teníamos ni idea de que le pasaba a Ivan-
Volvimos a sentir un fuerte ruido que procedía de allí adentro. Le dije a Toni que me esperase, que le podía estar pasando algo a nuestro amigo, y que yo iva a entrar. Antes de entrar le advertí que no dejara de alumbrarme con la linterna.
Me decidí, comencé a caminar hacia la obertura de la pequeña habitación, la luz de la linterna me quitaba un poco el miedo, pero no todo. Estaba a unos escasos metros de la puerta, cuando vi una sombra en el suelo. Avise a Toni, yo sabia que algo malo le pasaba a mi amigo.
Entre decidido para buscar a Ivan –debía estar allí, porque entro y no lo vimos salir-
Una vez dentro, el corazón se me acelero al ver a Toni estirado boca arriba, tenia el móvil fuertemente sujeto entre sus manos. Se lo arrebate en un jesto de impotencia y salí corriendo, Toni no tubo que preguntarme nada, se hecho a correr detrás mío.
En la huida del cementerio, iba derramando lágrimas por mi amigo Ivan, en ese momento no me fije si estaba vivo o muerto, no atine a tomarle el pulso. Solamente le arrebate el móvil.
“Es culpa mía todo esto” pensé mientras iva corriendo.
La puerta estaba a unos escasos 100 metros de distancia, y Toni corría velozmente detrás mío.
La huida se nos estaba haciendo eterna, una vez delante de la puerta. Tuvimos que hacer un hábil gesto para esquivar la puerta, que anteriormente aviamos forzado para poder entrar.
Una vez fuera del cementerio, suponíamos que el peligro havia acabado. Pero no fue así, alguna cosa extraña (no pudimos ver concretamente que) nos perseguía. Toni y yo, no teníamos otra opción que ir corriendo hacia mi casa y intentar encerrarnos y dar parte a la policía.
Esa cosa extraña cada vez se nos acercaba mas, deje que Toni me pasara para asi tenerlo controlado. (no queria perder otro amigo, por mi culpa)
Faltaba poco para poder ver mi casa, para simplemente verla. Cuando ya la teníamos en nuestro campo de visión, esa cosa que nos perseguía, al parecer aumento de ritmo.
Si seguíamos a nuestro ritmo acabaría atrapándonos. Teníamos una larga recta delante nuestro, le grite a Toni y le lancé las llaves. –ya que el iva primero, ganaríamos unos segundos abriendo la puerta-.
Toni no tardo en abrirla, yo estaba a unos metros de el, me estaba gritando pero yo no podía oír nada, solo veía su dedo señalando detrás mío, y su boca en un gesto de miedo.
Me faltaban unos metros y estaría a salvo en mi casa con mi amigo. Hice un último esfuerzo y entre la puerta, que posteriormente fue cerrada con una velocidad brutal, por parte de Toni.
Echamos todos los pestillos posibles e incluso pusimos sofás en la puerta, para bloquear el paso de esa cosa extraña que teníamos detrás.
Nos caímos al suelo muertos de miedo, no nos salían las palabras. En un mar de dudas, la puerta sonó repeditamente. Un golpe detrás de otro. –no sabíamos que podía ser, pero no queríamos abrir-
Empezamos a hecharnos cada vez mas hacia detrás, hasta chocarnos con la pared de la entrada, no me acuerdo bien como pero empezamos a pedir perdón –no recuerdo porque-
Solamente pedíamos salir con vida de aquello…
Volvió a sonar la puerta, y al cavo de un rato oímos la voz de Ivan! Abridme por favor! –decía-
Era un momento de tensión, la puerta cada vez se movía mas, supuestamente Ivan la golpeaba con más fuerza.
Nos asomamos a la mirilla, y apreciamos a Ivan lleno de sangre, con la ropa destrozada. No dudamos ni un segundo en abrirle la puerta para curarlo y llevarlo a un hospital.
Desde esa noche, no hemos vuelto a venir a mi casa nunca más. Nos hemos cambiado de pueblo, y mi amigo Ivan esta ingresado en un psiquiátrico de Barcelona, donde lleva sin hablar desde el día en que le ocurrió aquel fatídico ataque en el cementerio.
No sabemos que le ocurrió, como no habla, nunca podremos saber que le paso.
Solo tenemos una pequeña prueba que capto su propio móvil dentro del recinto. –Aparece una sombra y sus propios gritos de pánico-
Las gemelas: historia
Desde siempre, en los días de tormenta, la comisaría recibe decenas de denuncias respecto a ruidos extraños que vienen desde esa casa. Se los describe como aullidos, o como aleteos de un ave inmensa encerrada entre sus muros. Una vez, en confianza, un policía me contó que una de esas noches hubo tantas denuncias que el comisario tuvo que enviar a dos agentes a inspeccionar la casa. En bicicleta, porque te podrás imaginar que ni patrullero valía la pena mandar.
Cuando llegaron a la esquina, estos dos agentes buscaron con las linternas algún signo de anormalidad. No encontraron nada, y llegaron a la conclusión de que aquellos ruidos no eran más que producto de la superstición del vecindario, a lo mejor simple ruidaje de muchachos colados en el parque. Pero cuando ya se estaban yendo, escucharon a sus espaldas un estruendo de escombros que caían. Al iluminar, vieron claramente caer desde el techo una gran escultura que dominaba el portal: un águila en gesto amenazante, con las alas y el pico abierto, que se destrozó sobre el terreno, a pocos metros de donde estaban. Pasado el primer susto, los agentes volvieron a la comisaría, y relataron en el parte que "seguramente debido al intenso viento..."
Al día siguiente, los agentes fueron requeridos a la seccional, y puestos bajo arresto por "beber en horas de servicio". Cuando intentaban explicar que ellos no habían bebido, el propio comisario los invitó a seguirlo hasta la casa en camioneta. Al llegar a la esquina, los agentes comprobaron con estupor que el águila de piedra seguía allí, intacta sobre el techo de la casa, donde permanece hasta hoy.
Ésta es apenas una de las decenas de historias que rodean la Casa del Águila del barrio Flor de Maroñas. Es raro el vecino o la vecina que no tenga una historia propia que contar al respecto. Se ha visto al águila moverse, aletear, e incluso volar en las noches de tormenta. Entre ellas, varias vecinas parecían atribuir la "maldición" del águila de piedra "a que hace pila de años, en la época de los tupamaros (sic) ahí torturaban y mataban gente".
Al parecer, la casa fue efectivamente construida como cuartel de campo durante una dictadura militar: es obra del General Esteban Pollo, edecán de Máximo Santos (dictador de finales del siglo XIX) y también grado 33 de la masonería. La conexión que los relatos vecinales hacen entre ambas dictaduras (la de la "época de los tupamaros" y la de Santos) revela el sentido último de la leyenda. Como una amenaza que pende sobre el barrio desde su misma constitución (la casa ya estaba ahí cuando llegaron los primeros vecinos), el águila de piedra (símbolo del poder en todas las épocas, desde los romanos hasta los estadounidenses) revive en cada tormenta el horror de las dictaduras militares. Merced a la leyenda permanentemente actualizada por nuevas historias, el barrio adquiere una identidad y una función: advertir a la comunidad sobre la maldición que amenaza desde la brutalidad de los regímenes autoritarios. El barrio aprendió en su historia sensible e incorporó a su cotidianeidad ese aprendizaje colectivo, como un "nunca más" de piedra, que trasciende (desde la vivencia rediviva del horror) la fugacidad de los discursos políticos y su frágil memoria.
Ojalá, en cada tormenta atmosférica o social, alguien nos narre esa leyenda viva que sostiene la memoria del miedo. Ojalá podamos entonces superar las alusiones a la "ignorancia de la gente", a la "superstición" o la "histeria colectiva" con que intentamos casi siempre defender la hegemonía de nuestro conocimiento "objetivo" de la realidad. Y reconocer, en toda su dimensión, el mensaje que llega desde la memoria colectiva entre las líneas de una leyenda simple de barrio.
La casa de la degollada
En el año 1871 sucedió un hecho misterioso que conmovió a la tranquila ciudad de Montevideo.
Primero desapareció una dama de la alta sociedad y luego su esposo.
He aquí el relato.
Merceditas Aguirre era una chica muy bonita , pretendida por gran parte de los muchachos de su circulo social . Quien la conquisto fue el Dr. Arenas un abogado famoso y acaudalado que le llevaba unos 20 años. Luego de casados pasaron a vivir a la mansión del este ultimo sita en la calle Agraciada esquina Joaquín Pereyra. A los pocos meses Merceditas dejo de ser vista y el doctor Arenas comento que se había ido a Europa a culminar sus estudios.
Al poco tiempo fue el Dr. Arenas quien desapareció sin dejar rastro , quedando en la mansión solo los 4 sirvientes que hacia años allí trabajaban. Pasaron los años , los sirvientes fueron muriendo de a poco y la casona quedó vacía.
Cuando unos sucesores tomaron posesión de la casa empezaron a notar sucesos extraños , gritos , ruidos de metales y hasta gritos en la noche.
Pero lo peor estaba por llegar. Cuando los obreros demolieron una pared para ampliar la biblioteca encontraron el cadáver de Merceditas , la cual estaba como momificada y con el cuello cercenado macabramente. Luego de eso la casa fue cerrada y abandonada y empezó a derruirse hasta legar al estado en que está hoy. Los vecinos siguen asegurando sentir ruidos y gritos sobrenaturales en las noches. La comisaria que está frente a la parte trasera de la casona por la calle Olmedo ya no manda agentes para ver que pasa porque saben que no es de este mundo el problema.
Nunca mas se supo que fue del Dr. Arenas , se piensa que el si escapó a Europa y por el tipo de crimen se los sindica como el posible culpable de una serie de crímenes no aclarados en España.
Esta es otra de las leyendas urbanas montevideanas , aunque Ud. No lo crea.
El perro de Satanas:
en una fabrica de los barrios mas peligrosos de mar de plata, argentina, se suceden extraños sucesos que tienen en vilo a empleados y vigilantes.
detras de la fabrica hay un descampado y muchas veces por la noche se suelen ver duendes o nenes que corren y desaparecen, y lo mas tenebroso viene ahora.
esta fabrica reporta un desaparecido por año, especialmente entre los serenos que la vigilan.
por la noche, cuando el sereno cuida la fabrica, suele escuchar silbidos y hasta respiraciones cerca.
una vez corriò el rumor de que uno de los empleados por la noche mientras vigilaba el lugar al sentir un gruñido se asomò por la ventana y viò a un perro gigante asi como un caballo y que no se olvida de los ojos rojos de este.
dicen que el dueño hizo un pacto con el diablo y desde ahi nunca mas le robaron, pero a cambio el debe entregar un alma por año, o sea, un empleado.
este perro es supuestamente una bestia enviada por el mismo satanas para evitar los siniestros, dado que es un barrio extremadamente peligroso.
La Llorona de Los Andes
Una de las leyendas más antiguas y difundidas en Venezuela y, en especial, en los Andes, se conoce como La Llorona. Se trata de una tenebrosa dama que, hasta hace más o menos un siglo, solía ser vista caminando por la vega del río Milla. El periódico merideño El Centinela de la Sierra en su edición del 5 de enero de 1883 la reporta «desandando por las playas del río Milla... destejido el cabello y vestida de luto».
En el caso del río Milla, la leyenda viene de tiempos precolombinos. Fue entonces cuando los antiguos indígenas de las Sierras Nevadas comenzaron a hablar sobre esta misteriosa mujer de medrosa figura y conmovedor llanto que solía ser vista recorriendo la vega de este brioso curso de agua y sus alrededores. Según la leyenda indígena, La Llorona fue una de las más hermosas nativas de los indios Mucujún, los primeros habitantes de los esplédidos valle del norte merideño, cruzados por los ríos Milla, Albarregas y Mucujún.
Al parecer, después de un «mal de amores» la despiadada acabó con la vida de su hijo recién nacido lanzándolo a las aguas del Milla. Ches, el Ser Supremo, se disgustó tanto ante tal crimen que la condenó a vagar por las riberas del río eternamente, por siempre en busca de los restos de su crío entre las espumosas aguas. Lo cierto del caso es que esta misma leyenda se conoce con ciertas variantes en toda Venezuela y, por si fuera poco, también existen numerosas versiones a lo largo y ancho de Hispanoamérica. Así la describe el investigador Eveleio Echevarría en sus Leyendas de la alta Venezuela (Mérida, 1988):
«La mujer gimiente de los indígenas de la altura. También lo es de toda Hispanoamérica, alta y baja...»
Sólo resta agregar que de acuerdo con los reportes periodísticos de El Centinela de la Sierra, la Llorona del río Milla suele salir de noche y un encuentro casual con esta rara y misteriosa mujer siempre trae «fatales consecuencias», ¡por lo que aconsejan evitarla a toda costa!
El encanto de oro
por Julio César Salas
Sábese por los cronistas que los muiscas decían que una gran inundación había cubierto en tiempos remotos la sabana de Bogotá y, perecido todos los hombres, una pareja humana había salido del lago de la Guatabita y vuelto a poblar el mundo; por tal causa rendían especial culto a los lagos de su territorio y consideraban sagrado el ya dicho, erigiéndolo santuario y celebrando en cierta época del año la ceremonia del cacique que se cubría con polvo de oro y se sumergía en sus aguas; origen más probable del mito del Dorado, del cual fue mera leyenda desfigurada la creencia de la Manoa de los achaguas.
Acerca de este sitio de maravillosa riqueza, donde se hallaba un encanto u hombre de oro, con patos y animales del mismo metal, múcuras y pailas, hemos oído en boca de los descendientes de los indios de Jají, que en las cascadas que forma el río González, existe este lugar recóndito, que algunos han entrevistado en lo más áspero e inaccesible de aquellas gigantescas rocas, por donde se despeña el río y corre dando saltos, por entre el tupido y secular bosque de belleza salvaje, donde se contempla y mora el airón de plumas verdes, atornasoladas, semejante al quetzal azteca.
El jinete emparamado
por Tulio Febres Cordero
En las relaciones tradicionales figura la del jinete emparamado, que vamos a recordar. Chachopo es un pueblito que está a la caída del páramo, cerca de Timotes. Cierto día, hace de esto muchos años, amaneció en la plaza de aquel pueblito un viajero a caballo en una buena mula.
Esta pastaba de su cuenta, suelta la brida y sin que el jinete hiciese el menor movimiento para gobernarla, lo que llamó la atención de los primeros vecinos que abrieron sus casas; y cómo quedarían de asombro al cerciorarse de que el jinete era un cadáver, un hombre emparamado. Ni la valentía de la mula pudo salvarlo de la furia del páramo en una nevazón y murió sobre la cabalgadura, permaneciendo allí clavado en la silla y sin soltar los estribos. No pudo identificarse el cadáver por ser el de una persona completamente desconocida y aún de país extraño.
Así lo hemos oído relatar...
El gigante de Milla
por Emilio Menotti Spósito
El Milla es el río de la ingenuas leyendas infantiles, que escuchamos en nuestro primeros años, al calor del rescoldo hogareño, en las frías tardes decembrinas. Los furtivos cazadores que solían arriesgarse en el corazón de las encendidas montañas del Milla, tras la pista de conejos y venados, han visto deslizarse por entre los acantilados de las roca, al rayar del alba o en los crepúsculos vespertinos, una gallina de oro macizo, seguida de sus aúreos polluelos.
También aseguran haber visto, y aún hablado con él, al barbudo y descomunal gigante, que cuida las sagradas calderas de los Chorros. Su habitación está en lo más abrupto del Monte Zerpa, en una gruta encantada, que nadie ha podido encontrar.
Un sabio naturalista francés, el doctor Burgoin, que hizo de Mérida su segunda patria, en una de sus excursiones botánicas se halló de pronto, sin poderlo evitar, con el viejo vestigio de los Cho-rros.Burgoin cargaba una magnífica escopeta de dos cañones y, lleno de miedo y de sorpresa, apuntó con ella hacia la boca abierta del gigante:
—¿Qué llevas muchacho?
—Un tabaco. ¿Te gusta fumar?
—Algunas veces. Dame una chupadita.
Burgoin descargó las dos balas en la abierta bocaza del espectro.
Se oye una interjección espantosa, como el fragor de una centella.
El francés corría a todo escape, salvando los agudos filos de alas salientes rocas.
Y a sus espaldas, entre salivazos de fuego, murmuraba el gigante:
—Qué tabaco tan fuerte me ha brindado el musiú!
Hoy los Chorros de Milla han perdido el encanto natural de su inocencia paradisíaca... Y el gigante barbudo, celoso vigilante de las hermosas cascadas, se hundió también en la gruta encantada del Monte Zerpa, como una corajuda protesta ante la vil profanación.
Las gemelas
Las niñas tuvieron que cruzar solas porque a la madre la llamaron del trabajo para que fuera urgentemente. Les dijo a las niñas que cruzaran solas, pero que tuvieran cuidado, mirando a los dos lados. Las niñas obedecieron. Nada más girarse la madre para marcharse oyó un golpe muy fuerte detrás de ella. Eran sus hijas, habían sido atropelladas por un camión. desgraciadamente, las dos habían muerto. Cuatro años más tarde la madre, aún joven, ya que tenía 34 años, todavía vivía en la misma casa cerca de la carretera y no olvidaba ningún día a sus dos gemelas. Afortunadamente, había vuelto a tener hijos, y casualmente eran dos gemelas. Además, eran muy parecidas a las que murieron atropelladas. Esto hacía que la madre olvidara en parte ese trágico suceso. Pero la fatalidad estuvo a punto de volver a la familia, a pesar de prohibirles expresamente acercarse a la carretera. Un día las dos niñas estaban jugando y decidieron cruzar la carretera. No venía nadie en ningún sentido, no había peligro. En el último momento apareció su madre que chillando muy alterada, les dijo que no cruzaran, a lo que las niñas respondieron al unísono: - Si no pensábamos cruzar,... ya nos atropellaron una vez y no volverá a ocurrir…
Nunca retes al Diablo:
Han pasado ya varios años, pero lo recuerdo todo como si hubiera ocurrido ayer. Los sonidos, sombras y olores, todas las sensaciones de aquel día, inundan aún hoy mis sentidos y me transportan una y otra vez a mi terrible pasado.
Aquella era una noche de verano de un mes de Agosto. Me encontraba con mis amigos pasando unos días de acampada en la sierra. Éramos el grupo de veinteañeros de siempre. Amigos desde pequeños y compañeros para todo. Después de la cena de un largo día repleto de emociones, nos reunimos en torno al fuego siguiendo la costumbre diaria de acabar la jornada con un buen rato de charla.
En aquella ocasión, habíamos bajado al pueblo y traído unas bolsas de hielo, refrescos y alcohol, con los que alegrar la velada. Tras un largo rato de conversación muy animada y bromas, sin saber cómo, terminamos contando historias de miedo. Esas historias tontas, pensadas para asustar a los niños y absurdas siempre. O al menos así me lo parecieron en aquél momento.
La noche invitaba al misterio. Sin luna, el cielo se mostraba totalmente estrellado. Una suave y fresca brisa hacía que las llamas de la hoguera se movieran como queriendo ascender al infinito. Más allá de los escasos metros que iluminaban las llamas, dominaba la oscuridad más absoluta. Se veían las tiendas de campaña y a penas las primeras líneas de árboles que delimitaban el claro donde estábamos acampados. Recuerdo bien cuando mi mejor amigo Enrique, ya muy borracho, comenzó a hablar de la vida y de la muerte. Del premio en el cielo y el castigo del infierno.
La muerte... ¡que lejana palabra para los que piensan que tienen toda la vida por delante!.
Las caras y gestos se tornaron serios y la charla pasó a ser áspera, cuando Enrique comenzó a hablar del Diablo y el desprecio que sentía, por lo que él consideraba el invento religioso más rentable de todos los tiempos. Mi amigo explicaba que el Demonio no era más que un bicho con patas de cabra, cuernos, rabo y tridente, pintado de rojo e inventado por los curas para amedrentar a la gente. No fue eso lo que enrarecía los ánimos. Era su continua mofa a Satanás. Llegó a decir voz alta y en pié:
“¡Si existe Lucifer, que venga y se nos lleve!”.
En aquel momento, lo único que se me ocurrió fue interrumpirle y hacerle abandonar la reunión con la excusa de que viniese a ayudarme al río a traer agua. Todos estaban serios y molestos con Enrique cuando abandonamos el campamento iluminados por la tenue luz del farol que portábamos. Llenando las cantimploras, no me di cuenta cuando mi amigo se tumbó a mi lado a dormir al borrachera.
Tampoco reparé cuando comenzaron las señales a mi alrededor. Fue como si el tiempo se hubiera congelado. La brisa se paró. El monótono y persistente canto de las chicharras se detuvo. El silencio y la oscuridad se adueñaron de todo. Mis intentos por despertar a Enrique fueron vanos. Una fuerte sensación invadía mi alma. En mi interior yo sabía que algo ni iba bien.
Decidí entonces ir al campamento por ayuda para traer de vuelta a Enrique. Lo acomodé de costado por si vomitaba en mi ausencia y mientras me alejaba, pude ver cómo la oscuridad lo envolvía rápidamente a medida que caminaba en busca de los otros. Pero al llegar no encontré a nadie. Habían desaparecido. Quise pensar que era una mala broma, quise pensar que estaban escondidos. Mil ideas desfilaron como rayos por mi cabeza, cuando algo me impulsó a darme la vuelta. Levanté la mirada y allí estaba Enrique.Permanecía quieto. Ya no parecía borracho. Su cara estaba inexpresiva y la mirada de sus ojos vacía. Sé que no fue él quien habló cuando me dijo:
“Por vosotros vendré cuando os llegue la muerte”. Luego se desplomó inconsciente. Y en mi mente ya, una sola palabra. Satanás. Aquella voz diferente al resto, aún rebota por todos los rincones de mi ser. Del grupo que éramos, a excepción de mi amigo y el que os cuenta lo sucedido, no se supo nunca nada. Jamás aparecieron. Los recuerdos de Enrique de aquella noche, se cortan en el río. Él piensa en animales salvajes como explicación a lo sucedido, y con eso logra dormir por las noches.
No le he contado lo que no recuerda de aquella noche ni las palabras que salieron de su boca. Además de que no me creería nunca, no quiero que sepa lo que nos espera al morir. Él sigue sin creer en el Diablo. Por lo que a mí respecta, espero poder vivir muchos años. Ojalá no muriese nunca y pudiera estar para siempre en este infierno que me acompaña desde aquel día maldito.