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Este relato ejemplifica la forma en que un autor, yo por ejemplo, puede manipular la atención del lector. Es el mismo caso de Lost. Los autores hacen que uno crea lo que ellos quieren por más que todo sea simple y sencillo de comprender.

Travesuras

Este relato trata sobre mis tres amigos y yo, claro. Hay momentos aburridos en los cuales uno recuerda cosas. Ahora estoy en compañía de ellos, es tarde, estamos aburridos y no sabemos qué hacer. Cuando un grupo de adolescentes tiene tiempo de sobra y ha hecho tantas travesuras, es difícil entretenerse.

Si nos pudiesen ver ahora, pensarían que somos cuatro pavotes sentados en la vereda sin nada que hacer de nuestras vidas. Pero debo aclarar que ese no es el caso. Créanme

Los cuatro nos miramos y entendemos inmediatamente cualquier pensamiento que tenga el otro con sólo una mirada, son años de amistad.

Pero bueno, mucha introducción. Son ya las 12 AM y debo comenzar con mi relato:

Si fuera más viejo o más serio habría decidido no ir con esta manga de locos, pero como soy joven y me gustan las emociones; amo las emociones; los acompañe.

Fue hace un tiempo, no recuerdo exactamente cuándo, pero no fue hace mucho. Algunas semanas probablemente.

Los jóvenes de mi tipo somos algo inquietos y nos cuesta mantenernos entretenidos pero hacemos lo que podemos. Ese día era jueves y mis ex—compañeros del año anterior estaban tramando algo, así que decidí participar y enterarme.

Pedro, Juan y Luis. Los peores del curso. Ellos son de esos que siempre se meten en problemas. Eso sí, son inseparables y los mejores amigos.

Pedro es alto y corpulento, Luis es flaco y tiene el pelo color cebolla y Juan es un morocho caribeño. Se sentaban a tomar cerveza en medio de la plaza para planear sus nuevas travesuras, lo sé porque el año anterior estuve con ellos durante uno de esos encuentros en donde se planeara una de las más descabelladas del año. Fue genial, nunca voy a olvidar esa aventura. Pero no es de aquella de la que quiero hablar ahora, si no otra aún mejor: la última.

Juan, el cabecilla y el más inteligente, convocó a junta de grupo en medio de la clase usando proyectiles de papel. Se los arrojaba a Pedro y a Luis usando una gomita (bandita elástica) y, hasta donde recuerdo, duelen bastante cuando le dan de lleno a uno en la nuca. Pasó entonces qué, después de algunos insultos y gestos obscenos típicos y casi protocolares, se cruzaron una mirada que estaba reservada para momentos especiales y que significaba sólo una cosa. En ese momento y sin que Juan pronunciara palabra alguna, supieron que habrían de encontrase en la plaza de siempre, a la hora de siempre, medianoche, el sábado siguiente, como siempre, y que llevarían cervezas. Como siempre.

A cambio de una botella, Juan le pidió a uno de los borrachines que andan por ahí a menudo, que le compra 4 botellas, el tipo acepto sin inconvenientes, como siempre lo hizo en el pasado. A los 16 años no es muy bien visto por tus padres que tomes cerveza en medio de una plaza abandonada a las 12:00 AM de la noche. Sobre todo cuando se supone que estas estudiando en la casa de uno de los chicos. Si. El otro problema de esas reuniones era encontrar la excusa perfecta, la cuartada.

Luis era hijo de Marta Hernández García, la peluquera del barrio. Separada y con un hijo, se inclinó a una vida de vicios y novios ocasionales culpa, creo yo, de haber sido abandonada por el padre de Luis cuando éste todavía no había cumplido el año de vida, así que nunca conoció a su viejo.

Por un lado, el problema de Luis era una ventaja para el grupo. Su madre no lo cuidaba mucho y era fácil que se escapara o usara la casa mientras su madre no estaba. Ella vivía en otro planeta, como ida. Algunas veces a Luis le daba por contar, mirada baja, pelo colgando sobre su cara apuntada al piso y dibujando figuras con un palo en el suelo, que su madre realmente sabía cuando él se escapaba o cuando hacía cosas indebidas, pero que no le importaba. Lo decía en voz apagada y con cierto toque de rencor en el tono.

Ha, perdón, dije que Luis “era” hijo de Marta porque falleció hace poco. Luis quiere mucho a su madre y aún no lo puede superar. A él le afecto mucho su muerte y dice que no se acostumbra a esta nueva vida. Si es que se la puede llamar así.

Perdón por distraerlos con cosas sin importancia, ahora voy al grano: la mejor travesura de todas, la que cambiaría para siempre la suerte de Luis, de Pedro y de Juan. Ahí voy:

Al reunirse aquel sábado a la medianoche, Juan dijo al resto de la pandilla que había un desafío de esos que se les presentaban sólo una vez en la vida y que sería genial. Miró a cada uno con una seriedad sepulcral, como cuando un profesor mira a los alumnos esperando a que alguno reconozca alguna travesura. Dijo que ésta era una tarea única y sólo para valientes. Dijo con los ojos abiertos como dos huevos fritos, que se trataba de contactar a un espíritu. Y dijo que debería hacerse en el cementerio.

Lo escuchamos con atención. El plan era simple: había que ir al cementerio pasada la medianoche del siguiente sábado, conjurar unas oraciones y palabras mágicas de un libro que él se había afanado de la biblioteca del colegio y, finalmente, formar un círculo mágico para que el espíritu no pudiese escapar o hacer daño. Si todo salía bien, el espectro contestaría a tres preguntas que se le formularían. Claro no creía en ese momento que los espíritus y los vivos puedan comunicarse. Digo; hasta ese día nunca me había pasado de poder establecer esa comunicación.

Quise intervenir para decirles que los espíritus no contestan preguntas pero era inútil, no me iban a escuchar y yo lo sabía muy bien. Así que me limité a oír y callar.

Luis pregunto, con algo de incredulidad, qué clase de biblioteca escolar tiene libros de magia. Juan le contesto que no era de la biblioteca sino de una adivina que solía visitar a la bibliotecaria para tirarle las cartas cuando no había nadie, después de cerrar.

—La vieja esa,… que parece gitana o algo así, terminó de hacer sus adivinaciones y se fue apurada, se le hacía tarde supongo— dijo Juan mirando un poco a cada uno de la pandilla.

—Yo la observé entrar muchas veces y quería saber qué hacía, así que me colé despacio y me escondí atrás de unos estantes. Aproveché que habían apagado todas las luces salvo la del escritorio de la bibliotecaria.

—¿Y escuchaste todo?—Interrumpió Pedro.

—¿Sí. Más vale, boludo.—Dijo Juan a Pedro al tiempo que le acertaba una palmada en medio de la frente que sonó como latigazo. Pedro se llevó la mano a la frente como quien te toma la temperatura. Juan se lo quedó mirando unos segundos y siguió contando.

—Bueno, entonces dos minutos después de que la vieja se fue apurada, la bibliotecaria salió y escuché el sonido de las llaves. Chau, dije. Me quede encerrado.

—Y no te diste cuenta antes, tarado, que te ibas a quedar encerrado?— dijo Pedro con la mano todavía en la frente.

—Y… no. Estúpido. Si me hubiese avivado no me habría quedado encerrado. Mogo.— Hizo una pausa y prosiguió.
—Así que empecé a buscar la forma de salir; a revolver por todas partes por si había otro juego de llaves o algo para abrir la puerta, y me encontré el libro que la vieja se había olvidado. Estaba en una bolsa que decía “NO TOCAR, DEVOLVER EL LUNES A MARUJA”.

Luis preguntó con la cara absolutamente tiesa y tras la pregunta se metió el pico de la cerveza en la boca y le dio un trago. —Pero vos cómo sabías que la vieja se llamaba Maruja?—

—La bibliotecaria le decía Maruja a cada rato mientras la vieja le tiraba las cartas y le contaba qué se yo qué cosas del futuro, boludo.— Le contestó Juan un poco molesto por la pregunta.

—El tema es que me escapé por la claraboya del baño y de paso me quedé con el libro de la vieja. Cuando llegué a la esquina de mi casa me quedé atrás de un árbol y vi que tenía conjuros para todo tipo de cosas. Pero cuando vi uno que decía “CONSULTAR MUERTOS” me quedé re duro.

—Te acordaste de…

—Sí. Me acordé de él.— Dijo Juan Interrumpiendo a Luis y las miradas se cruzaron con aire cómplice y cierto dejo de nostalgia. Se hizo un instante de selencio.

Nos anotamos al toque. Era una idea muy loca pero a mí me gustó y me enganche. No tenía miedo porque sabía que esas viejas era puro verso. Así que no iba a pasar nada. Como les dije al principio, me fascinan las emociones.

Ninguno de nosotros nos asustamos con la idea, solo que a Pedro se le complicaba un poco zafar ese sábado en particular. Estaba custodiado, si esa puede ser una definición de su condición, por dos hermanas que no lo dejaban en paz y que, a pesar de ser hermosas y ya mayores, él las odiaba.

El cómo consiguió escapar a sus hermanas no es importante pero les diré que Pedro se vengaría luego de ellas gracias a esta travesura inolvidable. Es increíble como uno puede cambiar tanto a partir de una experiencia, en apariencia inocente.

Juan prosiguió explicando el resto del plan:

—Hay que encontrar una excusa para borrarnos el próximo sábado por algunas horas sin que nadie sospeche.

—Podríamos decir que vamos a bailar— Dijo Luis.

—No, ni en pedo— interrumpió Pedro con cara de desazón —Tengo las notas de matemáticas por el suelo y ni en pedo me van a dejar ir a bailar.

—Entonces. Podemos decir que nos juntamos a estudiar.— Le respondió Juan.

—Pero en dónde?

Luis dijo con mucha exaltación —En mi casa.— Lo miramos esperando que continúe con la idea. —Mi vieja sale con las amigas. Podemos aprovechar y decirles que vamos a estudiar.

Juan asintió con la cabeza y mostró la palma de su mano indicando que se haga silencio para que pudiese explicar cómo seguía la cosa.

—El próximo sábado nos juntamos en la tu casa, Luis. Le decimos a tu vieja que tenemos que estudiar para un examen y listo.

Así terminó la reunión y nos fuimos cada uno por nuestro lado.

Tal como dijo Luis, ese sábado su madre se iba al bingo con algunas amigas separadas del Club así que era ideal. Una oportunidad única. Esa noche nos hicimos todos presentes y, como era habitual en Marta, no saludó a nadie, sólo miró a su hijo y le dijo que había comida en el horno y el teléfono del bingo pegado con un imán en la puerta de la heladera por si pasaba algo. Todos la miramos y ella sólo miró a su hijo, encendió un Virginia’s Light 100 cuyo humo envolvió su cara y, con los ojos indiferentes, se fue dando un portazo no sin antes poner cara de insatisfacción.

—Listo— dijo Juan a Luis —Ahora tenemos que juntar las herramientas cazafantasmas y salir en media hora. Es el tiempo suficiente para tu vieja se aleje lo bastante para que no nos vea salir.

Así se hizo. A la media hora estábamos en camino del cementerio municipal de la ciudad: el cementerio de “Santa Mónica”.

Entramos por el lado de la curva que hace la ruta 1003 y que tiene el alambrado roto en muchos lugares. Esas puertas improvisadas las hacen los deudos para poder acortar camino y visitar a sus difuntos sin tener que dar toda la vuelta y entrar por la puerta principal o bien para que su visita sea lo más anónima posible.

Como en todos los lugares con mucho pasto y humedad, se había levantado una leve neblina.

Cruzamos la cuneta que separa la ruta del alambrado y lo hicimos a toda prisa. Yo estaba tan extasiado que no me di cuenta que venía un auto con las luces altas, eran las 2 AM cuando entramos al cementerio, yo fui el último en ingresar y lo hice sin ser visto por nadie en lo absoluto.

Nos dirigimos hacia una de las tumbas. Era la que todos conocíamos. Era como que ya se sabía de entrada a cuál tumba nos dirigiríamos y a esa tumba fuimos. Allí nos congregamos como cuatro comensales a la mesa, formando una ronda.

La noche estaba nublada y todo estaba bañado por una bruma bien típica del otoño. No hacía mucho frío, es más, íbamos vestidos, los chicos y yo, solo remeras de mangas largas y/o una camisa de verano.

Las miradas se cruzaron antes de que mis tres compañeros de aventura dibujasen una sonrisa de gangster mezclada con una expresión triunfante.

—Aca esta— dijo Luís —por fin llegamos.

—Sacá las velas vos, Pedro y dibujá la estrella que tenés aca— le mostró la página abierta de un libro de lomo negro con el dibujo de una estrella de cinco puntas

—Tomá, usa esto.— Dijo Juan, sacando un termo que, por lo que pudimos ver todos luego, contenía sangre quien sabe de qué animal. De alguna gallina supongo.

Los chicos hicieron sus respectivas partes; yo sólo observaba. Se estaba poniendo bueno. Estaban decididos a efectuar la invocación.

Juan comenzó a recitar palabras que leía del libro mientras las llamas de las velas oscilaban.

Yo sabía que era sólo un juego y no me importó. Sólo quería ver qué pasaba. Pero algo ocurrió, algo que no pensaba que pasaría.

La tumba comenzó a temblar ante nuestras horrorizadas miradas y el viento comenzó a aumentar su fuerza y a silbar como si hablara. Debo decir que los cementerios no me asustan pero ver temblar una tumba sí. Recuerdo esas películas de zombies y eso sí que me asusta mucho. Un muerto levantándose con la carne podrida y todo eso. Feo, feo. Para mi forma de ver los cadáveres están en sus tumbas y ahí deben quedarse.

Los chicos y yo nos sorprendimos ante tal espectáculo que ninguno de nosotros esperaba ver. A mí me invadió un horror espantoso cuando comencé a sentir que era arrastrado por una fuerza desconocida y poderosa hacia el sepulcro. Comencé a gritar, llorar y a llamar a mi madre, qué, naturalmente no podía oírme por que estaba en casa. Fue entonces cuando Luis me observó y comenzó a emitir sonidos espasmódicos, como si fuese a vomitar de un momento a otro y a señalarme con horror. Los otros dos chicos giraron hacia mí y sus ojos no podían ser más explícitos: estaban pálidos y espantados hasta los huesos mientras yo luchaba por zafarme de esa extraña fuerza.

Juan comenzó a correr primero que todos, lo mismo hizo Pedro y Luis. Al salir corriendo en dirección contraria a mí, hacia la ruta, patearon las velas y pisaron el pentagrama ya que se tropezaron con la tumba que estaba detrás de ellos. Luis se cayó y sin tardar ni un segundo, se incorporó y prosiguió su marcha.

Por alguna razón, al tirar la velas y romper el pentagrama de sangre, la fuerza me liberó y comencé a seguirlos con desesperación y a gritarles que se calmaran que ya todo había pasado y que no tenían que seguir teniendo miedo, pero era inútil. Ellos siguieron corriendo y mirando sobre sus hombros hasta que aquel interno de la 216, a casi 80, los encontrara cruzando la ruta 1003 totalmente desprevenidos. Juan vio el colectivo y se paró en seco. Los otros dos lo chocaron ya que venían mirando hacia mi lado; hacia atrás. Al menos estaban juntos cuando murieron.

Como les dije antes, ahora es Pedro quien atormenta a sus hermanas cada noche a pesar de que los tres, Luis, Juan y yo, le pedimos que las deje en paz.

A pesar de todo, y como les dije, Luis no ha logrado superar su propia muerte. Extraña muchísimo a su madre a despecho de que ella no lo cuidase mucho en vida y sea, en cierto modo, la responsable de su muerte.

En cuanto a Juan, no tiene muchos problemas y hace poco y nada por asustar a la gente. Solo se dedica a pasearse y ocasionalmente visita su casa para ver como andas las cosas con su familia. Antes de ayer nos contó que pronto su abuelo estaría contándonos historias.

En cuanto a mí. Bien, como les dije. Los conocí el año pasado cuando por meternos a acampar en terrenos de unos japoneses, unos viveros, fuimos atacados por perros y sólo ellos tres lograron escapar. Pero siempre estuve con ellos y siempre lo estaré.

La tumba a la que fueron era la mía y, si hubiese sabido en aquel momento que gracias al conjuro del libro de esa gitana me verían, no hubiera ido y quizá estarían vivos ahora.

Pero igual hacemos otros tipos de travesuras. Ahora somos cuatro los que rondamos por ahí. Esta noche, por ejemplo, te vamos a visitar a vos. Así que nos vemos.

Aclaración: las cosas que se caen solas son obra de Juan, sólo tira cosas de torpe que es.

Jorge Luján Medina.
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