Mi pueblo es la Colonia Santa Maria ubicada en el partido de Coronel Suarez provincia de Buenos Aires Republica Argentina... a continuacion informacion y fotos de esta colonia de descendientes de alemanes del Volga...
Pero antes vamos con un poco mas de historia...
Comienza la historia de los descendientes de alemanes del Volga...
Alemania arrasada por las guerras
“A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, el Imperio estaba eclipsado por Francia e Inglaterra. La tambaleante estructura imperial estaba sostenida por la gran cantidad de príncipes menores, quienes deseaban su protección, ante la presión de los grandes príncipes, que demandaban mayor libertad para ampliar sus posesiones”. Palabras de Alfred von Gottfriedt, Cronista del siglo XVIII.
Los ejércitos destrozan el imperio
Todo comenzó por la guerra de Sucesión española (1701-1714) que surgió por la lucha sobre el derecho del nieto de Luis XIV, futuro Felipe V, para heredar el trono español. Baviera se puso del lado de Francia, porque Luis XIV prometió al elector la corona de los Países Bajos españoles. Brandeburgo apoyó a los emperadores Leopoldo I y José I a cambio del reconocimiento imperial de Prusia como reino. Los otros Estados europeos también se aliaron con el Imperio para bloquear la unión dinástica de Francia y España. Ejércitos grandes, bien adiestrados y dotados lucharon en Baviera y Alemania occidental, haciendo estragos y dejando la ruina a su paso. Cuando ambas partes quedaron agotadas, aceptaron los Tratados de Utrecht.
Invadidos desde el oeste, los príncipes alemanes se encaminaron hacia el norte y este, donde entraron en conflicto con Suecia en el mar Báltico. En la primera guerra del Norte (1655-1660), el emperador y el elector de Brandeburgo apoyaron a Polonia y Dinamarca contra Carlos X Gustavo de Suecia. Las consecuencias del enfrentamiento no implicaron muchos cambios.
En la segunda guerra del Norte (1700-1721), que corrió paralela a la guerra de Sucesión española, Sajonia, Polonia, Brandeburgo-Prusia, Hannover, Dinamarca y Rusia unieron sus fuerzas contra Suecia. Al final de la misma, los tratados de Frederiksborg y Nystad (1721) devolvieron Polonia al elector de Sajonia Augusto (que como rey de Polonia gobernó como Augusto II), transfirieron Stettin y Pomerania Occidental de Suecia a Brandeburgo-Prusia, y Rusia ocupó las posesiones del Báltico oriental que mantenía Suecia.
Los alemanes también tuvieron que enfrentarse con los turcos otomanos, quienes, después de un periodo de tranquilidad, se expandieron vigorosamente en el sureste de Europa. Cuando invadieron Hungría en 1663, las tropas imperiales pudieron derrotarlos y obtener una tregua de 20 años. Sin embargo, las guerras turcas continuaron hasta que el brillante general Eugenio de Saboya condujo las tropas imperiales al triunfo en Senta (1697). Por el Tratado de Karlowitz (1699) los Habsburgo anexionaron la mayor parte de Hungría; el país que estaba prácticamente despoblado se volvió a colonizar con veteranos alemanes y se impuso la autoridad imperial centralizada en Viena.
Hacia 1740 los demás Estados alemanes se habían rezagado en su desarrollo, dejando a Austria y Prusia como rivales por el dominio de Europa Central.
La familia de los Hohenzollern, que había ocupado Brandeburgo en el siglo XV, había adquirido también un número de territorios adicionales y geográficamente desconectados en el oeste. Fuera del Imperio, al este se encontraba el área más importante, Prusia, que habían heredado como un ducado polaco en 1618 y que se convirtió en un reino independiente en 1701. Gradualmente, todas las posesiones de los Hohenzollern se conocieron como el reino de Prusia.
Federico Guillermo I de Prusia era un militar enérgico y testarudo determinado a unir sus dispersas posesiones en un único estado moderno donde la presencia de lo militar sería constante. Al suprimir los derechos de aduanas y los intereses locales, creó una burocracia honesta y eficiente, la cual recaudaba fondos en todo el país con destino al tesoro público para consolidar un ejército permanente.
Federico II el Grande estuvo tanto en el campo de batalla como en su palacio de Sans Souci cerca de Berlín, donde disfrutaba con la literatura francesa y la música. Sin embargo, gastó la mayor parte de su vida en extender el territorio de Prusia a costa de Austria y Polonia, y perfeccionar y reorganizar el gobierno prusiano y la economía para servir mejor al Ejército.
El emperador Carlos VI, de Austria, ansioso de mantener unificados los dominios de los Habsburgo, promulgó la Pragmática Sanción en 1713, al declarar que su única hija, María Teresa I, le sucedería. Cuando murió en 1740, los electores de Baviera y Sajonia rechazaron la Pragmática Sanción argumentando que tenían derechos prioritarios a través de sus esposas. Federico II ofreció su apoyo a María Teresa a cambio de la rica provincia de Silesia. Convencido de la justicia de su causa, ella rechazó tal propuesta. Federico invadió inmediatamente Silesia, precipitando la guerra de Sucesión austríaca (1740-1748). Los bávaros, sajones y franceses invadieron Austria y Bohemia, mientras Gran Bretaña, los Países Bajos y Rusia acudieron en ayuda de Austria.
Alarmados por las victorias militares de Federico, María Teresa firmó la paz con él en 1742, cediéndole Silesia. Sin embargo, Austria y sus aliados tuvieron éxito al conquistar Baviera para reponer la pérdida de Silesia. Por la Paz de Aquisgrán, el marido de María Teresa, Francisco, duque de Lorena, fue reconocido como emperador, aunque fue ella quien reinó en realidad. A cambio, María Teresa cedió Baviera y permitió a Prusia mantener Silesia.
La aparición de Prusia como una gran potencia llevó a un cambio radical de alianzas y a nuevas hostilidades. María Teresa, determinada a reconquistar Silesia, hizo una alianza con la emperatriz Isabel de Rusia. Jorge II de Gran Bretaña, ante el temor de un posible ataque francés sobre sus territorios patrimoniales de Hannover, firmó un tratado de neutralidad con Federico. La vieja rivalidad entre los Habsburgo y los Valois se olvidó, ya que el ministro austriaco, el príncipe Kaunitz, llevó a Luis XV, temeroso de Prusia, a una alianza con María Teresa. Federico, anticipándose al cerco, atacó primero e invadió Sajonia y Bohemia, lo que dio comienzo a la guerra de los Siete Años (1756-1763).
El conflicto se propagó, pues los austriacos invadieron Silesia, los rusos marcharon sobre Prusia y los franceses atacaron Hannover. A pesar de su buena dirección, Federico pronto se encontró muy presionado por sus enemigos. Fue salvado oportunamente por la muerte de Isabel de Rusia y la sucesión de Pedro III, que admiraba a Federico y firmó la paz de inmediato. Los franceses, agotados, también firmaron la paz. El 15 de febrero de 1763 se firmó el Tratado de Hubertusburg (Sajonia), que restableció la situación con Federico, manteniendo Silesia.
La soberbia de los príncipes
El final de las contiendas religiosas y de la amenaza turca dio a los alemanes nueva confianza. En el siglo XVIII, la cultura alemana, influida por los movimientos artísticos e intelectuales franceses, ingleses e italianos, alcanzó un momento brillante. Los príncipes, resistentes al control imperial y a anular las dietas locales, se hicieron monarcas absolutos. Centralizaron sus gobiernos y establecieron economías mercantiles. Al contratar a los artistas más destacados, hicieron de sus capitales centros artísticos e intelectuales, con palacios, iglesias, museos, teatros, jardines y universidades.
La vida social y cultural se centró en las cortes, que también fueron la principal fuente de ascenso social y político. Los cortesanos despreciaban a los ciudadanos y campesinos, útiles sólo para el pago de impuestos que servirían para mantener los lujos de la vida cortesana. Los príncipes también mantenían sus cortes al aceptar aportaciones extranjeras y vender jóvenes campesinos como soldados mercenarios. Para escapar de la guerra y la contribución, muchos alemanes emigraron.
Un país devastado
Alemania era un conjunto de principados destrozados por la guerra. Un territorio arruinado y un pueblo empobrecido y hambriento. Es en ese momento crucial de su historia cuando se inicia la epopeya de un numeroso grupo de familias alemanas que dos emigraciones, dos siglos y varias generaciones después serán conocidos mundialmente como descendientes de alemanes del Volga, radicándose, algunos de ellos, en la República Argentina.
Continúa la historia de los descendientes de alemanes del Volga...
La zarina Catalina II convoca a colonizar tierras rusas
“Las aldeas de Alemania se erigían humeantes y desoladas, las campiñas, otrora florecientes y productivas, despojadas de toda su riqueza de tanto soportar sobre sus fértiles campos innumerables batallas y un sinnúmero de muertes: las tierras yacían yermas y vacías como desiertos. Vastedades inmensas sin vestigio de vida humana, animal o vegetal. Las ciudades se encontraban arruinadas. La población había disminuido de manera considerable e increíble. El pueblo estaba sumido en la más absoluta miseria... Y como bendición de Dios, llegó la salvación a tanta desolación: Catalina II La Grande de Rusia lanzó un Manifiesto por toda Europa para colonizar tierras rusas a cambio de todo lo que nos hacía falta y más, mucho más”, palabras redactadas en alemán al margen de un antiguo devocionario.
Alemania era una organización imperial con muy pocos habitantes apenas sostenida por la enorme cantidad de principados menores saqueados y arruinados por las sucesivas guerras que tuvieron como escenario su territorio. Las aldeas se erigían humeantes y desoladas, las campiñas, otrora florecientes y productivas, despojadas de toda su riqueza de tanto soportar sobre sus fértiles tierras innumerables batallas y un sinnúmero de muertes: los campos yacían yermos y vacíos como desiertos. Vastedades inmensas sin vestigio de vida humana, animal o vegetal. Las ciudades se encontraban arruinadas. La población había disminuido de manera considerable e increíble. El pueblo estaba sumido en la más absoluta miseria.
En circunstancias tan tristes y nefastas un anuncio a modo de pregón recorre Europa: un Manifiesto emitido por Catalina II La Grande de Rusia, fechado el 22 de julio de 1763 en San Petersburgo, ofrece a través de leyes extraordinarias la salvación a los desheredados y menesterosos aldeanos. El Edicto prometía a los colonos que desearan emprender la aventura colonizadora de transformar tierras incultas en un territorio civilizado, prerrogativas demasiado atractivas como para ser rechazadas, como la libertad y la tan ansiada paz para construir un presente sin guerras y sin hambre. Por eso no es de extrañar que el 80% de los 30.000 europeos que emigraron a Rusia, entre los años 1763 y 1767, fueran de origen alemán, más exactamente de las regiones de Hesse, Renania, Palatinado y Würtemberg.
Los puntos más sobresalientes del Manifiesto pueden ser sintetizados en el siguiente orden: “1º Permitiremos a todos los extranjeros que lleguen a nuestro Imperio, practicar libremente su religión, de acuerdo a los usos y costumbres y estatutos de las iglesias; 2º Todos aquellos inmigrantes que ingresen a Rusia para establecerse no pagarán impuestos ni prestarán servicios comunes ni extraordinarios al Estado; 3º Mientras se prolongue su radicación en Rusia, ningún inmigrante podrá ser obligado a prestar servicio militar ni civil alguno; 4º Todos los campos y terrenos asignados a los inmigrantes lo serán como posesión intocable, a perpetuidad, transmitido por herencia, sin llegar a ser propiedad individual de nadie, sino un bien común de cada Colonia; 5º Se permitirá a los colonos, para expandir y mejorar sus posesiones, comprar campos privados como propiedad particular; 6º Los campos asignados por la Corona, generalmente serán heredados por el hijo menor del poseedor; 7º Los que lleguen a nuestro Imperio para radicarse y posteriormente deseen alejarse del mismo, les concederemos la libertad para ello; pero con la condición de que una parte de los bienes producidos en nuestros dominios sean entregados a nuestra Tesorería. Luego se permitirá viajar libremente hacia el lugar de su predilección; 8º Se promete el libre ejercicio y uso del idioma natal, la organización escolar propia y la dirección administrativa y judicial de sus colonias y aldeas por Estatutos propios”.
Firma de contratos entre los colonos y el Imperio ruso
Distribuido el Manifiesto por toda Europa, comenzó la búsqueda de colonos mediante representantes de la Corona rusa y de empresas privadas.
Los enviados oficiales o privados suscribían con cada uno de los emigrantes un contrato –y cuando se trataba de una familia, con el jefe del hogar- que señalaba las obligaciones y derechos de éstos frente al Gobierno de Catalina II. Tales privilegios o compromisos se convinieron en los siguientes puntos:
lo Para cubrir los gastos ocasionados por el viaje, desde el domicilio de cada emigrante hasta el puerto de Lübeck cada hombre percibía por día 15 cruceros, la esposa y los hijos varones 10 cruceros y los hijos menores 6 cruceros; igual suma correspondía por cada día de viaje en barco, desde Lübeck hasta San Petersburgo, por el Mar Báltico.
2° Cada colono —a su pedido— recibía un adelanto de dinero en efectivo —al llegar a destino en Rusia— para la construcción de su vivienda, galpones, corrales, adquisición de herramientas, carros, caballos, ganado vacuno, ovino, porcino, aves y semillas para las primeras siembras, de acuerdo al tamaño de la parcela de terreno asignada.
3º Se construirían escuelas por el Estado, equipadas de acuerdo a lo que cada confesión religiosa determine; también tendrían en su nuevo destino, los servicios médicos y quirúrgicos necesarios.
4º Cada cabeza de grupo familiar recibiría tanto campo, praderas, bosque, para que su producto alcance a un decoroso sostén —conforme a edad y sexo—; todo lo cual sería heredado por el hijo menor como bien de familia.
En cambio, las "obligaciones" a las cuales se sometía cada inmigrante pueden resumirse en la siguiente forma:
1º Prometer, en solidaridad con la esposa e hijos, trabajar y cultivar un mínimo de 30 desjatinen (32,70 has.) de campo que se les asignaría.
2° Comprometerse a no abandonar los campos asignados, sin la autorización debida, y someterse a las leyes del Imperio ruso.
3º Obligarse formalmente a devolver, sin intereses, el importe de todos los gastos ocasionados por el viaje y subsistencia hasta San Petersburgo, por sí y por cada miembro del grupo familiar respectivo, como también todos los adelantos en dinero para la vivienda, instalaciones y medios de trabajo, durante los diez primeros años de radicación, en tres cuotas iguales.
4° Contraer la obligación de amortizar las deudas y compromisos anuales, con la entrega del 10 % de la producción propia al jefe de la Colonia; asimismo, dichos jefes tendrán prioridad en la adquisición de toda la producción rural, siempre que abonen el mismo precio que el competidor privado.
5° Cada familia o inmigrante a Rusia, participará de los derechos y obligaciones contraídas por la comunidad, aldea o colonia a la cual pertenece, en la medida y proporción de los anticipos y campo recibidos de la Corona y se constituirá en parte de la misma, conforme a las normas distributivas y societarias establecidas.
6° Contraer el compromiso de disfrutar de todos los privilegios otorgados por la Corona Imperial y ejercer todos los derechos asignados por su Graciosa Majestad, en forma individual y/o en comunidad; comprometer la colaboración con los jefes de las colonias para obtener la debida protección ante la Escribanía Tutelar Imperial, a fin de lograr los objetivos de la Colonización trazados por Su Majestad, en beneficio propio, de los participantes y de la Corona.
7º Prestar la debida colaboración con las autoridades en circunstancias de tener que abandonar —por razones de servicios o por propia determinación— los dominios rusos, a fin de poder llevar los efectos y enseres propios y el valor de la participación en la comunidad; todo ello, de acuerdo a normas y límites permitidos por el Edicto Imperial y previo cumplimiento de todas las obligaciones contraídas. Ello no incluye la restitución del dinero adelantado para la subsistencia en San Petersburgo y posterior transporte a las Colonias del Volga, en vista que será otorgado por la "GRACIA" de Su Majestad Catalina II.
¿Quién fue Catalina II La Grande?
Catalina nació con el nombre de Sophie Fredericke Auguste von Anhalt-Zerbst, en Stettin (actual ciudad de Szczecin, en Polonia) el 2 de mayo de 1729, hija de un príncipe alemán. En 1745, se casó con el gran duque Pedro de Holstein, heredero al trono ruso. El matrimonio no fue feliz, pero la inteligente y ambiciosa Catalina no tardó en rodearse de un grupo de seguidores en San Petersburgo. En 1754 dio a luz un hijo, el futuro emperador Pablo. El marido de Catalina accedió al trono como Pedro III en 1762. Excéntrico, inestable y despectivo con sus súbditos, pronto se vio alejado de varios grupos importantes de la sociedad rusa. El 9 de julio de 1762, siguiendo una práctica habitual en la Rusia del siglo XVIII, la Guardia Imperial le derrocó y colocó en su lugar a Catalina en el trono. Pocos días después Pedro fue asesinado.
Catalina conocía bien la literatura de la Ilustración francesa, la cual ejerció una gran influencia sobre su propio pensamiento político. Mantuvo un estrecho contacto con Voltaire y Denis Diderot, prestó apoyo financiero a algunos escritores franceses, y Diderot fue huésped de su corte en 1773. Aunque con estas actividades simplemente pretendía crearse una imagen favorable en Europa Occidental, probablemente fue sincera en su interés y en su esperanza de poder aplicar algunas de las ideas ilustradas a la racionalización y reforma de la administración del Imperio ruso. A pesar de su interés en la reforma legal, la comisión que nombró para llevar a cabo esta tarea en 1767 no pudo cumplir sus objetivos. Entre los logros de Catalina se pueden destacar: la creación de las primeras escuelas para chicas y la de un colegio médico para el cuidado de sus súbditos.
En los primeros años de su reinado, Catalina trató de ganarse el apoyo de la clase acomodada rusa, y, en concreto, de un pequeño grupo de nobles. Confirmó la decisión de Pedro III de librar a la clase acomodada del servicio militar obligatorio, les concedió otros muchos privilegios y colmó a sus seguidores con títulos, cargos, tierras y siervos para trabajar en sus campos. A pesar de su declarado aborrecimiento de la servidumbre, hizo mucho por extender esta institución, cediendo siervos del Estado a propietarios privados, llevando la servidumbre a los territorios de reciente adquisición e incrementando el control legal de la clase acomodada sobre sus siervos.
El malestar de los campesinos culminó en una gran rebelión (1773-1775), encabezada por el cosaco Yemelián Pugachov, que hizo estragos en la mayor parte de la cuenca del río Volga y en los montes Urales, antes de ser definitivamente aplastada por las fuerzas militares. La rebelión marcó un giro hacia una política interna más reaccionaria. El ejército cosaco fue disuelto, y se concedieron privilegios especiales a otros cosacos, tratando de convertirlos en leales seguidores de la autocracia. En 1775 se llevó a cabo una importante reforma de la administración provincial, con el fin de conseguir un mejor control del Imperio. También se realizó una gran reforma de la administración urbana. La Revolución Francesa incrementó la hostilidad de Catalina hacia las ideas liberales. Varios críticos de la institución de la servidumbre fueron encarcelados, y parece ser que Catalina estaba planeando formar parte de una coalición europea contra Francia cuando murió el 17 de noviembre de 1796, en San Petersburgo.
Durante el reinado de Catalina, el territorio del Imperio ruso se extendió enormemente. Gracias a dos guerras contra el Imperio otomano (1768-1774 y 1787-1791) y a la anexión de Crimea (1783), Rusia logró controlar la costa norte del mar Negro. El control ruso sobre Polonia y Lituania también aumentó en gran medida, culminando con la anexión de grandes extensiones de territorio en los tres repartos de Polonia (1772, 1793, 1795).
Una de las características del reinado de Catalina fue el importante papel que desempeñaron sus amantes o favoritos. Diez hombres ocuparon este cargo semioficial, y al menos dos de ellos, Grigori Orlov y Grígori Alexándrovich Potemkín, tuvieron especial importancia a la hora de formular la política exterior e interior del país. Aunque la valoración de la figura de Catalina puede variar, es indudable que desempeñó un papel clave en el desarrollo de Rusia como estado moderno.
Rumbo al Volga
Los colonos alemanes parten a colonizar tierras rusas
“Y llegó la hora de partir, el instante de abandonar para siempre nuestro hogar, nuestra amada patria. Iniciamos el viaje y al mirar atrás veíamos como nos alejábamos de la querida tierra que nos había visto nacer y que sin aliento, por tanta guerra, tanta destrucción, tanta desolación causada por la avaricia de unos pocos aristócratas, nos empujaba al exilio. Aún no nos habíamos ido del todo y ya comenzábamos a añorarla. Lloramos de tristeza como niños que se alejan para siempre de la casa de sus padres sin la posibilidad de regresar jamás. Alemania comenzaba a ser un dulce y amargo recuerdo...”.
Un horizonte de desengaños
Al iniciarse el movimiento migratorio –que estaba compuesto por creyentes de la religión católica y protestante-, la mayoría de los emigrantes se dirigieron por tierra hacia Lübeck, sobre el Mar Báltico; mientras un pequeños grupo lo hizo hacia Danzig. La marcha comenzó en rústicos y primitivos carruajes y prosiguió durante nueve u once días en naves inglesas o anseáticas por el Báltico, para desembarcar en la ciudad rusa de Kronstad, ubicada en la isla de Kotlin en el Golfo de Finlandia, a las puertas de la capital del Imperio, donde tomaron contacto por primera vez con los nativos. Después continuaron su camino hasta un lugar denominado Oranienbaum, cerca de San Petersburgo.
Allí la Corona Imperial Rusa hizo saber a los inmigrantes que, a diferencia de los prometido en el Manifiesto, el cual aseguraba plena libertad para elegir la profesión u oficio deseado en todo el territorio ruso y “que todos podían aplicar sus conocimientos y especialidades, tanto un oficial de ejército como un herrero, un agricultor, un comerciante, un deshollinador...”, todos debían dedicarse a la colonización del bajo Volga como agricultores.
Se originaron protestas pero los colonos ya no tenían modo de retroceder. La decisión del gobierno ruso fue terminante y la distancia que los separaba de sus lugares de origen inmenso. Oranienbaum fue el primer desengaño, aunque faltaba lo peor: a todos les fue tomado un juramento de fidelidad a Su Majestad Imperial.
Rumbo al Volga
Víctor P. Popp y Nicolás Dening, en su libro “Los alemanes del Volga” relatan la salida de Alemania de los colonos expresando que “Fueron casi 400 almas que a principios de año se congregaron silenciosas, con humildad y amargura, en la iglesia de Oranienbaum para prestar juramento de fidelidad a la Corona rusa; no todos repitieron la fórmula en voz alta. Algunos sólo movieron los labios para no perder "su libertad ante su conciencia"; tal era la moral de aquellos pioneros sin nombres, que buscando un nuevo horizonte en libertad, encontraron la opresión. Así nuestros alemanes tuvieron su primera experiencia desencantadora en suelo ruso.
Terminaban de pasar el invierno en una aldea cercana de nativos; sin ánimo de exagerar, nuestros antepasados quedaron atónitos al contemplar sus pares rusos. Los campesinos lugareños tenían un aspecto deplorable, con sus largas melenas y barbas enmarañadas que nunca conocieron navaja y que inspiraban temor y curiosidad a la vez.
Aquellos primitivos ciudadanos rusos eran, no obstante, gentes de nobleza de sentimientos y muy hospitalarios; con ellos pasaron el invierno riguroso durante varios interminables meses. El frío era intenso, los ríos y arroyos permanecían congelados y los animales sobrevivían gracias a su encierro en galpones o establos.
Con frecuencia, los miembros de una misma familia eran separados por causa de enfermedad o ancianidad; mientras algunos continuaron el viaje, otros quedaban en aldeas a causa del insoportable frío; nuestro grupo de viajeros —sobre trineos tirados por caballitos (ponis quirkisios) soportaron innumerables imprevisiones e improvisaciones durante este viaje de 3.000 Km., recorridos en el largo tiempo de un año entero. En el extenso trayecto tomaron contacto directo con los nativos, conocieron sus costumbres y se compenetraron de sus formas de vida.
Aún estaban lejos del Volga; pasaban el invierno como en familia con los rusos de las aldeas rurales: constataron así, con expectante sorpresa que los dueños de casa convivían con sus animales, en un mísero gran cuarto, en cuyo centro se encendía una fogata para calefaccionar el ambiente; sorprendidos o no, nuestros alemanes no podían exponerse a sucumbir en la nieve y sólo les quedaba aceptar el hospedaje, acomodándose entre personas, ovejas, vacas, cerdos, dentro de ese recinto sin ventilación y sin instalaciones para ahuyentar el vaho y el humo. Al renovar el fuego por la mañana, semiasfixiados, salían a la intemperie para aspirar el oxígeno salvador a pesar del gélido ambiente.
Fue una experiencia risueña, pero difícil; la familia del colono ruso junto a sus inesperados huéspedes alemanes, dentro de una pieza grande con animales domésticos de todo tipo. Allí soportaron el humo, el vapor y pestilentes olores, con el jocoso agravante de no entenderse entre sí.
Los primitivos y escasos alimentos que consumían los campesinos rusos, consistían en una sopa de repollo, puré de mijo y algo de carne; la bebida era invariablemente el conocido Kwas (cerveza de malta, más débil que la cerveza común). Pero la Providencia quiso ofrecer algo mejor; pues los rusos desconocían el uso como alimento de los derivados de la leche de vaca. Fue así, que nuestros antepasados dejaron como recuerdo de su paso —con gran satisfacción de los rusos—, la elaboración de manteca y queso que luego se consumiría ávidamente en la zona.
Muchos de los nuestros, para abreviar o acortar el tiempo de permanencia, se conchabaron como peones de los rusos para allegar algún dinero; así transcurrió el crudo invierno y nuestros peregrinos —ya impacientes—, estaban ansiosos de proseguir su inacabable viaje hacia su destino desconocido. Después del deshielo, se alistaron carros sin elásticos, agrupándose por familias o por amistades y se acomodaban en el carruaje de su preferencia, cargando las pocas cosas que traían, algunos enseres personales y tal vez algún maltratado baúl con la ropa que les quedaba.
El espacio libre fue ocupado por las mujeres, ancianos y niños; los hombres y los jóvenes caminaban detrás de su carruaje. Así formaron las largas columnas de colonizadores que se dirigían rumbo al sur, en busca de la tierra prometida. En verano, el polvo y la temperatura elevada disminuían el ritmo de marcha; en Rusia las temperaturas son altamente contrastantes, e invariablemente a un corto verano sigue un largo invierno.
La columna siempre tenía como jefe a un oficial ruso, estricto pero amable, quien era asistido por los alcaldes —elegidos por y entre los viajeros—, subordinados a él en su acción; en alguna manera las confesiones religiosas procuraban la asistencia espiritual mediante el periódico envío de clérigos, quienes administraban el bautismo, la confirmación, la comunión y demás sacramentos de acuerdo a las respectivas creencias en los campamentos improvisados.
La rudeza del clima y la alimentación insuficiente y desconocida, provocaron numerosas enfermedades y fallecimientos; las cruces latinas de dos palos atravesados, como hitos señalaron el derrotero de los fundadores como silenciosos mojones de un pueblo formado por esperanzados peregrinos.
Finalmente, el río Volga estaba a su vista; emocionados admiraban su inmensidad y ya sentían una extraña atracción por él ya que procedían del Rin.
Abandonaron aquí sus maltrechos carruajes y abordaron pequeñas embarcaciones fluviales, navegando a favor de la corriente, río abajo; los rusos llamaban a su gran río (Matuschka, que significa "Abuelita", con respeto y cariño. Así surcaron una nueva vía desconocida en esas primitivas embarcaciones, sin comodidad alguna, sometidos al oleaje en molestos movimientos.
La nueva alteración del régimen alimentario trajo consigo consecuencias inevitables: nuevas enfermedades y más vidas que se extinguían; en esas tristes circunstancias los veleros se arrimaban a las costas para permitir a los deudos enterrar en las riberas a sus niños y ancianos. No había tiempo para ceremonias y lamentos; el grupo de forzados colonizadores mantenía la recóndita esperanza de que el paraíso prometido, mitigase tanto desconsuelo e incesante penar. Estoicamente avanzaban por el camino fluvial sin rebelarse; en su fe ardiente y vívida clamaban constantemente a Dios implorando su socorro y fortaleza. Acumulaban así experiencia en ese suelo de Catalina II, para sobrellevar la dura tarea que aún les esperaba especialmente quienes desconocían el oficio de agricultores, ya que los había de toda profesión, rango y estrato social. Allí conocieron el río Volga, cuando sus aguas comenzaban a congelarse desde el norte e inmovilizaban esta ruta vital, transformándose en una pista de plata para los trineos; algo inusitado: un río inmóvil, endurecido, congelado. Luego vendría el espectáculo mayor: la primavera... para ir debilitando la solidez del hielo, ver resquebrajarse esa ruta helada, con estrepitosos estruendos como truenos... Y la vida comenzaba a resurgir.
Cuando se asoma la primavera y el sol avanza aparentemente sobre el hemisferio norte comienza el proceso del deshielo y la nieve se transforma en agua, mucha agua; el río se moviliza y la inmensa masa acuática invernal se encamina hacia el río rumbo al mar, previo abundante riego, la nieve licuada se dirige hacia los cauces de los arroyos y aumenta peligrosamente el caudal del Volga, hasta que desborda por su ribera izquierda, muy baja y cubre extensas zonas muy alejadas de sus riberas naturales, impidiendo divisar ambas orillas.
Al llegar al muelle de Saratov, —virtual capital de las Colonias Alemanas del Volga—, todos descendieron en su puerto; en Lübeck se habían embarcado 400 personas y allí ya faltaban 50 que habían fallecido. Un año antes se habían embarcado llenos de esperanzas; pero las sorpresas y desengaños se fueron sucediendo sin término y las privaciones los habían diezmado. Quedaba todavía por ver y llegar al lugar donde recibirían aquellos campos productivos, con frutos silvestres comestibles, y flores y pastos abundantes; casas precarias, pero con suficientes materiales para construir su aldea definitiva.
A medida que se acercaban a su destino, sus expectativas crecían... mientras avanzaban con moderado y lento paso por esa región desértica e inhóspita, sin árboles, sin pastos, sin flores; esperaban ansiosamente la aparición de bosques de vertientes de cristalinas aguas, que les describieron poéticamente los emisarios en Alemania; pero paulatinamente se acostumbraron a una realidad negra. Sólo, ante sus ojos, veían un cielo azul que se cortaba en un horizonte de estepa.
De pronto, el teniente como oficial de la Corona, dio la voz de ¡Alto!, ¡a desmontar!... Habían llegado al fin, a su destino.
¡Qué decepción! Una llanura sin vegetación, sin valles ni lomadas, nada de lo prometido. Muchos hubieran querido volver de inmediato a su Alemania lejana, mientras otros planearon, con estoicismo, la inmediata acción; algunos consideraban que el teniente había incurrido en un error. Pero la tangible realidad estaba a la vista: tierra árida con rala vegetación de matas bajas. Aquí debían establecer su nueva aldea, su nueva Patria.
No obstante el mal humor desatado ante la grave injusticia, la acción era urgente; la proximidad del invierno exigía techo abrigado porque el invierno ruso significaba la muerte blanca. Ya corría septiembre y los primeros fríos los visitaban; conociendo la realidad que se les venía encima, preguntaron al oficial Jefe por la llegada de los constructores de las casas y por la ubicación de los materiales para erigir las nuevas viviendas para protegerse de la intemperie y esconder sus desilusiones.
El delegado imperial, sólo se limitaba a repetir severamente que esa era la tierra cedida por la Gracia Real a la comunidad alemana de colonizadores; allí quedarían para siempre y tendrían que habituarse a ella. Hubo lágrimas y muchos reproches, mientras se buscaba a los responsables. Al reiterar alguien la pregunta por los constructores, el Jefe con cierta ironía, les contestó: "Es mejor no confiarse demasiado en ellos, pues llegarían probablemente recién en la próxima primavera; sería mejor poner manos a la obra para evitar mayores males".
Como las voces de protesta se perdían en el vacío, se tramó una tentativa secreta de regreso a la Patria nativa; el grupo de cosacos que acompañó al teniente los rodeó y sofocó fácilmente el intento, obligándoles a cumplir por la fuerza las órdenes del Jefe. Así pasaron su primera noche otoñal en su nueva tierra prometida; por la mañana, al iluminar el sol la estepa, muchos comprendieron su desventura y buscaron los medios para sobreponerse a la contrariedad y salir airosos de la situación.
No quedaba otra alternativa que comenzar una nueva forma de vivir; como primera medida y conforme a los derechos otorgados, debían designar su propio alcalde o Jefe de aldea. Nuestra gente así lo hizo al recobrar su fe en la propia capacidad; ya con su propio conductor, todos escucharon los consejos de éste y recapacitaron a tiempo para resolver el problema habitacional. El fantasma del invierno se hallaba por delante y aunque todavía no habían experimentado el rigor de su intensidad, ni sus funestas consecuencias, era urgente instalarse para recibirlo con alguna posibilidad de supervivencia.
¿Qué hacer? ¿Sin casa, galpón o refugio y sin materiales para construirlos? Situación difícil para enfrentar y resolver; la segunda noche otoñal resultó intensamente fría. Cerca de nuestro grupo acampaba una tribu de Calmucos semisalvajes, que miraban con desconfianza a los intrusos; el lugar asignado a nuestro contingente de colonizadores se hallaba ubicado del lado derecho del Volga.
Aunque no se había realizado hasta entonces allí ningún intento de colonización organizada y masiva, se encontraban de cuando en cuando agricultores aislados, distanciados y solitarios, que vivían primitivamente; de ordinario eran gente con cuentas pendientes con la policía o siervos evadidos de las fincas de sus amos. Pronto se acercaron a los alemanes para asesorarlos en lo relativo a construcciones en zonas tan desamparadas; sabían de viviendas de emergencia, pues habían pasado por una situación similar al establecerse en esos páramos.
El oficial de la Corona obtuvo algunas maderas y ramas de árboles para nuestros colonizadores y el castigado grupo necesitaba urgente protección; las enfermedades y deficiente alimentación raleaban y hacían estragos en sus filas.
Los nativos de la zona poseían la solución inmediata a sus problemas; más su asesoramiento no fue gratuito porque aprovecharon el fácil medio de lograr dinero sin trabajo. Por supuesto estos aprovechados no eran de la misma calidad que aquellos con quienes habían convivido el invierno anterior, en el norte: de gran corazón y muy hospitalarios. Eran dignos representantes de un pueblo espiritual y místico, con gran sentido del arte en sus dos aspectos de música y de poesía.
En semejante adversidad la solución del problema para superar la amenaza latente del frío con sus trágicas consecuencias, era meterse dentro del vientre de la tierra; como faltaban las cuevas naturales en la llanura, usadas por los más remotos antepasados del hombre o al estilo de los animales, resolvieron cavarlas en la tierra. Era el modo más primitivo pero también el más seguro para superar la emergencia como solución provisoria; fue así como los rusos les indicaron la forma y el tamaño a dar a las construcciones subterráneas, como si fueran simples sótanos.
Las ochenta familias que integraban el grupo, comenzaron enseguida la excavación del suelo y en pocos días ya tenían lista su casa bajo tierra, experiencia singular totalmente desconocida ni soñada por los nuestros. Dichas cuevas eran rectangulares de (8 x 4m3) y por tres de profundidad; más de 90 m3 de tierra debieron ser extraídos a fuerza de brazo y con una simple pala. Como techo fueron empleados troncos y ramas de árboles, cubiertas después con parte de la tierra extraída de acuerdo al peso que podía soportar la ramazón; esa cobertura aislaba el interior del frío dejándose, por supuesto, una abertura para la salida del humo y la ventilación necesaria.
Como puerta se aprovechaba el fondo de un carro colocado de manera que podía facilitar el acceso; los problemas técnicos fueron solucionados por las indicaciones de los rusos y el ingenio de los nuestros suplió hábilmente sus fallas.
Para entrar en la habitación desde el exterior debían arrastrarse incómodamente, así como para salir; pero reparemos en lo que esto significó durante los cuatro o cinco meses de nieve como resguardo seguro para un seguro refugio en que sólo los hombres podían salir al exterior unos instantes cada día para detectar posibles fallas en el techo y desplazar la nieve para evitar que hundiera la frágil techumbre. Reconocemos, sin embargo, que era un claustro infrahumano sólo apto como vivienda para seres irracionales.
El principal problema para la improvisada habitación era la falta de luz; por la noche, un simple candil suplía la deficiencia, pero no suministraba la iluminación necesaria durante el día para los menesteres a realizar. El vidrio no existía en la región; apelaron entonces a la traslúcida vejiga de cerdo extendida sobre el marco de madera que serviría de ventana. Así los oblicuos y mitigados rayos solares penetraron por algunas horas en el interior de la caverna expandiendo luz y calor.
Fue un invierno terrible; cuando las tormentas de nieve cerraban el orificio destinado a ventilación y tiraje del humo, la permanencia en dicho infierno se hacía insoportable; niños hubo que murieron al inspirar o aspirar ese aire viciado. Salir de una región de Europa con las mayores comodidades relativas para la época, para sepultarse en un lejano y despoblado yermo; sin experiencia para ello, se consideraban abandonados del mundo y por la Emperatriz Catalina II, no obstante su altisonante título de "La Grande" y su procedencia alemana.
¡Cuántos reproches se hacía cada uno...!; pero con singular empecinamiento y sin darse tregua buscaron y lograron sobrevivir; después de las primeras heladas intensas, cuando los arroyos se endurecían y congelaban totalmente y la tierra se cubría con espeso manto de nieve, un comarcano, viendo las difíciles circunstancias en que se debatían los recién llegados, les dio una muy útil sugerencia, indicándoles que debían cortar de la superficie congelada del arroyo, un trozo con el tamaño de la ventana improvisada que tenían sobre sus techos y al colocarla sobre el molde echarle agua para que soldara con el marco al congelarse. Así el hielo reemplazó al vidrio y con su transparencia se iluminaba mejor la casa subterránea.
Corrían así los días en la ignota región y los pobladores absorbidos por la tierra denotaban su presencia por las pequeñas elevaciones o montículos de tierra amontonada sobre los techos; mas, todo llega a un fin y para los nuestros, el término del infierno blanco era significado por el goteo de la ventana de hielo y su inesperada caída, por la acción del añorado sol de la primavera. Cuando sus primeros rayos penetraban por el reducido espacio de la ventanilla era señal que la vida comenzaba en el exterior; por fin, también los ancianos y los niños podían salir al exterior y sacudir su cansada espera en su mísero encierro.
En el exterior les esperaba el trabajo duro y hasta los rayos de un sol abrasador; porque en Rusia las variaciones climáticas son extremas; mucho frío invernal y abrasador estío, pero ya no pasarían otro invierno enterrados vivos en medio de esos inaguantables sacrificios; su iniciativa y diligencia pronto superarían el problema”.
De los 400 pioneros que partieron en la primera caravana de 1763 sólo llegaron a destino 350. Los restantes murieron durante el trayecto a causa del frío y las privaciones”.
La primera aldea fue fundada el 29 de junio de 1764 con el nombre de Dobrinka.
La tierra prometida
Los primeros colonos llegan al Volga
“Nos afincamos a ambas márgenes del río Volga. Luchamos contra lo inconmensurable. El Imperio las más de las veces dejó de cumplir con sus promesas y nos abandonó a nuestra propia suerte. La zarina Catalina II La Grande nos traicionó. Fuimos utilizados como barrera para contener la invasión de tribus nómades, salvajes y sanguinarias. Pero a pesar de todo eso, edificamos nuestro hogar, formamos nuestras familias y construimos nuestra pequeña patria alemana en el inmenso Imperio ruso. Y durante casi cien años, pese a tanta lucha y tanto sacrificio, fuimos verdaderamente felices”.
Un camino lleno de infortunios
“De Europa partieron 30.000 personas –entre los años 1763 y 1767- con destino al bajo Volga, ubicado a unos 600 kms. de Moscú, y durante el camino y la fundación fallecieron 3.000 iniciando la colonización 27.000. Pero la inclemencia del clima, la exigua alimentación y el inadecuado medio habitacional redujeron esa cantidad a 23.109 para febrero de 1769.
La muerte natural o violenta era muy frecuente, ya sea por epidemias (malaria, tifus, viruela) o por enfermedades que no podían ser superadas por carencia de medicinas o por la incompetencia de los médicos de la época; aparte, en los diez primeros años tuvieron cosechas fallidas y en el mismo tiempo y hasta cuarenta años después 1200 colonos fueron conducidos al mercado de esclavos de donde no regresaron jamás.
El esquema colonizador ruso –escribe Olga Weyne en su libro “El último puerto”-, había previsto la creación de dos tipos de colonias: privadas y de la Corona. En la organización de las privadas sobresalieron algunas compañías francesas pero según las fuentes de la época, hubo frecuentes desinteligencias entre los administradores y los colonos de origen alemán. Fue así como en la zona derecha –occidental- del Volga, la mayoría de las fundaciones correspondía a la Corona”.
Los colonos fueron agrupados en núcleos de no más de 1000 familias –divididas de acuerdo a su confesión religiosa-, constituyéndose cada uno de ellos en un distrito de colonización. Entre 1764 y 1767 fueron fundadas 104 aldeas”.
La administración se dirigía desde las ciudades cabeceras de Saratov y Samara. El lado derecho constituía la provincia de Saratov y el opuesto, la provincia de Samara, aunque Saratov fue considerada siempre de hecho y de derecho como la verdadera capital de los alemanes del Volga. Una vez ocupadas las principales zonas de colonización del lado derecho del Volga –denominada por los alemanes como Bergseite-, se resolvió la extensión por el este, amplia llanura conocida por los germanos como Wiesenseite.
Las primeras colonias –conocidas históricamente como aldeas madres- muy pronto acusaron una superpoblación, lo que motivó soluciones heroicas; las nuevas generaciones no querían ir a las ciudades ni cambiar su ocupación habitual. Ello es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que vivían en comunidades muy cerradas y en total aislamiento respecto a los otros pueblos; de manera que la única salida consistía en hallar nuevas zonas alejadas del gran río. Así los jóvenes pertenecientes a familias muy numerosas y desheredados forzosamente por el Edicto de Catalina II, solidariamente designaban apoderados que trataban de adquirir en compra para todos ellos campos aptos para los cultivos en las regiones exteriores a las colonias existentes.
La colonizazión del bajo Volga
El proyecto colonizador se inició con 458.000 has. pero cuando los colonos lograron aclimatarse y se rodearon de ciertas comodidades –sostienen los historiadores Popp y Dening- el crecimiento vegetativo de la población fue en constante aumento, hasta llegar a un promedio de ocho hijos por familia; ello ocasionó otro tipo de problemas sumamente agudos. Entonces Catalina II otorgó a los inmigrantes 498.000 has. de campo útil, a ambas márgenes del río Volga y después de medio siglo, la Corona realizó otra ampliación de tierras, cediendo a los alemanes 498.000 has. más de campo.
Pese a dicha ampliación y seguir el crecimiento rápido de la población, otro medio millón has. fueron cedidas por el gobierno en 1848; en consecuencia, en el lapso de 80 años los colonos obtuvieron tres repartos de tierras, hasta totalizar 1.496.000 has. Las implicancias de la sucesión y el derecho de herencia, generaron muchos problemas sociales. Otra fuente histórica, sin embargo, sostiene que el pueblo alemán llegó a tener, entre lo cedido por el Gobierno y las adquisiciones privadas en total 2.725.000 has. de campo útil en 1919.
Agricultura e industria
Los alemanes del Volga fueron grandes y prósperos productores de trigo, llegando a proporcionar los mejores tipos de harina a toda Rusia. Pero además del trigo también cultivaban el maíz, del cual una vez seco llevaban las mazorcas o espigas sin deschalar en carros cerrados a un depósito, para luego reunir a familiares o amigos para separar en forma manual, la chala del maíz con más comodidad; máquinas desgranadoras sencillas separaban el grano del marlo y producían el maíz limpio.
Tanto el tallo como el marlo y las hojas del maíz servían de combustible; todo se aprovechaba en Rusia.
Naturalmente que en todo el ámbito de la colonización en el Volga, el trigo fue el principal cultivo y, en segundo lugar, el centeno; merece una mención especial, la papa y su cultivo. Su importancia fue tan significativa que su venta se extendió a otras regiones rusas. Aunque Pedro el Grande fue el introductor de ese producto de origen americano en el país, los primeros productores en gran escala y quienes difundieron su consumo masivo fueron los alemanes.
Cabe agregar que también fueron producidos en menor escala el girasol, la remolacha azucarera, el lino y el cáñamo; la Corona también procuró que dedicaran su atención a la apicultura y plantación de tabaco.
Algunos plantaron moreras para la cría del gusano de seda a fin de producir este preciado hilo.
A principios del siglo XX, los alemanes habían llegado a un desarrollo económico muy elevado.
En cuanto a su dedicación a pequeñas industrias, debemos tener en cuenta que dicho pueblo debía producirse todos sus tejidos para su vestimenta; para ello fueron proveyéndose de telares familiares para uso doméstico. Tanto se especializaron los colonos en sus tejedurías "caseras" que de ella surgió una floreciente industria de producción de telas de lana, algodón o mixto; dicha industria sobrepasó en mucho las necesidades propias.
Se fabricaban máquinas limpiadoras de cereal, cardadoras, ruecas, carros rurales, botas de fieltro y ropa para la nieve. Hummel, en su libro, también cita, que dicho pueblo tenía en funcionamiento, antes de la primera guerra mundial, dos fabricas de arados, dos de otros implementos agrícolas, dos fábricas textiles y diez para fabricar fieltro.
Comienzan las frustraciones
Los oscuros designios de Catalina II La Grande
Cuando los colonizadores alemanes arribaron a tierra rusa no sólo comprendieron que el Manifiesto no era más que un simple papel sin ningún valor ni garantía sino además descubrieron que el Gran Imperio Ruso estaba dos siglos atrasado respecto de Europa, con más de veinte millones de habitantes viviendo en la más absoluta servidumbre, y una nobleza apenas culta.
El proyecto colonizador de Catalina II La Grande escondía un oscuro e inconfesable designio que fue hábilmente llevado a la práctica mediante del Manifiesto emitido el 22 de julio de 1763 que prometía una sarta de mentiras inteligentemente hilvanadas mediante derechos y deberes que nunca se cumplieron, para atraer a las lejanas tierras rusas a colonos europeos desesperados por escapar de la miseria, la pobreza y el hambre. Un vil propósito que sólo les fue revelado una vez que éstos ya se encontraban perdidos y sin posibilidad de retorno en la inmensa vastedad del Imperio. El plan real no era colonizar tierras próximas a un vergel sino la indómita región del bajo Volga, con la intención de oponer una muralla humana para contener las periódicas invasiones de quirkisios, calmucos y bashkirios: tribus nómades y sanguinarias que mantenían en serio peligro la estabilidad de las ciudades-fortalezas fundadas en la zona.
Era un lugar ocupado por delincuentes, por siervos expulsados por sus amos y desertores militares. También era sitio adecuado para agricultores que escapaban del abuso de los terratenientes o nobles que los explotaban inhumanamente. Los abusos de los poderosos convertían al inhóspito bajo Volga en escondrijo para vivir con cierta libertad, aunque en un estado semisalvaje. El pueblo oprimido de Rusia, no hallaba mejor forma para hacer justicia que agruparse en bandas marginales de la ley, esperando el surgimiento de líderes rebeldes que conquistaran el favor de las masas populares.
“Jefes de bandas armadas que sembraron verdadero terror en la zona”, relatan los historiadores Popp y Dening. “Uno de los más conocidos fue Dogtjarenko, desertor de un regimiento de húsares, que realizó una larga campaña de latrocinios, aunque a veces, a sueldo de personas importantes que se enriquecían con un porcentaje en los robos y saqueos. Asimismo recurría a crímenes para eliminar a quienes consideraba sospechosos o posibles testigos. Otro personaje legendario en el Volga, fue “Schagala”, cuyo verdadero nombre era Vassily Poljakow. Las bandas de ladrones tuvieron sobre ascuas a los colonos alemanes durante casi un siglo.
Es imposible omitir el nombre de Jemelian Pugachev, uno de los jefes de banda más sanguinarios, surgido en la primera época, en el sur de Rusia; su nombre aterrorizó a los colonos alemanes aún después de que el gobierno lo ahorcara en Moscú el 15 de enero de 1775.
Esta rebelión preocupó seriamente al Gobierno Imperial, por lo cual destinó fuerzas militares para contener su avance y destruirlo; para los colonizadores alemanes esta intentona agresiva, les significó desprestigio y sufrieron sus consecuencias legales y morales por mucho tiempo. Algunos se plegaron a Pugachev en su desesperación, siendo algunos de ellos tomados prisioneros por los soldados imperiales; por lo tanto, los germanófobos rusos aprovecharon la ocasión para desacreditar a toda la colonización”.
Asedio de tribus asiáticas: los calmucos y los quirkisios
Los calmucos, de origen mongol, fueron un grupo de costumbres nómades. Eran como una mala sombra que aparecía cuando menos se la esperaba, instalándose a la vera de las aldeas —a cierta distancia—, con sus sistemas de carpas, de las cuales salían a mendigar durante el día y espiar la ubicación de cuanto pudieran apetecer.
Los calmucos fueron considerados los ladrones más expertos conocidos, aunque de procederes pacíficos; de día trataban de hurtar todo lo posible y por la noche cometían los robos mayores; su hábito negativo mayor, era el de apoderarse de los caballos y del ganado. Aunque no fueron sanguinarios, resultaron muy dañinos por su gran habilidad en hurtar cualquier elemento al alcance de su mano; los robos de animales por la noche no era lo más grave. Pues si bien ello podía paralizar a los colonos por privarlos de su medios de tracción y movilidad, es voz común que robaban criaturas pequeñas, lo cual se transformaba en verdadero cuadro de horror familiar; pues los niños desaparecían sin dejar rastros.
Otra causa de temor eran los quirkisios, de raza tártara. Según Beratz mantuvieron en permanente zozobra a toda la zona colonizada. Aparecían como en malón lanzando gritos salvajes y mientras unos se dedicaban al saqueo, los demás secuestraban a los hombres útiles para el trabajo, los ataban entre si y los llevaban prisioneros, para conducirlos luego a través de la estepa rusa turquestánica hasta la frontera con China, para ser vendidos en el mercado de esclavos de Buchara.
Separados del mundo, los alemanes del Volga se mantuvieron unidos a toda costa; el único recurso para mantener su moral fue su confianza en Dios. La iglesia fue siempre el refugio en los momentos de tribulación para este pueblo silencioso, cuyo objetivo fue crear su familia en paz y consolidarla en el trabajo honesto.
Los colonos van perdiendo libertad
El imperio zarista restringe la libertad de los colonos
A medida que transcurría el tiempo en las aldeas en el Volga, los inmigrantes iban perdiendo casi todos los derechos que el Imperio les había concedido en el Manifiesto y en la firma de los contratos. Lentamente fueron quedando aprisionados en una urdimbre de leyes que por poco hasta les quita la libertad: único bien preciado que conservaron en medio de un pueblo que todavía vivía en la servidumbre, inmerso en plena Edad Media.
Creación de la Cancillería Tutelar
“Al poco tiempo de instaladas las colonias pioneras –escribe Olga Weyne-, la zarina Catalina II creó la denominada Cancillería Tutelar para extranjeros. Dependiente de ésta era el Kontor o delegación oficial de la Corona en el centro del área de colonización: Saratov. Estaba integrado por los directores de cada colonia, que eran funcionarios oficiales.
Las facultades del Kontor en Rusia –institución extinguida recién a fines del siglo XIX- entendía y sentenciaba sobre los delitos comunes de los colonos con lo cual se anulaban en gran medida los derechos por el manifiesto de 1763 donde se los definía como hombres libres.
La burocracia enquistada en el Kontor parece haber tenido mucho que ver con el estancamiento y pobreza iniciales y con el retraso cultural sufrido por las colonias. La rigidez de sus disposiciones llegó hasta la prohibición del ejercicio, siquiera temporario, del comercio o de actividades extra, contrariando del mismo modo las promesas iniciales.
Un Juez supremo ordenaba castigos corporales -cadenas en los pies, azotes con el Knut (látigo)- o cárcel y trabajos forzados a los infractores, hasta que la aldea pagara el rescate con dinero.
Les estaba prohibido desplazarse libremente a mas de 32 Km. de sus pueblos sin autorización expresa del director de la colonia. En 1843 se exigió a los pobladores absorber las deudas de las personas desaparecidas, esto es, muertas o capturadas por las tribus nómades. El derecho de sucesión, además, fue afectado por la aplicación del MIR, anulándose las anteriores asignaciones de tierras”.
“El gobierno –acotan al respecto Popp y Dening-, recién les informó a los colonos a 10 ó 12 años de instalados su vigencia y el MIR fue aplicado, anulando toda asignación anterior de tierras, iniciándose una redistribución de las mismas, conforme al número de varones que había en cada familia en las aldeas; en este momento, todos perdían el campo que cultivaban, quedando el nuevo loteo en manos del azar, ya que el sorteo decidía al nuevo adjudicatario.
Cada decenio, las parcelas se reducían notablemente; vale decir, que inicialmente cada varón recibió 15,5 has de campo laborable y en el año 1914 —no obstante la cuantiosa emigración— la cantidad se redujo a sólo 1,9 has, pese a las ampliaciones concedidas. El MIR fue un conjunto legal que paralizaba y desalentaba a los agricultores jóvenes y emprendedores, fomentando la desidia y negligencia en el trabajo rural; ¿qué interés podía tener un colono en introducir mejoras en su parcela, si en pocos años debía entregarla? Sujetos al azar y sin continuidad, contrajeron hábitos negativos que se observaban aún después en sus establecimientos rurales de la Argentina.
Señalaremos otras consecuencias marginales del MIR: 1) Desconocía todo derecho al usufructo de las tierras por parte del sexo femenino. 2) Significaba una injusta asignación de las tierras al grupo familiar con hijos de sexo desproporcionado; así un padre con hijas mujeres solamente recibía muy poca tierra y en cambio quien tenía muchos varones las recibía en exceso. 3) Permanente disminución de las superficies laborales, lo cual provocaba el empobrecimiento de la comunidad, no obstante la laboriosidad personal; debemos mencionar —como ya aclaramos— que la exclusión de las mujeres en los repartos del campo, provocaba una situación bastante violenta, al disminuir su rango en la sociedad. Podemos agregar, que el nacimiento de una mujer en el hogar de un colono no fue considerado como un "regalo", sino como carga; en cambio, la aparición de un varón significaba por ese mero hecho, el aumento de la riqueza material.
Al quedar excluida la "mujer" de los derechos y ventajas comunes a los hombres y como no podía ser abandonada a un destino incierto, el Código MIR establecía que el hijo menor de cada familia asumiría la responsabilidad de "mantener" a su madre viuda y a las hermanas solteras. En caso de minoridad o impedimento, el padre podía designar en vida, otro hijo reemplazante o tutor y cuando no había podido cumplir con dicho requisito legal, lo realizaban las autoridades competentes.
Cuando el único hijo varón era "incapaz", la ley preveía que un pariente cercano pobre asumiría dicha responsabilidad; y siendo varios, se sortearía un candidato. Por último, cuando todos los hijos eran del sexo femenino, continuarían con la chacra hasta tanto que la madre o alguna de las hijas contrajera matrimonio. Naturalmente, que esta responsabilidad involucraba un "premio" o ventaja material, ya que el varón "obligado o responsable", era único y total heredero de la casa habitación, patio, huerta y galpones de almacenaje de la explotación rural o granja; vale decir, que el hijo "varón menor o sustituto" legal, a cambio del mantenimiento de su madre y/o hermanas solteras durante su viudez o soltería, heredaba el casco de la chacra asignada a la familia, no así el campo laborable.
Independientemente, todos los varones participaban — en común — de la distribución del campo disponible; este aspecto fue lo único normal y positivo del MIR, ya que impedía el ingreso y radicación de extraños a la aldea”.
En la ultima parte del post pongo la fuente!
Pero antes vamos con un poco mas de historia...
Comienza la historia de los descendientes de alemanes del Volga...
Alemania arrasada por las guerras
“A finales del siglo XVII y comienzos del XVIII, el Imperio estaba eclipsado por Francia e Inglaterra. La tambaleante estructura imperial estaba sostenida por la gran cantidad de príncipes menores, quienes deseaban su protección, ante la presión de los grandes príncipes, que demandaban mayor libertad para ampliar sus posesiones”. Palabras de Alfred von Gottfriedt, Cronista del siglo XVIII.
Los ejércitos destrozan el imperio
Todo comenzó por la guerra de Sucesión española (1701-1714) que surgió por la lucha sobre el derecho del nieto de Luis XIV, futuro Felipe V, para heredar el trono español. Baviera se puso del lado de Francia, porque Luis XIV prometió al elector la corona de los Países Bajos españoles. Brandeburgo apoyó a los emperadores Leopoldo I y José I a cambio del reconocimiento imperial de Prusia como reino. Los otros Estados europeos también se aliaron con el Imperio para bloquear la unión dinástica de Francia y España. Ejércitos grandes, bien adiestrados y dotados lucharon en Baviera y Alemania occidental, haciendo estragos y dejando la ruina a su paso. Cuando ambas partes quedaron agotadas, aceptaron los Tratados de Utrecht.
Invadidos desde el oeste, los príncipes alemanes se encaminaron hacia el norte y este, donde entraron en conflicto con Suecia en el mar Báltico. En la primera guerra del Norte (1655-1660), el emperador y el elector de Brandeburgo apoyaron a Polonia y Dinamarca contra Carlos X Gustavo de Suecia. Las consecuencias del enfrentamiento no implicaron muchos cambios.
En la segunda guerra del Norte (1700-1721), que corrió paralela a la guerra de Sucesión española, Sajonia, Polonia, Brandeburgo-Prusia, Hannover, Dinamarca y Rusia unieron sus fuerzas contra Suecia. Al final de la misma, los tratados de Frederiksborg y Nystad (1721) devolvieron Polonia al elector de Sajonia Augusto (que como rey de Polonia gobernó como Augusto II), transfirieron Stettin y Pomerania Occidental de Suecia a Brandeburgo-Prusia, y Rusia ocupó las posesiones del Báltico oriental que mantenía Suecia.
Los alemanes también tuvieron que enfrentarse con los turcos otomanos, quienes, después de un periodo de tranquilidad, se expandieron vigorosamente en el sureste de Europa. Cuando invadieron Hungría en 1663, las tropas imperiales pudieron derrotarlos y obtener una tregua de 20 años. Sin embargo, las guerras turcas continuaron hasta que el brillante general Eugenio de Saboya condujo las tropas imperiales al triunfo en Senta (1697). Por el Tratado de Karlowitz (1699) los Habsburgo anexionaron la mayor parte de Hungría; el país que estaba prácticamente despoblado se volvió a colonizar con veteranos alemanes y se impuso la autoridad imperial centralizada en Viena.
Hacia 1740 los demás Estados alemanes se habían rezagado en su desarrollo, dejando a Austria y Prusia como rivales por el dominio de Europa Central.
La familia de los Hohenzollern, que había ocupado Brandeburgo en el siglo XV, había adquirido también un número de territorios adicionales y geográficamente desconectados en el oeste. Fuera del Imperio, al este se encontraba el área más importante, Prusia, que habían heredado como un ducado polaco en 1618 y que se convirtió en un reino independiente en 1701. Gradualmente, todas las posesiones de los Hohenzollern se conocieron como el reino de Prusia.
Federico Guillermo I de Prusia era un militar enérgico y testarudo determinado a unir sus dispersas posesiones en un único estado moderno donde la presencia de lo militar sería constante. Al suprimir los derechos de aduanas y los intereses locales, creó una burocracia honesta y eficiente, la cual recaudaba fondos en todo el país con destino al tesoro público para consolidar un ejército permanente.
Federico II el Grande estuvo tanto en el campo de batalla como en su palacio de Sans Souci cerca de Berlín, donde disfrutaba con la literatura francesa y la música. Sin embargo, gastó la mayor parte de su vida en extender el territorio de Prusia a costa de Austria y Polonia, y perfeccionar y reorganizar el gobierno prusiano y la economía para servir mejor al Ejército.
El emperador Carlos VI, de Austria, ansioso de mantener unificados los dominios de los Habsburgo, promulgó la Pragmática Sanción en 1713, al declarar que su única hija, María Teresa I, le sucedería. Cuando murió en 1740, los electores de Baviera y Sajonia rechazaron la Pragmática Sanción argumentando que tenían derechos prioritarios a través de sus esposas. Federico II ofreció su apoyo a María Teresa a cambio de la rica provincia de Silesia. Convencido de la justicia de su causa, ella rechazó tal propuesta. Federico invadió inmediatamente Silesia, precipitando la guerra de Sucesión austríaca (1740-1748). Los bávaros, sajones y franceses invadieron Austria y Bohemia, mientras Gran Bretaña, los Países Bajos y Rusia acudieron en ayuda de Austria.
Alarmados por las victorias militares de Federico, María Teresa firmó la paz con él en 1742, cediéndole Silesia. Sin embargo, Austria y sus aliados tuvieron éxito al conquistar Baviera para reponer la pérdida de Silesia. Por la Paz de Aquisgrán, el marido de María Teresa, Francisco, duque de Lorena, fue reconocido como emperador, aunque fue ella quien reinó en realidad. A cambio, María Teresa cedió Baviera y permitió a Prusia mantener Silesia.
La aparición de Prusia como una gran potencia llevó a un cambio radical de alianzas y a nuevas hostilidades. María Teresa, determinada a reconquistar Silesia, hizo una alianza con la emperatriz Isabel de Rusia. Jorge II de Gran Bretaña, ante el temor de un posible ataque francés sobre sus territorios patrimoniales de Hannover, firmó un tratado de neutralidad con Federico. La vieja rivalidad entre los Habsburgo y los Valois se olvidó, ya que el ministro austriaco, el príncipe Kaunitz, llevó a Luis XV, temeroso de Prusia, a una alianza con María Teresa. Federico, anticipándose al cerco, atacó primero e invadió Sajonia y Bohemia, lo que dio comienzo a la guerra de los Siete Años (1756-1763).
El conflicto se propagó, pues los austriacos invadieron Silesia, los rusos marcharon sobre Prusia y los franceses atacaron Hannover. A pesar de su buena dirección, Federico pronto se encontró muy presionado por sus enemigos. Fue salvado oportunamente por la muerte de Isabel de Rusia y la sucesión de Pedro III, que admiraba a Federico y firmó la paz de inmediato. Los franceses, agotados, también firmaron la paz. El 15 de febrero de 1763 se firmó el Tratado de Hubertusburg (Sajonia), que restableció la situación con Federico, manteniendo Silesia.
La soberbia de los príncipes
El final de las contiendas religiosas y de la amenaza turca dio a los alemanes nueva confianza. En el siglo XVIII, la cultura alemana, influida por los movimientos artísticos e intelectuales franceses, ingleses e italianos, alcanzó un momento brillante. Los príncipes, resistentes al control imperial y a anular las dietas locales, se hicieron monarcas absolutos. Centralizaron sus gobiernos y establecieron economías mercantiles. Al contratar a los artistas más destacados, hicieron de sus capitales centros artísticos e intelectuales, con palacios, iglesias, museos, teatros, jardines y universidades.
La vida social y cultural se centró en las cortes, que también fueron la principal fuente de ascenso social y político. Los cortesanos despreciaban a los ciudadanos y campesinos, útiles sólo para el pago de impuestos que servirían para mantener los lujos de la vida cortesana. Los príncipes también mantenían sus cortes al aceptar aportaciones extranjeras y vender jóvenes campesinos como soldados mercenarios. Para escapar de la guerra y la contribución, muchos alemanes emigraron.
Un país devastado
Alemania era un conjunto de principados destrozados por la guerra. Un territorio arruinado y un pueblo empobrecido y hambriento. Es en ese momento crucial de su historia cuando se inicia la epopeya de un numeroso grupo de familias alemanas que dos emigraciones, dos siglos y varias generaciones después serán conocidos mundialmente como descendientes de alemanes del Volga, radicándose, algunos de ellos, en la República Argentina.
Continúa la historia de los descendientes de alemanes del Volga...
La zarina Catalina II convoca a colonizar tierras rusas
“Las aldeas de Alemania se erigían humeantes y desoladas, las campiñas, otrora florecientes y productivas, despojadas de toda su riqueza de tanto soportar sobre sus fértiles campos innumerables batallas y un sinnúmero de muertes: las tierras yacían yermas y vacías como desiertos. Vastedades inmensas sin vestigio de vida humana, animal o vegetal. Las ciudades se encontraban arruinadas. La población había disminuido de manera considerable e increíble. El pueblo estaba sumido en la más absoluta miseria... Y como bendición de Dios, llegó la salvación a tanta desolación: Catalina II La Grande de Rusia lanzó un Manifiesto por toda Europa para colonizar tierras rusas a cambio de todo lo que nos hacía falta y más, mucho más”, palabras redactadas en alemán al margen de un antiguo devocionario.
Alemania era una organización imperial con muy pocos habitantes apenas sostenida por la enorme cantidad de principados menores saqueados y arruinados por las sucesivas guerras que tuvieron como escenario su territorio. Las aldeas se erigían humeantes y desoladas, las campiñas, otrora florecientes y productivas, despojadas de toda su riqueza de tanto soportar sobre sus fértiles tierras innumerables batallas y un sinnúmero de muertes: los campos yacían yermos y vacíos como desiertos. Vastedades inmensas sin vestigio de vida humana, animal o vegetal. Las ciudades se encontraban arruinadas. La población había disminuido de manera considerable e increíble. El pueblo estaba sumido en la más absoluta miseria.
En circunstancias tan tristes y nefastas un anuncio a modo de pregón recorre Europa: un Manifiesto emitido por Catalina II La Grande de Rusia, fechado el 22 de julio de 1763 en San Petersburgo, ofrece a través de leyes extraordinarias la salvación a los desheredados y menesterosos aldeanos. El Edicto prometía a los colonos que desearan emprender la aventura colonizadora de transformar tierras incultas en un territorio civilizado, prerrogativas demasiado atractivas como para ser rechazadas, como la libertad y la tan ansiada paz para construir un presente sin guerras y sin hambre. Por eso no es de extrañar que el 80% de los 30.000 europeos que emigraron a Rusia, entre los años 1763 y 1767, fueran de origen alemán, más exactamente de las regiones de Hesse, Renania, Palatinado y Würtemberg.
Los puntos más sobresalientes del Manifiesto pueden ser sintetizados en el siguiente orden: “1º Permitiremos a todos los extranjeros que lleguen a nuestro Imperio, practicar libremente su religión, de acuerdo a los usos y costumbres y estatutos de las iglesias; 2º Todos aquellos inmigrantes que ingresen a Rusia para establecerse no pagarán impuestos ni prestarán servicios comunes ni extraordinarios al Estado; 3º Mientras se prolongue su radicación en Rusia, ningún inmigrante podrá ser obligado a prestar servicio militar ni civil alguno; 4º Todos los campos y terrenos asignados a los inmigrantes lo serán como posesión intocable, a perpetuidad, transmitido por herencia, sin llegar a ser propiedad individual de nadie, sino un bien común de cada Colonia; 5º Se permitirá a los colonos, para expandir y mejorar sus posesiones, comprar campos privados como propiedad particular; 6º Los campos asignados por la Corona, generalmente serán heredados por el hijo menor del poseedor; 7º Los que lleguen a nuestro Imperio para radicarse y posteriormente deseen alejarse del mismo, les concederemos la libertad para ello; pero con la condición de que una parte de los bienes producidos en nuestros dominios sean entregados a nuestra Tesorería. Luego se permitirá viajar libremente hacia el lugar de su predilección; 8º Se promete el libre ejercicio y uso del idioma natal, la organización escolar propia y la dirección administrativa y judicial de sus colonias y aldeas por Estatutos propios”.
Firma de contratos entre los colonos y el Imperio ruso
Distribuido el Manifiesto por toda Europa, comenzó la búsqueda de colonos mediante representantes de la Corona rusa y de empresas privadas.
Los enviados oficiales o privados suscribían con cada uno de los emigrantes un contrato –y cuando se trataba de una familia, con el jefe del hogar- que señalaba las obligaciones y derechos de éstos frente al Gobierno de Catalina II. Tales privilegios o compromisos se convinieron en los siguientes puntos:
lo Para cubrir los gastos ocasionados por el viaje, desde el domicilio de cada emigrante hasta el puerto de Lübeck cada hombre percibía por día 15 cruceros, la esposa y los hijos varones 10 cruceros y los hijos menores 6 cruceros; igual suma correspondía por cada día de viaje en barco, desde Lübeck hasta San Petersburgo, por el Mar Báltico.
2° Cada colono —a su pedido— recibía un adelanto de dinero en efectivo —al llegar a destino en Rusia— para la construcción de su vivienda, galpones, corrales, adquisición de herramientas, carros, caballos, ganado vacuno, ovino, porcino, aves y semillas para las primeras siembras, de acuerdo al tamaño de la parcela de terreno asignada.
3º Se construirían escuelas por el Estado, equipadas de acuerdo a lo que cada confesión religiosa determine; también tendrían en su nuevo destino, los servicios médicos y quirúrgicos necesarios.
4º Cada cabeza de grupo familiar recibiría tanto campo, praderas, bosque, para que su producto alcance a un decoroso sostén —conforme a edad y sexo—; todo lo cual sería heredado por el hijo menor como bien de familia.
En cambio, las "obligaciones" a las cuales se sometía cada inmigrante pueden resumirse en la siguiente forma:
1º Prometer, en solidaridad con la esposa e hijos, trabajar y cultivar un mínimo de 30 desjatinen (32,70 has.) de campo que se les asignaría.
2° Comprometerse a no abandonar los campos asignados, sin la autorización debida, y someterse a las leyes del Imperio ruso.
3º Obligarse formalmente a devolver, sin intereses, el importe de todos los gastos ocasionados por el viaje y subsistencia hasta San Petersburgo, por sí y por cada miembro del grupo familiar respectivo, como también todos los adelantos en dinero para la vivienda, instalaciones y medios de trabajo, durante los diez primeros años de radicación, en tres cuotas iguales.
4° Contraer la obligación de amortizar las deudas y compromisos anuales, con la entrega del 10 % de la producción propia al jefe de la Colonia; asimismo, dichos jefes tendrán prioridad en la adquisición de toda la producción rural, siempre que abonen el mismo precio que el competidor privado.
5° Cada familia o inmigrante a Rusia, participará de los derechos y obligaciones contraídas por la comunidad, aldea o colonia a la cual pertenece, en la medida y proporción de los anticipos y campo recibidos de la Corona y se constituirá en parte de la misma, conforme a las normas distributivas y societarias establecidas.
6° Contraer el compromiso de disfrutar de todos los privilegios otorgados por la Corona Imperial y ejercer todos los derechos asignados por su Graciosa Majestad, en forma individual y/o en comunidad; comprometer la colaboración con los jefes de las colonias para obtener la debida protección ante la Escribanía Tutelar Imperial, a fin de lograr los objetivos de la Colonización trazados por Su Majestad, en beneficio propio, de los participantes y de la Corona.
7º Prestar la debida colaboración con las autoridades en circunstancias de tener que abandonar —por razones de servicios o por propia determinación— los dominios rusos, a fin de poder llevar los efectos y enseres propios y el valor de la participación en la comunidad; todo ello, de acuerdo a normas y límites permitidos por el Edicto Imperial y previo cumplimiento de todas las obligaciones contraídas. Ello no incluye la restitución del dinero adelantado para la subsistencia en San Petersburgo y posterior transporte a las Colonias del Volga, en vista que será otorgado por la "GRACIA" de Su Majestad Catalina II.
¿Quién fue Catalina II La Grande?
Catalina nació con el nombre de Sophie Fredericke Auguste von Anhalt-Zerbst, en Stettin (actual ciudad de Szczecin, en Polonia) el 2 de mayo de 1729, hija de un príncipe alemán. En 1745, se casó con el gran duque Pedro de Holstein, heredero al trono ruso. El matrimonio no fue feliz, pero la inteligente y ambiciosa Catalina no tardó en rodearse de un grupo de seguidores en San Petersburgo. En 1754 dio a luz un hijo, el futuro emperador Pablo. El marido de Catalina accedió al trono como Pedro III en 1762. Excéntrico, inestable y despectivo con sus súbditos, pronto se vio alejado de varios grupos importantes de la sociedad rusa. El 9 de julio de 1762, siguiendo una práctica habitual en la Rusia del siglo XVIII, la Guardia Imperial le derrocó y colocó en su lugar a Catalina en el trono. Pocos días después Pedro fue asesinado.
Catalina conocía bien la literatura de la Ilustración francesa, la cual ejerció una gran influencia sobre su propio pensamiento político. Mantuvo un estrecho contacto con Voltaire y Denis Diderot, prestó apoyo financiero a algunos escritores franceses, y Diderot fue huésped de su corte en 1773. Aunque con estas actividades simplemente pretendía crearse una imagen favorable en Europa Occidental, probablemente fue sincera en su interés y en su esperanza de poder aplicar algunas de las ideas ilustradas a la racionalización y reforma de la administración del Imperio ruso. A pesar de su interés en la reforma legal, la comisión que nombró para llevar a cabo esta tarea en 1767 no pudo cumplir sus objetivos. Entre los logros de Catalina se pueden destacar: la creación de las primeras escuelas para chicas y la de un colegio médico para el cuidado de sus súbditos.
En los primeros años de su reinado, Catalina trató de ganarse el apoyo de la clase acomodada rusa, y, en concreto, de un pequeño grupo de nobles. Confirmó la decisión de Pedro III de librar a la clase acomodada del servicio militar obligatorio, les concedió otros muchos privilegios y colmó a sus seguidores con títulos, cargos, tierras y siervos para trabajar en sus campos. A pesar de su declarado aborrecimiento de la servidumbre, hizo mucho por extender esta institución, cediendo siervos del Estado a propietarios privados, llevando la servidumbre a los territorios de reciente adquisición e incrementando el control legal de la clase acomodada sobre sus siervos.
El malestar de los campesinos culminó en una gran rebelión (1773-1775), encabezada por el cosaco Yemelián Pugachov, que hizo estragos en la mayor parte de la cuenca del río Volga y en los montes Urales, antes de ser definitivamente aplastada por las fuerzas militares. La rebelión marcó un giro hacia una política interna más reaccionaria. El ejército cosaco fue disuelto, y se concedieron privilegios especiales a otros cosacos, tratando de convertirlos en leales seguidores de la autocracia. En 1775 se llevó a cabo una importante reforma de la administración provincial, con el fin de conseguir un mejor control del Imperio. También se realizó una gran reforma de la administración urbana. La Revolución Francesa incrementó la hostilidad de Catalina hacia las ideas liberales. Varios críticos de la institución de la servidumbre fueron encarcelados, y parece ser que Catalina estaba planeando formar parte de una coalición europea contra Francia cuando murió el 17 de noviembre de 1796, en San Petersburgo.
Durante el reinado de Catalina, el territorio del Imperio ruso se extendió enormemente. Gracias a dos guerras contra el Imperio otomano (1768-1774 y 1787-1791) y a la anexión de Crimea (1783), Rusia logró controlar la costa norte del mar Negro. El control ruso sobre Polonia y Lituania también aumentó en gran medida, culminando con la anexión de grandes extensiones de territorio en los tres repartos de Polonia (1772, 1793, 1795).
Una de las características del reinado de Catalina fue el importante papel que desempeñaron sus amantes o favoritos. Diez hombres ocuparon este cargo semioficial, y al menos dos de ellos, Grigori Orlov y Grígori Alexándrovich Potemkín, tuvieron especial importancia a la hora de formular la política exterior e interior del país. Aunque la valoración de la figura de Catalina puede variar, es indudable que desempeñó un papel clave en el desarrollo de Rusia como estado moderno.
Rumbo al Volga
Los colonos alemanes parten a colonizar tierras rusas
“Y llegó la hora de partir, el instante de abandonar para siempre nuestro hogar, nuestra amada patria. Iniciamos el viaje y al mirar atrás veíamos como nos alejábamos de la querida tierra que nos había visto nacer y que sin aliento, por tanta guerra, tanta destrucción, tanta desolación causada por la avaricia de unos pocos aristócratas, nos empujaba al exilio. Aún no nos habíamos ido del todo y ya comenzábamos a añorarla. Lloramos de tristeza como niños que se alejan para siempre de la casa de sus padres sin la posibilidad de regresar jamás. Alemania comenzaba a ser un dulce y amargo recuerdo...”.
Un horizonte de desengaños
Al iniciarse el movimiento migratorio –que estaba compuesto por creyentes de la religión católica y protestante-, la mayoría de los emigrantes se dirigieron por tierra hacia Lübeck, sobre el Mar Báltico; mientras un pequeños grupo lo hizo hacia Danzig. La marcha comenzó en rústicos y primitivos carruajes y prosiguió durante nueve u once días en naves inglesas o anseáticas por el Báltico, para desembarcar en la ciudad rusa de Kronstad, ubicada en la isla de Kotlin en el Golfo de Finlandia, a las puertas de la capital del Imperio, donde tomaron contacto por primera vez con los nativos. Después continuaron su camino hasta un lugar denominado Oranienbaum, cerca de San Petersburgo.
Allí la Corona Imperial Rusa hizo saber a los inmigrantes que, a diferencia de los prometido en el Manifiesto, el cual aseguraba plena libertad para elegir la profesión u oficio deseado en todo el territorio ruso y “que todos podían aplicar sus conocimientos y especialidades, tanto un oficial de ejército como un herrero, un agricultor, un comerciante, un deshollinador...”, todos debían dedicarse a la colonización del bajo Volga como agricultores.
Se originaron protestas pero los colonos ya no tenían modo de retroceder. La decisión del gobierno ruso fue terminante y la distancia que los separaba de sus lugares de origen inmenso. Oranienbaum fue el primer desengaño, aunque faltaba lo peor: a todos les fue tomado un juramento de fidelidad a Su Majestad Imperial.
Rumbo al Volga
Víctor P. Popp y Nicolás Dening, en su libro “Los alemanes del Volga” relatan la salida de Alemania de los colonos expresando que “Fueron casi 400 almas que a principios de año se congregaron silenciosas, con humildad y amargura, en la iglesia de Oranienbaum para prestar juramento de fidelidad a la Corona rusa; no todos repitieron la fórmula en voz alta. Algunos sólo movieron los labios para no perder "su libertad ante su conciencia"; tal era la moral de aquellos pioneros sin nombres, que buscando un nuevo horizonte en libertad, encontraron la opresión. Así nuestros alemanes tuvieron su primera experiencia desencantadora en suelo ruso.
Terminaban de pasar el invierno en una aldea cercana de nativos; sin ánimo de exagerar, nuestros antepasados quedaron atónitos al contemplar sus pares rusos. Los campesinos lugareños tenían un aspecto deplorable, con sus largas melenas y barbas enmarañadas que nunca conocieron navaja y que inspiraban temor y curiosidad a la vez.
Aquellos primitivos ciudadanos rusos eran, no obstante, gentes de nobleza de sentimientos y muy hospitalarios; con ellos pasaron el invierno riguroso durante varios interminables meses. El frío era intenso, los ríos y arroyos permanecían congelados y los animales sobrevivían gracias a su encierro en galpones o establos.
Con frecuencia, los miembros de una misma familia eran separados por causa de enfermedad o ancianidad; mientras algunos continuaron el viaje, otros quedaban en aldeas a causa del insoportable frío; nuestro grupo de viajeros —sobre trineos tirados por caballitos (ponis quirkisios) soportaron innumerables imprevisiones e improvisaciones durante este viaje de 3.000 Km., recorridos en el largo tiempo de un año entero. En el extenso trayecto tomaron contacto directo con los nativos, conocieron sus costumbres y se compenetraron de sus formas de vida.
Aún estaban lejos del Volga; pasaban el invierno como en familia con los rusos de las aldeas rurales: constataron así, con expectante sorpresa que los dueños de casa convivían con sus animales, en un mísero gran cuarto, en cuyo centro se encendía una fogata para calefaccionar el ambiente; sorprendidos o no, nuestros alemanes no podían exponerse a sucumbir en la nieve y sólo les quedaba aceptar el hospedaje, acomodándose entre personas, ovejas, vacas, cerdos, dentro de ese recinto sin ventilación y sin instalaciones para ahuyentar el vaho y el humo. Al renovar el fuego por la mañana, semiasfixiados, salían a la intemperie para aspirar el oxígeno salvador a pesar del gélido ambiente.
Fue una experiencia risueña, pero difícil; la familia del colono ruso junto a sus inesperados huéspedes alemanes, dentro de una pieza grande con animales domésticos de todo tipo. Allí soportaron el humo, el vapor y pestilentes olores, con el jocoso agravante de no entenderse entre sí.
Los primitivos y escasos alimentos que consumían los campesinos rusos, consistían en una sopa de repollo, puré de mijo y algo de carne; la bebida era invariablemente el conocido Kwas (cerveza de malta, más débil que la cerveza común). Pero la Providencia quiso ofrecer algo mejor; pues los rusos desconocían el uso como alimento de los derivados de la leche de vaca. Fue así, que nuestros antepasados dejaron como recuerdo de su paso —con gran satisfacción de los rusos—, la elaboración de manteca y queso que luego se consumiría ávidamente en la zona.
Muchos de los nuestros, para abreviar o acortar el tiempo de permanencia, se conchabaron como peones de los rusos para allegar algún dinero; así transcurrió el crudo invierno y nuestros peregrinos —ya impacientes—, estaban ansiosos de proseguir su inacabable viaje hacia su destino desconocido. Después del deshielo, se alistaron carros sin elásticos, agrupándose por familias o por amistades y se acomodaban en el carruaje de su preferencia, cargando las pocas cosas que traían, algunos enseres personales y tal vez algún maltratado baúl con la ropa que les quedaba.
El espacio libre fue ocupado por las mujeres, ancianos y niños; los hombres y los jóvenes caminaban detrás de su carruaje. Así formaron las largas columnas de colonizadores que se dirigían rumbo al sur, en busca de la tierra prometida. En verano, el polvo y la temperatura elevada disminuían el ritmo de marcha; en Rusia las temperaturas son altamente contrastantes, e invariablemente a un corto verano sigue un largo invierno.
La columna siempre tenía como jefe a un oficial ruso, estricto pero amable, quien era asistido por los alcaldes —elegidos por y entre los viajeros—, subordinados a él en su acción; en alguna manera las confesiones religiosas procuraban la asistencia espiritual mediante el periódico envío de clérigos, quienes administraban el bautismo, la confirmación, la comunión y demás sacramentos de acuerdo a las respectivas creencias en los campamentos improvisados.
La rudeza del clima y la alimentación insuficiente y desconocida, provocaron numerosas enfermedades y fallecimientos; las cruces latinas de dos palos atravesados, como hitos señalaron el derrotero de los fundadores como silenciosos mojones de un pueblo formado por esperanzados peregrinos.
Finalmente, el río Volga estaba a su vista; emocionados admiraban su inmensidad y ya sentían una extraña atracción por él ya que procedían del Rin.
Abandonaron aquí sus maltrechos carruajes y abordaron pequeñas embarcaciones fluviales, navegando a favor de la corriente, río abajo; los rusos llamaban a su gran río (Matuschka, que significa "Abuelita", con respeto y cariño. Así surcaron una nueva vía desconocida en esas primitivas embarcaciones, sin comodidad alguna, sometidos al oleaje en molestos movimientos.
La nueva alteración del régimen alimentario trajo consigo consecuencias inevitables: nuevas enfermedades y más vidas que se extinguían; en esas tristes circunstancias los veleros se arrimaban a las costas para permitir a los deudos enterrar en las riberas a sus niños y ancianos. No había tiempo para ceremonias y lamentos; el grupo de forzados colonizadores mantenía la recóndita esperanza de que el paraíso prometido, mitigase tanto desconsuelo e incesante penar. Estoicamente avanzaban por el camino fluvial sin rebelarse; en su fe ardiente y vívida clamaban constantemente a Dios implorando su socorro y fortaleza. Acumulaban así experiencia en ese suelo de Catalina II, para sobrellevar la dura tarea que aún les esperaba especialmente quienes desconocían el oficio de agricultores, ya que los había de toda profesión, rango y estrato social. Allí conocieron el río Volga, cuando sus aguas comenzaban a congelarse desde el norte e inmovilizaban esta ruta vital, transformándose en una pista de plata para los trineos; algo inusitado: un río inmóvil, endurecido, congelado. Luego vendría el espectáculo mayor: la primavera... para ir debilitando la solidez del hielo, ver resquebrajarse esa ruta helada, con estrepitosos estruendos como truenos... Y la vida comenzaba a resurgir.
Cuando se asoma la primavera y el sol avanza aparentemente sobre el hemisferio norte comienza el proceso del deshielo y la nieve se transforma en agua, mucha agua; el río se moviliza y la inmensa masa acuática invernal se encamina hacia el río rumbo al mar, previo abundante riego, la nieve licuada se dirige hacia los cauces de los arroyos y aumenta peligrosamente el caudal del Volga, hasta que desborda por su ribera izquierda, muy baja y cubre extensas zonas muy alejadas de sus riberas naturales, impidiendo divisar ambas orillas.
Al llegar al muelle de Saratov, —virtual capital de las Colonias Alemanas del Volga—, todos descendieron en su puerto; en Lübeck se habían embarcado 400 personas y allí ya faltaban 50 que habían fallecido. Un año antes se habían embarcado llenos de esperanzas; pero las sorpresas y desengaños se fueron sucediendo sin término y las privaciones los habían diezmado. Quedaba todavía por ver y llegar al lugar donde recibirían aquellos campos productivos, con frutos silvestres comestibles, y flores y pastos abundantes; casas precarias, pero con suficientes materiales para construir su aldea definitiva.
A medida que se acercaban a su destino, sus expectativas crecían... mientras avanzaban con moderado y lento paso por esa región desértica e inhóspita, sin árboles, sin pastos, sin flores; esperaban ansiosamente la aparición de bosques de vertientes de cristalinas aguas, que les describieron poéticamente los emisarios en Alemania; pero paulatinamente se acostumbraron a una realidad negra. Sólo, ante sus ojos, veían un cielo azul que se cortaba en un horizonte de estepa.
De pronto, el teniente como oficial de la Corona, dio la voz de ¡Alto!, ¡a desmontar!... Habían llegado al fin, a su destino.
¡Qué decepción! Una llanura sin vegetación, sin valles ni lomadas, nada de lo prometido. Muchos hubieran querido volver de inmediato a su Alemania lejana, mientras otros planearon, con estoicismo, la inmediata acción; algunos consideraban que el teniente había incurrido en un error. Pero la tangible realidad estaba a la vista: tierra árida con rala vegetación de matas bajas. Aquí debían establecer su nueva aldea, su nueva Patria.
No obstante el mal humor desatado ante la grave injusticia, la acción era urgente; la proximidad del invierno exigía techo abrigado porque el invierno ruso significaba la muerte blanca. Ya corría septiembre y los primeros fríos los visitaban; conociendo la realidad que se les venía encima, preguntaron al oficial Jefe por la llegada de los constructores de las casas y por la ubicación de los materiales para erigir las nuevas viviendas para protegerse de la intemperie y esconder sus desilusiones.
El delegado imperial, sólo se limitaba a repetir severamente que esa era la tierra cedida por la Gracia Real a la comunidad alemana de colonizadores; allí quedarían para siempre y tendrían que habituarse a ella. Hubo lágrimas y muchos reproches, mientras se buscaba a los responsables. Al reiterar alguien la pregunta por los constructores, el Jefe con cierta ironía, les contestó: "Es mejor no confiarse demasiado en ellos, pues llegarían probablemente recién en la próxima primavera; sería mejor poner manos a la obra para evitar mayores males".
Como las voces de protesta se perdían en el vacío, se tramó una tentativa secreta de regreso a la Patria nativa; el grupo de cosacos que acompañó al teniente los rodeó y sofocó fácilmente el intento, obligándoles a cumplir por la fuerza las órdenes del Jefe. Así pasaron su primera noche otoñal en su nueva tierra prometida; por la mañana, al iluminar el sol la estepa, muchos comprendieron su desventura y buscaron los medios para sobreponerse a la contrariedad y salir airosos de la situación.
No quedaba otra alternativa que comenzar una nueva forma de vivir; como primera medida y conforme a los derechos otorgados, debían designar su propio alcalde o Jefe de aldea. Nuestra gente así lo hizo al recobrar su fe en la propia capacidad; ya con su propio conductor, todos escucharon los consejos de éste y recapacitaron a tiempo para resolver el problema habitacional. El fantasma del invierno se hallaba por delante y aunque todavía no habían experimentado el rigor de su intensidad, ni sus funestas consecuencias, era urgente instalarse para recibirlo con alguna posibilidad de supervivencia.
¿Qué hacer? ¿Sin casa, galpón o refugio y sin materiales para construirlos? Situación difícil para enfrentar y resolver; la segunda noche otoñal resultó intensamente fría. Cerca de nuestro grupo acampaba una tribu de Calmucos semisalvajes, que miraban con desconfianza a los intrusos; el lugar asignado a nuestro contingente de colonizadores se hallaba ubicado del lado derecho del Volga.
Aunque no se había realizado hasta entonces allí ningún intento de colonización organizada y masiva, se encontraban de cuando en cuando agricultores aislados, distanciados y solitarios, que vivían primitivamente; de ordinario eran gente con cuentas pendientes con la policía o siervos evadidos de las fincas de sus amos. Pronto se acercaron a los alemanes para asesorarlos en lo relativo a construcciones en zonas tan desamparadas; sabían de viviendas de emergencia, pues habían pasado por una situación similar al establecerse en esos páramos.
El oficial de la Corona obtuvo algunas maderas y ramas de árboles para nuestros colonizadores y el castigado grupo necesitaba urgente protección; las enfermedades y deficiente alimentación raleaban y hacían estragos en sus filas.
Los nativos de la zona poseían la solución inmediata a sus problemas; más su asesoramiento no fue gratuito porque aprovecharon el fácil medio de lograr dinero sin trabajo. Por supuesto estos aprovechados no eran de la misma calidad que aquellos con quienes habían convivido el invierno anterior, en el norte: de gran corazón y muy hospitalarios. Eran dignos representantes de un pueblo espiritual y místico, con gran sentido del arte en sus dos aspectos de música y de poesía.
En semejante adversidad la solución del problema para superar la amenaza latente del frío con sus trágicas consecuencias, era meterse dentro del vientre de la tierra; como faltaban las cuevas naturales en la llanura, usadas por los más remotos antepasados del hombre o al estilo de los animales, resolvieron cavarlas en la tierra. Era el modo más primitivo pero también el más seguro para superar la emergencia como solución provisoria; fue así como los rusos les indicaron la forma y el tamaño a dar a las construcciones subterráneas, como si fueran simples sótanos.
Las ochenta familias que integraban el grupo, comenzaron enseguida la excavación del suelo y en pocos días ya tenían lista su casa bajo tierra, experiencia singular totalmente desconocida ni soñada por los nuestros. Dichas cuevas eran rectangulares de (8 x 4m3) y por tres de profundidad; más de 90 m3 de tierra debieron ser extraídos a fuerza de brazo y con una simple pala. Como techo fueron empleados troncos y ramas de árboles, cubiertas después con parte de la tierra extraída de acuerdo al peso que podía soportar la ramazón; esa cobertura aislaba el interior del frío dejándose, por supuesto, una abertura para la salida del humo y la ventilación necesaria.
Como puerta se aprovechaba el fondo de un carro colocado de manera que podía facilitar el acceso; los problemas técnicos fueron solucionados por las indicaciones de los rusos y el ingenio de los nuestros suplió hábilmente sus fallas.
Para entrar en la habitación desde el exterior debían arrastrarse incómodamente, así como para salir; pero reparemos en lo que esto significó durante los cuatro o cinco meses de nieve como resguardo seguro para un seguro refugio en que sólo los hombres podían salir al exterior unos instantes cada día para detectar posibles fallas en el techo y desplazar la nieve para evitar que hundiera la frágil techumbre. Reconocemos, sin embargo, que era un claustro infrahumano sólo apto como vivienda para seres irracionales.
El principal problema para la improvisada habitación era la falta de luz; por la noche, un simple candil suplía la deficiencia, pero no suministraba la iluminación necesaria durante el día para los menesteres a realizar. El vidrio no existía en la región; apelaron entonces a la traslúcida vejiga de cerdo extendida sobre el marco de madera que serviría de ventana. Así los oblicuos y mitigados rayos solares penetraron por algunas horas en el interior de la caverna expandiendo luz y calor.
Fue un invierno terrible; cuando las tormentas de nieve cerraban el orificio destinado a ventilación y tiraje del humo, la permanencia en dicho infierno se hacía insoportable; niños hubo que murieron al inspirar o aspirar ese aire viciado. Salir de una región de Europa con las mayores comodidades relativas para la época, para sepultarse en un lejano y despoblado yermo; sin experiencia para ello, se consideraban abandonados del mundo y por la Emperatriz Catalina II, no obstante su altisonante título de "La Grande" y su procedencia alemana.
¡Cuántos reproches se hacía cada uno...!; pero con singular empecinamiento y sin darse tregua buscaron y lograron sobrevivir; después de las primeras heladas intensas, cuando los arroyos se endurecían y congelaban totalmente y la tierra se cubría con espeso manto de nieve, un comarcano, viendo las difíciles circunstancias en que se debatían los recién llegados, les dio una muy útil sugerencia, indicándoles que debían cortar de la superficie congelada del arroyo, un trozo con el tamaño de la ventana improvisada que tenían sobre sus techos y al colocarla sobre el molde echarle agua para que soldara con el marco al congelarse. Así el hielo reemplazó al vidrio y con su transparencia se iluminaba mejor la casa subterránea.
Corrían así los días en la ignota región y los pobladores absorbidos por la tierra denotaban su presencia por las pequeñas elevaciones o montículos de tierra amontonada sobre los techos; mas, todo llega a un fin y para los nuestros, el término del infierno blanco era significado por el goteo de la ventana de hielo y su inesperada caída, por la acción del añorado sol de la primavera. Cuando sus primeros rayos penetraban por el reducido espacio de la ventanilla era señal que la vida comenzaba en el exterior; por fin, también los ancianos y los niños podían salir al exterior y sacudir su cansada espera en su mísero encierro.
En el exterior les esperaba el trabajo duro y hasta los rayos de un sol abrasador; porque en Rusia las variaciones climáticas son extremas; mucho frío invernal y abrasador estío, pero ya no pasarían otro invierno enterrados vivos en medio de esos inaguantables sacrificios; su iniciativa y diligencia pronto superarían el problema”.
De los 400 pioneros que partieron en la primera caravana de 1763 sólo llegaron a destino 350. Los restantes murieron durante el trayecto a causa del frío y las privaciones”.
La primera aldea fue fundada el 29 de junio de 1764 con el nombre de Dobrinka.
La tierra prometida
Los primeros colonos llegan al Volga
“Nos afincamos a ambas márgenes del río Volga. Luchamos contra lo inconmensurable. El Imperio las más de las veces dejó de cumplir con sus promesas y nos abandonó a nuestra propia suerte. La zarina Catalina II La Grande nos traicionó. Fuimos utilizados como barrera para contener la invasión de tribus nómades, salvajes y sanguinarias. Pero a pesar de todo eso, edificamos nuestro hogar, formamos nuestras familias y construimos nuestra pequeña patria alemana en el inmenso Imperio ruso. Y durante casi cien años, pese a tanta lucha y tanto sacrificio, fuimos verdaderamente felices”.
Un camino lleno de infortunios
“De Europa partieron 30.000 personas –entre los años 1763 y 1767- con destino al bajo Volga, ubicado a unos 600 kms. de Moscú, y durante el camino y la fundación fallecieron 3.000 iniciando la colonización 27.000. Pero la inclemencia del clima, la exigua alimentación y el inadecuado medio habitacional redujeron esa cantidad a 23.109 para febrero de 1769.
La muerte natural o violenta era muy frecuente, ya sea por epidemias (malaria, tifus, viruela) o por enfermedades que no podían ser superadas por carencia de medicinas o por la incompetencia de los médicos de la época; aparte, en los diez primeros años tuvieron cosechas fallidas y en el mismo tiempo y hasta cuarenta años después 1200 colonos fueron conducidos al mercado de esclavos de donde no regresaron jamás.
El esquema colonizador ruso –escribe Olga Weyne en su libro “El último puerto”-, había previsto la creación de dos tipos de colonias: privadas y de la Corona. En la organización de las privadas sobresalieron algunas compañías francesas pero según las fuentes de la época, hubo frecuentes desinteligencias entre los administradores y los colonos de origen alemán. Fue así como en la zona derecha –occidental- del Volga, la mayoría de las fundaciones correspondía a la Corona”.
Los colonos fueron agrupados en núcleos de no más de 1000 familias –divididas de acuerdo a su confesión religiosa-, constituyéndose cada uno de ellos en un distrito de colonización. Entre 1764 y 1767 fueron fundadas 104 aldeas”.
La administración se dirigía desde las ciudades cabeceras de Saratov y Samara. El lado derecho constituía la provincia de Saratov y el opuesto, la provincia de Samara, aunque Saratov fue considerada siempre de hecho y de derecho como la verdadera capital de los alemanes del Volga. Una vez ocupadas las principales zonas de colonización del lado derecho del Volga –denominada por los alemanes como Bergseite-, se resolvió la extensión por el este, amplia llanura conocida por los germanos como Wiesenseite.
Las primeras colonias –conocidas históricamente como aldeas madres- muy pronto acusaron una superpoblación, lo que motivó soluciones heroicas; las nuevas generaciones no querían ir a las ciudades ni cambiar su ocupación habitual. Ello es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que vivían en comunidades muy cerradas y en total aislamiento respecto a los otros pueblos; de manera que la única salida consistía en hallar nuevas zonas alejadas del gran río. Así los jóvenes pertenecientes a familias muy numerosas y desheredados forzosamente por el Edicto de Catalina II, solidariamente designaban apoderados que trataban de adquirir en compra para todos ellos campos aptos para los cultivos en las regiones exteriores a las colonias existentes.
La colonizazión del bajo Volga
El proyecto colonizador se inició con 458.000 has. pero cuando los colonos lograron aclimatarse y se rodearon de ciertas comodidades –sostienen los historiadores Popp y Dening- el crecimiento vegetativo de la población fue en constante aumento, hasta llegar a un promedio de ocho hijos por familia; ello ocasionó otro tipo de problemas sumamente agudos. Entonces Catalina II otorgó a los inmigrantes 498.000 has. de campo útil, a ambas márgenes del río Volga y después de medio siglo, la Corona realizó otra ampliación de tierras, cediendo a los alemanes 498.000 has. más de campo.
Pese a dicha ampliación y seguir el crecimiento rápido de la población, otro medio millón has. fueron cedidas por el gobierno en 1848; en consecuencia, en el lapso de 80 años los colonos obtuvieron tres repartos de tierras, hasta totalizar 1.496.000 has. Las implicancias de la sucesión y el derecho de herencia, generaron muchos problemas sociales. Otra fuente histórica, sin embargo, sostiene que el pueblo alemán llegó a tener, entre lo cedido por el Gobierno y las adquisiciones privadas en total 2.725.000 has. de campo útil en 1919.
Agricultura e industria
Los alemanes del Volga fueron grandes y prósperos productores de trigo, llegando a proporcionar los mejores tipos de harina a toda Rusia. Pero además del trigo también cultivaban el maíz, del cual una vez seco llevaban las mazorcas o espigas sin deschalar en carros cerrados a un depósito, para luego reunir a familiares o amigos para separar en forma manual, la chala del maíz con más comodidad; máquinas desgranadoras sencillas separaban el grano del marlo y producían el maíz limpio.
Tanto el tallo como el marlo y las hojas del maíz servían de combustible; todo se aprovechaba en Rusia.
Naturalmente que en todo el ámbito de la colonización en el Volga, el trigo fue el principal cultivo y, en segundo lugar, el centeno; merece una mención especial, la papa y su cultivo. Su importancia fue tan significativa que su venta se extendió a otras regiones rusas. Aunque Pedro el Grande fue el introductor de ese producto de origen americano en el país, los primeros productores en gran escala y quienes difundieron su consumo masivo fueron los alemanes.
Cabe agregar que también fueron producidos en menor escala el girasol, la remolacha azucarera, el lino y el cáñamo; la Corona también procuró que dedicaran su atención a la apicultura y plantación de tabaco.
Algunos plantaron moreras para la cría del gusano de seda a fin de producir este preciado hilo.
A principios del siglo XX, los alemanes habían llegado a un desarrollo económico muy elevado.
En cuanto a su dedicación a pequeñas industrias, debemos tener en cuenta que dicho pueblo debía producirse todos sus tejidos para su vestimenta; para ello fueron proveyéndose de telares familiares para uso doméstico. Tanto se especializaron los colonos en sus tejedurías "caseras" que de ella surgió una floreciente industria de producción de telas de lana, algodón o mixto; dicha industria sobrepasó en mucho las necesidades propias.
Se fabricaban máquinas limpiadoras de cereal, cardadoras, ruecas, carros rurales, botas de fieltro y ropa para la nieve. Hummel, en su libro, también cita, que dicho pueblo tenía en funcionamiento, antes de la primera guerra mundial, dos fabricas de arados, dos de otros implementos agrícolas, dos fábricas textiles y diez para fabricar fieltro.
Comienzan las frustraciones
Los oscuros designios de Catalina II La Grande
Cuando los colonizadores alemanes arribaron a tierra rusa no sólo comprendieron que el Manifiesto no era más que un simple papel sin ningún valor ni garantía sino además descubrieron que el Gran Imperio Ruso estaba dos siglos atrasado respecto de Europa, con más de veinte millones de habitantes viviendo en la más absoluta servidumbre, y una nobleza apenas culta.
El proyecto colonizador de Catalina II La Grande escondía un oscuro e inconfesable designio que fue hábilmente llevado a la práctica mediante del Manifiesto emitido el 22 de julio de 1763 que prometía una sarta de mentiras inteligentemente hilvanadas mediante derechos y deberes que nunca se cumplieron, para atraer a las lejanas tierras rusas a colonos europeos desesperados por escapar de la miseria, la pobreza y el hambre. Un vil propósito que sólo les fue revelado una vez que éstos ya se encontraban perdidos y sin posibilidad de retorno en la inmensa vastedad del Imperio. El plan real no era colonizar tierras próximas a un vergel sino la indómita región del bajo Volga, con la intención de oponer una muralla humana para contener las periódicas invasiones de quirkisios, calmucos y bashkirios: tribus nómades y sanguinarias que mantenían en serio peligro la estabilidad de las ciudades-fortalezas fundadas en la zona.
Era un lugar ocupado por delincuentes, por siervos expulsados por sus amos y desertores militares. También era sitio adecuado para agricultores que escapaban del abuso de los terratenientes o nobles que los explotaban inhumanamente. Los abusos de los poderosos convertían al inhóspito bajo Volga en escondrijo para vivir con cierta libertad, aunque en un estado semisalvaje. El pueblo oprimido de Rusia, no hallaba mejor forma para hacer justicia que agruparse en bandas marginales de la ley, esperando el surgimiento de líderes rebeldes que conquistaran el favor de las masas populares.
“Jefes de bandas armadas que sembraron verdadero terror en la zona”, relatan los historiadores Popp y Dening. “Uno de los más conocidos fue Dogtjarenko, desertor de un regimiento de húsares, que realizó una larga campaña de latrocinios, aunque a veces, a sueldo de personas importantes que se enriquecían con un porcentaje en los robos y saqueos. Asimismo recurría a crímenes para eliminar a quienes consideraba sospechosos o posibles testigos. Otro personaje legendario en el Volga, fue “Schagala”, cuyo verdadero nombre era Vassily Poljakow. Las bandas de ladrones tuvieron sobre ascuas a los colonos alemanes durante casi un siglo.
Es imposible omitir el nombre de Jemelian Pugachev, uno de los jefes de banda más sanguinarios, surgido en la primera época, en el sur de Rusia; su nombre aterrorizó a los colonos alemanes aún después de que el gobierno lo ahorcara en Moscú el 15 de enero de 1775.
Esta rebelión preocupó seriamente al Gobierno Imperial, por lo cual destinó fuerzas militares para contener su avance y destruirlo; para los colonizadores alemanes esta intentona agresiva, les significó desprestigio y sufrieron sus consecuencias legales y morales por mucho tiempo. Algunos se plegaron a Pugachev en su desesperación, siendo algunos de ellos tomados prisioneros por los soldados imperiales; por lo tanto, los germanófobos rusos aprovecharon la ocasión para desacreditar a toda la colonización”.
Asedio de tribus asiáticas: los calmucos y los quirkisios
Los calmucos, de origen mongol, fueron un grupo de costumbres nómades. Eran como una mala sombra que aparecía cuando menos se la esperaba, instalándose a la vera de las aldeas —a cierta distancia—, con sus sistemas de carpas, de las cuales salían a mendigar durante el día y espiar la ubicación de cuanto pudieran apetecer.
Los calmucos fueron considerados los ladrones más expertos conocidos, aunque de procederes pacíficos; de día trataban de hurtar todo lo posible y por la noche cometían los robos mayores; su hábito negativo mayor, era el de apoderarse de los caballos y del ganado. Aunque no fueron sanguinarios, resultaron muy dañinos por su gran habilidad en hurtar cualquier elemento al alcance de su mano; los robos de animales por la noche no era lo más grave. Pues si bien ello podía paralizar a los colonos por privarlos de su medios de tracción y movilidad, es voz común que robaban criaturas pequeñas, lo cual se transformaba en verdadero cuadro de horror familiar; pues los niños desaparecían sin dejar rastros.
Otra causa de temor eran los quirkisios, de raza tártara. Según Beratz mantuvieron en permanente zozobra a toda la zona colonizada. Aparecían como en malón lanzando gritos salvajes y mientras unos se dedicaban al saqueo, los demás secuestraban a los hombres útiles para el trabajo, los ataban entre si y los llevaban prisioneros, para conducirlos luego a través de la estepa rusa turquestánica hasta la frontera con China, para ser vendidos en el mercado de esclavos de Buchara.
Separados del mundo, los alemanes del Volga se mantuvieron unidos a toda costa; el único recurso para mantener su moral fue su confianza en Dios. La iglesia fue siempre el refugio en los momentos de tribulación para este pueblo silencioso, cuyo objetivo fue crear su familia en paz y consolidarla en el trabajo honesto.
Los colonos van perdiendo libertad
El imperio zarista restringe la libertad de los colonos
A medida que transcurría el tiempo en las aldeas en el Volga, los inmigrantes iban perdiendo casi todos los derechos que el Imperio les había concedido en el Manifiesto y en la firma de los contratos. Lentamente fueron quedando aprisionados en una urdimbre de leyes que por poco hasta les quita la libertad: único bien preciado que conservaron en medio de un pueblo que todavía vivía en la servidumbre, inmerso en plena Edad Media.
Creación de la Cancillería Tutelar
“Al poco tiempo de instaladas las colonias pioneras –escribe Olga Weyne-, la zarina Catalina II creó la denominada Cancillería Tutelar para extranjeros. Dependiente de ésta era el Kontor o delegación oficial de la Corona en el centro del área de colonización: Saratov. Estaba integrado por los directores de cada colonia, que eran funcionarios oficiales.
Las facultades del Kontor en Rusia –institución extinguida recién a fines del siglo XIX- entendía y sentenciaba sobre los delitos comunes de los colonos con lo cual se anulaban en gran medida los derechos por el manifiesto de 1763 donde se los definía como hombres libres.
La burocracia enquistada en el Kontor parece haber tenido mucho que ver con el estancamiento y pobreza iniciales y con el retraso cultural sufrido por las colonias. La rigidez de sus disposiciones llegó hasta la prohibición del ejercicio, siquiera temporario, del comercio o de actividades extra, contrariando del mismo modo las promesas iniciales.
Un Juez supremo ordenaba castigos corporales -cadenas en los pies, azotes con el Knut (látigo)- o cárcel y trabajos forzados a los infractores, hasta que la aldea pagara el rescate con dinero.
Les estaba prohibido desplazarse libremente a mas de 32 Km. de sus pueblos sin autorización expresa del director de la colonia. En 1843 se exigió a los pobladores absorber las deudas de las personas desaparecidas, esto es, muertas o capturadas por las tribus nómades. El derecho de sucesión, además, fue afectado por la aplicación del MIR, anulándose las anteriores asignaciones de tierras”.
“El gobierno –acotan al respecto Popp y Dening-, recién les informó a los colonos a 10 ó 12 años de instalados su vigencia y el MIR fue aplicado, anulando toda asignación anterior de tierras, iniciándose una redistribución de las mismas, conforme al número de varones que había en cada familia en las aldeas; en este momento, todos perdían el campo que cultivaban, quedando el nuevo loteo en manos del azar, ya que el sorteo decidía al nuevo adjudicatario.
Cada decenio, las parcelas se reducían notablemente; vale decir, que inicialmente cada varón recibió 15,5 has de campo laborable y en el año 1914 —no obstante la cuantiosa emigración— la cantidad se redujo a sólo 1,9 has, pese a las ampliaciones concedidas. El MIR fue un conjunto legal que paralizaba y desalentaba a los agricultores jóvenes y emprendedores, fomentando la desidia y negligencia en el trabajo rural; ¿qué interés podía tener un colono en introducir mejoras en su parcela, si en pocos años debía entregarla? Sujetos al azar y sin continuidad, contrajeron hábitos negativos que se observaban aún después en sus establecimientos rurales de la Argentina.
Señalaremos otras consecuencias marginales del MIR: 1) Desconocía todo derecho al usufructo de las tierras por parte del sexo femenino. 2) Significaba una injusta asignación de las tierras al grupo familiar con hijos de sexo desproporcionado; así un padre con hijas mujeres solamente recibía muy poca tierra y en cambio quien tenía muchos varones las recibía en exceso. 3) Permanente disminución de las superficies laborales, lo cual provocaba el empobrecimiento de la comunidad, no obstante la laboriosidad personal; debemos mencionar —como ya aclaramos— que la exclusión de las mujeres en los repartos del campo, provocaba una situación bastante violenta, al disminuir su rango en la sociedad. Podemos agregar, que el nacimiento de una mujer en el hogar de un colono no fue considerado como un "regalo", sino como carga; en cambio, la aparición de un varón significaba por ese mero hecho, el aumento de la riqueza material.
Al quedar excluida la "mujer" de los derechos y ventajas comunes a los hombres y como no podía ser abandonada a un destino incierto, el Código MIR establecía que el hijo menor de cada familia asumiría la responsabilidad de "mantener" a su madre viuda y a las hermanas solteras. En caso de minoridad o impedimento, el padre podía designar en vida, otro hijo reemplazante o tutor y cuando no había podido cumplir con dicho requisito legal, lo realizaban las autoridades competentes.
Cuando el único hijo varón era "incapaz", la ley preveía que un pariente cercano pobre asumiría dicha responsabilidad; y siendo varios, se sortearía un candidato. Por último, cuando todos los hijos eran del sexo femenino, continuarían con la chacra hasta tanto que la madre o alguna de las hijas contrajera matrimonio. Naturalmente, que esta responsabilidad involucraba un "premio" o ventaja material, ya que el varón "obligado o responsable", era único y total heredero de la casa habitación, patio, huerta y galpones de almacenaje de la explotación rural o granja; vale decir, que el hijo "varón menor o sustituto" legal, a cambio del mantenimiento de su madre y/o hermanas solteras durante su viudez o soltería, heredaba el casco de la chacra asignada a la familia, no así el campo laborable.
Independientemente, todos los varones participaban — en común — de la distribución del campo disponible; este aspecto fue lo único normal y positivo del MIR, ya que impedía el ingreso y radicación de extraños a la aldea”.
En la ultima parte del post pongo la fuente!

