
“Tú párate aquí por favor”. ¿Cómo? Ah, seguro soy uno de los pocos afortunados, me van a regresar el dinero y me dejarán pasar gratis al bar. Iluso, me habían hecho a un lado. Para cuando lo comprendí estaba parado junto a otra persona de piel morena, mientras los blanquiñosos nos pasaban junto, ansiosos por disfrutar la noche.
Esperé pacientemente mis cinco euros. “Tranquilo, en cuanto los tengas en la mano podrás hacer lo que quieras”, me dije. Tan pronto como mis dedos rozaron ese billete, símbolo de la unidad social y económica de 27 países, comencé a reñir al percherón de la puerta. Eres un puto racista, eso es lo que eres, le dije con los labios mientras mi cabeza decía que el tipo media más de dos metros de altura, que el ancho de su físico doblaba el mío y que sus pómulos parecían haber sido golpeados muchas veces. Pero mis labios no hicieron caso, ellos seguían -a no más de 15 centímetros de su cara- diciéndole que era un racista hijoeputa, mientras mi mano derecha acompañaba la escena, como un director de orquesta exaltado.
La experiencia anterior fue en Alemania, pero el racismo es una condición ideológica mundial que, quizá, nunca se borrará: como seres diversos y racionales nos reconocemos diferentes. El problema viene cuando los tratos diferenciados dan inicio, el derecho de uno es el lujo de otro.
Lou Dobbs era, hasta hoy, el único presentador de CNN en Estados Unidos que de forma abierta atacaba a los inmigrantes en ese país. Su blanco favorito eran los mexicanos, los llenaba de insultos y se apoyaba en pseudoargumentos para exigirle a su sociedad que le cerrara las puertas a todos los mexicanos –y de paso a todos los latinoamericanos-, que porque dañan a la sociedad estadounidense más de lo que la benefician, según él.
En realidad su batalla era personal, más que profesional o por patriota. Lou Dobbs es parte de las ya muchas generaciones fascinadas con el eurocentrismo ciego, con todo lo que ello implica. El principal argumento en contra de los inmigrantes mexicanos en EU es que la comunidad está creciendo muy rápido, que las proyecciones afirman que dentro de unas décadas allá será México otra vez, pero pocas personas saben que, de acuerdo con el Censo de EU, los mexicanos-estadounidenses –nacidos o con raíces en México- representan el 12.5 por ciento de la población en aquella nación, mientras que los alemanes-estadounidenses –la mayor parte nacida en territorio de EU- suman el 17 por ciento de los habitantes de un país donde viven cerca de 300 millones de personas. ¿Y por qué nadie se queja de la invasión germana en EU? Simple, porque la mayoría de los alemanes son mejor aceptados y pasan inadvertidos por tener características físicas que cuadran con la idea que muchos tienen sobre cómo debe ser un estadounidense.
El dato anterior es un indicador de que, quienes están en contra de la inmigración mexicana en EU, no le temen a que haya gente con raíces de otro país queriendo dominar a esa nación, sino que le tienen pavor a un grupo de morenos en posiciones de poder dentro de su sociedad. Eso les pega en el orgullo eurocentrista.
A Lou Dobbs, como portavoz del racismo gringo, se le cayó el micrófono de CNN, aunque se rumora que ya está en pláticas con sus iguales: va a firmar con Fox News para seguir con su lucha antiinmigrante. Eso a él, y a mí, luego de una gestión con la Agencia Antidiscriminación alemana, el percherón del bar me tuvo que dar una disculpa por escrito luego de que me excluyera por motivos raciales. Me invitaron a pasarla “bomba” en sus instalaciones, con todo pagado. No acepté. También es cuestión de orgullo, les contesté.
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