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La era del ciudadano posnacional

Info7/17/2010
La era del ciudadano posnacional

Territorio, autoridad y derechos son las categorías que la socióloga holandesa elige para analizar el mundo actual y titular su nuevo libro. Guerras, recursos, Estado y otras nociones son atravesadas por ellas.




Un escenario, en apariencia, transparente como una ciudad suele esconder conflictos y lecturas que no siempre son visibles. Algunos guardan conexión con el pasado medieval y se cuelan por grietas, pasajes y laberintos que ha estudiado la socióloga holandesa Saskia Sassen para determinar los orígenes, la transformación y la definición de las ciudades en las que vivimos. Ya lo ha hecho en trabajos anteriores, pero ahora vuelve muy entonada con Territorio, autoridad y derechos (Katz), un libro que le llevó ocho años de investigación y escritura. Estuvo en Buenos Aires, participó del "Encuentro Internacional sobre violencia de género" y del "3er Coloquio Internacional sobre Derechos Sociales". Tuvo tiempo para referirse a los planos paralelos entre los "ensamblajes" medievales y los globales.

¿Cómo denomina a la era en la que vivimos? ¿Posmodernismo, neomodernismo, era global...?

Hay muchas maneras. A veces digo "una nueva fase global" o simplemente "modernidad". Digo "en esta modernidad ese auge de la religión es parte del sistema". El problema es que no ayuda mucho el hecho de que sea un período donde las dinámicas, instituciones, condiciones, subjetividades que se construyeron activamente como nacionales a través de varios siglos, ahora se van desnacionalizando. En parte, también, como un proyecto activo de construcción de la desnacionalización, y como una función de la decadencia de lo nacional.

¿Cuándo surge la noción de territorio? ¿Es simultánea con la de autoridad y la de derechos?

En toda organización social y compleja hay territorio, autoridad y derechos. Al igual que en las sociedades nómadas, hay una construcción del territorio, que no es simplemente tierra. Y esto fue así en todos los viejos imperios. Desde el momento que el territorio, viene construido como una condición, una capacidad compleja, también conlleva cierto tipo de autoridad, de derechos. En el medioevo europeo, los comerciantes construían su propia territorialidad atravesando otras: la del aristócrata local, la del rey, del emperador, de la iglesia, etcétera. Los que comerciaban de una ciudad a otra construían una territorialidad. Usar esas tres categorías –territorio, autoridad, derechos– en vez de las categorías maestras de lo global y lo nacional para entender el momento contemporáneo, abre el campo de análisis para ver que hoy estamos construyendo nuevas territorialidades complejas. Cuando Arabia Saudita planta su arroz en Etiopía, se produce una implantación seria. Cuando los chinos compran 2.9 millones de hectáreas en el Congo para usar como sembradío generan una nueva territorialidad. Es más elemental que la del estado nación, pero es una inserción en la jurisdicción congoleña.

En las formaciones urbanas medievales, que describe en el libro, surgen características como el intercambio comercial, un sistema de dominación y protección de los señores feudales. ¿No son categorías trasladables al presente?

Por un lado, la ciudad global es la forma extrema hoy. Pero también hay otros niveles, pequeñas ciudades globales, elementos de autonomía que entran en la ciudad global. Pero es una autonomía que puede tener significados negativos: el gran poder de los actores globales económicos, los sistemas financieros, las grandes multinacionales, entre otros. La ciudad global tiene una función económica productiva que es el proyecto del neoliberalismo, y tiene una función política como un espacio donde resisten las minorías, incluso si son ricos. Los negros, los inmigrantes, los ilegales, los artistas pueden ejecutar su proyecto político. También se pueden leer estas posibilidades como elementos de autonomía que se dan en ese espacio urbano que a nivel de nación no existe. Las ciudades medievales generan una ley urbana, y eso es lo que en el proyecto de formación del estado nación pierde la ciudad.

También parece trasladable al presente ese sistema de economía nacional dentro de una geografía imperial...

En esos paralelos, sin embargo, hay una especificidad, una particularidad del momento actual que no podemos simplemente decir "ah, estamos volviendo a una vieja fase". Y en ese sentido, lo interesante es ver cómo tuvimos siglos de formación de un Estado nacional con una autoridad exclusiva sobre un territorio. Y de ahí vamos otra vez a una situación donde el territorio en principio puede tener más de una autoridad, que parte al sistema global. Son los condicionamientos del FMI, la Organización Mundial del Comercio: todo lo que debilita la autoridad que pretende tener el Estado sobre su territorio.

¿Qué papel van a jugar las guerras en las categorías territorio, autoridad y derechos? En particular las guerras del siglo XX.

La guerra es una categoría que pertenece a otra época: al siglo XX. Hoy estamos viviendo un nuevo tipo de conflicto armado que casi no se puede llamar "guerra", en el sentido original de la palabra. Estas guerras de hoy no son guerras de control de territorio, no es necesaria esa materialidad en el control porque existen otras modalidades de control. Por ejemplo, la guerra de la economía global corporativa, es decir, la expansión global de cierta modalidad de hacer lo económico en manos de las grandes multinacionales o el sector financiero que entra, invade sectores de todo tipo. Esas son las guerras de este período, guerras de control, no simplemente de un territorio sino del sistema que existe en un territorio. En su nivel más elemental son guerras de recursos, pero el neoliberalismo en los últimos 30 años ha destruido economías tradicionales, sujetado a los Estados. Ahora tenemos un tercer tipo de conflicto armado, que son las guerras asimétricas. Y ahí el análisis indica que la lógica del Estado nacional confronta con un conflicto, militariza el conflicto, y ahí yo contrasto con la ciudad. La lógica del Estado nacional es militarizar el conflicto. Lo que significa que hoy, cuando un Estado invoca la seguridad nacional, para militarizar el conflicto, está construyendo la inseguridad urbana. En este tipo de conflicto armado la guerra se vuelve asimétrica porque el enemigo no es otra fuerza militar convencional. Es un combatiente asimétrico; la insurgencia, el terrorismo, etcétera. Para esos combatientes el espacio de la ciudad es una tecnología para el combate. Entonces, en ese sentido, la lógica del Estado nacional, la seguridad nacional en acción genera activamente la inseguridad urbana. También estamos usando un lenguaje urbano para captar lo que pasa en Ciudad Juárez, en San Pablo, en Jamaica. Estos conflictos armados son procesos no urbanos que se dan en el espacio urbano. Entonces cuando nosotros usamos el lenguaje urbano para captar eso, estamos urbanizando algo en nuestro imaginario, en nuestro entendimiento, que en realidad no es urbano. De ahí me surge este análisis de que la territorialidad de lo urbano, de la ciudad, está cambiando y estamos en riesgo de perder la particularidad de la territorialidad urbana. Y, por otro lado, las ciudades están perdiendo la capacidad de cambiar el conflicto en lo cívico y lo comercial.

¿Pero entonces, cuál es la diferencia entre el medioevo y la modernidad, según las categorías que usted propone?

En el medioevo domina la autoridad, no el territorio. En el Estado nación domina el territorio. Veo estas tres capacidades que se relacionan de maneras distintas; también significa que puede haber enorme continuidad de ciertas formaciones institucionales.

¿Por qué sostiene que después de la segunda posguerra ya estaban dadas las condiciones para entrar en la era global? Algo que evidentemente no ocurrió...

A principios del siglo XX teníamos multinacionales, leyes internacionales de propiedad intelectual, patentes, proyectos económicos corporativos que querían ir más allá de la economía nacional, elites que tenían sus organizaciones. Había un proceso de socializar a elites internacionales. O sea, había realmente proyectos de formación de elites globales. En ese internacionalismo de posguerra ciertos Estados proyectan su poder a nivel global. Los estadounidenses querían un espacio global para sus empresas transnacionales. Europa estaba destruida, Japón también: es el momento para las trasnacionales de EE.UU., de empezar a controlar los bancos y los mercados de manufacturas. Era un proyecto de imperialismo nacional. Hoy lo que tenemos es una proyección de firmas globales, de mercados globales al interior de lo nacional. O sea, lo opuesto de un imperialismo nacional. Este es un imperialismo de actores globales que se insertan en las naciones, de una manera distinta como lo hacían las transnacionales que iban a vender sus productos a los consumidores. Una cosa es la familiaridad del gran imperio que va, invade, saca petróleo. Pero en los 90 triunfa el mercado con un trabajo cultural previo para cambiar las elites gubernamentales, las mediáticas, y las corporativas.

Usted propone otra categoría concurrente: el ciudadano posnacional. ¿Quién es, dónde habita?

Hablo de una ciudadanía que empieza a desnacionalizarse, y entonces es un cambio que se da al interior de lo nacional que tiene también que ver con esa mayor distancia entre el Estado y el ciudadano. Y en ese sentido, ese desnacionalizarse es una reacción muy objetiva, neutral e inteligente por parte del ciudadano para que pueda reconocer que "el Estado no es yo, y yo no soy siempre el Estado", que es la gran victoria de la Revolución Francesa. Yo creo que la ciudadanía posnacional, que un poco existe en Europa, es parte de un cambio que se da a nivel subjetivo en la gran mayoría de los países. Pero hay otra serie de cambios que hay que recuperar, que marcan un cambio en la ciudadanía nacional. Creo que la democracia liberal ha tenido una trayectoria y ahora está en decadencia plena. Hay dos sujetos que tienen derechos, pero son desiguales desde que uno es el nuevo propietario de medios de producción y el otro el trabajador, que, ¿a qué tiene derecho? Lo tiene cuando es propietario de una casa porque participa del régimen de propiedad. Hay un espacio nacional que es estratégico para los dos actores. Es un cambio que desarma el proyecto de democracia liberal, ya no existe una burguesía con un proyecto nacional. No hay un Estado que puede mediar. El poder legislativo que es la parte del gobierno de la democracia liberal donde el ciudadano tiene más representación, se vuelve más y más débil por cuestiones estructurales.

¿Y por qué ocurre esto? ¿Quién gana?

El Legislativo pierde mucho poder y el Ejecutivo lo gana. Cuando se desregula y se privatiza, el Legislativo pierde funciones. Se establecen comisiones paralelas de expertos para hacer la desregulación y la privatización de las telecomunicaciones, para desregular el sistema financiero. Entonces el ciudadano queda distanciado. Además, el empobrecimiento de los Estados que implica menos bienestar social y entonces el ciudadano va perdiendo derechos sociales. Y finalmente, dentro de esta economía globalizada, los grandes reguladores negocian solamente con el poder Ejecutivo. La consecuencia es que se desdemocratiza la democracia liberal. Obama, por ejemplo, tiene muchísimo poder y no lo está usando. Yo pregunto: si en el Ejecutivo está una clase gobernante inteligente que entiende el bienestar, ¿por qué no puede usar ese poder para redemocratizar al Estado?

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