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¡Bingo! ¿Cómo se hizo tan popular?

Info8/31/2010



Una noche de aburrimiento en un camino oscuro



Empecemos por el principio...
(aguanten que después la trama se pone buena)


Varias historias se tejen en torno del nacimiento de este juego y algunas se remontan a los tiempos del Imperio Romano, pero los primeros documentos de algo similar al bingo nos llevan a la República de Génova en el siglo XVI. Esta república había cambiado su forma de gobierno hacia un sistema tipo oligárquico, en donde participaban las familias más poderosas (casi doscientas cincuenta) y precisamente éstas tenían la misión de elegir el Consejo Mayor (Maggior Consiglio), que cada dos años seleccionaba a los dogos (del latín dux, “jefe”) que representarían a la república.



A partir de 1576 adoptaron un sistema de elección basado en el sorteo de plazas: los nombres de los postulantes marcados en bolas rodando dentro de una caja y que el azar decida. En 1629 se autorizó a varios banqueros a fiscalizar las operaciones de este sorteo, porque los genoveses (aficionados a las apuestas de todo tipo) apostaban sobre las designaciones como lo hacían en las carreras y no dejaban escapar la ocasión de apostar sobre los números de los electos en el Serenísimo Colegio. En pocos años las naciones vecinas copiaron no la elección de autoridades sino el juego mismo, que Italia había bautizado bajo el sonoro nombre de “Lo Giocco del Lotto d’Italia” (El juego de la lotería de Italia).



Con los años el juego pasó a Francia con similares reglas a las que se conocen hoy en día, es decir, alguien lee los números mientras van saliendo y los participantes marcan sus tarjetas numeradas. La nobleza europea no tardó en fascinarse por este simple y entretenido modo de pasar sus aburridas horas y en poco tiempo dominaba toda Europa (incluso se utilizaba como el mismo ábaco para enseñarle los números a los niños)



En España llegó en 1763, y aunque en un principio se utilizó con fines benéficos, en poco tiempo el estado se hizo cargo del negocio, haciendo doce sorteos por año. En Francia se afianzó oficialmente en 1776, año en que nació la Lotería Real, que fue abolida en 1836. En México fueron las iglesias las encargadas de popularizarlo, ya que los jugadores donaban parte de sus ganancias a instituciones religiosas.



Si bien en Estados Unidos el juego había llegado antes de 1929, no había pasado de ser un entretenimiento más entre los muchos que se jugaban en las ferias ambulantes. Pero hay una historia que amerita ser relatada.



Fue una noche en diciembre de 1929 cuando un vendedor de juguetes neoyorkino llamado Edwin S. Lowe, decidió conducir a Jacksonville, Georgia para comenzar allí sus negocios lo más temprano posible. El año anterior, con dos empleados y mil cien dólares de capital, Lowe había creado su propia empresa de juguetes.
Manejaba más aburrido que cansado. Por eso cuando en una curva del camino observó las luces de una feria, pensó que no sería una mala idea descansar la mente con algún juego.



Para su desgracia, casi todas las atracciones estaban cerradas, pero una de ellas permanecía abierta, muy iluminada y repleta de gente. Mirando por sobre encima de los hombros de varios otros curiosos, comprobó que el juego en cuestión consistía en una mesa con forma de herradura, en donde los participantes marcaban en unas tarjetas numeradas cada número que el pitchman (en este caso, conductor del juego) sacaba de una vieja caja de cigarros.



Lowe observó que si un jugador tenía en su tarjeta el número cantado por el pitchman, inmediatamente ponía sobre ese número un frijol. Y cuando algún jugador lograba marcar una línea de números en su tarjeta, ya sea horizontal, vertical o en diagonal, se paraba y gritaba el nombre del juego:” ¡Beano!”, ante el aplauso y disgusto disimulado de el resto del auditorio. El ganador se llevaba una fabulosa y pequeña muñeca Kewpie (la palabra “Beano” viene del inglés “beans” y significa frijol, judía).




Lowe recuerda: “a pesar de mis ganas e intentos, no pude conseguir asiento. Pero mientras estaba esperando, me percaté de que cada uno de los participantes parecían ser adictos al juego. Para las tres de la mañana, el pitchman aclaró que la siguiente era la última ronda de la noche, porque nadie quería moverse de su sitio.
El pichman le contó a Lowe que había traído el juego de un viaje que había hecho a Alemania el año anterior: “En Alemania mucha gente lo jugaba. Yo le introduje algunos cambios, lo bauticé Beano y lo incorporé a la feria”.



Lowe trabajó varios días en Jacksonville con lo conversado revoloteando en su cabeza. Al regresar a Nueva York compró un kilo de frijoles, un sello con números rotativos, varias tiras de cartón y dos días después invitó a sus amigos para jugar su versión de Beano. Con el correr de las horas, Lowe comprobó que aquella pasión que había visto en los ojos de los jugadores de Georgia ya estaba instalada en sus amigos.



Durante una de las sesiones de juego, una amiga estaba a punto de llenar su cartón. Con cada número que Lowe sacaba, la joven se ponía más y más ansiosa. Hasta que en un momento, salió el número esperado. La mujer puso el frijol sobre el número, se puso rápidamente de pie y los nervios hicieron que tartamudeara el grito de victoria, y en lugar de gritar “¡Beano!” exclamó algo así como “Beeengo”.
“No puedo describir la extraña sensación de euforia que el grito de esa joven me hizo sentir –contaría Lowe años después- pero una cosa tuve en claro: mi juego iba a ser conocido como Bingo”.



Lowe sin duda podría haber registrado el nombre Bingo, pero una vez que el juego hubiera ganado la calle, sabía que sería casi imposible detener a las imitaciones. Entonces actuó como el comerciante que era: cuando comenzó a encontrar imitaciones, exigió sólo un dólar al año por el juego y otro dólar adicional por usar el nombre Bingo. Lowe entendió rápidamente que las imitaciones hacen que el original se difunda y que mucha gente preferiría alardear que jugaba al Bingo original y no a sus imitaciones. Y tuvo razón.



En 1931, Lowe recibió una carta de Pensilvania. En ella, un sacerdote llamado Wilkes-Barre le contaba que había utilizado al Bingo para recaudar fondos para su congregación, pero el problema era que varias veces se producían múltiples ganadores (a veces más de media docena), cosa que hacía mermar las arcas de la iglesia en vez de llenarlas.
Hacía varios meses que Lowe se había planteado ese problema y la carta del sacerdote fue la última gota que necesitaba para decidirse. Las tarjetas necesitaban un mayor número de combinaciones y para desarrollarlas fue a ver a un profesor de matemáticas de la Universidad de Columbia llamado Carl Leffer.



Lowe le encargó el diseño de una mayor cantidad de tarjetas de Bingo y el profesor se puso a trabajar. Ambos acordaron que el pago sería por tarjeta, pero Lowe no sabía que “algunas tarjetas extras” llegarían a ser “miles de tarjetas” y Leffer tampoco previó que el trabajo se iba a tornar más complejo de lo imaginado. Después de varios meses, Leffer diseñó más de seis mil nuevas tarjetas cuidadosamente tabuladas en grupos no repetitivos. La leyenda dice que Lowe terminó pagando más de cien dólares por tarjeta en la última camada de ellas y que Leffer perdió la cordura llevando a cabo la tarea. No la crean: aunque Lowe tuvo que desembolsar unos dólares más de lo pactado, la cifra de cien dólares es más que exagerada. Y el simple hecho de que Leffer exigiera más dinero de lo acordado para acabar tamaña empresa, es prueba suficiente de que no se había vuelto loco.



La iglesia de Wilkes-Barre se salvó y poco después sucedió lo mismo con Knights of Columbus Hall, en Utica, Nueva York. Y así empezó todo. La empresa de Lowe se convirtió en un hormiguero donde más de mil empleados trabajaban frenéticamente tratando de mantenerse al día con la demanda de juegos. Para 1934, ya existían más de 10.000 bingos consolidados en Estados Unidos en iglesias, cantinas, salones y bares como forma para recaudar fondos. No importaba si se trataba de una capilla o una lejana reserva indígena, el juego se utilizaba con fines benéficos y sólo por semana se estima que los jugadores norteamericanos gastaban más de noventa millones de dólares en cartones.



Según testimonios del mismísimo Lowe, el juego más grande de la historia se realizó en Teaneck Armory de Nueva York y participaron 60.000 personas (y otras diez mil quedaron afuera). Se regalaron diez autos cero kilómetro.
Con el tiempo, Lowe se retiró del negocio y vivió una vida plena al lado de los suyos, feliz de saber que su Bingo se había incorporado a los Estados Unidos junto al pastel de manzanas y al beisbol.



Hoy en día el Bingo está extendido por todo el mundo y tiene infinidad de seguidores, número que aumenta constantemente. Porque además de su importante facturación (miles de millones de euros anualmente en todo el mundo), el Bingo genera trabajo directo a miles de personas en todas las salas del planeta, sean físicas u online.








Y todo gracias a una noche de aburrimiento en un oscuro camino hacia Jacksonville…








Fuentes:
Gambling had role in religious history, Barlow Rich
Las obras del azar, Alvaro S. de Zhar Basualdo
Juegos de azar, Spencer LaVyrle
Internet Gambling Report, Cabot, A.


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