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Un Asilo Para Atorrantes en Buenos Aires


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TODO ES HISTORIA - EL DESVAN DE CLIO - CURIOSIDADES DE LA HISTORIA

LA REVISTA TODO ES HISTORIA SE EDITA MENSUALMENTE DESDE 1967 Y ES LA ÚNICA PUBLICACION DE HISTORIA ARGENTINA MENSUAL. YO TENGO LA COLECCION COMPLETA Y LA RECOMIENDO

Todo Es Historia N° 301 - Pág. 63 - El Desvan de Clio


UN ASILO PARA ATORRANTES EN BUENOS AIRES, EN 1905. EL VIEJITO QUE LE CEBO MATE A MITRE, EN LA GUERRA DEL PARAGUAY

Juan José de Soiza Reilly utilizó, entre otros, el seudónimo de Agapito Candileja, en sus colaboraciones de la revista¿Caras y Caretas. En el número correspondiente al 3 de junio de 1905, publica, con tal seudónimo, un interesante artículo titulado "El invierno de los pobres. Una visita al Asilo Municipal". Se trata de una colorida nota sobre un asilo nocturno para atorrantes, habilitado en la calle Entre Ríos n° 1490". Dice, textualmente la nota, ilustrada con siete fotografías y con dibujos de Mario Zavattaro: "Mientras el frío cual perro hostigador acelera en las calles los pasos de la gente; y en tanto que la vida fabulosa de los ricos agita sus cascabeles de jolgorio andando hacia la fiesta donde triunfa el resplandor de la libra esterlina, nadie piensa en el destino de la hermandad dé Gorki... Nadie piensa en esos hombres y mujeres sin hogar y sin mesa, que condenados por las leyes de su propia médula al peregrinaje de la sordidez, llevando sobre los labios —como un sello— el silencio de los pensativos, y en los ojos —como una amenaza-»- los brillores hostiles de una sabia locura.

La Municipalidad les ha instalado en la calle Entre Ríos 1490, un asilo nocturno. Visible mácula de desdoro para el orgullo de esta gran ciudad de los palacios áureos, donde los habitantes del Jardín. Zoológico viven con magnifi-cencia de visires... El local es pequeño. Posee una sola puerta de aeración. Allí, en cincuenta tarimas, duermen ciento ochenta atorrantes. A veces, más. Se acuestan vestidos, hacinados, sobre la terrible desnudez de las tablas. No tienen colchón. No tienen cobijas. El hedor que exhalan esos cuerpos bestiales hace que el olfato rememore la putridez de las carnes gangrenadas. Barbas y melenas grasicntas, ropas inmundas, todo conglomerado como en un cajón de escoria y de miseria... El recinto de las mujeres es más pequeño aún. Pero son pocas.
"Duermen también sobre escuetas tarimas. En las noches invernales, cuando la helada aguza sus rencores, las pobrecitas se amontonan en fraternidad de gallinero, para robarse mutua, muda y dulcemente un poco de calor... Pero siempre están tristes.

"Los hombres son más alegres. Uno de ellos, nos habla. Es un viejo criollo de vivaracha ancianidad, que lanza por los ojos chispas de picardía...

"—Siéntese, amigo. Aquí naide incomoda... Además, estamos entre gente decente. ¿Ve aquel viejo melenudo? Es un célebre profesor de música. Le enseñó a tocar el acordeón a Roca... Ese petizo que nunca habla, jue diputau oriental en los tiempos de La-torre. ¿Ve aquel otro que se rasca? Es un sarnoso. ¡Che, rasquiña mostrá la llaga! ¡Puff! ¿Ha visto? Es hijo de una princesa rusa que perdió la fortuna jugando al truco con un francés que es conde, y que por eso les escondió la platita. Aquellos otros dos que se abrazan son hermanos. Siempre se están riyendo. Pero son muy inteligentes.

Eran máistros de escuela. Aura juntan puchos... ¿Y yo? Yo no soy manco, ¿sabe? Me llamo Sinforiano, jui sargento en la guerra del Paraguay, y en más de una ocasión le solí cebar mate al viejito don Bartolo... ¡Ya ve que no sernos poca cosa! ...Sin embargo, nos tratan más pior que a la basura y nos llaman haraganes como si juéramos menistros... Las sardinas en lata tienen más aire que nosotros. Ro-setti ni se preocupa del asilo. ¿Quiere creer que nunca nos visita? ¡Es un ingrato! Ha de querer que lo traigamos en coche. ¡Pucha que sí! Si viene lo haremos quedar una noche pa que atorre con nosotros. ¡Puede " ser que así aprienda a tenernos respeto! ...Nosotros no sernos vagos, ¿sabe? ...Tenemos una profesión: sernos filósofos: Si no escrebi-mos libros es porque no queremos gastar tinta al ñudo, como esos que escriben consejos pa amansar a los hombres, sin saber que los hombres son potros que nunca se amansaron... Nosotros sernos necesarios a la humanidá, ¿sabe? Y no se ría... Si no juera por nosotros, todas esas gentes caritativas que nos favorecen no podrían dir al cielo, porque nosotros les damos motivos pa que sean virtuosas...

Ademas, si no juera por los atorrantes, el trabajo no sería una virtú porque si todos los hombres trabajaran no habría ningún mérito en ser trabajador. La sombra es necesaria pa que la luz tenga más brillo... Voy a mandarle a Quintana una solicita, pidiéndole que nos haga en la Avenida de Mayo un asilo grande como los que hay en Francia, con balcones a la calle, camas, colchones y lo demás... No precisamos espejos, porque pa mirarnos tenemos bastante con el lustre de los pantalones. Sería güeno que en el mismo edificio se pusiera una fondita y un café con camareras. También nos vendría de perilla un automóvil...

"—¿Nada más?
"—Por aura, no. Más adelante veremos. ¿No le parece que Quintana nos hará el gusto? Si él no quiere hacerlo por nosotros, ¡qué canejo!, que lo haga por el progreso del páis!... De mientras tenemos que dormir aquí y comer, cuando no hay plata, en las vederas del Salvador... Allá nos dan las sobras. ¡Y viera qué cosas ricas! ¿Pero ya se va, amigo? Quédese a tomar otro mate... Dormirá con nosotros y mañana tempranito se desayunará con una taza de esa agüita misteriosa que por acá se llama leche, ¿quiere?... ¿No? ¡Caramba con el mozo fino! Tiene más humos que chiminea de fonda... ¡Vayase nomás! ¡Quién sabe si algún día no lo vemos por aquí pidiendo por favor un rinconcito pa pasar la noche!... Hay que tener mucho cuidao, amigo, con las picazones del orgullo. ¡Vea que cuando menos lo esperamos el carro se da güelta... ¡y no hay remedio! ...Conque así, ya sabe. Quedamos pa servirlo.

"Fuimos saliendo. Ante nosotros el largo y angosto corredor simulaba prolongarse en la sombra nocturna, como un inmenso brazo cuyo extremo sostuviera una luz. Era un farol. Miramos hacia atrás. Allá, en el fondo, por la puerta del dormitorio de las pobres mujeres, vimos a una de ellas —la más desastrada, la más triste, la más vieja— que, arrodillada junto a una tarima, con las manos unidas sobre el pecho, parecía rezar como en un templo... Entre tanto, un perro de la vecindad, lloraba lamentando la ausencia de la luna".


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