Una sinfonía de barbaridades "Saw" inauguró un género de películas donde la truculencia traspasa la línea de lo admitido. Torturas, mutilaciones y mazmorras de aires decimonónicos dan tono a una saga que los adolescentes consumen con fanatismo. Gritos de horror. Ninguna tortura es demasiado para los creadores de “Saw” que, con seis películas a cuestas, han sabido “perfeccionar” la rutina de aberraciones. Vi la primera película de la saga Saw (El juego del miedo) durante una pegajosa noche de calor. Cuando los títulos dejaron de correr y la musiquita tenebrosa paró de sonar, tuve que echar mano a mis recuerdos más gratos y reconfortantes para poder conciliar el sueño. Veinte días después ya había dado cuenta de las seis películas que conforman la serie y era capaz de analizar desapasionadamente sus acciones, por más depravadas que fueran. Y luego me dormía con la inconsciente placidez de un recién nacido. Es que, como bien apuntaba Susan Sontag, la velocidad con la que nos acostumbramos a las imágenes del horror es verdaderamente sorprendente. El primer ojo desgarrado con un bisturí te provoca náuseas, el segundo se aguanta con los dientes apretados, pero para cuando llega el décimo, uno ya está pensando en una oferta de quesos que había en el supermercado. Este es uno de los grandes problemas con los que lidia la industria del cine de terror, que se ve forzada cada año a subir la cuota de expectación y salvajismo que pone en las pantallas, sabedora de que el público ya metabolizó el paradigma anterior y está pidiendo nuevas experiencias. Por esa razón, la sexta y presumiblemente última entrega de Saw –la saga de terror más celebrada de los últimos tiempos– lleva al extremo la sucesión de mutilaciones que constituye su seña de identidad, provocando delirio entre los fans y carraspeos en la crítica bienpensante. La sinfonía de barbaridades que muestra la película es tan estruendosa que en países como España fue calificada con una X, condenada a ser exhibida solamente en salas porno, bajo la acusación de hacer una inaceptable apología de la violencia. Más allá de sus hallazgos estéticos y narrativos –que los tiene–, Saw va a pasar a la historia del género por haber reabierto el debate acerca de los límites de la violencia explícita en las salas de cine, un honor que comparte con filmes de títulos tan sugerentes como Holocausto caníbal (1980), que estuvo prohibida en lugares como Italia, Australia y Gran Bretaña. No se trata de lo que el público es capaz de tolerar, ya que hasta ahora los amantes del género se han demostrado capaces de tolerar todo lo que les echen. Sino de lo que el Estado está dispuesto a permitir que se vea. En la Argentina, por ejemplo, primó la liberalidad y Saw VI fue estrenada sin mayores complicaciones, cumpliendo con su previsible destino de éxito de taquilla. Terror del nuevo milenio Si todo marcha como hasta ahora, Saw va a ser para los primeros años del nuevo milenio lo que Viernes 13 y Pesadilla fueron para las décadas anteriores: la saga ícono de su época. En este caso, el papel de Freddy Krueger lo ocupa Jigsaw, un asesino serial (interpretado por el gélido Tobin Bell) que, tras perder a un hijo y recibir un diagnóstico de cáncer, se embarca en una cruzada cuyo objetivo es que la gente aprenda a valorar la vida. Los métodos de tan noble misión son bastante drásticos: inserta a sus víctimas en diferentes clases de juegos mortales de los que solamente se puede salir tras el cumplimiento de pruebas relacionadas con las obsesiones psicológicas de cada participante, la mayor parte de las cuales implican infligirse mutilaciones o asesinar a algún compañero de encierro. Su lógica es la siguiente: "Si no fuiste capaz de valorar tu vida hasta ahora, enfrentarte con el dolor y la muerte te enseñará a hacerlo". Lo que se dice una terapia de choque. A diferencia de otros exitazos del cine de terror actual, como La llamada, en Saw no hay espectros vengativos ni intervenciones del Más Allá. El protagonista es una especie de predicador macabro del carpe diem con maneras de científico obsesivo, capaz de crear máquinas de tortura infernales, planificar sus juegos con meses de anticipación y adelantarse a las decisiones de sus cobayos, todas ellas aptitudes que lo emparientan con villanos del estilo de Aníbal Lecter o John Doe, el personaje que interpretaba Kevin Spacey en Pecados capitales (David Fincher, 1995). Estas relaciones no son casuales, ya que Saw destila intenciones de película "seria" y se siente más cómoda junto a filmes de culto como El cubo (del canadiense Vicenzo Natali, 1997) con las típicas historias de colegialas perseguidas por un demente con machete en mano. Desde su estreno en 2003 en el Festival de Sundance –gran vidriera del cine independiente estadounidense–, Saw demostró un espíritu inconfundiblemente contemporáneo. Decidida a ser considerada como una narración inteligente y estéticamente preciosista, hizo gala de guiños al lenguaje propio de la nueva generación de series de TV, tomó prestadas ideas de autores de vanguardia y se dotó de una banda de sonido oscura y cool, en la que aparecen monstruos del rock dark como Marilyn Manson, Ministry y Queens of the Stone Age. Si bien hacia la mitad de la saga la intensidad de la historia cae en un pozo de repeticiones, nunca se pierden del todo los elementos que la hacen destacar: los incesantes saltos temporales, el estupendo manejo del tempo del terror y un universo estético muy particular, que quizás sea el aspecto más original de la serie. Las acciones de Saw tienen lugar en dos planos distintos, cada cual con su identidad plástica propia. Por un lado, un plano realista, luminoso, una ciudad actual en la que transitan las potenciales víctimas y los siempre lerdos policías que van tras la pista del asesino. Por el otro, el mundo de Jigsaw, industrial, retro, oxidado, un espacio atemporal, de extraños aires decimonónicos, que bebe –entre otras fuentes– de la imaginería barroca de los hermanos Quay, reyes de la animación stop motion y colaboradores de Peter Greenaway, otro gran apasionado del barroquismo tenebroso. Aberraciones del sueño americano Pese a que la mayor parte de las películas de la serie están calificadas para ser vistas por mayores de 18 años, un enorme porcentaje de los fanáticos de Saw son adolescentes, la franja de público que, últimamente, suele definir el éxito o el fracaso de casi cualquier filme de terror. Mi angelical hermana Renata, por ejemplo, vio Saw IV en las pantallas del micro que la llevó a su viaje de egresados de la escuela primaria. Y, por lo que sé, todo pijama party que organiza con sus amigas gira en torno de alguna película del estilo, cuanto más gore, mejor. Los adolescentes son, además, quienes con más pasión vienen defendiendo a la última película de la saga de los variados palos que recibe por parte de la crítica. Hace un par de días, mirando por Internet los comentarios que había recibido la crítica realizada por un prestigioso periodista de un prestigioso medio, tuve la sensación de estar presenciando un hecho que sólo se me ocurre describir como "linchamiento digital". El crítico decía, resumidamente, que Saw VI no era más que una desagradable sucesión de horrores, la culminación de una historia ya agotada, un previsible "más de lo mismo" sin méritos que valiera la pena mencionar. Debajo, la muchachada hacía fila para postear agravios que iban desde el inocente "no entiende nada" hasta cínicas sugerencias acerca de que la última película de terror que había visto el crítico en cuestión era una protagonizada por Bela Lugosi. Ante la duda, lo consulté con mi hermana y me devolvió un lacónico "es zarpada, pero tampoco es para tanto". Lo de que no es para tanto se podría discutir bastante. Tanto como la afirmación de que la película no tiene méritos destacables o que ofrece sólo un poco más de lo mismo. Sobre todo porque incorpora un elemento novedoso y sorprendente, que es que todo su argumento gira en torno de la actual crisis económica y social que sacude a los Estados Unidos. La escena que abre el filme es sencillamente increíble: dos banqueros se despiertan en una especie de celda, con un artefacto atornillado a sus cabezas, cuya función es perforarles el cráneo en 60 segundos. Jigsaw les dice que, así como ellos fueron fraccionando y vendiendo hipotecas hasta dejar a miles de personas sin hogar, ahora deben comenzar a cercenarse partes de su propio cuerpo si quieren salir son vida. Tienen un minuto, dos cuchillos, y una balanza para cada uno. El que se corta más pedazos, vive. El otro, pum. Luego, el resto de la trama está consagrado a narrar los horrores que Jigsaw preparó para el director de una aseguradora médica, quien utilizaba zafias trampas legales para dejar sin cobertura a afiliados que contraían alguna enfermedad terminal, algo que ocurre con bastante asiduidad en la vida real. Al cabo, la culminación de la saga Saw no es solamente un grande finale orgiástico y sangriento, sino también la conversión de uno de los villanos más emblemáticos del cine contemporáneo en una especie de vengador de los desposeídos sociales. En una extraña y perturbadora clase de héroe americano. FUENTE: WWW.CLARIN.COM
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