Ejemplos de Rectitud
Hola gente, hoy les traigo dos pequeñas historias que me gustaron, porque tienen una reflexión final acerca de esas cosas que hacemos bien, o que deberíamos hacer bien, aún cuando nadie nos observa; esa sutil diferencia entre lo que debemos hacer y lo que hacemos. Espero que les guste tanto como a mí, un abrazo .
Aunque nadie nos vea.
Por James Lenfestey
Cada vez que podía, aquel chico de 11 años iba a pescar al muelle cercano a una cabaña propiedad de su familia, en medio de una isla de cierto lago de Nueva Hanmpshire.
Una tarde, la víspera de que se iniciara la temporada de pesca de la lobina, fue al muelle con su padre. Usando lombrices como carnadas, pescaron percas y peces luna. Después, el niño ato al extremo del cordel un señuelo plateado, y empezó a practicar lanzamientos. Cuando aquel proyectil tocaba el agua, se formaban ondas de colores por la luz del ocaso. Pero salió la Luna, y las ondas se volvieron plateadas.
De pronto, la caña empezó a combarse ante los tirones que daba algo grande en el agua. El padre observó con admiración la habilidad de su hijo al forcejear con aquella presa desde el muelle, y como la sacaba por fin, muy cuidadosamente. Era el pez más grande que había atrapado, pero era una lobina.
El chico y su padre observaron el hermoso animal, que movía las agallas a la luz de la Luna. El señor encendió un fósforo para ver su reloj pulsera: eran las 10. Faltaban dos horas para que iniciara la temporada. Entonces, aquel hombre se quedó mirando el pez, y luego al niño.
-Tienes que devolverlo al agua, hijo.
-¡Pero…! ¡Papá!
-Ya atraparás otros.
-¡No tan grandes como éste!
El pequeño recorrió el lago con la mirada. No había ningún otro pescador, ni lancha alguna. Volvió a mirar a su padre.
Aunque nadie los había visto, ni se habría sabido jamás a qué hora sacaron el pez, el niño comprendió, por la firmeza con que le habló su padre, que no tenía objeto insistir. Desprendió cuidadosamente el anzuelo de la boca de la lobina, y arrojó a las oscuras aguas al animal, que cayó de costado sobre el agua y desapareció. El muchacho estaba seguro de que nunca volvería a ver otra lobina como esa.
Hace ya 34 años del incidente. Hoy, aquel niño es un próspero arquitecto que trabaja en la Ciudad de Nueva York. Todavía está en pie, en medio del lago, la cabaña de su padre, y él sigue yendo al mismo muelle a pescar en compañía de sus hijos.
Tal como lo pensó aquella noche, nunca ha vuelto a pescar una lobina tan extraordinaria como la que devolvió entonces. Sin embargo, cada vez que se enfrenta a un dilema de ética, se acuerda de aquel pez.
Porque, como se lo inculcó su padre, la ética es un asunto sencillo: consiste en distinguir el bien del mal; lo difícil es aplicarla. ¿Hacemos lo debido aunque nadie nos vea? ¿Nos negamos a hacer mal un trabajo que, por eso mismo, no terminaremos a tiempo? ¿Renunciamos a la ventaja de poseer determinada información relacionada con el mercado de valores?
Así nos comportaríamos si de pequeños nos hubieran enseñado a liberar el pez. Porque así habríamos aprendido la verdadera rectitud.
La decisión de obrar rectamente pervive fresca y fragante en nuestra memoria. Es algo de lo cual nos enorgullecemos ante nuestros nietos y nuestros amigos. En vez de contarles cómo obtuvimos beneficios a los que no teníamos derecho, les diremos que hicimos lo correcto, y que ese acto de rectitud templó para siempre nuestra fuerza moral.
El guardián de su hermano.
Por Sharon Schlegel
Le decían el Tonto, el Idiota. Se llamaba Antosh Suchinsky; era un campesino ucraniano, y profesaba tal respeto a los seres vivos que era incapaz de matar una mosca. Todo Zborov, el pueblo de la frontera entre Polonia y Ucrania donde vivía, se burlaba de él.
En 1941, cuando las hordas de Hitler invadieron el pueblo, Antosh el Tonto no se quedó con las manos cruzadas mientras los judíos eran trasladados a los campos de exterminios. Las utilizó, sin ayudarse de ninguna herramienta, para cavar un refugio subterráneo en su granjita, y allí ocultó durante dos años a una familia de apellido Zeiger: la madre, el padre y dos hijos.
Cuando Antosh se enteró de que los nazis registrarían su granja con perros entrenados para rastrear gente, pasó toda la noche esparciendo excremento que tomó de letrinas, y también pimienta, para despistar a los canes. Los alemanes no encontraron a los Zeiger.
Después de ser liberada, en 1944, la familia permaneció tres años en un campamento para expatriados, en Alemania, hasta que emigró a Estados Unidos.
Año tras año, y durante mucho tiempo, los Zeiger le enviaron ropa y comida a Suchinsky, que se quedó en la Unión Soviética. Como él no sabia leer ni escribir, acusaba recibo de los regalos con el dibujo de una flor, que sus vecinos remitían a su destino. Pero a fines de los años cincuenta los Zeiger dejaron de recibir los dibujos. Entonces hicieron algunas indagaciones, y ciertos funcionarios soviéticos les aseguraron que no había ningún Antosh Suchinsky en Zborov.
No fue hasta 1987 cuando uno de los hijos de la familia, Shelley Zeiger, ya convertido en próspero hombre de negocios e instalado en Nueva Jersey, se enteró de la razón por la que se había interrumpido la comunicación. Gravemente enfermo, Suchinsky se había mudado a un pueble cercano, donde un sobrino suyo lo cuidó. Una vez restablecido, volvió a Zborov.
Un músico soviético, a quien Zeiger había ayudado a obtener la visa para viajar a Estados Unidos, le prometió investigar sobre el desaparecido, pero regresó a su país, y pasaron los meses sin que enviara noticia alguna.
En octubre de 1987 Zeiger fue por motivo de negocios a Moscú, y el músico le enseñó una fotografía que se había tomado recientemente con un anciano de 85 años; también se veía una granja bastante descuidada al fondo. ¡El anciano era Suchinsky! Zeiger rememora así ese momento:
“Me quedé pasmado, y me pregunté: ¿Cómo se les puede demostrar a quienes arriesgaron su vida por salvar las de otros que no han sido olvidados?”
Le envió una nota a Suchinsky, y él respondió por medio de unos amigos: “¡No te imaginas los deseos que tengo de verlos!
Zeiger regresó a Estados Unidos, y les dio la noticia por teléfono a su madre y a su hermano. Los tres empezaron a hacer planes para una gloriosa reunión con Suchinsky.
En junio de 1988 la familia regresó a Zborov después de 44 años. La gente del pueblo, que llevaba flores, formó vallas en las calles. El alcalde condujo a los visitantes a la casa bajo la cual vivieron durante dos años alimentándose de remolachas y mendrugos de pan.
Cuando Antosh les dio la bienvenida, les presentó una hogaza de pan cubierta con una tela tradicional de Ucrania. Fiel a la costumbre de la región, Shelley besó el pan mientras la multitud aplaudía y se agolpaba en torno del grupo. Sobre ello, comenta Zeiger:
“En los rostros de aquellas personas se advertía que consideraban un héroe a Antosh Suchinsky, el Tonto, el Idiota del pueblo, pues fue el único entre todos que cumplió con su deber”.
Antes de dejar Zborov, los Zeiger le entregaron a Suchinsky un televisor, algo que constituye en el pueblo un tesoro. También le regalaron lo que Antosh les pidió: una Biblia y un diccionario inglés-polaco. Actualmente siguen enviándole mensualmente una pensión, y Suchinsky les ha prometido saludarlos en ingles la próxima vez que lo visiten.
“Siempre estaremos en deuda con él”, afirma Shelley Zeiger, quien ha iniciado los tramites para que el nombre de Antosh Suchinsky quede grabado en el Yad Vashem (monumento en honor de los seis millones de judíos que murieron en el holocausto de la Segunda Guerra Mundial) de Israel, con la mención de que se trata de un Gentil Justo, que arriesgó su vida por salvar a los judíos.
“Sin embargo”, observa Shelley, “lo más importante es dar testimonio de que, cuando haces el bien, el bien se te retribuye, y no serás olvidado”.
Fuente: Revista Selecciones del Reader`s Digest de Argentina nº 583, junio de 1989 Pág. 53-56
Espero les haya gustado, si me piden mas historias las subo...un abrazo, se agradecen comentarios y sugerencias