Hacia fines de los años ’50, un niño soñaba con ser piloto, y volar hacia las Islas Malvinas, y pelear por esas tierras de ser necesario. Hacia comienzos de los años 80, ese niño se había convertido en uno de los pilotos argentinos que entraban en combate por primera vez en su historia, descubriendo muy temprano que, para hacer frente a un enemigo de un poder tecnológico enorme, solamente contaban con su destreza y su coraje inigualable, porque no disponían de ningún medio técnico. En aquel lejano rincón del Atlántico Sur, donde las distancias son siempre desmesuradas y el clima siempre terrible, aquellos hombres escribieron una de las páginas más heroicas de la historia de la aviación mundial.
En nuestro mundo occidental, donde la cobardía compite con la necedad, el heroísmo de los aviadores argentinos es como un faro luminoso. Rindo homenaje a esos pilotos. Para mí, ganaron su batalla aeronaval contra la flota inglesa. Para mí, que soy latino, fue un orgullo. (Pierre Clostermann, As de ases de la aviación francesa).
