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Un maldito de la historia Argentina:Liborio Justo

Info11/18/2009
La historia depara muchos lugares donde hurgar para descubrir la otra verdad que emerge detrás del bronce y el manipuleo apócrifo de las palabras, los olvidos deliberados en la construcción colectiva nunca plasmarse eternamente, porque la memoria es algo etéreo que transita el tiempo y el espacio de voz en voz, de relato en relato, entre hojas amarillentas y resabios de conciencia.
Un maldito de la historia Argentina:Liborio Justo

Liborio Justo: ¿De tal palo tal astilla?

Desde antaño existieron las discusiones entre padres con sus hijos. Hoy por hoy, ese tipo de pleito familiar no sorprende tanto. A principios del siglo 20 era casi imposible discutirle a la autoridad paterna. Sin embargo ese no fue el caso de Liborio. Criado en cuna oligárquica, formándose en ámbito de culto hacia las costumbres y el protocolo del poder, Liborio enfrentó su destino: no quiso ser un típico “caballero” de esos años del Centenario de la Revolución de Mayo. Se animó y eligió un camino distinto. Así fue que rompió con una religiosa y aristocratizante educación y se enfrentó a la autoridad familiar, su padre, el general del Ejército y quien sería el segundo presidente de la Década Infame de los años 30 argentinos, Agustín P. Justo.
Justo llegó a ser jefe de Estado gracias a un fuerte fraude electoral. Esas trampas tenían dos hombres fuertes: por un lado el militar que derrocó al gobierno radical, José Félix Uriburu, fanático de las costumbres francesas y las chicas jovencitas del Jockey Club. Por el otro, al padre de Liborio, hombre de alianzas con la burguesía agroexportadora.
Dicen que Liborio dejó la gran casa paterna tras una fuerte discusión con su padre. El detonante fue el frac que Justo se aprestaba a lucir para presenciar el fusilamiento del llamado Enemigo Público de esos años 30; el anarquista Severino Di Giovanni. Liborio defendía la causa del anarquista asesinado, sentía propias las ideas y cambios generados por la primera Revolución Socialista y había participado en la Reforma Universitaria en contra de lo que decía su padre.
Cuando Liborio cumplió 30 años, la relación con papá Agustín se rajó del todo. El ahora militante no soportó el nombramiento que su propio progenitor le daba a Federico Martínez de Hoz como gobernador de la provincia de Buenos Aires. Vaya coincidencia familiar e histórica; Federico era el abuelo de quien sería ministro de Economía de la peor dictadura militar argentina tras el golpe José Martínez de Hoz.
El de tal palo tal astilla nunca reinó en la casa de los Justos. Agustín castigó a Liborio, cuando tildó de “chirinada” al golpe militar de Uriburu. Su hijo estaba dolido porque sabía que su padre era una pieza clave en esa dictadura. Más odiaba Liborio que su progenitor hurgara en su habitación, en sus libros.
- Hijo, usted debe brindarle todo a su padre, porque él será un gran Presidente.
- Padre, nada es bueno cuando la cobardía y la trampa mandan… dicen que le contestó el hijo al padre y fue las últimas palabras que cruzaron.
Liborio tenía razón. Sin fraude, su padre jamás llegaría a ser primer mandatario. Ayudó la abstención de la Unión Cívica Radical (UCR). La bronca de Liborio hacia la figura paterna era algo más que un simple odio familiar. De chico se enojaba cuando sus padres maltrataban a los tantos empleados domésticos que habitaban la casa. Cerca de sus 31 años de edad, su padre fue electo Presidente de la Nación. Su mandato fue hasta 1938. En esos años, Liborio comenzó a militar
en el Partido Comunista argentino. Dos años después fundó la Liga Obrera Revolucionaria que sentaría las bases del trotskismo en la Argentina.
Una vez fue detenido por protestar contra la política del gobierno de su padre, que basaba su poder en trípode de poder: fraude electoral, intervención a las provincias de gestión radical y violencia política, como fue el asesinato del senador elector Enzo Bordabehere, mano derecha del legislador Lisandro de la Torre, quien investigaba negocios entre el Gobierno y el monopolio de la carne.
La relación con su padre Agustín era inexistente. Liborio nunca comprendió del todo como ese hombre, que le había inculcado el amor por la historia, que había sido un hombre de la democracia reciente a partir de 1916, ahora fundaba su gestión en relaciones carnales con Inglaterra. El día que explotó Liborio, -que ahora se hacia llamar Quebracho porque así entendía que revindicaba a los aborígenes asesinados en la llamada Conquista del Desierto de Julio Roca, y vaya paradoja el hijo del asesino era el vicepresidente de su padre- fue cuando la Argentina recibió al presidente de los Estados Unidos de ese entonces, Franklin Roosevelt. El lugar fue la Cámara de Diputados de la Nación. El año 1936; y Liborio gritó desde las gradas “abajo el imperialismo”.
Los años se sucedieron; la Década Infame terminó, y sin saberlo engendró de algún modo a lo que sería el peronismo. Vinieron los odios, las proscripciones, más golpes militares, la peor dictadura, la muerte, una guerra, el retorno de la democracia. Quebracho Liborio lo vio todo. Vivió hasta los 101 años. Murió en la más extrema soledad,, eterno rebelde durante toda su vida, falleció en agosto del 2003 con 101 años, superando en un calendario los mejores deseos de su padre.
olvido
Fotografia de Liborio Justo. New York Crisis De 1930

EL GRAN ESCÁNDALO DE 1936

“Y cuando llegó el día solemne de la inauguración de la extraordinaria conferencia, en el instante mismo que iba a decir su discurso el Presidente de los Estados Unidos, por mi voz condenatoria, que resonó con toda su fuerza desde la galería del Congreso nacional —donde se realizaba el acto— y se escuchó por radiotelefonía en todos los ámbitos del continente, sentí que se expresaban ciento cincuenta millones de latino americanos que algún día habrán de repetir el gesto por otros medios. Tres palabras bastaron entonces para expresarlo todo...”.
Liborio Justo -1965-
-¡Abajo el Imperialismo!
Así gritaste, como si aquello fuese el estadio de Boca Juniors—, escupió con rabia amarga el varón maduro y enjaquetado contra el otro lado de las rejas.
El hombre joven y en mangas de camisa asintió maquinalmente sentado en su catre carcelario.
-En cualquier estadio se juega más limpio que en tu Congreso Nacional. Además, lo que dije es la verdad, y la verdad hay que gritarla en cualquier parte. Purifica el ambiente...
-Te colaste como una lagartija para hacerme esto nada menos que a mí, delante de Franklin Delano Roosevelt. Nuestro mejor huésped en cincuenta años.
-Será el tuyo. Yo no lo invité. Ni los obreros de los frigoríficos. Ni los peones de campo. Ni los pibes que lustran botines por una moneda. Ni los desocupados con sus familias, que viven de las “ollas populares”. Ni los que buscan algo para comer en los cubos de la basura. Si los contamos a fondo, son muchos los que no lo invitaron. ¿No te parece?
-No estás en esa situación. Sos el hijo del presidente. El personaje más importante del país. Y vos ofendiste al gran estadista. Un hombre notable...
-¿De cuál de los dos hablás: del que compra la patria o del que la vende?
El otro enmudece unos instantes, como si estuviese redondeando números. A cierta distancia, una breve corte de guardaespaldas y funcionarios custodia en silencio una escena, que el parentesco hace dramática.
-Te lo di todo. Cultura. Medios. Viajes. Un porvenir. Es lo que hizo tu finado abuelo conmigo...
-Claro. Ustedes perpetúan la tradición. Es la marca de fábrica que los hizo libres y fuertes con la gente débil. Yo sigo otra huella. Tengo mis propias costumbres. Es lo que el liberalismo que enunciás con bombos y platillos cuando inaugurás cuarteles, tendría que respetar. ¿No creés?
-También inauguro carreteras, puentes, hospitales y parques nacionales. Desarrollo el país y reduzco el déficit, que buena falta hace.
-No el que tenés con los que no pueden votar libremente o comen salteado.
-Contentar a todos en esta vida es un sueño imposible. Vagos hay muchos y pobres habrá siempre
-Entre tus amigo de doble apellido hay muchos mas vagos que pobres y nadie se mete con ellos. Ni siquiera vos, que no estás para eso. Lo tuyo es la maestranza de lujo. El esplendor aparente. Un brillo de fondo abortado por la sumisión.
-Lo que te enloquece es esa maldita peste comunista propia de las estepas. Un régimen atrasado en el que se vive mal y poco. No hace mucho Saavedra Lamas me presentó un informe horroroso sobre las masacres que están haciendo tus comunistas en Rusia...
El joven se incorporó y dio tres pasos hacia los barrotes que parecían un salto a la barricada.
-¡¡Stalin no es más comunista que vos y Saavedra Lamas!! El comunismo que yo quiero es otra cosa...
-No existe otra cosa más que lo que existe. Lo ideal es una pesadilla de la mala digestión, ni más ni menos que cartón pintado. Y aquello no es mejor que esto, por bueno que lo pinten. Si lo fuera, yo mismo sería comunista. Soy un hombre práctico.
-A menudo, ser práctico justifica la falta de ideales y demasiadas veces una falta total de escrúpulos, señor Presidente...
El otro se alisó las cejas y entrecerró los ojos tras las gafas de montura metálica. En aquella jornada, la gloria del estadista había quedado tan empañada como sus cristales. Quitándoselas con lentitud, les dio aliento y pañuelo seco.
-A quién odiás no es ni al capitalismo, ni a mi gobierno, ni al comunismo de Stalin. Es a mí...
-Nunca más que a Stalin. Al menos vos no traicionás nada. Estás convencido de que el mundo es la porquería que cuenta Discépolo y tratás de ordenarla, como buen milico que sos. Tarea inútil, porque la bosta que no fecunda la tierra se descompone rápido, y encima huele fatal.
-Así hablás del décimo país mas rico del mundo. ¡Si te oyera tu madre!
Al decirlo se apoyó en los barrotes. Como si el agobio lo mareara.
-¿Si oyera qué, papá? ¿Lo que ya conoce de mis ideas sobre el sentido de la riqueza, o lo qué no sabe de tu sentido de la lujuria?
-¡¡¿Qué?!!
- Tu asunto con Leonor Hirsch...
Para el general llegó el momento tan temido. El que había tratado de evitar, tomando las precauciones grandes del secreto total. De los encuentros y fugas entre gallos y medianoche. En las citas laberínticas a las que acudía como un colegial, con las rosas cortadas de su propio jardín y las poesías de Bécquer asomándole en los labios, a falta de mayor audacia y envergadura romántica.
Él sabía poco de lances amorosos, besos robados y furtivas caricias. Esas cosas las había leído alguna vez y se quedaron allí, amarilleando papel en un rincón de su gran biblioteca. Dios sabe que hoy era un viejo soldado ingresado en la milicia a los once años, y casado pronto con la hija de un general —su novia de toda la vida—, siendo luego un marido fiel y oficial dedicado al estudio, la enseñanza y el Ejército.
En verdad, quería a su mujer con el alma. Pero las emociones del cuerpo no la acompañan siempre. Y menos, a cierta edad. Ahora, su semblante de padre severo se había encendido con la palidez de la vergüenza, y ésta le agitó el corazón, dejándolo sin aliento frente al hijo, que avanzó afilando las palabras contra la evidencia.
-Lo de esa chica no es ningún secreto, lo saben casi todos. Podría ser tu nieta, aunque sea la hija de un funcionario de “Bunge y Born”. Los gerentes del monopolio imperial más antiguo del país te la pasaron por delante para tenerte bien agarrado de las pelotas, y vos al final picaste, pobre viejo...
-Pero...¿cómo te atrevés... a...? —boqueó apenas.
-Alvear le comentó a tu amigo Botana, que sos un “tardío apetente de los placeres de la carne”. No te engañes, en el edificio de “Crítica”, pasa lo que en el país. El capitán del barco es tu cómplice, mientras en la redacción y los talleres, la muchachada de a bordo, enterada al minuto del romance que invadió tu otoño brinda por la mala salud de tus hojas caídas, para llamarlas de alguna manera...
Aguantó el castigo, apretando los dientes como si los quisiera quebrar. Era uno de sus sueños frecuentes de los últimos años. Cuando la fuerza de su mandíbula los desintegraba, despertaba sobresaltado y haciendo esfuerzos para no gritar.
-¡¡No!! ¡¡¡No, carajo!!! ¡¡¡Ese hijo de puta de Alvear, miente!!!
-En cualquier otra cosa, menos en esa. Conociéndote parecerá increíble, pero ése es el patético aspecto de algunas verdades. En el fondo, el problema es tuyo. Tuyo y de mamá.
La referencia lo sobresaltó con más fuerza que antes. Adoraba a Ana Encarnación.
-¡Vos no irás a....!
-A nada. En esto soy de palo, ahora y siempre. Y no es por protegerte, ni siquiera por ella, a la que quiero y compadezco tanto. Mi dignidad me impide usar estas cosas contra alguien. En eso, tampoco salgo a vos...
-¡¿De qué hablás?!
-De tus trucos para comprar voluntades a precios de saldo. De los amaños y trampas para someter o silenciar a los que se pueden rebelar contra tu poder. De como jodiste al viejo Yrigoyen usando las ambiciones de un loco y varios infelices. Del alzamiento militar que después alentaste en el interior del país, a través de tus laderos intrigantes en el Ejército para proscribir a los radicales, y de tu obra maestra, el repugnante pacto Roca-Runciman, del que te ufanás como si fueran a canonizarte.
Convencéte papá, tu “Concordancia”, la joya de tu corona de hojalata, no es más que un vulgar diccionario de usos y abusos del prójimo. Pronto será tu cruz, como ya fue para gusanos como De Tomaso y el general Rodríguez, los imposibles sucesores del próximo fraude...
El maduro ejemplar se recuperó en instantes, y al fruncir la nariz y bambolear el bigote blanco, jironeó el silencio.
-Estás loco y te saltaste la ley. Son dos buenos motivos para tenerte un tiempo a raya, m´hijo.
-Lo que de verdad enloquece a la gente es el poder. Yo carezco de poder, por eso estoy aquí. En cambio, a vos te sobra, aunque nada te alcance desde que el tipo que ahora se ríe de tu chochera te nombró su Ministro de Guerra en el ´23, y al fin pudiste llegar a casa gritando “¡¡Lo conseguí. Al final lo conseguí!!”... ¿Te acordás? Pues bien, para desgracia de los pobres, también conseguiste llegar a esto...
-Yo jamás me salté ni la ley, ni la Constitución. Tus ideas foráneas son las que la niegan.
-Mucho antes de enjaularme, te guardaste bien cerrada bajo llave la Constitución. Ahora es el pobre nombre de una calle y una estación ferroviaria, bajo cuyos rieles se arrojan al paso de sus trenes los que se mueren de asco, de hambre o de miedo en este infierno.
-¿De hambre?¿De qué hambre me estás hablando en la Argentina?¡Tendrías que ir al África, a la China, al Perú o a Brasil, cómo fui yo, para ver a la gente morirse de hambre en serio. Y no del hambre que declaman acá los comunistas y los socialistas!
-Raro que no hayas mencionado la India. ¿Será tal vez porque integra, cómo nosotros, la gloria consular del Imperio Británico?
-¡¿Y a quién carajo querías que le vendiésemos la carne. A los que no tienen con qué pagar, cómo tus amigos, los rusos, o a los qué no nos quieren comprar porque compiten con nosotros y encima nos acogotan cuándo pueden desde el norte?!
-Acabás de enjaularme, por decir esto mismo con voz bien alta ante su representante...
-A veces hay que mantener la boca cerrada. ¡Qué joder, la diplomacia se inventó para eso! Yo no puedo hundir a mi país en nombre de la verdad, cuando sus intereses están por encima de ella. Para mí el progreso vale más que todo. Eso es, Mitre uniendo la República y Roca modernizándola.,
-¿Ah sí . Y a vos, qué papel te tocó en la historia patria?...
-Sin duda el peor. Uno que el cagón de Alvear se cuidó bien de asumir, cuando lo que cuenta es apretarse el cinturón y negociar con el diablo para salir del infierno.
-Hablás en nombre de los tuyos y el nirvana. ¿Qué hay de los que seguirán viviendo en el infierno?
-No se puede repartir, sin antes acumular.
-Sobre todo acumular. Vuestra vieja manía, la gran obsesión que impone el instinto: el precioso verbo que empieza con el “Yo acumulo”, “Tú acumulas”, “Él acumula”; sigue con el “Nosotros...”, el “Vosotros...”; y se para en seco ahí, se detiene para siempre, porque “ellos”, los más alejados del perverso uso del verbo y del festín que montaron ustedes, no acumularán nunca. Sólo existen para trabajar y dar beneficios toda la vida. Éste es el estado de cosas que te gusta gobernar...
-La locura te llevó a una insensata fantasía, en la que la ética imaginaria está condenada a perecer frente a la realidad.
-Las credenciales de la cordura y la ética las dan ustedes cuándo les conviene. Cuándo no, meten bala, cómo tus pistoleros probaron con De la Torre, asesinando a Bordabehere en tu honorable Congreso de la Nación. ¡Ésa es la realidad!
-¡¡¡No te permito, mocoso. La acusación es una infamia. Una calumnia de malos argentinos!!!
El gesto y la voz, le han estallado de nuevo con ira.
-No calumnio a nadie, papá. Defiendo ideas. Principios. Porqué, de verdad, sin eso no somos nada. Yo, desde muy pequeño odio la injusticia y no soporto las desigualdades. Nací privilegiado y en realidad lo soy, pero sólo en la medida que las combato. Vos en cambio, las asumís desde el comienzo de tu vida como una fatalidad existencial, cuando el único drama del hombre, es aceptar que unos vivan de otros con todo lo que eso significa. Por eso, tené presente de una vez por todas, que yo, hasta que me muera voy a ser enemigo de ese sistema, aunque se te ocurra mandarme de por vida a Usuhaia o algún pistolero de tus amigos me pegue un tiro...
El general se sobresalta, quizá por que ahora sí recuerde la sangre de Bordabehere, y la imposible indiferencia ante un crimen que algún descontrolado “guardia blanco” pueda perpetrar contra su hijo izquierdista. Tras el instante de angustia, su voz llega sin ecos de guerra...
-Tengo presente que cumpliste treinta y tres años, Liborio. Tu padre quiere que vivas cien. Pero para eso, hay que cambiar. Y yo quiero que cambies.
El hijo suspira hondo y baja la cabeza. También él ha enterrado su hacha de guerra...
-No puedo ni quiero... y vos tampoco, “viejo”. Los Justo somos tercos con nuestros amores. Los tuyos te llevaron a ser jefe del Ejército y del Estado. Me contentaré con que los míos duren toda mi vida, porque son nobles y llenan de dicha mi corazón. Los dos bien sabemos, que ni vos cambiarás por nada del mundo tu amor por la realidad, ni yo mi amor por la justicia. Para bien o para mal, somos así...
El preso se sentó de nuevo en el catre y se contemplaron en silencio. El general, pensó entonces que su hijo era un obstinadísimo vástago, libre o encarcelado, pero corajudo y honesto hasta en la terquedad del error. Una señal de familia que venía de lejos. Y que sin querer recordó, viéndose de pronto a sí mismo, con seis o siete añitos, visitando al padre en la cárcel, de la mano de su madre.
Al doctor Justo también lo habían encerrado, en 1890 y por revolucionario, al apoyar entonces el alzamiento provincial del gobernador Carlos Tejedor, acérrimo defensor de la autonomía de Buenos Aires ante el poder central.
Ahora, un retazo del pasado proscrito por la memoria se le plantaba en el recuerdo, como si aquel otro preso volviera a mirarlo muy serio y grave, por entre los barrotes que custodiaba el cabo de guardia.
Sí. Sin duda aquel padre, con principios acertados o no, tenía la dignidad del nieto, dentro y fuera de los barrotes de una prisión. Él, tan pequeño, le entregó aquel día una hojita de papel carta donde le había escrito unas líneas que todavía guardaba entre otras hojas olvidadas, de alguno de sus 40.000 libros. En este instante podía, sin embargo, recordarlas perfectamente. La memoria es un archivo que a golpe de circunstancias desentierra cualquier muerto...
“MI AMIGO, MUY ENOJADO ESTOY CON LOS QUE TE HAN PUESTO PRESO. CUANDO YO SEA GENERAL LES HE DE DAR A ESOS PÍCAROS...”.
El relámpago del orgullo brilló entonces en los ojos del doctor Justo, tan parecido al nieto en el arrebato, como distante de aquella frialdad de alma del hijo, hoy padre y en el poder.
-Cuándo yo sea general...
La memoria le agrandó la frase, y ésta le bailó una larga ronda infantil en la evocación. En ella, él, con ropitas de general confeccionadas para unos carnavales, hacía la venia al amadísimo general Mitre, entre los aplausos de la parentela.
Ahí mismo, empañó de nuevo los anteojos en la mirada última al hijo rebelde, y pensó que su propio sueño infantil se había cumplido. Pero no en el sentido que debió. El general más poderoso de la nación, hoy había encarcelado al nieto revolucionario de otro, al que escribió una promesa sepultada para siempre entre el polvo y los ácaros.
Una vez más, en la historia de los hombres que llegaron a la cumbre las ambiciones no terminaban como empezaron.
-La nuestra es herencia de familia, muchacho. Tu abuelo no quería que yo fuese militar. Estuvimos tres años sin hablarnos, hasta que aceptó mi rebeldía. Espero que yo..., quiero decir que vos...¡Bueno, qué carajo, mejor no digo ni espero nada!...
-Es mejor así, “viejo”. Siendo como soy, igual se cumple tu deseo...
En el ánimo del general se encendió por un instante la esperanza.
-¿El que te olvidés del comunismo ?
-No. El de vivir cien años...
La respuesta del hijo, le llevó a suspirar hondo y resignar el gesto. Por unos instantes, los dos gallos de pelea se miraron mansamente entre los barrotes. Y allí, en los ojos sinceros del joven, el viejo entrevió reflejado el encierro de un ser cada vez más alejado de los suyos.
¿Fue sensación o era realidad? Poco importa, cuando ni una ni otra mitigan la soledad del poder y la cárcel del espíritu que lo habita...
Empero, en aquel callejón sin salida la función debía continuar. Amparándola de nuevo en altivo gesto, el general giró sobre sus talones y avanzó, dejando atrás el pabellón de celdas en la seccional de policía. Adentro quedaba el hijo. Afuera, el sol de la última primavera amanecía en Buenos Aires.
A medida que ganaba la calle y avanzaba hacia el coche oficial seguido de su séquito, el Presidente de la Nación se esforzó en parecer firme y sereno. Con voz segura, había dado instrucciones para una liberación posterior del preso. Así lo oyeron todos los presentes, y así quedó para la historia de aquella jornada.
Sólo él, supo entonces con qué clase de recursos pudo ir domeñando la enorme desesperación que se le encaramaba en la garganta, camino a labios encharcados por lágrimas invasoras, cerrados con obstinación, cómo para que ellas no pudieran fundirse con la carga del sofocado incesante clamor, que acompañaba los fuertes latidos de su corazón.
-¡Hijo mío! ¡¡Hijo mío!! ¡¡¡Hijo mío!!!...
Liborio Justo, También conocido como Quebracho o Lobodón Garra, Fotógrafo , escritor, militante…

quebracho
Fografia Liborio Justo.New York .Crisis 1.930

LEYENDA


Aquel día los dueños de la Republica recibían a su invitado ilustre.
La patria estaba engalanada y lucia banderas norteamericanas
y celestes y blancas para celebrar tan distinguida ocasión.
El Presidente, los ministros, las honorables cámaras
de diputados y senadores se pusieron de pie
cuando ingreso al recinto Franklin Delano Roosveelt,
presidente de los Estados Unidos.

Sin embargo, la ceremonia fue alterada por un hecho inesperado.
Desde las gradas del Congreso de la Nación
partió un grito que interrumpió la solemnidad reinante.
¡Abajo el imperialismo!
(Como reza el Himno Nacional: Oid mortales el grito sagrado)
Fue todo un caos.

Franklin Delano Roosveelt, se sorprendió,
¿se atreverian esos indigenas a insultarlo?.

Los ministros, los diputados, los invitados, quedaron perplejos.
Aquello era un atentado al decoro y la santidad de las instituciones.
La patria no se podía dar el lujo de tal vulgaridad.
Las radios del continente retransmitieron aquel acto de oposición.

Todo era confusión y nerviosismo.
¿Quien fue se preguntaban?
El presidente Agustin P. Justo cerro los ojos con amargura.
Su rostro era sombrío y resignado.
Murmuro, se lamento: Ese es Liborio.
Su hijo.
Aquella elite aristocrática se vio humillada por su propia sangre.

Liborio lo entendió de otra manera.
Era una vindicación de los que el Imperio oprimía.
"Sentí que se expresaban ciento cincuenta millones de latinoamericanos.
que algún día habrán de repetirlo"
según escribió más tarde en su autobiografía,
titulada provocativamente Prontuario.
Pero entonces Liborio ya era Quebracho,
aquella extravagante extravagante figura revolucionaria
que llego a ser comparada con un personaje de los Siete Locos,
(la magnifica obra de Roberto Arlt)
y su acto de valor frente al Imperio

Fuentes:
www.eldoc9.blogspot.com
www.albertonadra.blogspot.com
www.poemasinsurgentes.blogspot.com
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