
Comentario sobre "Tacuara, la pólvora y la sangre", de Roberto Bardini
"Tacuara, la pólvora y la sangre", un nuevo libro del periodista e historiador Roberto Bardini, ya está en las librerías de Buenos Aires, después de algunas peripecias que demoraron su publicación durante un año.
Los originales fueron entregados a la editorial Océano, de México, en octubre del 2001 y salió de imprenta en enero del año siguiente. Pero no alcanzó a distribuirse, porque entre una cosa y otra, se desencadenó en Argentina la crisis del "corralito" y la reacción del "cacerolazo". Estas circunstancias provocaron que el libro no se enviara al país y que terminara apilado en una bodega del Distrito Federal hasta ahora.
Soy la autora -sin firma- del texto que figura en la contratapa de "Tacuara, la pólvora y la sangre", que transcribo a continuación:
"Todavía hoy cuando se menciona al movimiento juvenil que conmovió a Argentina en la década de los 60, periodistas e intelectuales caen en el lugar común y la frase hecha: "grupo nazi" o "banda fascista". Roberto Bardini (Buenos Aires, 1948), en cambio, no escribe sólo sobre lo que leyó en recortes de diario o escuchó de tercera mano: fue simpatizante de Tacuara desde los 14 hasta los 18 años. Después, como muchos de sus ex compañeros, tomó otro rumbo. Tres décadas más tarde, se sumergió en archivos de la época, entrevistó a jefes y militantes de esa organización maldita y confrontó versiones. El resultado es un libro esclarecedor que divulga detalles inéditos, destruye mitos y ofrece una visión diametralmente opuesta a la que se maneja hasta la actualidad".
Entre las personas entrevistadas por Bardini se cuentan figuras históricas del peronismo, como Juan Manuel Abal Medina, Jorge Rulli, Héctor Spina y Américo Rial. También se encuentran jefes y militantes que llegaron a ser casi legendarios, como el sociólogo Alfredo Ossorio y el médico Tomislav Rivaric, un apacible homeópata que en su juventud participó en el espectacular asalto al Policlínico Bancario. Este suceso, que sacudió al país en 1963, se considera "la primera acción guerrillera urbana" de Argentina . Otro de los entrevistados es Andrés Castillo, uno de los fundadores de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), dirigente gremial bancario y sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA).
A lo largo de sus 254 páginas desfilan los nombres de otras figuras controvertidas: Alberto Ezcurra Uriburu, José Luis Nell, Joe Baxter, Dardo Cabo, Alejandro Giovenco, el sacerdote jesuita Julio Meinvielle y el sociólogo, antropólogo y arqueólogo francés Jaime María de Mahieu.
De todas las variantes y fraccionamientos del grupo juvenil "maldito", el autor se centra en el Movimiento Nacionalista Revolucionario, la variante más peronista, cuyos integrantes -en su mayoría- se unieron a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP).
Como los anteriores libros de Bardini, residente en México desde hace 26 años, éste es un relato histórico-periodístico, un reportaje de investigación redactado en un estilo "tenso, seco y descarnado", como recomendaba Ernest Hemingway. El periodista se acerca por momentos a Rodolfo Walsh, el creador de todo un género.
Bardini reconstruye historias de vida, describe hechos desconocidos o poco conocidos, narra anécdotas, enumera trayectorias, aventuras y epílogos trágicos de dirigentes juveniles "unidos por el mito y la furia" -como escribió el uruguayo Eduardo Galeano- en una especie de "pelotón de soldados dispuestos a salvar a la civilización", en palabras de Oswald Spengler.
En su parte final, incluye un testimonio de Envar el Kadri, uno de los fundadores de la primera Juventud Peronista, y una cronología que va de 1955 (caída del peronismo) a 1965, cuando Tacuara fue declarada "fuera de la ley" por el gobierno radical de Arturo Illia.
Me consta que, curiosamente, el autor no espera una buena acogida de la crítica. Cuando me pidió por e-mail que le redactara el texto de la contraportada, él mismo me advirtió con las mismas palabras con las que concluye el libro:
"En un país semidesmemoriado o de memoria selectiva, la pertenencia a Tacuara continúa siendo un estigma. Y en una era en que los pobres se llaman "carenciados", el capitalismo se denomina "economía de mercado" y el vocablo imperialismo ha sido alegremente sustituido por "globalización", intentar explicar el fenómeno nacionalista revolucionario equivale a efectuar una autopsia. O a exhumar un cadáver mal enterrado".
Los que conocemos a Roberto Bardini sabemos que es "políticamente incorrecto", a mucha honra. Y de todos modos, quienes tienen la última palabra son los lectores y no los críticos.
A continuación publicamos como adelanto el primer capítulo del libro.
1963: El asalto al policlínico bancario
Poco antes de las 11 de la mañana del jueves 29 de agosto de 1963, una ambulancia con la sirena encendida llegó al estacionamiento del Policlínico Bancario, ubicado en el barrio de Flores, frente a la plaza Irlanda. El conductor y su acompañante vestían guardapolvos blancos y declararon al guardia de la entrada que traían a un enfermo. El custodio observó que en la parte trasera del vehículo un hombre de rostro pálido yacía dormido en la camilla, cubierto por una sábana, y les permitió entrar.
Casi inmediatamente arribó al lugar una camioneta IKA de la Dirección de Servicios Sociales Bancarios con 14 millones de pesos de la época (alrededor de 100,000 dólares) destinados al pago de los sueldos del personal. A bordo del vehículo venían dos empleados administrativos custodiados por un sargento de la Policía Federal.
Dentro del policlínico, alrededor de cien personas -entre médicos, enfermeras y trabajadores- formaban fila ante la ventanilla de cobranzas. Como de costumbre, dos oficinistas salieron del edificio y se dirigieron a la camioneta para recibir los paquetes con el dinero.
-¡Quietos! ¡Esto es un asalto! -se escuchó de pronto.
Las miradas del suboficial y de los cuatro empleados se volvieron hacia un joven rubio que empuñaba una ametralladora PAM. Paralizados momentáneamente no alcanzaron a ver a otros dos muchachos que los apuntaban con pistolas, escondidos entre los coches estacionados.
Ante un movimiento del policía, el rubio disparó una ráfaga: dos ordenanzas murieron en el acto mientras el sargento y los tres oficinistas rodaban por el suelo, heridos. Las personas que caminaban por el lugar se arrojaron cuerpo a tierra o corrieron hacia el edificio.
Repentinamente, aparecieron los dos jóvenes que estaban ocultos, tomaron los paquetes con el dinero y los subieron a la ambulancia que había llegado antes. En pocos minutos más todos los asaltantes huyeron.
A partir de la alarma, la División Robos y Hurtos de la Policía Federal citó a un testigo presencial, a dos empleados de la agencia de automotores donde quince horas antes se había alquilado la ambulancia y al chofer del vehículo, a quien le habían aplicado dos inyecciones a través del pantalón para adormecerlo (era el hombre pálido que yacía en la camilla de la parte posterior).
En la Sección Identificación, un comisario -dibujante y experto en "retratos hablados"- logró una descripción detallada de los asaltantes. Los investigadores les mostraron a los testigos voluminosos álbumes con fotos de delincuentes con antecedentes. Al anochecer de ese mismo jueves 29 de agosto, la certeza era casi total: el asalto había sido cometido por dos conocidos malhechores con una extensa trayectoria al margen de la ley.
El "pibe de la ametralladora"
Al día siguiente, la Policía Federal hizo el anuncio: Félix Arcángel Miloro y Salustiano Franco eran los responsables del robo.
Miloro, alias "El pibe de la ametralladora", tenía 27 años, medía un metro ochenta y cinco, y había sido integrante de la célebre banda de Jorge Villarino, hasta formar su propio grupo. El diario Clarín lo describió así: "Bien parecido, alto, siempre sonriendo y vestido a la moda, su exterior recuerda antes al twist que a la pistola 45".
Franco, alias "Salunga", tenía 33 años y todos sus hermanos eran delincuentes. Dos de ellos habían sido apresados en 1960, luego de un asalto en Barracas y un tiroteo con policías que se prolongó hasta Constitución.
La Policía Federal informó que muchos de los billetes de $5,000 eran de la serie "A" y su numeración iba desde el 04.578.001 hasta el 04.583.000.
La División Robos y Hurtos movilizó a sus 144 agentes tras los rastros de Miloro y Franco, consultó informantes, policías retirados, ladrones de segunda categoría y prostitutas, ordenó allanamientos y detenciones, e intensificó lo que en la jerga del periodismo policial se designa eufemísticamente como "intensos interrogatorios".
No era para menos: según "Clarín", el asalto al Policlínico Bancario "al constituirse por su importancia en el número uno de los ocurridos en nuestra capital en todos los tiempos, ha calado hondo en el ánimo de magistrados y funcionarios".
Finalmente, un soplón dio la dirección de una vivienda en la provincia de Córdoba. El 10 de septiembre de 1963, alrededor de cien agentes federales se dirigieron velozmente al lugar. El aguantadero fue ubicado y rodeado. Adentro estaban Miloro y otro delincuente conocido como "El gaitero" Zarantonello; los acompañaba Ana Carbó, amiga de ambos.
Un oficial de policía ordenó a los gritos que se entregaran y que no intentaran escapar. Los pistoleros no se rindieron ni huyeron. Versiones posteriores indicaron que resistieron con coraje; un rumor aseguró que fueron literalmente masacrados.
Lo cierto es que el tiroteo duró media hora y cuando todo concluyó los cuerpos de "El pibe de la ametralladora" y "El gaitero" parecían coladores. En comparación, Ana Carbó fue casi afortunada: una ráfaga le arrancó la pierna izquierda.
El expediente del asalto fue cerrado y archivado.
La tacuara revolucionaria
Seis meses después trascendió que Félix Arcángel Miloro había sido acribillado a balazos por error. "El pibe de la ametralladora" no había tenido ninguna vinculación con el asalto al Policlínico.
El joven rubio que empuñaba la PAM en la mañana del 29 de agosto se llamaba José Luis Nell Tacci, descendía de irlandeses y era estudiante de Ciencias Jurídicas y Sociales. Sus compañeros lo apodaban "Pepelu", vivía en el barrio de Flores y uno de sus mejores amigos era un estudiante de Derecho y ex cadete del Liceo Militar General San Martín, llamado Envar El Kadri.
Otro de sus amigos, era José "Joe" Baxter, de 24 años, también estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado. Nell y Baxter habían caído presos varias veces pero no eran delincuentes: eran militantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT).
Hasta entonces Tacuara estaba considerado como un activo grupo juvenil con gran inserción en los colegios secundarios de Buenos Aires, cuyos integrantes profesaban el revisionismo histórico y un fuerte antisemitismo. La opinión generalizada era que estaban más ocupados en pintar cruces svásticas en las paredes, arrojar alquitrán contra algunas sinagogas y enfrentarse a estudiantes judíos que en asaltar bancos.
Lo nuevo, ahora, era el agregado de "Revolucionario" a la denominación "Movimiento Nacionalista". El asunto dio un giro de 180 grados, y de Robos y Hurtos pasó a la Dirección de Coordinación Federal y a la División de Orden Político.
Nell, de 22 años de edad, estaba cumpliendo con el servicio militar en una base de la Fuerza Aérea en Río Gallegos (Santa Cruz). Al principio de su conscripción era chofer del ministerio de Defensa, pero fue enviado al sur como castigo al comprobarse que usaba automóviles del Ejército para "asuntos particulares" (sus jefes, claro, aún no sabían en qué consistían esos "asuntos). Encapuchado y aún vistiendo el uniforme de soldado, Nell fue trasladado en avión a Buenos Aires el 26 de marzo. En el aeroparque lo esperaba una custodia integrada por carros de asalto de la Guardia de Infantería, agentes de civil con armas largas y motociclistas del Cuerpo de Tránsito, que lo llevó directamente al Departamento Central de Policía, donde lo interrogaron hasta altas horas de la madrugada.
El 4 de abril de 1964, la Policía Federal informó que de enero a noviembre de 1963 los miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara habían protagonizado "cuarenta y tres hechos terroristas". Y ya no eran agresiones a la comunidad judía argentina . Ahora se trataba de ataques a los centinelas de la Escuela Superior de Guerra, la Dirección General de Remonta y Veterinaria del Ejército, el Tiro Federal Argentino y el destacamento de guardia del Aeroparque "Jorge Newberry", con el objetivo de apoderarse del armamento. También habían robado municiones de un camión de la firma Duperial-Orbea y de la fábrica de armas Halcón.
Los nuevos tacuaras también habían realizado atentados contra la fábrica Philips, estaciones de servicio ESSO, supermercados Minimax y empresas de origen británico y norteamericano. Según la policía, se habían descubierto planes para atacar la guarnición militar de Campo de Mayo y efectuar acciones de sabotaje contra la usina central de SEGBA (Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires), un gasoducto ubicado en La Plata y depósitos de Shell. En allanamientos a varios domicilios se habían encontrado, además, una imprenta y volantes de apoyo a la Confederación General del Trabajo y a la Juventud Peronista.
Con relación a las nuevas pistas del asalto al Policlínico, la Policía Federal divulgó una extensa lista de dieciocho detenidos y once prófugos.
La lista de detenidos, publicada en el vespertino "La Razón", era la siguiente: Jorge Caffatti, Lorenzo Posse, Gustavo Posse, Tomislav Rivaric, Horacio Rossi, Mario Duaihy, Alfredo Ossorio, Osvaldo Vanzini, Dámaso Fernández, Luis Arean, Nelson Latorre, Adolfo Infante, Alberto Pascual Fürpass, Horacio Bonfanti, José Luis Nell, Luis Barbieri, Carlos Fuentes y Eduardo Álvarez. Los prófugos eran Federico Russo, Amílcar Fidanza, Horacio Iglesias, Alfredo Roca, Ricardo Viera, Rubén Rodríguez, Luis Alfredo Zarattini, Jorge Cataldo, Carlos Arbelos, José Baxter y Juan Carlos Brid. Algunos de los detenidos y prófugos no habían participado del asalto pero eran buscados por otros hechos.
Casi todos eran estudiantes que trabajaban, pertenecían en su mayoría a la clase media, se definían como peronistas y, detalle para ser tomado en cuenta, la edad promedio era de veinte años.
Tacuara
A principios de la década del sesenta aparece una organización que se autodenomina "Tacuara" con un discurso y una práctica violentamente antisemita. Sus miembros representaban una nueva especie de militantes nacionalistas católicos que, inspirados por el padre Meinvielle, planteaban un Nacionalismo Restaurador reivindicando la figura histórica de Juan Manuel de Rosas.
Algunos de ellos eran hijos de antisemitas y nacionalistas destacados, estudiaban en Liceos militares o escuelas católicas tradicionales, tuvieron un alto grado de participación en la movilización y el debate que se produjo en el país en torno a la sanción de la Ley de educación que tenía que determinar si la educación sería religiosa o laica. Los militantes de Tacuara, en defensa de la educación religiosa, participaron activamente en movilizaciones callejeras y protagonizaron peleas y tumultos con los que estaban a favor de la educación laica.
La operación del secuestro clandestino de Adolf Eichmann en nuestro país, realizada por miembros de los servicios de inteligencia Israelíes, dieron un marco sumamente favorable al recrudecimiento del accionar de este grupo. En 1962 secuestran a una estudiante judía, Graciela Sirota, que aparece golpeada y tatuada con Svásticas. Poco tiempo después matan en Rosario a Raúl Alterman, un judío que había sido miembro activo del Partido Comunista. En esa época se realizaron también una gran cantidad de atentados contra sinagogas y otros objetivos de la colectividad, se colocaban explosivos de bajo poder (petardos) o se arrojaban bombas de alquitrán.
Posteriormente Tacuara se fracciona en dos grupos, uno de derecha que pasa a llamarse Guardia Restauradora Nacionalista (GRN) y otro de izquierda denominado Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT). La fracción de derecha, minoritaria, se fue diluyendo sin alcanzar nunca relevancia. La fracción de izquierda terminaría incorporándose al Peronismo Revolucionario.
A 45 años del secuestro de Eichmann en Argentina
pasaron 45 años desde que un comando israelí capturó al criminal de guerra nazi Adolf Eichmann en un suburbio de Buenos Aires. El aniversario no sólo marca casi medio siglo de un proceso legal que permitió realmente entender y difundir cómo fue la destrucción de los judíos de Europa, sino también el arranque de una campaña de violencia antisemita en Argentina como no se había visto en el país y como no se volvió a ver desde entonces. Protagonizada por Tacuara, la campaña de ataques duró casi cuatro años y fue la última vez que el nacionalismo de ultraderecha pudo montar algo desde el llano: su violencia se encarnaría a partir de entonces en el Estado. Este ensayo general de la manera entrópica de hacer política que se tragaría al país también marcó la primera vez en que los argentinos judíos se defendieron, cambió el mismo concepto de organización institucional de la comunidad y disparó la emigración a Israel, hasta entonces mínima.
A fines de los cincuenta, los israelíes recibieron información precisa del paradero de Eichmann en Argentina . El calvo y miope ex oficial de la SS ya era, junto al sádico sociópata de Josef Mengele, uno de los símbolos de lo que empezaba a llamarse Holocausto. Como resumiría Hannah Arendt en su cobertura del juicio de Jerusalén, Eichmann fue el burócrata "banal" que hizo que los trenes llegaran a tiempo a los campos, organizó censos, asignó las tropas y hasta pagó los viáticos para que judíos, gitanos y otros indeseables fueran tragados por la máquina de destrucción de su führer. Una discreta misión de inteligencia confirmó los datos recibidos y ubicó una dirección, después célebre, en la calle Garibaldi. A principios de 1960, el premier David Ben Gurión organizó la misión de secuestro con la conciencia tranquila respecto de que Argentina de ninguna manera arrestaría y deportaría al nazi. Alemania acababa de pedir a Mengele, que fue defendido por el gobierno y que se esfumó para morir muchos años después en la tranquila playa brasileña de Bertioga. Los países que fueron ocupados ya habían pedido a varios de sus verdugos, sin suerte.
Ben Gurión organizó la misión asegurando la mayor "negabilidad" posible: los enviados eran "voluntarios"; su tarea no existía formalmente y si algo salía mal serían ignorados por el gobierno. El premier ni siquiera les informó del tema a su presidente o al gabinete, y les explicó a los veinte agentes –del entonces flamante e ignoto Mossad y de otros entes de seguridad– que de ninguna manera debían matar a Eichmann porque lo que se buscaba era que Israel hiciera por primera vez justicia con un nazi. Los agentes llegaron a Buenos Aires, hicieron contacto con un reducido grupo de argentinos que apoyaron la misión, alquilaron una casa y se llevaron a Eichmann de la esquina de la calle Garibaldi el 11 de mayo a la noche. Para sacarlo del país esperaron que llegara la delegación israelí que visitó el país para festejar los 150 años de la Revolución de Mayo y aterrizó el 19 de mayo. Era el primer avión de El Al que tocaba Sudamérica y el 20 despegó rumbo a Tel Aviv llevando un tripulante de uniforme que se caía de borracho: era Eichmann, drogado hasta las cejas. El 22 a la mañana el avión aterrizó en el aeropuerto de Lod y el alemán fue arrestado formalmente. Al día siguiente, un radiante Ben Gurión informaba al Parlamento que tenía a Eichmann en prisión y que lo juzgaría por la Ley de justicia contra los nazis y sus colaboracionistas sancionada por esa misma Knesset en 1950. El ministro se cuidó de no aclarar de dónde había sacado al nazi, pero la deducción era tan obvia que la Cancillería israelí amagó "filtrar" que venía de un país árabe. Nadie se lo creyó.
En esos tiempos previos al fax y el correo electrónico, la noticia tardó un par de días en llegar a Buenos Aires, pero fue una bomba de formidable potencia. El presidente Arturo Frondizi se enteró literalmente por los diarios –La Razón y el olvidado Correo de la Tarde– que tenía otra crisis entre manos, justamente una que era kerosén para las llamas del nacionalismo civil y militar que lo acosaba. Las urgentes reuniones con el embajador y la delegación israelí que todavía estaba en Buenos Aires dejaron en claro que en Jerusalén nadie había pensado en este aspecto de la operación: el manejo político de una situación en un país con un presidente amigo, un Estado calado de filonazis y 300.000 judíos.
Lo que siguió fue una serie de improvisaciones que solucionaron el tema sólo por la voluntad política de los protagonistas. Israel emitió un comunicado inverosímil en el que afirmaba que Eichmann había sido traído por "un grupo de voluntarios judíos, entre ellos algunos israelíes" y que el gobierno se enteró sólo cuando los "voluntarios" entregaron al nazi a la policía. Para mejor, la versión indicaba que Eichmann había aceptado ir a Jerusalén para ser juzgado. La nota fue rechazada por la Cancillería argentina , completamente dominada por nacionalistas, y la crisis comenzó a escalar. Mientras Ben Gurión y Frondizi dialogaban por intermediarios para salir del pantano, el tema se trasladaba a la ONU, entraba en la agenda norteamericana y amenazaba con crear toda clase de problemas para ambos países, pero más para el nuestro. Finalmente, en agosto, se arregló que Argentina expulsaría de mal modo al embajador israelí, que Jerusalén se disculparía por "los actos de algunos de sus ciudadanos", que a los sesenta días nombraría un nuevo representante y que todos amigos. Esto explica lo pintoresco de que este año Israel admitiera oficialmente que los "voluntarios" eran agentes estatales: todo el mundo se había olvidado de la demencial nota de 1960.
Fachos en la calle:
Lo que no arregló la diplomacia fue el notable pico de violencia antisemita protagonizado por Tacuara con la alevosa complicidad de la Policía Federal, el apoyo abierto de los militares y el más discreto de la oposición. Frondizi, que había llegado al gobierno con un poder limitado y cuestionado, con un peronismo que soñaba con un alzamiento y una oposición radical que lo veía prácticamente como un traidor por haber dividido el partido, tenía poco espacio de maniobra ante los militares que lo derrocarían en 1963 y una derecha que empezaba a armarse, aprendiendo eso de hacer política tirando cadáveres sobre la mesa.
El historiador israelí especializado en Argentina Raanan Rein cuenta en su libro Argentina , Israel y los judíos –editado por Lumière– que los primeros años sesenta fueron el peor momento de esa comunidad desde el pogrom de la Semana Trágica de 1919. Sobre 21 millones de argentinos, 300.000 eran judíos, el 80 por ciento de ellos en Buenos Aires y el GBA. En esos momentos, la comunidad vivía un momento de cambios profundos. Comenzaba a sentirse la realidad del Estado de Israel, nuevo de 12 años, salido de su segunda guerra regional y ofreciendo un drástico cambio de roles a los judíos del mundo que culminaría en la Guerra de los Seis Días, en 1967. En diálogo con Página/12, Jacobo Kovadloff –en esos años vicepresidente de Hebraica y hoy asesor del American Jewish Committee– recordó que también fue la época en que comenzó a escribirse la historia del Holocausto y se conoció la historia de la resistencia del ghetto de Varsovia. "En esa época se debatía mucho por qué los judíos se dejaron matar por los nazis", explicó Kovadloff, "y la historia de Varsovia nos demostró que no todos fueron así, que hubo judíos que resistieron con las armas en la mano".
Esa comunidad convivía con personajes como el cardenal primado Antonio Caggiano, que peroraba sobre el "deber como cristianos" de perdonar a Eichmann, "un inmigrante que llegó a nuestro país buscando el perdón y el olvido". También con Jordán Bruno Genta, siniestro fascista y profesor en la Fuerza Aérea de temas como Masonería y Judaísmo. Y con la abierta costumbre de los comisarios de declararse nacionalistas, igualito que el canciller y el embajador argentino ante la ONU. En la calle, esa Argentina hoy inimaginable tenía una expresión militante, Tacuara.
El Movimiento Nacionalista Tacuara, nacido en el desorden posterior a la caída de Perón, tuvo su bautismo de combate en 1957. Era un grupo muy juvenil, con bastante de clase alta, exclusivamente masculino y con dos banderas principales: la restauración de la enseñanza religiosa en las escuelas, abolida por Perón a fines de gobierno, y el combate a judíos e izquierdistas, que veían como una misma cosa. Dirigida por Alberto Ezcurra Medrano y con letra del prolífico padre Julio Meinvielle –un antisemita tan violento que el mismo Vaticano acabó ordenándole que bajara el tono–, Tacuara hacía una crítica drástica de la democracia y proponía un país "libre de políticos, libre de demagogos y libre de judíos".
Tacuara compartía con la izquierda, sin embargo, la tendencia a atomizarse por cuestiones doctrinarias. Entre 1960 y 1963, mientras cometía todo tipo de tropelías en las calles, el grupo tuvo tiempo de dividirse en tres. Primero se fueron los "patricios", que formaron la Guardia Restauradora Nacionalista con una "cláusula de limpieza de sangre": tener cinco o más generaciones en el país. Luego se abrió el Movimiento Nueva Argentina , madre de casi todos los grupos católicos nacionalistas de hoy, y finalmente el más notorio, el que encabezaba Joe Baxter, que renunció al antisemitismo y comenzó un giro hacia la izquierda que lo llevaría a la Fracción Roja del ERP, nada menos.
Pero en 1960 los tacuaras actuaban coordinadamente y con amigos como Hussein Triki, representante de la Liga Arabe en Buenos Aires, puente entre los nazis locales y los neonazis extranjeros, e introductor de la idea de que la "lucha" de estos argentinos era la de los árabes. También batía el parche la prensa nacionalista encabezada por El Pampero –fundado en 1940 con fondos de la embajada alemana–, el todavía existente Cabildo, creado en 1942 con dineros del gobernador bonaerense Manuel Fresco, y Azul y Blanco, fundado en 1956 por el notorio Marcelo Sánchez Sorondo. Uno de los primeros frutos de la campaña fue la batalla entre nacionalistas y "liberales" en la puerta de la Facultad de Medicina, en julio de 1960, con el entredicho diplomático todavía sin arreglar. Los tacuaras hicieron pintadas, gritaron consignas como "Queremos a Eichmann de vuelta" y se trenzaron con los estudiantes. Hubo seis heridos de gravedad, entre ellos dos nacionalistas.
En agosto, las piñas abundaron en los secundarios, en buena medida en el conflicto entre laica y libre que enfrentaba a los que querían una educación católica obligatoria y los que no. El pico fue el 17 de agosto, cuando tacuaras del Colegio Nacional Sarmiento atacaron a sus compañeros judíos e hirieron de un tiro a Edgardo Trilnik, de 15 años, durante el acto de homenaje a San Martín. Le siguieron interminables meses de bombas –de las explosivas y las de alquitrán– contra sinagogas y colegios judíos, cientos de pintadas, volanteadas y amenazas. El nivel de producción de las acciones de Tacuara se ve, por ejemplo, en el ataque comando en un campo de Mercedes donde se realizaba un cursillo agropecuario para futuros emigrantes a Israel, que se preparaban para trabajar en un kibbutz. Un grupo de tacuaras atacó el lugar de noche, les dio una grave paliza a los chicos y arrasó con las simples instalaciones del campito.
Tanta violencia generó crecientes repudios dentro y fuera del país, con el antisemitismo argentino instalándose definitivamente en la agenda internacional. Ante cada reclamo –de la comunidad judía, de los padres de alumnos del Sarmiento, de instituciones no judías–, el gobierno juraba escarmientos diversos y medidas rápidas, pero nada ocurría. La administración Frondizi era simplemente demasiado débil como para quebrar la intimidad policial con los nacionalistas o controlar a sus tantos funcionarios pronazis. Policías como el comisario Green confesaban abiertamente su nacionalismo y el discurso hasta de sectores moderados no dejaba de destacar la presencia "de comunistas" en las manifestaciones de repudio a la violencia.
Cuando el peronismo ganó varias gobernaciones en las elecciones de marzo de 1962, Frondizi no pudo resistir las presiones cruzadas y acabó derrocado por los militares, que nombraron a José María Guido, presidentedel Senado, como presidente provisional con el mandato de llamar a elecciones. El gobierno de Guido, de nula base social o política, presidió una época de crisis económica y desorden que los nazis criollos leyeron como una oportunidad. La ejecución de Eichmann, el 31 de mayo de 1962, les sirvió de disparador para una serie de treinta ataques antisemitas. El más grave fue el secuestro de Graciela Sirota, el 21 de junio. La chica de 19 años fue golpeada, subida a un auto cuando esperaba el colectivo para ir a la facultad y torturada groseramente con quemaduras de cigarrillos por todo el cuerpo. Para terminar, le grabaron con una navaja una esvástica en el pecho.
El grotesco ataque resultó también un disparador para la comunidad judía, que llevaba dos años abroquelándose y aprendiendo a defenderse ante una situación en que cada día del año había por lo menos una acción antisemita. Los nacionalistas ya percibían que no era gratis ir a buscar pelea: estaban conociendo la autodefensa de la comunidad, que incluía clases de judo cada vez más masivas, turnos de guardia de voluntarios en las instituciones, universitarios judíos que iban a clase armados y hasta una galería de tiro instalada en la cancha de paleta de Hebraica, en la calle Sarmiento. Un incidente que rescata Rein terminó con un grupo de voluntarios judíos tiroteándose con sospechosos que rondaban una institución en un auto: resultaron ser policías de civil.
Cuando se produjo el caso Sirota, la comunidad judía llamó a una huelga de comerciantes para el 28 de junio. El debate interno mostró una mayoría a favor de defender a los judíos atacados más allá de su identidad política –Sirota era simpatizante de izquierda– que para el golpe de 1976 se había perdido. La huelga resultó una sorpresa porque trascendió por mucho a esa comunidad y se complementó con secundarios enteros vaciados de sus alumnos e infinitas expresiones de apoyo de sectores políticos, gremiales e intelectuales.
El pico de violencia antisemita, que comenzó a abatir bajo el gobierno de Arturo Illia, dejó otro cambio en la comunidad judía. La emigración a Israel, prácticamente marginal entre los argentinos, pegó un salto. Entre 1950 y 1960, apenas 400 judíos por año solían dejar el país. En 1962 fueron 693 y en 1963 la cifra fue record, 4255. Al año siguiente los números se estabilizan en un nuevo piso, que pasaba los mil por año.
José Baxter: vivir por vivir
El 11 de julio de 1973, un Boeing 707 de la compañía Varig que debía volar a Bruselas se estrelló en el aeropuerto francés de Orly a los cinco minutos de despegar. Murieron 123 de sus 134 pasajeros. Fue muy difícil para los familiares de uno de ellos retirar el cadáver calcinado, porque viajaba con un pasaporte falso. Era argentino, tenía 33 años y había vivido en la cuerda floja durante la última década de su vida. Se llamaba José Baxter y hoy está sepultado en el cementerio británico de Buenos Aires.
Aunque Baxter era, junto con Alberto Ezcurra Uriburu, uno de los rostros visibles del Movimiento Nacionalista Tacuara, adquirió una espectacular notoriedad después del asalto al Policínico Bancario, el 29 de agosto de 1963. Ese hecho, que representó un botín de 100 mil dólares de la época -destinados inicialmente a financiar una invasión por mar a las Islas Malvinas- se considera la primera acción guerrillera urbana en la historia argentina .
Hoy a nadie le interesa conmemorar la fecha o reivindicar públicamente su figura. Ni siquiera sus viejos camaradas de distintas organizaciones quieren tocar el tema. Y es que Baxter fue un controvertido personaje con una trayectoria política igualmente controvertida.
Ex afiliado juvenil de la Unión Cívica Radical, dio sus primeros pasos como dirigente a fines de los años 50 en un nacionalismo católico con rasgos antisemitas. A comienzos de los 60 se pasó con armas y seguidores al peronismo revolucionario. En 1968, residía en París y fue testigo del Mayo francés, un masivo movimiento universitario que levantaba dos consignas: 'La imaginación al poder' y 'Seamos realistas: pidamos lo imposible'.
Fue allí donde se vinculó al contador santiagueño Roberto Mario Santucho. A partir de ahí se integró, con el nombre de 'Rafael', al Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP). Y finalmente se unió a un desprendimiento trotkista: la Fracción Roja, perteneciente a la Cuarta Internacional, entonces dirigida por el economista belga Ernst Mandel.
Descendiente de irlandeses, estudiante de abogacía y empleado de Teléfonos del Estado, tenía 24 años de edad cuando su nombre saltó a las primeras planas de los periódicos.
A mediados de septiembre de 1963, Baxter habló en la Facultad de Filosofía y Letras ante estudiantes de izquierda, presentó al Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara y tomó distancia del grupo dirigido por Ezcurra Uriburu. Dijo: 'No sólo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo; hay también nacionalismo cipayo. Los nacionalistas cipayos son quienes creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la cancillería de Berlín en 1945'.
Unos días antes, Baxter le había confiado a un periodista judío: 'Nos sacamos de encima toda la Segunda Guerra Mundial... Hacer antisemitismo ahora es crear un problema artificial de tipo diversionista. Divide inútilmente y fabrica confusión en torno al verdadero enemigo'.
Fugitivo en Uruguay con el nombre de 'Salvador Ballesteros', vivió durante casi tres años en la casa de la familia Pérez Iriarte, en la esquina de las calles 26 de Marzo y Buxareo, en el barrio de Pocitos. En Montevideo se relacionó con el dirigente agrario Raúl Sendic y participó en la creación del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros.
Desde allí viajó a Madrid, El Cairo y Argel donde se entrevistó sucesivamente con el exiliado ex presidente Juan Domingo Perón, el mandatario egipcio Gamal Abdel Nasser y el estadista argelino Ben Bella.
Junto con un grupo de tacuaras de izquierda y militantes de la Juventud Peronista recibió entrenamiento militar en China. Después pasó a Vietnam y se unió al Vietcong.
Su leyenda personal sostiene que, gracias a su aspecto físico -alto, corpulento, pelirrojo y con pecas- entró vestido de militar canadiente al Club de Oficiales del ejército de Estados Unidos en Saigón. Se dice que poco después, durante la ofensiva del Thet, participó del ataque de ese lugar y que el líder vietnamita Ho Chi Minh lo condecoró por su valor en combate.
Uno de sus ex camaradas, el sociólogo Alfredo Ossorio, describe a Baxter como 'ocurrente e histriónico' y dice que su personalidad le recuerda una frase de José Ortega y Gasset: 'En épocas de crisis hay hombres que se hacen matar por una ficción'. Algunos ex tupamaros aseguran que era 'un aventurero'. Ex integrantes del PRT-ERP lo definen como 'un chanta con mucho bla bla'. Y hay quienes tienen la duda, sin poseer datos concretos, de que fue 'agente de algún servicio de inteligencia'.
Alberto Pérez Iriarte, uruguayo de 55 años nacionalizado suizo, ex militante del Movimiento Revolucionario Oriental (MRO) y actual vicepresidente del Partido Socialista de Ginebra, tiene una visión diametralmente opuesta. Él tenía 14 años cuando Baxter se alojó en su casa del barrio de Pocitos y compartió su habitación. Después se siguieron viendo en Cuba, en el Chile de Salvador Allende y en Europa. Lo recuerda como 'un joven de conversación rápida, graciosa, con ironías porteñas, amable y respetuoso'.
Pérez Iriarte afirma: 'Contra lo que opinan muchos, para mí el gordo Joe sigue siendo un personaje legendario, casi como Lawrence de Arabia o André Malraux'.
A 30 años de su muerte, José 'Joe' Baxter, alias 'El gordo', 'Salvador' y 'Rafael', continúa representando el mismo enigma que lo caracterizó en vida.
Un hombre del cual lo único seguro que se puede decir es que encarnó con sus acciones la consigna 'vivere pericolosamente'.
Acerca del Movimiento Tacuara, dos formas de ver la historia
El domingo 16 de noviembre, el diario La Nación, de Buenos Aires, publicó un comentario de Luis Alberto Romero sobre dos libros más o menos recientes que tratan el mismo tema. El artículo de Romero se titula "Años de plomo" y se refiere a Tacuara, historia de la primera guerrilla urbana argentina , de Daniel Gutman (editorial Vergara-Grupo Zeta, 333 páginas) y Tacuara: la pólvora y la sangre, de mi autoría (editorial Océano, 254 páginas). Desde ya pido disculpas por dedicar este espacio a un tema que me toca de cerca.
La Nación es un diario de tendencia liberal conservadora. Desde hace más de un siglo representa a los sectores agrícola-ganaderos, es portavoz de la llamada "alta sociedad" –si por eso se entiende a la Sociedad Rural y al Jockey Club, entidades de los terratenientes locales– y vocero de la Unión Industrial Argentina . Periódico antiperonista y, en general, antipopular, se alineó con la última dictadura militar (1976-1983), aplaudió el desguace neoliberal encabezado por el incalificable Carlos Menem y hoy coloca bajo el microscopio al presidente Néstor Kirchner, a quien considera casi un rojo.
Tacuara es un fenómeno que, a 37 años de su extinción, permanece en una especie de "noche y niebla" para las nuevas –y no tan nuevas– generaciones. Todavía hoy cuando se menciona al movimiento juvenil que conmovió la década de los 60 en Argentina , periodistas e intelectuales caen el lugar común y la frase hecha: "grupo nazi" o "banda fascista". En cambio, en un artículo titulado "Los jóvenes fascistas descubren su país", publicado en el semanario uruguayo Marcha en 1967, Eduardo Galeano observó prematura y lúcidamente,:
Del mismo tronco original provienen los tacuaras que terminaron en el peronismo de izquierda y los que se sumaron al peronismo de derecha, los que abrazaron el marxismo-leninismo y los que ofician de guardaespaldas de ciertos burócratas sindicales; los que pintan, todavía, en los muros, cruces svásticas y consejos: "Degüelle un comunista por día". De la misma fuente salieron las viudas de Hitler y los devotos de Perón, Mao y Fidel. (...) Definiéndose por lo que rechazaba, pero sin una idea clara de lo que buscaba, de ideología prestada, imprecisa y contradictoria, Tacuara continuó desprendiendo, hasta el fin, subgrupos que se fueron separando como consecuencia de la lucha interna de tendencias (...). Casi todos los grupos terroristas de derecha que han sobrevivido, provienen de aquella matriz, y dentro del peronismo hay núcleos de todos los matices, desde los marxistas hasta los rosistas, que salieron de Tacuara: todas las posiciones y todas las actitudes reflejan hoy, desde la desintegración, lo que fue aquella heterogénea congregación de jóvenes furiosos unidos por sus mitos y su estilo.
Al final de mi libro (y pido otra disculpa por autocitarme) menciono el caso de muchos ex tacuaras que se desgajaron del tronco original y en los años 70 continuaron militando en otras organizaciones políticas, armadas o no:
Hoy, a la distancia, son mirados con rencor por los nacionalistas a secas, con desconfianza por los sectores "liberales" o "democráticos" y con desdén por los izquierdistas "científicos". El imaginario colectivo argentino, estimulado por formadores de opinión –locales y foráneos– "tramposos", tiende a mezclar en el mismo lodo a los nacionalistas ultramontanos que colaboraron con la dictadura militar y a los nacionalistas revolucionarios masacrados por esa misma dictadura.
El norteamericano David Rock, por ejemplo, llega al colmo de la simplificación. Según él, "los nacionalistas mantuvieron vivas arcaicas ideas clericales y escolásticas (...). Sus consignas se convirtieron en un medio para lanzar a las masas a la calle. Indujeron, a su vez, a los militares a verse a sí mismos como "la última aristocracia" y como los guardianes de "un territorio sagrado y del estilo de vida Occidental y Cristiano", que sólo debían responder ante Dios y la Historia".
Hubo, sin embargo, nacionalistas que se diferenciaron notoriamente de estos esquemas y esa diferenciación los llevó al "encierro, el destierro o el entierro" como a miles de otros militantes populares. Entonces Rock los denomina "ultraizquierdistas".
Luis Alberto Romero es hijo del historiador José Luis Romero (1909-1977), considerado un " humanista". Es profesor en Historia (Universidad Nacional de Buenos Aires), profesor de Historia General en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA y docente de las maestrías en Ciencias Sociales de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y de la Universidad Nacional de Tucumán. Ha publicado Sectores populares, cultura y política: Buenos Aires en la entreguerra (con Leandro Gutiérrez, 1995), Volver a la historia (1997), Grandes discursos de la historia argentina (con Sylvia Saítta, 1998) y Argentina . Crónica social del siglo XX. Ha sido director académico de la colección "Historia visual argentina ", publicada por el diario Clarín, y de la colección "Los nombres del poder", del Fondo de Cultura Económica.
Mi amigo Néstor Gorojovsky, del Partido de la Izquierda Nacional, escribió acerca de él en un mensaje divulgado el 12 de noviembre de 2002 por internet:
"El historiador Luis Alberto Romero es uno de los figurones indiscutibles del mortecino Olimpo gorila. Heredero y albacea intelectual del reaccionario medievalista y "socialista" ilustrado José Luis, quien fuera el hombre de la Revolución Libertadora en la Universidad de Buenos Aires, Luis Alberto no ha llegado a los kilates académicos de su progenitor. Pero sí mantuvo intacto el gorilismo y el odio a la causa nacional democrática. Es así que, cuando en 1983 el Proceso Militar transmutó en Proceso Constitucional, Luis Alberto Romero se convirtió en uno de los principales referentes universitarios del alfonsinato. En ese carácter, y mientras sus conmilitones sufrían el permanente acoso de la clase trabajadora liderada por Saúl Ubaldini, Romero buscaba refugio en los tiempos pre-peronistas, indagando la construcción de un sujeto histórico obrero pacífico e integrado".
Luego de leer el comentario de Romero en La Nación, me llegó un mensaje de Rolando Mermet, del Centro de Estudios Nacionales Arturo Jauretche, donde a fines de marzo de 2003 presenté Tacuara: la pólvora y la sangre. En ese mensaje, Mermet incluye el texto que leyó Roberto Baschetti, uno de los presentadores del libro. Y aclara que ese escrito –al que, con atrevimiento, titulé "Anatemas y estigmas al por mayor"– permaneció inédito desde aquel día. Gracias a Rolando, RODELU ofrece una novedad a sus lectores.
Baschetti es técnico en Publicidad y sociólogo. Primer Director del Centro de Investigaciones de la Biblioteca Nacional (CIBINA), de Buenos Aires, publicó más de diez obras de historia política argentina , entre las que se destacan Documentos de la Resistencia Peronista 1973-1976, Rodolfo Walsh, vivo, Documentos 1970-1973: de la guerrilla peronista al gobierno popular y Eva Perón - Bibliografía 1936-2002. También ha escrito colaboraciones para libros que analizan la influencia del Che Guevara y John William Cooke en el proceso revolucionario argentino. Actualmente trabaja en un libro sobre la vida y la militancia del poeta montonero Francisco "Paco" Urondo.
Así es que hoy decidí ceder mi espacio en rodelu a los comentarios de Romero y Baschetti, convencido de que uno y otro encarnan dos formas distintas de ver la historia. Seguramente hay otras perspectivas para analizar el pasado reciente, pero ofrezco las que ahora tengo a mano. Los lectores de esta publicación electrónica no mastican vidrio y podrán sacar su propias conclusiones.
Años de plomo
Luis Alberto Romero
La coincidente aparición de dos libros periodísticos referidos a Tacuara nos permite conocer en detalle una organización política poco estudiada, importante por sus acciones espectaculares en la década posterior a la caída de Perón, y sobre todo, por haber sido la escuela de varios militantes de notoria actividad luego de 1966.
En sus años de esplendor, a principios de los años sesenta, el Movimiento Nacionalista Tacuara tenía una organización extendida y laxa, que acogía militantes con experiencias y expectativas variadas. Antes que una agrupación orgánica, fue un plexo de movimientos y corrientes. Recogió en primer lugar la militancia católica nacionalista, fuerte en los años anteriores a 1946 y revitalizada en 1955. Eran viejos cuadros, formados junto al padre
Meinvielle o a algunos intelectuales europeos nostálgicos del III Reich, que habían recalado en nuestro país. A ellos se sumaron muchos jóvenes con escasa formación política, quizá proveniente de las lecciones de algún profesor enrolado en el revisionismo histórico.
Para muchos, fue la primera experiencia política, estimulada por la reacción contra el gobierno militar de la Revolución Libertadora, al que se acusaba de liberal, antinacional y antipopular. La creciente atracción del peronismo proscrito y los aires revolucionarios de la Revolución Cubana alentaron la incorporación de nuevos contingentes e hicieron crecer la agrupación. En un momento, las nuevas opciones políticas --como la Revolución Cubana-- pusieron de manifiesto diferencias de ideas y objetivos. Comenzó entonces el proceso de división y finalmente cada uno de los militantes buscó un rumbo distinto.
Por entonces, Tacuara apareció asociada con algunos hechos espectaculares y reveladores: el asalto al Policlínico Bancario en 1963, el asesinato de Raúl Alterman en 1964, quizá por ser judío, quizá por ser comunista, el "Operativo Cóndor" (un aterrizaje en las Islas Malvinas en 1966). Ya los grupos estaban diferenciados y los destinos fueron notablemente diversos. Algunos de quienes pasaron por Tacuara llegaron a los partidos armados; otros, al peronismo duro o al matonismo sindical. Muchos rodearon al general [Juan Carlos] Onganía y algunos aparecieron entre las bandas parapoliciales o las fuerzas del terrorismo estatal. El subjefe de Tacuara, Joe Baxter, terminó militando en el ERP [Ejército Revolucionario del Pueblo] mientras que el jefe, Alberto Ezcurra Uriburu, tomó los hábitos y junto al Vicario Castrense hizo en 1976 la apología del terrorismo de Estado. Otro dato significativo: el 20 de junio de 1973, en Ezeiza había ex militantes de Tacuara a la cabeza de uno y otro bando.
Tamaña dispersión, largamente testimoniada en estos dos volúmenes, tiene que ver con lo que aparece como el rasgo más característico de Tacuara. No los unía una ideología, en el sentido más clásico del término, sino una actitud, un sentimiento y una forma de entender la acción política, en términos de "tono sostenido", camorra, agresión, violencia física y finalmente terrorismo. Un arco que sus militantes recorrieron quizás un poco antes que otros, pero que en definitiva fue similar al de una buena parte de la sociedad argentina en la década del setenta.
Los dos libros aquí comentados son diferentes y en cierto modo complementarios. Bardini militó en Tacuara cuando era un adolescente de catorce años. Su testimonio, a la distancia, combina los recuerdos –corroborados por una buena investigación periodística– con sus experiencias posteriores, que lo llevan a resignificar algunas de sus vivencias juveniles. Su trabajo muestra la riqueza, pero a la vez los límites y los riesgos que tiene el uso de la memoria de los protagonistas para los investigadores. Gutman es un joven periodista, que enfoca la cuestión de manera distanciada. Su libro, ampliamente apoyado en la prensa y en entrevistas, carece de la pasión y las vivencias del de Bardini, pero la exposición es ordenada, clara y metódica.
Ambos libros se encuadran en el género periodístico. Una investigación histórica requiere además una crítica más exhaustiva de las fuentes y testimonios, y sobre todo, una contextualización más amplia del problema: los procesos sociales y culturales que se cruzan en la experiencia de Tacuara son complejos y diversos. Las obras de Gutman y de Bardini contribuyen con una primera versión, un borrador, de este fragmento del pasado reciente. Hay en ellos una invitación al trabajo de los historiadores profesionales, que están comenzando a incursionar sistemáticamente en esta etapa de nuestro pasado reciente
Anatemas y estigmas al por mayor
Roberto Baschetti
Tacuara: "Variedad de caña maciza, de hasta 10 metros de alto y de follaje muy denso, con la corteza lisa y sin espinas, con abundantes ramificaciones en sus nudos". Ésa es la definición que puede encontrarse en el Diccionario del español de Argentina , editado por Gredos.
Repasemos parte de la definición: "Caña maciza, corteza lisa y sin espinas, con abundantes ramificaciones en sus nudos", una excelente aproximación por la metáfora a esa otra tacuara, mezclada con pólvora y con sangre, que da el título a este magnifico libro de Roberto "Tito" Bardini.
Porque lamentablemente, pólvora y sangre fueron elementos que en abundancia y con generosidad se desparramaron por todo el contorno de nuestra argentina a partir de 1955, cuando un golpe de estado oligárquico, dio por tierra con el segundo gobierno constitucional de Juan domingo Perón e inauguro una serie de dictaduras militares y/o gobiernos civiles debilitados y digitados desde los Estados Unidos.
El sistema, hábil para detectar a los revolucionarios y aislarlos del conjunto, hizo caer sobre los muchachos de tacuara anatemas, estigmas y excomuniones al por mayor. "Bandidos, delincuentes, terroristas, fascistas, nazis, desequilibrados mentales" fueron solo algunos de los adjetivos calificativos que les regaló la prensa del establihsment para denigrarlos. Veremos que no todos sus componentes eran iguales y pensaban del mismo modo.
Los acusadores, parecían olvidarse que en Argentina la violencia política no nació con los tacuaras, sino como dije antes, con la interrupción del orden constitucional. Veamos la cantidad de hechos de violencia que se sucedieron con anterioridad al 29 de agosto de 1963, fecha del asalto al Policlínico Bancario por el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT):
1. Bombardeos a Plaza de Mayo en junio de 1955. Único caso en la historia, en que las fuerzas armadas de un país (en este caso aeronáutica y marina) bombardean a connacionales a cielo abierto.
2. Golpe militar del 16 de septiembre de 1955 (Revolución Libertadora) que derroca a un presidente constitucional elegido democrática y libremente por el 62.49% de los votos.
3. Intervención y conculcación de derechos a la Confederación General del Trabajo, que por entonces nuclea a casi 6 millones de trabajadores
4. Instauración del decreto ley 4161 que prohíbe al peronismo.
5. Robo del cadáver de Eva Perón por fuerzas armadas que se decían "occidentales y cristianas".
6. Adhesión al Fondo Monetario Internacional, con lo que comienza nuestra larga marcha hacia la degradación económica.
7. Fusilamiento de soldados y civiles peronistas en junio de 1956, sin juicio previo.
8. En 1958,
Frondizi sube con los votos peronistas y traiciona el mandato popular y el pacto establecido con Perón
9. En consonancia con los dictados del FMI, Álvaro Alsogaray lanza un plan económico de austeridad (que será de austeridad para los trabajadores solamente y de acumulación de riquezas para la oligarquía terrateniente y las empresas extranjeras).
10. En enero de 1959, es ferozmente reprimida la toma y posterior huelga del frigorífico Lisandro de la Torre defendido por los trabajadores para evitar su desnacionalización.
11. Frondizi apela a leyes represivas e implanta el Plan Conintes (Conmoción Interna del Estado).
12. El 18 de marzo de 1962 gana la elección a gobernador en la provincia de Buenos Aires, la fórmula peronista Framini-Anglada. Frondizi anula las elecciones.
13. El gobierno de [José María] Guido (1962-1963) tiene el triste privilegio de provocar el primer secuestrado-desaparecido de la argentina : Felipe Vallese, militante de Juventud Peronista y delegado gremial metalúrgico.
Como bien dice en el prólogo del libro José Steinsleger: "¿Cómo éramos? Éramos violentos. Violentados más que violentos. antes de cumplir los 10 o 15 años asistimos al inicio sangriento de la desintegración nacional que hoy sigue legal y pacíficamente por lo social".
Los jóvenes de Tacuara, como tantos otros jóvenes, pelean por cambiar el mundo de acuerdo a su ideología y a la visión que tiene del mismo. Desconfían y aborrecen a esa democracia liberal que solamente ha logrado hundir aun más al país. Y están convencidos (los de Tacuara y muchos otros jóvenes más que luego vendrán) que solamente la muerte puede apartarlos de su cometido: "Patria o muerte", dicen los seguidores de Fidel y el Che; "Perón o muerte, viva la patria", dirán los muchachos de la JP setentista; "A vencer o morir por la Argentina ", exclamarán los jóvenes del PRT-ERP para ese mismo tiempo; "Volveremos vencedores o muertos", afirman ahora, estos pibes de la cruz de Malta.
Al respecto resulta muy útil exhumar un artículo de John William Cooke, aparecido en Marcha, con motivo de que la justicia de Uruguay debía pronunciarse sobre la extradición de José Luis Nell, requerido por la justicia argentina como presunto integrante del comando del mnrt que asaltó el Policlínico Bancario de Buenos Aires. Allí dice Cooke: "La trayectoria de Nell ejemplifica la de muchos jóvenes que iniciaban su vida política hace mas o menos una década en medio de las frustraciones de una argentina manejada por una minoría rapaz que abdicaba de nuestra autodeterminación política y económica, mientras el pueblo, súper explotado y proscrito, no lograba traducir su protesta en una lucha efectiva por la toma del poder. debo omitir referirme al complejo de circunstancias que llevó a un sector de la juventud a ver en las organizaciones nacionalistas de extrema derecha el camino para terminar, por medio de la acción directa, con este estado de cosas. Pero, en la medida que los impulsaba un auténtico fervor popular y patriótico, fueron percibiendo la naturaleza de ese nacionalismo violento, reaccionario y folklórico, que tras el fuego de su retórica no ofrecía un programa revolucionario sino saldos y retazos ideológicos trasplantados a los fascismos europeos. Sus núcleos paramilitares, lejos de ser dispositivos de combate revolucionario, eran engranajes del establishment…"
Pibes que, como bien explica Bardini, "tienen entre 14 y 16 años, la mayoría pertenece a la clase media y son considerados chicos bien. Muchos son alumnos de colegios religiosos que antes estaban reservados a la oligarquía terrateniente o a la alta burguesía provincial". Pero concluido el conflicto entre enseñanza laica o libre "un nuevo aluvión juvenil –cito nuevamente a Bardini- llega de los barrios periféricos y desborda la capacidad de absorción de tacuara. Lo nuevo ahora, son los apellidos tanos, gallegos y sirio-libaneses, las solicitudes de afiliación que llegan de Flores, Lanús, Quilmes, Avellaneda: es el medio pelo"
Andrés Castillo aclara sobre su incorporación a esa organización que "casi todos los chicos del barrio entran a Tacuara, pero nosotros –ahí adentro- seguíamos manteniendo nuestra identidad peronista. Nos integramos por el tema del nacionalismo, de la violencia, de la verdad de los puños y las pistolas, por encima de lo racional…".
A partir del fenómeno peronista, entonces, también en Tacuara tal como sucede en sus antípodas políticas (en el Partido Socialista y en el Partido Comunista, por ejemplo), comienzan a dividirse las aguas.
Roberto Bardini con paciencia de artesano va desgranando, en este libro que hoy presentamos, cada una de las diferentes alternativas que ofrecía aquella Tacuara original: la ruptura hacia la derecha de la Guardia Restauradora Nacionalista, el nacimiento del Movimiento Nueva Argentina funcional al peronismo, el surgimiento del Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT), desde donde muchos de sus militantes se integrarán al peronismo revolucionario, es decir, a la tendencia revolucionaria del peronismo.
A posteriori, Bardini se preocupa en Tacuara, la pólvora y la sangre por recuperar las biografías de aquellos militantes más paradigmáticos que comenzaron su militancia política en dicha organización. Queridos compañeros como Alfredo Ossorio, Jorge Caffatti, Tomislav Rivaric, Carlos Dasso, Edgardo Salcedo, Joe Baxter y José Luis Nell, entre tantos otros.
Un Joe Baxter lúcido e implacable en sus definiciones, que supo apuntar al enemigo agazapado, cuando en un acto realizado en Filosofía y Letras afirma: "No solo hay liberalismo cipayo e izquierdismo cipayo: hay también nacionalismo cipayo", que son aquellos que "creen que la batalla por la soberanía argentina se jugó en la Cancillería de Berlín en 1945". Para luego afirmar: "Hay una tradición nacionalista equivocada que hace que muchos militantes nacionalistas terminen siendo delatores policiales o fuerzas de choque de la oligarquía". Concluirá su alegato advirtiendo: "Hacer antisemitismo ahora es crear un problema artificial de tipo divisionista. El problema no se da entre blancos y negros, católicos y judíos, sino entre explotadores y explotados".
Un Tomislav Rivaric que, apresado por su participación en el asalto al Policlinico Bancario (29 de agosto de 1963), tuvo la valentía de no deslindar responsabilidades, pese a los graves cargos que afrontaba.
El juez que entendía en la causa lo interrogó de la siguiente manera:
- Dígame, Rivaric, ¿usted se bajó antes del vehículo porque se arrepintió y no quiso participar de la segunda parte del delito?
Posiblemente, Tomi, como cariñosamente lo apodaban sus compañeros, hubiese podido ocultar la verdad para lograr más rápidamente su libertad o reducir sustancialmente la pena, si respondía afirmativamente a la pregunta del juez. Sin embargo, su respuesta fue un ejemplo de compromiso con su causa:
- No, señor juez, yo me bajé del vehículo porque ya había cumplido mi parte y porque así lo había dispuesto la organización.
La importancia fundamental del libro que hoy presentamos radica en que aniquila, destruye, pulveriza a todos esos formadores "tramposos" de opinión –de aquí y del exterior– que se empeñan, se afanan y tergiversan para poder mezclar en el mismo lodo, por meter en la misma bolsa, a los nazionalistas ultramontanos que colaboraron con la última dictadura militar, por ejemplo, con los nacionalistas populares y revolucionarios, secuestrados, torturados y desaparecidos por esa misma dictadura. Los primeros –nazis y fascistas– defendían la perpetuidad de un orden injusto y desigual, arcaico y ultramontano por donde se lo mire. Los segundos peleaban por una patria justa, libre y soberana, con salud, trabajo y educación para todos, "combatiendo al capital" como dice la olvidada estrofa de la Marcha Peronista y también luchando y presentando batalla contra el imperialismo donde quiera que el mismo se encuentre.
Roberto Bardini, dando a conocer el libro de su autoría, Tacuara, la pólvora y la sangre, que hoy nos reúne y nos convoca, sigue asumiendo el compromiso de decir la verdad, de ponerse del lado del pueblo y de enfrentar a los poderosos, aunque le cueste, como alguna vez, amenazas contra su vida, la persecución despiadada y el exilio obligado.