
"Aquellos labios que prueben el alcohol, no probarán los nuestros”
Imaginen que viven a inicios del siglo pasado y se encuentran con un cartel como éste. Mírenlo bien y sean sinceros. ¿Dejarían de beber?
Creo que yo tampoco. De hecho, ver a esas mujeres (y juntas) me hizo dar ganas de tomarme un whisky doble.
Bueno, ya fuera de bromas, la historia es la siguiente. A mediados del siglo XIX surgió en los Estados Unidos el llamado "Movimiento por la Templanza" que agrupaba a un grupo de señoras que luchaban contra el consumo del alcohol y promovían la abstinencia.
Fueron un movimiento realmente célebre en la época, lo que llevó a que fueran no sólo blanco de numerosas críticas, sino también de la ironía y la burla. Así, la imagen superior corresponde a una visión satírica de aquellas mujeres luchadoras filmada en el estudio cinematográfico de Thomas Alba Edison.
De todas formas, aunque los hombres al inicio no tomaban con mucha seriedad a este movimiento femenino, ellas supieron hacerse escuchar, y muchas veces a la fuerza. La afiliada más emblemática que perteneció a aquella agrupación fue Carrie Nation, una fanática mujer que, con hacha en mano, invadía los bares y tabernas, y destruía las botellas que allí encontraba, sin importarle los airados reclamos de los clientes.

Esto lo hacía sola o acompañada por otras mujeres que rezaban y cantaban himnos, mientras ella destrozaba el mobiliario y las bebidas. Entre 1900 y 1910 fue arrestada 30 veces, pagando sus multas con las donaciones recibidas en sus conferencias, y las ventas de hachas de mano como la que usaba en sus ataques.
Carrie Nation afirmaba seguir órdenes divinas, y se describía a sí misma como "un bulldog corriendo a los pies de Jesús, ladrando a lo que no le gustaba (a Dios)".

Carrie Nation, con su inseparable hacha y su biblia
El Movimiento por la Templanza alcanzó su auge con la ratificación de la Enmienda XVIII a la Constitución, más comúnmente conocida como la Ley Seca. El día que se aprobó la prohibición, todo el grupo de mujeres festeaban y gozaban jubilosas, augurando un gran futuro a su nación y confiadas en que los países del mundo seguirían su ejemplo.
Hasta el famoso evangelista Billy Sunday realizó un simulacro de funeral para las bebidas alcohólicas y pronunció un emotivo discurso sobre los beneficios de la prohibición:
“El reino de las lágrimas se acabó. Los barrios bajos pronto serán sólo un recuerdo. Vamos a transformar nuestras cárceles en fábricas y almacenes.”
“Los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños. Se cerraron para siempre las puertas del infierno.”
Todos sabemos lo que sucedió luego. El alcohol siguió produciéndose de forma clandestina y también fue importado de países limítrofes, provocando un auge considerable del crimen organizado. De hecho, hubo muchísimos casos de ciudadanos compraron licor masivamente durante las últimas semanas de 1919, antes que la ley entrase en vigor el 17 de enero de 1920, y así tener su stock de consumo propio.

La ilegalidad provocó que el alcohol alcanzara precios elevadísimos en el mercado negro, atrayendo a éste a importantes bandas de delincuentes. Pronto la opinión pública se dio cuenta que el remedio había sido peor que la enfermedad, y que en vez de resolver los problemas sociales, con la Ley Seca el crimen organizado alcanzó grados de actividad nunca antes vistos en ese país. Antes de la prohibición había 4.000 reclusos en todas las prisiones federales, pero en 1932 había 26.859 presidiarios, síntoma que la delincuencia común había crecido gravemente, en vez de disminuir.


Para unos pocos estadounidenses que podían darse el lujo, La Habana ofrecía un atractivo especial. Era una ciudad a las puertas de su patria, donde no imperaba el “régimen seco”. Les bastaba tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para estar horas después en la capital de Cuba, donde se decía “había un bar en cada esquina y la embriaguez podía ser franca, libre y continua”. Luego, cuando empezó la Gran Depresión con el famoso Crack del 29, sólo los ricos podían emborracharse bajo la bandera cubana.
Lamentablemente, la ley seca no terminó con el crimen como tanto lo pregonaban los movimientos de extremistas y fanáticos religiosos, su efecto fue aún mayor, ya que durante su vigencia murieron 30 mil personas a causa de envenenamiento por adulteración del alcohol, hubo 100 mil víctimas de ceguera y parálisis, 45 mil detenidos por traficar y ser parte de organizaciones criminales.
En 1933, después de más de una década de prohibición, la ley fue derogada y con ella la violencia disminuyó.
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