BORGES VIAJA EN COLECTIVO
El boleto fue utilizado muchas veces como difusor de diversos mensajes, desde políticos hasta publicitarios.
Fig. 47. Boletos de Transportes de Buenos Aires. Al dorso de los impresos hacia 1961, consecuentemente con la política del gobierno, dice: "La batalla del petróleo la ganará el pueblo". Col. AFT.
En 1990, un ejecutivo de la firma Sucesores de Juan Fusero y Cía. tuvo la idea de colocar frases de pensadores famosos en el dorso de los boletos. La empresa, con una trayectoria de 60 años en la impresión de boletos, debió renovar su maquinaria para producir boletos de mayor calidad. Esta revolución en el boleto incluía, por ejemplo, colores fluorescentes, diseños novedosos y una marca punteada con tijerita para el correcto corte. Se reprodujeron 462 frases.
Estos boletos encontraron una cálida recepción en los usuarios. Emilio Eigenmann, padre de la idea, comentaba en un reportaje (18) "Los pasajeros de la línea 12 reclaman al colectivero que les corte bien el boleto, para coleccionarlo. Inclusive sé de gente que va a las terminales de las líneas para buscar boletos en el piso."
Entre las primeras líneas porteñas en usar "boletos cultos", se cuentan las 4, 12, 36, 45, 101 y 107.
Eigenmann también tuvo la idea de colocar una adivinanza en el dorso de los boletos, que se contestaría en el boleto posterior, "de manera que para enterarse -de la solución- el pasajero tendría que preguntarle a quien sube después que él. La gente se comunicaría durante el viaje a través del boleto."
Aunque esta variante no se cristalizó, más adelante se incluyeron mensajes para optimizar el servicio ("paguemos con el importe exacto", por ejemplo) y otros tendientes a la prevención de enfermedades como el SIDA y el cólera.
¿DÓNDE HAY 5 CENTAVOS, VIEJO GÓMEZ?
La escasez de monedas en las grandes ciudades es un problema cíclico, y la tarifa del transporte tiene mucho que ver con el tema. En consecuencia, la gente suele guardar las moneditas para que no falten a la hora de viajar.
Con la tarifa a $ 0,90 y ante la falta de la moneda de 10 centavos, era habitual en el chofer la frase "cuando baja me lo pide". Llegando el pasajero a destino, podía pasar que el conductor siguiera sin cambio, que directamente el interesado olvidara el reclamo o bien se resignara, si estaba en el fondo de un coche lleno en medio de la hora pico. La moneda no devuelta significaba al final del día una diferencia a favor del colectivero, y algunos choferes especulaban con esta situación. Vaya a saber por qué, pero esa moneda que a veces uno no reclamaba en el vuelto del supermercado, arriba del colectivo se convertía en algo más codiciado que el anillo de la novela de Tolkien.
Fig. 50: Aviso oficial induciendo al pasajero a reclamar el vuelto. Clarín 8/1/1993.
En 1992, un aumento de tarifa en el Área Metropolitana de Buenos Aires generó serios problemas. Ya se había tomado la decisión de cambiar el sistema tradicional de expendio de boletos y los protagonistas del cambio -funcionarios, empresarios, conductores y público- estaban en medio de una gran polémica sobre lo que vendría, con los ánimos caldeados. La falta de monedas produjo entonces protestas de usuarios, llegando a encrespadas discusiones. El Estado reaccionó implementando el boleto de cambio.
Este boleto, de 5 centavos, entró en vigencia el 22 de octubre. El conductor lo daba si no tenía monedas y el pasajero podía usarlo como medio de pago equivalente a ese valor exclusivamente en la línea que lo había entregado. Dado lo expeditivo de la medida, algunas imprentas no llegaron a cumplir con las entregas, autorizándose a las empresas a poner en circulación viejos boletos en desuso. Mágicamente, junto con los boletos de cambio reaparecieron las esquivas moneditas de 5. El 18 de diciembre se suspendió la entrega de boletos de cambio, aunque los choferes siguieron recibiéndolos durante un tiempo.
El boleto de cambio se adoptó en otras ciudades del país. En Córdoba recibió el apodo de "Fetap", sigla de la Federación de Empresarios del Transporte Automotor de Pasajeros local.
BOLETOS DE TIERRA ADENTRO
En el resto del país se usó históricamente el tradicional boleto de rollo para servicios urbanos y suburbanos en distancias variables pero generalmente cortas. Para líneas provinciales y de larga distancia hubo, como en Buenos Aires, boletos de talonario de diversas medidas y aspectos
Con el eco de la ley de tránsito que inhibía a los choferes de cortar boletos, en las grandes urbes se fueron adoptando gradualmente nuevas modalidades de pago. Sigue una reseña parcial de los cambios en algunas ciudades.
La capital mediterránea fue pionera, aun antes que Buenos Aires, en cambiar el sistema de expendio de pasajes. Se adoptaron fichas similares a las del subterráneo porteño, desde mediados de la década de 1970. Su uso era muy limitado, estaba reservado a policías de civil y algunos funcionarios.
Por pedido del gremio de choferes, para evitar los asaltos, desde el 18 de abril de 1988 se extendió el uso de fichas para todos los usuarios. Eran de metal blanco, aleación liviana, de dos categorías: una sección, válida para viajes diurnos en las líneas urbanas, y dos secciones, para las líneas de circunvalación y viajes nocturnos, de 0 a 6 horas, con tarifa más cara. Las fichas (popularmente llamadas cospeles) se entregan directamente al chofer, a cambio del boleto.
Fig. 71: Boletos urbanos de Córdoba, primera y segunda sección, y fichas correspondientes (18 y 20 mm de diámetro), con el escudo de Córdoba al reverso (1988/1990). Col. AFT
Para distribuir los 2,5 millones de fichas en circulación se cuenta con más de 1000 puestos de venta, sumando bocas de expendio exclusivas y quioscos. Pero siempre conviene tener una reserva, sobre todo para los casos de usuarios que viven en los suburbios o viajan de noche.
Después aparecieron las tarjetas. Las primeras, cuadradas de color verde, eran personalizadas. Tenían un chip y llevaban el número de documento del usuario. En 1998 se intentó, sin éxito, implementar el pago exclusivamente con tarjeta en horario nocturno.
En febrero de 1991 se adoptó la tarjeta magnética recargable, que fue adjudicada a la firma Red Electrónica (Redbus). Se implementó en los trolebuses y algunas líneas de ómnibus, pero sin eco favorable en el público ni en los choferes. La empresa Coniferal está experimentando un sistema de lector óptico para reemplazar la tarjeta, que a 16 años de su debut, es utilizada por un mínimo porcentaje de usuarios.
Tucumán y provincias del Norte
En la capital del Jardín de la República se dispuso el uso de fichas (aquí también llamadas cospeles) en 1986, pero recién se implementó dos años más tarde.
En 1994 comenzó a ensayarse con expendedoras TCS, inclusive en servicios suburbanos, como los de El Ranchilleño. Estaban adaptadas para recibir fichas y tarjetas. Se acuñó una ficha especial en metal dorado, más pesada, para que las máquinas pudieran leerla. En la línea 18 incluso se instalaron algunos molinetes, sin pena ni gloria.
El nuevo sistema no fue bien recibido por las empresas ni por el público, y nunca llegó a instrumentarse la red informática para el control. En pocos meses se desistió. Por lo tanto, el boleto de rollo y las fichas siguen en vigencia. Llegaron a utilizarse tres series de fichas blancas, que se ponían en circulación alternadamente con los aumentos de tarifa. Se venden en puestos ubicados en vía pública. El pasajero entrega la ficha al conductor, que corta el boleto manualmente y -en algunas líneas- deposita la ficha en una especie de alcancía de lata.
Fig. 72: Puesto de conducción de una de las nuevas unidades de la línea 12. A la derecha se observa la alcancía para las fichas y la boletera de rollo. Foto Carlos Wallberg, 2007.
Nuestro colega Carlos Wallberg detalla las variantes tarifarias en la provincia: las líneas urbanas tienen tarifa plana, mientras que las metropolitanas y rurales son por secciones con pago en efectivo. En las líneas municipales, los abonos escolares pueden ser cartones o boletos de talonario troquelados. Hay cuatro valores de tarifa estudiantil, más una para docentes; pocas líneas ofrecen abono universitario. Hay pase libre para los discapacitados que reúnan ciertos requisitos y sus acompañantes, cuando corresponda. Viajan gratis los bomberos, los policías (hasta dos por coche) y el personal de fiscalización del transporte, con su correspondiente credencial. En cambio, conscriptos y carteros perdieron este beneficio desde que se suprimió el servicio militar obligatorio y se privatizó el correo. También existen el abono social o solidario, más económico, que se vende por $ 22,44 (¡!) y por 88 viajes. Por su parte, el boleto estadístico sirve para control de quienes tienen pases. En una época hubo también boleto de cambio para reemplazar la falta de monedas, hasta la introducción del cospel.
En Salta se instalaron lectoras de monedas y actualmente se está implementando la tarjeta Redbus. En San Salvador de Jujuy se hicieron pruebas con tarjeta magnética y en Santiago del Estero no llegaron a instalarse. En Jujuy, además, hay abonos, que se venden en talonario.
Fig. 73: Tarjeta magnética sistema Transmag y boleto correspondiente, en etapa experimental (San Salvador de Jujuy, 1994).
Abajo, der.: boleto de expendedora, línea 3A (Salta, 2003), que prevé un recargo por pago sin monedas. Col. AFT.
Fig. 74: Tarjetas magnéticas de Resistencia (Chaco), tarifa común y estudiante secundario. 1996. Col
Mar del Plata
En 1993 la comuna aprobó la tarjeta magnética, cuya operación fue adjudicada a la firma Boltec, representante de la danesa Scanpoint Technology. A fines de 1994, la empresa 25 de Mayo instaló algunas canceladoras, pero no se usaban.
Durante el período de prueba y adecuación, las empresas Micro Ómnibus La Marplatense y 9 de Julio ensayaron en algunos coches un sistema de expendedoras con monedas. Peralta Ramos, por su parte, instaló máquinas TCS duales para tarjetas y monedas. Las otras empresas adoptaron el sistema Boltec directamente, que se generalizó a mediados de 1995.
Como en otras ciudades, las idas y vueltas previas fueron dilatando el momento en que los choferes marplatenses vieran aliviada su tarea. Finalmente, cuando los empresarios alentaban otra prórroga, el municipio fijó como último día de corte de boleto el 5 de noviembre de 1995. Al otro día, solo la empresa El Libertador tenía la totalidad de la flota equipada con máquinas validadoras. Un tercio de los coches de la ciudad estaba en regla, en tanto que otro tercio tuvo que trabajar con guarda y el tercio restante siguió contra viento y marea con el sistema tradicional. En esta porción había cuatro empresas "rebeldes", que se oponían a la utilización de la tarjeta (27). Para la administración empresaria del sistema, las líneas se agruparon en la UTE El Libertador
http://www.busarg.com.ar/07_junio/f75.jpg
Fig. 75: Boletos urbanos de Mar del Plata. Izq., arriba: líneas 523 y 582 (déc. '70); abajo: servicio a estación Camet línea 542 -la 540 no existe- (1987) y 531 (1993). Der., arriba: Tarjeta recargable (anverso y reverso); abajo: boleto de expendedora automática, línea 595 (1999). Col. AFT
El uso exclusivo de la tarjeta siguió demorándose, tanto así que a fines del verano de 1996 muchas unidades aun no tenían expendedora. La condición turística de la ciudad, con un gran incremento de población en verano, alimentaba el argumento de mantener el viejo sistema, principalmente por dos razones: la escasez de bocas de expendio de tarjetas en primer lugar, y además porque el turista, en su despreocupada informalidad, se resistía a comprarlas. En algunas líneas se emitían boletos con las expendedoras, pero el chofer cobraba en efectivo. También estaba a cargo del conductor la venta y carga de las tarjetas. O sea, más trabajo que antes.
El 21 de mayo de 1996 se relanzó oficialmente el sistema de tarjetas. Todas las unidades debían estar equipadas. Pero los plásticos siguieron cargándose a bordo hasta que, pocos meses después, se instalaron puestos de expendio y recarga en supermercados, quioscos y otros comercios minoristas. En julio de 1997 la Municipalidad se comprometió a conseguir la apertura de 100 nuevas bocas de venta, aunque se llegó a unas 60.
La obligatoriedad de poseer tarjeta para obtener el beneficio de estudiante, así como otros pases con descuento, creó un pequeño público cautivo de la tarjeta, pero no se erradicó el pago manual. En consecuencia, para incentivar el uso de la tarjeta se elevó el boleto mínimo de 65 a 80 centavos para quienes no la tuvieran cargada al abordar el ómnibus. Así y todo, a fines de 2005 se estimaba que el 60% de los usuarios prefería pagar con recargo, pero en efectivo.
El 28 de marzo de 2006, por fin, se terminó con el pago en efectivo. Se habilitaron más puestos de venta y recarga en puntos neurálgicos, y a las 150.000 tarjetas en circulación se agregaron otras tantas. Desde entonces se puede adquirir la tarjeta precargada con montos fijos, en puestos de venta que no tienen terminales de recarga (28).
Si bien se habló de varias ventajas que se obtendrían a partir de la tarjeta (combinaciones, abonos, etc.), estos beneficios nunca se implementaron. Por otra parte, las tarjetas sufren fallas técnicas con frecuencia. En estos casos el conductor permite viajar al pasajero, pero anula la tarjeta, con la oprobiosa consecuencia de tener que cambiarla, para lo cual hay únicamente dos lugares en toda la ciudad.
Actualmente la única línea que cobra en efectivo es la 221 provincial, que al cumplir un recorrido parcialmente superpuesto con algunas líneas urbanas de la ciudad (sobre todo las 511 y 581), provoca el descontento de éstas, ya que la gente que viaja por la costa prefiere la comodidad de no depender de la tarjeta en la 221 pese a que la tarifa es un poco más cara.
Fig. 76: Otras tarjetas descartables en la provincia de Buenos Aires: Tarjebus, en Bahía Blanca, que no tiene problemas de expendio, ya que se consigue en cualquier quiosco (tarifa plana, 1996); TCS (Cía. La Isleña, línea 276, ca. 2000). Col. AFT.
Rosario (29)
Los últimos guardas de Rosario trabajaron en los trolebuses municipales, hasta que en 1979 este servicio fue privatizado. Posteriormente, como en el resto del país, permaneció el conductor multifunción.
Siguiendo una tendencia que se perfilaba a comienzo de los '80, se instalaron molinetes experimentalmente en algunas unidades. A su vez, la empresa Martín Fierro, operadora de los trolebuses, colocó modernas canceladoras de pasajes sistema Almex, con tarjetas por uno y seis viajes, sin éxito.
Pese a los proyectos que se estudiaron en los años siguientes, hubo que esperar hasta 1990 para que se pensara seriamente en cambiar el tradicional sistema. El 4 de octubre de ese año se presentó un estudio de factibilidad y el 29 de noviembre se aprobó la ordenanza que creaba el Sistema Prepago de Admisión, Control e Información (SPACI) en el transporte urbano.
Martín Fierro, protagonista otra vez, implementó en 1992 un sistema de tarjeta magnética para sus líneas, alternativamente con el boleto habitual, pero con descuentos para los pasajeros que adquirieran tarjetas. Éstas, de tecnología Wayfarer, se ofrecían por varios viajes.
Buscando un sistema equiparable para todo el ámbito urbano, la Municipalidad optó por dar un paso atrás y prohibió a la empresa el uso de tarjeta. No obstante, siguió vigente en los servicios interurbanos a Villa Gobernador Gálvez.
Durante un tiempo se utilizó la modalidad de pago con importe exacto. Los coches tenían caja de seguridad pero los choferes cobraban y daban vuelto. Después, en los vehículos de Martín Fierro hubo una especie de alcancía donde se depositaban las monedas y el conductor entregaba el boleto.
En un penoso proceso, similar al que hubo en Buenos Aires, la puja de intereses políticos y empresariales retrasó el cambio de sistema, hasta que se decidió a nivel nacional que los choferes no cortaran más boletos. En consecuencia y para salvar la coyuntura, a comienzos de 1994 volvió el guarda a los transportes rosarinos, inclusive en líneas interurbanas, como medida de emergencia por 4 meses. El 15 de abril, por medio de una ordenanza, la comuna estableció que la decisión del sistema a adoptar recaería en las prestadoras, a la sazón divididas en tres grupos empresarios por disidencias internas.
Entretanto, según estimaciones, la inclusión de los guardas disminuyó la tasa de accidentes en un 70%, aunque también trajo aparejado un aumento de tarifa. La puja por mantener los guardas o instalar lectoras de tarjetas continuaba y ante la demora de la automatización del sistema de expendio de pasajes, en octubre de 1995 la comuna incorporó este auxiliar como personal permanente. En desacuerdo, las empresas retiraron los guardas de los colectivos y la municipalidad reaccionó con sanciones, llegando a caducar dos permisos. (30, 31)
Promediando 1995, los tres grupos empresarios decidieron adoptar cada uno su propio sistema de tarjeta: AETUP eligió Magnebus, de Prodata, CETUP instaló Multipase (TCS) y Martín Fierro optó por Bonobús, de la británica Wayfarer Transit System. Lo desprolijo de este proceso, en cuya discusión el usuario no había participado, lo dejaba ahora desamparado ante la multiplicidad de opciones: El 25 de noviembre comenzó oficialmente la etapa experimental, de 90 días, en la que se probarían los tres sistemas junto con el boleto de rollo y los guardas.
Tras prórrogas y más discusiones, en abril de 1996 la elección se volcó a favor de Bonobús. El sistema debía estar funcionando a pleno en octubre, pero el plazo se prolongó y, como suele ocurrir en nuestro país, la decisión se tomó como derivación de una desgracia: la muerte de un chofer durante un asalto. Consecuentemente, desde el 12 de mayo de 1997 la tarjeta pasó a ser el único medio de pago en Rosario.
La distribución y venta de tarjetas estuvo a cargo del Correo Argentino y un proveedor mayorista de kioscos. Como en otras ciudades, en días no laborables o en horario nocturno era difícil conseguir donde comprar una tarjeta. Como aliciente, los usuarios participaban en sorteos mensuales, de acuerdo al monto de la tarjeta adquirida, que equivalía a 2, 6 ó 12 viajes. Como el escaso margen de ganancia desalentaba a los comercios para la venta, se instalaron puestos de venta exclusivos, que fueron reemplazados luego por cabinas del Banco Municipal de Rosario. También se amplió la oferta de puntos de venta a centros comerciales, hospitales y oficinas públicas.
Con cambios tendientes a optimizar el sistema y a evitar fallas, la tarjeta fue mutando hasta su versión actual. Incluso se confeccionó una interesante serie con imágenes de distintos medios de transporte de la ciudad a través del tiempo.
Hoy los vehículos operan con dos dispositivos de cobro. Además de la tarjeta, existe el boleto ocasional, útil para quienes no tienen tarjeta, porque no viajan habitualmente o no residen en la ciudad. Para esta modalidad los coches tienen expendedoras de importe exacto, que no dan vuelto
Fig. 77: Arriba: boletos rosarinos de rollo, con la clásica leyenda "Rosario - Cuna de la Bandera": Expreso Alberdi (línea A, 1984), Martín Fierro (K, M y 301, 1984), Fisherton (303, 1984), T.A.G.A. (120, 1995) y Línea E (1996).
Centro: boleto de expendedora TCS: Las Delicias (línea 139, 1996), Expreso Serodino (interurbano, frente y dorso, 2002); tarjeta magnética descartable (frente y dorso, 2002).
Abajo: boletos de expendedora: Rosario Bus (2002) y ocasional (2003). Col. AFT.
Santa Fe
La capital provincial adoptó el sistema de tarjeta magnética, que se comercializaba por distinta cantidad de viajes para las cuatro variantes del cuadro tarifario: plano (10 y 20 viajes), centro (10), escolar (20) y jubilado (20). El boleto centro es una variante más económica para el radio céntrico de la ciudad (32). A partir del 8 de enero de 2007, para mayor comodidad de los usuarios, se puso en circulación una tarjeta universal, con monto fijo ($ 10 ó $ 15), que sirve para cualquiera de las opciones tarifarias. (33)
Paraná
A mediados de 1994 la capital entrerriana introducía la tarjeta para todas las empresas. En abril del año siguiente ya estaba en operación el "primer sistema integrado de pago con tarjeta magnética". Había entonces 190 vehículos equipados con canceladoras TCS.
Además de los 165 puestos de venta, las tarjetas podían adquirirse a bordo de los vehículos, hasta que a mediados de 2003 los choferes dejaron de venderlas (34).
Fig. 78: Canceladora TCS 4000 AD y tarjeta magnética de Paraná. Microbús 1995
Mendoza
Se adoptó la tarjeta magnética Mendobús, administrada por la Asociación Unida de Transporte Automotor de Mendoza (AUTAM) desde 1997.
Aparentemente por dificultades en la fiscalización, el gobierno provincial decidió tomar personalmente la administración del sistema. La renovación estuvo a cargo de la firma Siemens, y desde el 1 de enero de 2007 se denomina Redbus. Durante la transición, a fines de 2006, convivieron las máquinas verdes de Mendobús con las amarillas nuevas de Redbus. El pasajero que subía sin tarjeta podía adquirir a bordo la llamada tarjeta castigo, que incluía recargo en la tarifa. Actualmente Redbus se consigue en diversos puntos de venta, que todavía aparecen insuficientes, y se puede recargar en los ómnibus. También se puede pagar en monedas, con importe exacto, ya que las expendedoras no dan vuelto.
ig. 79: Tarjeta magnética Mendobús (2005), anverso y reverso. Gentileza Guillermo Escartín.
CAPICUAS Y OTROS BERRETINES
No sabemos cuando empezó la cosa, pero el boleto capicúa fue durante décadas una obsesión para buena parte de los pasajeros. Digamos, por si hace falta, que capicúa es aquel número de varias cifras que se lee igual al derecho y al revés.
Todos hemos guardado alguna vez algún un boleto capicúa, tal vez porque el dicho popular sentencia que "trae suerte". Pero los coleccionistas de capicúas entran en la misma clasificación que quienes atesoran estampillas, autitos a escala o pinturas del Renacimiento (todo depende del bolsillo). En el Círculo Coleccionistas Capicúas (CCC), no obstante, la pasión tiene sus códigos: No está bien visto vender boletos, aunque sí intercambiarlos cual figuritas.
En una nota periodística de veinte años atrás (35), Armando Vera, presidente por entonces de los apasionados coleccionistas, comentaba que luego de pasar cuatro décadas juntando capicúas decidió publicar un aviso en el diario para poder completar su colección. Así se institucionalizó la cosa, y en dos años pudo concluirla.
La pasión del coleccionista, la adrenalina, se manifiesta más en la búsqueda que en la conclusión. En el caso de los capicúas, es difícil pero no imposible alcanzar la meta. Los números en los boletos de rollo han sido siempre de cinco cifras, salvo excepciones extraordinarias, como la Empresa Municipal Mixta de Transportes de Rosario, en la que eran de seis. La serie completa es de 100.000 números, donde entran 1.003 capicúas.
¿Qué hace entonces el coleccionista si se enfrenta al vacío de la tarea terminada? Muchos empiezan a recolectar los "qué lástima", o sea los números que no son capicúas por uno, ya sea el anterior o el siguiente. Un ejemplo: para el capicúa 03930, corresponden los "qué lástima" 03929 y 03931. Y allí se hace más difícil. Otras colecciones aprobadas por el Círculo son las escaleras (12345), póquer (00007, 22223), reversibles (06090) y el Pi (31416).
Cuando llegaron los asépticos boletos de las expendedoras automáticas, conseguir un capicúa se convirtió en una tarea casi imposible. Aunque al principio algunas máquinas imprimían boletos de 5 cifras, la mayoría de los nuevos papelitos elevaban la cantidad de dígitos, entre 6 y 8.
Por generaciones, mucha gente ha juntado boletos alimentando un aparente mito urbano: si se conseguía reunir un millón, podían canjearse por una silla de ruedas, que se donaría a un hospital o institución de salud. Tamaña tarea quedaba a cargo de toda la familia. En las aulas de los colegios había cajas para juntar los papelitos y uno andaba mirando el piso y buscando por todos lados para conseguirlos. Pero ¿quién era el samaritano que convertiría esos esfuerzos en una buena acción?
No es fácil dar testimonios de tales prodigios, como tampoco es tarea menuda reunir esa cantidad de boletos. Hemos encontrado una sola constancia sobre quién se hacía cargo del costo de la famosa silla. Eduardo Edser Wheeler escribió al diario Clarín en 1984, en respuesta a una carta de lectores del 2 de mayo. Adjuntaba dos recortes del diario La Capital de Rosario (4 y 15 de setiembre de 1981) donde se consigna el canje de dos sillas de ruedas, a cargo de la Secretaría de Promoción Social de la Municipalidad de Rosario (36).
En sus ficciones urbanas, Alejandro Dolina se ha ocupado de los boletos (37):
"Los colectiveros de Flores dicen que entre los miles de boletos que venden hay uno -solo uno- cuya cifra expresa el misterio del Universo. Quien conozca esa cifra, sería sabio.
No se sabe si el boleto ha sido vendido ya o si permanece todavía oculto en las herméticas máquinas que usan para despacharlos.
Es posible que en este momento algún pasajero ya conozca el secreto del Cosmos. También puede haber ocurrido que la persona favorecida haya tirado el boleto sin consultar la cifra, o que la haya visto sin saber interpretarla."
(…) En general, puede afirmarse que todos los boletos influyen de algún modo en nuestra vida. Los inspectores son -ante todo- funcionarios del destino que impiden gambetear a la suerte."
Al dorso de los boletos se informaba: "El pasajero está asegurado". Ciertamente el boleto es, ante un accidente, el comprobante con el cual el usuario debe reclamar. Pues bien, ¿qué hace el pasajero con su póliza de seguro? Hay quienes lo pliegan cuidadosamente en forma de acordeón y lo pasan bajo la alianza, otros lo olvidan sujeto en el respaldo del asiento de adelante del que ocupan. Algunos boletos se han perdido en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero y, en estos casos, se han documentado búsquedas infructuosas ante la paciencia del ocasional inspector.
En otros tiempos, sobre todo entre los adolescentes, se usaba sumar los números del boleto obtenido. El resultado generalmente tenía correspondencia con una letra del abecedario y la esperanza era encontrar en esa letra la inicial del nombre de algún amor existente o posible.
Fig. 82: Algunos boletos singulares constituyen hoy ejemplares de colección, como el expedido conmemorando el 46º aniversario de la línea 60 (arriba izq., 17 de octubre de 1977, col. SRD) o el de exclusivo diseño a lunares para la línea 19, actual 161 (ca. década de 1950). A continuación, boletos de mutuales con servicios de transporte para sus afiliados: "bono contribución" Mutual Santa Marta (Lomas de Zamora, 1982) y El Colmenar (Moreno, ca. 2003) con las secciones marcadas con letras y promocionando la farmacia mutual al dorso (col. AFT). Abajo, servicio rural de la desaparecida línea 288, entre las estaciones Moreno y Marcos Paz (déc. de 1980), col. SRD; boletos de multa (línea 107), adicionales (líneas 142 y 92) y pase de sección (línea 15) déc. 1980, col. AFT.
En determinadas circunstancias se han utilizado boletos fuera de circulación. Ya se mencionó lo ocurrido durante la emergencia creada por el boleto de canje, pero existe un antecedente mucho tiempo atrás. Las empresas tranviarias Anglo Argentina y Lacroze fijaron aumentos de tarifa, de 10 a 12 centavos, para los gastos demandados por la construcción de sus respectivas líneas subterráneas. Estos aumentos fueron desaprobados y hubo que volver atrás. Sin embargo, durante la década de 1930 las líneas del Lacroze con domicilio en estación Castro Barros los usaban, aunque cobrando el importe correcto (38). Más cerca en el tiempo, durante los procesos de fuerte inflación vividos en el país, los boletos aparecían con valores anteriores a la tarifa en vigencia, hasta que se agotaba el stock.
También se dan casos de líneas que expenden boletos correspondientes a otras empresas. Años atrás, el autor de este informe descubrió con sorpresa que en un recorrido comunal de Almirante Brown se vendían boletos de una línea de Misiones.
En servicios privados, especiales o recreativos, se utiliza mayormente el boleto de talonario, de diversos formatos.
Algunas empresas utilizaron y aún utilizan boletos de distintos formatos para trayectos similares, según se vendan en boleterías o a bordo de las unidades.
Fig. 85: Boletos de la línea 212 El Rápido del Sud, de talonario (1975) y de rollo (1991), ambos vendidos a bordo.
Boletos de la línea 233 vendidos en boletería: de talonario (Costamar, 1982) y de impresora en papel continuo (El Rápido del Sud, 2002). Col. AFT.
Fig. 86: Cuatro boletos distintos para la misma línea. Río de la Plata utilizó boletos tipo ticket, de rollo (anchos y angostos) y de talonario, para sus servicios entre Buenos Aires y La Plata, según se adquirieran en boletería o a bordo (1986 - 1990). Col. AFT
El diseño del boleto tradicional sirvió como inspiración para diversas piezas impresas.
Fig. 87: Invitación para cumpleaños infantiles con diseño de boleto de colectivo. 45 x 120 mm (1985). Col. AFT.
Fig. 88: Detalle de tarjeta de salutación diseñada por el arquitecto Roberto Milesi para las fiestas, que juega con el número capicúa del nuevo año 2002 como factor de suerte. Col. AFT
Fig. 89: Aviso publicado en programas de teatro del Paseo La Plaza, 2006.
http://www.busarg.com.ar/07_junio/f90.jpg
Fig. 90: Invitación al acto recordatorio del 30º aniversario de la "Noche de los Lápices". Durante esa jornada, estudiantes secundarios de La Plata, que militaban para conseguir el boleto estudiantil, fueron secuestrados por la dictadura militar. Página 12, 15/9/2006.
Los chicos porteños (y de varias otras ciudades) ya no jugarán, ordenando las sillas, para armar un improvisado colectivo en medio del comedor. Ya no desaparecerán de su lugar la tapa de la olla y el plumero, convincentemente transformados en volante y palanca de cambios. Y sobre todo, mamá ya no encontrará en el especiero, convertido a la sazón en boletera, los papelitos multicolores cuidadosamente alisados para "vendérselos" a todos los integrantes de la familia.
No obstante, por mucho tiempo seguirán fabricándose boletos tradicionales para líneas del interior del país y, por supuesto, para calesitas.
ANIBAL TRASMONTE
Abril 2007
GLOSARIO:
Arbolito: Término acuñado durante la época de la fiebre del dólar. Persona que ofrece cambio de moneda fuera del circuito oficial.
Avivada: Acción y efecto de avivarse. Sacar ventaja. Aprovecharse indebidamente de una situación en beneficio propio.
Batidor: Delator. En el hampa, informante de la policía.
Berretín: Capricho. Deseo vehemente, obsesión. Ilusión.
Bondi: Derivación de bond, bonos del tranvía en Rio de Janeiro, y por extensión el vehículo, que popularmente pasó a ser bonde (pronunciado bonyi). En Buenos Aires, tranvía. Actualmente se aplica al ómnibus urbano.
Burrero: Aficionado a las apuestas en las carreras de caballos.
Calesita: Carrusel, tiovivo.
Canchero: Diestro, hábil; experimentado y ducho en determinada actividad.
Colado: El que se escabulle para pasar sin pagar.
Compadre: Altanero, presumido y jactancioso.
Lunfa: Apócope de lunfardo. Jerga originada en el ambiente del hampa, en la Buenos Aires de fines del siglo XIX, luego extendida por el área rioplatense.
Pozo: (Jerga colectivera) Hueco de la caja de los escalones, que forma un espacio cúbico cuando la puerta plegadiza está cerrada, en el que solía ubicarse un amigo del conductor, que con un pie en el escalón y el brazo apoyado sobre el respaldo del asiento del colectivero, charlaba o elogiaba a las pasajeras meritorias. Este espacio desapareció con las unidades frontales.
Punga: Apócope de punguista. Carterista. Ladrón que aprovecha las aglomeraciones para robar billeteras con destreza, sin ser notado. Trabaja habitualmente en los medios de transporte.
Requemada: Muy quemada. Quemado tiene varias acepciones. En este caso, al decir de los punguistas, es una línea donde ya no se puede trabajar, por muy conocida o muy vigilada.
Retacón: Persona de baja estatura.
Rope: Perro al "vesre", forma popular de hablar cambiando el orden de las sílabas de las palabras.
Subte: Metro urbano en Buenos Aires.
Viejo Gómez: Del tango "Dónde hay un mango", (Ivo Pelay y Francisco Canaro,1933), cuyo estribillo pregunta "¿Dónde hay un mango, viejo Gómez?", en alusión a la crisis económica.

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