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Arde Buenos Aires (por Fernando Peña)

Info2/15/2009

Me veo con la responsabilidad de hacer un programa de 7 a 10 de la mañana. Puse el pecho y ¡oh novedad! se puede informar y hacer reír.

Fernando Peña




Hace unos años, durante un reportaje, una periodista me preguntó cuál era la diferencia entre hacer radio a la mañana y a la tarde. Hasta ese momento había hecho radio de 10 a 14. Por cuestiones estratégicas de pronto me veo con la responsabilidad de hacer un programa de 7 a 10 de la mañana. Un “informativo… informativo pero con humor… relajado… vos sabés… que informe y entretenga… la gente ya está aburrida de los formatos que hasta ahora se vienen repitiendo…” Muy bien, le puse el pecho al toro y tomé la responsabilidad de hacer un programa informativo con humor a primera hora de la mañana en una FM. Esto fue hace cuatro o cinco años atrás, recién empezábamos Pettinato, Vernaci y yo. ¡Oh novedad!, se puede informar y hacer reír. Era distinto, era diferente y pegó.

Después de unos meses de estar en el aire me hicieron un reportaje, no recuerdo para qué medio era, pero sí recuerdo la pregunta. La periodista me preguntó qué cosa me llamaba la atención del oyente de la primera hora de la mañana, qué diferencias había entre el oyente de la primera mañana y el de la segunda. Me encantó la pregunta, nunca me había puesto a pensar en eso. Los reportajes siempre son como una sesión de análisis, uno se ve obligado a analizar y a pensar cosas que tal vez jamás le hubieran llamado la atención. Pensé, pensé… se me ocurrían un montón de respuestas que quedaban divinas, cerraban perfectamente, eran respuestas perfectas… pero no eran la verdad. Me retumbaba en el cerebro la pregunta de la periodista, me miraba a los ojos como si supiera lo que yo debía contestar. Sentí que la periodista sabía, intuía la respuesta. No le podía mentir. A veces en los reportajes uno puede contestar correctamente y zafa, pero otras veces, cuando la persona además de preguntar mira, acosa, y hasta amenaza, es un deber regalarle la verdad. “¿Te repito la pregunta? ¿Cuál es la diferencia entre el oyente de la primera mañana y el de la segunda mañana?”, repreguntó la periodista. No tenía más tiempo, y tampoco tenía ganas de seguir buscando, entonces vomité con sinceridad: “El oyente de la primera mañana está más caliente”. Ella me miró sin entender, no sabía si era un chiste, una ironía, un sarcasmo típico de mí, o si era la verdad. “¿En serio me decís?”, volvió a preguntar. “Sí”, le contesté mirándola con una inocente resignación. “¿Y cómo es eso?”, preguntó ella… y comencé a explicarle lo que sentía.

Comencé a explicarle que siento que nuestra sociedad vive caliente. Uno dice en la radio “café con leche” y ya la palabra “leche” se desdibuja o se dibuja con una carga sexual. Los taxistas piensan en doble sentido inmediatamente, la secretaria que va en el tren por alguna razón baja el volumen de su walkman y siente que los pezones se le erizan tan sólo por escuchar la palabra “leche”. Buenos Aires es sensual y sexual, la frenadas de los coches son una fornicación, el chillido de las gomas, la palabra “goma”, la velocidad que toman los autos al poner primera hablan de un impulso peneano. Sacar la mano por la ventanilla a pesar de haber puesto el guiño, hacerle luces altas al de adelante para que se corra a la derecha, torearlo, apurarlo de atrás habla de una sociedad con la sexualidad y la sensualidad a flor de piel.

Hay miles de detalles, sólo hay que observar. El guarda cuando pica el boleto lo hace con fuerza, con decisión, con intención, con dominio. El pasajero cuando entrega el boleto no solamente entrega el boleto y se lo deja picar con placer, el pasajero queda aliviado, satisfecho, con una sensación de haber cumplido. Los mozos son sensuales y sexies, los policías desaliñados emanan un olor de carne que pide, un uniforme hediondo, una actitud que habilita. El cana está parado y te mira como diciendo puedo hacer lo que quiero con vos, te paro, te meto adentro, denunciame, dale que va. Las viejas que barren la vereda descargan y hacen brotar de sus escobas una frustración que arde. Los guardapolvos de las maestras, tan blancos, tan vírgenes hacen que ni siquiera se nos ocurra pensar en algo carnal y justamente por eso pensamos en matambre, en una colita de cuadril mechada. Los periodistas hablando de Corsi, criticando, opinando. Puedo ver en esos periodistas, en sus ojos, en sus pupilas, un contradictorio deseo de que Corsi sea culpable… una esperanza de poder gritar y sentenciar que por lo menos alguien lo hizo.

Y miro para todos lados en Buenos Aires y todo es sexual: la parrillada, el asado grueso, el costillar, los pescadores en la costanera, la carnada, los tacos de las mujeres que hacen trrrrak en las baldosas, los floggers, los basureros de Manliba haciendo ese ruidito con los labios, el colectivero que les grita a los pasajeros que vayan pasando para atrás, las viejas que se paran firmemente y erectas reclaman sus derechos, los paseadores de perros que pueden con decenas de correas de cuero y manadas machos y hembras, los motoqueros que te pasan raspando y te acarician con el muslo la puerta del auto, los mancos que piden limosna y te meten el muñón por la ventanilla del auto sin permiso y sin vergüenza haciéndote pensar en la posibilidad de morder ese cacho de carne, aunque sea con bronca, las ambulancias que te asustan desde atrás con esas sirenas penetrantes y paralizadoras, las judías que corren por Palermo a las 8 de la mañana, calientes, vacías, pidiendo, rogando, el chamuyo, la mentira, el verso, el afano, el secuestro, el caño en la sien, que se estén yendo para arriba en la Villa 31, los choques múltiples, los aprietes, un bebé en el inodoro, la carne fláccida de los monseñores, las corbatas de seda de los periodistas de los noticieros, el grito de los heladeros y el golpe del diario en la puerta, los barrabravas, el sauna del subte, la desobediencia, la señal de la cuenta y del cafecito, los pasajeros agarrados de la argolla, el flujo de monstruos en Retiro, los baños públicos, las hamburguesas, las plazas, el Obelisco, la avenida más ancha y la avenida más larga, el rating, la fiebre, los chismes, el pestañeo de la gente, los mocasines gastados… y hasta el macanudismo y el maltrato… y hasta tal vez el invento del día de San Patricio y millones de yuppies que saltan en traje hacen de Buenos Aires una ciudad que vive caliente.


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