
El ser humano es un animal tan loco como para ser capaz de morir por amor, vivir por amor y matar por amor. Podemos definirlo como placer o como condena, ya que somos seres complejos diseñados para enamorarnos de algunas personas, pero no de otras. En realidad, lo que hace que nos decantemos por alguien no es más que una serie de impulsos químicos provocados por nuestro sistema nervioso.
Uno de los deseos más primitivos del hombre es, por ejemplo, un buen olor. Los olores no son más que moléculas volátiles a las que asignamos valores. Percibimos en seguida el olor a pan recién hecho, promesa de un buen festín; al igual que la carne putrefacta, señal de enfermedad. Con las personas sucede algo parecido: captamos el olor que otros desprenden gracias a las feromonas.
Las feromonas son sustancias químicas que, al ser percibidas por el olfato, pueden provocar un estado de excitación inconsciente. Ya en el antiguo Egipto se elaboraban perfumes en los que se mezclaban fragancias y sudor de hombres fornidos porque se intuía el poder afrodisíaco que transpiraban.
Las mujeres, especialmente durante la ovulación, suelen segregar feromonas que impactan en los sistemas nervioso y circulatorio masculinos. Al percibirlas, en el cerebro de los hombres se disparan la dopamina y la serotonina, hormonas que provocan el deseo y la necesidad de satisfacer el placer. Existen estudios científicos que indican que los varones son más proclives a dejarse llevar por las señales olfativas.
Por qué nos besamos
Además del ser humano, animales como los chimpancés y los jabalíes también se besan. Un beso apasionado provoca la liberación de adrenalina en la sangre, con la consiguiente aceleración del ritmo cardíaco y de la presión arterial. La molécula relacionada con los besos es la oxitocina, más conocida como “molécula de la monogamia”, que se vincula con el afecto, la ternura y el orgasmo.
Algunos expertos asocian también los besos a un conjunto de genes presente en todos los mamíferos: el Complejo Principal de Histocompatibilidad (MHC). Concebir un bebé con alguien que tenga un MHC similar al propio es peligroso para el feto, por lo que animales, como los ratones, intentan evitar a este tipo de parejas.
Un experimento elaborado por la Universidad de Berna en Suiza demostró que la mayoría de mujeres que olían camisetas masculinas se quedaban con las que contenían un MHC diferente al suyo. Como el compuesto también se encuentra en la saliva, algunos científicos consideran que el beso es como una especie de examen de sabor que hay que pasar antes del coito.
A ellas les gusta…
Una voz profunda. La revista Biology Letters publicó un estudio llevado a cabo en la tribu Hazda de Tanzania, en el que se concluía que los hombres con voz más grave tenían más hijos que los de voz aguda. Al parecer, una voz más varonil provoca un mayor nivel de testosterona, la hormona que en el hombre permite desarrollar los músculos con poco esfuerzo. Por eso otros experimentos han dado como resultado que los hombres con voz profunda suelen tener una fuerte constitución física y resultar más atractivos.
Llegados a este punto, las lectoras querrán escuchar la voz de Brad Pitt o George Clooney, mientras que a los varones les interesará otra investigación publicada en la revista Neuroimage, según la cual la ciencia ha descubierto que la voz femenina puede llegar a agotar el cerebro del hombre.
Pero dejando las cuerdas vocales aparte, y a modo de recomendación para todos, que nadie se precipite al escuchar una voz, porque como dijo Quevedo: “Los que de corazón se quieren sólo con el corazón se hablan”.