Gavin McFarland, de 14 años y natural de Utah (EE.UU.) sabe qué es llevar una “M” y “c” en su apellido: conoce las hazañas de su familia y se siente orgulloso de pertenecer a uno de esos clanes que, una vez, sirvieron gallardamente a los Estuardo.
Así, un día y sin importarle el “qué dirán” se puso el kilt con los colores de su clan y fue así al instituto. Con la cabeza bien alta, con determinación y pensando “Escocia será un día libre”.
Pero el director del centro, sin duda heredero bastardo de aquellos casacas rojas que una vez quisieron pisar el cardo escocés hasta que no quedara de él ni una brizna, decidió que en su instituto no había lugar para faldas. ¿Qué se le ocurrió decir? Nada más y nada menos que una prenda así podía ser “malinterpretada” por los allí presentes: no sólo se rió de las sagradas Highlands, sino que pretendía que una prenda totalmente viril apareciese ante los demás como una amanerada faldita de cuadros.
Gavin se negó a quitárselo y en una lucha épica, esgrimió el glorioso pasado de los McFarland como si de una claymore se tratara. De nada sirvió, una vergonzosa orden de expulsión fue tramitada por el director.
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