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Sobre el Monopolio Pejotista de los Muertos

Publicado por Fernando A. Iglesias



Empieza bien José Pablo Feinmann su nota en pagina12 sobre el uso político de los muertos, afirmando que de un muerto se puede decir cualquier cosa porque no podrá refutarla, que se podrá hacer de él cualquier uso porque no podrá negarse, que cualquiera puede declararse su heredero porque no estará allí para desautorizarlo. Más raro es que utilice estas afirmaciones para referirse a la muerte de Alfonsín y que llegue al punto de decir que la capacidad de morirse en el momento adecuado es una modalidad radical. Y digo que resulta raro que Feinmann conecte el uso político de los muertos con la UCR cuando el partido verdaderamente experto en estos menesteres, el que usa y abusa del monopolio del uso político de los muertos es el pejotismo hoy liderado por Néstor Kirchner, del que Feinmann es confeso admirador. Un simple repaso de los presidentes que ha dado al país bastaría para dejar mal parado al Pejota, que a pesar de haberlo gobernado la mitad del tiempo desde su aparición y haber dado al menos una decena de presidentes a la Argentina sólo puede reivindicar –parcialmente- el saldo del primer gobierno de Perón. La simple enumeración de las presidencias pejotistas resultaría indigesta para cualquier estómago, de manera que el pejotismo se ha encargado desde siempre de fabricar su propia tradición, haciéndola arrancar directamente del fundador de la patria, San Martín. La consigna que ilustra este infame uso político de los muertos acudió a la metáfora de la “línea histórica” para juntar a San Martín con Rosas y Perón, con la incorporación posterior al panteón del radicalísimo Hipólito Irigoyen, sin que Feinmann haya expresado oposición .
Antes de ponerse absurdo al criticar a los radicales por “apropiarse” de Alfonsín (sic), ¿está seguro Feinmann de que si San Martín viviera sería peronista?, ¿está seguro de que Irigoyen se afiliaría al Pejota? Todo esto no merece que Feinmann se refiera al uso político de los muertos por parte del Pejota, maniobra que indigna su indignada pluma por el hecho, perfectamente justificado, de que algunos afiliados al radicalismo hayan reclamado para el radicalismo la figura de Alfonsín.




En esto y en casi todo, el pejotismo ha ido mucho mas allá que nadie, amontonando cadáveres del panteón nacional en un inmodesto apilamiento de cajones y sumando como propias a figuras que fueron reconocidos antiperonistas; entre ellos Julio Cortázar, que se marchó a París después de escribir “Casa tomada”, o el Che Guevara, que jamás fue peronista y sin embargo flamea hoy junto a Cortazar en las banderas de los muchachos de la Juventud Maravillosa.
De lo que se queja Feinmann, por lo tanto, no es del uso político de los muertos sino de que existan otros partidos en la política argentina además del que preside Kirchner, y que además pretendan disputarle al Pejota la propiedad de todos los muertos del país. Es notable también que Feinmann afirme que “de los hechos lo que importa son las interpretaciones, según estableció genialmente Nietzsche y siguió Foucault y nosotros, aquí, ya lo sabíamos”. Se trata de una clara aceptación de que el kirchnerismo es un mero relato posmoderno cuyo contacto con la realidad no sólo se niega, sino que Feinmann declara irrelevante, complementando en el plano filosófico las barrabasadas de Moreno al frente del INDEC. Todo lo cual permite que los K sigan hablando de redistribución de la riqueza después de cinco años de crecimiento a tasas chinas y cuando los índices de indigencia y de pobreza se acercan ya a los de 2001 y los de la brecha de ingresos están aún peor. Está bien que Feinmann y los cartabiertistas más o menos convencidos convenzan a los turistas de que los chicos que revolean pelotitas en la 9 de Julio forman parte de una escuela de malabarismo, pero los que vivimos en este país sabemos la verdad, y sabemos también que de un relato no solamente importan las interpretaciones, como defiende Feinmann.

Y por si todo al arsenal postumo de relatos sin conexión con los hechos no fuera suficiente, el kirchnoperonismo se luce ahora con otra figura que es puro relato. Incapacitados por circunstancias biológicas de poner a la misma Evita en la lista presentan ahora a su alter ego Nacha Guevara, cuyo principal mérito político es haber actuado de Evita, confirmando que “de los hechos lo que importa son las interpretaciones”, en particular: las teatrales.
Se indigna Feinmann por la presencia del vicepresidente Cobos en el cortejo fúnebre de Alfonsín y por sus saludos a la multitud. Sin necesidad de justificar a Cobos, es interesante comparar su conducta, que Feinmann califica de escandalosa, con lo sucedido hace pocos años en el segundo entierro de Perón. Por entonces, en el camino a San Vicente, se produjeron ciertos festivos incidentes entre la patota de la UOCRA y sus colegas de Camioneros. ¿Qué escribió el ahora indignado Feinmann sobre el uso de los muertos célebres para dirimir en un entierro de segundas nupcias la interna de la burocracia sindical? Escribió: “… el ser nacional… se expresó, como todos saben, en las fragorosas jornadas de San Vicente, donde se pudo ver que del peronismo se podrá decir cualquier cosa, pero que aburrido no es, porque, digamos la verdad, ¿alguien imagina a la gente del ARI entreteniendo así al país entero?, honestamente: hay que decirlo, aquí, sin el peronismo, ni los diarios saldrían, ni noticias habría, en cambio con el peronismo, todos comen con el peronismo, y muchos se comieron, en San Vicente, una paliza de aquéllas, y los muchachos con los palos esos, la gente paga guita para ver Kill-Bill, esa de Tarantino con Uma Thurman, y los peronistas te dan Kill-Bill en vivo y en directo, con sangre de verdad, y no sólo con palos, con tiros también, porque ahí nomás un pirado se puso a tirar tiros para todos lados, y la gente de cualquier otro partido, los radicales digamos, ésos se rajaban todos y se acababa el espectáculo, en cambio los peronistas se quedaron y se siguieron amasijando sólo para dar espectáculo, para la tribuna, que es el país, y por el país los peronistas hacen todo, se estrujan, se escupen, se amasijan y todo, como si fuera poco, junto al féretro de Perón, y alguien me contó que Kirchner ordenó levantar el acto y alguien le preguntó: ‘¿Y con Perón qué hacemos?’… lo cual es grave, porque el peronismo es la Argentina, cosa que todos habrán notado por el aspecto famélico que tiene el anti-peronismo, y si el peronismo es la Argentina, entonces el peronismo no sabe qué hacer con la Argentina, lo cual ya es más que grave, terrorífico, porque el famélico anti-peronismo tampoco sabe qué hacer con la Argentina salvo gritar ‘¡barbarie! ¡barbarie! ¡barbarie!” En suma: que la sonrisa de Cobos es escandalosa y los tiros de Madonna Quiroz son divertidos, en tanto por el país los peronistas hacen todo y el peronismo es la Argentina. ¿La oposición? El ARI es aburrido e incapaz de tirar tiros para divertir a los Feinmann y los radicales se rajan todos y la oposición nunca sabe qué hacer, según Feinmann, cosa que el Pejota sabe muy bien y lo ha demostrado, por cierto, en estos veinte años que ha gobernado casi ininterrumpidamente el país.
Sostiene Feinmann que el uso político que se ha hecho de Alfonsín muerto es “obsceno”. ¿Qué palabras se aplican entonces a su desembozada justificación de la barbarie de la suprema burocracia sindical? Tampoco sé si Feinmann tiene razón cuando dice que los radicales como Alfonsín “saben morirse en el momento oportuno”. Sí sé que el general Perón se murió en un momento verdaderamente inoportuno, es decir: cuando era un anciano gravemente enfermo y a pesar de saberlo nos dejó el legado inmortal de Isabelita vicepresidenta predestinada a la presidencia, con el brujo López Rega y la Triple A detrás: ¡Qué divertido! Debería acordarse Feinmann, que seguramente tuvo muchos compañeros que sufrieron esas violencias y muertes, así como debería acordarse Nacha Guevara, que por esas persecuciones se fue del país.



¿Qué más decir? A Feinmann lo han perdido un par de llamadas telefónicas que le han hecho creer que podía ser el filósofo del estado kirchnerista, como su ex maestro Hegel lo fue de otra monarquía, la prusiana. Lamentablemente, las promesas de K se desvanecieron en el aire, para él como para todos, y el pobre Feinmann ha terminado como filosofo oficial sí, pero de Canal 7. Al fin de cuentas, ¿cuáles fueron los pecados radicales que tanto indignan a Feinmann? Es cierto se exageraron las virtudes de Alfonsín. Es cierto se disimularon sus carencias. Es cierto se realizó un balance exageradamente positivo de su figura, se exaltaron sus luces y se olvidaron sus sombras. En suma, nada demasiado diferente en lo que sucede en cualquier buen velorio de barrio en donde cualquiera adquiere ignotas virtudes por el simple expediente de morirse. ¿Qué es pues la indignación de Feinmann sino la defensa del monopolio pejotista del uso de los muertos? Y aún más significativo es que Feinman se indigne por el calificativo dado a Alfonsín de “padre de la democracia”. Comparto la indignación pero mis motivos son bien diferentes: el concepto de democracia que invoca la idea de “padre de la democracia” alude a una figura muy cercana al monarca que otorga derechos y concede libertades como un gracioso don. En cambio, la democracia no tiene padres sino hijos, hijos que como tales se han proclamado a sí mismos desde la Revolución Francesa, y más que hijos hermanos, hermanos fraternos, de donde vienen el tercer principio de aquella revolución que proclamaba no solo la libertad y la igualdad sino la fraternidad. Pero Feinmann, buen jacobino del siglo XXI, en lugar de enojarse porque alguien sostenga que la democracia tiene un padre se indigna por la elección que hacen los radicales de ese padre y exclama: “Es una ofensa que nos vengan con eso del padre de la democracia. ¿Qué somos, tarados? Señores, antes que Alfonsín estuvo Yrigoyen… y el primer peronismo… y Cámpora”. Mejor que Alfonsín es Irigoyen y aún mejor que Irigoyen es el primer peronismo, y mejor que el primer peronismo es Cámpora.
Para Feinmann, la idea de que la democracia no tiene padres es inconcebible. En su desesperada búsqueda del padre ausente mezcla reivindicaciones con abominaciones. Un día Perón es el líder de un movimiento que “significó la inclusión de los pobres”. Cinco párrafos abajo, la Juventud Maravillosa estaba de fiesta “hasta que vino Perón y se pudrió todo”. Curiosamente, cuando enumera los méritos del período camporista, el mismo Feinmann que sostiene que “A los pobres no se los alimenta con las palabras república o instituciones. Se los alimenta con alimentos, con trabajo, casas de material…” no se refiere a la disminución de la pobreza, ni a la mejora de las condiciones de trabajo, ni a un mayor grado de desarrollo del sistema productivo, sino “al discurso de Righi a la policía, el de Vázquez en la OEA, la libertad para leer, para ver todas las películas del mundo, para discutir. Para el protagonismo popular. Para llevar Shakespeare a las villas con Gené, Pepe Soriano, Laplace, Briski. Hasta que vino Perón y se pudrió todo” (SIC). Todos temas de extremo interés para la clase obrera de aquellos tiempos, seguramente convencida de que la realidad es un relato y que “de los hechos, lo que importa son las interpretaciones”.



Raro programa es el de Feinmann, en el que una juventud maravillosa “llevaba Shakespeare a las villas”, arriesgada estrategia cultural que si hoy la impulsara Macri provocaría la hilaridad de Feinmann. Y sigue después el buen José Pablo dando por sentado que fue un “golpe de mercado” el que tumbó a Alfonsín. Se le escapa que a Alfonsín no lo voltearon los mercados ni los herederos de aquella juventud maravillosa que en su acto final de delirio tomaron La Tablada. A Alfonsín lo terminaron volteando sus incapacidades en el manejo de la economía, y sobre todo, los saqueos que organizaron en los suburbios de las grandes ciudades esos miembros del aparato del Partido Justicialista a los que Feinmann se esfuerza por ignorar. Si la hiperinflación y la fuga de divisas hubieran sido decisivas para la caída de Alfonsín, no se explica cómo fue que el gobierno de Menem sobrevivió, poco más tarde, a un pico de inflación todavía peor; acaso porque los gobernadores e intendentes del Pejota no se dedicaron a llevar gente enardecida a las puertas de los supermercados de la patria.
Poco antes de morir, el mismo Alfonsín lo dijo con claridad ante las cámaras de TV: los mismos que habían ido a verlo para pedirle que renunciara en nombre de su “responsabilidad institucional” lo acusaron después públicamente diciendo que “se había escapado”. No es casual este olvido de Feinmann de los errores económicos cometidos durante seis años por Alfonsín, que llevaron a la hiperinflación, a la crisis energética y al fracaso de un país que creyó que la modernización y la productividad eran axiomas neoliberales y creó un modelo proteccionista-aislacionista que se cayó apenas las circunstancias externas se pusieron difíciles. No es casual este olvido en momentos en que, después de cinco años de oportunidades inéditas, la incompetencia kirchnerista llevó al país a una inflación altísima que erosionó los beneficios del crecimiento para los argentinos pobres, a la incapacidad de sustentar el pago de la deuda a pesar del paga-Dios de hace pocos años, a un déficit energético creciente y a la consolidación de un país que sigue siendo tan atrasado en su perfil productivo y tan injusto en su perfil social como era seis años atrás. Fueron también los errores populista-nacionalistas de Alfonsín los que abrieron la puerta a diez años de hegemonía menemista, así como los errores de Kirchner amenazan hoy con permitir un nuevo movimiento hacia la derecha del Pejota. La posibilidad de que haya alternativas al péndulo fatal entre el neoliberalismo menemista y el neopopulismo kirchnerista -ambos significativamente pejotistas- como las que llevan adelante gobiernos progresistas y responsables como los de Uruguay, Chile y Brasil, no existe para Feinman ni para Kirchner: todo es el Pejota presente o el Pejota del pasado. El futuro no está más. ¿Quién se lo habrá robado?
Resulta al menos curioso que un artículo que arranca indignándose por el uso político de los muertos termine con esta pregunta: “¿Quién se le parece más [a Alfonsín], Cristina Fernández o la oposición mediática y cacerolera?”; lo que desnuda a fondo a Feinmann, que no critica el uso político de los muertos sino la violación del monopolio del uso político de los muertos por entidades ajenas al Pejota, gran enterrador nacional.
Si lo dejaran, si al menos le hicieran caso, el kirchnerismo asesorado por Feinman dejaría de quejarse de que ningún gobierno hizo nada por los derechos humanos hasta el advenimiento de Kirchner al poder, e incorporarían -en una osada maniobra típica del mercado futbolístico- a la figura de Alfonsín al kirchnerismo, acaso reemplazando el conocido saludo alfonsinista de la toma de manos por la exposición de ambas manos con los dedos en V.
Semejantes arbitrariedades pro-pejotistas no son casuales en Feinmann. Expresan la mayor de sus preocupaciones políticas, que no consiste en que en un país que produce alimentos para 300 millones de personas los chicos sigan teniendo hambre después de seis años de crecimientos chinos, ni en que la estructura de distribución de la riqueza sea hoy aún peor de la que existía en el 2001. La preocupación que tiene en vilo a Feinmann, y la que explica lo mal que le ha caído el primer entierro de Alfonsín y lo divertido que le ha parecido el segundo de Perón, es la obsesión porque no le digan “gorila”, adminículo idiomático que permite identificar a los que critican al glorioso Partido Justicialista con los enemigos del pueblo y del país. A este país, en suma, dice Feinmann, sólo el Pejota –el Pejota de los Kirchner, Moyano, Moreno, Rico, Saadi, Curto, Barrionuevo (y Felipe-Mauricio-Francisco, cómo no)- lo puede gobernar. Y así nomás lo gobiernan desde hace un ventenio, con la ayuda inestimable de los que siguen haciendo entrismo con la ilusión de educar al Príncipe Pejota de turno, ignorantes de la memoria de la que tanto hablan sin parar.


FUENTE: http://fernandoiglesias.blogspot.com/




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