El aparato que vendió 385 millones de unidades en sus 30 años era caro, enorme y pesado, según un experimento de la BBC con un joven de 13 años al que le cambió su iPhone por el primer modelo de Walkman que conoció la cultura joven.
Pese a todo, el hermano mayor del discman, el minidisc, el mp3 y mp4, y el iPod llegó a transformarse en un símbolo de los 80. “Volvimos de París y todo el mundo estaba usándolo”, le dijo Andy Warhol a The Washington Post. También le dijo que lo ayudaba a no despeinarse.

El prototipo, con auriculares enormes, y un modelo deportivo.
A poco que salió a la venta en Estados Unidos, el New York Times ya estaba retratando en sus páginas la tendencia, con sus pro y sus contra en forma de textimonios. Es que la llegada del nuevo gadget fue recibida como un gran aporte a la interacción humana, por su posibilidad de impedirla.
Un hombre vendía con tristeza su Walkman a un amigo a pedido de su mujer, que “insistía en que yo desafinaba cantando reggae”. Pero otro hombre confesó que salía a bailar con una mochila repleta de casettes por si no le gustaba la música que pasaba el DJ. Por entonces, los casettes desplazaban a los vinilos ¿para siempre? al estandarte de objeto vintage.
Hacia fines de los 70, Akio Morita, ejecutivo co-fundador de Sony, encargó a sus ingenieros la creación de un aparato para escuchar música de forma individual. Algunas investigaciones actuales dicen que lo quería para amenizar sus partidos de tenis. Así nació el Walkman (un nombre que nunca le gustó del todo a Mr. Morita).
Modelo de sólo radio, y uno del siglo XXI, con archivos musicales.
El Walkman TPS-L2, un dispositivo azul plata con una salida estéreo, dos entradas para audífonos, cuatro botones y un indicador de luz para la batería, fue presentado el 1 de julio de 1979, y representó un gran descubriento: ya nadie estaba obligado a escuchar la música de los demás.
La posibilidad de crear y escuchar un soundtrack propio había nacido, a cambio de 150 dólares –precio al que se vendió el primer modelo–, y con unas baterías que duraban sólo tres horas, nació la práctica de rebobinar con una lapicera para expandir el tiempo de disfrute.
Se transformó en el iPod de nuestros días, el gadget imprescindible para los que buscan el último imprescindible. Un aparto que, por 200 dólares, sin pilas ni casettes, en sólo ocho años y en todo el mundo ya vendió 210 millones.