Esto no es difícil explicar. La admiración es hacia la prosperidad interior de su pueblo, las oportunidades que abundan, el orden y respeto a los contratos y otros derechos, todo lo cual se refiere a la política interna de ese gran país. El antiamericanismo lo causa su política exterior que es considerada por sus críticos como imperialista, como arrogante e impertinente, a pesar de la admirada generosidad de sus programas de ayuda económica y humanitaria.
La cultura de ese gran pueblo durante su desarrollo fue la de respeto al vecino (“mind your own business”), de autosuficiencia (“self-reliance”), de responsabilidad individual (accountability), caritativa y cumplidora de la palabra, de admiración en lugar de envidia al exitoso, de aceptación del riesgo y, hasta hace algunas décadas, la no dependencia de programas de gobierno para resolver problemas personales o familiares. Esa cultura, originalmente individualista y forjadora de su admirable carácter, según muchos está cambiando hacia una de dependencia paternalista y de gobierno benefactor. Pero como es resistente, no veremos sus consecuencias.
Su política exterior, en cambio, con el tiempo adquirió un carácter distinto, sin duda impulsada por buenos sentimientos de ayudar al resto del mundo y la difusión de la democracia. Su entusiasmo, sin embargo, se percibe el deseo de manejar el mundo aunque para ello tenga que utilizar la fuerza. Mientras George Wahington y otros de los próceres fundadores de esa nación deseaban influenciar al mundo con su ejemplo (“a shining city on a hill”), hoy recurren a su intromisión constructivista (“nation building”) en asuntos internos de otros países, intromisión que jamás aceptarían en su propio país, suavizada con ayuda económica, bienvenida por políticos allegados y deseosos de echarle mano a esos dineros con fines políticos. Pero también muy frecuentemente, su intromisión es arrogante y respaldada con la fuerza de su poderío.
Hay, pues, una gran diferencia entre las dos visiones de EE.UU. La primera es admirada y hasta envidiada, mientras que la segunda es resentida como imperialismo impertinente.
Otro trágico y simplista error es que el terrorismo antiamericano proviene de fanatismo islámico. Esto lo contradice, primero, el hecho de que, por mucho, el terrorismo se dirige tanto a EE.UU. como a sus aliados que los acompañan en su presencia militar en territorio soberano de otros y, segundo, la mayoría de terroristas suicidas —según el Prof. Robert Pape de la Universidad de Chicago, autor del libro “Dying to Win”— son seglares (tamiles marxistas, hindúes, PPK turcos) además de musulmanes. Lo que el 99% tienen en común es la presencia de militares extranjeros en su territorio.
La exhaustiva investigación del Prof. Pape revela que las motivaciones de los terroristas suicidas, ya se trate del Medio Oriente, Lejano Oriente, Asia Menor, etc., se debe a la presencia fuerzas armadas extranjeras en territorio que consideran suyo y cita a los voceros terroristas de esos países que así lo han advertido, anunciado y justificado reiteradamente, y que los hechos así lo confirman.
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