Pero lo prometido no se puede falsear en la legislación. Tan pronto uno convierte sus fantasías en palabras y números, aparece la Oficina de Presupuestos del Congreso (CBO, según sus siglas en inglés) y declara que el emperador está desnudo.
El presidente Obama basó la necesidad de reformas en la afirmación de que los costos médicos estaban destruyendo la economía. Es cierto. Pero ahora, para sorpresa nuestra, esa atención universal eleva los costos. Los planes de atención médica de los demócratas del Congreso, dice la CBO, incrementa los costos en algo así como $1 billón más.
Como respuesta, el presidente exigió entonces que cualquier ley que firmara fuese neutral en cuanto al aumento o disminución de los gastos. Pero esto es falso: si urge reformar el sistema de asistencia médica para reducir drásticamente los costos que están originando déficits destructores de presupuestos, esta neutralidad (por definición) nos deja precisamente en el mismo camino que conduce a la insolvencia y que el propio Obama considera insostenible.
Las propuestas demócratas aún son peores, debido a que aumentan los costos, en cuyo caso la neutralidad mencionada implica una elevación compensatoria de los impuestos. Y no se trata sólo de que sea muy antiestimulante endilgarle a una economía profundamente deprimida un recargo al impuesto sobre la renta que afecta de manera directa a la pequeña empresa y a los inversionistas. Lo fundamental en este caso es que la reforma del sistema de asistencia médica acaba desviando para sus propios fines una fuente de ingresos que de otra forma se podrían emplear para poner fin al abismal déficit presupuestario estructural que constituye una amenaza para la economía y el dólar.
Estas contradicciones que saltan a la vista explican por qué los planes de salud demócratas se vienen abajo por su propio peso y por obra y gracia de los mismos demócratas. Max Baucus, presidente demócrata del Comité de Finanzas del Senado fue quien consideró que Obama poco ayudaba cuando descartó gravar el seguro médico que asume el empleador como medio de pagar la ampliación de la cobertura. Son los demócratas conservadores, en lo fiscal de la Cámara, los que se estremecen ante el aumento de los costos de la reforma de la asistencia médica pocas semanas después de haberse tragado la cicuta de Obama en el ruinoso impuesto al carbono según el sistema de limitar y canjear (cap and trade).
Por consiguiente, el presidente está comprensiblemente ansioso por convertir esto en una contienda entre demócratas progresistas y republicanos reaccionarios. Sacó provecho del comentario del senador republicano Jim DeMint —quien dijo que si se contenía a Obama en la asistencia médica esto sería su Waterloo—, al señalar, con una falta de sinceridad perfecta, “que nada de esto tiene que ver conmigo ni tampoco con la política”.
Lo cierto es que todo tiene que ver con él. La reforma de la asistencia médica lleva su marca distintiva. Lo que explica por qué las líneas rojas de Obama se desplazan constantemente. ¿Cobertura universal? Quizás no. ¿Un gravamen a la clase media? Bueno, quizás, pero sólo si ellos no cargan “en lo fundamental” con el peso. Debido a que tiene que ver con él, Obama está bien dispuesto a firmar cualquier cosa siempre y cuando lleve por título “reforma de la asistencia médica”.
¿Qué esto nada tiene que ver con la política? Entonces ¿a qué se debe, para emplear el ejemplo más notorio, que en este gran debate sobre la asistencia médica no hayamos escuchado siquiera una palabra sobre una de las peores fuentes de derroche en la medicina norteamericana: el costo insensato y las recompensas arbitrarias de nuestro sistema de negligencias médicas?
Cuando un neurocirujano paga $200,000 anuales por un seguro de negligencia médica incluso antes de encender las luces de su consultorio o de contratar a su primera enfermera, ¿quién es el que en realidad paga? El paciente, a través de honorarios más elevados que permiten cubrir el seguro.
Y en una justicia de lotería que otorga millones a un demandante mientras otros nada obtienen y donde una tercera parte de todo va a parar a los abogados, ¿de dónde sale el dinero? De las compañías de seguro, que entonces trasladan esos costos a sus clientes mediante primas más altas.
Pero el derroche mayor se produce en el costo oculto de la medicina defensiva: los análisis y procedimientos que los doctores ordenan con el único propósito de protegerse de una demanda. Todo médico sabe, como lo aprendí cuando practiqué la medicina hace algunos años, cuan innecesarios son muchos de los costos médicos cuando la mente está puesta en la ley y no en la medicina como tal.
La reforma de la legislación sobre daños generaría ahorros de miles de millones de dólares. Pero de esto no se habla en los proyectos de ley demócratas. Y Obama no ha dicho una sola palabra sobre el particular durante la conferencia de una hora para explicar su proyecto de asistencia médica. ¿Por qué? No hay misterio alguno. Los demócratas dependen parasitariamente de las grandes donaciones procedentes de abogados defensores.
¿No prometió Obama una política nueva que ponía a las personas por encima de los intereses particulares? Sin duda. Y ahora promete ampliar una asistencia médica segura y de la más elevada calidad… ¡a menor costo! Lo único que no ha prometido es extirpar el mal del corazón humano. Esa legislación se implementará próximamente.
fuente: http://www.neoliberalismo.com/obamacare.htm