Existe la Democracia?
Al mundo no lo gobiernan países, partidos políticos, y mucho menos los pueblos.
Los “representantes del pueblo” son en verdad representantes de una élite globalista de poder que determina el tipo de políticas económicas al que deben ajustarse tanto los países llamados “libres” y “democráticos”, como las dictaduras tercermundistas.
Estas políticas, que incluyen una abultada agenda de guerras, invasiones, fraudes, especulaciones financieras, extorsiones y manipulación mediática, son beneficiosas para mantener un sistema de “libre mercado” en donde las mega-corporaciones controladas por estas elites, se transforman en pulpos monopólicos queconcentran cada vez más el poder económico, asegurándole a sus dirigentes el absoluto control y dominio sobre gran parte del planeta (entiéndase, sobre sus vastos recursos, humanos y naturales).
Pero, ¿quiénes son en verdad los que manejan los hilos del poder?
Los líderes de la banca privada internacional son los verdaderos amos del mundo, junto con las corporaciones y los gobiernos a los que apoyan. Son ellos quienes financian las guerras y las invasiones, son ellos los que las preparan y las llevan a cabo, y son ellos los más grandes beneficiarios de la explotación global imperialista.
La división triangular del poder político en ejecutivo, legislativo y judicial, tal como la postuló Montesquieu, es sólo una fachada de los gobiernos “democráticos” y es, por lo mismo, funcional a los intereses de las elites globalistas anglo-norteamericanas, dado que la fragmentación del poder político sirve para debilitarlo frente al poderío y los intereses de las grandes corporaciones, que con sus cuantiosos fondos, no tiene empacho en financiar candidatos, convertir abogados de rapiña en los más honorables jueces, presionar a los legisladores para que aprueben determinadas leyes, etcétera.
El verdadero triángulo del poder no está compuesto precisamente por los tres poderes de Montesquieu, sino que los tres vértices interdependientes que conforman el triángulo del poder de las elites gobernantes son: el poder económico, el poder político y los medios de comunicación.
El poder económico –claramente predominante- surte de fondos tanto al poder político (financiando el costo de las campañas electorales, los sobornos, el modo de vida de los políticos, y muchas veces sus negocios, legales o no), como también financia a los medios de comunicación (mediante anuncios publicitarios, propagandas, premios, eventos, sobornos, y financiando la actividad de los más “prestigiosos” periodistas).
El poder político, a su vez, responde a los designios del económico mediante la sanción de decretos, leyes, sentencias judiciales y todo tipo de decisiones visibles (como las guerras y las especulaciones financieras) e invisibles (como la generación del “terrorismo” y la propia lucha contra él).
Por su parte, los medios de comunicación brindan cobertura al poder económico haciendo conocer la información que las mega-corporaciones desean que se conozca, y escondiendo o distorsionando la que éstas consideran inconveniente y digna de ser ocultada. De este modo, los medios generan una realidad fragmentada
para el consumo masivo (mediante las noticias, los espectáculos y el bombardeo publicitario) que mantiene a las masas pasivas, desinformadas, distraídas y alienadas al mercado de consumo. Pero siempre cuidando delicadamente que la gente sigan creyendo que se está viviendo realmente en “democracia” y en un régimen realmente “capitalista de libre mercado” - aunque la verdad sea que este utópico y cada vez más lejano “libre mercado” está regido por mega-corporaciones monopólicas que no compiten entre sí, dentro de una falsa “democracia” prostituida por intereses económicos y avaricias personales.
La falta de límites en la productividad infinita de las grandes corporaciones, sumado a su acceso irrestricto a los medios y la generación de imágenes ideales, les posibilita a las mismas alcanzar tales niveles de competitividad que son sólo accesibles para los mega emprendimientos, relegando las posibilidades competitivas de la mayoría de los productores.
Este triángulo del poder necesita expandirse, dada la insuficiencia de los mercados locales y su escasez cada vez mayor de recursos naturales, para conquistar nuevos mercados y hacerse con los recursos de terceras naciones mucho más débiles - ¿por qué no?- como la Argentina.
Cualquier persona que investigue más o menos profundamente sobre la historia política y económica reciente del país, podrá confirmar que desde la última dictadura militar y pasando por todos los presidentes democráticos que se sucedieron, la clase política y dirigencial nacional viene administrando el país, predominantemente, en función de los intereses de los bancos y las corporaciones transnacionales norteamericanas y europeas.
La corrupción política que posibilitó esto no es una suma de individualidades, sino que funciona como un sistema global.
Quien se dedica a la política integra un sistema corporativo de corrupción destinado a gerenciar el país para las elites gobernantes y sus mega-corporaciones financieras y comerciales.
Los medios toman la primera parte, la corrupción política, y esconden la existencia de la segunda: el verdadero rol que juegan los políticos en el saqueo capitalista trasnacional de la Argentina.
De esta manera, al sacársela de su contexto de totalidad significativa, la corrupción se torna un fenómeno de personas, de funcionarios o de políticos, sin conexión con una red más amplia, trasnacional e interconectada entre sí.
¿Y quiénes financian a gran escala a nuestros dirigentes corruptos?
Los bancos, y las mega-corporaciones de origen norteamericano y europeo, comerciales, industriales o de servicios, que se valen de la corporación política para administrar el Estado, sancionar leyes e implementar medidas económicas favorables a sus políticas comerciales.
Esto no debe sorprendernos, aberrarnos ni inspirarnos escepticismo. Argentina es uno más dentro de la gran cantidad de países donde la elite globalista impone sus políticas económicas y lleva a cabo sus campañas de expoliación y usurpación de los capitales y de los recursos humanos y naturales.
Los grandes consorcios mediáticos de la Argentina, sólo muestran interesadamente la corrupción de la clase política, la parte menor de la tajada, y esconden sistemáticamente la macro-expoliación del capitalismo corporativo
internacional en la Argentina, que se vale de esa corrupción para concretar sus operaciones.
La complicidad de la corporación mediática, integrante y beneficiaria del saqueo a través de la publicidad y de las prebendas oficiales a sus negocios diversificados, lleva a las mayorías a pensar que los únicos culpables del hambre y la desocupación en la Argentina son los políticos.
La complicidad mediática saca de escena a los "patrones" y coloca en su lugar a sus "empleados", o sea, los políticos, que obran de "fusibles" para que esos ciclos se sigan repitiendo impunemente.
Esa es la razón principal porqué las famosas "cámaras ocultas" de la TV sólo se ocupan de la corrupción política, particularmente de dirigentes menores, los "perejiles", con los cuales los periodistas ignorantes del sistema se dan el gusto de hacer "justicia mediática".
La corporación mediática, con su bombardeo de noticias, sus voraces campañas propagandísticas-publicitarias, con sus escribas y “creativos” rentados, conforma el tercer vértice de la corrupción y del poder que posibilita el macro-saqueo legalizado y “en paz” por parte del capitalismo corporativo transnacional.
En este tercer vértice del poder, se inscribe la actividad publicitaria, y dentro de ella, el publicista, cumpliendo la función vital para este sistema de corrupción trasnacional, de manipulación de la percepción pública y
enmascaramiento de la realidad corporativa y política.
La publicidad, dado que tiene que legitimar los estilos de vida que sostienen a la sociedad consumista y el negocio de las corporaciones, ha sido convertida por los medios en un poderoso y eficaz discurso justificador, y para las corporaciones, resulta un armamento fundamental para invadir con éxito nuevos mercados, y para asegurarse la adecuada colonización de las mentes de los nuevos consumidores.
Enmascarando el rostro de los políticos, de sus políticas y de las corruptas empresas transnacionales con gestos sensuales, colorinches, griterío e imágenes soñadas, los publicistas contribuyen de forma decisiva a anestesiar la capacidad crítica de la población, a la imposición de una ideología y unos estilos de vida, distorsionando la realidad, idiotizando a la gente, homogeneizando su opinión y sus valores, creando rebaño…
Para los publicistas, la corrupción política y el abuso empresarial, el saqueo sistemático de la Nación, las violaciones a los derechos humanos, el deterioro medioambiental y la devastación de los recursos naturales, la permanente invasión ideológica, la exacerbación del consumo insostenible, la hipocresía y el sarcasmo cómplice de empresas, gobiernos y medios de comunicación en las guerras y las miserias más atroces, son todos asuntos que pueden ser sopesados con una buena humorada, que pueden ser contenidos por un “gag” divertido o un concepto trasgresor.
El publicista obsecuente, ignorante, mercenario mediático y chupasangre, se alimenta de (y alimenta a) estos flagelos sociales.
Los “representantes del pueblo” son en verdad representantes de una élite globalista de poder que determina el tipo de políticas económicas al que deben ajustarse tanto los países llamados “libres” y “democráticos”, como las dictaduras tercermundistas.
Estas políticas, que incluyen una abultada agenda de guerras, invasiones, fraudes, especulaciones financieras, extorsiones y manipulación mediática, son beneficiosas para mantener un sistema de “libre mercado” en donde las mega-corporaciones controladas por estas elites, se transforman en pulpos monopólicos queconcentran cada vez más el poder económico, asegurándole a sus dirigentes el absoluto control y dominio sobre gran parte del planeta (entiéndase, sobre sus vastos recursos, humanos y naturales).
Pero, ¿quiénes son en verdad los que manejan los hilos del poder?
Los líderes de la banca privada internacional son los verdaderos amos del mundo, junto con las corporaciones y los gobiernos a los que apoyan. Son ellos quienes financian las guerras y las invasiones, son ellos los que las preparan y las llevan a cabo, y son ellos los más grandes beneficiarios de la explotación global imperialista.
La división triangular del poder político en ejecutivo, legislativo y judicial, tal como la postuló Montesquieu, es sólo una fachada de los gobiernos “democráticos” y es, por lo mismo, funcional a los intereses de las elites globalistas anglo-norteamericanas, dado que la fragmentación del poder político sirve para debilitarlo frente al poderío y los intereses de las grandes corporaciones, que con sus cuantiosos fondos, no tiene empacho en financiar candidatos, convertir abogados de rapiña en los más honorables jueces, presionar a los legisladores para que aprueben determinadas leyes, etcétera.
El verdadero triángulo del poder no está compuesto precisamente por los tres poderes de Montesquieu, sino que los tres vértices interdependientes que conforman el triángulo del poder de las elites gobernantes son: el poder económico, el poder político y los medios de comunicación.
El poder económico –claramente predominante- surte de fondos tanto al poder político (financiando el costo de las campañas electorales, los sobornos, el modo de vida de los políticos, y muchas veces sus negocios, legales o no), como también financia a los medios de comunicación (mediante anuncios publicitarios, propagandas, premios, eventos, sobornos, y financiando la actividad de los más “prestigiosos” periodistas).
El poder político, a su vez, responde a los designios del económico mediante la sanción de decretos, leyes, sentencias judiciales y todo tipo de decisiones visibles (como las guerras y las especulaciones financieras) e invisibles (como la generación del “terrorismo” y la propia lucha contra él).
Por su parte, los medios de comunicación brindan cobertura al poder económico haciendo conocer la información que las mega-corporaciones desean que se conozca, y escondiendo o distorsionando la que éstas consideran inconveniente y digna de ser ocultada. De este modo, los medios generan una realidad fragmentada
para el consumo masivo (mediante las noticias, los espectáculos y el bombardeo publicitario) que mantiene a las masas pasivas, desinformadas, distraídas y alienadas al mercado de consumo. Pero siempre cuidando delicadamente que la gente sigan creyendo que se está viviendo realmente en “democracia” y en un régimen realmente “capitalista de libre mercado” - aunque la verdad sea que este utópico y cada vez más lejano “libre mercado” está regido por mega-corporaciones monopólicas que no compiten entre sí, dentro de una falsa “democracia” prostituida por intereses económicos y avaricias personales.
La falta de límites en la productividad infinita de las grandes corporaciones, sumado a su acceso irrestricto a los medios y la generación de imágenes ideales, les posibilita a las mismas alcanzar tales niveles de competitividad que son sólo accesibles para los mega emprendimientos, relegando las posibilidades competitivas de la mayoría de los productores.
Este triángulo del poder necesita expandirse, dada la insuficiencia de los mercados locales y su escasez cada vez mayor de recursos naturales, para conquistar nuevos mercados y hacerse con los recursos de terceras naciones mucho más débiles - ¿por qué no?- como la Argentina.
Cualquier persona que investigue más o menos profundamente sobre la historia política y económica reciente del país, podrá confirmar que desde la última dictadura militar y pasando por todos los presidentes democráticos que se sucedieron, la clase política y dirigencial nacional viene administrando el país, predominantemente, en función de los intereses de los bancos y las corporaciones transnacionales norteamericanas y europeas.
La corrupción política que posibilitó esto no es una suma de individualidades, sino que funciona como un sistema global.
Quien se dedica a la política integra un sistema corporativo de corrupción destinado a gerenciar el país para las elites gobernantes y sus mega-corporaciones financieras y comerciales.
Los medios toman la primera parte, la corrupción política, y esconden la existencia de la segunda: el verdadero rol que juegan los políticos en el saqueo capitalista trasnacional de la Argentina.
De esta manera, al sacársela de su contexto de totalidad significativa, la corrupción se torna un fenómeno de personas, de funcionarios o de políticos, sin conexión con una red más amplia, trasnacional e interconectada entre sí.
¿Y quiénes financian a gran escala a nuestros dirigentes corruptos?
Los bancos, y las mega-corporaciones de origen norteamericano y europeo, comerciales, industriales o de servicios, que se valen de la corporación política para administrar el Estado, sancionar leyes e implementar medidas económicas favorables a sus políticas comerciales.
Esto no debe sorprendernos, aberrarnos ni inspirarnos escepticismo. Argentina es uno más dentro de la gran cantidad de países donde la elite globalista impone sus políticas económicas y lleva a cabo sus campañas de expoliación y usurpación de los capitales y de los recursos humanos y naturales.
Los grandes consorcios mediáticos de la Argentina, sólo muestran interesadamente la corrupción de la clase política, la parte menor de la tajada, y esconden sistemáticamente la macro-expoliación del capitalismo corporativo
internacional en la Argentina, que se vale de esa corrupción para concretar sus operaciones.
La complicidad de la corporación mediática, integrante y beneficiaria del saqueo a través de la publicidad y de las prebendas oficiales a sus negocios diversificados, lleva a las mayorías a pensar que los únicos culpables del hambre y la desocupación en la Argentina son los políticos.
La complicidad mediática saca de escena a los "patrones" y coloca en su lugar a sus "empleados", o sea, los políticos, que obran de "fusibles" para que esos ciclos se sigan repitiendo impunemente.
Esa es la razón principal porqué las famosas "cámaras ocultas" de la TV sólo se ocupan de la corrupción política, particularmente de dirigentes menores, los "perejiles", con los cuales los periodistas ignorantes del sistema se dan el gusto de hacer "justicia mediática".
La corporación mediática, con su bombardeo de noticias, sus voraces campañas propagandísticas-publicitarias, con sus escribas y “creativos” rentados, conforma el tercer vértice de la corrupción y del poder que posibilita el macro-saqueo legalizado y “en paz” por parte del capitalismo corporativo transnacional.
En este tercer vértice del poder, se inscribe la actividad publicitaria, y dentro de ella, el publicista, cumpliendo la función vital para este sistema de corrupción trasnacional, de manipulación de la percepción pública y
enmascaramiento de la realidad corporativa y política.
La publicidad, dado que tiene que legitimar los estilos de vida que sostienen a la sociedad consumista y el negocio de las corporaciones, ha sido convertida por los medios en un poderoso y eficaz discurso justificador, y para las corporaciones, resulta un armamento fundamental para invadir con éxito nuevos mercados, y para asegurarse la adecuada colonización de las mentes de los nuevos consumidores.
Enmascarando el rostro de los políticos, de sus políticas y de las corruptas empresas transnacionales con gestos sensuales, colorinches, griterío e imágenes soñadas, los publicistas contribuyen de forma decisiva a anestesiar la capacidad crítica de la población, a la imposición de una ideología y unos estilos de vida, distorsionando la realidad, idiotizando a la gente, homogeneizando su opinión y sus valores, creando rebaño…
Para los publicistas, la corrupción política y el abuso empresarial, el saqueo sistemático de la Nación, las violaciones a los derechos humanos, el deterioro medioambiental y la devastación de los recursos naturales, la permanente invasión ideológica, la exacerbación del consumo insostenible, la hipocresía y el sarcasmo cómplice de empresas, gobiernos y medios de comunicación en las guerras y las miserias más atroces, son todos asuntos que pueden ser sopesados con una buena humorada, que pueden ser contenidos por un “gag” divertido o un concepto trasgresor.
El publicista obsecuente, ignorante, mercenario mediático y chupasangre, se alimenta de (y alimenta a) estos flagelos sociales.
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