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Comunidades científicas..la marginalidad y el reconocimient

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Comunidades científicas entre la marginalidad y el reconocimiento




En las actuales circunstancias de América Latina y muy especialmente de Colombia, las comunidades científicas deben asumir una serie de compromisos frente a la crisis social. En estas circunstancias, las actividades de los laboratorios y de los centros de innovación tecnológica se mezclan cada vez más con cierto nivel de activismo social demostrando así que las actividades científicas y tecnológicas tienen un alto nivel de compromiso con las transformaciones sociopolíticas latinoamericanas.

Una aproximación al desarrollo tecnocientífico de América Latina, debe necesariamente incorporar el estudio de sus comunidades científicas (C.C.), teniendo en cuenta tanto sus nexos sociales internos, en calidad de grupos humanos heterogéneos y complejos, así como la dimensión externa, a través de la “utilidad social" del conocimiento que producen.

Para algunos, hablar de “utilidad del conocimiento”, no deja de ser una herejía, que contradice los principios éticos y morales de la ciencia. Por tal razón, es necesario precisar que estamos aplicando la misma, partiendo de un enfoque social de la ciencia, convencidos de expresar tanto su apropiación social, a través de la participación pública, como su impacto generalizado en la sociedad y en la naturaleza. Asimilando así la utilidad de la ciencia como aquella ganancia social, derivada de su creación, aplicación, difusión, apropiación y asimilación en contextos socioeconómicos específicos.

Por su parte la lectura acertada del perfil de las comunidades científicas, en países en vía de desarrollo, involucra además de las dos instancias mencionadas (nexos internos y externos), una serie de presupuestos bien interesantes. En este orden de ideas, su vida interna, proyecta actitudes, compromisos, ideologías, ambiciones, categorías, liderazgo, así como toda serie de conflictos humanos que de una u otra forma inciden en el desarrollo de sus actividades y especialmente en su posicionamiento dentro de la comunidad científica tanto local como nacional.

En el plano externo, como nicho de saberes, se encuentran sometidos al juego de la competitividad, la evaluación de sus pares, la aceptación social, el reconocimiento, las publicaciones y toda una serie de indicadores cienciométricos, que permiten calificar su visibilidad internacional.

En ambos espacios; las comunidades se ven obligadas a desempeñar roles específicos y estrictamente diferenciados, con respecto tanto a la razón de su ser interno, como al juego de la competencia en que se debate el conocimiento mundial.

Igualmente, las comunidades científicas desarrollan una serie de relaciones, de cooperación o de conflicto con relación tanto al paradigma que comparten o no con relación. En cuanto al reconocimiento externo se refiere este se presenta acompañado de la eterna lucha por legitimar su actividad.

Indiscutiblemente, que un estudio sobre las C:E, debe partir del conocimiento del contexto que las alberga, e impide o estimula su desarrollo. En tal caso, vale la pena recordar que las comunidades científicas representan una categoría social reflejo de realidades específicas, en donde el saber se categoriza de acuerdo a la apreciación y al reconocimiento que el Estado y la sociedad en general manifiestan sobre valor social estratégico del conocimiento.

En tal sentido, el afán de reconocimiento así como la factibilidad de poder aplicar sus saberes, choca con los estrechos marcos de apreciación del conocimiento, en sociedades poco desarrolladas. Así autoestima, estímulos, desestímulos, reconocimiento y desconocimiento juegan su partida en la baraja de la opinión pública y del Estado con relación a la I+D, unas veces a favor y otras en contra, de la sostenibilidad de comunidades científicas especialmente en contextos periféricos.

Indagar un poco en las interioridades y nexos internos, así como en la dinámica de las conexiones externas de nuestras comunidades, requiere como dijimos del conocimiento sobre la realidad interna de cada país. En tal caso, Colombia ofrece un caldo de cultivo, bastante atractivo para la investigación social sobre el desarrollo de la ciencia y la tecnología y muy especialmente, de sus protagonistas; los investigadores y sus consecuentes grupos y centros de investigación.

Puede ser tan heterogéneo este estudio, que podríamos afirmar que el mismo requiere de una aproximación regional diferenciada, al interior del país. Porque los patrones culturales, desempeñan un papel muy importante, así como el grado de reconocimiento institucional y social que haya alcanzado la ciencia y la tecnología, en cada espacio territorial lo que bien podíamos describir como periferias regionales.

En consecuencia, los problemas del conocimiento, son tan locales como nacionales. En este orden de ideas se les exige a las comunidades investigativas, partiendo del conocimiento de sus propias realidades que sepan cuándo, cómo y dónde aplicar la ciencia y la tecnología con el fin de mitigar las convulsiones sociales, producto de la deficiente calidad de vida en un país en donde diariamente se acuestan con hambre 10 millones de colombianos, en medio de un conflicto que poco a poco se transnacionaliza.

De otra parte, es importante considerar que en sociedades inmersas en la complejidad de un conflicto bélico como Colombia, la agenda investigativa adquiere un orden de prioridades específico. En tales circunstancias, la presencia internacional de nuestra comunidad científica no solo se dificulta notablemente, sino que debe involucrar estudios sobre el exilio incluyendo el de orden político de nuestros investigadores.

En condiciones tan adversas, nuestro conocimiento debe estar al servicio de las grandes y urgentes necesidades sociales. Lamentablemente, la situación en que se desarrolla la ciencia deja mucho que desear, y nos coloca en condiciones desventajosas, para enfrentar los urgentes retos sociales, con el fin de contribuir a la paz y al desarrollo nacional.

La ciencia y la tecnología en Colombia, están llamadas a participar activa y creativamente en la construcción de nuevas alternativas paradigmáticas, basadas en el desarrollo humano.

Las comunidades científicas deben por lo tanto, asumir un compromiso ético con el futuro del país. Porque de continuar la precaria situación actual frente al desarrollo científico técnico, corre serio peligro de naufragar el Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología que sustenta sus posibilidades de desarrollo.

En tales circunstancias el desarrollo de la ciencia debe convertirse en un mega proyecto de carácter prospectivo, que cuente inclusive con el apoyo de amplios sectores de la política nacional. No se trata de entregar los laboratorios de investigación a la clase política, la idea es alfabetizar a la dirigencia política y empresarial en los contenidos básicos del conocimiento, así como de sus ventajas implícitas. Construyendo así agendas prospectivas concertadas, lo que exige un arduo trabajo de divulgación y apropiación pública del conocimiento y más que ello, de los beneficios derivados del mismo.

En las actuales circunstancias de desarrollo tecnocientífico mundial, los políticos no se deben conformar con ser asesorados por científicos, deben ir mucho más lejos; aprendiendo y apropiándose de los beneficios de la ciencia y de las innovaciones tecnológicas para así poder asimilar el valor estratégico de la misma, a través de los planes regionales y nacionales de desarrollo.

De otra parte, llegar a todos los espacios del tejido social no es tarea fácil, cuando tradicionalmente se ha considerado que la ciencia y la tecnología, están por fuera y por encima de la sociedad. Esto representa un grave desenfoque porque en las realidades nacionales sucede todo lo contrario, ambas son productos sociales, que crecen o se estancan de acuerdo a determinadas circunstancias históricas.

Las comunidades científicas deben entonces aprender a llegar a la comunidad, escuchar sus demandas y traducirlas en soluciones técnicas y científicas. Para ello se exige un equipo investigativo comprometido con su entorno, conocedor de sus necesidades y ampliamente receptivo frente al valor de las sabidurías locales. Tiene que romper esquemas, aprender un nuevo lenguaje, popularizar su saber y demostrar la eficiencia social de su aplicación. Esto implica una “alianza estratégica” entre ciencia, tecnología, popularización del conocimiento y sociedad.

En tales condiciones, los científicos tienen que aprender a hablar y más que ello interpretar el lenguaje de su tejido social inmediato. Demostrar las bondades de la teorización científica a través de aplicaciones prácticas. Deben estar igualmente, al tanto de todas las convulsiones sociales y políticas del país, trabajar con la industria, la educación, los Sistemas Locales de Innovación (SLI)

Así interactuando en diferentes espacios, el científico aprende y enseña, valora y autovalora sus aportes, es crítico y autocrático, reconoce y se reconoce a sí mismo como agente social de transformación, paz y desarrollo.

En Colombia el rol asignado a nuestro personal científico es diferente por su contexto y por sus alcances, porque debe asumir riesgos y compromisos, construir alternativas, saber correr riesgos, ser comprometido y propositivo desarrollando habilidades, aprendiendo a moverse en diferentes espacios, conjugando los escenarios locales con los nacionales y a su vez con el desarrollo del conocimiento a escala mundial.

La integralidad interna de las comunidades científicas se traduce así en la capacidad de modificar su propia realidad y a su vez saber acercarse a otras realidades afines con los marcos del desarrollo mundial de la ciencia. Se trata de sumar, no de restar esfuerzos, cuando la tecnociencia es una empresa colectiva y por lo tanto interdisciplinaria.

En tales circunstancias, los científicos deben ser grandes innovadores sociales dentro de espacios y realidades diferenciadas, aún al interior del mismo país. Sus retos ya no sólo se plantean en términos de la necesidad de adquirir y asimilar nuevos conocimientos, sino desarrollar el ingenio y la creatividad local y la competitividad endógena.

Por lo anterior, consideramos que al interior de cada comunidad existe un lenguaje cognitivo unificador capaz de llegar a otros espacios tanto afines como divergentes. En tal sentido, la interdisciplina ofrece una interesante alternativa de cohesión del conocimiento, lamentablemente aún su discurso no pasa del plano teórico a la práctica social sostenida, comprometiendo seriamente el quehacer académico en donde nacen, crecen y se reproducen las escuelas investigativas.

Si bien las comunidades deben actuar bajo referentes específicos a sus saberes propios, ello no debe ser impedimento para conformar espacios abiertos a nuevas líneas y alternativas. Claro está que este es un paso difícil de dar, cuando se trata de grupos cerrados, celosos y a veces hostiles entre sí. Fenómeno que naturalmente obstaculiza los procesos de socialización que deben caracterizar la producción de conocimientos.

De todas formas, las actividades científicas como fenómenos colectivos, no escapan a la complejidad inherente a los grupos humanos, con protagonismos, emociones y ambiciones de todo tipo. Todo ello se desarrolla dentro de lo que la Hebe Vessuri describe como “los sentimientos socio sicológicos de periferalidad”.

De acuerdo a lo anterior, la configuración y más que ello la consolidación de comunidades científicas en contextos marginales y periféricos reviste cierta dificultad. Máxime cuando se trata de unirse internamente y fortalecerse a nivel externo, conjugando debilidades y fortalezas, buscando oportunidades y reconocimientos tanto materiales como inmateriales.

Frente a todas las adversidades impuestas por esa realidad marginal, a nuestras comunidades investigativas no les queda otra opción que fortalecer las infraestructuras CT locales uniendo las mismas alrededor del Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología. Sólo así podremos desarrollar capacidades endógenas de negociación internacional, frente a los procesos de deslatinización que ha venido azotando a nuestros países en las últimas décadas.

Las culturas locales con sus saberes y aprendizaje nativos, representan otra interesante alternativa de estudio social, a tal punto que ya se empieza a hablar de “´Glocalización”, exaltando el valor del conocimiento endógeno como parte sustancial del conocimiento universal.

En los momentos actuales, cuando la mirada ética cae sobre los resultados de las investigaciones, para nosotros los periféricos, se abre un mundo de posibilidades a través de nuevas alternativas tecnocientíficas más viables y menos costosas en materia de desarrollo humano y de recursos naturales.

Frente a los enormes problemas políticos y militares, que convulsionan al mundo moderno, el dilema ético sobre la ciencia necesariamente se convierte en tema obligado de debate científico. Surgen entonces serios interrogantes: qué tipo de ciencia necesitamos? Cómo salir del subdesarrollo? Cuál debe ser la visión – misión de las comunidades científicas de la periferia? Cómo encontrar la utilidad social del conocimiento? Cuáles son las reglas que debemos seguir? Existen modelos a imitar? Cuáles son las prioridades? Cómo definir las agendas investigativas? Para qué sirve el conocimiento en un mundo de marginalidad?

Todo esto sucede en un mundo de complejidades y rupturas en donde los agregados científicos y tecnológicos desempeñan un gran papel. Cambiando así los escenarios, los actores, la producción, el consumo, los patrones de conducta y de comportamiento social frente a la tecnociencia.

En un mundo de tecnocultura, tecnoproducción, tecnoindustrialización, tecnoguerras, etc. cuando el conocimiento adquiere nuevas características económicas y la tecnología tiene que rendirle cuentas a la humanidad y muy especialmente a las naciones marginadas de la misma. Porque el desarrollo de la tecnología llegó para quedarse, marcando las fortalezas de unos y profundizando las debilidades de otros. Pareciera que el presupuesto de Eduardo Galeano que divide a ganadores y perdedores se convirtiera hoy en la esencia misma del paradigma de la globalización.

Por esta razón necesitamos hacer grandes cambios en el aprendizaje, producción y socialización de los conocimientos, de acuerdo a las características de nuestra historicidad. La alternativa de mirar y copiar lo ajeno, debe ceder espacio a la originalidad, autonomía y soberanía de los saberes locales.

Bibliografía:
1. ACEVEDO PINEDA, Elsa Beatriz. ¿Deben los científicos participar en política? Revista Innovación y Ciencia. Volumen VII, No. 1. 1998.
2. SONNATI, Stefano. Ciencia y científicos en la sociedad burguesa. Icari editorial, S.A. Barcelona. 1984.
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4. YUNIS, Emilio. Ciencia y política. Ediciones Antropos Ltda. Bogotá. 1991.
5. VESSURI, Hebe. Ciencias y modernidad en América Latina. IVIC – Caracas.
6. VESSURI, Hebe. Ciencia, nación y construcción de modernidad. IVIC – Caracas
7. VESSURI, Hebe. La institucionalización de la ciencia en el mundo en desarrollo. IVIC – Caracas.
8. VESSURI, Hebe. La ciencia y sus culturas.
9. MEYER, Jean Baptiste, KAPLAN, David, CHARUM, Jorge. El nomadismo científico y la nueva geopolítica del conocimiento.
10. VESSURI, Hebe. La academia va al mercado. Relaciones de científicos académicos con clientes externos
11. GALLOPIN, Gilberto, FUNTOWICZ, Silvio, O’CONNOR, Martín, RAVETZ, Jerry. Una ciencia para el siglo XXI: del contrato social al núcleo científico.







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