La siembra directa, labranza de conservación, labranza cero, o siembra directa sobre rastrojo es un sistema de conservación que deja sobre la superficie del suelo el rastrojo del cultivo anterior. No se realiza movimiento importante de suelo (ni araduras ni rastrajes) excepto el movimiento que efectúan los discos cortadores de los abresurcos de la sembradora al abrir una angosta ranura donde se localizará la semilla.
La siembra directa es un sistema que consiste en prácticas agrícolas con reducidas labranzas que mantienen rastrojos sobre los suelos.
Permite producir sin degradar el suelo, mejorar el aprovechamiento de las lluvias y reconciliar la agricultura con la naturaleza.
La siembra directa es la base de un sistema de producción agrícola:
* de alto rendimiento: PRODUCTIVO
* que cuida los recursos naturales: SUSTENTABLE
* que permite obtener ganancias: RENTABLE.
En este sistema conviven una serie de factores o componentes a tener en cuenta, que entre otros incluye: no arar ni hacer otro tipo de laboreos, antes considerados fundamentales.
Los sistemas de labranza conservacionista del suelo y la siembra directa ofrecen numerosas ventajas que no pueden ser obtenidas con la labranza intensiva. Estas ventajas han sido resumidas de la siguiente forma:
1. Necesidades menores de mano de obra .
2. Economía de tiempo .
3. Menor desgaste de la maquinaria .
4. Economía de combustible .
5. Aumento de la productividad a largo plazo .
6. Mejoramiento de la calidad del agua superficial .
7. Disminución de la erosión .
8. Mayor retención de humedad .
9. Aumento de la infiltración de agua en el suelo .
10. Disminución de la compactación del suelo .
11. Mejoramiento de la estructura del suelo .
12. Aumento de la vida silvestre .
13. Menor emisión de gas carbónico a la atmósfera .
14. Reducción de la polución del aire .
¿Por qué se usa?
Para superar los serios problemas que ocasionan las técnicas tradicionales sobre los suelos. La agricultura de décadas pasadas incluía trabajos de laboreo en las zonas más productivas, produciendo una creciente degradación física y química. La erosión hídrica y eólica progresaban a niveles graves y la caída de materia orgánica y nutrientes comprometían la estabilidad estructural de los suelos.
Junto a esto, se registraba un descenso en la rentabilidad y un aumento en el riesgo de la actividad agrícola: la producción disminuía y los rendimientos se volvían inestables.