1978: Argentina, un campeón bajo sospecha
El Campeonato del Mundo que se disputó en Argentina en el verano de 1978 comparte con el de Italia 34 el dudoso honor de ser los únicos torneos mundiales en los que existen graves sospechas de que el vencedor no logró el torneo de forma limpia y sin ayudas externas. Fue un craso error de la FIFA conceder la organización de la Copa a un país sometido a una dictadura militar, pues como ocurrió con el mencionado torneo italiano, el régimen trató de obtener rédito político del triunfo deportivo. Aunque la organización fuera ejemplar, es un campeonato del que no quedó un buen recuerdo. Al menos, el triunfo hizo vibrar durante unas semanas a un país que vivía unos años terribles, y donde se siente el fútbol como en pocos lugares.
Al menos, sí que se puede decir en descargo de la albiceleste que probablemente se tratase del mejor equipo del torneo, o para ser más exactos, el que más creyó en su juego y más fe puso en él. El entrenador César Luis Menotti, consciente de que el defecto capital del futbolista argentino había sido desde siempre la anarquía y el individualismo, se esforzó en crear un bloque solidario y competitivo sobre la base del juego combinativo y de toque. En este sentido, ni siquiera le tembló el pulso a la hora de excluir a un emergente Diego Armando Maradona del plantel mundialista, decisión que posiblemente le hubiera costado el puesto de no haber salido triunfante del torneo.
Menotti basó su equipo en un ramillete de futbolistas con bastante carácter que se acabaron revelando como merecedores de su confianza. En la portería el felino Ubaldo Matildo Fillol, clave en varios partidos; el capitán Daniel Passarella, marcador férreo y duro, a veces violento, que imprimió carácter a la selección; Osvaldo Ardiles, elegante centrocampista y uno de los primeros sudamericanos que triunfó en el fútbol inglés, concretamente en los Spurs; y sobre todos ellos, la figura de Mario Alberto Kempes, delantero de potencia y raza, que superó la desconfianza del público y la sequía en los primeros partidos para acabar convirtiéndose en el hombre del Mundial.
El camino de Argentina hasta la final no fue sencillo. Tras ser relegada por Italia al segundo puesto de su grupo en la fase previa y tener que desplazarse desde la sede prevista de Buenos Aires a Rosario a disputar la segunda ronda, quedó encuadrada en un grupo donde también se encontraban Perú, Polonia y Brasil. Los locales comenzaron venciendo a los polacos por 2-0, en un partido discreto donde Kempes rompió su sequía y Fillol le detuvo un penalty a Deyna al borde del descanso.El siguiente partido de la albiceleste les enfrentó a Brasil, choque de colosos que sin embargo salió feo y duro, con abundancia de juego subterráneo y pocas ocasiones de gol. El empate a cero final hizo justicia, con una selección brasileña bastante discreta, donde sólo destacaron Dirceu, Zico y algunas pinceladas de Rivelino.
logo 78.gif Y el partido final de la liguilla, Argentina-Brasil, ha hecho correr ríos de tinta. Tras la victoria canarinha ante Polonia, los albicelestes necesitaban vencer a Perú por una diferencia de cuatro goles para conseguir el pase a la final, ante un gran equipo peruano en el que brillaban leyendas como Chumpitaz y Teófilo Cubillas. El resultado final de 6-0, con dos goles de Luque y otros tantos del Matador, ha sido fuertemente cuestionado, sugiriendo los polemistas que Perú se dejó ganar. Se alega en este sentido la pasividad de la zaga andina en varios de los goles argentinos, mientras que desde el otro lado se recuerdan dos tiros al poste de Perú en la primera parte. Nada se ha demostrado nunca ni a favor ni en contra.
En la final, Argentina debía enfrentarse a Holanda, que en su segunda comparecencia consecutiva en el más importante partido del planeta fútbol volvía a enfrentarse al país organizador. La selección oranje, esta vez entrenada por Ernst Happel, ofrecía bastantes diferencias respecto de la que había triunfado (a pesar de perder la final) en Alemania, aunque seguía construyéndose sobre la base del fútbol total. En primer lugar, le faltaba su mejor jugador, Johan Cruyff, ausente por desavenencias con la Federación Holandesa. Por otra parte, Happel predicaba un juego más de contención, con rápidos contragolpes y aprovechamiento de la fortaleza física de los futbolistas. Y finalmente, dos futbolistas especiales para darle un nuevo aire a la naranja mecánica: los gemelos Van de Kerkhof, pura clase René, más ofensivo Willy.
Holanda había superado la primera fase con alguna dificultad, en un grupo sencillo, y por detrás de los sorprendentes peruanos. En la ronda final, el sorteo les emparejó con el rival más débil para empezar, Austria (que había eliminado a España). Los tulipanes, en una exhibición de fútbol ofensivo, hicieron trizas al combinado centroeuropeo, que aparte de Prohaska y Hansi Krankl no tenía mucho más. El resultado final de 5-1, dos goles de Rep, lo dice todo. En el segundo partido se planteaba la revancha del Mundial anterior ante Alemania Federal. Fue uno de los mejores partidos del torneo, con varias alternativas en el marcador y un tanteo de empate a dos que da cuenta del fragor de la batalla. En el último partido de la ronda, a los holandeses les bastaba empatar con Italia. Aunque se adelantó el equipo transalpino por gol en propia puerta de Brandts, Holanda supo dar la vuelta al resultado para acabar venciendo, en un partido donde usaron inteligentemente la táctica del fuera de juego, novedad por entonces.
La final se disputó el 25 de Junio de 1978 en el Estadio Monumental de River Plate en Buenos Aires. Fue sin duda la final más dura y y violenta de las disputadas hasta esa fecha; llena de tensión y garra, pero pobre de fútbol. Aunque seguramente no fue decisiva, la actuación del italiano Sergio Gonella resultó deficiente y muy permisiva con el equipo local, pues no sancionó un claro codazo de Pasarella a Poortvliet, una dura entrada de Larrosa que hubiera supuesto la segunda amarilla, y pitó a Holanda casi con el doble de faltas que a Argentina.
Holanda comenzó el partido con bastante intensidad, y a los cinco minutos ya había cabeceado Rep de forma peligrosa un lanzamiento libre. Sin embargo, allá por el cuarto de hora Gallego y Ardiles empiezan a sacar a su equipo, mientras Passarella (que cuajó un magnífico partido) y Tarantini se sienten dueños de su zona. Y las oportunidades empiezan a llegar: Kempes, Luque, Passarella… No son ocasiones demasiado claras, pero el balón se está acercando a los dominios de Jongbloed. Poco después, sin embargo, Rep se planta absolutamente solo delante de Fillol, pero el guardavallas saca una manopla milagrosa que salva a su escuadra. Y el juego se equilibra, hasta que Kempes, recogiendo un pase de Ardiles y medio a trompicones, consigue batir al portero holandés. Faltan ocho minutos para que acabe la primera parte, y el campo se viene abajo. En el tiempo restante, ocasiones de Passarella y Rensenbrink, pero el 1-0 aguanta hasta el descanso.
En la segunda parte el juego toma color naranja, pues Ruud Krol, Jansen y Neeskens toman el mando en la zona ancha. Holanda adelanta líneas, pero le falta profundidad; Johnny Rep no tiene el día, Olguín está secando a Rensenbrink y, por qué no decirlo, se nota la ausencia de Cruyff. Happel mueve pieza, sacrifica a un extremo como Rep y saca a Nanninga, un delantero con aspecto de tronco que destaca como cabeceador. Y a falta de diez minutos, este semidesconocido cabecea un balón bombeado que consigue batir a Fillol; es quizá el primer fallo defensivo de la casi perfecta zaga argentina. Holanda está lanzada, y casi sobre la hora Rensenbrink lanza un disparo bien dirigido que supera al arquero pero se estrella contra la cepa del poste. Como el balón se alejaba de la red escupido por la madera, se alejaba el trofeo de Europa…
…para acercarse a América. Los argentinos salen en la prórroga a comerse a sus rivales, sorprendentemente faltos de aliento. Se nota la presencia de Houseman, mago intermitente, que ha relevado a Ortiz, y justo a la mitad del añadido, Kempes remata una jugada confusa y adelanta de nuevo a Argentina. Su imagen corriendo con la melena de león agitada por el viento, los brazos alzados y una alegría animal en el rostro, se convertirá en el icono del Mundial. Y ya muy cerca de la conclusión, con los holandeses volcados y rotos físicamente, el punta Ricardo Bertoni clava el tercero de tiro raso y certifica el título. Ha nacido una potencia del fútbol.
ALINEACIONES. Argentina: Fillol, Olguín, Galván, Passarella, Tarantini, Ardiles (Larrosa, m. 66), Gallego, Ortiz (Houseman m. 75), Bertoni, Luque y Kempes. Holanda: Jongbloed, Krol, Poortvliet, Brandts, Jansen (Suurbier m. 73), Haan, Neeskens, W. Van de Kerkhof, Rep (Nanninga, m. 59), R. Van de Kerkhof y Rensenbrink.
El Campeonato del Mundo que se disputó en Argentina en el verano de 1978 comparte con el de Italia 34 el dudoso honor de ser los únicos torneos mundiales en los que existen graves sospechas de que el vencedor no logró el torneo de forma limpia y sin ayudas externas. Fue un craso error de la FIFA conceder la organización de la Copa a un país sometido a una dictadura militar, pues como ocurrió con el mencionado torneo italiano, el régimen trató de obtener rédito político del triunfo deportivo. Aunque la organización fuera ejemplar, es un campeonato del que no quedó un buen recuerdo. Al menos, el triunfo hizo vibrar durante unas semanas a un país que vivía unos años terribles, y donde se siente el fútbol como en pocos lugares.
Al menos, sí que se puede decir en descargo de la albiceleste que probablemente se tratase del mejor equipo del torneo, o para ser más exactos, el que más creyó en su juego y más fe puso en él. El entrenador César Luis Menotti, consciente de que el defecto capital del futbolista argentino había sido desde siempre la anarquía y el individualismo, se esforzó en crear un bloque solidario y competitivo sobre la base del juego combinativo y de toque. En este sentido, ni siquiera le tembló el pulso a la hora de excluir a un emergente Diego Armando Maradona del plantel mundialista, decisión que posiblemente le hubiera costado el puesto de no haber salido triunfante del torneo.
Menotti basó su equipo en un ramillete de futbolistas con bastante carácter que se acabaron revelando como merecedores de su confianza. En la portería el felino Ubaldo Matildo Fillol, clave en varios partidos; el capitán Daniel Passarella, marcador férreo y duro, a veces violento, que imprimió carácter a la selección; Osvaldo Ardiles, elegante centrocampista y uno de los primeros sudamericanos que triunfó en el fútbol inglés, concretamente en los Spurs; y sobre todos ellos, la figura de Mario Alberto Kempes, delantero de potencia y raza, que superó la desconfianza del público y la sequía en los primeros partidos para acabar convirtiéndose en el hombre del Mundial.
El camino de Argentina hasta la final no fue sencillo. Tras ser relegada por Italia al segundo puesto de su grupo en la fase previa y tener que desplazarse desde la sede prevista de Buenos Aires a Rosario a disputar la segunda ronda, quedó encuadrada en un grupo donde también se encontraban Perú, Polonia y Brasil. Los locales comenzaron venciendo a los polacos por 2-0, en un partido discreto donde Kempes rompió su sequía y Fillol le detuvo un penalty a Deyna al borde del descanso.El siguiente partido de la albiceleste les enfrentó a Brasil, choque de colosos que sin embargo salió feo y duro, con abundancia de juego subterráneo y pocas ocasiones de gol. El empate a cero final hizo justicia, con una selección brasileña bastante discreta, donde sólo destacaron Dirceu, Zico y algunas pinceladas de Rivelino.
logo 78.gif Y el partido final de la liguilla, Argentina-Brasil, ha hecho correr ríos de tinta. Tras la victoria canarinha ante Polonia, los albicelestes necesitaban vencer a Perú por una diferencia de cuatro goles para conseguir el pase a la final, ante un gran equipo peruano en el que brillaban leyendas como Chumpitaz y Teófilo Cubillas. El resultado final de 6-0, con dos goles de Luque y otros tantos del Matador, ha sido fuertemente cuestionado, sugiriendo los polemistas que Perú se dejó ganar. Se alega en este sentido la pasividad de la zaga andina en varios de los goles argentinos, mientras que desde el otro lado se recuerdan dos tiros al poste de Perú en la primera parte. Nada se ha demostrado nunca ni a favor ni en contra.
En la final, Argentina debía enfrentarse a Holanda, que en su segunda comparecencia consecutiva en el más importante partido del planeta fútbol volvía a enfrentarse al país organizador. La selección oranje, esta vez entrenada por Ernst Happel, ofrecía bastantes diferencias respecto de la que había triunfado (a pesar de perder la final) en Alemania, aunque seguía construyéndose sobre la base del fútbol total. En primer lugar, le faltaba su mejor jugador, Johan Cruyff, ausente por desavenencias con la Federación Holandesa. Por otra parte, Happel predicaba un juego más de contención, con rápidos contragolpes y aprovechamiento de la fortaleza física de los futbolistas. Y finalmente, dos futbolistas especiales para darle un nuevo aire a la naranja mecánica: los gemelos Van de Kerkhof, pura clase René, más ofensivo Willy.
Holanda había superado la primera fase con alguna dificultad, en un grupo sencillo, y por detrás de los sorprendentes peruanos. En la ronda final, el sorteo les emparejó con el rival más débil para empezar, Austria (que había eliminado a España). Los tulipanes, en una exhibición de fútbol ofensivo, hicieron trizas al combinado centroeuropeo, que aparte de Prohaska y Hansi Krankl no tenía mucho más. El resultado final de 5-1, dos goles de Rep, lo dice todo. En el segundo partido se planteaba la revancha del Mundial anterior ante Alemania Federal. Fue uno de los mejores partidos del torneo, con varias alternativas en el marcador y un tanteo de empate a dos que da cuenta del fragor de la batalla. En el último partido de la ronda, a los holandeses les bastaba empatar con Italia. Aunque se adelantó el equipo transalpino por gol en propia puerta de Brandts, Holanda supo dar la vuelta al resultado para acabar venciendo, en un partido donde usaron inteligentemente la táctica del fuera de juego, novedad por entonces.
La final se disputó el 25 de Junio de 1978 en el Estadio Monumental de River Plate en Buenos Aires. Fue sin duda la final más dura y y violenta de las disputadas hasta esa fecha; llena de tensión y garra, pero pobre de fútbol. Aunque seguramente no fue decisiva, la actuación del italiano Sergio Gonella resultó deficiente y muy permisiva con el equipo local, pues no sancionó un claro codazo de Pasarella a Poortvliet, una dura entrada de Larrosa que hubiera supuesto la segunda amarilla, y pitó a Holanda casi con el doble de faltas que a Argentina.
Holanda comenzó el partido con bastante intensidad, y a los cinco minutos ya había cabeceado Rep de forma peligrosa un lanzamiento libre. Sin embargo, allá por el cuarto de hora Gallego y Ardiles empiezan a sacar a su equipo, mientras Passarella (que cuajó un magnífico partido) y Tarantini se sienten dueños de su zona. Y las oportunidades empiezan a llegar: Kempes, Luque, Passarella… No son ocasiones demasiado claras, pero el balón se está acercando a los dominios de Jongbloed. Poco después, sin embargo, Rep se planta absolutamente solo delante de Fillol, pero el guardavallas saca una manopla milagrosa que salva a su escuadra. Y el juego se equilibra, hasta que Kempes, recogiendo un pase de Ardiles y medio a trompicones, consigue batir al portero holandés. Faltan ocho minutos para que acabe la primera parte, y el campo se viene abajo. En el tiempo restante, ocasiones de Passarella y Rensenbrink, pero el 1-0 aguanta hasta el descanso.
En la segunda parte el juego toma color naranja, pues Ruud Krol, Jansen y Neeskens toman el mando en la zona ancha. Holanda adelanta líneas, pero le falta profundidad; Johnny Rep no tiene el día, Olguín está secando a Rensenbrink y, por qué no decirlo, se nota la ausencia de Cruyff. Happel mueve pieza, sacrifica a un extremo como Rep y saca a Nanninga, un delantero con aspecto de tronco que destaca como cabeceador. Y a falta de diez minutos, este semidesconocido cabecea un balón bombeado que consigue batir a Fillol; es quizá el primer fallo defensivo de la casi perfecta zaga argentina. Holanda está lanzada, y casi sobre la hora Rensenbrink lanza un disparo bien dirigido que supera al arquero pero se estrella contra la cepa del poste. Como el balón se alejaba de la red escupido por la madera, se alejaba el trofeo de Europa…
…para acercarse a América. Los argentinos salen en la prórroga a comerse a sus rivales, sorprendentemente faltos de aliento. Se nota la presencia de Houseman, mago intermitente, que ha relevado a Ortiz, y justo a la mitad del añadido, Kempes remata una jugada confusa y adelanta de nuevo a Argentina. Su imagen corriendo con la melena de león agitada por el viento, los brazos alzados y una alegría animal en el rostro, se convertirá en el icono del Mundial. Y ya muy cerca de la conclusión, con los holandeses volcados y rotos físicamente, el punta Ricardo Bertoni clava el tercero de tiro raso y certifica el título. Ha nacido una potencia del fútbol.
ALINEACIONES. Argentina: Fillol, Olguín, Galván, Passarella, Tarantini, Ardiles (Larrosa, m. 66), Gallego, Ortiz (Houseman m. 75), Bertoni, Luque y Kempes. Holanda: Jongbloed, Krol, Poortvliet, Brandts, Jansen (Suurbier m. 73), Haan, Neeskens, W. Van de Kerkhof, Rep (Nanninga, m. 59), R. Van de Kerkhof y Rensenbrink.