EL SECUAZ MÁS CRUEL DE HITLER
Jacinto Antón, 03/07/2005
Reinhard Heydrich, “el verdugo de Hitler”, fue el más abyecto de los criminales nazis. Ambicioso, resentido, frío y calculador, el jefe de seguridad del III Reich, ideólogo de la ‘solución final’, impulsó con saña el exterminio de millones de judíos. Acabó sus días en Praga, asesinado por un comando checo.
Una cripta es un buen lugar para empezar la historia de un tenebroso asesino. Aquí, debajo de la catedral ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio, en Praga, en la calle Resslova, se escondieron los paracaidistas tiranicidas que mataron en 1942, en el pináculo de su carrera, al temible Reinhard Heydrich, el poderoso jefe de seguridad del III Reich, virrey de Hitler en Checoslovaquia y eficiente organizador del exterminio del pueblo judío. Es difícil imaginar a un tipo peor que Heydrich, aunque desde luego era polifacético: además de ser malvado, tocaba el violín, pilotaba aviones, navegaba y practicaba la esgrima. “La bestia rubia”, se le ha llamado, y también “el verdugo (der henker) de Hitler” y “el carnicero de Praga”. Eichmann trabajaba para él, y se dice que hasta Himmler, del que era nominalmente subordinado y protégé, llegó a tenerle miedo. Ambicioso, resentido, frío y calculador, Heydrich dirigió con mano de hierro el enjambre de criminales del sistema policial más perverso que ha conocido el mundo. Su espectro, enfundado en el uniforme de general de las SS con el que se sentía tan a gusto, parece deambular furioso por este tétrico lugar de la capital checa clamando todavía venganza, como si no le hubieran aplacado los ríos de sangre vertidos en su nombre y la destrucción en represalia por su muerte de todo un pueblo: Lidice.
La cripta de la iglesia de Praga conserva elocuentes testimonios de la lucha desigual entre el puñado de hombres valientes que cazaron al monstruo en una operación de ribetes suicidas y la jauría lanzada para capturarlos. En las paredes de piedra, cubiertas de nichos –gracias a Dios, hoy vacíos–, se observan numerosos impactos de bala; en una vitrina pueden verse una pistola Colt de 9 milímetros, una granada Mills y una metralleta Sten de los paracaidistas, así como un libro empapado en la sangre de uno de ellos. En este claustrofóbico subterráneo estuvieron refugiados durante 20 días, tras su exitosa acción del 27 de mayo de 1942, los tres autores materiales del asesinato o “liquidación militar” de Heydrich, los sargentos de la Brigada Checa instruidos en el Reino Unido Jozef Gabcik, Jan Kubis y Josef Valcik, junto con otros cuatro paracaidistas encargados de otras misiones, pero que se ocultaron en el mismo lugar para escapar de la inmensa redada policial montada por los nazis. Denunciados por un camarada traidor, el sargento Curda –con fama de borrachín, aunque parezca un chiste fácil–, y tras conseguir la Gestapo la pista final de su paradero torturando a una joven resistente a la que se presentó la cabeza de su madre flotando en una pecera, los siete paracaidistas lucharon como fieras en la iglesia. Tres hicieron frente con sus armas desde el coro a los soldados de las Waffen SS que irrumpieron a tiros en el santo lugar –el total de efectivos movilizados en el ataque por los nazis superó los 800 hombres–. Cuando después de dos horas cesó el fuego, los alemanes descubrieron los cuerpos de dos paracaidistas muertos que se habían envenenado con las cápsulas de cianuro proporcionadas a todos sus agentes por el servicio de operaciones especiales británico (SOE) y el de un tercero tan malherido que falleció poco después de ingresar en un hospital.
El resto de los paracaidistas se había atrincherado, en plan Termópilas, en la cripta y no fue fácil reducirlos. Los atacantes bombearon agua a través de un ventanuco; lanzaron granadas, bombas lacrimógenas y ráfagas de ametralladora por una trampilla, y finalmente entraron en tromba en la oscura catacumba, pero tuvieron que retirarse con varias bajas. Mientras preparaban un nuevo asalto y abrían con explosivos el acceso a la anegada cripta bajo el altar mayor sonaron cuatro tiros. Los cuatro valientes paracaidistas habían dirigido sus pistolas contra ellos mismos para no caer en manos de la Gestapo. En total resistieron seis horas. En la cripta puede verse el agujero que empezaron a cavar en un muro, en un infructuoso intento de alcanzar el sistema de alcantarillado para huir.
Los visitantes del lugar, convertido en un memorial a los héroes de la Heydrichiady, la ola de terror desatada tras la muerte de Heydrich, y de la resistencia antinazi en general, han dispuesto pequeñas ofrendas, flores y mensajes en papelitos que ensalzan el valor de los que lucharon aquí. En este momento, cuando acaba de marcharse un extravagante grupo de jóvenes checos caracterizados de soldados rusos de la II Guerra Mundial que sin duda participan en alguna de las ceremonias con reenactments (reconstrucciones históricas) del 60º aniversario de la liberación de Praga, el 9 de mayo, sólo quedan en la cripta quien firma estas líneas y un anciano trajeado absorto en un icono que pende de la pared. Se escucha un fuerte golpe arriba, en la iglesia, y el viejecito pone cara de susto y grita: “¡Gestapo!”. Luego ríe encantado de su broma –arriba lo que hay es un bautizo– y del efecto que ha producido. Se presenta, sin dar su nombre, como si estuviéramos aún en la clandestinidad, como “un antiguo miembro de la RAF” –los encargados de lanzar a los paracaidistas checoslovacos en sus peligrosas misiones– e invita a tomar un café en el bar de la esquina, U Parasutistu (Los Paracaidistas), dedicado monográficamente, con gran sentido de la oportunidad, a la resistencia y la acción contra Heydrich. “Un gran hijo de puta”, establece el viejo aviador, que finalmente ha optado por una cerveza, ante el retrato canónico del jerarca nazi que puede verse en un rincón, y que lo muestra como reichprotektor de Bohemia-Moravia, enfundado en el ominoso uniforme de obergruppenführer (general) de las SS. Desde luego no es la imagen de una buena persona. Emana de la fotografía un aura increíblemente siniestra y un claro mensaje de amenaza. Incluso en este mediodía soleado de primavera en Praga, uno no puede evitar un escalofrío.
Reinhard Tristan Heydrich nació el 7 de marzo de 1904 en la ciudad sajona de Halle y nada hacía prever que fuera a ser un monstruo. De hecho, estaba bajo el amable signo de la música: su padre era un compositor de cierta fama, Bruno Heydrich, y sus dos nombres de pila estaban tomados de sendas óperas, el primero del personaje de una de las obras líricas paternas y el segundo de la célebre de Wagner (Cosima era amiga de Bruno Heydrich). La madre, Elisabeth, era una ferviente católica. La manera en que Reinhard Heydrich –el pequeño y tímido Reini, como le llamaban familiarmente en casa, que aprendió a tocar ya de niño virtuosamente el piano y el violín (fue un consumado intérprete de este instrumento toda su vida) y se interesaba por la química– llegó a convertirse en el hombre más temido de Europa es digna de la transformación de Anakin Skywalker en Darth Vader.
El joven Reinhard era un chico inteligente, introvertido y sensible, bastante guapo, pero con una voz chillona que le granjeó el apodo de “cabra” en el colegio (es obvio que después nadie le volvió a llamar así). Menos aún le gustaba el sobrenombre de Isi, judío, que le dieron al correr el rumor de que su familia era de ascendencia hebrea, un aserto que, como veremos, le persiguió toda la vida. La I Guerra Mundial y la debacle de la derrota sacudieron los cimientos de la plácida vida burguesa de la familia Heydrich, propietaria de un conservatorio. Reinhard, como el resto de sus compañeros de la escuela, formó parte de un cuerpo de voluntarios de defensa civil, y de 1919 a 1920 fue miembro del Freikorps Märker, una fuerza paramilitar de la derecha. De todas formas, su destino no parecía estar entre los patrioteros y belicosos agitadores callejeros de la Alemania de entreguerras, sino en el mar. Alentado por las visitas de un amigo de la familia, el almirante conde Felix von Luckner, el heroico comandante del corsario Seeadler, Heydrich decidió ser marino. Sus padres ya habían decidido que siguiera la carrera musical, pero accedieron a que ingresara en la Armada, en la práctica consideración de que ser oficial de la misma era socialmente aceptable. Así que Heydrich entró en 1922 en la base de Kiel con un violín, regalo de su padre, debajo del brazo. Con su refinada educación, su voz de falsete y su fisonomía delicada, casi femenina (tenía unos labios muy carnosos y unas manos finas y largas; “como arañas”, describió su subordinado Schellenberg), sufrió bastante en el rudo ambiente militar. Un instructor la tomó especialmente con él y, borracho, le sacaba de la cama por las noches para obligarle a interpretar con el violín la Serenata de Toselli, una pieza que desde entonces Heydrich siempre aborreció. El joven recluta se refugió en la soledad y en los deportes, especialmente la esgrima, en la que se revelaría un consumado maestro (fue capitán del equipo de las SS y responsable de toda la esgrima alemana), aunque no muy caballeroso: al ser eliminado en un campeonato lanzó su sable al suelo con furia, y parece que su siniestra fama como jefe de la Gestapo –que lógicamente intimidaba si tenías que luchar con él– le permitió ganar bastantes combates.
En 1923, completada su instrucción, el cadete ingresó en la tripulación del crucero Berlin, donde conoció al que luego sería su gran rival en los servicios secretos alemanes, Wilhem Canaris, entonces oficial en el mismo buque. Heydrich trabó amistad con Canaris y se convirtió en un habitual en casa de éste, donde participaba en las veladas musicales con la mujer del anfitrión, Erika, que también tocaba el violín. Algunos días jugaban al cróquet. La relación con Canaris, el ambiguo jefe de espías responsable de la Abwehr, fue siempre muy compleja, y se ha afirmado que el almirante, en una de sus alambicadas operaciones de contrainteligencia, pudo estar detrás del –para él– oportuno atentado que costó la vida a Heydrich. Una teoría conspirativa que, no obstante, se ve contradicha por el hecho de que Canaris, el viejo zorro, pareció realmente afectado por la muerte del antiguo amigo y lloró en su funeral (véase Hitler’s spy chief, de Richard Basset. Weidenfeld & Nicolson, 2005).
La carrera naval de Heydrich iba viento en popa: ascendió a teniente, era apreciado por sus superiores y famoso por sus éxitos deportivos –vela, equitación, esgrima–, cuando conoció a la que sería su mujer, Lina Matilde von Osten, una belleza rubia con un hermano en las SA y ella misma miembro entusiasta del partido nazi –una mala persona (véase el capítulo que le está dedicado en Las mujeres de Hitler. Plaza & Janés, 2003): tras la guerra fue condenada en Praga a cadena perpetua en ausencia por el uso de trabajadores esclavos para ampliar y cuidar su finca checa–. Fue un flechazo, y al poco se comprometieron. Pero entonces estalló el drama: una chica con la que Heydrich había tenido un oscuro affaire se sintió ultrajada por el anuncio de ese compromiso y se quejó a los superiores de nuestro hombre. La joven era hija de un amigo íntimo del almirante Raeder, nada menos, y el asunto le costó a Heydrich un juicio de honor y su expulsión sumaria de la Armada por atentar contra el código de conducta de la misma, que estipulaba que todo oficial debía ser a la vez, por supuesto, un caballero. En cuestión de faldas, desde luego, Heydrich no lo era. Poseía un insaciable apetito sexual, con un lado sádico, y su relación con las mujeres –aunque aparentaba ser un amantísimo marido y ejemplar padre de familia (tuvo cuatro hijos, uno póstumo)– fue la de un depredador. Su larga mano –y nunca mejor dicho– llega incluso a Barcelona, donde, durante una recepción naval en el Club Alemán en sus tiempos de oficial de la marina, fue abofeteado públicamente por una joven con la que se propasó.
El que fuera célebre intérprete de las autoridades nazis en Italia y oficial de las SS, Eugen Dollman, relata en sus memorias, Intérprete de Hitler (Juventud, 1969) –en las que, por cierto, dice de Heydrich que fue el único de los líderes nazis al que instintivamente temió desde que le vio–, la visita a un burdel en Nápoles con el ya jefe de los servicios secretos. Heydrich convocó allí a todas las prostitutas y arrojó un puñado de monedas de oro al suelo para verlas arrastrarse delante de él, una imagen digna del peor de los jefes de las cohortes pretorianas de Domiciano.
La expulsión de la Armada en 1931 fue un golpe terrible para Heydrich, el peor de su vida, y lo que le condujo a las SS y a su carrera de genocida (desgraciadamente, este reverso oscuro de Lord Jim no prefirió perderse en un lejano Patusán). Dolido, humillado y rencoroso, en la calle y sin empleo, acabó ingresando en la única estructura militar de cierto prestigio que podía aceptar a un hombre marcado como él: la Schutzstaeffel (SS). En esa nueva y siniestra aristocracia halló un sustituto a sus ansias de reconocimiento social y una forma también de pasar recibo al mundo que le había rechazado. Las SS seguramente estuvieron encantadas de reclutar en sus filas a un ex militar desarraigado y despechado como Heydrich que además, a diferencia de otros miembros y líderes del partido, tenía un formidable aspecto ario con su altura, su complexión deportiva, su cabello rubio y sus ojos azules. De hecho, Heydrich fue considerado “el hombre de las SS ideal”, un elogio que hoy nos deja un tanto perplejos.
En todo caso, su llegada a las SS tuvo algo de sainete, como explica Richard Breitman en su iluminador libro sobre Himmler The architect of genocide (Pimplico, 2004): enterado de que Himmler buscaba a alguien para organizar un servicio de inteligencia de las SS –lo que sería el temible SD (Sicherheitsdienst, servicio de seguridad)–, Heydrich se presentó sin avisar en la granja de pollos del reichsführer en Waldrudering, y allí el jefe de las SS –tan amante de la agropecuaria y la jardinería como de los campos de concentración– le sometió a un rápido interrogatorio y le pidió que esbozara un proyecto para la nueva sección. Heydrich improvisó basándose en su experiencia como lector de novelas de espionaje –para que luego digan que leer género policiaco es perder el tiempo– y se hizo con el puesto. Parece ser que en la decisión de Himmler desempeñó un papel importante la confusión que se hizo, pese a ser hijo de maestro, con la palabra alemana nachrichtenoffizier, que puede significar oficial de inteligencia u oficial de señales, que es lo que Reinhard Heydrich era en la Armada.
Los historiadores advierten, sin embargo, de lo incorrecto de ver a Heydrich sólo como un oportunista amoral: fue en realidad un convencido ideólogo del credo nazi, y sus crímenes derivaron de su fanatismo y su entrega a la causa hitleriana.
El nuevo y flamante miembro de las SS (número 10.120) aprovechó para casarse con Lina von Osten en una ceremonia en la que no faltó la esvástica en el altar y el Horst Wessel Lied en el órgano. De regalo de bodas, Himmler le ascendió a sturmbannführer (mayor). Heydrich se puso manos a la obra con la SD y formó un instrumento retorcido y maligno consagrado a la intriga y el espionaje. Sin embargo, de nuevo apareció un contratiempo: el viejo tema de la sangre judía. Seguramente fruto de las intrigas y envidias dentro del partido, el asunto llegó a las autoridades y se exigió una investigación en profundidad sobre una familia que contaba nada menos que con un Süss en sus filas. Heydrich salió del examen como “puro ario”, pero las sospechas no se desvanecieron nunca del todo. Contribuyó a ello el que desaparecieran muchos indicios de la genealogía de Heydrich (y algún testigo). La lápida de la tumba de su abuela, por ejemplo, que rezaba Sarah Heydrich, se convirtió misteriosamente en S. Heydrich. Es posible que esa espada de Damocles de la sangre judía actuara como acicate del fanatismo antisemita de Heydrich. También debió de servir para que se ejerciera una presión sobre él desde las altas instancias del partido (Joachim Fest dice que era “chantajeable”). Heydrich se reveló desde el principio como un terrible Maquiavelo policial. Una de las primeras pruebas de sus grandes capacidades la dio con motivo de esa gran noche de San Bartolomé parda que fue el golpe contra las SA. No tuvo el menor escrúpulo en planificar la muerte de Ernst Röhm, padrino de su hijo mayor.
En poco tiempo, el duro, despiadado, intrigante y eficiente Heydrich, a la sombra de Himmler, consiguió reunir en sus manos un poder colosal: fue nombrado jefe de la policía de seguridad (SIPO), que incluía la Gestapo, y finalmente responsable de la Reichssicherheitshauptamt (RSHA), la gran oficina central de seguridad del Reich, la temible telaraña que incluía a todas las agencias policiales y de espionaje. El organismo tenía entre sus responsabilidades, por supuesto, ocuparse de los judíos, considerados principales enemigos del Estado. El 31 de agosto de 1939, Heydrich tuvo el dudoso privilegio de alzar la punta del telón de la II Guerra Mundial: fue el encargado de la Operación Tannenberg, dedicada a simular una agresión polaca que justificase propagandísticamente la invasión de Polonia al día siguiente. Se utilizaron prisioneros del campo de Sachsenhausen, ejecutados a sangre fría, para simular supuestos soldados polacos atacantes. Durante la campaña de Polonia, las SS iniciaron su programa de asesinatos en masa a través de las unidades especiales de la policía de seguridad de Heydrich, los tristemente célebres einsatzgruppen, que luego sembrarían el terror en la Unión Soviética cometiendo atrocidades sin cuento.
Nuestro personaje se fue involucrando paulatinamente en los aspectos más abyectos del régimen nazi, y casi como una consecuencia lógica acabó siendo fundamental en la “solución final de la cuestión judía”, un papel por el que, de haber sobrevivido a la guerra, le hubieran ahorcado sin duda alguna en Núremberg. Por orden de Goering organizó la famosa Conferencia de Wannsee, que reunió, el 20 de enero de 1942, a un grupo de altos cargos del III Reich para disponer las medidas administrativas y la logística del Holocausto (véase La villa, el lago, la reunión, de Mark Roseman. RBA, 2001). Sólo por esa fructífera reunión –en la que se discutió, entre buenos vinos y cigarros, la aniquilación de millones de personas– merece Heydrich pasar con matrícula a la historia universal de la infamia. Existe un estupendo filme moderno acerca de la Conferencia de Wannsee (La solución final, 2001) en el que el papel de Heydrich lo interpreta –con ese desconcertante convencimiento que aportan los británicos a sus papeles de villanos nazis– el shakespeariano Kenneth Branagh. Hay otras dos películas, espléndidos clásicos, en las que aparece Heydrich, ambas centrados en su asesinato en Praga: Hitler’s madman (1942), de Douglas Sirk, y Hangmen also die! (1943), de Fritz Lang, en cuyo guión colaboró Bertolt Brecht.
Desde septiembre de 1941, y gracias a una ocasional alianza con Bormann, Heydrich compaginaba sus responsabilidades de policía y seguridad del imperio de Hitler con el alto cargo de reichprotektor de Bohemia-Moravia, en sustitución del débil Von Neurath. En ese puesto convirtió el país virtualmente en un Estado de las SS y desarrolló al máximo sus perversas cualidades, para horror de los checos. Su éxito en destruir la resistencia y cualquier tipo de oposición resultó tan aplastante –a base de una campaña de represión brutal– que, paradójicamente, fue una de las causas de su asesinato. Los círculos checos en el exilio en Londres se vieron obligados a realizar una acción espectacular que demostrara al mundo que el pueblo checo no se había plegado a la tiranía nazi. Así nació Anthropoid, la operación de comandos para matarlo.
Heydrich despreciaba a los eslavos y les preparaba un destino de esclavitud en el Reich de los mil años. Ese desprecio y el alto concepto que tenía de sí mismo y del miedo que provocaba le hicieron descuidar su seguridad personal. Los paracaidistas entrenados en el Reino Unido le tendieron una emboscada el 27 de mayo de 1942 cuando se trasladaba como cada día, a la misma hora y sin escolta, en un coche descubierto junto a su chófer SS Johannes Klein, desde su domicilio en las afueras de Praga (una suntuosa mansión confiscada a un judío) hasta su despacho oficial en el castillo Hradcany. Aprovechando un recodo del camino en el que el automóvil del reichprotektor debía reducir la velocidad, ya en los suburbios de la capital, el sargento Gabcik se abalanzó esgrimiendo su metralleta Stein para rociar el coche con una ráfaga mortal. Apretó el gatillo y… nada. El arma se le había encasquillado. En ese momento, Heydrich tomó una decisión fatal: en vez de ordenarle a Klein que acelerara –lo que hay que hacer en estos casos–, le mandó parar para enfrentarse al atacante con su pistola. Entre los muchos defectos de Heydrich no estaba la cobardía. Muy al contrario, era un tipo descerebradamente arrojado que aprendió a pilotar aviones y, durante la guerra, no dudó en volar con la Luftwaffe en misiones de reconocimiento y combate, primero en Noruega y Francia (ganó la Cruz de Hierro y otras condecoraciones) y luego en Rusia, donde, por lo visto, a los mandos de su propio caza Me-109 decorado con su runa particular, fue derribado y hubo de ser rescatado tras las líneas enemigas. Hitler tuvo un ataque de furia al enterarse de que su gran especialista en seguridad y guardián de tantos secretos se arriesgaba imprudentemente, y Himmler le prohibió entonces volver a volar. Al detener el coche aquel día en Praga, Heydrich posibilitó que el otro ejecutor del atentado, el sargento Kubis, cumpliera su misión complementaria de arrojar una bomba de mano confeccionada para la ocasión a partir de un proyectil antitanque. El artefacto impactó contra el costado del Mercedes 320 y explosionó, hiriendo al mandatario nazi con esquirlas y trozos de la carrocería.
En el momento del atentado, Heydrich preparaba un nuevo salto en su carrera. Confiaba en ser nombrado por Hitler reichkommisar encargado de la seguridad global de todos los territorios ocupados. Era su objetivo extrapolar la experiencia del Protectorado especialmente a Francia para reducir a la resistencia gala con los mismos métodos despiadados. Sumado a sus responsabilidades en Interior y contraespionaje y sus tareas en la deportación de los judíos, el nuevo cargo hubiera hecho de Heydrich una figura de primerísima fila del III Reich, según subraya el historiador Callum MacDonald en The killing of Reinhard Heydrich (Da Capo, 1998), seguramente el mejor libro sobre el personaje y su asesinato. Guita Sereny, para la que Heydrich fue “la personalidad más oscura del firmamento nazi”, cree que su ambición era reemplazar a Himmler. Otros historiadores, sin embargo, disienten. Richard Overy dijo recientemente a quien escribe estas líneas que la cúpula nazi no hubiera tolerado a un Heydrich más poderoso que amenazara a los verdaderos líderes, y que su destino era “moverse hacia los lados, pero no hacia arriba”. Por su parte, en otra conversación, el también historiador Richard J. Evans opinó que Heydrich, pese a todas sus maniobras, no habría dejado de estar subordinado a Himmler.
Sea como fuere, pensando quizá en cómo se desvanecían sus sueños, Heydrich se desangraba en la calle aferrado a su pistola y a su odio. Ingresado en el hospital Bulovka, pareció en principio que las heridas del mandatario nazi no eran mortales y se recuperaría –para horror de todos–; pero, al cabo de unos días, su estado se complicó repentinamente, se le declaró una septicemia, sufrió un colapso general y murió el 4 de junio. Se ha especulado con que la bomba contuviera alguna toxina aportada generosamente por los servicios secretos británicos o con que una mano negra en el hospital actuara contra el postrado asesino. Parece más probable que lo que envenenara a Heydrich fuera una bacteria introducida en las sucias heridas provocadas por el metal de la bomba y los fragmentos de carrocería. En el cuerpo lacerado del reichprotektor se encontraron incluso restos de la crin de caballo usada como relleno de los asientos. La causa de la muerte fue anotada como “infección de herida”. Himmler había enviado sus mejores médicos de las SS –cosa que asustaría a cualquiera– para tratar a su mano derecha, pero resultaron inútiles. Hubo una agria polémica cuando el médico de Hitler, Theo Morrell, denunció como mala praxis el uso de sulfamidas por parte del doctor Karl Gebhart, cirujano jefe de las Waffen SS, para tratar al herido. Eso dio lugar, en la espantosa lógica nazi, a una atrocidad que es un buen epílogo para la carrera de Heydrich: Gebhart se instaló en el campo de concentración de Ravensbrück y se dedicó a experimentar con prisioneras –a las que causaba heridas y luego se las infectaba él mismo– para demostrar que su tratamiento del reichprotektor no había sido equivocado. Esos experimentos provocaron la muerte y el sufrimiento de un grupo de presas seleccionadas como cobayas humanas, las llamadas kanichen (conejos), en su mayoría polacas. El pasado abril pude conocer a una de las supervivientes en las ceremonias de liberación del campo de Ravensbrück y me mostró sus piernas surcadas por grandes cicatrices, marcas atroces que, de alguna manera, conducían tortuosamente hasta Heydrich.
Al conocer la noticia del asesinato, Hitler –que siempre mantuvo cierta distancia incómoda con el gran verdugo de su régimen– inicialmente denostó con rabia a su subordinado por imprudente; luego comparó su muerte a la pérdida de una batalla, y finalmente lo calificó emocionado, en su funeral de Estado en la Cancillería del Reich, en Berlín, de “hombre con el corazón de hierro”. Los líderes nazis despidieron al único de los suyos muerto en atentado con una ceremonia espectacular. La Filarmónica de Berlín interpretó la marcha fúnebre de Sigfrido anticipando el Götterdämmerung de 1945, e incluso el Führer tuvo un gesto con los hijos de Heydrich –el mayor de los cuales murió poco después atropellado por un camión– que recuerda poderosamente la caricia a los niños soldados de la Volkstrum en los jardines del búnker, poco antes de suicidarse.
En Praga aún se recuerda el silencio expectante que se creó tras la noticia del atentado. La venganza nazi se desató luego de esa calma como un latigazo, una tempestad inmisericorde. Las represalias se sucedieron brutalmente: ejecuciones masivas; deportaciones; la destrucción completa de Lezaky y Lidice, localidades a las que se atribuía haber dado refugio a los paracaidistas, cuyas cabezas cortadas se empalaron en picas y se exhibieron. Las de Gabcik y Kubis se conservaron en formol en el palacio de Pecek hasta el final de la guerra.
Hoy es una experiencia estremecedora recorrer la hermosa ciudad, tomada por los turistas, siguiendo las huellas de Heydrich. Sus pasos resuenan en la escalinata del castillo Hradcany, donde uno imagina ondear las grandes banderas de las SS; la música de su padre parece flotar en el palacio Valdstejn, donde el líder nazi asistió a un concierto en honor de Bruno Heydrich la víspera de su asesinato. El escenario del atentado, en el cruce de las calles V Holesovickach y Zenklova, ha cambiado, pero uno espera intranquilo ver aparecer el siniestro Mercedes del reichprotektor en cualquier momento. El peor lugar es, sin embargo, el cementerio judío, en el que las lápidas se amontonan como los pecados de Heydrich, el Golem de Hitler, creando largas sombras en el crepúsculo. Por la noche, después de ver a los patos nadar en el Moldava y recorrer los locales de copas de Mala Strana, recordé el viejo rito eslavo para conjurar los espectros demoniacos: escupir sobre el fuego. Lo hice encima de una bujía encendida en el suelo a la puerta de un bar, musitando el nombre de Reinhard Heydrich, y la llama se apagó con un siseo airado de serpiente.
LA BRUJA PELIRROJA
Carlos Franz, 10/07/2005
‘La quintrala’, Catalina de los Ríos y Lisperguer –la hacendada más poderosa del reino de Chile en el siglo XVII–, era mestiza de españoles, alemanes e indios. Asesina de su padre y de sus amantes, tachada de bruja, atormentaba a sus esclavos y siervos indígenas, que exterminó por docenas.
Es 1640. España vive su Siglo de Oro, y al mismo tiempo cunde su decadencia. Al otro lado del mundo, Santiago, en la remota Capitanía General de Chile, es una ciudad de trescientas casas principales y muchas chozas, donde se hacinan unas cinco mil personas (algo así como la población de Burgos, por entonces). Barrosa en invierno, polvorienta en verano, aislada por las montañas nevadas de los Andes, esta ciudad preside el reino más belicoso de la América española. Estamos en una habitación de techos altos, con muros de adobón blanqueados a la cal contra los cuales se arriman bargueños oscuros, una cama con dosel, y una chimenea encendida sobre cuyo estante hay un crucifijo con la talla de un Cristo torturado y a la vez iracundo. Atada de rodillas a esta chimenea se encuentra una esclava negra, desnuda, con la espalda abierta en tiras por los azotes. Tras ella, de pie, sosteniendo un velón encendido, hay una mujer muy blanca pero de rasgos indígenas, pómulos salientes, sobre los cuales brillan los ojos negros de expresión airada, todo enmarcado por una revuelta melena de pelo rojo. La pelirroja mueve la mano y derrama con precisión el esperma incandescente sobre las heridas de la negra, que aúlla. La operación se llama “cerotear” y es un tormento muy conocido en la colonia para prolongar el dolor de los esclavos azotados; disciplinas que esta ama practica con frecuencia. La pelirroja va a derramar el esperma sobre otra llaga, pero algo la interrumpe. Mira hacia el crucifijo sobre la chimenea. El Señor de la Agonía es famoso –hasta el día de hoy, en su altar del templo de San Agustín en Santiago de Chile– por mirar con expresión iracunda a sus fieles, como si les reprochara los sufrimientos que padece por ellos. La joven pelirroja le grita a la imagen: “Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara. ¡Así que fuera!”, y le manda al esclavo indio que la asiste con el látigo que se lleve el crucifijo. Así retrata una leyenda de casi cuatro siglos el carácter cruel, brutal, y a la vez independiente, de La Quintrala.
El quintral es un muérdago de flores rojas, una hermosa enredadera trepadora que, sin embargo, seca el árbol al cual se abraza. Con un apodo derivado de este nombre –La Quintrala, aludiendo a sus cabellos rojos y a su crueldad– fue conocida desde niña una de las mujeres más enigmáticas que produjeron las colonias españolas en América. Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer perteneció a la familia más poderosa del reino de Chile en el siglo XVII. Su abuelo alemán, Pedro Lisperguer, descendiente de la casa real de Sajonia-Wittenberg, fue paje de Carlos V antes de pasar a América con los primeros conquistadores (entre ellos, otro paje imperial, Alonso de Ercilla, que escribiría el poema más famoso de la Conquista, La Araucana). Una vez en Chile, Lisperguer se casó con Águeda Flores. Ésta era hija de otro alemán (Bartolomé Flores, nacido Blumen en Baviera) y de la india Elvira de Talagante, vástago de un poderoso cacique mapuche. Estos indios eran señores feudales –reconocidos como vasallos por los incas cuzqueños– sobre enormes extensiones de tierra y miles de tributarios, en el valle central de Chile.
La nieta de este enlace, Catalina de los Ríos y Lisperguer, nació en Santiago de Nueva Extremadura, como se conocía entonces a Santiago, en 1604 o 1605, cuando el reino llevaba sólo medio siglo desde que fue fundado. La niña que vio la primera luz en la gran casona santiaguina de su familia era un buen ejemplo del crisol sangriento de la Conquista. No sólo fue la heredera de haciendas, en ambas caras de los Andes, que equivalen a lo que sería hoy Castilla-La Mancha, y de millares de siervos indígenas y esclavos negros a los que poseerá como señora de horca y cuchillo. Sino que, asimismo, La Quintrala fue el retoño más violento de un linaje de mujeres salvajes; incluso más brutales que sus maridos curtidos en las inacabables guerras de Arauco (Chile fue conocido por eso como “el Flandes indiano”).
Trepando sólo un poco por el árbol genealógico de Catalina de los Ríos y Lisperguer se encuentran tantos ejemplos de crueldad femenina que dan para creer en una predestinación genética. Otra abuela de La Quintrala, María de Encío –que fue amante de Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile– fue acusada y procesada como bruja “por unirse a ciertos bailes de los indios que eran tenidos por diabólicos, criar culebras y azotar cruelmente a sus sirvientes”. Coronó su carrera matando a su marido –el abuelo materno de Catalina– echándole azogue hirviente por un oído mientras dormía la siesta.
A su vez, la hija de la anterior, y madre de La Quintrala, se hizo famosa por matar a latigazos a una hijastra, bastarda de su marido. Y sobre todo por intentar envenenar –probablemente por celos– nada menos que al gobernador del Reino, don Alonso de Rivera. Crimen del que se libró asesinando al indio que puso –por orden suya– las yerbas venenosas en el agua del gobernador. No fue raro que el pueblo se vengara, entonces, reputándolas brujas tanto a ella como a su madre: “Por un duende que en su casa alborotó toda esta tierra, con quien decían que tenían pacto”.
Hija y nieta de asesinas, Catalina de los Ríos y Lisperguer quedó pronto huérfana de madre y fue criada por esclavas indígenas y negras. Y un padre severo. La Quintrala era analfabeta. Ni siquiera sabía firmar su nombre. Asunto del que se avergonzaba un poco, aunque no era raro en las grandes damas de su época, a las cuales, si no se las destinaba al convento, se tenía incluso por inconveniente enseñarles a leer. Sin embargo, todas las crónicas y las constancias de sus varios procesos judiciales muestran una mujer de aguda inteligencia y taimada habilidad. Una hacendada que dirigía personalmente las faenas de sus encomiendas desde su caballo y que conocía a fondo la mentalidad no sólo de su alcurnia, sino de la masa de siervos de la tierra que, por merced real, habían sido entregados a sus antepasados. Esta sabiduría instintiva, a no dudarlo, venía de las tradiciones orales que Catalina escuchó desde su infancia en las oscuras cocinas de sus haciendas. De boca de sus ayas esclavas habrán llegado a ella las historias susurradas de la crueldad de sus antepasadas, y también los conjuros y sortilegios, el conocimiento de la tierra y sus secretos de naturaleza, que constituían la religiosidad oculta de esa servidumbre aborigen. Con lo cual, no sólo la sangre de la Quintrala, sino sobre todo su imaginación, fueron mestizas. Esta pelirroja despótica fue un producto del tremebundo catolicismo barroco y contrarreformista español de la época, mezclado con las tradiciones, supersticiones y magias indígenas.
El padre viudo de La Quintrala vio reproducirse en su hija, desde pequeña, el genio violento y arrebatado de las hembras de su familia. Y no es imposible que le haya tenido miedo. Un miedo justificado, pues el primer crimen de La Quintrala fue precisamente el parricidio cometido para librarse de ese guardián. Así lo atestigua el obispo de Santiago, Francisco Salcedo, quien en 1634 escribió al fiscal del Consejo de Indias en España, clamando justicia para los crímenes de La Quintrala. Entre ellos, el de haber envenenado a su propio padre –“con veneno que le dio en un pollo, estando enfermo”–, tras lo cual el progenitor murió entre atroces dolores. (No en balde, La Quintrala decía que en su casa no aceptaba “hombres que me pongan mala cara”). Del crimen la acusó una tía suya, pero los parientes encumbrados en la Real Audiencia y en el virreinato de Lima echaron tierra al asunto.
Libre de la vigilancia paterna y alentada por la impunidad de su primer crimen, La Quintrala tendría cada vez menos frenos. El cuerpo de don Enrique Enríquez de Guzmán, caballero de la Orden de San Juan, apareció una mañana en una plazuela cercana a la casa de La Quintrala, helado y molido a palos. Hechas las averiguaciones se siguió la pista del finado hasta la casa de Catalina. La riquísima y hermosa huérfana, de veinte años, atrajo hasta su lecho al caballero “con un billete en que con engañosos halagos, le enviaba a llamar para tener mal trato con él esa noche”. Como la mantis religiosa que devora al macho después del coito, al amanecer La Quintrala ordenó a sus esclavos que apalearan al favorecido hasta matarlo. El escandaloso juicio seguido por la Real Audiencia se saldó con sobornos a los testigos y la inculpación de un negro que confesó bajo tormento lo que quisieron sus verdugos, y fue ahorcado.
A estas alturas, sin embargo, la poderosa familia se vio obligada a tomar otras medidas. Su abuela Águeda Flores (la hija de la cacica india de Talagante) arregló un matrimonio apresurado con un caballero noble, muy atractivo pero sin fortuna, que estuvo dispuesto a cargar con la responsabilidad de esta fiera femenina. Don Alonso de Campofrío y Carvajal procedía de una histórica casa española, que se había destacado en la Conquista. Su padre había derrotado al corsario Cavendish, en las costas de Valparaíso, en 1585. Pero las armas no habían traído el oro para ellos, hasta que Carvajal aceptó casarse con la mayor dote del reino. No podemos saber qué llevó a Catalina a aceptarlo. Probablemente la amenaza de encerrarla en un convento, que era el otro remedio para casos como éste, en la época. Aunque de ningún modo habría sido fácil encerrar a La Quintrala (de hecho, cuando un sacerdote intentó hacerla recapacitar y confesarla, la pelirroja reaccionó persiguiendo al cura con un cuchillo para matarlo). Y tampoco puede excluirse que haya existido una atracción oculta entre estos dos jóvenes. Como parece indicarlo la vida que llevaron en común en sus haciendas.
Las casas de la hacienda El Ingenio existen hasta hoy en el valle de La Ligua, al norte de Santiago. Una zona famosa por sus temblores y la fertilidad de sus suelos, regados por cursos de agua helada que se precipitan de los glaciares en la alta cordillera. El nombre primitivo de El Ingenio procede del trapiche para moler la caña de azúcar, cultivo en el que los antepasados de La Quintrala y ella misma explotaron las miles de almas que les fueron encomendadas. Pues la verdadera y casi única riqueza en este reino –que sólo producía gastos de guerra a la corona– era la explotación inmisericorde de los indios. En esas soledades casi inexpugnables vivió La Quintrala la mayor parte de los próximos treinta años. Allí nació y murió pronto su único hijo. Allí quedó viuda más o menos joven. Y, libre de todo freno, allí se dejó llevar también a excesos tan atroces que llegaron a ser escándalo en la distante Santiago. Ante lo cual, finalmente, las autoridades del reino no pudieron hacer más la vista gorda.
Un día de febrero de 1660 llegó hasta las casas de la hacienda Francisco Millán, un receptor de la Real Audiencia, comisionado para averiguar en secreto sobre los crímenes que se atribuían a su dueña. Este verdadero detective de la época logró mediante un ardid alejar a La Quintrala de su campo, e interrogar libremente a sus sirvientes y esclavos. El acta del proceso ahorra comentarios. “Doña Catalina castigaba todos los días y dos y tres veces, de muchos años atrás, toda la gente de su servicio, grandes y pequeños, indias solteras y casadas, desnudándolas en cueros, atándolas de los pies cabeza abajo, hasta llenarlos de sangre o degollarlos. Y después de azotados los cubría con sal, ají y orines. Sobre estos azotes los volvía a azotar, que este ejercicio era continuo de día y de noche… Después de azotados los solía quemar con brea, velas ardiendo, con miel, con tizones encendidos… Habiendo azotado una vez a la mulata Herrera, colgada por los pies, le había hecho entrar la cabeza en una olla con brasas y ají… Y había asado en hornos a sus esclavos y esclavas”.
Sus métodos revelan el doble atavismo violento en el carácter de La Quintrala. Idéntico tormento de ahogar en una hoguera de pimientos lo describe Núñez Cabeza de Vaca entre los aborígenes de América del Norte. Por su parte, tirar a los indios a hornos encendidos es una de las atrocidades españolas que denuncia Bartolomé de las Casas.
Pero quizá la más cruda descripción del salvajismo de La Quintrala sea el trato que daba a su doncella. Era ésta una indiecita de ocho años llamada Marcela, la cual fue encontrada oculta debajo de unos cueros, incapaz de hablar, llagada por los azotes y quemaduras –relata el oidor que la halló– “desde la punta de los pies a la cabeza”.
Sometida a proceso y prisión domiciliaria, doña Catalina, que ya era una mujer de cincuenta años, negó todo. Sobre los numerosos instrumentos de tortura dijo que no eran suyos y que ella sólo tenía: “un latiguillo en un palo delgado como una vela, con el cual daba golpes a las gallinas cuando se entraban en su recámara”.
Ese cinismo antiguo le bastaba a La Quintrala, pues sabía que su familia, y un gobernador español corrupto (al que le pagó con 800 quintales de sebo), la protegerían hasta el fin, que no estaba muy lejano. Acusada formalmente de más de cuarenta asesinatos –una parte pequeña del total, pero fueron los únicos en que los deudos se atrevieron a declarar–, el juicio se arrastró por cinco años. Durante ese último lustro ella ni siquiera se privó de cometer otras muertes, hasta que le sobrevino la propia el 15 de enero de 1665, hace ahora 340 años.
Cien frailes cantaron las exequias de Catalina de los Ríos y Lisperguer, en un templo iluminado con más de mil hachones de cera, mientras la enterraban no lejos del altar mayor. Al inventariar sus bienes se encontraron riquísimos trajes de las mejores telas traídas por el galeón de Portobello y Acapulco. Y también una arroba de pimientos en su despensa. El ají rojo como su pelo, con el que torturaba a sus esclavos. En su testamento le dejó todo a la Orden de San Agustín, la misma que custodia hasta hoy el Cristo de la Agonía que una vez echó de su casa. No se arrepintió, pero le legó “a su alma” –para emplear la hermosa expresión testamentaria– dinero suficiente para que se le cantaran veinte mil misas. De este modo compró la justicia divina, como había comprado la terrena.
Desde que fue redescubierta, en el siglo XIX, se han escrito más de una docena de libros, y filmado películas y series televisivas, en Chile y en Argentina. Pero su enigma permanece. Hay quienes leen su historia como la de una mujer liberada acusada de bruja injustamente en una época de hombres brutales. Un historiador ve en ella otra antepasada de la crueldad latinoamericana actual; por ejemplo, las torturas de Pinochet. No es imposible que sea todo eso. Aunque parece más probable que haya sido sobre todo una irreprimible hija de su tiempo.
La llaga de las colonias españolas en América fue ese océano de siervos explotados, cuyo sufrimiento usufructuaban las cortes virreinales. Y en ellas, los criollos más o menos mestizos y resentidos, como La Quintrala. Explotados a su vez por la avaricia de peninsulares que llegaban a mandar sobre los nietos de los conquistadores. Extremando sin escrúpulos esas injustas leyes humanas y divinas, La Quintrala quizá fue, en realidad, menos hipócrita que sus jueces.
Como sea, a su muerte, el fértil valle de La Ligua, que fue un vergel, se había desertificado, abandonado por los indios, que huyeron de su cruel ama a esconderse en las montañas. Metáfora de un aspecto de esas colonias, parecía –como relata un cronista– una “heredad maldita”.
LA PIRATA DEL MAR DE CHINA
Ángela Vallvey, 24/07/2005
Ching Shih, la mujer pirata, mandó sobre seis enormes escuadras, de quinientos barcos con veinticinco cañones por banda. Ching Shih (1775-1844) se hizo a la mar y a la piratería cuando su marido, el jefe de los corsarios, murió. Al mando de su tropa saqueó, arrasó aldeas y pasó a cuchillo a quien se le puso por delante.
La figura del pirata ha cautivado a la literatura y al cine. Stevenson, Borges, Conrad, Melville, Defoe… han escrito –fabulando y soñando, casi siempre– el relato nostálgico de su accidentada travesía a lo largo y ancho de los mares y las costas del mundo. Y el cine, la mayoría de las veces, se ha limitado a poner en escena su caricatura, llena de patochadas, desmesuras y tópicos ridículos.
Pero la epopeya pirata también contiene una pureza brutal y salvaje que busca desesperadamente la libertad absoluta, aventada por el horror legal y soterrado de las sociedades pretendidamente civilizadas de las que surgieron las figuras protagonistas de sus desventurados pillajes. Los piratas nunca quisieron hacer historia, sino escapar de la historia. Su reinado no era de este mundo. Sus villanías surgieron de la negrura que todos albergamos, en mayor o menor medida, en nuestras almas. Del ser humano cazador, liberto y migrador que una vez fuimos y cuyo recuerdo tribal continúa grabado a fuego en nuestro cerebro más primitivo, reclamándonos aire limpio, espacios abiertos, depredaciones sin número y una independencia orgullosa de fieras.
El comienzo de la historia de la piratería se pierde en la noche de los tiempos. Es una actividad casi tan vieja como la humanidad, aunque aseguren que nació en el siglo V antes de Cristo, en las inmediaciones de la Costa de los Piratas, en el golfo Pérsico. Mantuvo sus actividades durante toda la antigüedad, y alguno de sus destellos ha llegado a estremecer el siglo XX. Incluso en el XXI se calculan unos 1.150 ataques piratas cometidos sólo entre los años 2000 y 2002.
Claro que la piratería ya no es lo que era. Abordar hoy día, rifle en mano, un buque mercante de 150 metros de eslora, cargado de material informático, que entra en el puerto de Singapur procedente de Japón, tratando de atravesar el estrecho de Malacca para luego seguir hasta Suráfrica, no tiene el mismo encanto que adornaba a los viejos diablos del infierno cuando en 1668, a las órdenes de Henry Morgan, saqueaban Panamá bajo la sincera soflama de su capitán: “Aunque nuestro número es pequeño, nuestros corazones son grandes, y cuantos menos sobrevivamos, más fácil será repartir el botín y a más tocaremos cada uno”. La justicia de su lógica era entonces tan sencilla como demoledora. Ya ha dejado de serlo.
Desde luego, los tiempos han cambiado. El filibustero hace tiempo que dejó de serlo para convertirse en un triste bandido naval, sin la alegría utópica y anarquizante que irradió de aquellos antiguos y agrestes corazones, y que culminó en la Libertalia del capitán Misson: un paraíso bucanero frente al mar malgache –plagado de piratas ingleses, portugueses, negros, mahometanos…– que acabó cuando los buenos indígenas oriundos del lugar decidieron pasar a cuchillo a todos los miembros de la comuna, acabando con el pequeño ensayo de república igualitaria ideada por Misson y su lugarteniente, el fraile Caraccioli. El pirata John Silver de La isla del tesoro no es más que un sueño, como lo fueron asimismo los falansterios, el nihilismo ruso, el anarquismo, Saint-Simon, Rousseau, Fourier, el utopismo y el comunismo libertario. Pero todos esos sueños laten, a su horrorosa manera, en el sucio entramado, manchado de sangre y sal marina, de la bandera negra pirata.
El mar Mediterráneo y el mar de la China fueron escenarios primordiales de la odisea pirata. El siglo XVI comenzó gloriosamente con grandes expediciones, y vio cómo holandeses e ingleses se apresuraban codiciosamente sobre el poderío español en América y Asia. El imperio español fue un revulsivo para la historia de la piratería: sembró sueños oscuros, codicia y deseos de venganza en alguna que otra mente réproba. Y es más que evidente que si dicho imperio español dejó de ser un imperio, fue debido en parte a los implacables oficios de los piratas a lo largo y ancho de más de dos siglos sembrados de correrías, desvalijamientos y robos sin número.
Uno de los que más contribuyeron a empobrecer la Corona española fue Francis Drake, que nació en Tavistok, en el Devonshire, en 1539, y se dedicó desde muy joven a navegar. Viajó con Hawkins a la isla de La Española, transportando esclavos negros procedentes de África, pero fue sorprendido por los españoles y perdió su cargamento e incluso las naves. En represalia, se hizo al corso con objeto de apresar el tesoro que, según se decía entonces, pensaban transportar desde Panamá a España a través del istmo de Darien. Hacerce al corso significaba obtener una patente para robar y saquear con el beneplácito del rey u otros gobernantes; eso sí: siempre barcos de bandera enemiga. La reina Isabel I, fascinada por sir Drake, fue un noble ejemplo de cómo los reyes llegaron a legitimar e institucionalizar la piratería, sobre todo cuando era graciosamente puesta al servicio de sus arcas.
Los piratas formaban una extraña comunidad que, en los siglos XVII y XVIII, en la isla de La Tortuga, incluso tuvo una base internacional: la famosa cofradía de los Hermanos de la Costa, un semillero de proscritos y ratas de mar de todos los colores y nacionalidades, rufianes de corazón atrapado por la niebla oceánica, malos chicos insatisfechos con un mundo ordenado y regido por leyes que no siempre se les antojaban satisfactorias para sus propios intereses. Una hermandad que reunió a tipos tan feroces como legendarios: Pierre Le Grand, el capitán Roberts, Lewis, Agrammont, Low…
Pero los siglos fueron jugando su partida en contra de los herejes luteranos, como se los denominó ingenua y católicamente desde España, en la que no sólo preocupaban sus temibles periplos encaminados a la rapiña, sino, fundamentalmente, la burda y pertinaz manera que tenían aquellos hombres (y mujeres) de violar una y otra vez la fe católica. En el siglo XIX, los adelantos técnicos aplicados a las comunicaciones y a los sistemas de defensa fueron dejando atrás a los facinerosos. Tan rudos ellos, nunca se distinguieron por estar a la última en progresos científicos, y la ley y el orden acabaron ganándoles por la manga.
Precisamente fue el siglo XIX el escenario de las andanzas de la pirata china Ching Shih, o Cheng I Sao (1775-1844), porque la quimera pirata, con su espíritu rabiosamente montaraz, no podía excluir a las mujeres. La irlandesa Grace O’Malley, en el siglo XVI, tuvo su base en la isla de Clare, en Clew Bay. Otra irlandesa (los irlandeses tienen la sangre caliente y fueron espectacularmente proclives a la sanguinaria aventura de los mares), Anne Bonney, hija de un importante abogado, comenzó su carrera en el siglo XVII apuñalando a una chica y acabó convertida en la esposa de un pirata de medio pelo que se la llevó consigo a las Bahamas hasta que la joven lo abandonó por otro cazador de más fortuna: Calico Jack, con quien tuvo un hijo que dejó al cuidado de unos conocidos en Cuba para poder hacerse al mar con buen viento y demostrar su pericia con el machete y la pistola, hasta que se enamoró de Mary Read, una joven inglesa travestida de bucanero, que le robó el corazón a Anne, y quizá también algo más (con los piratas, ya se sabe: suelen afanar todo lo que pillan…). Las dos fueron condenadas a muerte, y al menos una de ellas se libró de ser ejecutada a causa de su embarazo. Charlotte de Berry, Fanny Campbell, Ann Mills… las mujeres sintieron la llamada del corso, que era también la de la libertad. Si cualquier hereje, desclasado, esclavo insurrecto o agitador tenía cabida en la empresa corsaria, las mujeres no iban a ser menos. El odor di femina penetró en los barcos, pero siempre a través de mujeres –muchas de ellas viudas– que se comportaban como auténticos hombres. Es más: que superaban a los hombres en valor, destreza y crueldad.
Yuentsze-Yung-Lun contó la historia de la piratería china entre 1807 y 1810 tratando de escamotearnos el relato miserable y bárbaro de los desmanes bucaneros asiáticos. En China todo es exquisitez, incluso en la atrocidad, venía a decir. Y, además, la piratería china de comienzos del siglo XIX se vio reducida al imperio absoluto de una mujer: Ching Shih, que por supuesto le aportó los donaires, la fineza y la exquisitez propios del sexo débil. ¿Débil? Bueno, es un decir…
Cierto día, la señora Ching se convirtió en la esposa del señor Ching, que desde 1797 dirigía el consorcio de los piratas. Sus barcos distribuían generosamente el terror a lo largo y ancho de todos los ríos y los mares habidos y por haber, hasta que el emperador, más que harto de tanta degollina y expolio, nombró a Ching maestre de los establos imperiales, un título que no hubiera disgustado a sir Francis Drake.
En este punto, el relato de la crónica es contradictorio: según una primera versión, Ching desairó los honores imperiales y continuó como si tal cosa, destripando annamitas y cochinchinos hasta que estos pobres lo mataron en defensa propia aprovechando un descuido en alguna escaramuza. Otros cuentan que, au contraire, Ching se infló como un pavo tras recibir su nuevo título y, por supuesto, una vez que el asunto se le subió a la cabeza, fue perdiendo brío hasta el punto en que sus colegas del consorcio, desolados ante las manifiestas memeces y ringorrangos del jefe, le obsequiaron con un plato de orugas venenosas, servidas con una guarnición de rico arroz. Sea como fuere, el caso es que Ching murió, y, con toda probabilidad, no de muerte natural.
Su viuda, lejos de sentirse desconsolada y abandonarse a una femenil depresión, se hizo cargo del negocio familiar ocupando acto seguido el lugar de su marido. Y llevó el mando y las cuentas con mano y voluntad de hierro. Borges la describe como “una mujer sarmentosa de ojos dormidos y sonrisa cariada. El pelo renegrido y aceitado tenía más resplandor que los ojos”. Yo, sin embargo, prefiero imaginarla como el objeto de este poema chino del siglo XIV: “Atrapada por el viento suave, / su falda de seda ondea y se agita. / El loto florece en los zapatos ajustados, / ¡como si ella pudiera mantenerse sobre las aguas otoñales! / La punta de sus zapatos no asoma más allá de la falda, / por temor a que se vean los pequeños bordados”.
No sé si la señora Ching se ató los pies en su momento. Los pies atados eran por entonces un símbolo de castidad y mantenían a la mujer dentro de casa haciéndola incapaz de andar muy lejos de ella. La señora Ching anduvo por donde le dio la gana. Pero también es cierto que los manuales amorosos chinos eran bastante específicos sobre el uso de los pies atados como zonas erógenas, que constituían una auténtica obsesión sexual.
Con pies atados o libres, la señora Ching se convirtió en la reina absoluta de seis enormes escuadras, con quinientos barcos de quince a doscientas toneladas cada uno, dotados de veinticinco cañones en ambas bandas. No estaba nada mal para una mujer de carácter como ella. Los colores de las oriflamas eran rojo, verde, amarillo, violeta y negro, y la sexta escuadra lucía el emblema de una serpiente. Sus comandantes tenían nombres refinados del estilo de Pájaro y Sílex, Alto Sol, Joya de Toda la Tripulación y Olla Llena de Peces. Aunque podemos objetar que los nombres de los bellacos, más que elegantes, podían pasar por cursis, la verdad es que los capitanes sometían a sus alféreces a un orden nada propio de damiselas. El reglamento de la señora Ching era de todo menos blandengue. Indicaba con meridiana claridad que “si un hombre va a tierra por su cuenta, o si comete el acto llamado ‘franquear las barreras’, se le horadarán las orejas en presencia de toda la flota; en caso de reincidencia, se le dará muerte”. También prohibió “tomar a título privado la menor cosa del botín procedente del robo y el pillaje. Todo será registrado, y el pirata recibirá, de las diez partes, dos para él; las otras ocho corresponderán al almacén denominado fondo general. Tomar lo que quiera que fuere del fondo general traerá consigo la muerte”.
La viuda, como algunos tiranos de la antigüedad griega, cuando se ponía a pensar en castigar una falta, lo primero que se le ocurría –por insignificante que fuera dicha infracción– era penarla con la muerte, así que con las faltas graves ya no se le ocurría ninguna otra penitencia mejor o más ejemplarizante: “Nadie deberá seducir para su placer a las mujeres cautivas apresadas en las ciudades o en el campo y llevadas a bordo de un navío. Se deberá, primeramente, pedir permiso al ecónomo, y retirarse a la cala del navío. El uso de la violencia con una mujer sin el permiso del ecónomo será castigado con la muerte”.
La viuda Ching era tan sumaria como Napoleón, y de una eficacia parecida, según puede deducirse. Pronto prohibió hablar de botín –una palabra con tintes bárbaros, casi occidentales–, y se refirió al fruto de sus rapacerías como “productos trasbordados”, expresión que nos suena a ejercicio posindustrial y globalizado, de una absoluta modernidad.
Mientras su pequeño ejército se entretenía rebozándose de cieno entre los juncos, o jugando a los naipes, o cocinando orugas y embadurnándose el cuerpo con dientes de ajo antes de una ofensiva, en el año 1808 una flota imperial, impresionante incluso para la señora Ching, la atacó sin piedad hasta que los cadáveres flotaron en el mar en tal número que bien podrían haberse confundido con la espuma de las olas. Pero la viuda, con sus ardides, sus profecías, su gong y sus tambores, además de su encantadora ferocidad, venció en la contienda. El almirante imperial, Kuo-Lang, no fue capaz de superar la derrota y acabó suicidándose después de mantener un nada honroso altercado con el lugarteniente de la viuda, el joven y bien cebado Pao, un tipo capaz de llorar como un niñito y de soltar una parrafada filosófica, con ínfulas de lánguido poema en prosa, como la siguiente: “Nosotros somos como los vapores que el viento dispersa, semejantes a las olas del mar que el torbellino levanta. Como bambúes quebrados sobre el mar, flotamos y nos hundimos alternativamente, sin gozar nunca de reposo. Nuestros éxitos en la encarnizada batalla van a hacer pesar pronto sobre nuestros hombros las fuerzas unidas del gobernador. Si nos persiguen por los canales y las bahías del mar, cuyos mapas ellos poseen, ¿no habremos de hacer grandes esfuerzos?”.
Toda una tierna declaración de buenas intenciones que no sirve de mucho porque, en cuanto se liquida el asunto, él y la viuda, junto al resto de los miembros de la flota, se lanzan de nuevo a matar, a saquear y a violar doncellas que luego venden provechosamente en Macao.
El negocio de la viuda continúa siendo de lo más floreciente durante un largo año más, justo hasta que el emperador le envía como regalo a un nuevo almirante, Tsuen-Mon-Sun, que la somete a una tenaz y porfiada cruzada que la deja exhausta y la humilla con la derrota. Dicen las crónicas que su gente se defendió con bravura, se cuenta el caso de una mujer pirata que, armada de un machete en cada mano, les rebanó el cuello a un buen montón de soldados imperiales antes de caer abatida en la cala.
A pesar de todo, la viuda Ching consigue rearmarse y continúa con sus fechorías, gobernando escuadras cada vez más fortalecidas, devastando aldeas y sembrando el terror allá donde pisa o navega, como un ángel de la muerte.
Pekín le envía a un caudillo guerrero de los más temibles: el almirante Ting Kvei, y la señora está a punto de hincarse de hinojos, derrotada, nada más ver la puesta en escena del sujeto. El almirante irrumpe en el mar con una flota inconmensurable armada de astrólogos y máquinas de guerra.
Borges lo contó diciendo que “la viuda se afligía y pensaba. Cuando la luna se llenó en el cielo y en el agua rojiza, la historia pareció tocar a su fin. Nadie podía predecir si un ilimitado perdón o si un ilimitado castigo se abatirían sobre la zorra, pero el inevitable fin se acercaba. La viuda comprendió. Arrojó sus dos espadas al río, se arrodilló en un bote y ordenó que la condujeran hasta la nave del comando imperial. Era el atardecer; el cielo estaba lleno de dragones, esta vez amarillos. La viuda murmuraba unas frases: ‘La zorra busca el ala del dragón’, dijo al subir a bordo”.
Diario "El País"
Les pido disculpas por dividir el post, sinceramente no entraba en uno solo (un post no puede exceder los 65000 carácteres)
Jacinto Antón, 03/07/2005
Reinhard Heydrich, “el verdugo de Hitler”, fue el más abyecto de los criminales nazis. Ambicioso, resentido, frío y calculador, el jefe de seguridad del III Reich, ideólogo de la ‘solución final’, impulsó con saña el exterminio de millones de judíos. Acabó sus días en Praga, asesinado por un comando checo.
Una cripta es un buen lugar para empezar la historia de un tenebroso asesino. Aquí, debajo de la catedral ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio, en Praga, en la calle Resslova, se escondieron los paracaidistas tiranicidas que mataron en 1942, en el pináculo de su carrera, al temible Reinhard Heydrich, el poderoso jefe de seguridad del III Reich, virrey de Hitler en Checoslovaquia y eficiente organizador del exterminio del pueblo judío. Es difícil imaginar a un tipo peor que Heydrich, aunque desde luego era polifacético: además de ser malvado, tocaba el violín, pilotaba aviones, navegaba y practicaba la esgrima. “La bestia rubia”, se le ha llamado, y también “el verdugo (der henker) de Hitler” y “el carnicero de Praga”. Eichmann trabajaba para él, y se dice que hasta Himmler, del que era nominalmente subordinado y protégé, llegó a tenerle miedo. Ambicioso, resentido, frío y calculador, Heydrich dirigió con mano de hierro el enjambre de criminales del sistema policial más perverso que ha conocido el mundo. Su espectro, enfundado en el uniforme de general de las SS con el que se sentía tan a gusto, parece deambular furioso por este tétrico lugar de la capital checa clamando todavía venganza, como si no le hubieran aplacado los ríos de sangre vertidos en su nombre y la destrucción en represalia por su muerte de todo un pueblo: Lidice.
La cripta de la iglesia de Praga conserva elocuentes testimonios de la lucha desigual entre el puñado de hombres valientes que cazaron al monstruo en una operación de ribetes suicidas y la jauría lanzada para capturarlos. En las paredes de piedra, cubiertas de nichos –gracias a Dios, hoy vacíos–, se observan numerosos impactos de bala; en una vitrina pueden verse una pistola Colt de 9 milímetros, una granada Mills y una metralleta Sten de los paracaidistas, así como un libro empapado en la sangre de uno de ellos. En este claustrofóbico subterráneo estuvieron refugiados durante 20 días, tras su exitosa acción del 27 de mayo de 1942, los tres autores materiales del asesinato o “liquidación militar” de Heydrich, los sargentos de la Brigada Checa instruidos en el Reino Unido Jozef Gabcik, Jan Kubis y Josef Valcik, junto con otros cuatro paracaidistas encargados de otras misiones, pero que se ocultaron en el mismo lugar para escapar de la inmensa redada policial montada por los nazis. Denunciados por un camarada traidor, el sargento Curda –con fama de borrachín, aunque parezca un chiste fácil–, y tras conseguir la Gestapo la pista final de su paradero torturando a una joven resistente a la que se presentó la cabeza de su madre flotando en una pecera, los siete paracaidistas lucharon como fieras en la iglesia. Tres hicieron frente con sus armas desde el coro a los soldados de las Waffen SS que irrumpieron a tiros en el santo lugar –el total de efectivos movilizados en el ataque por los nazis superó los 800 hombres–. Cuando después de dos horas cesó el fuego, los alemanes descubrieron los cuerpos de dos paracaidistas muertos que se habían envenenado con las cápsulas de cianuro proporcionadas a todos sus agentes por el servicio de operaciones especiales británico (SOE) y el de un tercero tan malherido que falleció poco después de ingresar en un hospital.
El resto de los paracaidistas se había atrincherado, en plan Termópilas, en la cripta y no fue fácil reducirlos. Los atacantes bombearon agua a través de un ventanuco; lanzaron granadas, bombas lacrimógenas y ráfagas de ametralladora por una trampilla, y finalmente entraron en tromba en la oscura catacumba, pero tuvieron que retirarse con varias bajas. Mientras preparaban un nuevo asalto y abrían con explosivos el acceso a la anegada cripta bajo el altar mayor sonaron cuatro tiros. Los cuatro valientes paracaidistas habían dirigido sus pistolas contra ellos mismos para no caer en manos de la Gestapo. En total resistieron seis horas. En la cripta puede verse el agujero que empezaron a cavar en un muro, en un infructuoso intento de alcanzar el sistema de alcantarillado para huir.
Los visitantes del lugar, convertido en un memorial a los héroes de la Heydrichiady, la ola de terror desatada tras la muerte de Heydrich, y de la resistencia antinazi en general, han dispuesto pequeñas ofrendas, flores y mensajes en papelitos que ensalzan el valor de los que lucharon aquí. En este momento, cuando acaba de marcharse un extravagante grupo de jóvenes checos caracterizados de soldados rusos de la II Guerra Mundial que sin duda participan en alguna de las ceremonias con reenactments (reconstrucciones históricas) del 60º aniversario de la liberación de Praga, el 9 de mayo, sólo quedan en la cripta quien firma estas líneas y un anciano trajeado absorto en un icono que pende de la pared. Se escucha un fuerte golpe arriba, en la iglesia, y el viejecito pone cara de susto y grita: “¡Gestapo!”. Luego ríe encantado de su broma –arriba lo que hay es un bautizo– y del efecto que ha producido. Se presenta, sin dar su nombre, como si estuviéramos aún en la clandestinidad, como “un antiguo miembro de la RAF” –los encargados de lanzar a los paracaidistas checoslovacos en sus peligrosas misiones– e invita a tomar un café en el bar de la esquina, U Parasutistu (Los Paracaidistas), dedicado monográficamente, con gran sentido de la oportunidad, a la resistencia y la acción contra Heydrich. “Un gran hijo de puta”, establece el viejo aviador, que finalmente ha optado por una cerveza, ante el retrato canónico del jerarca nazi que puede verse en un rincón, y que lo muestra como reichprotektor de Bohemia-Moravia, enfundado en el ominoso uniforme de obergruppenführer (general) de las SS. Desde luego no es la imagen de una buena persona. Emana de la fotografía un aura increíblemente siniestra y un claro mensaje de amenaza. Incluso en este mediodía soleado de primavera en Praga, uno no puede evitar un escalofrío.
Reinhard Tristan Heydrich nació el 7 de marzo de 1904 en la ciudad sajona de Halle y nada hacía prever que fuera a ser un monstruo. De hecho, estaba bajo el amable signo de la música: su padre era un compositor de cierta fama, Bruno Heydrich, y sus dos nombres de pila estaban tomados de sendas óperas, el primero del personaje de una de las obras líricas paternas y el segundo de la célebre de Wagner (Cosima era amiga de Bruno Heydrich). La madre, Elisabeth, era una ferviente católica. La manera en que Reinhard Heydrich –el pequeño y tímido Reini, como le llamaban familiarmente en casa, que aprendió a tocar ya de niño virtuosamente el piano y el violín (fue un consumado intérprete de este instrumento toda su vida) y se interesaba por la química– llegó a convertirse en el hombre más temido de Europa es digna de la transformación de Anakin Skywalker en Darth Vader.
El joven Reinhard era un chico inteligente, introvertido y sensible, bastante guapo, pero con una voz chillona que le granjeó el apodo de “cabra” en el colegio (es obvio que después nadie le volvió a llamar así). Menos aún le gustaba el sobrenombre de Isi, judío, que le dieron al correr el rumor de que su familia era de ascendencia hebrea, un aserto que, como veremos, le persiguió toda la vida. La I Guerra Mundial y la debacle de la derrota sacudieron los cimientos de la plácida vida burguesa de la familia Heydrich, propietaria de un conservatorio. Reinhard, como el resto de sus compañeros de la escuela, formó parte de un cuerpo de voluntarios de defensa civil, y de 1919 a 1920 fue miembro del Freikorps Märker, una fuerza paramilitar de la derecha. De todas formas, su destino no parecía estar entre los patrioteros y belicosos agitadores callejeros de la Alemania de entreguerras, sino en el mar. Alentado por las visitas de un amigo de la familia, el almirante conde Felix von Luckner, el heroico comandante del corsario Seeadler, Heydrich decidió ser marino. Sus padres ya habían decidido que siguiera la carrera musical, pero accedieron a que ingresara en la Armada, en la práctica consideración de que ser oficial de la misma era socialmente aceptable. Así que Heydrich entró en 1922 en la base de Kiel con un violín, regalo de su padre, debajo del brazo. Con su refinada educación, su voz de falsete y su fisonomía delicada, casi femenina (tenía unos labios muy carnosos y unas manos finas y largas; “como arañas”, describió su subordinado Schellenberg), sufrió bastante en el rudo ambiente militar. Un instructor la tomó especialmente con él y, borracho, le sacaba de la cama por las noches para obligarle a interpretar con el violín la Serenata de Toselli, una pieza que desde entonces Heydrich siempre aborreció. El joven recluta se refugió en la soledad y en los deportes, especialmente la esgrima, en la que se revelaría un consumado maestro (fue capitán del equipo de las SS y responsable de toda la esgrima alemana), aunque no muy caballeroso: al ser eliminado en un campeonato lanzó su sable al suelo con furia, y parece que su siniestra fama como jefe de la Gestapo –que lógicamente intimidaba si tenías que luchar con él– le permitió ganar bastantes combates.
En 1923, completada su instrucción, el cadete ingresó en la tripulación del crucero Berlin, donde conoció al que luego sería su gran rival en los servicios secretos alemanes, Wilhem Canaris, entonces oficial en el mismo buque. Heydrich trabó amistad con Canaris y se convirtió en un habitual en casa de éste, donde participaba en las veladas musicales con la mujer del anfitrión, Erika, que también tocaba el violín. Algunos días jugaban al cróquet. La relación con Canaris, el ambiguo jefe de espías responsable de la Abwehr, fue siempre muy compleja, y se ha afirmado que el almirante, en una de sus alambicadas operaciones de contrainteligencia, pudo estar detrás del –para él– oportuno atentado que costó la vida a Heydrich. Una teoría conspirativa que, no obstante, se ve contradicha por el hecho de que Canaris, el viejo zorro, pareció realmente afectado por la muerte del antiguo amigo y lloró en su funeral (véase Hitler’s spy chief, de Richard Basset. Weidenfeld & Nicolson, 2005).
La carrera naval de Heydrich iba viento en popa: ascendió a teniente, era apreciado por sus superiores y famoso por sus éxitos deportivos –vela, equitación, esgrima–, cuando conoció a la que sería su mujer, Lina Matilde von Osten, una belleza rubia con un hermano en las SA y ella misma miembro entusiasta del partido nazi –una mala persona (véase el capítulo que le está dedicado en Las mujeres de Hitler. Plaza & Janés, 2003): tras la guerra fue condenada en Praga a cadena perpetua en ausencia por el uso de trabajadores esclavos para ampliar y cuidar su finca checa–. Fue un flechazo, y al poco se comprometieron. Pero entonces estalló el drama: una chica con la que Heydrich había tenido un oscuro affaire se sintió ultrajada por el anuncio de ese compromiso y se quejó a los superiores de nuestro hombre. La joven era hija de un amigo íntimo del almirante Raeder, nada menos, y el asunto le costó a Heydrich un juicio de honor y su expulsión sumaria de la Armada por atentar contra el código de conducta de la misma, que estipulaba que todo oficial debía ser a la vez, por supuesto, un caballero. En cuestión de faldas, desde luego, Heydrich no lo era. Poseía un insaciable apetito sexual, con un lado sádico, y su relación con las mujeres –aunque aparentaba ser un amantísimo marido y ejemplar padre de familia (tuvo cuatro hijos, uno póstumo)– fue la de un depredador. Su larga mano –y nunca mejor dicho– llega incluso a Barcelona, donde, durante una recepción naval en el Club Alemán en sus tiempos de oficial de la marina, fue abofeteado públicamente por una joven con la que se propasó.
El que fuera célebre intérprete de las autoridades nazis en Italia y oficial de las SS, Eugen Dollman, relata en sus memorias, Intérprete de Hitler (Juventud, 1969) –en las que, por cierto, dice de Heydrich que fue el único de los líderes nazis al que instintivamente temió desde que le vio–, la visita a un burdel en Nápoles con el ya jefe de los servicios secretos. Heydrich convocó allí a todas las prostitutas y arrojó un puñado de monedas de oro al suelo para verlas arrastrarse delante de él, una imagen digna del peor de los jefes de las cohortes pretorianas de Domiciano.
La expulsión de la Armada en 1931 fue un golpe terrible para Heydrich, el peor de su vida, y lo que le condujo a las SS y a su carrera de genocida (desgraciadamente, este reverso oscuro de Lord Jim no prefirió perderse en un lejano Patusán). Dolido, humillado y rencoroso, en la calle y sin empleo, acabó ingresando en la única estructura militar de cierto prestigio que podía aceptar a un hombre marcado como él: la Schutzstaeffel (SS). En esa nueva y siniestra aristocracia halló un sustituto a sus ansias de reconocimiento social y una forma también de pasar recibo al mundo que le había rechazado. Las SS seguramente estuvieron encantadas de reclutar en sus filas a un ex militar desarraigado y despechado como Heydrich que además, a diferencia de otros miembros y líderes del partido, tenía un formidable aspecto ario con su altura, su complexión deportiva, su cabello rubio y sus ojos azules. De hecho, Heydrich fue considerado “el hombre de las SS ideal”, un elogio que hoy nos deja un tanto perplejos.
En todo caso, su llegada a las SS tuvo algo de sainete, como explica Richard Breitman en su iluminador libro sobre Himmler The architect of genocide (Pimplico, 2004): enterado de que Himmler buscaba a alguien para organizar un servicio de inteligencia de las SS –lo que sería el temible SD (Sicherheitsdienst, servicio de seguridad)–, Heydrich se presentó sin avisar en la granja de pollos del reichsführer en Waldrudering, y allí el jefe de las SS –tan amante de la agropecuaria y la jardinería como de los campos de concentración– le sometió a un rápido interrogatorio y le pidió que esbozara un proyecto para la nueva sección. Heydrich improvisó basándose en su experiencia como lector de novelas de espionaje –para que luego digan que leer género policiaco es perder el tiempo– y se hizo con el puesto. Parece ser que en la decisión de Himmler desempeñó un papel importante la confusión que se hizo, pese a ser hijo de maestro, con la palabra alemana nachrichtenoffizier, que puede significar oficial de inteligencia u oficial de señales, que es lo que Reinhard Heydrich era en la Armada.
Los historiadores advierten, sin embargo, de lo incorrecto de ver a Heydrich sólo como un oportunista amoral: fue en realidad un convencido ideólogo del credo nazi, y sus crímenes derivaron de su fanatismo y su entrega a la causa hitleriana.
El nuevo y flamante miembro de las SS (número 10.120) aprovechó para casarse con Lina von Osten en una ceremonia en la que no faltó la esvástica en el altar y el Horst Wessel Lied en el órgano. De regalo de bodas, Himmler le ascendió a sturmbannführer (mayor). Heydrich se puso manos a la obra con la SD y formó un instrumento retorcido y maligno consagrado a la intriga y el espionaje. Sin embargo, de nuevo apareció un contratiempo: el viejo tema de la sangre judía. Seguramente fruto de las intrigas y envidias dentro del partido, el asunto llegó a las autoridades y se exigió una investigación en profundidad sobre una familia que contaba nada menos que con un Süss en sus filas. Heydrich salió del examen como “puro ario”, pero las sospechas no se desvanecieron nunca del todo. Contribuyó a ello el que desaparecieran muchos indicios de la genealogía de Heydrich (y algún testigo). La lápida de la tumba de su abuela, por ejemplo, que rezaba Sarah Heydrich, se convirtió misteriosamente en S. Heydrich. Es posible que esa espada de Damocles de la sangre judía actuara como acicate del fanatismo antisemita de Heydrich. También debió de servir para que se ejerciera una presión sobre él desde las altas instancias del partido (Joachim Fest dice que era “chantajeable”). Heydrich se reveló desde el principio como un terrible Maquiavelo policial. Una de las primeras pruebas de sus grandes capacidades la dio con motivo de esa gran noche de San Bartolomé parda que fue el golpe contra las SA. No tuvo el menor escrúpulo en planificar la muerte de Ernst Röhm, padrino de su hijo mayor.
En poco tiempo, el duro, despiadado, intrigante y eficiente Heydrich, a la sombra de Himmler, consiguió reunir en sus manos un poder colosal: fue nombrado jefe de la policía de seguridad (SIPO), que incluía la Gestapo, y finalmente responsable de la Reichssicherheitshauptamt (RSHA), la gran oficina central de seguridad del Reich, la temible telaraña que incluía a todas las agencias policiales y de espionaje. El organismo tenía entre sus responsabilidades, por supuesto, ocuparse de los judíos, considerados principales enemigos del Estado. El 31 de agosto de 1939, Heydrich tuvo el dudoso privilegio de alzar la punta del telón de la II Guerra Mundial: fue el encargado de la Operación Tannenberg, dedicada a simular una agresión polaca que justificase propagandísticamente la invasión de Polonia al día siguiente. Se utilizaron prisioneros del campo de Sachsenhausen, ejecutados a sangre fría, para simular supuestos soldados polacos atacantes. Durante la campaña de Polonia, las SS iniciaron su programa de asesinatos en masa a través de las unidades especiales de la policía de seguridad de Heydrich, los tristemente célebres einsatzgruppen, que luego sembrarían el terror en la Unión Soviética cometiendo atrocidades sin cuento.
Nuestro personaje se fue involucrando paulatinamente en los aspectos más abyectos del régimen nazi, y casi como una consecuencia lógica acabó siendo fundamental en la “solución final de la cuestión judía”, un papel por el que, de haber sobrevivido a la guerra, le hubieran ahorcado sin duda alguna en Núremberg. Por orden de Goering organizó la famosa Conferencia de Wannsee, que reunió, el 20 de enero de 1942, a un grupo de altos cargos del III Reich para disponer las medidas administrativas y la logística del Holocausto (véase La villa, el lago, la reunión, de Mark Roseman. RBA, 2001). Sólo por esa fructífera reunión –en la que se discutió, entre buenos vinos y cigarros, la aniquilación de millones de personas– merece Heydrich pasar con matrícula a la historia universal de la infamia. Existe un estupendo filme moderno acerca de la Conferencia de Wannsee (La solución final, 2001) en el que el papel de Heydrich lo interpreta –con ese desconcertante convencimiento que aportan los británicos a sus papeles de villanos nazis– el shakespeariano Kenneth Branagh. Hay otras dos películas, espléndidos clásicos, en las que aparece Heydrich, ambas centrados en su asesinato en Praga: Hitler’s madman (1942), de Douglas Sirk, y Hangmen also die! (1943), de Fritz Lang, en cuyo guión colaboró Bertolt Brecht.
Desde septiembre de 1941, y gracias a una ocasional alianza con Bormann, Heydrich compaginaba sus responsabilidades de policía y seguridad del imperio de Hitler con el alto cargo de reichprotektor de Bohemia-Moravia, en sustitución del débil Von Neurath. En ese puesto convirtió el país virtualmente en un Estado de las SS y desarrolló al máximo sus perversas cualidades, para horror de los checos. Su éxito en destruir la resistencia y cualquier tipo de oposición resultó tan aplastante –a base de una campaña de represión brutal– que, paradójicamente, fue una de las causas de su asesinato. Los círculos checos en el exilio en Londres se vieron obligados a realizar una acción espectacular que demostrara al mundo que el pueblo checo no se había plegado a la tiranía nazi. Así nació Anthropoid, la operación de comandos para matarlo.
Heydrich despreciaba a los eslavos y les preparaba un destino de esclavitud en el Reich de los mil años. Ese desprecio y el alto concepto que tenía de sí mismo y del miedo que provocaba le hicieron descuidar su seguridad personal. Los paracaidistas entrenados en el Reino Unido le tendieron una emboscada el 27 de mayo de 1942 cuando se trasladaba como cada día, a la misma hora y sin escolta, en un coche descubierto junto a su chófer SS Johannes Klein, desde su domicilio en las afueras de Praga (una suntuosa mansión confiscada a un judío) hasta su despacho oficial en el castillo Hradcany. Aprovechando un recodo del camino en el que el automóvil del reichprotektor debía reducir la velocidad, ya en los suburbios de la capital, el sargento Gabcik se abalanzó esgrimiendo su metralleta Stein para rociar el coche con una ráfaga mortal. Apretó el gatillo y… nada. El arma se le había encasquillado. En ese momento, Heydrich tomó una decisión fatal: en vez de ordenarle a Klein que acelerara –lo que hay que hacer en estos casos–, le mandó parar para enfrentarse al atacante con su pistola. Entre los muchos defectos de Heydrich no estaba la cobardía. Muy al contrario, era un tipo descerebradamente arrojado que aprendió a pilotar aviones y, durante la guerra, no dudó en volar con la Luftwaffe en misiones de reconocimiento y combate, primero en Noruega y Francia (ganó la Cruz de Hierro y otras condecoraciones) y luego en Rusia, donde, por lo visto, a los mandos de su propio caza Me-109 decorado con su runa particular, fue derribado y hubo de ser rescatado tras las líneas enemigas. Hitler tuvo un ataque de furia al enterarse de que su gran especialista en seguridad y guardián de tantos secretos se arriesgaba imprudentemente, y Himmler le prohibió entonces volver a volar. Al detener el coche aquel día en Praga, Heydrich posibilitó que el otro ejecutor del atentado, el sargento Kubis, cumpliera su misión complementaria de arrojar una bomba de mano confeccionada para la ocasión a partir de un proyectil antitanque. El artefacto impactó contra el costado del Mercedes 320 y explosionó, hiriendo al mandatario nazi con esquirlas y trozos de la carrocería.
En el momento del atentado, Heydrich preparaba un nuevo salto en su carrera. Confiaba en ser nombrado por Hitler reichkommisar encargado de la seguridad global de todos los territorios ocupados. Era su objetivo extrapolar la experiencia del Protectorado especialmente a Francia para reducir a la resistencia gala con los mismos métodos despiadados. Sumado a sus responsabilidades en Interior y contraespionaje y sus tareas en la deportación de los judíos, el nuevo cargo hubiera hecho de Heydrich una figura de primerísima fila del III Reich, según subraya el historiador Callum MacDonald en The killing of Reinhard Heydrich (Da Capo, 1998), seguramente el mejor libro sobre el personaje y su asesinato. Guita Sereny, para la que Heydrich fue “la personalidad más oscura del firmamento nazi”, cree que su ambición era reemplazar a Himmler. Otros historiadores, sin embargo, disienten. Richard Overy dijo recientemente a quien escribe estas líneas que la cúpula nazi no hubiera tolerado a un Heydrich más poderoso que amenazara a los verdaderos líderes, y que su destino era “moverse hacia los lados, pero no hacia arriba”. Por su parte, en otra conversación, el también historiador Richard J. Evans opinó que Heydrich, pese a todas sus maniobras, no habría dejado de estar subordinado a Himmler.
Sea como fuere, pensando quizá en cómo se desvanecían sus sueños, Heydrich se desangraba en la calle aferrado a su pistola y a su odio. Ingresado en el hospital Bulovka, pareció en principio que las heridas del mandatario nazi no eran mortales y se recuperaría –para horror de todos–; pero, al cabo de unos días, su estado se complicó repentinamente, se le declaró una septicemia, sufrió un colapso general y murió el 4 de junio. Se ha especulado con que la bomba contuviera alguna toxina aportada generosamente por los servicios secretos británicos o con que una mano negra en el hospital actuara contra el postrado asesino. Parece más probable que lo que envenenara a Heydrich fuera una bacteria introducida en las sucias heridas provocadas por el metal de la bomba y los fragmentos de carrocería. En el cuerpo lacerado del reichprotektor se encontraron incluso restos de la crin de caballo usada como relleno de los asientos. La causa de la muerte fue anotada como “infección de herida”. Himmler había enviado sus mejores médicos de las SS –cosa que asustaría a cualquiera– para tratar a su mano derecha, pero resultaron inútiles. Hubo una agria polémica cuando el médico de Hitler, Theo Morrell, denunció como mala praxis el uso de sulfamidas por parte del doctor Karl Gebhart, cirujano jefe de las Waffen SS, para tratar al herido. Eso dio lugar, en la espantosa lógica nazi, a una atrocidad que es un buen epílogo para la carrera de Heydrich: Gebhart se instaló en el campo de concentración de Ravensbrück y se dedicó a experimentar con prisioneras –a las que causaba heridas y luego se las infectaba él mismo– para demostrar que su tratamiento del reichprotektor no había sido equivocado. Esos experimentos provocaron la muerte y el sufrimiento de un grupo de presas seleccionadas como cobayas humanas, las llamadas kanichen (conejos), en su mayoría polacas. El pasado abril pude conocer a una de las supervivientes en las ceremonias de liberación del campo de Ravensbrück y me mostró sus piernas surcadas por grandes cicatrices, marcas atroces que, de alguna manera, conducían tortuosamente hasta Heydrich.
Al conocer la noticia del asesinato, Hitler –que siempre mantuvo cierta distancia incómoda con el gran verdugo de su régimen– inicialmente denostó con rabia a su subordinado por imprudente; luego comparó su muerte a la pérdida de una batalla, y finalmente lo calificó emocionado, en su funeral de Estado en la Cancillería del Reich, en Berlín, de “hombre con el corazón de hierro”. Los líderes nazis despidieron al único de los suyos muerto en atentado con una ceremonia espectacular. La Filarmónica de Berlín interpretó la marcha fúnebre de Sigfrido anticipando el Götterdämmerung de 1945, e incluso el Führer tuvo un gesto con los hijos de Heydrich –el mayor de los cuales murió poco después atropellado por un camión– que recuerda poderosamente la caricia a los niños soldados de la Volkstrum en los jardines del búnker, poco antes de suicidarse.
En Praga aún se recuerda el silencio expectante que se creó tras la noticia del atentado. La venganza nazi se desató luego de esa calma como un latigazo, una tempestad inmisericorde. Las represalias se sucedieron brutalmente: ejecuciones masivas; deportaciones; la destrucción completa de Lezaky y Lidice, localidades a las que se atribuía haber dado refugio a los paracaidistas, cuyas cabezas cortadas se empalaron en picas y se exhibieron. Las de Gabcik y Kubis se conservaron en formol en el palacio de Pecek hasta el final de la guerra.
Hoy es una experiencia estremecedora recorrer la hermosa ciudad, tomada por los turistas, siguiendo las huellas de Heydrich. Sus pasos resuenan en la escalinata del castillo Hradcany, donde uno imagina ondear las grandes banderas de las SS; la música de su padre parece flotar en el palacio Valdstejn, donde el líder nazi asistió a un concierto en honor de Bruno Heydrich la víspera de su asesinato. El escenario del atentado, en el cruce de las calles V Holesovickach y Zenklova, ha cambiado, pero uno espera intranquilo ver aparecer el siniestro Mercedes del reichprotektor en cualquier momento. El peor lugar es, sin embargo, el cementerio judío, en el que las lápidas se amontonan como los pecados de Heydrich, el Golem de Hitler, creando largas sombras en el crepúsculo. Por la noche, después de ver a los patos nadar en el Moldava y recorrer los locales de copas de Mala Strana, recordé el viejo rito eslavo para conjurar los espectros demoniacos: escupir sobre el fuego. Lo hice encima de una bujía encendida en el suelo a la puerta de un bar, musitando el nombre de Reinhard Heydrich, y la llama se apagó con un siseo airado de serpiente.
LA BRUJA PELIRROJA
Carlos Franz, 10/07/2005
‘La quintrala’, Catalina de los Ríos y Lisperguer –la hacendada más poderosa del reino de Chile en el siglo XVII–, era mestiza de españoles, alemanes e indios. Asesina de su padre y de sus amantes, tachada de bruja, atormentaba a sus esclavos y siervos indígenas, que exterminó por docenas.
Es 1640. España vive su Siglo de Oro, y al mismo tiempo cunde su decadencia. Al otro lado del mundo, Santiago, en la remota Capitanía General de Chile, es una ciudad de trescientas casas principales y muchas chozas, donde se hacinan unas cinco mil personas (algo así como la población de Burgos, por entonces). Barrosa en invierno, polvorienta en verano, aislada por las montañas nevadas de los Andes, esta ciudad preside el reino más belicoso de la América española. Estamos en una habitación de techos altos, con muros de adobón blanqueados a la cal contra los cuales se arriman bargueños oscuros, una cama con dosel, y una chimenea encendida sobre cuyo estante hay un crucifijo con la talla de un Cristo torturado y a la vez iracundo. Atada de rodillas a esta chimenea se encuentra una esclava negra, desnuda, con la espalda abierta en tiras por los azotes. Tras ella, de pie, sosteniendo un velón encendido, hay una mujer muy blanca pero de rasgos indígenas, pómulos salientes, sobre los cuales brillan los ojos negros de expresión airada, todo enmarcado por una revuelta melena de pelo rojo. La pelirroja mueve la mano y derrama con precisión el esperma incandescente sobre las heridas de la negra, que aúlla. La operación se llama “cerotear” y es un tormento muy conocido en la colonia para prolongar el dolor de los esclavos azotados; disciplinas que esta ama practica con frecuencia. La pelirroja va a derramar el esperma sobre otra llaga, pero algo la interrumpe. Mira hacia el crucifijo sobre la chimenea. El Señor de la Agonía es famoso –hasta el día de hoy, en su altar del templo de San Agustín en Santiago de Chile– por mirar con expresión iracunda a sus fieles, como si les reprochara los sufrimientos que padece por ellos. La joven pelirroja le grita a la imagen: “Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara. ¡Así que fuera!”, y le manda al esclavo indio que la asiste con el látigo que se lleve el crucifijo. Así retrata una leyenda de casi cuatro siglos el carácter cruel, brutal, y a la vez independiente, de La Quintrala.
El quintral es un muérdago de flores rojas, una hermosa enredadera trepadora que, sin embargo, seca el árbol al cual se abraza. Con un apodo derivado de este nombre –La Quintrala, aludiendo a sus cabellos rojos y a su crueldad– fue conocida desde niña una de las mujeres más enigmáticas que produjeron las colonias españolas en América. Doña Catalina de los Ríos y Lisperguer perteneció a la familia más poderosa del reino de Chile en el siglo XVII. Su abuelo alemán, Pedro Lisperguer, descendiente de la casa real de Sajonia-Wittenberg, fue paje de Carlos V antes de pasar a América con los primeros conquistadores (entre ellos, otro paje imperial, Alonso de Ercilla, que escribiría el poema más famoso de la Conquista, La Araucana). Una vez en Chile, Lisperguer se casó con Águeda Flores. Ésta era hija de otro alemán (Bartolomé Flores, nacido Blumen en Baviera) y de la india Elvira de Talagante, vástago de un poderoso cacique mapuche. Estos indios eran señores feudales –reconocidos como vasallos por los incas cuzqueños– sobre enormes extensiones de tierra y miles de tributarios, en el valle central de Chile.
La nieta de este enlace, Catalina de los Ríos y Lisperguer, nació en Santiago de Nueva Extremadura, como se conocía entonces a Santiago, en 1604 o 1605, cuando el reino llevaba sólo medio siglo desde que fue fundado. La niña que vio la primera luz en la gran casona santiaguina de su familia era un buen ejemplo del crisol sangriento de la Conquista. No sólo fue la heredera de haciendas, en ambas caras de los Andes, que equivalen a lo que sería hoy Castilla-La Mancha, y de millares de siervos indígenas y esclavos negros a los que poseerá como señora de horca y cuchillo. Sino que, asimismo, La Quintrala fue el retoño más violento de un linaje de mujeres salvajes; incluso más brutales que sus maridos curtidos en las inacabables guerras de Arauco (Chile fue conocido por eso como “el Flandes indiano”).
Trepando sólo un poco por el árbol genealógico de Catalina de los Ríos y Lisperguer se encuentran tantos ejemplos de crueldad femenina que dan para creer en una predestinación genética. Otra abuela de La Quintrala, María de Encío –que fue amante de Pedro de Valdivia, el conquistador de Chile– fue acusada y procesada como bruja “por unirse a ciertos bailes de los indios que eran tenidos por diabólicos, criar culebras y azotar cruelmente a sus sirvientes”. Coronó su carrera matando a su marido –el abuelo materno de Catalina– echándole azogue hirviente por un oído mientras dormía la siesta.
A su vez, la hija de la anterior, y madre de La Quintrala, se hizo famosa por matar a latigazos a una hijastra, bastarda de su marido. Y sobre todo por intentar envenenar –probablemente por celos– nada menos que al gobernador del Reino, don Alonso de Rivera. Crimen del que se libró asesinando al indio que puso –por orden suya– las yerbas venenosas en el agua del gobernador. No fue raro que el pueblo se vengara, entonces, reputándolas brujas tanto a ella como a su madre: “Por un duende que en su casa alborotó toda esta tierra, con quien decían que tenían pacto”.
Hija y nieta de asesinas, Catalina de los Ríos y Lisperguer quedó pronto huérfana de madre y fue criada por esclavas indígenas y negras. Y un padre severo. La Quintrala era analfabeta. Ni siquiera sabía firmar su nombre. Asunto del que se avergonzaba un poco, aunque no era raro en las grandes damas de su época, a las cuales, si no se las destinaba al convento, se tenía incluso por inconveniente enseñarles a leer. Sin embargo, todas las crónicas y las constancias de sus varios procesos judiciales muestran una mujer de aguda inteligencia y taimada habilidad. Una hacendada que dirigía personalmente las faenas de sus encomiendas desde su caballo y que conocía a fondo la mentalidad no sólo de su alcurnia, sino de la masa de siervos de la tierra que, por merced real, habían sido entregados a sus antepasados. Esta sabiduría instintiva, a no dudarlo, venía de las tradiciones orales que Catalina escuchó desde su infancia en las oscuras cocinas de sus haciendas. De boca de sus ayas esclavas habrán llegado a ella las historias susurradas de la crueldad de sus antepasadas, y también los conjuros y sortilegios, el conocimiento de la tierra y sus secretos de naturaleza, que constituían la religiosidad oculta de esa servidumbre aborigen. Con lo cual, no sólo la sangre de la Quintrala, sino sobre todo su imaginación, fueron mestizas. Esta pelirroja despótica fue un producto del tremebundo catolicismo barroco y contrarreformista español de la época, mezclado con las tradiciones, supersticiones y magias indígenas.
El padre viudo de La Quintrala vio reproducirse en su hija, desde pequeña, el genio violento y arrebatado de las hembras de su familia. Y no es imposible que le haya tenido miedo. Un miedo justificado, pues el primer crimen de La Quintrala fue precisamente el parricidio cometido para librarse de ese guardián. Así lo atestigua el obispo de Santiago, Francisco Salcedo, quien en 1634 escribió al fiscal del Consejo de Indias en España, clamando justicia para los crímenes de La Quintrala. Entre ellos, el de haber envenenado a su propio padre –“con veneno que le dio en un pollo, estando enfermo”–, tras lo cual el progenitor murió entre atroces dolores. (No en balde, La Quintrala decía que en su casa no aceptaba “hombres que me pongan mala cara”). Del crimen la acusó una tía suya, pero los parientes encumbrados en la Real Audiencia y en el virreinato de Lima echaron tierra al asunto.
Libre de la vigilancia paterna y alentada por la impunidad de su primer crimen, La Quintrala tendría cada vez menos frenos. El cuerpo de don Enrique Enríquez de Guzmán, caballero de la Orden de San Juan, apareció una mañana en una plazuela cercana a la casa de La Quintrala, helado y molido a palos. Hechas las averiguaciones se siguió la pista del finado hasta la casa de Catalina. La riquísima y hermosa huérfana, de veinte años, atrajo hasta su lecho al caballero “con un billete en que con engañosos halagos, le enviaba a llamar para tener mal trato con él esa noche”. Como la mantis religiosa que devora al macho después del coito, al amanecer La Quintrala ordenó a sus esclavos que apalearan al favorecido hasta matarlo. El escandaloso juicio seguido por la Real Audiencia se saldó con sobornos a los testigos y la inculpación de un negro que confesó bajo tormento lo que quisieron sus verdugos, y fue ahorcado.
A estas alturas, sin embargo, la poderosa familia se vio obligada a tomar otras medidas. Su abuela Águeda Flores (la hija de la cacica india de Talagante) arregló un matrimonio apresurado con un caballero noble, muy atractivo pero sin fortuna, que estuvo dispuesto a cargar con la responsabilidad de esta fiera femenina. Don Alonso de Campofrío y Carvajal procedía de una histórica casa española, que se había destacado en la Conquista. Su padre había derrotado al corsario Cavendish, en las costas de Valparaíso, en 1585. Pero las armas no habían traído el oro para ellos, hasta que Carvajal aceptó casarse con la mayor dote del reino. No podemos saber qué llevó a Catalina a aceptarlo. Probablemente la amenaza de encerrarla en un convento, que era el otro remedio para casos como éste, en la época. Aunque de ningún modo habría sido fácil encerrar a La Quintrala (de hecho, cuando un sacerdote intentó hacerla recapacitar y confesarla, la pelirroja reaccionó persiguiendo al cura con un cuchillo para matarlo). Y tampoco puede excluirse que haya existido una atracción oculta entre estos dos jóvenes. Como parece indicarlo la vida que llevaron en común en sus haciendas.
Las casas de la hacienda El Ingenio existen hasta hoy en el valle de La Ligua, al norte de Santiago. Una zona famosa por sus temblores y la fertilidad de sus suelos, regados por cursos de agua helada que se precipitan de los glaciares en la alta cordillera. El nombre primitivo de El Ingenio procede del trapiche para moler la caña de azúcar, cultivo en el que los antepasados de La Quintrala y ella misma explotaron las miles de almas que les fueron encomendadas. Pues la verdadera y casi única riqueza en este reino –que sólo producía gastos de guerra a la corona– era la explotación inmisericorde de los indios. En esas soledades casi inexpugnables vivió La Quintrala la mayor parte de los próximos treinta años. Allí nació y murió pronto su único hijo. Allí quedó viuda más o menos joven. Y, libre de todo freno, allí se dejó llevar también a excesos tan atroces que llegaron a ser escándalo en la distante Santiago. Ante lo cual, finalmente, las autoridades del reino no pudieron hacer más la vista gorda.
Un día de febrero de 1660 llegó hasta las casas de la hacienda Francisco Millán, un receptor de la Real Audiencia, comisionado para averiguar en secreto sobre los crímenes que se atribuían a su dueña. Este verdadero detective de la época logró mediante un ardid alejar a La Quintrala de su campo, e interrogar libremente a sus sirvientes y esclavos. El acta del proceso ahorra comentarios. “Doña Catalina castigaba todos los días y dos y tres veces, de muchos años atrás, toda la gente de su servicio, grandes y pequeños, indias solteras y casadas, desnudándolas en cueros, atándolas de los pies cabeza abajo, hasta llenarlos de sangre o degollarlos. Y después de azotados los cubría con sal, ají y orines. Sobre estos azotes los volvía a azotar, que este ejercicio era continuo de día y de noche… Después de azotados los solía quemar con brea, velas ardiendo, con miel, con tizones encendidos… Habiendo azotado una vez a la mulata Herrera, colgada por los pies, le había hecho entrar la cabeza en una olla con brasas y ají… Y había asado en hornos a sus esclavos y esclavas”.
Sus métodos revelan el doble atavismo violento en el carácter de La Quintrala. Idéntico tormento de ahogar en una hoguera de pimientos lo describe Núñez Cabeza de Vaca entre los aborígenes de América del Norte. Por su parte, tirar a los indios a hornos encendidos es una de las atrocidades españolas que denuncia Bartolomé de las Casas.
Pero quizá la más cruda descripción del salvajismo de La Quintrala sea el trato que daba a su doncella. Era ésta una indiecita de ocho años llamada Marcela, la cual fue encontrada oculta debajo de unos cueros, incapaz de hablar, llagada por los azotes y quemaduras –relata el oidor que la halló– “desde la punta de los pies a la cabeza”.
Sometida a proceso y prisión domiciliaria, doña Catalina, que ya era una mujer de cincuenta años, negó todo. Sobre los numerosos instrumentos de tortura dijo que no eran suyos y que ella sólo tenía: “un latiguillo en un palo delgado como una vela, con el cual daba golpes a las gallinas cuando se entraban en su recámara”.
Ese cinismo antiguo le bastaba a La Quintrala, pues sabía que su familia, y un gobernador español corrupto (al que le pagó con 800 quintales de sebo), la protegerían hasta el fin, que no estaba muy lejano. Acusada formalmente de más de cuarenta asesinatos –una parte pequeña del total, pero fueron los únicos en que los deudos se atrevieron a declarar–, el juicio se arrastró por cinco años. Durante ese último lustro ella ni siquiera se privó de cometer otras muertes, hasta que le sobrevino la propia el 15 de enero de 1665, hace ahora 340 años.
Cien frailes cantaron las exequias de Catalina de los Ríos y Lisperguer, en un templo iluminado con más de mil hachones de cera, mientras la enterraban no lejos del altar mayor. Al inventariar sus bienes se encontraron riquísimos trajes de las mejores telas traídas por el galeón de Portobello y Acapulco. Y también una arroba de pimientos en su despensa. El ají rojo como su pelo, con el que torturaba a sus esclavos. En su testamento le dejó todo a la Orden de San Agustín, la misma que custodia hasta hoy el Cristo de la Agonía que una vez echó de su casa. No se arrepintió, pero le legó “a su alma” –para emplear la hermosa expresión testamentaria– dinero suficiente para que se le cantaran veinte mil misas. De este modo compró la justicia divina, como había comprado la terrena.
Desde que fue redescubierta, en el siglo XIX, se han escrito más de una docena de libros, y filmado películas y series televisivas, en Chile y en Argentina. Pero su enigma permanece. Hay quienes leen su historia como la de una mujer liberada acusada de bruja injustamente en una época de hombres brutales. Un historiador ve en ella otra antepasada de la crueldad latinoamericana actual; por ejemplo, las torturas de Pinochet. No es imposible que sea todo eso. Aunque parece más probable que haya sido sobre todo una irreprimible hija de su tiempo.
La llaga de las colonias españolas en América fue ese océano de siervos explotados, cuyo sufrimiento usufructuaban las cortes virreinales. Y en ellas, los criollos más o menos mestizos y resentidos, como La Quintrala. Explotados a su vez por la avaricia de peninsulares que llegaban a mandar sobre los nietos de los conquistadores. Extremando sin escrúpulos esas injustas leyes humanas y divinas, La Quintrala quizá fue, en realidad, menos hipócrita que sus jueces.
Como sea, a su muerte, el fértil valle de La Ligua, que fue un vergel, se había desertificado, abandonado por los indios, que huyeron de su cruel ama a esconderse en las montañas. Metáfora de un aspecto de esas colonias, parecía –como relata un cronista– una “heredad maldita”.
LA PIRATA DEL MAR DE CHINA
Ángela Vallvey, 24/07/2005
Ching Shih, la mujer pirata, mandó sobre seis enormes escuadras, de quinientos barcos con veinticinco cañones por banda. Ching Shih (1775-1844) se hizo a la mar y a la piratería cuando su marido, el jefe de los corsarios, murió. Al mando de su tropa saqueó, arrasó aldeas y pasó a cuchillo a quien se le puso por delante.
La figura del pirata ha cautivado a la literatura y al cine. Stevenson, Borges, Conrad, Melville, Defoe… han escrito –fabulando y soñando, casi siempre– el relato nostálgico de su accidentada travesía a lo largo y ancho de los mares y las costas del mundo. Y el cine, la mayoría de las veces, se ha limitado a poner en escena su caricatura, llena de patochadas, desmesuras y tópicos ridículos.
Pero la epopeya pirata también contiene una pureza brutal y salvaje que busca desesperadamente la libertad absoluta, aventada por el horror legal y soterrado de las sociedades pretendidamente civilizadas de las que surgieron las figuras protagonistas de sus desventurados pillajes. Los piratas nunca quisieron hacer historia, sino escapar de la historia. Su reinado no era de este mundo. Sus villanías surgieron de la negrura que todos albergamos, en mayor o menor medida, en nuestras almas. Del ser humano cazador, liberto y migrador que una vez fuimos y cuyo recuerdo tribal continúa grabado a fuego en nuestro cerebro más primitivo, reclamándonos aire limpio, espacios abiertos, depredaciones sin número y una independencia orgullosa de fieras.
El comienzo de la historia de la piratería se pierde en la noche de los tiempos. Es una actividad casi tan vieja como la humanidad, aunque aseguren que nació en el siglo V antes de Cristo, en las inmediaciones de la Costa de los Piratas, en el golfo Pérsico. Mantuvo sus actividades durante toda la antigüedad, y alguno de sus destellos ha llegado a estremecer el siglo XX. Incluso en el XXI se calculan unos 1.150 ataques piratas cometidos sólo entre los años 2000 y 2002.
Claro que la piratería ya no es lo que era. Abordar hoy día, rifle en mano, un buque mercante de 150 metros de eslora, cargado de material informático, que entra en el puerto de Singapur procedente de Japón, tratando de atravesar el estrecho de Malacca para luego seguir hasta Suráfrica, no tiene el mismo encanto que adornaba a los viejos diablos del infierno cuando en 1668, a las órdenes de Henry Morgan, saqueaban Panamá bajo la sincera soflama de su capitán: “Aunque nuestro número es pequeño, nuestros corazones son grandes, y cuantos menos sobrevivamos, más fácil será repartir el botín y a más tocaremos cada uno”. La justicia de su lógica era entonces tan sencilla como demoledora. Ya ha dejado de serlo.
Desde luego, los tiempos han cambiado. El filibustero hace tiempo que dejó de serlo para convertirse en un triste bandido naval, sin la alegría utópica y anarquizante que irradió de aquellos antiguos y agrestes corazones, y que culminó en la Libertalia del capitán Misson: un paraíso bucanero frente al mar malgache –plagado de piratas ingleses, portugueses, negros, mahometanos…– que acabó cuando los buenos indígenas oriundos del lugar decidieron pasar a cuchillo a todos los miembros de la comuna, acabando con el pequeño ensayo de república igualitaria ideada por Misson y su lugarteniente, el fraile Caraccioli. El pirata John Silver de La isla del tesoro no es más que un sueño, como lo fueron asimismo los falansterios, el nihilismo ruso, el anarquismo, Saint-Simon, Rousseau, Fourier, el utopismo y el comunismo libertario. Pero todos esos sueños laten, a su horrorosa manera, en el sucio entramado, manchado de sangre y sal marina, de la bandera negra pirata.
El mar Mediterráneo y el mar de la China fueron escenarios primordiales de la odisea pirata. El siglo XVI comenzó gloriosamente con grandes expediciones, y vio cómo holandeses e ingleses se apresuraban codiciosamente sobre el poderío español en América y Asia. El imperio español fue un revulsivo para la historia de la piratería: sembró sueños oscuros, codicia y deseos de venganza en alguna que otra mente réproba. Y es más que evidente que si dicho imperio español dejó de ser un imperio, fue debido en parte a los implacables oficios de los piratas a lo largo y ancho de más de dos siglos sembrados de correrías, desvalijamientos y robos sin número.
Uno de los que más contribuyeron a empobrecer la Corona española fue Francis Drake, que nació en Tavistok, en el Devonshire, en 1539, y se dedicó desde muy joven a navegar. Viajó con Hawkins a la isla de La Española, transportando esclavos negros procedentes de África, pero fue sorprendido por los españoles y perdió su cargamento e incluso las naves. En represalia, se hizo al corso con objeto de apresar el tesoro que, según se decía entonces, pensaban transportar desde Panamá a España a través del istmo de Darien. Hacerce al corso significaba obtener una patente para robar y saquear con el beneplácito del rey u otros gobernantes; eso sí: siempre barcos de bandera enemiga. La reina Isabel I, fascinada por sir Drake, fue un noble ejemplo de cómo los reyes llegaron a legitimar e institucionalizar la piratería, sobre todo cuando era graciosamente puesta al servicio de sus arcas.
Los piratas formaban una extraña comunidad que, en los siglos XVII y XVIII, en la isla de La Tortuga, incluso tuvo una base internacional: la famosa cofradía de los Hermanos de la Costa, un semillero de proscritos y ratas de mar de todos los colores y nacionalidades, rufianes de corazón atrapado por la niebla oceánica, malos chicos insatisfechos con un mundo ordenado y regido por leyes que no siempre se les antojaban satisfactorias para sus propios intereses. Una hermandad que reunió a tipos tan feroces como legendarios: Pierre Le Grand, el capitán Roberts, Lewis, Agrammont, Low…
Pero los siglos fueron jugando su partida en contra de los herejes luteranos, como se los denominó ingenua y católicamente desde España, en la que no sólo preocupaban sus temibles periplos encaminados a la rapiña, sino, fundamentalmente, la burda y pertinaz manera que tenían aquellos hombres (y mujeres) de violar una y otra vez la fe católica. En el siglo XIX, los adelantos técnicos aplicados a las comunicaciones y a los sistemas de defensa fueron dejando atrás a los facinerosos. Tan rudos ellos, nunca se distinguieron por estar a la última en progresos científicos, y la ley y el orden acabaron ganándoles por la manga.
Precisamente fue el siglo XIX el escenario de las andanzas de la pirata china Ching Shih, o Cheng I Sao (1775-1844), porque la quimera pirata, con su espíritu rabiosamente montaraz, no podía excluir a las mujeres. La irlandesa Grace O’Malley, en el siglo XVI, tuvo su base en la isla de Clare, en Clew Bay. Otra irlandesa (los irlandeses tienen la sangre caliente y fueron espectacularmente proclives a la sanguinaria aventura de los mares), Anne Bonney, hija de un importante abogado, comenzó su carrera en el siglo XVII apuñalando a una chica y acabó convertida en la esposa de un pirata de medio pelo que se la llevó consigo a las Bahamas hasta que la joven lo abandonó por otro cazador de más fortuna: Calico Jack, con quien tuvo un hijo que dejó al cuidado de unos conocidos en Cuba para poder hacerse al mar con buen viento y demostrar su pericia con el machete y la pistola, hasta que se enamoró de Mary Read, una joven inglesa travestida de bucanero, que le robó el corazón a Anne, y quizá también algo más (con los piratas, ya se sabe: suelen afanar todo lo que pillan…). Las dos fueron condenadas a muerte, y al menos una de ellas se libró de ser ejecutada a causa de su embarazo. Charlotte de Berry, Fanny Campbell, Ann Mills… las mujeres sintieron la llamada del corso, que era también la de la libertad. Si cualquier hereje, desclasado, esclavo insurrecto o agitador tenía cabida en la empresa corsaria, las mujeres no iban a ser menos. El odor di femina penetró en los barcos, pero siempre a través de mujeres –muchas de ellas viudas– que se comportaban como auténticos hombres. Es más: que superaban a los hombres en valor, destreza y crueldad.
Yuentsze-Yung-Lun contó la historia de la piratería china entre 1807 y 1810 tratando de escamotearnos el relato miserable y bárbaro de los desmanes bucaneros asiáticos. En China todo es exquisitez, incluso en la atrocidad, venía a decir. Y, además, la piratería china de comienzos del siglo XIX se vio reducida al imperio absoluto de una mujer: Ching Shih, que por supuesto le aportó los donaires, la fineza y la exquisitez propios del sexo débil. ¿Débil? Bueno, es un decir…
Cierto día, la señora Ching se convirtió en la esposa del señor Ching, que desde 1797 dirigía el consorcio de los piratas. Sus barcos distribuían generosamente el terror a lo largo y ancho de todos los ríos y los mares habidos y por haber, hasta que el emperador, más que harto de tanta degollina y expolio, nombró a Ching maestre de los establos imperiales, un título que no hubiera disgustado a sir Francis Drake.
En este punto, el relato de la crónica es contradictorio: según una primera versión, Ching desairó los honores imperiales y continuó como si tal cosa, destripando annamitas y cochinchinos hasta que estos pobres lo mataron en defensa propia aprovechando un descuido en alguna escaramuza. Otros cuentan que, au contraire, Ching se infló como un pavo tras recibir su nuevo título y, por supuesto, una vez que el asunto se le subió a la cabeza, fue perdiendo brío hasta el punto en que sus colegas del consorcio, desolados ante las manifiestas memeces y ringorrangos del jefe, le obsequiaron con un plato de orugas venenosas, servidas con una guarnición de rico arroz. Sea como fuere, el caso es que Ching murió, y, con toda probabilidad, no de muerte natural.
Su viuda, lejos de sentirse desconsolada y abandonarse a una femenil depresión, se hizo cargo del negocio familiar ocupando acto seguido el lugar de su marido. Y llevó el mando y las cuentas con mano y voluntad de hierro. Borges la describe como “una mujer sarmentosa de ojos dormidos y sonrisa cariada. El pelo renegrido y aceitado tenía más resplandor que los ojos”. Yo, sin embargo, prefiero imaginarla como el objeto de este poema chino del siglo XIV: “Atrapada por el viento suave, / su falda de seda ondea y se agita. / El loto florece en los zapatos ajustados, / ¡como si ella pudiera mantenerse sobre las aguas otoñales! / La punta de sus zapatos no asoma más allá de la falda, / por temor a que se vean los pequeños bordados”.
No sé si la señora Ching se ató los pies en su momento. Los pies atados eran por entonces un símbolo de castidad y mantenían a la mujer dentro de casa haciéndola incapaz de andar muy lejos de ella. La señora Ching anduvo por donde le dio la gana. Pero también es cierto que los manuales amorosos chinos eran bastante específicos sobre el uso de los pies atados como zonas erógenas, que constituían una auténtica obsesión sexual.
Con pies atados o libres, la señora Ching se convirtió en la reina absoluta de seis enormes escuadras, con quinientos barcos de quince a doscientas toneladas cada uno, dotados de veinticinco cañones en ambas bandas. No estaba nada mal para una mujer de carácter como ella. Los colores de las oriflamas eran rojo, verde, amarillo, violeta y negro, y la sexta escuadra lucía el emblema de una serpiente. Sus comandantes tenían nombres refinados del estilo de Pájaro y Sílex, Alto Sol, Joya de Toda la Tripulación y Olla Llena de Peces. Aunque podemos objetar que los nombres de los bellacos, más que elegantes, podían pasar por cursis, la verdad es que los capitanes sometían a sus alféreces a un orden nada propio de damiselas. El reglamento de la señora Ching era de todo menos blandengue. Indicaba con meridiana claridad que “si un hombre va a tierra por su cuenta, o si comete el acto llamado ‘franquear las barreras’, se le horadarán las orejas en presencia de toda la flota; en caso de reincidencia, se le dará muerte”. También prohibió “tomar a título privado la menor cosa del botín procedente del robo y el pillaje. Todo será registrado, y el pirata recibirá, de las diez partes, dos para él; las otras ocho corresponderán al almacén denominado fondo general. Tomar lo que quiera que fuere del fondo general traerá consigo la muerte”.
La viuda, como algunos tiranos de la antigüedad griega, cuando se ponía a pensar en castigar una falta, lo primero que se le ocurría –por insignificante que fuera dicha infracción– era penarla con la muerte, así que con las faltas graves ya no se le ocurría ninguna otra penitencia mejor o más ejemplarizante: “Nadie deberá seducir para su placer a las mujeres cautivas apresadas en las ciudades o en el campo y llevadas a bordo de un navío. Se deberá, primeramente, pedir permiso al ecónomo, y retirarse a la cala del navío. El uso de la violencia con una mujer sin el permiso del ecónomo será castigado con la muerte”.
La viuda Ching era tan sumaria como Napoleón, y de una eficacia parecida, según puede deducirse. Pronto prohibió hablar de botín –una palabra con tintes bárbaros, casi occidentales–, y se refirió al fruto de sus rapacerías como “productos trasbordados”, expresión que nos suena a ejercicio posindustrial y globalizado, de una absoluta modernidad.
Mientras su pequeño ejército se entretenía rebozándose de cieno entre los juncos, o jugando a los naipes, o cocinando orugas y embadurnándose el cuerpo con dientes de ajo antes de una ofensiva, en el año 1808 una flota imperial, impresionante incluso para la señora Ching, la atacó sin piedad hasta que los cadáveres flotaron en el mar en tal número que bien podrían haberse confundido con la espuma de las olas. Pero la viuda, con sus ardides, sus profecías, su gong y sus tambores, además de su encantadora ferocidad, venció en la contienda. El almirante imperial, Kuo-Lang, no fue capaz de superar la derrota y acabó suicidándose después de mantener un nada honroso altercado con el lugarteniente de la viuda, el joven y bien cebado Pao, un tipo capaz de llorar como un niñito y de soltar una parrafada filosófica, con ínfulas de lánguido poema en prosa, como la siguiente: “Nosotros somos como los vapores que el viento dispersa, semejantes a las olas del mar que el torbellino levanta. Como bambúes quebrados sobre el mar, flotamos y nos hundimos alternativamente, sin gozar nunca de reposo. Nuestros éxitos en la encarnizada batalla van a hacer pesar pronto sobre nuestros hombros las fuerzas unidas del gobernador. Si nos persiguen por los canales y las bahías del mar, cuyos mapas ellos poseen, ¿no habremos de hacer grandes esfuerzos?”.
Toda una tierna declaración de buenas intenciones que no sirve de mucho porque, en cuanto se liquida el asunto, él y la viuda, junto al resto de los miembros de la flota, se lanzan de nuevo a matar, a saquear y a violar doncellas que luego venden provechosamente en Macao.
El negocio de la viuda continúa siendo de lo más floreciente durante un largo año más, justo hasta que el emperador le envía como regalo a un nuevo almirante, Tsuen-Mon-Sun, que la somete a una tenaz y porfiada cruzada que la deja exhausta y la humilla con la derrota. Dicen las crónicas que su gente se defendió con bravura, se cuenta el caso de una mujer pirata que, armada de un machete en cada mano, les rebanó el cuello a un buen montón de soldados imperiales antes de caer abatida en la cala.
A pesar de todo, la viuda Ching consigue rearmarse y continúa con sus fechorías, gobernando escuadras cada vez más fortalecidas, devastando aldeas y sembrando el terror allá donde pisa o navega, como un ángel de la muerte.
Pekín le envía a un caudillo guerrero de los más temibles: el almirante Ting Kvei, y la señora está a punto de hincarse de hinojos, derrotada, nada más ver la puesta en escena del sujeto. El almirante irrumpe en el mar con una flota inconmensurable armada de astrólogos y máquinas de guerra.
Borges lo contó diciendo que “la viuda se afligía y pensaba. Cuando la luna se llenó en el cielo y en el agua rojiza, la historia pareció tocar a su fin. Nadie podía predecir si un ilimitado perdón o si un ilimitado castigo se abatirían sobre la zorra, pero el inevitable fin se acercaba. La viuda comprendió. Arrojó sus dos espadas al río, se arrodilló en un bote y ordenó que la condujeran hasta la nave del comando imperial. Era el atardecer; el cielo estaba lleno de dragones, esta vez amarillos. La viuda murmuraba unas frases: ‘La zorra busca el ala del dragón’, dijo al subir a bordo”.
Diario "El País"
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