llevaba 45 pasajeros a Chile, de los cuales muchos eran estudiantes y jugadores de un equipo de rugby, se estrelló en la Cordillera de los Andes.
Doce murieron a causa de la caída, los sobrevivientes a esta tuvieron que soportar entre otras cosas a la temible Cordillera, treinta grados bajo cero durante las noches y al hambre.
Trataron de resistir con las escasas reservas alimenticias que poseían, esperando ser rescatados, pero su esperanza cayó al enterarse por una radio, que se había abandonado la búsqueda.
Finalmente hartos de las bajísimas temperaturas, los amenazadores aludes, angustiados por la continua muerte de sus compañeros y la lenta espera del rescate, dos muchachos deciden cruzar las inmensas montañas para así llegar a Chile.
De esta manera es como el 22 de diciembre de 1972, después de haber estado durante 72 días aislados de todo, el mundo se entera que dieciséis vencieron a la muerte en la Cordillera de los Andes.
Foto del actual lugar del accidente
en el avion
dentro del fuselaje del avion
fuera del avion

Cola del Avión.
Fernando Parrado y Gustavo Zerbino en la cola del avión. Atrás y de espaldas, Roy Harley trata de arreglar la radio que le hubiera permitido mandar un mensaje.
Rescate
Se abrazan al ser rescatados dsp de 70 dias
llegada a montevideo
Sobrevivientes
J. Algorta R. Cannesa A. Delgado D. Fernandez R. Francoi R. Harley J. Iniciarte A. Magnino J. Methol
C. Rodriguez F. Parrado R. Sabella A. Strauch A. Vizintin G. Zerbino
Los sobrevivientes y sus familias
Lista de pasajeros Les dejo el link porque me da cosa ponerlo aca
Entrevistas
dijo:Entrevista a Alfredo Delgado : Enero de 1973 Vamos a conversar, pero no de las peripecias de la cordillera, no de lo que pasó AFUERA sino de lo que pasó ADENTRO tuyo, del que eras antes, del que sos ahora, de lo que quedó tal cual, de lo que se modificó en tu relación con el mundo, en tu trato con la vida. ¿Puede ser?
-Ya. Puede ser.
-Por empezar, algo muy vago: ¿cómo estás, cómo te encontrás?
- Todavía no estoy, todavía no me encuentro.
-¿Cómo es eso?
-Ocurre que todavía estoy flotando, no he podido hacer pie, no he vuelto a mi vida de antes. Los reportajes, el viaje a Montevideo, el recibimiento, el encuentro con los familiares, cada encuentro con cada amigo es un nuevo sacudón. Me está costando bastante volver a mis cosas, siempre hay algo que viene y me acude, un abrazo, un saludo, un encuentro. No hay caso, no termino de despertar.
-¿No será que ya has despertado y no te das cuenta?
-No te comprendo bien.
-¿No será que has despertado, pero de una manera diferente, tan diferente que vos no lo advertís y confundís tu despertar a una nueva visión del mundo con una especie de pesadilla o algo así?
-Algo de eso hay. Estoy despertando y veo todo diferente, pero estoy seguro que todavía no he retornado, no me he despertado del todo, porque no he tenido respiro, todo está muy cerca. No me acostumbro a estar de regreso, no me acostumbro. Veo esta esquina que vi tantas veces y la veo por primera vez y me produce no sé qué extraña cosa. Veo ese café, aquel puente, estos árboles y siento que todo es nuevo y muy viejo a la vez. Quién iba a decir que yo iba a volver a caminar por aquí, que yo iba a volver a pasar por enfrente de esta bicicletería.
-¿Y en el retorno a tu cama, a tu almohada, cómo te ha ido?
-Más o menos. También ha sido lento mi retorno al ritmo de sueño de antes. Los primeros días dormía poco, algo más de cuatro horas, ahora ya voy por las seis horas. Esto se debe a que durante70 días de cordillera nunca dormía más de 3 ó 4 horas diarias. Pasaba las noches en vela, durmiendo a intervalos, a pedazos, temiendo dormir y temiendo despertar. En realidad aquello no fue vivir sino sobrevivir. Todos los pensamientos, todas las energías, las usábamos para buscar una salida, una rendija de salvación, y en esa concentración de ejercicio fuimos aprendiendo cosas nuevas, cosas desconocidas para nosotros.
-¿Por ejemplo, qué cosas aprendieron?
-Entre muchas aprendí, con el resto, una cosa imprescindible para convivir en la sobrevivencia. Aprendí a apretar los dientes, a no a no mostrar los sentimientos, a contraerme. Por fuerza de las circunstancias aprendí a envolverme con una especie de caparazón exterior que impedía que los demás advirtieran lo que me estaba pasando por adentro. De esa manera no nos hacíamos daño, nos dábamos fuerza. Con ese caparazón yo iba a poder aguantarme y no derramar una sola lágrima cuando se me murió un amigo, a los dos meses, faltando apenas diez días para la salvación. A mí, ese amigo, que era el compañero entrañable de la infancia, se me murió en los brazos, pero no dejé ver mis lágrimas, porque las lágrimas de uno podían derrumbar al grupo.
-¿Como fue el frio?
-El frío, qué frío es el frío...Es tan difícil explicar lo frío que es el frío...cuando hacen 30 grados bajo cero nada te puede mitigar el frío y entonces aprendés algo que no sabías, otra cosa que nunca ibas a aprender, lo que es el calor humano, el calor del cuerpo y el calor del afecto, sobre todo el calor que viene de ver a alguien con fe y ganas de vivir enfrente a medio metro, a diez centímetros. Sí después del accidente hubiéramos quedado vivos sólo cuatro o cinco, seguro que no nos salvábamos porque se
depende casi absolutamente del estado de ánimo del otro. En un grupo de más de quince siempre es posible encontrar seis o siete tipos de buen ánimo que sostienen al resto; cuando éstos aflojan aparecen otros seis o siete y así sucesivamente. El frío da frío al cuerpo, pero sobre todo al alma. Nosotros nos apilábamos en las interminables noches en el interior del avión, nos apretábamos, nos sentíamos respirar, nos dábamos ese mutuo calor que era indispensable para los huesos, pero sobre todo para que el espíritu no se nos viniera irremediablemente abajo. Nunca supe lo que es el calor humano, ya lo aprendí y no se me va a olvidar.
-¿y qué pasa, Delgado, con el hombre cuando lo acosa el hambre?
-El frío, la angustia, el hambre, son sucesivos escalones que nos van desnudando. Nosotros antes de que se terminaran las provisiones, empezamos a prepararnos para lo inevitable. filosoficamente si pero tísicamente no todos toleraban la posibilidad de tomar el cuerpo delos fallecidos. Previendo esa posibilidad se comentó el tema y cuando llegó el momento de adoptar la tremenda decisión, esperamos una reacción atroz. ..pero no llegamos a la desesperación, al límite, el frío te consume muchas calorías, llegar al límite de la resistencia física era caer al vacío. Estábamos obligados a decidir antes que las fuerzas nos abandonaran completamente, porque después iba a ser demasiado tarde para recuperarnos. El frío, la soledad, la incomunicación, la muerte rodeándonos, el hambre, fueron un escalón detrás del otro; cada escalón parecía el último, el final, pero en cada escalón aprendimos que siempre hay un resto de fuerzas, de fuerzas inesperadas que nos salen a relucir de los rincones más inesperados. Eso también aprendí, lo enormemente fuertes que somos a medida que nos vamos debilitando.
-En aquellas noches en que dormías de tres a cuatro horas, ¿lograbas equilibrar las angustias del día? ¿Soñabas? ¿Qué cosas soñabas?
-Al principio cerraba los ojos y ya estaba soñando..., era terrible. Soñaba que yo estaba viviendo mi vida normal, de siempre, en Montevídeo y creía en el sueño que lo del avión era una pesadilla. En sueños me veía en Montevideo, en la facultad, con mi novia, en mi casa, con mis padres. .., cada despertar era un golpe brutal, abría los ojos y me encontraba con la letra fosforescente del cartelito del avión que dice "EXIT”. Me llevaba unos chascos terribles! Los primeros días fueron todos iguales, dormir y soñar eso, que yo estaba en Montevideo y que lo del avión era sólo pesadilla. Después venía el bofetón de cada despertar y los ojos se me clavaban en al cartelito EXIT. Sentí que me iba a volver loco a corto plazo. Los estados depresivos después de cada despertar me hundían más y más. Entonces decidí no dormir, pero sin dormir no podía aguantar mucho. Entonces me las arreglé para poner mi mente en blanco antes de cada sueño. Eso significaba un esfuerzo, un entrenamiento pero con el correr de los días lo logré y pude terminar con la tortura de los sueños.
-Y durante las largas y lentas Jornadas, los recuerdos, la presencia lejana de la familia, de tus seres queridos, ¿de qué modo influían en vos?
-Con los recuerdos me pasó como con los sueños. Al principio recordaba con nitidez a mis padres, a mi novia, pero cuando salía del recuerdo y volvía a la realidad era un porrazo. Me di cuenta que en vez de ayudarme eso estaba debilitándome, machucandome interiormente. Entonces decidí dejar de masoquearme y en los recuerdos suprimí a las personas.
-¿Cómo es eso?
-Recordaba, pero recordaba sitios, momentos, sacando de ellos a las personas queridas. A veces con el recuerdo me instalaba en mi casa, caminaba por ella, me sentaba en un rincón, me ponía a leer en mi cuarto. Otras veces ubicaba algún árbol, algún verano, alguna sombra y me demoraba en ella. Siempre tenía especial cuidado de vaciar a los momentos ya los lugares de las personas. De esa manera asas andanzas me servían de cierto estímulo y para esquivar los pozos depresivos que siempre estaban cercándome. Yo tenía muy claro que si la caída en esos pozos se hacia muy frecuente iba a desembocar en la locura.
-Delgado, ¿alguna vez tuviste el preanuncio, el sentimiento de lo que te iba a ocurrir en la cordillera?
-Sí, muy nitidamente supe de antemano que el avión se iba a caer. Fue en Mendoza, en El Plumerillo, justo en el momento de apoyar el pie en la escalerilla. La sensación de que algo nos iba a pasar la sentí con claridad, con gran claridad.
-¿y qué hiciste en ese momento?
-Solamente tuve un ademán de demora, pero ya era demasiado tarde para echarse atrás, subí no más, pero convencido que nos íbamos a caer, convencido pero raramente sereno, tan convencido que busqué de inmediato el último asiento, porque la experiencia me decía que en la cola del avión hay más posibilidad de salvación. La azafata desalojó la última hilera diciéndonos que esos asientos estaban reservados para ellas. Fui a parar a un asiento del medio. ..ya en el primer pozo de aire tuve la confirmación del presentimiento, Cerré los ojos y me puse a rezar. Después pasó lo que pasó; pero yo me salvé justamente por no estar en la cola que se desprendió del resto.
-El presentimiento, la sensación de la muerte, ¿fue cosa de ese momento o algo frecuente en tu vida?
-Un presentimiento tan nítido nunca lo tuve, pero lo que siempre me acompañó fue la idea de que yo iba a morir joven y en un accidente. Este pronóstico se lo dije a mi madre y a mi novia.
-¿Has averiguado la razón de tal suposición?
-Siempre pensé esto porque tenía la sensación de que había vivido mucho, porque aunque no había tenido una existencia opulenta, la vida había sido demasiado generosa conmigo.
-¿Entonces veías la muerte como una especie de compensación?
-Exactamente. Sin llevar una vida fácil tuve una vida muy feliz por eso cuando era chico, a los 17 ó 18 años, tenia ya esa idea y se la comunicaba a los míos.
-¿Esa sensación de muerte, la llevabas con temor, con angustia?
-No, miedo a la muerte en sí nunca le tuve...yo creo que a la muerte nadie le tiene miedo, lo que se teme es la forma en que la muerte puede venir, la muerte acompañada de largo dolor de larga agonía, por ejemplo.
-Y en la cordillera, ante la posibilidad tan cercana de que la muerte sucediera, ¿se modificó o no esta actitud?
-Las muertes por el accidente, las muertes a causa de él, las muertes por el alud me rodearon. Aprendí a convivir con ella, con la sensación de que hay algo superior. Esa convivencia, digamos pacifica, con la muerte, fue posible porque siempre me afirmé en la certeza de que después de ella viene algo mejor. ..peor de lo que estábamos pasando no podría existir nada. La idea de morir estaba en mí, la tenía con tranquilidad de conciencia. Casi casi podría decirte que sentía a la muerte como una compañera.
-Todo aquello ha pasado, Delgado, la cordillera quedó atrás. Ahora estás aquí. ¿Qué pasa ahora entre vos y esa idea de la muerte?
-Sí antes tenías el presentimiento de una desaparición por accidente y pronta, ahora tengo una tranquilidad total respecto de lo que me pueda pasar. No es que no quiera vivir, todo la contrario, pero si alguien me dijera que me quedan tres días de vida, me quedaría inmutable, seguiría caminando con vos por esta vereda.
-Sos otro hombre, te das cuenta, otro diferente a aquel que puso el pie en la escalerilla del avión rumbo a Chile, ¿no es cierto?
-Sí. Me he trasladado a otro mundo, a una madurez desconocida. Ahora sé, ahora creo saber que pasa por adentro de un anciano que ve a la muerte como algo que en cualquier momento puede golpear a su puerta. En mi modo de ver todo y de aceptar la muerte ha sido fundamental el hecho religioso. Aquella penuria prolongada durante 70 días y 70 noches la soporté por que vi en ella una especie de purgatario en vida. Muchas veces me pregunté a qué se debía todo ese sufrimiento terrible e innecesario. Siempre terminé respondiéndome que era un acto, un previo, un requisito para entrar en una mejor vida. Muchas veces, allá arriba, me dije: "A lo mejor el purgatorio es esto". Esta idea justificaba hechos absurdos, insoportables, como por ejemplo que un compañero, un amigo se muriera a los sesenta días, cuando sólo faltaban diez para la salvación.
-En medio de aquella pesadilla tan concreta, ¿alguna vez pudiste sustraerte y disfrutar del paisaje? Es una pregunta absurda, pero tal vez no lo sea tanto considerando la situación.
-Durante aquella “temporada”, o aquel "veraneo", no faltaron momentos en los que, efectivamente, suspendía mis "viajes”por lejanos lugares deshabitados y disfrutaba del silencio, del paisaje. Aquello era una sensación nueva. Aquel silencio no era el silencio de una pieza, ni el silencio de la orilla del mar, ni el silencio de la llanura. ..otro sonido tenía aquel silencio. ..
-¿El sonido de aquel nuevo silencio no resultaba agobiante?
-La sensación de agobio en verdad la tuve con la nieve, no sabés cómo extrañaba el verde. Era desesperación que tenía por ver algo verde, era como sed por mirar algo verde. La nieve era desconocida para mis ojos y de pronto lo invadió todo..., todo era blanco, blanco, blanco...
-Te hago otra pregunta absurda. ¿No extrañas, en algún momento aquella sensación del blanco, aquel sonido del silencio?
-Todavía no. En todo aquello había una parte de paz, de profunda paz, pero todavía no he descendido, no he tenido un momento de respiro, quizás más adelante, cuando esté metido hasta la cabeza en este mundo agitado, pueda llegar a extrañar ciertos momentos de reposo total, allá en el medio de la nieve.
-¿Como fue el trato con Dios allá arriba?
-Mi creencia en Dios fue decisiva como sostén. El Dios del que yo hablo no tiene que ver con ninguna religión en especial, o tiene que ver con todas. El Dios del que yo hablo, para definirlo, es algo, alguien que se encuentra muy cerca de lo que es la propia conciencia, que es lo que en definitiva nadie puede engañar.
-A propósito de conciencia, ¿qué pasó, si se puede saber, entre ella y vos durante aquellos 70 días y noches?
-Pasó mucho. Más que una revisión de hechos de mi vida o de situaciones. Hice un examen de conducta. Ese examen dio como resultado algo que dicho así parece una banalidad, pero lo digo lo mismo: nacieron en mí unas ganas tremendas de cambiar, de ser más bueno. ..Parece medio infantil eso, pero no puedo expresar de otro modo la potencia de esas ganas de ser bueno.
-¿y esa necesidad todavía dura? ¿Hasta cuándo te va a durar?
-No puedo decirte lo que seré dentro de seis meses o un año si no lo que deseo ser. No puedo garantizar si esto que me habita ahora me habitará en un año o en dos más. Pero he llegado a la conclusión que tengo, que debo vivir del modo más recto posible. Han cambiado las cosas: antes pensaba en mí mismo, ahora pienso más en los demás. ..lo material, el confort, los dólares, todo eso me parece secundario.
-¿También ha cambiado tu opinión sobre el mundo, sobre el siglo que protagonizamos?
-Del mismo modo. Hay cosas, muy elementales y muy dichas, pero yo ahora las siento profundamente. Sé que éste es un siglo extraordinario en muchos aspectos técnicos, pero la locura por el confort, la despreocupación por lo ajeno, por lo que le pasa al otro, por lo espiritual arruinan el resto. Lo espiritual, eso tan marginado y olvidado, es precisamente lo que a nosotros nos permitió sobrevivir en una situación límite. Fuimos realistas pero también en los momentos más terribles pensemos en los que estaban adelante, recurríamos a fuerzas interiores que teníamos muy replegadas, muy descuidadas.
-Tu carácter, tu forma de relación con tus semejantes, ¿también varió?
-Sí, bastante. Antes era muy dicharachero muy simpático, alegre, amigo del chiste, pero ahora tengo ese caparazón puesta y mi cariño, mi afecto ya no se notan. Quiero volver a ser como antes en eso, quiero que se me note lo que siento. Cuando deseo hacer una caricia o cuando me esta por saltar una lágrima ahora se me quedan a mitad de camino. En eso quiero volver a ser el de antes.
-¿Y en qué no?
-Antes, dentro de mi forma alegre, tenía rachas de muy mal carácter. Eso lo quiero modificar .Antes también dormía mucho, ahora voy a tratar de dormir lo indispensable, he comprendido lo que vale cada minuto de vida y no quiero desperdiciarlos. -¿Como fue tu niñez? Remontate a tus primeros recuerdos.
-¿Mi niñez? ¿El punto más lejano que recuerdo de mi niñez? No, no lo puedo precisar.
-Hacé un esfuerzo, tratá de rescatar algo, un hecho, una cara, algo que viste, que te pasó cuando chico.
-A ver. ..a ver. ..mi niñez, no hay caso, no recuerdo nada de ella.
-¿No recordás siquiera alguna travesura especial?
-No hay caso, me cuesta una enormidad. No sabés el esfuerzo que estoy haciendo. ..La niñez, con estos setenta de por medio, es algo tan lejano para mí que por más que me esfuerzo no puedo rescatar nada nítido de ella.
-¿Tus días en el colegio, no los recordás?
-Sí, pero sin contornos...del colegio lo que me viene ahora a la memoria es mi mejor amigo, Numa. ..Numa Turcatti, Turcatti con dos "t". El también viajó en el avión, yo lo convencí para que viniera, la convencí a su madre para que lo empujara a él, que era medio flojo para salir...Numa se murió a los sesenta días, faltando tan poquito, en mis brazos, una mañana. Era como un hermano, más todavía...y pensar que no lloré, que no pude llorar ni en ese momento, porque ya tenía el caparazón puesta...
-¿Cuántos años tenés?
-Veinticinco, cumplí veinticinco años en la cordillera.
-(Hace un rato dijo: "Cuando yo era chico", refiriéndose a sus 17 años. Habla como un hombre que se aproxima a los 40, a los 50 años).
-¿y ahora hasta cuándo pensás vivir?
-Hasta que Dios quiera. Date cuenta de qué valen los presentimientos...yo aseguraba que iba morir joven y en un accidente y no le acerté..., aunque muriera mañana ya no sería joven. Tengo 25 años y esos setenta días y esas setenta noches.
dijo:-¿Qué repercusión tuvo “VIVEN”?
-La gente vio las cosas, tal como fueron, a través del libro. Se dio cuenta de que nuestra intención no era el exhibicionismo sino que éramos tan sólo unos pobres tipos que tuvieron que salvar su vida. Nuestra presentación en los medios de difusión europeos y estadounidenses no fue vana: queríamos que la gente viera que la historia es real, que detrás del libro hay gente que existe. El libro es una respuesta a esa especial sensibilidad respecto de la antropofagia que reinó durante cierto tiempo: el libro prueba que con eso solo no se salía del paso.
-¿Cómo los recibieron en Europa y Estados Unidos?
-En Estados Unidos hicimos como ochenta entrevistas en radio, diarios y televisión. Estuvimos, durante más de dos horas en el show de David Susskind: allí nos mandaron 3.500 cartas. En Francia, según decían, teníamos el problema de la campaña electoral: opinaban que la gente estaba en otra cosa, No fue así: en un programa televisivo, al que asistieron un profesor de nutrición, un cura y el matrimonio Nicolich (padres de un chico que no volvió), programa que cuenta con 250 líneas telefónicas, recibimos cuatro mil llamados. Se vendieron 100.000 libros de entrada. En España no queda uno solo.
-¿Fueron contratados por la editorial?
-En absoluto. Íbamos a decir lo que sentimos ahora, sinceramente. Justamente lo que a la gente le impresionó fue nuestra espontaneidad: vieron que en realidad Somos unos enamorados de la vida, en lo que nos toque vivir. La experiencia pasada nos sirve para vivir hoy.
-¿Cómo es el contrato que tienen con la editorial?
-Incluye todos los derechos desde hacer una camiseta con nuestro nombre hasta una película. Por el derecho de publicar la historia en tapa dura nos dieron, de entrada, 250.000 dólares. Después hay miles de derechos más. Este libro se ha transformado, por qué ocultarlo, en un montón de plata. Mucha gente piensa que somos comerciantes...pero desde que sacamos un pie de la montaña ya lo sabíamos: debíamos enfrentar la realidad. Entre tantas otras cosas, el dinero es una realidad.
-¿Qué hicieron con tanto dinero de golpe?
-Es mucho más difícil dar cuando uno tiene que cuando no tiene. Al principio yo pensé: "Esto es mío me lo dan a mí porque es mi vida y además ellos también lo usan", No quería dar nada a nadie. Pero después hicimos escuelas, ayudamos a gente que lo necesitaba. El dinero me pertenece, yo sé que nadie me va a regalar nada. Prefiero que digan: "Mira Canessa, qué bien que está", y no que digan: "Mira Canessa, pobre, qué mal que está".
-¿Tuvieron dificultades entre los dieciséis para tomar la decisión de publicar un libro?
-Relativamente. En un principio las hubo. Pero después nos dimos cuenta de que era el camino más corto para acabar con los rumores, los malos entendidos, las preguntas fuera de lugar. pretendíamos, eso si, que se respetara la verdad. Si ahora alguien me pregunta qué pasó, le digo: "Mira, lee el libro". Además hay otra cosa: ya han aparecido once libros piratas en los que supuestamente se cuenta la historia, con implicancias sexuales inclusive. El tema daba para que se hiciera una gran mezcolanza y nunca faltan los oportunistas. Con el libro, entre otras cosas, defendimos la verdad, que fue bastante dura, por cierto.
-¿Qué opinión te merece el libro?
-Algunos pensamos que la solidaridad Que había existido en la montaña no estaba cabalmente reflejada, que le faltaban algunas vivencias personales y el espíritu con que vivimos allá. Read, el autor, dijo que ese es su estilo y que el lector tiene que sacar sus propias conclusiones. Yo pienso que el libro es un relato verídico de los hechos durante setenta días, aunque Read no
haya contemplado los sentimientos."Lo importante del libro es que no falta nada de la verdad objetiva, y que no se oculta ningún hecho. Todas las partes que la gente imagina, digamos las más macabras, están. Cualquiera puede ver que detrás de toda una parte material triste existe la solidaridad, la generosidad. El libro es un poco duro, pero hubiera sido espantoso hacer un libro rosa. y por encima de toda conjetura, hay una realidad incontestable: una persona es tres cosas: la primera, como la ven los demás; la segunda, como se ve ella, y la última, como en verdad es.
El libro está hecho así, ya que además de la versión particular está siempre la versión de los otros quince.
-¿Cómo te sentís a raíz de esta repentina popularidad internacional?
-Lo importante, como dijo no sé quién, no es ser una persona conocida sino una persona que valga la pena conocer. Eso es lo que yo siento: mucha gente me mira pensando en el pasado. Ahora quiero que me valoren por lo que yo soy. Por otra parte, la popularidad te facilita muchas cosas: cuando voy al banco, por ejemplo, me reconocen enseguida y no me oponen la menor dificultad. Pero también hay días en que quiero estar solo, ser dueño de mi. La gente cree que es dueña de ti, que tiene derecho a saber las cosas más banales de tu vida. En fin. Por otro lado, con el libro estás entrando en la persona que lo lee, estás dándole algo. Algunos me dijeron: "Cuando agarré el libro no lo pude dejar, y cuando lo cerré pensé que tenia que valorar la vida". Eso es bueno.
-Probablemente con el viaje, la popularidad, los miles de reportajes, te estarás alejando de lo que viviste en la cordillera...
-Sí a veces siento que de tanto hablar estoy perdiendo ese valor. Otras, en cambio, pienso que me pasó, se acabó y chau, a otra cosa. Del viaje, a mi lo que me gustó fue ir a pasear. pero además tenia que responder a una expectativa de la editorial. Concluí que lo mejor posible para ellos era dar algo que es mío. Soy yo el que habla, y si lo hago es porque creo que detrás de todo esto hay algo que habla del hombre, que habla de todos. Creo que antes de la montaña era igual a todos, y que allí arriba no era distinto de los demás: eso es bueno que se sepa, puede servirle a la gente.
-¿El resto de tus compañeros estuvo conforme con que viajaran ustedes dos?
-Bueno, nos invitaron a nosotros, pero creo que lo tomaron bien. Recibíamos cartas de ellos, en las que nos decían: "Che, qué bien les va!". Era una envidia sana, nada más que el normal deseo de poder estar allí.
-Contanos algo del viaje.
-Pasé momentos increíbles. Conocí personas y lugares que no imaginaba conocer. Por ejemplo, nos hicimos muy amigos de Jackie Stewart. Fuimos a ver las carreras juntos en Montecarlo, fuimos a almorzar con él en Inglaterra y nos invitó a su casa, en Ginebra. Actualmente Nando está allá con él. Va a hacer un curso de automovilismo (el 26 de junio corrió una carrera de turismo de carretera en Londres). Jackie es un tipo generoso, agradable, simpático. y no sólo un buen corredor. Conoce a todo el mundo: en Mónaco se tomó la molestia de invitarnos a cenar con Carolina y Alberto de Mónaco.
-¿Cómo son?
-Carolina es una chiquilina todavía. Tiene diecisiete años. Es simpática, macanuda. Me impresionó más el hermano. Nos trataron bárbaro. Al otro día nos invitaron a una recepción en el palacio. Cuando Grace Kelly nos vio nos abrazó, imaginate, y nos dijo lo contenta que estaba de que sus hijos nos hubieran conocido. Algo increíble, realmente. Allí conocí a Elizabeth Taylor: me pareció árida. David Niven, en cambio. es un tipo sensacional; nos aconsejó respecto de la gente con la cual podíamos hacer la película. Philip Niarkos, el hijo de Tina livanos, la ex mujer de Onassís, nos invitó a navegar en su barco. Recibimos también la calidez de la gente sencilla: en Portofino un pescador que no sabía qué regalarme me dio una cajita de fósforos en la que escribió: "Al montañista ti doy il mío afecto de corazone". Un taximetrero al llegar al hotel, no me quiso cobrar, y ante mi insistencia por pagarle me dijo que no lo ofendiera y que aceptara lo único que tenía para darme: un mapa de la ciudad.
-¿Qué hay de la película?
-Hay gran interés en hacerla: demasiado interés, demasiadas ofertas. Junto con los derechos del libro, la editorial Lippicott compró cualquier otro derecho; incluido el de la película. Es por eso que nosotros no podemos intervenir prácticamente en nada, salvo, claro está, en exigir que sea verídica: a la filmación irán tres de nosotros como supervisores. Se está buscando un director, un tipo que sea capaz de hacer valer la realidad. Todavía no se sabe si se va a filmar en España o en Estados Unidos. A mí lo que me interesa es la verdad, que se logre una película que haga sentir, por lo menos, lo mismo que el libro. Nosotros no vamos a actuar.
-A casi dos años del suceso, ¿no sentís como si todo eso le hubiera pasado a otro?
-Si. En general lo siento asi. Pero de repente hay cosas, un ruido, el olor a sintético que tienen los aviones, que te recuerda todo, te hace volver.
-¿Te han molestado los malos sueños, las pesadillas?
-Nunca los tuve. El problema se superó en la montaña. El verdadero problema es el temor a la muerte, poder convivir con la muerte, ver muertos continuamente. Pensás que tú, que estás vivo, te estás sirviendo de otro que está muerto. Es decir, que si somos iguales, pero yo estoy vivo y el otro está muerto, mañana quizás yo esté igual que él. Ese temor a la muerte, como a algo desconocido, es lo que aterra a la gente.
-¿Y a vos?
-Estábamos tan acostumbrados a la idea de morirnos que no teníamos ese problema. Te acostumbrás
a tenerla tan vecina que lo inexplicable pasa a ser otra cosa.
La montaña siempre estuvo allí. Ella me dejó salir. Con eso estoy contento. Allá arriba me preguntaba continuamente: "Pucha, ¿cómo voy a poder salir de acá?" y siempre me respondía a mí mismo: "Tengo a Dios, que es mi amigo, y él es el dueño de la montaña".
dijo:-¿Por qué regresó veinticinco años después al lugar de la tragedia?
-No fue la primera vez que volví. Ya lo había hecho dos años antes con otros amigos con los cuales vivimos la experiencia de los Andes. Pero esta vez fue diferente porque me acompañaron mi esposa y mis tres hijos. Ellos permanecieron en San Fernando (ubicado a 180 kilómetros al sur de Santiago), el pueblo donde fueron atendidos en primera instancia, en diciembre de 1972, Fernando Parrado y Roberto Canessa cuando los rescató el arriero.
-¿Qué sintió cuando se enfrentó al paisaje del que hace 25 años quería huir desesperadamente?
-Una impresión muy grande y una emoción extraordinaria. Aclaro que no por lo que yo viví en 1972, sino porque comprobé lo que mis dos amigos, Roberto Canessa y Fernando Parrado, a quienes les debo la vida, hicieron cuando resolvieron salir a caminar por la nieve para buscar ayuda. Lo que lograron ellos nadie, absolutamente, lo puede hacer. Los andinistas que nos acompañaron nos comentaban que ni los guanacos, que son animales que pueden soportar los rigores del clima de la zona, lograron caminar en la nieve y transitar por las montañas como lo hicieron Canessa y Parrado.
-¿Qué momentos dramaticos le quedaron grabados en la memoria respecto al accidente en los andes?
-Nunca me olvidaré de la frase que me dijo Canessa cuando estábamos en el avión y nos enteramos a través de la pequeña radio a transistor que teníamos que los equipos de rescate abandonaban la búsqueda: "O nos morimos mirándonos las caras o nos morimos caminando". Ellos tuvieron el coraje de caminar sin rumbo cierto y nos salvaron la vida a las 14 personas que nos
quedamos en el fuselaje del avión.
Yo en los Andes me había puesto como fecha límite el 25 de diciembre y si no, me moría. Y realmente me moría, porque había perdido 45 kilos y no tenía más fuerzas para sobrevivir.
-¿Cómo vivieron su esposa y sus hijos este viaje?
-Fue muy emocionante para todos. Mi esposa, de una manera muy especial, ya que éramos novios cuando sucedió el accidente. Comenzamos a noviar a los 19 años y ella me fue a buscar a Santiago cuando nos rescataron. De manera que ella también es parte de la historia. Mis hijos vivieron una aventura humana inolvidable. No sólo vivieron el contexto geográfico de la historia - tantas veces les conté desde que eran niños-, sino que además afianzaron los lazos de amistad que ya existían con los hijos de los otros sobrevivientes que también viajaron. Asimismo quedaron, mejor dicho quedamos (e incluyo a mi esposa), muy impactados por el respeto y la admiración que aún hoy genera la historia de los Andes en San Fernando.
-¿Cómo vivio usted este viaje?
-Nunca en mi vida recibí un homenaje tan cálido como el que nos hicieron los habitantes de allí. Estaba prácticamente todo el pueblo y tuvimos la enorme felicidad de participar en una misa celebrada por el padre Andrés Rojas, un sacerdote jesuita, que nos recibió en diciembre de 1972 cuando nos rescataron de la cordillera. Rojas entonces estaba recién ordenado y fue él quien ofició la misa en la inolvidable Navidad de 1972. También estaban los médicos que nos atendieron en San Fernando hace 25 años. Lloramos mucho.
-Usted dijo que sus hijos le dieron la semana pasada en Chile un marco geográfico a la historia que tantas veces les había contado. ¿Cómo les narraba lo vivido en la cordillera?
-Desde que eran muy chicos les fui contando la historia como quien cuenta un cuento. Cuando eran bien pequeños, además del relato, gesticulaba. Les mostraba con las manos cómo caía el avión. Luego, cuando fueron creciendo, ellos mismos me pedían más detalles. "No me cuentes las cosas tan rápido -me decían-; queremos saber más detalles." A veces también eran sus amigos los que querían conocer la historia que habían escuchado en sus casas o en la escuela.
-¿Es usted un hombre religioso?
-Soy una persona de profunda fe cristiana, pero no la practico en el templo, sino en la calle, en la vida cotidiana. No voy a la iglesia a golpearme el pecho; mi apuesta total es a la vida y a ella me entrego.
-Para usted, ¿la experiencia de los Andes fue un milagro?
-Quizá para mucha gente fue una lotería, para mí fue un milagro. Fue un milagro salvarnos luego de haber chocado contra una montaña en un avión que viajaba a más de 400 kilómetros por hora. Fue un milagro sobrevivir al alud que sepultó el fuselaje del avión mientras dormíamos. Fue un milagro que Canessa y Parrado, desnutridos, pudieran caminar durante siete días por la nieve, escalar montañas de más de 6000 metros de altura, sin contar con ropa de abrigo. Fue un milagro que Parrado luego encontrara con la fuerza aérea de Chile el lugar exacto donde había quedado el avión con nosotros adentro. No sé si fue un milagro formar la familia que hoy tengo, pero sí sé que es un regalo de la vida.
-¿Cómo se ve el "Milagro de los Andes" un cuarto de siglo después?
-Como una experiencia de amor, solidaridad y entrega única. Allí los amigos que no volvieron dieron lo más que puede dar un ser humano, lo que hizo Cristo: dar la vida por el otro. Estoy en deuda con todos ellos, honran la especie humana.
Memoria
El 18 de Enero de 1973, a 27 días del rescate de los sobrevivientes, una patrulla formada por varios miembros del Cuerpo de Socorro Andino y un Cura de Chile, fueron llevados en helicópteros hacia los restos del Fairchild. Allí, a pocos metros del avión levantaron un campamento con la idea de quedarse algunos días. Se dispusieron a reunir los restos que quedaban de los muertos por los alrededores del Fairchild y por la montaña.
A ochocientos metros del avión encontraron una zona donde parecía que no había riesgo de avalanchas y tenía tierra suficiente como para cavar una fosa. Ayudados con palas y picos cavaron un gran hoyo. Allí dieron sepultura a las victimas del accidente.
Junto a la fosa levantaron un rústico altar de piedra y sobre el colocaron una cruz naranja de hierro en la que aún se puede leer “EL MUNDO A SUS HERMANOS URUGUAYOS” y por el otro lado “CERCA, OH DIOS, DE TI”.
Al terminar, el Padre dio misa y pronunció un sermón para los presentes. Mas tarde los andinistas volvieron hacia los restos del Fairchild, lo rociaron con gasolina y le prendieron fuego. Decidieron que su trabajo había sido terminado, y alentados por el ruido amenazador de las avalanchas acordaron dejar el lugar.
Yapa
Fuente http://www.viven.com.uy/