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Israel en África en busca de un paraíso perdido

Info10/30/2009
I. La connivencia entre Israel y el apartheid sudafricano, un hándicap Israel ha lanzado una ofensiva diplomática hacía África con el fin de restaurar la edad de oro de la cooperación israelí-africana de los primeros tiempos de la independencia africana. Pero esta operación de seducción parece indicar una búsqueda desesperada de un paraíso, perdido en tanto que permanece vivo en las memorias el recuerdo de la connivencia entre Israel y el régimen de apartheid de Sudáfrica, en tanto que su belicismo antipalestino confina a Israel en un aislamiento internacional, en tanto, en fin, que la xenofobia de los nuevos dirigentes israelíes obstaculiza su diplomacia hasta el punto de repeler incluso a sus aliados occidentales más fieles. El bestiario israelí es amplio y abundan las comparaciones «animalarias» contra los árabes, hasta el punto de que algunos no dudan en considerar que se trata de una marca de fábrica del personal político israelí. Desde la fallecida Primera Ministra laborista Golda Meir, el jefe del Likud, Menahem Begin, que los llamó «animales de dos patas», al ultraderechista jefe del estado mayor Raphael Eytan, que no duda en calificarlos de «cucarachas», pasando por el ex Primer Ministro laborista Ehud Barak, que los compara con los «cocodrilos», los principales dirigentes israelíes han aportado, con total impunidad, su contribución a esa fraseología xenófoba que no tiene parangón en ningún otro Estado. Como prolongación de su ofensiva seductora en América Latina, la campaña diplomática que lleva a cabo Avigdor Liebermann, ministro israelí de Asuntos Exteriores, se ha dirigido, a principios de septiembre, a los países africanos que constituyen el punto de anclaje tradicional de Israel en el continente negro (Etiopía, Kenia y Uganda), así como a Nigeria y Ghana, con el fin de romper su cuarentena y movilizar a sus amigos en su campaña contra Irán. Etiopía, un país que no es árabe ni musulmán, por añadidura propulsado por la estrategia neoconservadora estadounidense al papel de gendarme en África oriental, y Kenia, que podría haber sido la patria judía en el marco del «programa Uganda» del ministro británico de las colonias Joseph Chamberlain en 1901, constituyen, desde el punto de vista de los dirigentes israelíes, los jalones esenciales para garantizar la seguridad de la navegación del océano Índico hacia el puerto israelí de Eilat, en el golfo de Aqaba. Pero ese pacto tácito ha proporcionado a ambos países africanos, pivotes de la alianza de rodeo de Israel frente a la península arábiga y la vertiente africana del mundo árabe, particularmente en el trayecto que lleva a las fuentes del Nilo (Egipto, Sudán, Somalia), serios sinsabores y dolorosas llamadas al orden. El fracaso de la intervención etíope en Somalia en 2007 abrió el camino al recrudecimiento de la guerrilla de los tribunales islámicos en Mogadiscio, a lo que hay que añadir el desarrollo de la piratería marítima a lo largo de las costas de África oriental y el establecimiento de una base de acogida de la marina iraní en Eritrea, a poca distancia de la importante base franco-estadounidense de Djibuti. Por su parte, Kenia ha sido escenario de sangrientos atentados: en 1998 en Nairobi contra la embajada de Estados Unidos, padrino de Israel; y después, directamente contra los intereses israelíes en Mombasa, en 2002, causando un total de 224 muertos; en el atentado de Nairobi 12 estadounidenses, y quince muertos en el de Mombasa, entre ellos tres israelíes. En Nigeria, presa de una guerra interna soterrada entre musulmanes y cristianos, gangrenada además por la corrupción, del orden de 300.000 millones de dólares durante los tres últimos decenios según las estimaciones del Banco Mundial, Israel se dedica a equipar a la gendarmería con dos patrulleras y a enmarcarla en su lucha contra los guerrilleros del delta del Níger. En el mismo orden de ideas, Israel cuenta con suministrar a Guinea Ecuatorial, por un valor de cien millones de dólares, vehículos blindados y patrulleras marinas para la protección de ese nuevo «El dorado» del continente negro y de su caprichoso dictador. Aureolado con la imagen de una joven nación constituida por los supervivientes del genocidio de Hitler, fundado sobre el socialismo agrario, el Kibutz, Israel ha gozado de prestigio durante mucho tiempo entre los dirigentes africanos, hasta el punto de asistir como invitado a una sesión especial de la Primera Conferencia de todos los pueblos africanos, en Accra, en 1958. Israel estaba representado en la época por Golda Meir, ministra de Asuntos Exteriores. De dimensión modesta, poco sospechoso de aspirar a la hegemonía, Israel pudo así ver cómo le confiaban la formación de los primeros pilotos del ejército del aire de Uganda, Kenia, Congo y Tanzania, hasta el punto de poder vanagloriarse después de haber propulsado, con la complicidad de los servicios occidentales, a dos dirigentes africanos a la cabeza de sus países, Joseph Mobutu del Congo (ex belga) e Idi Amin Dada de Uganda. Entre 1958 y 1973, fecha de la ruptura colectiva de las relaciones entre Israel y África, tres mil expertos israelíes, es decir, dos tercios de los efectivos israelíes en misión en el Tercer Mundo, estaban asignados al continente negro, mientras que el último tercio estaba desplegado en Asia (Tailandia, Singapur, Laos, Camboya y Filipinas). Durante el mismo período, el cincuenta por cierto de los estudiantes del «Instituto Internacional para el desarrollo, cooperación y estudios laborales», un organismo israelí encargado de la formación de técnicos del Tercer Mundo, era originario de África. En el paroxismo de la Guerra Fría soviético-estadounidense, la penetración israelí en África se benefició del apoyo financiero y material de la CIA, por cuya cuenta el Estado hebreo asumía por delegación las tareas de formación, encuadramiento y protección. De esta forma, la central estadounidense libró casi ochenta millones de dólares a Israel durante la década de 1960 para financiar movimientos contrarrevolucionarios en África –Jonas Savimbi, presidente de UNITA, frente a la Angola pro soviética, y Joseph Garang, jefe de la provincia secesionista de Darfur, al sur de Sudán, frente al gobierno «arabófono» de Jartum- dando al mismo tiempo un apoyo oficioso a Milton Obote (Uganda), una protección discreta a Joseph Désiré Mobutu (Congo Kinshasa), y asegurando la frontera entre Namibia y Angola con el fin de prevenir las infiltraciones desestabilizadoras contra el régimen del apartehid. Una alianza tácita idéntica se establecía entre los israelíes y los franceses para contener, en la época más dura de la guerra de Argelia (1954-1962), el empuje nacionalista africano impulsado por el eje Ghana-Guinea-Malí del trío revolucionario Kwamé N’Kruma, Sékou Touré y Modibo Keita. África despierta la codicia. Continente homogéneo, de una superficie de 30 millones de kilómetros cuadrados, África es rica en su diversidad. Representando un mercado de seiscientos millones de habitantes, de ellos 350 millones de consumidores en el África subsahariana, África es la primera exportadora mundial de oro, platino, diamantes, bauxita y manganeso. La segunda de cobre y petróleo crudo. Además, es la primera productora mundial de cacao, té y tabaco; la segunda de sisal y algodón. Paradójicamente, África se beneficia poco de sus riquezas mineras. Hasta el punto de que los países ricamente dotados de recursos minerales, a menudo se encuentran en lo más bajo del Índice de Desarrollo Humano (IDH) establecido por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Si Argelia ocupa el puesto 104, Nigeria, sin embargo gran exportadora de petróleo y que ambiciona, debido a su importancia demográfica, un papel de primer orden en la escena diplomática regional e internacional, se encuentra en el puesto número 158, y Guinea en el 160. Los retos son la medida de las ambiciones en una época en la que la carrera por el control de las fuentes de energía ha redoblado su intensidad desde la penetración china en África y el estallido de los precios de las materias primas. África conoció de 1960 a 1990, los treinta primeros años de su independencia, 79 golpes de Estado durante los cuales 82 dirigentes fueron asesinados o derrocados. En comparación, el mundo árabe, en el ojo del huracán desde el descubrimiento del petróleo, cuenta durante el mismo período dieciocho golpes de Estado. El continente africano es una de las mayores zonas mineras del mundo junto con Australia, Canadá y América del Sur. Se posiciona como el primer productor mundial de numerosos productos mineros, entre ellos el platino, el oro, los diamantes, el mineral de fosfato o el manganeso, y posee reservas de primer orden de bauxita o coltán –un mineral que entra especialmente en la composición de las tarjetas inteligentes-. Así, la mitad de las reservas mundiales de oro se encuentra en la región de Witwatersrand, en Sudáfrica. El continente extrae, además, cobre, zinc y mineral de hierro, así como uranio en Níger y petróleo en Angola, Nigeria, Guinea Ecuatorial, Gabón y Camerún. Una serie de productos cuyos precios, desde hace algunos años, se han disparado en los mercados internacionales debido a la demanda mundial en general y a la demanda industrial en particular, especialmente por parte de China. La explotación de minerales es una actividad dominante y representa el primer puesto de exportación en casi la mitad de los países africanos, en especial Sudáfrica, Botswana, la República Democrática del Congo, Malí, Guinea, Ghana, Zambia, Zimbabue, Níger, Tanzania, Togo y Mauritania. Otros países como Angola, Sierra Leona o Namibia también han desarrollado un polo minero importante. Así, África se habría beneficiado en 2005 del 17% de las rentas mundiales ligadas a la explotación minera después de Australia (23%) y Canadá (19%), según un estudio de la Comunidad de Desarrollo de África Austral (SADC) y de la Unión Europea. Las multinacionales que dominan en la actualidad el sector de las minas, obtienen lo esencial de sus actividades del continente africano, especialmente las empresas sudafricanas que tienen sus sedes en los alrededores de Johanesburgo, y especialmente AngloGold Ashanti, fruto de la fusión entre el grupo de Ghana Ashanti y el gigante minero AngloGold. Otras sociedades como AngloAmerican, primer grupo minero mundial instalado actualmente en el Reino Unido, también tienen sus orígenes en esa parte de África. Una de sus principales filiales, De Beers, mantiene su sede social y el control del comercio de diamantes en la región, especialmente en Botswana, donde es accionista y gerente de la única empresa de diamantes del país. Fuera de esos pocos casos, la mayor parte de las multinacionales que operan en el continente son australianas, canadienses, británicas o estadounidenses. Aparte de Sudáfrica, hay que señalar que África no cuenta con ningún gigante minero a la altura de lo que se podría esperar en un continente tan rico en materias primas. El diamante constituye, con el armamento, el principal producto de valoración de África por Israel. Los observadores adjudican a Israel la intención de invertir masivamente en el ámbito de la informática en África con el fin de paliar la ausencia de infraestructuras, especialmente en el plano de la telefonía móvil. En la actualidad, una decena de grandes sociedades israelíes (Solel Bonet, Koor Industries, Meir Bhothers o Agridno) están presentes en la economía africana a través de inversiones directas y préstamos concedidos por la «Banca Leumi» y la «Japhet Bank». Éstas operan en una veintena de Estados africanos en los terrenos de la construcción y la extracción y el comercio de diamantes y metales preciosos, especialmente el oro de El Zaire. En la República Democrática del Congo, concretamente, la firma israelí DGI (Dan Gertler Investment) va a invertir, a través de su sociedad Oriental Iron, 7.000 millones de dólares en un yacimiento de hierro evaluado en más de 700 millones de toneladas de mineral. Objetivo central de los próximos decenios para la producción de acero, el hierro es objeto de una feroz batalla entre dos grupos gigantes: BHP Billiton y Río Tinto, en vías de fusión. Presente en varios países de África, en Europa y en América, el grupo Dan Gertler tiene actividades en los ámbitos de la extracción y gestión de diamantes, hierro, cobalto y cobre; en la inmobiliaria, la agricultura e incluso en los biodiesel. II. La unión entre el sionismo y el panafricanismo La unión entre sionismo y panafricanismo, excrecencias doctrinales de los dos puntos negros del Occidente de la época contemporánea –la persecución de los judíos y la trata de esclavos-, es acariciada desde hace mucho tiempo por los padres fundadores del sionismo, deseosos de fundar con los pueblos africanos una «comunidad de los perseguidos». Leon Pinsker en L’Auto émancipation (1882), el filósofo Martin Bubber a la cabeza del Die Welt, periódico de la organización sionista mundial del cual fue redactor jefe de 1889 a 1901, y Golda Meir, ex Primera Ministra israelí, argumentaron a favor de un proyecto de ese tipo. Por otra parte, judíos y negros estadounidenses, durante mucho tiempo, han formado parte de las confederaciones sindicales de EE.UU., las cuales conforman la estructura del Partido Demócrata estadounidense. Por otro lado, en el mundo occidental, con regularidad, se hacen intentos para asociar judíos y negros en las marchas reivindicativas comunes. Es el caso, por ejemplo en Francia, del movimiento antirracista «SOS-Racisme», que opera en estrecha colaboración con la Unión de Estudiantes Judíos de Francia. Por otra parte, el lema «Back to Africa» (regreso a África), lanzado por Marcus Garvey en 1920, en aquella época fue percibido por numerosos observadores como el equivalente africano del lema sionista «regreso a Sión». Pero el sueño de una fraternidad de sufrimientos se rompió frente a las actas amargas de las duras obligaciones de la Realpolitik. Así, durante el período de la descolonización, Israel, en efecto, se alineó sistemáticamente al lado occidental, es decir, en el campo de aquellos a quienes los africanos perciben como opresores coloniales, llegando incluso a planear con Francia y el Reino Unido una «expedición punitiva» contra Egipto, en 1956, dirigida a romper la retaguardia de apoyo a la revolución argelina. Fue también el caso con Sudáfrica donde el Estado hebreo, a despecho de su presunta filosofía, fue uno de los principales apoyos del régimen del apartheid, comprometiéndose con éste, incluso, a una cooperación nuclear. Y, finalmente, también fue el caso con Turquía, en el que los supervivientes del genocidio hitleriano han rechazado constantemente que los supervivientes armenios del genocidio turco -primer genocidio del siglo XX- utilicen el calificativo de «genocidio», tanto con vistas a su alianza estratégica con Turquía como por la preocupación de reservar al genocidio hitleriano su carácter exclusivo y ejemplar en beneficio de la temática victimista de la diplomacia israelí. En su inolvidable Discurso sobre el colonialismo, Aimé Césaire denuncia la primacía concedida por los europeos a la expiación del genocidio hitleriano como una estrategia dirigida a ocultar lo que el autor considera el mayor genocidio de la historia moderna: el sometimiento de África a la esclavitud y la trata negrera. La ruptura entre judíos y negros ocurre precisamente en el período de la descolonización de África. Señalar un firme apoyo a la independencia de Israel, y al mismo tiempo abrasar a los argelinos en Sétif y Guelma, acribillar a los senegaleses y malienses en Thiaroye y a los cameruneses y malgaches en su suelo nacional para sofocar cualquier veleidad de independencia africana, apareció como una aberración ante numerosos africanos que vieron la señal de una colusión entre los países occidentales y el nuevo Estado judío naciente. Israel aparece, pues, como una criatura de Occidente, un instrumento de represión en el Tercer Mundo, protector de los dictadores africanos del tipo de Joseph Désire Mobutu en Zaire y, más recientemente, de Laurent Gbagbo en Costa de Marfil. África, en parte, debe su independencia a Vietnam y Argelia. Si no hubiera sido por el fracaso francés en Dien Bien Phu (1954), primera derrota de un ejército blanco frente a un pueblo «moreno», y la hemorragia de la guerra de Argelia, la colonización de África habría perdurado. Los africanos son conscientes de esa fraternidad de armas. Sin hablar de la ruptura colectiva de las relaciones diplomáticas de los países africanos árabes con Israel en 1973, a raíz de la cuarta guerra árabe-israelí. Por ejemplo Malí, desde su independencia, envió un contingente simbólico de su joven ejército para alinearse al lado de los combatientes argelinos. Y fue un psiquiatra antillano, compañero de viaje de la revolución argelina, Frantz Fanon, quien describió lo más importante de la nueva alianza entre árabes y africanos, sellada bajo la empresa colonial, en una magnífica obra titulada Los condenados de la tierra. En Estados Unidos, la ruptura judía-africana propició el nacimiento del movimiento de los «Blacks Muslims» y la alineación de una franja de la comunidad negra estadounidense al Islam, en particular personalidades míticas como el boxeador Cassius Clay, alias Mohamed Alí, y probablemente Jermaine Jackson, hermano mayor de Michael Jackson, el rey del pop; y en el plano internacional, una convergencia árabe-africana. Nostálgico de los viejos tiempos, Israel, como un encantamiento, todos los años celebra la fiesta de África el 21 de junio, día de la fiesta del verano, mientras que por todas partes del planeta ese mismo día se celebra la fiesta de la música. China, un freno a la progresión israeli El advenimiento de China como actor principal en el continente africano, como lo demuestra su reciente éxito en el G20 de Pittsburgh (Estados Unidos), el 25 de septiembre de 2009, el atractivo de este nuevo socio principal de África, sin deudas del colonialismo, ha modificado la situación en el continente hasta el punto de convertirse en un obstáculo para la progresión israelí, dejando la diplomacia de apertura de Israel en una situación de de inestabilidad al tropezar de frente con la estrategia del gigante chino. Por medio de Irán, Sudán y Arabia Saudí, China pretende asegurar su abastecimiento energético, del orden de 10 millones de barriles diarios en 2010, con el fin de mantener su crecimiento y conseguir el éxito en el mayor reto de su atractiva diplomacia, el desarrollo sur-sur. Pero el crecimiento exponencial de sus necesidades podría exacerbar la tensión sobre los precios del crudo y los mercados petroleros, haciendo más frágiles las economías occidentales, ya desestabilizadas por el hundimiento del sistema bancario. El comercio bilateral China-África se multiplicó por 50 entre 1980 y 2005. Con 1,995 billones de dólares de reservas de cambio, una mano de obra fácilmente exportable y la ausencia de deudas colonialistas, China ya ha sustituido a Francia y Estados Unidos como principal socio comercial de África y se coloca como potencia mundial. La competencia entre China y Europa en África ha llevado a once países africanos productores de materias primas a revisar los contratos que los vinculan con las compañías explotadoras desde los años 90. Es el caso, en especial, de Liberia (contrato de hierro con Mittal), de Tanzania (aluminio), Zambia y Sudáfrica (platino y diamantes). Pisando los talones a los productores de petróleo, los Estados africanos pretenden aprovechar boom de los precios de las materias primas para proceder a ajustar los precios de forma ventajosa según las leyes del mercado. En ese combate espectacular sobre «los precios reales» el más avanzado es Joseph Kabila, presidente de la República Democrática del Congo, un país antes en bancarrota bajo el reinado de Joseph Désiré Mobutu, protegido de los estadounidenses y franceses. En un gesto de una audacia inusual, Kabija Jr. ha revisado nada menos que sesenta y un (61) contratos mineros. Esta nueva situación pondría a China en mejor posición en la batalla por el control de los recursos energéticos y explicaría la discreción de su penetración capitalista, constituyendo un factor principal de reestructuración de la geoeconomía mundial. Primera poseedora de bonos del Tesoro estadounidense, del orden de 727.000 millones de dólares, por delante de Japón (626.000 millones de dólares), China ya ha puesto las cosas claras invitando a Estados Unidos, el 16 de marzo, a «cumplir sus compromisos, comportarse como una nación en la que se puede tener confianza y a garantizar la seguridad del efectivo chino», con una amonestación que nunca antes había sufrido la potencia estadounidense. El comercio de Estados Unidos con África se elevó a 104.000 millones de dólares en 2008, es decir, un aumento del 28%, pero el comercio de China con África escaló hasta 107.000 millones de dólares. El comercio bilateral China-África se multiplicó por 50 entre 1980 y 2005, doblándose sólo en el último decenio (1998-2008) La doble gira africana, del presidente Barack Obama en junio de 2009, y de la secretaria de Estado Hillary Clinton dos meses más tarde, en agosto, así como la inversión masiva de fondos filantrópicos de Estados Unidos, del orden de 90 millones de dólares en 5 años, para contribuir al funcionamiento de 24 think tank de once países de África, evidencian la preocupación de Estados Unidos por contener la penetración china. Un cuarto del abastecimiento energético estadounidense procederá de África durante la próxima década (2010-2020). La militarización de la política exterior estadounidense en África por medio de la creación del AFRICOM (African command) refleja la incapacidad de Estados Unidos para gestionar de forma puramente económica su competición con China. En esta perspectiva, los estrategas occidentales no dudan en predecir un mayor enfrentamiento entre China y Estados Unidos por el liderazgo mundial, en el horizonte del año 2030. La hostilidad manifiesta de Israel hacia los principales suministradores de energía a China, especialmente Irán y Sudán, las relaciones de proximidad establecidas entre Israel y Abdel Wahed Nur, jefe del Ejército de Liberación de Sudán (SLA), en conflicto con Jartum, amigo del ministro de Asuntos Exteriores francés Bernard Kouchner, constituyen otros tantos obstáculos a un acercamiento diplomático israelí a África, lo mismo que la evolución del Islam en el África subsahariana podría frenar un poco la progresión israelí en África, al igual que su belicismo antipalestino, que habría beneficiado a Irán, primera potencia emergente del hemisferio sur que accederá al estatus nuclear, en desafío al bloqueo occidental. Abdel Wahed Nur, jefe del Ejército de Liberación de Sudán (SLA), que tiene una oficina de representación en Tel Aviv desde febrero de 2007, por otra parte, ha afirmado sin ambages que si llega al poder en Jartum, instalará una embajada de Sudán en Israel. China ha comprometido una asociación militar con 43 países africanos. Principal suministradora de armas ligeras a África, tanto a los grupos armados como a los gobiernos, China ha instalado tres fábricas en Sudán, cerca de Jartum, y dos fábricas de municiones y armas ligeras en Zimbabue y Malí. La cooperación militar incluye el suministro de armas y la formación del personal. Los acuerdos de abastecimiento de material militar se han cerrado con Namibia, Angola, Botswana, Sudán, Eritrea, Zimbabue, las Comores y la República del Congo. China no dudó en vender a Sudán aviones de vigilancia F-7 y aviones de transporte Y-8 en plena guerra civil, durante el período en el que sus compañeros petroleros estaban comprometidos en la explotación de los yacimientos petroleros de Muglad. Esas ventas, generalmente, se realizan por medio de North Industry Corporation (NORINCO) y Polytech Industries, la principal firma de venta de armas del ejército chino En total, China dedica el 45% de su ayuda al desarrollo a África gracias a una política de inversión multiforme que ha permitido a África alcanzar una tasa de crecimiento del orden del 6%, la más alta de los últimos treinta años. En el terreno de los servicios, China ha declarado a ocho Estados africanos destinos turísticos oficiales. China exporta su pericia industrial y la mano de obra, envía médicos y enfermeras al continente y forma a los funcionarios y a los hombres de negocios. Se ha comprometido a formar a 10.000 ejecutivos africanos entre 2004 y 2007, un programa que se añade a los intercambios tradicionales ya existentes. Desde 1963, más de 15.000 médicos chinos han operado en el continente, tratando a más de 180 millones de enfermos de sida, y se han enviado más de 5.000 estudiantes africanos a las universidades chinas. África, por culpa de Occidente, es el continente que ha conocido la mayor desposesión de la historia de la humanidad y sigue sirviendo de vertedero del planeta y de válvula de escape a sus males. En la mente de los occidentales, y de sus aliados israelíes, el continente sigue siendo un campo de experimentación privilegiado. En África se prueban los medicamentos, como intentaba demostrar la admirable película inglesa El jardinero fiel. África es el continente que destruye su fauna y su flora para nutrir diariamente a los europeos con pescado fresco, como nos muestra la película La pesadilla de Darwin, así como los estragos que causa la perca del Nilo en los ecosistemas de la cuenca del lago Victoria. También es África –aunque no sólo- la que hace el oficio de vertedero de residuos tóxicos, como reveló el escándalo del carguero panameño Probo-Koala en Abidjan (Costa de Marfil). Y, finalmente, África es el contenedor de la inmigración escogida y de los siniestros ecológicos dirigidos, el continente del patrimonio artístico saqueado para la creación de grandes museos a la gloria de la cultura universal, como es el caso del museo del Quai Branly en Francia, pero a cuyos residentes se devuelve a su tierra a modo de desechos de la humanidad. En este contexto, lo que más podría comprometer los esfuerzos de aproximación entre Israel y África podría ser la desafortunada elección del emisario israelí para esta operación de seducción: Avigdor Liebermann, un ultrahalcón famoso por su rancia xenofobia, en realidad descartado de la gestión de los asuntos del mundo árabe y de los países occidentales en beneficio de Ehud Barak, ministro israelí de Defensa, y cuyo envío a África podría aparecer como un mal menor, una subcontratación de saldo del continente africano, la señal de un menosprecio supremo, un gesto que podría herir más profundamente a África en cuanto que procede de un país con un grave pasado segregacionista, ignorado por ese hecho por Sudáfrica, la autoridad moral del continente. Por René Naba Fuente http://www.rebelion.org/noticia.php?id=94195
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