Desamores argentinos.
La chica gritaba que su avión se le iba y pidió permiso para pasar primera pero le gritaron que no. Se volvió al fondo, derrotada: "¡Así somos los argentinos, buena gente, solidarios!".
La chica gritaba que su avión se le iba y pidió permiso para pasar primera pero le gritaron que no. Se volvió al fondo, derrotada: "¡Así somos los argentinos, buena gente, solidarios!".
La chica podría haber sido Carolina Balducci: robusta, el pelo oscuro, dos tetas en el lugar donde otras llevan cruces, los jeans pegados a la carne y esos andares decididos de las que saben que de lánguidas no llegarían a ningún lado. La chica podría haber sido Carolina Balducci –aunque casi seguro que no era– y estaba más que apurada frenética, explosiva. La chica que podría haber sido gritaba que su avión se le iba y, como estábamos en la cola de los rayos equis en Ezeiza, quizás era verdad. Gritaba, correteaba de aquí allá, y pidió permiso para pasar primera pero varios le gritaron que no, que qué viva, que esperara su turno. Entonces la chica se volvió al fondo de la cola –la cabeza alta, derrotada– y, mientras caminaba, nos gritaba: ¡Así somos los argentinos, buena gente, solidarios! ¡Así somos! ¡Un desastre, somos!
La historia es nimia pero me impresionó. Fue, para empezar, su cara: esa cara de desaliento entrado en carnes, de adaptación a la desgracia, de asunción de la carga: no dijo ustedes, egoístas, insolidarios, lo que fuese; dijo nosotros argentinos; así somos, dijo, nosotros argentinos, como quien comprueba una vez más y afirma y se hace cargo.
La chica que podría haber sido me dejó pensando: somos, decía, una desgracia, y nadie supo o quiso contestarle; nadie supo, supongamos, qué decirle, cómo negar su afirmación. Nadie salió a decirle con nosotros no te metás o por favor señorita qué mal le ha hecho este país para justificar su desazón o, quién sabe, callate gorda que te parto la boca.
Es cierto que últimamente estamos contentos de muy poco. Me parece que los argentinos –con perdón de la generalización imperdonable– solíamos ser orgullosos y estar orgullosos de muchas cosas de nosotros: nos sentíamos confiados, preparados para afrontar lo que viniera, tanto mejores que nuestros vecinos, astutos, ganadores, bonitos, cultos, bien educados, educados, defensores de nuestros derechos, trabajadores pese a todo, acomodados, dueños de un gran país, señores del futuro y, otra vez, ganadores. No todas eran, por supuesto, cualidades deseables pero fueron, para empezar, el producto de muchos años de construcción de una sociedad que confiaba en sí misma, que se creía a sí misma destinada para –más o menos– grandes cosas. Pululaban, incluso, entonces, los chistes latinoamericanos: el mejor negocio es comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que cree que vale, por ejemplo.
Ahora en cambio vemos cómo nuestros sueños se ajan, cómo vamos perdiendo las conquistas y los beneficios de tantos años, cómo nuestras escuelas e instituciones culturales se degradan, c ómo nue s t r a sociedad muy relativamente igualitaria se volvió terriblemente desigual, cómo dejamos de inventar –y hasta de fabricar los inventos a j e n o s – , cómo nuestros vecinos nos superan en cada vez más lizas, cómo el mundo no nos hace caso y nos vemos, además, mal gobernados, corruptos, pobres, sin destino, cayendo sin parar, invadidos por la violencia social, maltratados por las autoridades, sin futuro ni ideas. Nos vemos, me parece, como un país a la deriva, como un proyecto fracasado.
O, por lo menos, eso suelo escuchar, y eso escuché en la cola aquella tarde. Pero quizá me equivoco una vez más. Por eso –y porque me parece una cuestión bastante decisiva– quiero proponer a los lectores que escriban en criticadigital.com para decir de qué estamos orgullosos como país, como conjunto de personas, qué nos gusta de nosotros ahora. Me parece que vale la pena pensarlo, discutirlo –y dejar de hablar, durante unos minutos, de unas elecciones en las que no elegimos nada. La seguimos.
