Grecia Durante la conocida y estudiada Edad Antigua, que abarcó desde la creación de la escritura atravesando importantes civilizaciones antiguas, se destaco una en especial, a causa de su innovadora forma de organización política y social a través de la cual se abriría una profunda marca en la historia de la humanidad: la civilización griega. Grecia es la cuna de nuestra civilización. Sobre sus huelas hemos modelado nuestra cultura, nuestro concepto de lo bello, de la democracia, de la educación, nuestro modo de ser. Tal fue su impacto tanto filosófica como turísticamente, que todo ingles de la alta sociedad del siglo XIX no podía considerar su educación completa hasta no haber realizado el "grand tour" de Europa especialmente recorriendo Italia y Grecia. La organización de sus ciudades fue en parte, lo que le otorgó existo económico y durante un tiempo, también militar. La organización de las ciudades Acrópolis es una palabra que viene del griego y que significa "ciudad alta" (ákros=alto, polis=ciudad), es decir, la parte más alta y a menudo fortificada de una ciudad. Acrópolis tuvieron todas o casi todas las ciudades del mundo antiguo (los romanos las llamaban arces, rocas): en ellas se había desarrollado frecuentemente el primer núcleo habitado y se refugiaba la población en caso de peligro, buscando la protección de las fuertes murallas custodiadas por la omnipotencia de los dioses (en honor de los cuales, justo allí, se habían erigido los templos más sagrados y antiguos), y por la poderosas flechas de los arqueros atalayas. La acrópolis por excelencia es, sin embargo, la de Atenas, uno de los conjuntos monumentales más famosos de la antigüedad. En ella, a un palacio real de la época micénica, que probablemente se remonta a casi quince siglos antes de Cristo, se sobrepusieron santuarios arcaicos, y sucesivamente, el Partenón y los otros templos, aún conservados en parte, según la disposición deseada por Pericles, el gobernador más renombrado de Atenas bajo cuyo mandato, hacia finales del siglo V a.C., la ciudad conoció su momento de mayor esplendor cultural y económico. Originariamente la acrópolis fue ciertamente el primer núcleo habitado de Atenas, pero en época histórica se convirtió ante todo el lugar sagrado, de modo que en la urbanística de la ciudad, se encuentra en el centro sin pertenecer a ningún barrio habitado. Su historia es por lo tanto también la historia de sus cultos: el de Atenea, la diosa virgen y guerrera de la que Atenas tomó su nombre. Sobre la acrópolis, la originaria roca micénica poderosamente fortificada, con el palacio del rey, o más exactamente del ánax, es decir, del señor, rodeado por las casas de los nobles, sobrevive en los restos de los muros del palacio; estos pertenecen a períodos diferentes, de los que indican su larga vida ligada a los legendarios reyes de Atica, en cuyas complejas hazañas la leyenda y la mitología se funden estrechamente con la historia: y es significativo que la cronología griega tradicional establezca su inicio hacia el año 1550 a. c., fecha que coincide con bastante aproximación, con el principio de la época micénica. En las fuentes antiguas, a menudo inciertas y contradictorias, la historia de los primeros héroes áticos está suspendida entre fábula y mito y la presencia constante de las divinidades en los sucesos de aquellos tiempos antiquísimos otorga a estos personajes un aura semidivina; contribuyen a aumentar la nebulosa fascinación de la era más antigua de la historia de la acrópolis las referencias de las fuentes a las vicisitudes de la homérica Troya, cuya ciudadela, con el templo de Atenea y el Paladio, aunque expugnada por los héroes griegos, se parecía tanto a la de Atenea que, de hecho, había heredado de ésta las tradiciones y su carácter sagrado. El primer rey y fundador del reino del Ática fue Cécropes, hijo de Gea, la Tierra, y por eso representado a veces como medio hombremedio serpiente, maestro en la construcción de ciudades y pío en la enseñanza de en¬terrar a los muertos. Bajo sú reinado había tenido lugar la célebre contienda entre Atenea y Poseidón, dios del mar, por el predominio sobre el Atica, contienda que Fidias representará más tarde en el frontón oeste del Partenón; el desenlace vio el triunfo de Atenea que habría hecho surgir de una roca, acometida por su lanza, un olivo mientras que Poseidón, golpeándola con su tridente, habría hecho brotar un manantial de agua. Los personajes celebrados en la acrópolis, por otro lado, están todos unidos estrechamente los unos a los otros en las hazañas míticas: a la virgen Atenea, por ejemplo, está ligada la historia de Erictonio, cuarto rey de Atenas nacido de Hefesto: al querer violar éste a la divina y bellísima guerrera, fue por ella rechazado y su semen se esparció sobre la tierra. Erictonio, concebido por la Tierra, fue por tanto considerado símbolo de su fecundidad pero, justamente por haber nacido de la Tierra, tuvo naturaleza serpentina: fue un monstruo con piernas de reptil. Atenea misma, aunque indignada, sintió piedad hacia él y lo confió a los cuidados de las hijas de Cécropes. Cuenta la leyenda que el agradecido Erictonio hizo colocar en la acrópolis la imagen sagrada en madera de Atenea caída del cielo y a él se atribuye la institución de las fiestas Panateneas, las de los misterios eleusinos y la invención de las carreras de cuádrigas. Al destino de Erictonio está unida la historia de Aglauro, mujer de Cécropes, y de sus tres hijas Aglauro, Herse y Pándroso -las Agláurides-, que habían recibido de la diosa Atenea un canasto cerrado que contenía al hijo de Hefesto y que, habiendo ignorado la prohibición de abrirlo, habían enloquecido al ver al niño-serpiente y se habían lanzado al vacío desde lo alto de la ciudadela. Erecteo o Ericteo, otro personaje importante de la acrópolis, sexto rey de Atenas, fue durante largo tiempo confundido con Erictonio. A él dedicado el templo homónimo y, aunque protegido por Atenea, no pudo escapar de la venganza de Poseidón, que le hizo morir trágicamente por haberle privado de su hijo Eumolpo durante la guerra entre Atenas y Eleusis. Erecteo fue sepultado en el vientre de la Tierra a golpes de tridente. Hermano de Erecteo era Butes o Butas, cuyos descendientes, los Butades, se hicieron sacerdotes de Poseidón, si eran hombres, para aplacar su ira jamás calmada, y de Atenea Políade, si eran mujeres. También hay que recurrir a Erictonio para comprender la historia de Pandión, quinto u octavo rey de Atenas, hijo del primero según una tradición, o sobrino de Erecteo e hijo de un Cécropes II según otras fuentes. El había instituido la «jornada de los Jarros» durante las fiestas dionisíacas de las Antesterias con ocasión de la venida al Ática de Orestes para purificarse del asesinato de su madre Clitemnestra. Pandión había sido expulsado más tarde por sus parientes Metionidas, entre los que se encontraba Dédalo, padre de las artes. Por último recordaremos al más grande héroe ático, el más sabio de los reyes atenienses: Teseo. Hijo de Egeo y descendiente de Erectea, realizó innumerables actos de heroísmo, entre los que fue famosa la matanza del Minotauro en el laberinto de Creta. A él se debió, según la tradición, el agrandamiento de Atenas más allá de los límites de la acrópolis. Los recuerdos de los legendarios reyes atenienses y de sus familias se centran en gran parte justo en la zona del antiguo palacio micéruco donde luego surgió, con la disposición de Pericles, el templo que tiene el significativo nombre de Erecteion, a su vez precedido, al parecer, por un templo arcaico con el mismo nombre. En la parte occidental del Erecteion estaba el altar de Poseidón sobre el que se sacrificaba también a Erecteo, un segundo altar de Hefesto, y un tercer altar dedicado a Butes; sobre las paredes había representados personajes de la familia de los Butades; en correspondencia con la Tribuna de las Cariátides estaba la tumba de Cécropes. Al lado del Erecteion además estaba el Pandroséion, antiquísimo recinto sagrado dedicado a la Agláuride Pándroso. En el Erecteion y en el vecino Templo de Atenea Políade vivía también escondida una enorme serpiente sagrada, guardiana de la acrópolis y evidentemente símbolo de Erictoruo. La recuerda Herodoto en una anécdota relativa al abandono de Atenas, ordenado por Temístocles antes de la batalla de Salamina: ya que las hogazas con miel, que se le ofrecían cada mes, habían quedado intactas, se pensó que la diosa había abandonado la acrópolis y que por tanto también los ateruenses debían abandonar la ciudad. También los recuerdos de la contienda entre Poseidón y Atenea se conservan en la misma zona de la acrópolis. En efecto, en el Erecteion se podía ver la huella del tridente con el que el dios había golpeado la piedra y el llamado «mar de Erecteo», es dedr, el manantial de agua salada,-en el que, como dice Pausanias, se oía el ruido de las olas del mar cuando soplaba el viento del sur- que él había hecho brotar. En el vecino Pandroseion se encontraba el olivo sagrado que Atenea había hecho brotar repentinamente de la árida roca de la colina, olivo que, quemado cuando los persas devastaron la acrópolis, había producido milagrosamente hojas nuevas al día siguiente. Recuerdos de los antiguos héroes áticos sin embargo podían hallarse también en otras partes de la ciudadela. En la zona este se ha identificado el Pandionion, es decir, un santuario bastante amplio dedicado a Pandión. Sobre la pendiente norte se encontraba el recinto consagrado a Aglauro, y también un altar dedicado a Gea Kurotróphos (la Tierra que cría a los niños) junto al cual en época histórica se reunían todos los años para prestar juramento los jóvenes efebos. Sin embargo sobre la pendiente opuesta estaba la tumba de Talo, al que Dédalo, su tío y maestro, había matado por celos profesionales (Talo había inventado la sierra inspirándose en la mandíbula de una serpiente). No muy lejos, junto a la fuente donde surgió después el santuario de Asclepio, estaba el lugar donde Ares había matado a Halirrotio, hijo de Poseidón, por haber intentado violar a Alcipe, hija suya y de Aglauro. En la misma zona estaba la tumba de Hipólito, hijo de Teseo. Junto al él, el bastión que resaltaba en el lugar donde más tarde se construyó el Templo a Atenea Niké, estaba el heroon de Egeo: su hijo Teseo le había prometido que habría cambiado por velas blancas las velas negras de su barco si salía victorioso de la empresa de Creta; sin embargo, obsesionado por su pasión por Ariadna, se había olvidado de hacerla y Egeo, que esperaba el retorno de su hijo en lo alto de la acrópolis para ver sullegada, creyendo que había muerto, desesperado se había lanzado aquí desde la roca. La relación entre algunos dioses del Olimpo griego, como, ante todo, Atenea y Poseidón, con las hazañas míticas de los progenitores de las ciudades parecen significar que su culto se remonta a la edad micénica. De origen micénicó parece también el culto del más grande de los dioses, Zeus (o, a la latina, Júpiter), que se veneraba bajo diversos apelativos. El protector de la ciudad, como lo indica su atríbuto igual al de Atenea, era Zeus Polieus, que tenía un recinto con un altar y una estatua de culto (la de la disposición postpericlea era obra del escultor Leocarés) en el punto más alto de la acrópolis. Las fiestas en su honor se llamaban, por el nombre del dios, Düpólias y en ellas tenían lugar las Bufonias, es decir las matanzas de los bueyes según una ceremonia particular que recuerda al culto del hacha cretense-micénico: el hacha de que se había servido el bufón, o sea, el sacerdote indicado para sacrificar al animal era arrojada al suelo por éste y la recogían sus colegas, que la sometían a un proceso, como si la matanza fuese una cosa abominable y tuviese que castigarse. También el culto de Zeus Ifypatos (Sumo) era antiquísimo, según la tradición incluso instituido por Cécropes. El altar del dios estaba junto a la entrada septentrional del Erec¬teion, o sea en el ámbito del antiguo palacio micénico, y en los sacrificios que allí se realizaban no se debía matar animales ni derramar vino. Finalmente se recuerda un altar de Zeus Herkeios, protector de la casa, en el área del Pandroséion junto al olivo sagrado de Atenea. De origen antiquísimo parecen ser también los cultos de algunas grutas que se abrían en la abrupta pendiente septentrional de la coli¬na, aunque dentro del recinto señalado por el perípatos, el sendero que la rodeaba. Cerca de la fuente de Clepsidra, que aparece frecuentada ya en época neolítica, y que después se consagró a las Ninfas, estaba el santuario rupestre de Apolo llamado 0'poakráis (bajo las rocas largas) o Hipacraio (bajo la acrópolis), que recuerda al antiguo mito cantado por Eurípides en su tragedia Ion: en efecto, aquí habría tenido lugar el encuentro del dios con Creusa, la más joven de las hijas de Erecteo, y el nacimiento de Ion, el héroe epónimo de los Iones. Más al este, algunas grutas formaban parte del recinto sagrado de Eras y Afrodita, donde se desarrollaban rituales misteriosos y que se unía a la esplanada de la colina por medio de un pasillo subterráneo. Sobre la pendiente occidental debe colocarse el santuario común de Gea Kurotróphos (probablemente diferente del altar antes recordado) y de Deméter Cloe, la Deméter verde (en relación con el ponerse verde de los sembrados), en honor de la cual tenían lugar también las fiestas primaverales llamadas justamente Cloe. Sobre la pendiente meridional, cerca de la tumba de Hipólito, había un templo de Témis (la diosa que personifica el orden y la ley) y quizás a él se refieren algunas inscripciones más tardías del teatro de Dioni¬sos que llaman Temis a Atenea, es decir, a la Atenea de la Ley. Más arriba, evidentemente en algún paraje quebrado y rocoso, había un templo de Afrodita que se consideraba fundado por Fedra, mujer de Teseo y madrastra de Hipólito. Junto a la entrada de la acrópolis debía estar además el templo de Afrodita Pandemos, fundado por Teseo cuando logró reunir en una única gran ciudad a todos los demos periféricos de Atenas. Atenea, diosa tutelar del palacio micénico y por tanto protectora de toda la ciudad, tuvo no sólo recintos sagrados o altares sino también templos dedicados exclusivamente a ella a cada cual más grande y más rico. Ya en la tradición homérica, que recuerda al mundo micénico, una estrofa de la ilíada cuelltaque Erecteo, criado por Atenea, había sido colocado en su «rico templo» de Atenas, mientras que en un pasaje de la Odisea la diosa se dirige a la «sólida casa» de Erecteo. Se ha supuesto por tanto que el primer templo de Atenea debió de crearse a partir del megaron, es decir, de la sala principal del palacio micénico (también en Tirinto el templo de Hera se desarrolla a partir del megaron micénico) y ciertamente en el área del supuesto megaron parece ser el Templo más antiguo de Atenea Políade, la diosa protectora, como lo dice el nombre de la ciudad; a éste debía pertenecer la figura antiquísima de madera de olivo de la diosa, conservada después en las varias reconstrucciones del templo, que según la tradición había caído del cielo y había sido colocada en la acrópolis por Erictonio. La acrópolis arcaica: el culto y los templos Después de la edad micénica poco sabemos de la historia de la acrópolis hasta el siglo VI a.C., pero su lenta transformación desde ciudadela habitada a santuario -y en particular en santuario de Atenea- probablemente debió roncluirse en tiempos del tirano Pisístrato, en la segunda mitad del siglo, como consecuencia también de la reorganización de las fiestas Panateneas realizada en el 566 a. C. Las antiquísimas fiestas locales en honor de Atenea Políade se transformaron entonces con la institución de las grandes Panateneas, grandiosas fiestas panhelénicas -es decir, en las «pIe participaba toda Grecia- celebradas cada cuatro años y que culminaban en solemnes ceremonias religiosas en honor de la diosa. Además de un concurso musical y otras competiciones menores, entre las que había una llamada Pírrica que se decía inventada por Atenea para festejar la victoria de los dioses en su lucha contra los Gigantes; los juegos panatenaicos consistían esencialmente en competiciones hípicas (carreras de carros, carreras de caballos, ejercicios de acróbatas que saltaban de los caballos sobre la marcha) y en pruebas gimnásticas: carreras, lucha, pugilato, salto, lanzamiento de disco. A los vencedores se les premiaba con una ánfora panatenaica llena de aceite producido por olivos sagrados de Atenea y adornada, como vemos en las numerosas ejemplares encontrados en tumbas de atletas con una representación especial: a un lado, Atenea entre dos columnitas coronadas por gallos y la inscripción «de las competicio¬nes de Atenas»; al otro, la competición ganada, hípica o gimnástica. En las Grandes Panateneas la acrópolis de Atenas jugaba un papel muy importante: el 28 del mes de Hecatombeon Gulio-Agosto), día del nacimiento de la diosa Atenea, subía a ella, desde la calle Sagrada, la solemne procesión que llevaba a la diosa el precioso peplo tejido y bordado por las arrhephóroi, niñas de 6 a 11 años dedicadas al culto de Atenea, y por las ergastínai, nobles mujeres y jóvenes atenienses. Un cortejo majestuoso organizado con un ceremonial preciso -junto a las numerosas fuentes escritas, el friso del Partenón nos da una representación idealizada pero perfectaacompañaba al peplo y las otras ofrendas desde el barrio del Cerámica hasta la acrópolis, donde se celebraban solemnes sacrificios sobre el gran altar de Atenea Políade junto al templo de la misma diosa y sobre los menores de Atenea Niké y Atenea Hygieia Las Grandes Panateneas por otro lado no eran las únicas fiestas en honor de Atenea Políade y de su venerada imagen. En las Plinterias, que tenían lugar en el mes de Targelion (Mayo-Junio), se lavaba y se limpiaba el templo y, después de haber desnudado y recubierto con velos la estatua de madera de la diosa, se la llevaba al puerto del F alero para una ablución sagrada. En las fiestas Callinterias, que tenían lugar inmediatamente después, se volvía a vestir y adornar la estatua. De la acrópolis salía también la procesión de las fiestas Sciras o Sciroforas que tenían lugar en el mes de Sciroforion Qunio-Julio). Símbolo de la fiesta era el gran parasol blanco (la palabra skíron significa paraguas y el paraguas había sido inventado por Atenea) que protegía de los rayos del sol a la sacerdotisa de Atenea y al sacerdote de Poseidón. En el mismo mes se celebraban también las fiestas Arreforias o Arretoforias, en las que dos de las jóvenes arrhephóroi empezaban a tejer el peplo de la diosa, mientras otras llevaban al santuario de Afrodita ofrendas miste¬riosas recibiendo a cambio regalos igualmente secretos. El Templo de Atenea Políade, llamado por las fuentes «el antiguo templo venerado», está hoy generalmente identificado con el gran templo cuyos fundamentos se han encontrado justo al sur del Erecteion, llamado también «templo de los Pisístratos» porque erigido o restaurado (en efecto, algunas de sus fases parecen anteriores) en los tiempos de los hijos de Pisístrato, Hiparco e Hipias. A dicha reconstrucción, realizada probablemente después de 520 a. c., parece pertenecer al primer gran frontón de mármol de la acrópolis, que tenía en el centro la figura de Atenea, (y, según nos parece hoy en día, también de Zeus) luchando contra los Gigantes. Sin embargo otro templo surgió en la acrópolis en honor de Atenas, llamado por las fuentes Hekatómpedon por medir 100 pies (30 metros). Es muy probable que éste se pueda identificar con el llamado Prepartenón, es decir, con el gran templo períptero cuyos notables restos bajo el Partenón los atribuyen los estudiosos a los primeros decenios del siglo (la construcción se habría interrumpido a cau¬sa de las guerras persas) o también, según una hipótesis más reciente, a la época de Cimón (468-450 d. C.). Sin embargo también es probable que en el mismo lugar existiese un tem¬plo más antiguo (los estudiosos lo llaman Hekatómpedon 10 Antepasado del Partenón) relacionado con la reorganización de las Panateneas en el 566 a. c.: a éste podría pertenecer, entre otras cosas, el frontón de póros local pintado con Heracles y Tritón en el lado izquierdo y con el monstruo de tres cuerpos (el así llamado Barba Azul, por el color azulado de su barba) en el lado derecho. También otros altares o recintos sagrados de notable antigüedad estaban consagrados a Atenea, que en cada uno era venerada con un apelativo particUlar. Hemos recordado ya, por estar relacionados con los sacrificios de las Panateneas, el altar de Atenea Niké (la Atenea de la Victoria) que se encontraba en la zona donde surgió más tarde el famoso templete, y el de Atenea Hygieia (la Atenea de la Salud) que estaba cerca de los Propíleos. También Atenea Erganes (la Atenea del trabajo) tenía un pequeño santuario, no lejos del Partenón, al que llevaban ofrendas los obreros y sus mujeres. Con él puede relacionarse una estatua acéfala de Atenea sedente que los arqueó lagos identifican con la imagen esculpida por En¬deo, escultor famoso de la segunda mitad del siglo VI a. C. A la época de Pisístrato, nativo de Brauron, se puede quizá atribuir la institución en la acrópolis del culto de Artemisa Brauronia, cuyo santuario ocupaba, en la disposición pe¬ríclea, todo el ángulo suroeste de la acrópolis y que parecía no haber tenido un templo. En él prestaban servicios unas niñas llamadas árktoi, ositas (Artemisa, como es sabido, protegía a las fieras) que, cubiertas con ropas de color azafrán, ofredana la diosa solemnes sacrificios en las fiestas llamadas justamente Brauronias. La riqueza de la acrópolis en esta época (Pisístrato entonces erigió también un monumental Propileo cuyos restos están bajo los Propíleos de Pericles) está atestiguada por el llamado «enterramiento persa», es decir, por el terreno en que los griegos sepultaron los restos sagrados de sus templos destruidos por los persas. Dejando aparte numerosos descu¬brimientos menores, algunos frontones de po¬ros -el frontón con la apoteosis de Heraeles, el de Heraeles matando a la Hidra, el del Olivo, otros con luchas de animales- pertenecen a varios pequeños templetes que no podemos identificar exactamente. Numerosas y a menu¬do famosas son también las estatuas femeni¬nas -las llamadas korai (niñas) de fabricación valiosísima, con ricos restos de decoración policromada- que constituyen en su mayoría donaciones votivas a Atenea (aunque quizá también a otras divinidades), pero que más que a la diosa representaban a la oferente. Tarrlpoco faltan estatuas de kúros u otras estatuas masculinas, como el Moscrforo (portador del ternero), dedicado a Rombos o Kombos, o el Caballero Rampin. También las primeras construcciones importantes de las pendientes meridionales de la acrópolis deben atribuirse a Pisístrato, que allí construyó el primer Templo de Dionisos Eleuterio (de Eleutera, en Beocia) e instituyó también las grandes fiestas Dionisiacas, juegos acompañados de bailes y escenas mímicas y dialogadas de las que surgió el teatro atenien¬se, que tanta proyección tendría en el mundo románico. En la época de las guerras persas ya se había transferido a su ámbito el área teatral, que estaba antes en el ágora, crando así el céle¬bre Teatro de Dionisos. El enterramiento persa y la reconstrucción de Pericles Mientras Atenas en el 480 a. C. venda en la batalla naval de Salamina, los persas ocupa¬ban y devastaban la acrópolis; más grave aún fue la breve ocupación persa del año siguien¬te, durante la cual se quemaron y destruyeron los templos. Desde entonces la ciudadela tuvo que permanecer durante largo tiempo desnu¬da; quizá se reconstruyó sólo la cella del templo de Ateneá Políade para alojar la antiquísi¬ma imagen de la diosa que Temístoeles había salvado llevándola consigo a los barcos. Una disposición nueva se inició en tiempos de Cimón, que después del 460 a. C. amplió el área de la esplanada construyendo una nueva y poderosa muralla (La «muralla de Cimóm», pero el mérito del renacimiento de los tem¬plos y de los otros monumentos se debe a Perieles, que gobernó en Atenas del 449 al 429 a. C. y que, como dice Plutarco, se valió de la obra del gran escultor Fidias para la dirección de todos los trabajos. El primero en ser construido -entre 447 Y el 438, aunque los frontones se completaron en 432- fue el Partenón, en honor de Atenea Parthenos, o sea Atenea Virgen: los antiguos lo llamaban también simplemente «el templo» o «el gran templo». Obra del arquitecto Ictino, que desarrolló en él soluciones arquitectónicas nuevas y especiales, el templo se distingue por la armonía de las líneas, la perfección de la ejecución, la riqueza y la belleza de las decoraciones escultóricas, pero constituye ante todo, como quiso Perieles, un grandioso acto de gratitud de la ciudad a su diosa protectora. Ya las figuras de las metopas del friso dórico ex¬terno -un número total de 92, como en nin¬gún otro templo griego- se refieren a mitos en los que participa la diosa Atenea, como la Gigantomaquia, la guerra de los Lapitas contra los Centauros y la guerra de Troya. El largo friso de la pared externa de la cella -importante elemento jónico insertado en la arquitectura dórica del edificio- está ligado a Atenea más fuertemente todavía: en efecto, en él está representada la solemne procesión de las Grandes Panateneas, en la que participan los dioses del Olimpo, presentes en la acrópolis para asistir a la entrega del peplo. Por último los frontones, que se atribuyen al propio Fidias, ilustran dos momentos de la vida de la diosa: en el lado este su nacimiento de la cabe¬za de Zeus en presencia de los otros dioses, en el lado oeste la contienda con Poseidón en presencia de los héroes de Atenas. Muchos de los mármoles del Partenón afor¬tunadamente han llegado hasta nosotros (la mayoría, como es sabido, están en Londres, en el British Museum, tras la expoliación de Lord Elgin, que los trasladó allí entre 1803 y 1812) Y aunque sus condiciones no siempre sean buenas, nos permiten conocer el arte de Fidias -personalidad a la que los estudiosos atribuyen generalmente la invención, si no la realización del conjunto- y de sus colegas y discípulos que le ayudaron en la inmensa obra. Sin embargo nada queda de la estatua de oro y marfil de 12 o 15 metros de altura que Fidias había, colocado en la cella del templo: algunas pequeñas réplicas de la época romana -como la estatuilla del Varvakeion- y la descripción de Pausanias nos ofrecen sólo una pálida imagen de lo que pudo ser. Atenea aparecía representada de pie, vestida con una larga túnica, la égida con la cabeza de la Medusa en el pecho, y sosteniendo con una mano una lanza y con la otra una estatua de Niké. Su yelmo estaba adornado con una figura de Esflnge en el centro y dos Pegasos en relieve a los lados. A sus pies tenía un escudo y al lado de la lanza una serpiente, símbolo de Erictonio. Las representaciones accesorias hacen referencia a episodios mitológico s en los que participaba Atenea: el nacimiento de Pandora, sobre la gran base de la estatua, una Centauromaquia en el borde de sus sandalias, una Amazonomaquia y una Gigantomaquia en el interior y exterior del escudo respectivamente. Pericles vio concluido también otro monu~ mento grandioso, o sea, los Propíleos, construidos por el arquitecto Mnesicles entre 437 y 432 a. C. para hacer la entrada de la acrópolis solemne y monumental; en ellos la arqui¬tectura dórica se une de forma magistral al estilo jónico de las columnas que delimitan la rampa de subida -la calle Sagrada- por la que pasaba la procesión de las Panateneas. La pinacoteca del ala septentrional recogía pinturas de tema mitológico, obra de Polignoto y de otros pintores; cerca de los Propíleos estaba el Hermes Propilaios, herma arcaica de Hefmes, obra de Alcamenes, del que tenemos alguna copia. El vecino templo de Atenea Niké fue sin embargo construido por el arquitecto Calícra¬tes entre el 430 y 420 a. C. (es decir, en gran parte tras la muerte de Pericles durante la pes¬te del 429) en el lugar del altar más antiguo y constituye una pequeña joya de arquitectura jónica. Sobre su friso había escenas de batallas entre griegos y persas en presencia de los dioses del Olimpo, con Zeus, Atenea y Poseidón en el centro; en el interior de la cella había una estatua de Atenea representada como Niké Aptera, es decir, como Victoria sin alas, y se decía que los atenienses se las habían cortado para que, tras los primeros éxitos en la larga guerra contra los espartanos, la Victoria no pudiese abandonar la ciudad nunca más. Una balaustrada más tardía con bellas figuras de Victorias con túnicas transparentes rodea¬ba el borde del Pyrgos, el bastión sobresaliente sobre el que estaba apoyado el templete. El último gran edificio de la nueva reorganización fue el Erecteion, completado sólo en el 406 a. C. por el arquitectp Filocles. El edificio, un templo múltiple de original arquitectura, recogía bajo un mismo techo, superando también notables dificultades de desniveles y espacios, los cultos más antiguos y más tradicionales de Atenas. En su parte occidental, que tenía una entrada propia y monumental, estaban, como ya hemos dicho, los altares de Poseidón- Erecteo, Hefesto y del héroe Butes, y el mar de Erecteo, mientras que la tribuna de las Cariátides se alzaba sobre la tumba de Cécropes. En la parte oriental, precedida de un pronaos, estaba la sala de Atenea Políade. En ésta de hecho se colocó la antigua y venerada imagen de madera de la diosa, iluminada, como nos dice Pausanias, por una lámpara que ardía día y noche, obra preciosa de Calímaco, el inventor del capitel corintio, y al que algunos atribuyen también la balaustrada del templo de Atenea Niké. La lámpara tenía una mecha especial que resistía al fuego y se llenaba de aceite sólo una vez al año; sobre ella una palma de bronce se elevaba hasta el techo y tenía la función de conducir el humo fuera del templo. En la Sala de Atenea se conservaban además obras de arte antiquísimas, como una estatua de madera de Hermes, que se decía dedicada a Cécropes y un asiento plegable que se atribuía a Dédalo, junto con trofeos de las guerras persas como la coraza de Masistio y la espada de Mardonio, los dos generales del ejército de Jerjes en Platea. Además de la construcción de estos nuevos edificios, naturalmente se restauraron los santuarios menores, como el de Atenea Erganes o el de Atenea Hygiea, a quien los atenienses dedicaron una estatua, célebre obra del escultor Pirro, de la que se ha encontrado en su lugar la base redonda. Se decía también que la diosa se le había aparecido en sueños a Pericles para enseñarle la manera de curar a un obrero muy diestro que se había caído del andamiaje del Partenón y se identificaba al obrero con la estatua antiguamente llamada del Splanchnoptes, obra de Estipacio de Chipre, que representaba a un joven que estaba asando unas vísceras (es éste el significado del nombre) hinchando las mejillas para soplar sobre el fuego. En una cueva de la pendiente norte se instituyó también, quizá incluso antes de Pericles, el culto de Pan, divinidad semicaprina de la Arcadia que según la tradición había incitado a los Atenienses durante la batalla de Maratón en el 490 a. C. Finalmente, otro pequeño santuario -cuya antigüedad no conocemos, dado que la inscripción allí hallada es de época romana- es el de Gea Karpophoros (la Tierra fructífera) en una grieta de una roca entre los Propíleos y el Partenón. De él recuerda Pausanias una ima¬gen de la diosa que suplicaba a Zeus que en¬viase la lluvia. Parte de la nueva organización de la Acrópolis fue también, como es lógico, la cons¬trucción o reconstrucción de edificios relacionados con el culto, como la casa de las Arrhephóroi en el límite norte de la esplanada y al oeste del Erecteion y la Calcoteca, entre el santuario de Artemisa Brauronia y el Partenón, construcción pública que recogía los objetos de bronce de la propiedad de Atenas o relativos a su culto y constituía a la vez un importante depósito de armas. También las pendientes meridionales de la acrópolis tuvieron una disposición nueva. Al este del Teatro de Dionisos, Pericles construyó el Odeón, gran aula rectangular destinada a las representaciones musicales, cuyo techo, elaborado con la madera de las naves tomadas a los persas, imitaba a la tienda de Jerjes. Al oeste del teatro sin embargo se dispuso, tras la paz de Nicias, el 420 a. C, el santuario de Asclepio, dios protector de la medicina, cuyo culto había sido importado de Epidauro. Junto a una antiquísima fuente sagrada quedan algunos restos de su pequeño templo, del altar, del largo pórtico en el que dormían los peregrinos que querían ser curados por el dios. También el templo de Dionisos Eleuterio se reconstruyó por la misma época y en él se colocó una estatua criso-elefantina del dios, obra de Alcamenes. En la acrópolis periclea, así como en la acrópolis pre-persa el carácter sagrado está acentuado por las numerosas estatuas y ofren¬das votivas que se alineaban a lo largo de la vía Sagrada, en los Propíleos, en los templos, en los recintos de los santuarios. Pausanias, al que hemos recordado ya varias veces por ser el autor de una primera guía de Grecia y que escribió en el siglo II d. C, es decir 600 años después de Pericles, nombra más de sesenta, mientras que otros se recuerdan por fuentes varias, y de otros incluso quedan hoy restos. Algunas obras parecen ser inmediatamente posteriores al incendio persa. Así una estatua dedicada por Epicarino y obra de Critios y Nesiotes (autores del grupo de los tiranicidas Harmodios y Aristogitón) que representaba quizá al propio Epicarino como vencedor de una carrera armada, o la estatua del escultor Anfícrates que representaba a una leona con la lengua cortada, puesta por los atenienses en honor de la cortesana Leéna (o sea, leona), amiga de los tiranicidas, que no había revelado nada sobre la conjuración aunque Hipias la torturó hasta que murió. Anteriores a la nueva disposición de la acrópolis parecen ser también algunas obras famosas de Mirón: la estatua de bronce de Perseo con la cabeza de la Medusa, una vaca famosa por su naturalidad (recordada por numerosísimas fuentes antiguas) y finalmente, un conjunto con Atenea y Marsias que quizá se puede reconstruir con una estatua juvenil de Atenea que se encuentra hoy en Frankfurt, y con un Marsias del Museo Laterano: la diosa, que ha inventado la flauta de doble caña, pero que la ha arrojado al suelo porque tocándola se le deformaba la cara, se vuelve para mirar al sileno Marsias que la intenta recoger para desafiar después al dios Apolo en música (y para acabar finalmente, como castigo, des¬pellejado y colgado). Algunas estatuas famosas eran obra de Fidias. Antes de la Porthenos de la cella del Partenón él había erigido en la acrópolis otras dos estatuas de Atenea. La más importante era la Ateneo Promochos, llamada también «la gran Atenea de bronce», estatua colosal realizada a partir del diezmo del botín de las victorias sobre los persas en que la diosa estaba representada, como indica su nombre, en acto de com¬batir. A la izquierda de la calle que va entre los Propíleos y el Partenón se ha encontrado su gran base y a ella parece estar referido un informe de gastos por adquisición de madera, carbón, cobre y estaño registrado durante nueve años quizá entre el 460 Y el 450 a. C, pero no tenemos una idea precisa sobre su tipología. Famosa por su belleza, pero poco más gran¬de del tamaño real era la Ateneo Lemnio, ofrenda votiva de los colonos atenienses que fueron a colonizar Lemnos hacia el 450 a. C Se ha propuesto identificarla con un tipo de estatua reconstruible con un torso de Dresde y con la hermosa cabeza Palagi del Museo de Bolonia: la diosa está de pie, con el rostro juvenil ligeramente inclinado y sostiene el yelmo en la mano derecha, que está más baja. De Fidias era también el Apolo Pornopio, que según recuerda Pausanias estaba junto al Par¬tenón y fue erigido como recuerdo de la protección otorgada por el dios con ocasión de una invasión de saltamontes (en griego párnopes, de ahí el nombre). Quizá deba identificarse con el tipo de estatua conocido, por su copia más famosa, como el Apolo de Kassel, con el arco en la mano derecha bajada y un ramito de laurel purificador en la izquierda extendida. Entre los artistas contemporáneos de Fidias que han dejado obras suyas en la acrópolis está Alcamenes, a quien se debe, además del ya mencionado Hermes de los Propíleos, tam¬bién una estatua tricorpórea de la diosa Hécate, conocida con el nombre de Epipyrgídia por encontrarse cerca del Pyrgos de la acrópo¬lis, y un conjunto de Procne que medita sobre la muerte de su hijo. El conjunto, que afortunadamente nos ha llegado y se conserva en el Museo de la Acrópolis, evoca el mito de Proc¬ne, hija del rey de Atenas Pandión y esposa del tracio Tereo, que había matado a su hijo Itis con la ayuda de su hermana Filomela, para vengarse de la agresión de su marido a la propia Filomela y se había convertido después en ruiseñor, mientras que Filomelase convirtió en golondrina. Sin embargo la enumeración de las ofrendas votivas y de las obras de arte sería muy larga y quizá poco útil. Nos limitaremos a recordar un gran caballo de Troya en el que se asomaban los héroes griegos, obra de Estrongilion (se ha encontrado la base), las estatuas de los Dioscuros sobre las pilastras del testero frontal oeste de los Propileos, obra de Licio, hijo de Mirón; un relieve con las tres gracias que se quiso atribuir al filósofo Sócrates (pero probablemente es obra de un escultor homónimo de Tebas), varios grupos miticos: Frixo sacrificando al carnero, Heracles estrangulan¬do a las serpientes o luchando con Cicno, Erecteo enfrentándose con Eumolpo y Teseo luchando contra el Minotauro. En la Acrópolis había también -y bien se entiende el motivo- un retrato de Pericles, obra de Cresilas de Creta, que se ha reconocido en una copia en una herma del Museo Vaticano. En los siglos siguientes no faltaron tampoco importantes ofrendas votivas de príncipes extranjeros. Alejandro Magno, tras su victoria del Gránico en el 334 a. C. mandó como ofrenda a Atenas 22 escudos de bronce dorado que fueron colgados (se ven las señales) so¬bre los arquitrabes del Partenón; Antíoco de Siria, quizá Antíoco IV Epifanio (175-164 a. C.) colocó junto al muro meridional de la acrópolis, sobre el teatro, una gran égida de bronce dorado con la cabeza de Medusa en el centro; un tal Atalo, rey de Pérgamo, quizá Atalo II, entre el 159 y el 138 a. C. dedicó en la misma zona un conjunto de estatuas que representaban la Gigantomaquia, la Amazonomaquia, la batalla de Maratón y su victoria sobre los gálatas, conjunto del que quedan numerosas copias de figuras aisladas de los diversos grupos. La llegada de los nuevos dioses y los daños de las conquistas Después de la conquista romana el aspecto de la acrópolis no cambió mucho; solamente se construyó, frente al Partenón, un pequeño templo circular dedicado a Roma y a Augusto, con un peristilo formado por 9 columnas jónicas. Los nuevos dioses romanos se sumaban así a las antiguas divinidades griegas, cuyo culto aún permanecía vigente (el de Atenea Ponade quizá hasta la época bizantina). Por otro lado los romanos se mostraron generalmente respetuosos hacia el carácter tradicional de la acrópolis e intentaron incluso, parece ser que en la época claudia, mejorar el acceso con una escalinata monumental situada ante los Propíleos. Fuera del recinto de la acrópolis están también el Monumento de Agripa, el famoso almirante de Augusto, del que queda la enorme base, y, asimismo, la Stoa de Eumenes y el gran Odeón, que Herodes Ático, rico propietario nativo de Maratón, construyó después del 161 a. C. al sur de la monumental entrada y en simetría con el Odeón de Pericles: las gradas eran todas de mármol y estaba cubierto por un bellísimo techo tallado de madera de cedro. Los dos altos torreones, la muralla y la puerta -llamada actualmente Puerta Beulé por el arqueólogo francés que la descubrió- construidos a principios del siglo III por Séptimo Marcelino, que todavía hoy defiende la entrada de la acrópolis, son la primera señal de la transformación de la colina de santuario en fortaleza; en efecto, la primera invasión de los hérulos es del 267. Sin embargo la acrópolis mantuvo su carácter sagrado incluso más tarde. Cuando con la plena afirmación del cristianismo Teodosio TI ordenó en el 435 la destrucción de los templos paganos, los edificios principales de hecho se transformaron en iglesias. El Partenón se consagró primero a Santa Sofía (Sabiduría de Dios), después a la Panaghía Atheniotissa (Santísima Virgen de Atenas) y se convirtió en la iglesia metropolitana, es decir, en la catedral de Atenas. El Erecteion por otro lado se consagró a la Panaghía Theótokos, o sea, a la Santísima Madre de Dios, el Templo0 de Atenea Niké se convirtió también en una pequeña iglesia y los Propíleos tuvieron una capilla propia. También en el santuario de Asclepio surgieron capillas y más tarde una iglesia y un monasterio. Convertida en un gran santuario cristiano, la acrópolis siguió así dominando la ciudad de3 Atenas, que estaba ya reducida, después de Justiniano, a una pequeña ciudad provincial bizantina; pero en el 1019 el emperador Basilio II subirá todavía a la acrópolis a dar gracias a la Virgen por haber derrotado a los búlgaros, y para consagrar en el Partenón los trofeos de su victoria. Y no fue ésta la última función sagrada de los monumentos de la acrópolis. Después de que los cruzados francos ocuparon Constantinopla y Otón de la Roche se instaló con su séquito en la acrópolis, que se había transformado en fortaleza, la Catedral del Partenón se convirtió en 1209 en una iglesia de rito latino dedicada a Santa María de Atenas. Cuando después los turcos se adueñaron de Atenas en 1458, también el gobernador turco se estableció en la acrópolis e instaló a su harén en el Erecteion mientras que el Partenón fue transformado en mezquita con el añadido de un alminar. En el período de la dominaci6n turca, que duró casi cuatro siglos, los monumentos de la acrópolis, que hasta entonces habían sido modificados sólo en su interior, sufrieron los daños más graves, sobre todo cuando en el 1645 cayó un rayo sobre los Propíleos, que habían sido transformados en polvorín y cuando en 1687 un golpe de mortero del veneciano Francesco Morosini, que estaba asediando Atenas, cayó en el Partenón, también utilizado como polvorín, haciendo que volara por los aires la parte central. Mientras tanto las antigüedades de la acrópolis habían ya atraído la atención de los letrados y estudiosos del Renacimiento (aun antes de la dominación turca Ciriaco de Pizzicoli, viajero y estudioso originario de Ancona, había reconocido en la iglesia de Santa María el Templo de Atenea), las divinidades de los frontones -del Partenón habían sido descritas y reproducidas por hábiles dibujantes y, finalmente, personajes extranjeros ilustres Gunto al más conocido, Lord Elgin, se puede recordar al conde de Choiseul Gouffier, embajador de Francia en Constantinopla entre 1784 Y el 1792) habían despojado a los monumentos de sus esculturas más preciosas. Sólo con la liberación de la acrópolis de los turcos el 12 de abril de 1833 y con la recuperación de la independencia griega volvieron los monumentos, lo que quedaba de ellos, a la situación antigua. Los Propíleos, el Erecteion y el Partenón fueron librados de los numerosos añadidos y restaurados en sus estructuras, el Templo de Atenea Niké, cuyos bloques de piedra habían sido utilizados por los turcos para fortificar los vecinos Propíleos, tuvo incluso que ser reconstruido. Los restos color miel de los templos de la acrópolis, cuyos perfiles se recortan sobre el cielo azul de la Hélade, dan pues todavía una sugestiva sensación de belleza perfecta, aunque entre ellos ya no brillen más al sol, según Pausanias, visibles incluso desde el Cabo Sunio, la lanza y el yelmo de la estatua de Atenea Prómachos, símbolo tangible, como lo quiso Pericles, de la potencia y gloria de Atenas. Gracias por su paciencia. Espero que haya sido de utilidad y sepan disculpar los errores.
Atenas: la acrópolis de Atenas.
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