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San Martin, un adicto al opio

Info2/3/2009

A diferencia del resto de países sudamericanos, Perú tuvo dos Libertadores: José de San Martín y Simón Bolívar. En la escuela se nos ha inculcado un afecto especial hacia el prócer argentino. Se nos habla mucho sobre su heroísmo, su nobleza, su abnegación y su desprendimiento. Valores que siempre vienen a nuestras mentes cada vez que escuchamos nombrar a San Martín.

Simón Bolívar por el contrario es visto como ambicioso y calculador aunque no menos valiente ni desprendido. Su nombre nos evoca inteligencia y pasión, pensamiento preclaro y vanguardista, astucia política y seducción. Un caudillo nato.

Pero, a fin de cuentas, "el" Libertador es San Martín y el Día de la Independencia es el 28 de julio, cuando el héroe argentino pronunció aquellas palabras que todo peruano se sabe de memoria: "Desde este momento, el Perú es libre e independiente por la voluntad general de sus pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende...."

Considerando este antecedente, es desconcertante descubrir que -según algunos autores- el Libertador era adicto al opio. Resulta duro y difícil imaginar a este hombre admirado siendo presa de esa ansiedad febril y desesperada que la adicción a las drogas impone a sus cautivos. Sin embargo, esta es una versión parcial de los hechos.

Existe consenso entre sus biógrafos y contemporáneos en cuanto a que el General San Martín consumía opio y que lo hacía por razones médicas como parte de su tratamiento contra el dolor. El opio que consumía era un tipo de láudano preparado y suministrado por sus médicos. Las discrepancias se presentan cuando se trata de determinar qué dolencia lo aquejaba al punto de postrarle casi hasta la agonía y le obligaba a recurrir al opio para mitigar el dolor.

El opio es una de las drogas más antiguas del mundo, su consumo tenía principalmente fines medicinales. Su uso con fines recreacionales no era notable. Sin embargo, la frecuencia de uso, la dosis, la composición bioquímica del consumidor y las enfermedades que lo aquejaban podían determinar que se llegara a la adicción. En términos generales, las cifras demuestran que la presencia de opiómanos no era significativa. Los adictos que más preocupaban eran los derivados del consumo del alcohol.

El opio alcanzó niveles de consumo notables a partir del siglo XVII cuando se constituyó en el principal ingrediente de las distintas recetas médicas (los polvos de Dover, el láudano de Sydenham, etc.) que se vendían en las farmacias como ahora se venden las aspirinas. En un inicio se consumía principalmente entre las clases acomodadas, pero luego se popularizó su consumo. Es con el enviciamiento del pueblo chino por obra y fuerza de Gran Bretaña cuando la adicción alcanza cifras extraordinarias.

En la época de San Martín, el opio era "la" medicina. El propio Sydenham inventor del tipo de láudano más famoso de su época, decía que jamás hubiera sido médico si el opio no existiera. Según él, no existía medicina más universal y eficaz para el alivio del sufrimiento del hombre. La vigencia de los láudanos se extendió por dos siglos. De ahí que no es raro encontrar entre sus cosumidores a personajes ilustres.

Al General San Martín se le atribuyen -como a pocos- una serie de dolencias; cualquiera de ellas podría haber sido por si sola la causa para suministrarle opio.
A los 23 años ya tenía dolencias serias en su haber como resultado de su participación en el ejército español. Fue víctima de un asalto mientras transportaba caudales y sufrió heridas en el pecho y en la mano, que más tarde le ocasionarían dolores en el tórax. A partir de la Batalla de Bailén empezó a tener de manera regular vómitos y dificultades respiratorias.
En 1811, durante una batalla fue herido de sable en el brazo izquierdo.
En otro combate por ese año recibió una herida en el rostro que le dejó cicatriz.
En plena batalla sufrió aplastamiento de una pierna cuando cayó con el caballo, luxándose además el hombro izquierdo.
Algunos autores niegan que haya tenido tuberculósis debido a que no presentó los sítomas característicos de la enfermedad (tos, adelgazamiento, hipertemia), además vivió hasta muy avanzada edad sin perder lucidez. Otros por el contrario afirman que tuvo tuberculósis fibrosa, un tipo de avance lento y progresivo que explica que haya sido longevo.
Todos sin embargo coinciden en que tenía vómitos de sangre. Prácticamente desde 1814 tenía crisis recurrentes que llevaba a sus médicos a temer por su vida y la manifestación era precisamente ese vómito sanguinolento. A ésto súmese que tenía ataques asmáticos.

Entonces, cabe la pregunta ¿cómo un hombre así pudo resistir esa vida de militar errante, cruzar los Andes, sobrellevar las batallas y además mantener un estilo de vida espartano pero saludable? San Martín, formado militarmente en Europa, habiendo participado en campañas militares en Africa, era un tipo de líder que entraba en batalla. No sólo las planeaba y dirigía, participaba en su ejecución. Había veces que se encontraba agobiado por sus dolencias, con dolores y vómitos; llevándolo en algunos casos a preferir el movimiento táctico al enfrentamiento directo.

De las cartas y memorias de sus médicos, generales, colaboradores y testigos varios, se conoce que estuvo varias veces en agonía temiéndose lo peor. Pero luego se reponía y retomaba sus labores y la campaña. Iba cargado de un botiquín y de muchas medicinas. Sus médicos le suministraban preparados de opio para combatir el dolor y sedarlo. En esa época sin antibióticos ni analgésicos eso equivalía al tratamiento regular.

Muchas opinan que esa necesidad de opio casi frecuente bien lo pudo llevar a la adicción. Bartolomé Mitre, uno de sus ilustres biógrafos y amigo, decía que el Libertador "abusaba del opio". Otros historiadores afirman que sus médicos "lo envenenaban casi a diario con opio".

Sin embargo, existen otros que rebaten la hipótesis de la adicción. A partir de la sintomatología descrita en las distinas fuentes escritas, establecen que el vómito de sangre provenía del estómago y no de los pulmones. Las úlceras eran las que la provocaban. San Martín era alto, de constitución fuerte, nunca adelgazó notablemente, mantenía un régimen de vida sano, se levantaba temprano, era disciplinado en sus actividades, austero, parco y de sueño regular, no presentaba comportamiento nervioso. Murió anciano, aunque no se sabe de qué porque el certificado de defunción no lo dice.

Me parecio que era interesante.

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