"Es varón y medio oscurito, un amor, flaquito", gritó la partera cuando nació. No sé lo que habrá gritado cuando nació el otro, el más blanquito digo, pero a lo mejor gritó algo similar. Por Fernando Peña “Es varón y medio oscurito, un amor, flaquito… casi un palito, un tesorito” gritó la partera cuando nació. No sé lo que habrá gritado la partera cuando nació el otro, el más blanquito digo, pero a lo mejor gritó algo similar. Imagino que los dos bebitos dormían en una cunita modesta, en esa época de madera, y también imagino que tendrían los ojos grandotes y abiertos como dos caramelos media hora y que fijarían su vista en el cielorraso. Seguramente cuando venían los parientes a verlos harían ruiditos inentendibles, de esos que hacen los bebitos a esa edad. Recién nacidos, los dos habrán sido en algún momento una promesa, una esperanza para las dos familias. Imagino a las madres de los dos mirándolos con ternura, angustia y ansiedad, esos tres sentimientos imagino tienen las madres cuando ven a esa personita tan indefensa en una cuna. Las madres que ya saben cómo es la vida, que saben lo duro que va a ser todo… y esas criaturitas acostadas panza arriba, rechonchas y rechochas porque no conocen ni la ternura ni la angustia ni la ansiedad. No conocen nada, ni siquiera se tienen recuerdos de esos meses. Dos bebitos embriagados, ebrios, inconscientes en su felicidad. Con el tiempo crecieron y alguna vez tuvieron ocho añitos. No sé por qué me lo imagino a uno sentado en la tierra mirando hacia el horizonte pensando, soñando e imaginando su vida, su linda vida, tener una familia, vivir tranquilo, caminar y disfrutar de las pequeñas cosas que tiene la rutina para ofrecer. No sé por qué me lo imagino al otro pegándole a sus compañeritos de clase, y jugando con los amiguitos de la cuadra con pistolas de plástico, enojado cuando perdía y le ganaban los ladrones o los indios, me lo imagino sentado arriba de un muro mirando hacia el horizonte pensando en la gran ciudad, me lo imagino imaginando su vida, su vida llena de autos, dinero, habanos… tal vez imaginaba ser como el Tío Rico que veía en los dibujitos animados de Disney. Uno tenía ganas de convertirse en el Llanero Solitario o en el comisionado de Batman, el otro en el Guasón o tal vez en el Pingüino. Me imagino a la madre de uno siempre acariciándolo y dándole besitos en la mejilla, tal vez no tan contenta con sus malas notas pero sí con su buena conducta y con la mención a fin de año de mejor compañero. Me imagino a la madre del otro renegando y refunfuñando cuando encontraba el boletín con su firma falsificada, ocultándole al padre que había tenido que ir a una reunión con la maestra de turno para dar explicaciones de por qué su hijo era tan agresivo y antisocial en clase. A veces también me imagino que faltarían lapiceras a fuente, figuritas y algún que otro juguete de algún que otro chico en el recreo, tal vez un balero o un yoyo. También imagino que cuando a la salida del colegio algún compañerito quiso encontrar las monedas en el fondo del bolsillo de su guardapolvo para comprar una golosina de mala muerte, las monedas no estaban. Imagino al otro compartiendo sus golosinas de mala muerte, lo imagino sin lapiceras a fuente, sin baleros y sin monedas en el fondo del bolsillo de su guardapolvo. Ya en la adolescencia, no sé por qué imagino a uno haciendo lo imposible y pidiendo de prestado para comprarse esos tamangos brillosos que vendían en la zapatería del pueblo. Lo imagino con gomina con su ropa impecable y de marca… lo último en Eduardo Sport. Lo imagino yendo a boites y a boliches dignos de Isidoro Cañones mandándose la parte, dándose dique y yéndose de boca. Lo imagino haciéndole el chamullo y el entre a las inocentes muchachitas del pueblo. Lo imagino pergeñando negocios internacionales acodado en alguna barra rodeado de los otros malandras del pueblo que ya lo miraban con admiración y respeto. En la misma época al otro lo imagino yendo a kermeses y bailes de la cooperativa, con bombitas de colores, mesas con caballetes cubiertos con tristes manteles floreados, empanadas caseras hechas por las comadres de turno, damajuanas, sifones y vasos de plástico. Lo imagino invitando con timidez a bailar a la morochita de trenzas que sería su futura mujer. Ya tienen veintipico y son dos hombrecitos. Lo imagino a uno averiguando cómo hacer para entrar en la policía bonaerense, hablando con el policía de la esquina, mirándolo con envidia y sintiendo orgullo por él. Lo imagino contándoles a sus amigos que él mantenía conversaciones muy interesantes con el policía de la esquina. Lo imagino consternado y preocupado por las noticias del diario, esas noticias que hablaban de algún robo menor de algún raterito. Ni hablar de un crimen, si leía sobre algún crimen se impresionaba, sufría y le pedía a Dios que el muerto en paz descansara. Lo imagino imaginando su uniforme impecable, su gorra lustrada por él mismo, su arma Santa bien guardada en un cajón y su anhelo de nunca tener que llegar a usarla. Lo imagino al otro ni siquiera imaginando la posibilidad de ser policía, lo imagino frustrado, un negocio tras otro y el hombre no encontraba el rumbo. Lo imagino estafando a amigos y no amigos, traicionando a enemigos y a desconocidos. Lo imagino resentido, enojado, furioso. Lo imagino destrozado, derrotado, arruinado. Llegó el momento y uno hacía su entrada a la escuela de policía, con ilusiones, orgullo y dignidad, el otro lo hacía con despecho y resignación. El DÍA de la graduación para uno era el DÍA más feliz de su vida, mientras que el otro se había sacado algo de encima, tantas pruebas tantos ejercicios prácticos lo tenían cansado. Sus carreras están a la vista, la de uno proteger vigilar cuidar y saber ocupar su pequeñísimo lugar en esta sociedad. Aceptar su vida y vivirla con felicidad, y si no llegó a ser feliz por lo menos se lo veía contento porque era lo que era, un policía. La del otro, playboy, torturador, ladrón, politiquero y vaya a saber qué cuitas con las más bajas napas de la sociedad, porque es lo que es, una vergüenza. Me pregunto luego de haberme imaginado tanto sobre los dos, y tal vez en el tanto imaginar en algún momento pequé de desdibujar sus vidas, estimando que no es lo importante y no altera mi pregunta ni mi curiosidad. Lo que me pregunto todos los días desde que mataron a Garrido es qué es lo que lleva a dos hombres en un mismo trabajo, un mismo oficio y una misma carrera a tomar dos rutas totalmente diferentes, paralelas y que conduzcan a destinos tan contrastantes y diferentes. ¿Por qué será que uno descansa en paz mientras el otro se retuerce y se pudre y se está pudriendo entre rejas vip? ¿Qué hace que obremos de maneras diferentes? Será nuestra conciencia, será la crianza, será la educación, será la vergüenza, será genético o simplemente será que uno debe ser lo que debe ser o no será nada… www.enelborde.com Fuente
Serás lo que debas ser...(por Fernando Peña)
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