Mucho más allá de los límites
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Por Farid Suwwan
5 de febrero de 2009
¿A dónde nos va a llevar la actitud israelí? ¿Cual es la lógica de esta agresión? ¿Qué pretende realmente Israel? Escucho frecuentemente estas preguntas, formuladas tanto por palestinos como por personas que son ajenas al conflicto, pero que están horrorizadas con la locura israelí, con tantos chicos, mujeres, hombres, civiles y no civiles, bombardeados, muertos, quemados con fósforo blanco, enterrados en los escombros.
La respuesta es al mismo tiempo simple y compleja: Israel no quiere realmente la paz.
En más de quince años de negociaciones con los palestinos, todo lo que Israel presentó es la construcción de un odioso muro de apartheid, en territorio palestino, robando todavía más tierra palestina, la quintuplicación del número de colonos en territorio palestino (todos ellos ilegales), la triplicación del número de colonias (todas ellas ilegales), la expansión de las colonias existentes, la anexión de la Jerusalén Palestina, la judaización forzada de barrios y ciudades, con la nota de limpieza étnica de palestinos que ello implica y, finalmente, la descolonización unilateral de la Franja de Gaza, con el inmediato bloqueo a este territorio por tierra, mar y aire. Esto es, la transformación del territorio palestino ocupado de Gaza en un inmenso campo de concentración a cielo abierto.
Convengamos en que, imposibilitar de facto el establecimiento de un Estado Palestino, poner obstáculos insalvables a su creación y afirmar al mismo tiempo que siguen las negociaciones, no es forma de procurar la paz.
Pero lo que Israel está haciendo ahora no es nada nuevo. En el año 2002, con el pretexto de que el presidente palestino Yasser Arafat no estaba combatiendo el terrorismo, Israel desencadenó una agresión criminal y cobarde contra Cisjordania y contra las zonas autónomas palestinas, muy similar a la actual, en la cual arrasó la infraestructura palestina, bombardeó hospitales y escuelas, acabó con casas, barrios y cultivos, asesinó civiles y no civiles, promovió un terrible masacre en Yenin, dejó morir sin asistencia a heridos y finalmente cercó al presidente democráticamente elegido por los palestinos, Yasser Arafat, hasta su muerte. Yendo más atrás, en 1982 Israel condujo una guerra de exterminio, así llamada por sus promotores, contra el pueblo palestino en el Líbano, que culminó con las atrocidades de Sabra y Chatila. 17.000 palestinos y libaneses fueron asesinados en esa guerra.
La finalidad de todas estas agresiones no es otra que la de hacer sufrir al pueblo palestino el castigo más cruel posible, diezmarlo, humillarlo e impedirle una vida normal y digna, a fin de que acepte la “solución” que sea más conveniente a Israel. En la visión del Estado de Israel, a cambio de no ser asesinado, el pueblo palestino aceptaría un estado de guetos y cantones, rodeados, vigilados y controlados por Israel.
Todas las excusas, todos los alegatos israelíes, de que se estaría intentando únicamente evitar los disparos de cohetes de Hamas, han caído por tierra.
Israel violó insistentemente la tregua con Hamas, a través de asesinatos selectivos y del bloqueo físico y económico a la Franja de Gaza. De tanto leerlo en los diarios, las personas casi no se daban ya cuenta de que mantener bajo cerco y bajo hambre a una población entera, so pretexto de que habían elegido mal a sus líderes, es un castigo colectivo y un odioso crimen contra la humanidad, en todo comparable al cerco al gueto de Varsovia. De tanto leerlo, casi no se notaba que las ejecuciones extrajudiciales y los asesinatos selectivos son violaciones extremas a los derechos humanos. La contrapartida para que la tregua continuase, era el fin del cerco a Gaza y el fin de las incursiones israelíes, asesinatos y secuestros de palestinos. Israel no quiso siquiera considerarlo.
No es razonable pedirle a un pueblo que abdique de su derecho a vivir dignamente y no se defienda cuando se lo está sometiendo a castigo colectivo, al hambre y al riesgo continuo de exterminio.
Todas las aseveraciones israelíes de que se estaría evitando la muerte de civiles han sido desmentidas por los hechos y las pocas imágenes que nos llegan desde Gaza.
Sí, Israel está bombardeando escuelas, refugios de la ONU, mezquitas, casas de familias, hospitales y depósitos de alimentos y medicamentos. No hay como no verlo. En este 15 de Enero, el Hospital principal de Gaza está ardiendo, alcanzado por disparos israelíes, así como sus depósitos de medicamentos e insumos, y galpones de la ONU usados como refugios y como almacenes de víveres han sido destruidos.
Sí, Israel está matando niños, mujeres, hombres y ancianos, inocentes, a los cuales se les impidió salir de Gaza o buscar refugio. Sí, Israel está usando bombas de fósforo blanco, que queman sin remedio, sin antídoto, hasta el hueso, así como bombas de racimo, para matar al mayor número de personas posible.
Las alegaciones de que la población civil es alcanzada porque Hamas la utiliza como escudo son ridículas e insultantes. Equivaldría que sostener que Hitler fue obligado a arrasar Londres porque el gobierno inglés, con Churchill a la cabeza, usaba a Londres como escondrijo. Tenemos que soportar que se nos diga que familias enteras fueron asesinadas porque un padre o un hermano eran sospechosos y vivían en la misma casa.
Desgraciadamente, tanto por los actos y palabras israelíes, como por las imágenes, la comparación con el nazismo es inevitable. Basta cambiar la palabra “palestino” por “judío”, y los discursos y declaraciones de los dirigentes israelíes podrían haber salido de la boca de un dirigente nazi. Basta bajar el volumen de la televisión, y podríamos estar viendo un campo de concentración. Cuando un estado se cree en el derecho de hacer cualquier cosa, sin importarle el derecho de los otros, cuando un estado se cree dueño de una razón suprema que le autoriza a expoliar, a matar, a destruir, sin importar las consecuencias, cuando un estado cree que todas las naciones del mundo están equivocadas y que el es el único correcto, cuando prohíbe la entrada de prensa, cuando impide trabajar a la Cruz Roja y a las Organizaciones Internacionales Humanitarias y cuando se sustenta en ideas de privilegio racial o religioso, ¿Cómo podríamos calificarlo?.
La carnicería promovida en Gaza por Israel no sólo se está cobrando víctimas palestinas. Una de las principales víctimas será la sociedad israelí, que con su adhesión de casi 90% al genocidio de Gaza, ha alcanzado los límites de la enfermedad colectiva y de la ceguera voluntaria. La pretensión ilusoria del aplastamiento del pueblo palestino puede resultar cara: la única seguridad que los israelíes pueden encontrar depende de una paz justa con los palestinos.
La paz no se consigue por el exterminio del otro, ni la reivindicación palestina será nunca acallada por la fuerza. Sesenta años deberían haber sido suficientes para que Israel integrase estos hechos a su política de Estado. No ha sido así. Más de veinte días de resistencia de un pueblo prisionero en un gueto, esto es, más tiempo del que todos los ejércitos árabes hayan resistido, deberían haber enseñado a Israel alguna lección. No han aprendido nada, porque no quieren ver nada.
Esta última agresión israelí puede llevar a la tumba todos los esfuerzos de paz y conseguirá sin duda desprestigiar a aquellos que creen en la negociación, en el compromiso y en el reconocimiento de los derechos del otro.
No hay ningún pueblo de sobra en Palestina. Hay dos pueblos que van a tener que vivir juntos, en pie de igualdad, en democracia y en la idea del respeto a la Legalidad Internacional y a los derechos humanos y civiles, dentro de una misma unidad geográfica, ya sea en dos estados soberanos de pleno derecho, o ya sea en un estado único.
Sólo con la aceptación de este hecho estará pavimentado el camino hacia la paz. Hasta ese momento, todo lo que vemos son las consecuencias de la ceguera, de la arrogancia y de la estúpida ilusión de que el poderío bélico puede anular al pueblo palestino. Dr. Farid Suwwan Embajador de Palestina en la República Argentina