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El camión de Blas, muerto en 1976

Info2/25/2009
El camión de Blas


Los recuerdos de un hijo que perdió a su padre camionero en un frustrado atentado a Videla en 1976.

Marcelo Larraquy

Pocos días antes del golpe de Estado de 1976, Montoneros intentó matar a Videla. Colocó un coche bomba en el estacionamiento del Edificio Libertador del Comando General del Ejército y la accionó a distancia. La bomba no alcanzó a Videla, que fue demorado en el ingreso porque estaba vestido de civil, sino a Alberto Blas García, un camionero de 31 años que esperaba en el semáforo de la avenida Huergo.

Blas tenía una historia común. Había sido boxeador amateur en Santa Fe, transportaba bobinas de acero para una empresa, se había casado y tenía un hijo de nueve años, también llamado Blas. Vivía en Bernal.

Esa mañana, la del 15 de marzo de 1976, Blas despertó a su hijo para acercarlo al centro. Tenía que hacerse la cédula de identidad. Pero era muy temprano; prefirió dejarlo en la cama. Lo llevaría su madre en colectivo más tarde.

El hijo de Blas no tiene muchos recuerdos de su padre. Lo veía una semana al mes. Tiene en la memoria un viaje a San Rafael para llevar una carga y la última Navidad juntos, los dos abrazados cuerpo a tierra bajo el techo de la galería de la casa. Por la tarde el ERP había intentado copar el Batallón Domingo Viejobueno, que quedaba a la vuelta de su casa. Por la noche, los helicópteros del Ejército iluminaban el barrio con focos de luz y los aviones bajaban en picada y disparaban. La abuela de Blas también tuvo una Navidad accidentada: el ERP incendió el colectivo en el que viajaba y entró corriendo a la casa de Blas en medio del fuego.

Blas también atesora de su padre unos billetes color violeta que quedaron en la guantera del camión el día del atentado a Videla. Sólo eso. En el traslado al hospital Argerich, perdió la alianza, el reloj y la billetera.

El camión de Blas tenía decenas de impactos de tuercas y bolitas de acero en la puerta, que le agujerearon sus piernas. Sólo una le atravesó el torax. Al concentrar los impactos de la onda expansiva, el camión de Blas cubrió buena parte de un colectivo y salvó la vida a muchos pasajeros.

Por la noche, Videla envió una corona a la casa de Blas con una comisión del Ejército. Blas debió ponerse otra vez cuerpo a tierra, esta vez bajo el féretro de su padre, porque el frente de su casa fue ametrallado. Velaron a su padre con militares apostados en los techos.

Después la vida de Blas fue como la vida de la gente común. Se mamá se fue de la casa porque no era de ella y con la venta de una camioneta Estanciera empezaron a pagar en cuotas un departamento del Fonavi en Talar de Pacheco, frente a la villa San Pablo. La mamá de Blas dejó su trabajo de ayudante de cocina en un restaurante y se empleó de portera en un colegio. Blas siguió estudiando hasta primer año del secundario. Después tuvo que salir a trabajar. Primero de cadete, después de chofer, más tarde embalando repuestos de autos. Tuvo la vida de la gente común. Una vida sin prestigio ni afectaciones estéticas. La vida de la gente que trabaja, que se levanta a las seis y cuarto de la mañana desde hace veinte años, que toma un tren y vuelve a su casa entrada la noche y saluda a sus hijos. Y si hoy tiene un techo en el conurbano fue porque se lo construyó con sus manos los fines de semana. Una vida sin premios, sin homenajes, sin subsidios de fundaciones nacionales o extranjeras. Una vida.

Probablemente el proyecto revolucionario de Montoneros o del ERP hubiera incluido al padre de Blas, pero Blas, que no sabe de “desviacionismos militaristas” ni de “síntesis superadoras” ni jamás escuchó a nadie que dijera que “la violencia se legitima históricamente por la intervención de las masas”, no puede entenderlo.

Si nos animamos a interrogar nuestro pasado, descubriremos que muchas muertes van creciendo con el tiempo. Una vez un ex guerrillero me contó que en su unidad de combate se habían alegrado porque habían desarmado y matado a un policía, al que le habían encontrado el carnet de una fábrica metalúrgica en su billetera. Era una alegría doble porque era un policía y también un “infiltrado” que marcaba a compañeros. Con el paso de los años empezó a pensar que era un policía que necesitaba otro trabajo.

Aquellos que compusieron las fuerzas de seguridad del Estado y cayeron por el accionar de la guerrilla, ya fueron compensados económicamente. Blas ni siquiera tuvo esa fortuna. Como su papá trabajaba en “negro”, sus patrones no lo indemnizaron. Tampoco el Estado, porque su muerte fue provocada por “particulares”.

Hoy no existe ley o decreto para reparar los “daños colaterales” de la violencia política de los 70 en casos como el suyo. ¿Pero hay voluntad para crearlos? Quizá sea un motivo de reflexión para los “particulares” que ayer conformaron el proyecto político que padeció Blas y hoy ocupan funciones de Estado, y tienen poder para reparar daños.

Para semejante decisión, quizá antes deberíamos pensar si podemos reconocer a Blas como una víctima y si tenemos capacidad de tolerancia para conocer su historia y escuchar su voz.


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